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BiBUPlECA Mi5¥CA CARMElpNA
OBRAS DE STñ, TERESA DE JESÚS
SANTA TERESA DE JESÚS
BIBLIOTECA MÍSTICA CARMELITANA
— 1 —
OBRAS
DE
STA. TERESA DE JESÚS
EDITADAS Y ANOTADAS POR EL
P. SILVERIO DE SANTA TERESA, C. D.
TOMO I
LIBRO DE LA VIDA
BURGOS:
Tipografía de «El Monte Carmelo»
1915.
L.r:
ES PROPIEDAD
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H i 5
C'k "I
Nos Fray Clemente de los Santos Faustino y Jovita, Prepósito General
DE los Carmelitas Descalzos,
Vista la censura favorable de dos teólogos de la Orden,
damos con gusto nuestra Ucencia al Rdo. Padre Fray Silverio
de Santa Teresa, Sacerdote profeso de nuestra Provincia de
San Joaquín de Navarra, para que, servatis servandis, pu-
blique la presente edición de las Obras de Nuestra Madre
Santa Teresa de Jesús, confiando que será de grande pro-
vecho y satisfacción para las almas, ya que al incomparable
mérito de la doctrina de la Santa Madre, añade el de una
crítica esmerada.
Roma, 4 de Octubre de 1914:
L. t S.
Fr. Clemente de los Santos Faustino y Jovita.
Piep. Gral.
Fr. Elias de San Ambrosio.
Secretaiio.
ImptimatuT:
f JosEPHus, Archp. Burgensis.
BIBLIOTECA MÍSTICA CARMELITANA
ADVERTENCIA PREVIA
Cúmplese en el año que corre el cuarto Centenario del
nacimiento de Santa Teresa de Jesús. Para dignamente conme-
morarlo, ofrecemos a sus innumerables devotos y aficionados
una edición nueva de sus obras, que por su corrección, fidelidad
y ajuste a los venerables originales, por la publicación de otros
nuevos y por la copia de documentos y noticias referentes a la
Santa y sus escritos, esperamos aventaje a las publicadas hasta
el presente.
No nos limitaremos a esta sola publicación, sino que, con
la ayuda de Dios, continuaremos preparando para la estampa
obras de ascética y mística debidas a plumas esclarecidas de car-
melitas descalzos, que por su mérito merezcan figurar en esta
BIBLIOTECA CARMELITANA ul lado de los dc SU Santa Madre.
La Reforma de Santa Teresa ha sido muy fecunda en pro-
ducciones místicas; pero bien porque de muchos autores existen
solamente ediciones antiguas y sean ya raros los ejemplares que
han llegado hasta nosotros, bien porque una humildad exagerada
ocultó en el fondo de los archivos joyas de gran valor literario
y ascético, es el caso que hoy se desconocen muchas obras de
nuestra Descalcez, que sin mengua pueden igualarse con lo más
selecto de nuestra literatura devota, y muchas están en inmi-
nente peligro de desaparecer para siempre con daño irreparable
de la piedad cristiana.
Vm BIBLIOTECA MÍSTICA CARMELITANA
Hace unos años, desde que al terminar nuestros estudios nos
dedicamos con particular atención a tareas históricas y literarias,
acariciamos la idea de publicar en ediciones críticas, según el
depurado y laudable gusto moderno, las obras más importantes
que sobre argumento místico o ascético ha publicado nuestra
Reforma, sobre todo en el primer siglo de su existencia, que
coincidió providencialmente con la época más floreciente de la
literatura patria. Obtenida la aprobación y bendición de nues-
tros Superiores, nos resolvemos a ponerla en práctica, aunque
no ignoramos las dificultades de que la empresa está erizada.
Formando con estas publicaciones una Biblioteca, es más
fácil que se salven del olvido y alcancen más larga vida, que
publicadas aisladamente; pues ya se sabe que muchas, por su
corto volumen, son muy a propósito para rellenar cualquier rin-
conera de librería, donde lloran sin fruto el olvido desdeñoso de
los lectores.
Las naciones más cultas han publicado numerosas coleccio-
nes de sus Clásicos, y la misma literatura cristiana las tiene
magníficas de Santos Padres, escritores primitivos de la Iglesia
y otras semejantes. ¿Por qué las Ordenes religiosas no han
de hacer lo mismo con los suyos?
No es empresa esta que pueda llevarla a feliz término uno
solo; pero tratándose de un trabajo que ha de redundar en gloria
de Dios y de la Orden de su bendita Madre, cuantos de esta
forman parte, llevarán con gusto su granito de arena a este
edificio piadoso que intentamos levantar. Plumas bien cortadas
tiene la Reforma, y a ellas brindo este proyecto para que no
quede en estériles deseos, como quedaría sin duda de no ser
ayudados por tan excelente cooperación.
Muchas obras se han perdido en los trastornos y revolucio-
nes ocurridas en nuestra Patria en el siglo XIX; pero quedan aún
suficientes para formar una serie regular de volúmenes, que sir-
van de alimento espiritual a las almas, aumenten el ya rico teso-
ro de las buenas letras y mística española y se puedan consul-
tar mayor, número de obras debidas a los nuestros, ya que, por
lo regular, son muy apreciadas de los doctos y eruditos.
ADVERTENCIA PREVIA IX
En la BIBLIOTECA mística carmelitana, como del üialo se
infiere, solamente se publicarán obras de argumento místico y
ascético, escritas en castellano y debidas a religiosos y reli-
giosas de la Reforma, de Santa Teresa. Si tal vez se hace alguna
excepción, no respecto de los autores, que necesariamente ha-
brán de ser Descalzos, sino de materias, admitiendo alguna de
índole histórica, se hará constar en lugar oportuno.
Que la Santa bendita se digne hacer fecundos estos propósitos
para mayor gloria de Dios y suya y grande provecho de las
almas buenas.
Fr. Silverio de Santa Teresa, C. D.
PRELIMINARES
POPULARIDAD DE LOS ESCRITOS DE SñNTH TERESA. — FRUTOS QUE REPORTAN LAS
ALMAS DE SU LECTURA. — DOS PALABRAS SOBRE LA VIDA CONTEMPLATIVA DE
LAS CARMELITAS DESCALZAS.
Sólida debe de ser la fama de Santa Teresa cuando después de
tres siglos, no sólo no ha recogido sus alas y ceñido sus dominios prime-
ros, sino que los extiende cada día a más lejanos y dilatados confines.
Su propio valer personal, la santidad que tanto realza las hermosísimas
prendas de naturaleza con que a Dios plugo dotarla, la bondad de sus
escritos, tan nuevos y oportunos hoy como el día que salieron de su
pluma candorosa c inspirada, son otras tantas razones para que su
nombre se esculpa en mármoles y se pronuncie, de generación en gene-
ración con afecto doméstico y admiración profunda.
Antes de hablar de la conveniencia de una nueva edición de sus
escritos, cúmplenos decir algo de la popularidad que han alcanzado
en todas las naciones cultas, del grande aprecio que de ellos hace
la Iglesia y los más celebrados místicos de los tres últimos siglos, así
como de los reparos que en un tiempo se hicieron a esta celestial
doctrina y de algunos errores modernos que con ella intentan acre-
ditarse. Difícilmente, por lo demás, podríase hallar argumento más
abonado para ver la necesidad de la impresión esmerada de un libro,
que su difusión y agotamiento rápido, a pesar de verse multiplicado
en ediciones incompletas y descuidadas, que es cabalmente lo que ocurre
con las obras de la seráfica Doctora.
Ha sido, y continúa siendo, Santa Teresa gran bienhechora del
género humano. Con sus admirables escritos, ha enjugado muchas
lágrimas, reconfortado muchos corazones desfallecidos, ha hecho al-
borear rayos de esperanza en muchas conciencias sombreadas por el
XII PRELIMINARES
error y la desesperación', y ha elevado a la cima de la perfección re-
ligiosa a muchas almas que, sin la luz y calor de sus enseñanzas, se
habrían quedado en los comienzos de la vida perfecta. Nada más justo,
como recompensa a tan singulares favores, que el mundo le manifieste
por modo explícito y elocuente sincera gratitud.
Dedicóse ella con persistencia y tenacidad admirables al oficio
más digno y levantado que el hombre puede ejercer en la tierra, como
es la propia perfección y la perfección de los demás, según los eternos
cánones de la Santidad increada; y tan aprovechada salió en él, que
umversalmente es tenida por maestra indiscutible de amadores, y la
que mejor ha manifestado al mundo los secretos adorables que en-
cierra el pecho de Dios y hecho pregustar las inefables finezas y de-
licias que su dulcísimo Corazón reserva, aun en esta vida, a sus ser-
vidores más fieles y rendidos. Antes de Santa Teresa hubo sin duda
almas abrasadas en llamas de amor divino, inteligencias angélicas a
quienes Dios reveló inefables misterios sobre el modo de obrar que tiene
en los corazones que le aman; pero se murieron las más llevándose el
secreto de verdades tan consoladoras, o manifestándolas en lenguaje
emblemático, poco transparente y bastante inseguro, expuesto, por su
misma ambigüedad, a interpretaciones torcidas y aun erradas, peli-
grosísimas siempre en materias de tan alta trascendencia (1). Parece
estaba reservado a Santa Teresa descubrir al mundo, en lenguaje
familiar y diáfano y en estilo llano y sin afectación, las indecibles
y suavísimas operaciones del Espíritu Santo en el alma enamorada
y las luchas interiores y sucesivas purgaciones por que pasa antes de
ascender al simbólico monte, de donde se otean, en plácida serenidad
y dulce reposo, las maravillas de Dios creador.
La inmortal Doctora conduce al alma desde los grados más rudimen-
1 Acerca de la claridad con que la Santa expone las doctrinas más subidas u obscuras de
la Teología mística, decía la Sagrada Rota Romana en la docta Relación que hizo a Su
Santidad de su vida u milagros: «Los cuales libros, leídos por gravísimos teólogos de todas
las Ordenes, admiran la sabiduría de la Beata Teresa y la fácil declaración de los efectos
místicos, y que juzgan por rara prenda de sabiduría que una Virgen haya reducido a método
claro y bien ordenado lo que los Padres dijeron harto obscuramente, de la mística Teología».
Hablando de esto mismo, escribió Pío X al P. General de los Carmelitas Descalzos en carta que
le dirigió en el año del tercer Centenario de la beatificación de la Santa: «Por lo tocante a la
Teología mística, camina con tanta libertad por las supremas regiones del espíritu, que se diría
vive en ellas como en su propio reino. No hay secreto en esta ciencia que la Santa no haya
escudrinado profundamente; pues discurriendo por todos los grados de la contemplación, remonta
el vuelo tan alto, que no es posible lleguen a comprenderla los que no han experimentado estas
divinas operaciones del alma. Y a pesar de esto, nada enseña que no esté rigurosamente con-
forme con la más sana teología católica, exponiendo sus doctrinas con tanta sencillez y clari-
dad, que ya en su tiempo era la admiración de los más insignes doctores, quienes no llegaban
a comprender cómo pudo esta virgen reducir con tanta maestría y elegancia a un cuerpo de doc-
trina el que sin orden y confusamente enseñaron los Padres de la Iglesia». Cfr. Ucta ñpostol.
Sedis, 31 Marti!, 1914. Publicó en castellano esta carta. El Monte Carmelo del 15 de Abril
de 1914, págs. 284-291.
PRELIMINARES XIII
tarios de la. perfección incipiente hasta los más altos de la vida unitiva,
cuando el alma penetra ya como reina en lo más interior del castillo,
y allí se une en ósculo inefable con el señor de él, y lo contempla
casi sin velos ni celajes, gozando de algo así como asomos o anticipos
de visión beatífica, bien guardada y defendida de enemigos que interrum-
pan, alteren o mengüen esta felicidad intensa que de tan estrecha unión
se le sigue. Y lo que más extraña y maravilla es que materias tan abs-
trusas y difíciles, logra exponerlas con tal seguridad de doctrina, tal
claridad de lengua y precisión de estilo, con tan encantadora sencillez;
halla siempre a mano comparaciones tan bellas y gráficas para explicar
su pensamiento, que dan bien a entender que la inteligencia divina ilu-
minaba con intensos destellos el entendimiento de Teresa, y que el
suave soplo del Espíritu Santo dirigía su pluma, que corría muy apre-
surada por las blancas cuartillas, según deposición jurada de muchas
religiosas que la vieron escribir, grabando ideas luminosísimas de la
más encumbrada ciencia mística (1).
Ni los que escribieron antes de ella de esta ciencia sublime y es-
condida, desde el pseudo flreopagita hasta Taulero y Ruysbroeck, ni los
que la siguieron hasta nuestros días, hablaron de las vías del espíritu
y de la perfección con tanta competencia y naturalidad y tan al alcance
de todos; pues para las inteligencias no cultivadas, algunas partes de
la Mística hasta Santa Teresa fueron como el libro de los siete sellos,
misteriosas y casi ignoradas, por el obscuro simbolismo en que se las
envolvía, o por la profundidad científica y difícil terminología de es-
cuela con que eran expuestas. Con la publicación de sus obras se inau-
gura una nueva época que pudiéramos llamar de vulgarización mística,
de doctrina más clara! y concretal y de fórmulas de perfección más preci-
sas y seguras. Las almas rectas y deseosas de realizar en este mundo
el ideal del cristiano, contenido en las páginas evangélicas, sin grande
esfuerzo intelectual aprenderán lo más subido y noble de la mística
Teología, y Jesús tendrá intensos amadores educados en la escuela de
esta Virgen y escritora iluminada.
Sus escritos no producirán ilusos; son la misma discreción puesta
en letras de imprenta. Prudente y avisada la Doctora de ñvila, gus-
ta más de ponderar y magnificar lo sólido y substancioso de la vida
1 En las Informaciones del proceso de canonización de la Santa hechas en Granada, dice
a este propósito la V. Ana de la Encarnación: «Sé que sus libros los escribió por orden ü man"
dado de sus confesores y prelados. Una noche, escribiendo el de las Moradas, en el convento
de Segovia, vi desde la puerta de su celda, adonde estaba esperando si quería algo, que tenía
el rostro con una luz muy clara, y de ella salían unos resplandores como rayos dorados, y esto
le duró y vi por tiempo de una hora, que sería hasta las doce de la noche que dejó de escribir;
y al punto que dejó el cuaderno, se le quitó el resplandor, y parecía que estaba a escuras para
como estaba con el resplandor. Y cuando escribía, iba con tanta priesa y sin detenerse a borrar
ni enmendar, que bien parecía ser cosa milagrosa». (Cfr. Memorias historiales, letra N, núra. 11).
XIV PRELIMINARES
espiritual, que lo accesorio y efímero, aunque a veces sea más deslum-
brador y aparatoso. La práctica de las virtudes, la observancia de los
consejos evangélicos, la vida de unión amorosa con Dios, la contem-
plación afectiva y otras gracias de sólida y positiva utilidad para el
alma, tienen siempre en los escritos de la ilustre Castellana encomios
más sinceros y palabras más ponderativas que los raptos, éxtasis, deli-
quios y hablas interiores, sobre los cuales nos previene con frases enér-
gicas, por los grandes peligros de engaño que en ellos advierte, y por no
ser necesarios para ganar las más altas cumbres de la santidad.
Esta claridad de exposición y seguridad de doctrina en materias
de suyo intrincadas y recónditas, contribuyeron poderosamente a la
difusión portentosa y rápida de sus escritos, no sólo en los países
de la lengua que ella tan diestra y hermosamente maneja, envolviendo
pensamientos aristocráticos en formas sencillas y populares, sino en
los pueblos de distinto idioma, que se apresuraron a trasladarlos al
propio de ellos por no verse privados de alimento tan sabroso y nu-
tritivo, ñpenas habrá en castellano obra que haya alcanzado tanta
popularidad. No lo sé de ninguna, si tal vez se exceptúa la más inge-
niosa producción de Cervantes. Hombres de letras y almas sencillas
y piadosas estudian estos libros, ya para acrecentar el caudal de ideas
que atesoran sus ricas inteligencias, ya para contrastar opiniones de
cuya ortodoxia se duda, ya sencillamente para alimentar sus corazones
con estos frutos sazonados de paraíso, que dan al espíritu misterioso
temple para la práctica y acrecentamiento de las virtudes; que no son
las enseñanzas de Santa Teresa regato que se contiene en los ceñidos
límites de su Reforma, sino río caudaloso que lleva gérmenes de vida
divina a todo el campo cristiano.
Menguado favor haría a Santa Teresa quien se contentase sólo
con ponerla en las avanzadas del ejército glorioso de sabios que han
iluminado con sus conocimientos místicos los caminos obscuros de la per-
fección cristiana, olvidando este extremo de popular y espiritual conquis-
ta de las almas. Por encumbrada que sea la gloria que a una escritora,
que jamás frecuentó escuelas ni leyó libros de ciencia profunda, se le
siga de ocupar los primeros puestos entre los hombres de letras, no
constituyó ella la aspiración nobilísima de su corazón; a mayor y menos
caduca corona aspiró esta mujer extraordinaria, tan grande aun en
esto, que no se dejó jamás fascinar por el falso brillo de mundanas ala-
banzas. Intentó nada menos que prender al mismo Dios entre las do-
radas mallas de un amor purísimo, y en su conquista se lanzó con
resolución decidida y ánimo varonil, sin cejar en su empeño hasta dar
a la caza alcance, ñlma intrépida, corazón generoso, penetró animosa por
los cotos del divino amor, bebió de sus puros y frescos cristales.
PRELIMINARES XV
y dulcemente embriagada, reveló al mundo las inefables bondades de
este amor en páginas saturadas de lumbre divina, y tan encendidas
en devoción, que pegan a los lectores el mismo fuego que abrasó el
corazón de este Serafín carmelitano.
Tratándose de obras de este género, no puede ceñirse el estudio
de ellas a la parte científica o literaria, por mucho que suponga y
valga y por muy interesante que sea; porque más utilidad que a
los doctos, con ser tan grande, han reportado a los buenos y devo-
tos. Los escritos de los santos, y más los de esta Virgen sabia,
tienen la calidad inapreciable de enseñar y persuadir lo que en-
señan. No sólo instruyen la inteligencia con útiles conocimientos, sino
que mueven suavemente el corazón a obrar en conformidad con lo
enseñado. Misteriosa fuerza, que nunca podremos ensalzar bastante-
mente, y que constituye una de las mayores glorias de Santa Teresa,
En carta al P. Bouix decía León XIII sobre esta particularidad de los
escritos de la Santa: «Hay en las obras de Santa Teresa cierta virtud,
más bien celestial que humana, de eficacia maravillosa para promover
la enmienda de la vida, de suerte que de su lectura sacarán frutos
ubérrimos, no sólo los que trabajan en la dirección de las almas y as-
piran a la adquisición de una santidad eminente, sino también aquellos
que hacen algún aprecio de la virtud cristiana y algún esfuerzo por
obtener su salvación eterna».
Revestidos de tan singular gracia sus escritos, en los cuales su alma
hermosísima se transparenta como en bruñido espejo, han ejercido siem-
pre en los lectores poderoso hechizo, del cual es sumamente difícil
substraerse aun a alejados de ellas por repulsión de ideas. Campea en
estas páginas una ingenuidad tan humilde y un convencimiento tan sen-
cillo y decidido, una elocuencia tan cálida y natural en defensa de
la verdad, que el entendimiento se rinde dulcemente a ella y el corazón
disfruta de inefable descanso abrazándola con decisión inquebrantable.
No hay en ellas sutilezas de ingenio agudo, ni encadenamientos ló-
gicos de sabio profundo, ni aglomeración de citas de erudito de bi-
blioteca, ni frases aceradas de intencionado polemista; es como paloma
Cándida que conoce la verdad y la expone sin rodeos; que se siente
herida de amores exhala dulces gemidos hasta hallar quien pueda
curarlos; es águila caudal que en alas de su propio ingenio, empu-
jadas por fuerte espíritu de Dios, se remonta a la cúspide de la ciencia
contemplativa y convida a los espíritus a que en ascensiones magní-
ficas suban a tales inefables alturas, donde se goza más intensamente
de la hermosura de las perfecciones divinas.
Nunca fué tenida la Santa por embaucadora; pudo engañarse, pero
jamás se propuso engañar, ñ todos los quiso entrañablemente; su
XVI PRELIMINARES
corazón era tan grande, que cuando alguno le mostraba injustificado
desvío, le cobraba particular afición. Un pensamiento, una aspiración
fomentó durante su laboriosa vida: que todos los hombres conociesen
y abrazasen la verdad y fueran partícipes de la dicha inefable consi-
guiente a este conocimiento y dulce abrazo. Por alcanzar este anhelo
nobilísimo de su corazón, se metió a Reformadora, escribió libros,
predicó con su ejemplo, exhortó a sus amigos, no dio paz a la pluma,
ni a sus pies cansados, ni a su cuerpo enfermizo y amagado de pará-
lisis, hasta verlo realizado.
Persuadido estoy de que a estas excelentes cualidades es debido
en gran parte ese atractivo universal que la gran Reformadora tiene
en los corazones más opuestos, sin que lo puedan eclipsar o matar los
antagonismos de raza, de sentimientos ni creencias. Sobre todas las lu-
chas que tienen por campo el pobre corazón humano, su figura se
cimbrea gallarda como palmera, refrescando con su sombra a los fati-
gados luchadores. No está aún bien medida la fuerza misteriosa que
ejerce en las inteligencias que de buena fe buscan la verdad, las
expansiones espontáneas y sinceras de otra inteligencia que está en
posesión de ella, y con noble y afectivo entusiasmo lo declara con
palabras en que todo artificio humano está proscrito, para que resalte
escueta y como es en sí misma. Si esta profesión sincera está robus-
tecida, por decirlo así, por una vida sin mancha, completamente ajustada
a esa verdad que con suave resplandor ilumina la inteligencia, como
ocurre con la Virgen de Hvila, no hay corazón que se resista a sus
encantos.
Apenas fueron conocidas las obras de la Santa, comenzaron las
conversiones entre los protestantes en número tan considerable hasta
nuestros días, que en pleno siglo XIX, un furibundo racionalista, no
temió decir que Santa Teresa de Jesús ha contribuido más eficazmente
a contener los progresos de la Reforma protestante que San Ignacio
de Loyola y Felipe II (1). Conocida es la extraordinaria conversión
del célebre Rector de Breem, en el Wittemberg, la Meca, como si
dijéramos, del Luteranismo, de la que da cuenta Duarte de Braganza en
carta escrita el 3 de Marzo de 1639 a su hermano el Duque. Había
oído hablar este protestante de los libros de la Santa y se procuró la
Vida con ánimo de impugnarla. Tres años estuvo preparando la impug-
nación, rompiendo un mes lo que otro componía, sin resolverse nunca
a publicarlo; hasta que, persuadido de que quien como la Santa es-
cribía era imposible no estar en camino de salvación, se convirtió al
1 Dans notie siecle, au College de France, une voix rationaliste ait osé diré: «Sainte
Thérese a plus contribué a aireter les progres de la Reforme protestante que saint Ignace et
Philippe II». Histoire de Sainte Thérese d' aptés les Bollandistes, Introduction, p. XXXIII.
PRELIMINARES XVII
Catolicismo y fué fervoroso cristiano (1). Otro caso importante de
los muchos que pudiéramos traer, es la conversión a la verdadera fe
y el ingreso en las Carmelitas Descalzas de Colonia, de Dorotea Isabel,
hija del Rey Cristian IV de Dinamarca. En la Descalcez púsose el
nombre de Isabel de Jesús María. Su vocación fué tan decidida, que
ni su mismo regio progenitor, que de incógnito la visitó en el monas-
terio con intención de llevársela a la corte, pudo recabar nada de
ella, y perseveró en el claustro dando grandes ejemplos de perfección
religiosa (2).
Largos habíamos de ser si quisiéramos referir las maravillosas con-
versiones hechas por Santa Teresa entre los protestantes. Recordemos
los nombres de ilustres convertidos como Newman, Manning, Faber,
David Lewis y tantos otros que después de su conversión dejaron es-
critas páginas gloriosas, consignando el efecto que les había causado
la lectura de los libros de la Reformadora española. Manuales son los
tratados ascéticos de Faber, donde tantos elogios hace de la mística
Doctora (3), y el último es autor de la mejor versión que hay en la
lengua de Shakespeare de las obras de Santa Teresa. ¿Mencionaremos
también a la ilustre dama protestante Cunninghame Graham, autora de
un apreciablc estudio sobre Santa Teresa, por la que siente no disimu-
lada admiración? (^).
Si entre los separados de la Iglesia católica tan excelentes efectos
produce la lectura de la Santa Madre, mayores y más eficaces ha de
reportarlos entre los suyos, entre los buenos católicos. Pide la Iglesia
en la oración que dedicói a la Santa «que nos sustentemos con el man-
tenimiento de su celestial doctrina y seamos enseñados con el afecto
de su piadosa devoción» (5), y rara vez los deseos de tan cariñosa
madre habrán tenido tan universal y exacto cumplimiento. Las obras de
la mística Doctora figuran en todas las bibliotecas de las familias
1 Este caso lo traen casi todos los biógrafos antiguos de Sta. Teresa g además el P. Felipe
de la Santísima Trinidad en Decor Carmeli téligiosi, el P. Luis en los Rnales de la Orden en
Francia, 1. 2, c. 42, De los extraños habla, entre otros, Baronio, Rnnál., año 1700, n. 0.
2 Habla de esta conversión el P. Francisco de la Cruz en el tomo V de Desengaños
pata bien vivir y movir, p. 222. La Madre Isabel profesó en 1646 g murió en olor de san^
tldad en 1687.
3 «La eternidad, dice este celebrado escritor en Todo por Jesús, cap. VII, no es bas-
tante para alabar suficientemente a Dios por el más pequeño de sus beneficios, g serían ne-
cesarias innumerables eternidades para pagarle la merced inestimable que nos ha otorgado
dándonos, así a nosotros como a su Iglesia, la seráfica Madre Santa Teresa de Jesús».
4 Santa Teresa being same account of her Ufe and times, together vith aome pages
from the history of the last great Reform in the Réligious Orders, bg Gabriela Conninghame
Graham. {K new edition), Londres, 1909. Un volumen en cuarto de 785 páginas.
5 El P. Jerónimo de S. José traduce así la oración aprobada para el oficio de la Santa
en el Breviario: «Ogenos, Señor, Salvador nuestro, para que así como nos regocijamos con
la fiesta de tu Santa Virgen Teresa, así también nos sustentemos con el mantenimiento de su
celestial doctrina, g seamos ense&ados con el afecto de su piadosa devoción». Historia del
Carmen Descalzo, 1. V, c. XV, p. 901.
XVm PRELIMINARES
cristianas. Bien podemos afirmar, sin que en la afirmación pongamos
ningún concepto exagerado, que rarísima será la joven de regular posi-
ción que no lea estos escritos celestiales. Leerlos y aficionarse a ella
y en muchísimos casos sentirse con vocación religiosa, es fenómeno que
observan frecuentemente cuantos se dedican a la cura de almas.
Y en los claustros, ¡cuánto se maneja a Santa Teresa en todas
las Ordenes sin distinción! Para muchas almas es la lectura favorita,
el alimento cotidiano. Ella habla acabadamente de las enfermedades de]
espíritu, de la práctica de las virtudes y de los defectos más o menos
habituales en que pueden incurrir las religiosas; y lo hace con gracia
y donaire, sin fatigar la cabeza, sin hastío de ningún género, antes delei-
tando enseña, persuade y enfervora. Lleva a Dios suavemente, y una
vez cerca de él por la práctica de la virtud, enciende en afectos amorosos
el corazón que la leel y le introduce en el horno de caridad divina en
que ella se abrasó. Porque parece imposible leer estos libros sin sentir
necesidad de ser mejor y sin anhelar con vehemencia aquella perfec-
ción que ella describe por manera altísima e inefable. ¿Qué Orden hay
que no lea asiduamente estos libros? ¿Qué fundador o fundadora, desde
San Francisco de Sales y San Alfonso María de Ligorio, fervorosísi-
mo teresiano, hasta la piadosa y caritativa Vizcondesa de Jorbalán,
que no los recomiende a sus hijos o hijas, como medio eficacísimo
de adelantamiento espiritual?
Pero aun hay otra clase de lectores, unidos a la Santa, no
sólo con lazos de devoción, sino de familia, en quienes estas en-
señanzas imprimen más honda huella, y hasta llegan a reprodu-
cir en sus corazones, con sorprendente analogía, la imagen de la in-
signe Reformadora. Hablo de sus hijos e hijas, y más particularmente
de estas últimas, a quienes la presente edición va dedicada. Es admi-
rable lo que ocurre con estas abnegadas habitadoras de los claustros
teresianos. ñun forzando no poco nuestro natural, que se resiste a
todo elogio doméstico, he de escribir sobre esto dos palabras que re-
flejen, siquiera pálidamente, el sentir unánime de los pocos que de
cerca tratan a las Carmelitas Descalzas, lo mismo en España que en
otras naciones a fin de contrapesar en algo esa persuasión, tan ex-
tendida como poco cristiana, de que las religiosas de vida contempla-
tiva son punto menos que inútiles en la sociedad actual.
Ni el frío de los siglos que hiela las obras establecidas con mayor
empeño y calor de vida, ni los aires desatados de persecución que
vienen soplando con intensidad y pequeñas intermitencias desde la
Revolución francesa, ni el ambiente de positivismo y vida regalada
que hoy se masca y del cual es casi imposible librarse, ni el mal
disimulado desprecio (le la vida contemplativa y austera, han podido
PRELIMINARES XIX
mellar la férrea constancia de la hija de Santa Teresa en sus admira-
bles prácticas de vida monástica, en el apegamiento a sus leyes y en
el ejercicio continuado de las virtudes más sólidas y de la caridad
más encendida. Como perlas en concha, están encerradas estas almas
heroicas en sus conventos, sin querer abrirse para nada al espíritu del
mundo, sin resquicio por donde puedan colarse aires insanos, sin más
aspiración que seguir al que es camino, verdad y vida segi'm los mé-
todos trazados por su Santa Fundadora. R la manera de diligentes
abejas, se dedican día y noche, con una intensidad de vida que no es
fácil adivinar no conociéndola, a fabricar mieles exquisitas, libadas en
los toraillares del Carmelo, para jrecrear al dulce Esposo de las al-
mas, hoy más que nunca necesitado de amores. R elevada contempla-
ción y austeridad de vida llamó la Santa a sus hijas, y es justo
confesar que ellas han respondido cumplidamente al llamamiento. Si
Fr. Luis de León se alegraba y admiraba de ver el retrato de Santa
Teresa en dos imágenes vivas, sus hijas y sus libros, con más razón
nos hemos de admirar hoy, cuando observamos que después de tres
siglos, la imagen no se ha desfigurado, antes continúa reproducién-
dose con fidelidad, de que la misma gloriosa Fundadora — nos atreve-
mos a asegurarlo — está altamente complacida.
Fácil es en los comienzos, cuando todavía están calientes los des-
pojos del Fundador, conservar la integridad de la observancia; pero
conservarla sin quebranto ni la más leve relajación, cuando han trans-
currido varios siglos, es un hecho que ha de recordar con elogio la His-
toria eclesiástica. Que Religiones de suyo suaves, mantengan su espíritu
primitivo, nada tiene de maravilloso; pero en Ordenes tan estrechas
y austeras como la reformada por Santa Teresa, es digno de aplauso
y grande admiración. Digámoslo con la frente en el polvo, porque a
Dios se debe tanta dicha: la Orden del Carmen no se ha corrido en
un ápice de lo preceptuado por su inspirada Reformadora, y hoy ad-
vertimos los mismos deseos de recogimiento interior y de penitencia
que en las primitivas Descalzas, de quienes la Santa Madre fué la
mejor elogiadora.
El encerramiento de los Carmelos no asusta. Han sabido las Des-
calzas hacer tan llevadera y amena la penitencia y las virtudes que
aprendieron de su Madre, que si ella fué imán de corazones, continúan
siéndolo todas sus hijas. Los numerosos conventos reformados que
hay en el mundo cristiano, se pueblan de jóvenes sedientas de perfec-
ción. Es un fenómeno que apenas es dable explicar. En tiempos en
que la penitencia y recogimiento tanto amedrentan a nuestra naturaleza
muelle, cuando muchos directores espirituales, que tienen por ascé-
tica, según dice el P. Weis, «la filosofía de la vida cómoda*, guían a
XX PRELIMINARES
las almas a Religiones menos mortificadas, tal vez dcsviándolas de su
verdadera y primitiva vocación, con achaque de flaqueza de complexión,
como si ya no fuera imitable la vida austera de Jesús y de sus más
fieles siervos, o como si las excelencias de la vida penitente, predi-
cadas por los Padres y Doctores de la Iglesia no rezasen con la ge-
neración actual, maravilla no poco hallar tantas almas deseosas de
macerar sus carnes inocentes como víctimas propiciatorias de los pe-
cados del mundo, y de darse a las inefables delicias de la contempla-
ción de las perfecciones divinas, con absoluta negación de sentidos y
apetitos y de cuanto pueda significar condescendencia de carne y sangre.
Por fortuna, el decaimiento universal de vida interior que se ob-
serva en estos tiempos nuestros, por otra parte de tan asombrosa ac-
tividad, y ique hiere directamente a las Ordenes contemplativas (cosa que
tanto lamentan los buenos católicos que no paran su consideración en la.
superficie de las cosas, sino que ahondan más llegando hasta las raíces
de los males que deploramos), apenas si se ha notado en la Reforma
de las Carmelitas descalzas, que cuentan hoy tantos monasterios en Eu-
ropa como en los siglos en que el Catolicismo fué menos perseguido.
Sin distinción de clases y condiciones, bajo la sombra augusta de la
gloriosa Reformadora, se cobijan un sinnúmero de almas buenas, con la
noble aspiración de imitar su vida y sus virtudes. Todo el mundo las
puede observar hoy y convencerse por sí mismo, que en pleno siglo
XX son posibles las austeridades de los tiempos heroicos de la peni-
tencia cristiana, y que la mortificación más grande convive en amiga-
ble armonía con el amor divino más intenso, con la caridad al prójimo
más desinteresada y comunicativa y con una alegría indefinible que
hace tan fácil y deliciosa la vida conventual.
En los claustros de Santa Teresa se experimenta la paz de la
buena conciencia, la armonía de corazones unidos por idénticas aspi-
raciones, y se palpan los efectos de una santidad sólida, sencilla, co-
rriente, sin afectación ni alambicamientos, sensiblerías ni ñoñeces, ca-
lidades todas que tanto acreditan la virtud de las hijas de la ihistre
Reformadora. Cualquiera al verlas tan comunicativas y alegres, con esa
alegría inimitable, que yo tengo por uno de los frutos más sazonados
de la perfección religiosa, diría que con ellas nada tienen que ver
las mortificaciones, ni los ayunos, ni los grados más altos de con-
templación mística; ya que, por un error pueril, pero muy extendido,
hemos dado en creer que las personas que tales cosas practican, son
rancias, deformes y tontas de capirote. No sé por qué las bellezas
de la gracia han de estropear las de la naturaleza, y que los dones
más hermosos de Dios han de encarnar necesariamente en seres en-
fermizos, raros, pálidos y antiestéticos.
PRELIMINARES XXI
Por muy grande que sea la necesidad de la vida activa en esta
época de universal indiferencia, no es menor la de la vida de oración,
sin la cual la primera produce frutos muy menguados. Rn nuestro
siglo, tan dado a la acción, lejos de menospreciar la vida de retiro,
es preciso fomentarla para que no falten almas qUe vaquen a Dios
a la continua en contemplación inefable de sus divinas perfecciones,
comuniquen a las obras exteriores ese calor de virtud que las vivifica
y hace provechosas y sean a manera de víctimas expiatorias por los
crímenes que en el mundo se cometen (1). La santidad según los con-
sejos evangélicos es el ornamento de la Iglesia de Dios, como lo son
las flores de los campos en que crecen; es la sangre que vivifica todos
los miembros de la gran familia católica. Siendo la Iglesia en este
mundo una semejanza imperfecta de la eterna, así como en el cielo
hay espíritus angélicos que perpetuamente están abismados en sua-
ve contemplación de las perfecciones divinas, y espíritus que por dis-
posición de Dios intervienen en la gobernación del mundo y ejecu-
tan puntualmente sus órdenes; así en la tierra ha de haber almas que
enseñen, prediquen y se ejerciten en obras de misericordia, y almas
consagradas a la meditación, al ejercicio del amor santo y a la con-
tinua plegaria, que es un género de apostolado que ha producido siem-
pre frutos muy abundantes, y del cual jamás prescindirá la Iglesia
de Jesucristo.
Siendo las Carmelitas Descalzas las que han de leer estas obras
con más asiduidad, afecto, devoción y provecho espiritual, no nos pa-
recen del todo impertinentes los párrafos anteriores, ñun concediendo
que no hay estado, sexo ni condición que no pueda ejercitarse en las
virtudes ascéticas y gozar de las inefables dulzuras de la contemplación;
sin embargo, son muchos los místicos que afirman que es más indi-
cada la mujer que el hombre, y entre las mujeres, las vírgenes
consagradas al Señor (2). Alejadas del mundo, en quietud más repo-
sada y menos distraída, siendo su corazón nido de castos amores, abierta
su inteligencia únicamente a las blandas caricias del sibilas aarae tennis
del Espíritu Santo, y ofrendando todos los días a Dios su espíritu
1 Véanse sobre esto las importantes obras Desde mi celda y Conñdencias a un Joven, por
el P. Lucas de San José, C. D.
2 Santa Teresa, hablando de algunas mercedes divinas, dice en el capítulo cuarenta de
su Vida: «Havj muchas más (mujeres) que hombres a quien el Señor hace estas mercedes, u
esto oí al santo Fraij Pedro de Alcántara, y también lo he visto yo, que decía aprovechaban
mucho más en este camino que hombres, y daba de ello ecelentes razones, que no hay para
qué las decir aquí, todas en favor de las mujeres». «Sciat (director)... hujusmodi dona mulieribus
leapse uberius impertiri quam viris... Jure feminae a sancta matre Ecclesia titulo devoti sexus
honorantur. Non raro inveniuntur puellae quae innocentiae suae stolam illibatara custodiunt. Sed
ubi est innocentia, aliae etiam florent virtutes, quae omnes ad recipiendas Dei gratias dispo"
nnnt». (Cfr. F. V. Voss, Compendium Scarm., 1. II, pait. II, c. 3).
XXII PRELIMINARES
puro g su cuerpo sin mancilla, donde no hag excesos de pasión ni ape-
titos desmandados, han de tener forzosamente una preparación más
adecuada para recibir al dulce Esposo, que se recrea en las almas sen-
cillas e inocentes. Llamadas las Carmelitas Descalzas por la santa Madre
al ejercicio continuo de las virtudes g a la vida de unión con Dios,
necesariamente han de tener para ellas excepcional importancia estos
escritos, que con los de San Juan de la Cruz, constitugen su alimento
cotidiano.
Las hijas de Santa Teresa se han hecho singularmente acreedoras
a nuestra gratitud por lo mucho que nos han agudado en nuestros
trabajos de investigación franqueándonos sus archivos. Gracias a ellas
perduran aún, en perfecto estado de conservación, muchos documentos
de grande interés para la vida g escritos de la inmortal Reformadora.
Ellas conservan, además, la tradición oral de muchos puntos de obser-
vancia que la Santa estableció en las fundaciones, g que constituge otra
fuente riquísima de información, que no habremos de desaprovechar
en los estudios relacionados con la Doctora de ñvila.
II
ALGUNAS PROPIEDADES DE LOS ESCRITOS DE SANTA TERESA. — SU MAGISTERIO MÍS-
TICO.— AUTORIDADES DE ALGUNOS HOMBRES CELEBRES. — TESTIMONIO DE LA
IGLESIA. — EDUCACIÓN ESPIRITUAL DE LA DOCTORA DE AVILA.
La coincidencia de doctos y devotos en apreciar los libros de Santa
Teresa de Jesús, parece indicar que a la vez nutren la inteligencia con
sólida doctrina mística y calientan el corazón con encendidos afectos
de amor seráfico. Fortuna es esta que logran pocas obras del ingenio
humano. La aridez de escuela suele predominar en los tratados de ios
hombres de ciencia, asequibles únicamente a los muy versados en ejer-
cicios de especulación intelectual, pero no a los lectores ordinarios,
que no tienen por profesión el cultivo de las letras abstractas. R su
vez, los libros devotos suelen resentirse de grande penuria doctrinal,
siendo a veces despreciados y tratados de ignorantes y gazmoños
por los ingenios algún tanto cultivados y leídos. Unir la ilustración
a la devoción en un mismo escrito, es propiedad muy apreciable con-
cedida a pocos talentos.
Inútil sería buscar en Santa Teresa exposición de sistemas, ni ca-
pítulos concertados de doctrina, que se van desenvolviendo conforme
a reglas lógicas rígida(s e inflexibles. El gracioso desorden que parece
reinar en estas páginas, es una de las más bellas cualidades de los es-
critos de Santa Teresa. No suele ser muy ordenado el corazón en sus
inspiraciones, y las páginas de estos libros, iluminadas por el resplandor
de una inteligencia poderosa, fueron dictadas principalmente por un
corazón que recibía calor e inspiración del mismo Dios. En un m.ismo
párrafo se advierten frecuentemente ideas inconexas, suspensión ful-
minante de sentido por algún donosísimo paréntesis, trasposiciones en-
cantadoras, encumbramientos místicos de serafín, y sentencias ascéticas
corrientes de anciano solitario y experimentado que, apoyado en báculo
XXIV PRELIMINARES
venerable, las expone en plática familiar a los discípulos que le rodean
y escuchan con veneración y embeleso.
No hay que pedir a la Santa orden, método, encadenamiento de
ideas, disciplina de inteligencia y las demás condiciones que exigi-
mos a los escritores de obras. Santa Teresa no reparaba en estas
y otras reglas de preceptiva dialéctica, demasiado reflexivas e imperti-
nentes para una inteligencia que se movía en un ambiente amplísimo,
y que tan pronto la vemos subir a las celestes esferas y abismarse en
las lumbres de la Belleza increada, como descended a la tierra y reparar
en una fuente de aguas cristalinas, en el capullo de un gusano de seda,
en la avecilla que canta en la enramada, en las flores campesinas, o en
cualquier otro cuadro de la naturaleza que le venga a propósito para
lo que se propone declarar. El temperamento de la Santa era refrac-
tario al mecanismo académico y al lenguaje convencional, del que
apenas pueden prescindir los hombres de ciencia. Jamás aprendió el
tecnicismo de las Escuelas, ni tuvo la presunción de ser bachillera,
antes odiaba las bachillerías como tan contrarias a la naturalidad y
sencillez, de las que vivió perpetuamente enamorada. Con tal de ex-
plicar con claridad lo que intenta, dase por satisfecha y cura poco de
todo lo demás.
Sin gran esfuerzo solía conseguirlo siempre, aun en materias de
dificilísima exposición hasta para los muy doctos y versados en el
manejo del idioma. Alcanzado este su principal intento, no se preocu-
paba de otra cosa; ni siquiera volvía a leer lo escrito en muchos
casos. Ella misma dice que los Evangelios la recogían más que los
libros muy concertados (1). La sencillez y llaneza de los Libros Santos
la encantaban, y sin ella pretenderlo, logró imitarles en estas preciadas
calidades.
Por indicación de sus confesores compuso la Santa sus libros;
obediencia recia, como ella la califica, porque se consideraba incapaz
de escribir nada de provecho que pudiera edificar a los demás sien-
do ruin y pecadora majer cilla. Pena le daba dejar la rueca para
tomar la pluma;, y no se disponía para escribir con más preparación que
para hilar. «Solos los que me lo mandan escribir saben que lo escribo,
y al presente no está aquí, y casi hurtando el tiempo y con pena por-
que me estorbo de hilar, por estar en casa pobre y con hartas ocupacio-
nes» (2). Hun sin declararlo la Santa, se echa de ver fácilmente en
sus escritos la falta de lectura adecuada del erudito, y la meditación
y esfuerzo de la inteligencia del sabio que coordina sus ideas y las
1 Camino de Perfección, c. 21.
2 Vida, c. X.
PRELIMINARES XXV
traslada al papel con parsimonia indicadora del trabajo no ligero que
llevó a sazón aquellos frutos intelectuales suyos. Según dejamos dicho,
natural y espontáneamente manifiesta sus sentimientos al correr de la
pluma, sin artificio ni perezosa lentitud, como quien pone por es-
crito una conversación familiar tenida con su corazón o su Inteligen-
cia. Lo que siente en el momento, lo dice con palabras no rebuscadas,
aunque siempre felices y propias; ni siquiera intenta reforzar su argu-
mento con autoridades de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres.
Cuando los cita lo hace imperfectamente; porque era de memoria flaca,
según la misma Santa dice (1), y porque tales citas asomaban a la
pluma casi sin ella procurarlo. Gracias a esta ingenuidad de escritura,
Santa Teresa apenas tiene rival en la manifestación natural y clara del
pensamiento, prenda muy codiciada de los buenos autores y por muy
pocos conseguida.
La Mística es en parte ciencia experimental, de arte que quien
más hondo y continuado sienta las inefables comunicaciones de la
gracia en el alma, más preparado se halla para hablar de ellas con
aquella seguridad que da la propia observación de un fenómeno sobre
la simple lectura en un libro didáctico. Sintió la Virgen de ñvila los
efectos extraordinarios de la gracia con intensidad y continuidad gran-
des, y como a más de la particular asistencia que pudo tener de Dios,
no le faltaban viveza de ingenio, colorido de imaginación, ni expe-
ditez de lengua para expresarlas y darles forma conveniente a la fácil
inteligencia de los demás, pudo escribir de esta arcana ciencia como
no escribieron hombres encanecidos en las disciplinas eclesiásticas. Estos
proceden en la descripción de los efectos místicos bastante a obscuras
y dirigidos únicamente por principios científicos. Guiados por ellos,
no yerran tal vez el camino, pero éste apenas se ve por el débil res-
plandor que aquellos principios reflejan; mientras que el conocimiento
práctico lo pone de manifiesto a la claridad de la luz experimental
que reluce en el centro del alma y descubre las espinas, obstáculos
y sabandijas que lo pueblan, y también las virtudes y dones de Dios
que a su vera crecen con opulenta floración mística.
Naturalmente, cuando se escribe atendiendo sólo a lo que el propio
corazón experimenta, sin fijación previa de doctrinas, sin el orden
riguroso que enseña la lógica, han de notarse deficiencias de método,
dislocación de ideas, paréntesis y saltos atrevidos, que escandalizan a
los adoradores empedernidos de la ecuanimidad literaria. Pero en esta
libertad e insubordinación, ¡cuánto gana el pensamiento! Ligada con
ataduras de métodos científicos, ¿cómo habría podido remontarse tan
1 Vida, c. X.
XXVI PRELIMINARES
alto y describir vuelos místicos tan irregulares y magníficos esta pa-
loma habitadora de las montañas del Carmelo? Lo que hubiéramos
ganado en método, habríase perdido en naturalidad, sublimidad y be-
lleza. Los buenos y aprovechados ingenios son por lo regular orde-
nados, elegantes y correctos, como aspirando a la mediocridad dorada
de que habló el Poeta: los genios, por el contrario, rompen todo lazo,
se asfixian en el ambiente reducido de las reglas literarias; parecen
unos revolucionarios estéticos, y sin embargo, son los que, en aquel
magnífico desorden, producen las creaciones más bellas de que la
cultura humana puede enorgullecerse.
Si la Santa se propone darnos unos tratados metódicos de Hscética
y Mística de complicado artificio científico, probablemente sus obras no
hubieran alcanzado la popular estima que hoy gozan. Habrían sido muy
semejantes a muchos manuales místicos que por ahí corren, de doctrina
muy ordenada; al leerlos, producen la sensación agradable de arroyuelo
limpio que se desliza por suave pradera; mientras que el desorden de
la mística teresiana nos impresiona a manera de río caudaloso, que
unas veces forma profundos y tranquilos remansos, y otras rompe
los diques que le aprisionan y se precipita en hermosas y sublimes
cataratas. Santa Teresa no se propuso escribir un curso completo de
ñscética y Mística, y sin embargo, en sus obras se hallan dispersos los
elementos necesarios para formar la Mística y ñscética más perfectas
que jamás hayan salido de pluma humana.
Con inimitable gracia y habilidad entrevera máximas y principios
de una y otra ciencia: tan pronto la vemos emitir discretos consejos
a una novicia, como hundirse en los abismos sin fondo del amor ex-
tático y escudriñar en ellos arcanos inefables del misticismo más puro
y levantado. Sin salir del libro de la Vida, en el capítulo XI,
por ejemplo, echa a la vez los cimientos de la ñscética y de la Mística
en la hermosa comparación del huerto de malas hierbas y del horte-
lano que las arranca, y en su lugar planta flores, que riega por cuatro
distintos procedimientos. Esta agradable mezcla o entreveramiento de
ideas ascéticas y místicas, se halla en todos sus escritos; así, en el
Camino de Perfección, en que prevalece la ascética, hay notables ideas
de mística sublime; y en Las Moradas, en que predomina la mística,
danse maravillosas normas de ascetismo. Y es que si en los libros
pueden separarse estos dos tratados, es imposible no verlos unidos
en abrazo íntimo en las almas perfectas; y como allí viven juntos y
confundidos, así aparecen en los escritos de la Santa, reflejo exacto
de su admirable espíritu.
Con este hermoso procedimiento, daba gran solidez a sus doctrinas
místicas, asentándolas en robustos pilares ascéticos. Introducirse a vela
PRELIMINARES XXVII
henchida por los mares desconocidos del amor deífico hasta llegar
a los más altos grados de su desenvolvimiento y acción en las almas
buenas, sin la garantía del ejercicio continuo g firme de las virtu-
des cristianas, habría sido muy sospechoso, ni las incomparables des-
cripciones místicas de sus libros habrían merecido tan alto crédito de no
haberlas autorizado previamente con su portentosa santidad de vida.
Sin que sostengamos que las grandes manifestaciones de la gracia
en las almas sean debidas necesariamente a las virtudes de ellas, pues
son dones completamente gratuitos, los corazones perfectos, según la
ordinaria economía divina, son los preferidos en estas delicadas fine-
zas del amor de Dios (1). Ni aun en el dulce encierro de la séptima
morada, entre los suaves abrazos del Esposo y los amorosos abrasa-
mientos de la llama de amor viva, descuida la Doctora de ñvila un ápice
la austera práctica de las virtudes; ellas sustentan como cíclopes su
gigantesco castillo místico (2).
Espíritu tan levantado y noble, bien merecía particular asistencia
de la gracia en la exposición de sus efectos en las almas justas, como
la tuvo sin duda la Santa; pues de otro modo no se comprende que
pudiera declararnos con tal precisión, seguridad y claridad, arcanos
divinos tan profundos. No escribo para racionalistas, sino para cris-
tianos que creen en estas inefables comunicaciones e ilustraciones de
Dios a las almas. En tal supuesto, no es para desaprovechado este
argumento al hablar de los escritos de Santa Teresa. Dice en el Pre-
facio al Tratado del Amor de Dios San Francisco de Sales, «que la
devoción de los amantes entiende y escribe harto mejor de la ciencia
mística que la doctrina de los sabios». Y el cardenal Bona, acorde con
el sentir unánime de los autores ascéticos, afirma que un hombre igno-
rante puede hablar y habla más doctamente de Dios que un sabio en-
canecido en la Teología (3). La razón es, porque los dados' a la oración,
los contemplativos, poseen por especial gracia divina ciertas aptitu-
des intelectuales infusas que les iluminan los caminos obscuros del
amor secreto de Dios y sus efectos en las almas. En el fondo de los
corazones perfectos brilla la Divinidad con particulares destellos, que
clarean y descubren secretos que la flaca ciencia, aun de los entendi-
mientos más poderosos, no puede comprender. «En este alto estado de
matrimonio espiritual, dice San Juan de la Cruz (4), con gran facilidad
y frecuencia descubre el Esposo al alma sus maravillosos secretos, como
1 Cfr. Philipp a SS. Trin., Theologia mystica, p. II, tr. 3, d, 1, a. 6.
2 «Torno a decir, escribe en la Morada VII, cap. XIV, que para esto (para la perfección
religiosa), es menester no poner nuestro fundamento sólo en rezar ü contemplar. Porque si no
procuráis virtudes b hay ejercicio de ellas, siempre os quedaréis enanas».
3 Principia et doc. vitae Christ., p. 2, c. 48.
4 Cántico espiritual, canción XXIII; t. II, p. 281.
XXVra PRELIMINARES
SU fíel consorte; porque el verdadero y entero amor no sabe tener nada
encubierto al que ama».
R la inteligencia especial de tan hondos misterios, junta Dios al-
gunas veces la facilidad de exponerlos en lenguaje claro, que es gracia
de muy alta estimación, como Santa Teresa repetidas veces afirma
en sus escritos.
En las vidas de los siervos de Dios se refieren ejemplos porten-
tosos de esta ciencia infusa. Santa Catalina de Sena, Santa Rosa de
Lima y tantos otros aprendieron a leer y escribir por modo bien ex-
traordinario. Ingenios de cuyas pocas letras tenemos exacta noticia,
hablaron con grande competencia de los atributos divinos, tan bien
como los más celebrados teólogos. Estos casos anotados en los escritos
de Santa Gertrudis, Santa Catalina de Sena, Santa ñngela de Foligno,
Santa María Magdalena de Pazzis, Santa Catalina de Genova, son más
frecuentes en Santa Teresa de Jesús. Las demás siervas del amor se
han distinguido por su peculiar inclinación o conocimiento de alguna
verdad, atributo o misterio divino, como la Santa de Florencia de la
Encarnación del Verbo; pero Santa Teresa experimentó tan varios efectos
de la gracia y dio tal amplitud a sus escritos, que no hay verdad
de fe que no pondere, ni fineza de amor que no guste, ni misterio de
espíritu que no desentrañe. Habla de Dios y de sus grandezas; del
mundo y de sus miserias; de la virtud y de sus excelencias; de los
votos y de la observancia religiosa; de la dirección espiritual y de
sus ventajas y peligros; de las amistades y del modo de regularlas;
del cultivo de la inteligencia y de la educación del corazón; de la
oración y de sus grados, desde los más ínfimos a los más levantados.
Encarece la devoción a la Santísima Virgen y a los Santos, princi-
palmente al glorioso San José, de quien ha sido la más elocuente
pregonera, a las benditas almas del Purgatorio, y, sobre todo, consti-
tuyendo esto tal vez su mejor timbre de gloria, a la Humanidad de
Cristo, fuente irrestañable de consideración para los contemplativos y
que tiene su manifestación más espléndida en el augusto Sacramento
de la Eucaristía. Aunque la Santa Madre no tuviera otros títulos que
los de haber enseñado y practicado uno de los mejores métodos
de oración que se conocen, en el cual entran en la debida propor-
ción los discursos y los afectos, de haber aficionado a las almas a
la meditación continua de la Humanidad de Jesús, en tiempo en que
corría muy acreditado cierto idealismo contemplativo, insulso y enmo-
llecedor de espíritus, y, finalmente, haber recomendado con tan encare-
cidas palabras la devoción y frecuente participación del Convite euca-
ristico, merecía ocupar puesto de distinción entre los mayores místicos
del Catolicismo.
PRELIMINARES XXIX
Si bien los escritos de la Santa abarcan campo tan extenso, se
sostienen siempre a la misma altura; el interés nunca decae; el vigor
de su inteligencia no conoce desmayos. La humildad es la estrella de
guía que conduce a Teresa en sus discursos y base de cimentación de
su edificio místico, y como Dios se paga mucho de los humildes, hubo
de complacerse en dirigir aquella pluma que no tuvo otro fin que
cantar las excelencias o grandezas de Dios, tal como resplandecían
en su alma.
Enriquecida con tan nobles prendas intelectuales, morales y mís-
ticas, nada tiene de extraño ese magisterio universal que ejerce sobre
las almas y que en las alturas del Vaticano, donde se contrastan en
fuerte crisol y ponderan en justa balanza los méritos de los siervos
de Dios, en el- pedestal de la estatua de Santa Teresa que adorna
las pilastras de la gran Basílica de San Pedro, se grabasen estas
dos palabras, que dicen harto más que todas las apologías de la in-
mortal escritora: Mater spiritaalium; «Madre de espirituales».
Estos positivos y relevantes méritos explican el noble empeño con que
hoy se estudian sus obras por sabios insignes de todos los países para
autorizar con doctrinas tan acreditadas sus propias elucubraciones. En
materias místicas, afirmar una opinión con palabras de la Santa, es
confirmarla con una de las más altas autoridades doctrinales que des-
pués de la Sagrada Escritura pueden invocarse, ñlto honor concedido
a una escritora, y escritora española. La Virgen de ñvila comparte el
supremo magisterio místico con los Padres y Doctores de la Iglesia,
como en el memorable documento ya citado dijo Pío X, confirmando
palabras de León XIII, y dando ambos autoridad y certeza de cosa
juzgada al fallo de Bossuet cuando afirma «que la Iglesia coloca
a la Seráfica Virgen en el rango de los Doctores al celebrar la subli-
midad de su doctrina» (1).
En pocas producciones del humano ingenio ha sido tan unánime
el elogio. Sabios procedentes de distintas escuelas, se unieron en común
alabanza de las obras del Serafín del Carmelo. Vivió Santa Teresa en
el siglo de la Teología, y apenas hubo grande teólogo en España que
no ponderara sus libros con admiración bien sincera. Toda la ciencia
española, representada por ingenios tan esclarecidos, rindió tributo de
admiración a la Santa y la puso por cúspide o remate del gran
edificio que el saber patrio, en su siglo de oro, levantó a la cultura
universal (2).
1 «L' Eglise met presque au rang des docteurs, en célébrant la sublimité de sa doctrine».
Bossuet: Insttuct. sur les états d' oraison, 1. IX, n. 3, p. 182.
2 Muchos de estos elogios los recogió ya el P. Jerónimo de San José en su celebrada
Historia del Carmen Descalzo. También el P. Francisco de Santa María anotó otros en la Re~
XXX PRELIMINARES
No menos explícita y pródiga en elogios a la gran Reformadora
se manifestó la Europa, con la particularidad de que muchos salieron
del campo protestante, a pesar de haber hecho su Reforma principal-
mente para contener los estragos de la herejía luterana. Conocidas son
las palabras de Leibnitz en carta a Andrés Morellio en 1696. «Con
razón aprecias los libros de Teresa. En ellos encontré esta hermosa sen-
tencia: la inteligencia del hombre debe considerar las cosas como si
existiesen solamente en el mundo Dios y ella. Sentencia que es con-
veniente tenerla presente en filosofía, y yo la he utilizado en mis
disquisiciones científicas» (1). El suavísimo San Francisco de Sales
recomienda eficazmente los escritos de la Santa en el prólogo de la
Práctica del Amor de Dios por estas palabras: «La bienaventurada
Teresa de Jesús ha escrito tan bien de los movimientos sagrados del
amor en todos sus libros, que asombra ver tanta elocuencia envuelta
en tan grande humildad, tanta firmeza de espíritu con tanta sencillez;
su docta ignorancia ha hecho parecer ignorantísima la ciencia de mu-
chos hombres de letras, que después de largos estudios se avergüen-
zan de no entender lo que ella tan felizmente escribió sobre el ejercicio
del santo amor». En una de las cartas del Santo a cierta abadesa,
le dice: «Habéis hecho bien en familiarizaros con los libros de la
Santa Madre Teresa de Jesús, porque son un verdadero tesoro de
documentos espirituales» (2). Con razón sobrada pudo decir el pro-
fundo crítico P. Honorato de Santa María, que «sin mengua del grande
aprecio que debe hacerse de la ciencia mística de este Santo admirable,
parece haber seguido el método de Santa Teresa en la exposición de
materias espirituales y haber bebido en sus obras la substancia de
la doctrina del sexto y séptimo libro del Amor de Dios» (3).
Refiere el P. Amoldo de S. Pedro y S. Pablo, que las cuestiones
dogmáticas que solían discutirse en las Escuelas belgas de Teología,
se defendían públicamente con autoridades de la Santa Madre ('!).
forma de los Descalzos, u lo mismo hizo el P. Yepes en el «Prólogo a la Vida que escribió
de la Santa Madre. Los Carmelitas encargados a mediados del siglo XVIII de preparar una
edición completa de la Santa, en el Prólogo general que para ella tenían escrito, añadieron
otros muchos a los anteriores, e idéntica labor repitió el Padre Andrés de la Encarnación en
las Memorias Historiales. En el Manuscrito 12.763 de la Biblioteca Nacional, perteneciente en
otro tiempo a nuestro Archivo de S. Hermenegildo, de Madrid, que copió bastante bien D. Vi"
cente de la Fuente para su edición de las obras de la Santa, se compendian las deposiciones
hechas en varios procesos de beatificación y canonización, u en ellas se leen numerosos elogios
de estos libros. Como muchos son conocidos de todos u otros han de venir en los Apéndices,
excusamos reproducirlos ahora.
1 Citado por los Bolandos, Jicía S. Teresiae, p. 354, n. 1581.
2 Dice la Santa en el c. XIII de su Vida.- «Lo más que hemos de procurar al principio, es
sólo tener cuidado de sí sola, u hacer cuenta que no hay en la tierra sino Dios u ella».
3 Trad. des Peres sur la Contemplation, t. I, p. Ti.
4 «Quaestiones omnes, quas in scholis agitare solet Theologia scholastica, nec non cuneta
dlffícultates quas illa proponit, adeo dilucide Theresia in suis libris explicat et resolvit, ut plures
PHELIMINflRES XXXl
La conformidad de su doctrina con las enseñanzas del ñngcl de las
Escuelas, fué reconocida por muchos teólogos, lo cual no es de admirar
habiendo tenido tantos y tan sabios dominicos directores de su espíritu.
Dice el docto y piadoso Gonet, que un profesor de Teología sostuvo
en Marsella en el siglo XVII, con universal aplauso, cuestiones muy
difíciles sobre la gracia divina según la mente de San Agustín, Santo
Tomás y Santa Teresa (1). El Padre Baltasar de Santa Catalina,
docto carmelita italiano del siglo XVII, escribió un grueso volumen para
probar la conformidad de la doctrina de Las Moradas con la del An-
gélico Doctor, a fin de venir a esta conclusión, que trae el Padre pa-
rafraseando una sentencia de San Gregorio (2): Si qaaeras, quid
sentiat Teresia? Hoc tiimiram qaod Thomas. Si qaaeras, quid sentiat
Thomas? Hoc proculdubio qaod Teresia (3).
Tan grande fué en Europa la autoridad de Santa Teresa en las
controversias místicas, que aun los mismos herejes trataban de escu-
darse con ella, como lo hicieron los molinosistas. La Iglesia, por el
contrario, se valió de los mismos libros para demostrar la herética prave-
dad de Molinos, de sus discípulos y de los pseudo-místicos que le suce-
dieron. Escribe a este propósito el citado P. Amoldo: «De aquí proviene
que cuantas veces en nuestros días se suscita alguna dificultad sobre
las cuestiones de la mística Teología, la Iglesia acude para su resolu-
ción a lo que sobre ella escribió Santa Teresa. Así acaeció en tiempo
de Inocencio XI en la famosa causa de Molinos; así en el pontificado
de Clemente XI y en el de Inocencio XIII» (4).
La misma autoridad que los teólogos de las tres últimas centurias,
conceden hoy a los libros de la Santa los escritores de nuestros días
que tratan de ascética y mística. Basta hojear ligeramente las obras de
Ribet, Lejeune, Poulain, Saudreau, P. Arintero, P. Seisdedos y tantos
otros, para convencerse de la altísima importancia mística que atribu-
yen a la doctrina de la insigne Doctora abulense. Apenas tratan cues-
tión que no la citen como a una autoridad de gran pesa y casi decisiva.
Acaece en la Mística experimental con las sentencias de la Santa, como
en la Teología dogmática con las del Doctor Angélico. En materias li-
bres, opinables y defendibles, sin apartarse de la doctrina católica,
in Belgio meo sacrae Theologiae Piofessores, quos ego novi, vidi et audivi, universam Theolo-
giam scholasticam, et singulas ejusdem difficultates per solas auctoritates ex Sanctae hujus Matris
nostrae libris desumptas, comprobatas, publice sustinueiint, defendeiint et propugnaverint». (Soli"
tarius loquens, Confer. 10, resp. 3). En el mes de Abril de 1712 se puso a discusión en Amberes
una tesis pública que compendiaba la maijor parte de los tratados de la Teología dogmática «ad
mentem Angelici Doctoris, necnon Seraphicae Doctricis S. Theresiae a Jesu».
1 Gonet in N. Ciyp. Theoloff. Tkomist.
2 Lib. IV, Homil. 3 in Ezechiel.
3 Citado por el P. Federico, Vita di S. Teresa di Gesú, v. II, p. 239. (Venecia, 1789).
t Solit. loq., Conf. X, resp. 3.
XXXII PRELIMINARES
los autores se dividen y discuten entre sí g apoyan sus respectivas y
opuestas opiniones con testimonios de 'la Virgen de ñvila, según la inte-
ligencia que cada contendiente les da. Solamente los más grandes doc-
tores han sido objeto de este pugilato de conquista científica entre
diversas escuelas, del cual todos nos debemos felicitar.
R la vista tengo diversos autores modernos de Teología mística,
y me veo embarazado para escoger un texto de cada uno que sintetice
su opinión sobre el valor de la doctrina de Santa Teresa. Todos, sin
excepción, han enriquecido con ella sus páginas en frecuentes citas de
sus libros. Muchos la han tomado por guía en sus tratados, y otros, si
no en el método, convienen con ella en el fondo de todas, o casi to-
das las cuestiones. Dos tomos dedica Saudreau a fijar y esclarecer
los grados de la Vida espiritual, y no halla camino más seguro que Las
Moradas. «Existe, dice, la distinción clásica de las tres vías, que
sería temerario no admitir, y la admitimos como base. Pero esta clasi-
ficación es muy imprecisa, por lo que los autores espirituales han
adoptado otra más completa. Para esta subdivisión no podemos es-
coger mejor director que Santa Teresa, no solamente porque es auto-
ridad de primer orden en materias espirituales, sino porque trata con
extensión y claridad esta cuestión en sus Moradas o Castillo Interior.
La doctrina de otros maestros de la vida espiritual se aducirá para
confirmar y completar las enseñanzas de la gran Santa=> (1). El Padre
Seisdedos, por citar la última obra de mística publicada en España,
promete también seguir en sus escritos a los dos célebres Reformadores
del Carmelo, Santa Teresa y San Juan de la Cruz. «El objeto prin-
cipal del presente estudio, dice, es la exposición de los principios fun-
damentales de la Mística a la luz de la Escolástica; pero acudiendo
a la vez a las descripciones de los grandes místicos, singularmente
Santa Teresa». Más adelante, hablando del auxilio que la mística ex-
perimental presta a la doctrinal o escolástica, escribe: «Entonces, a
sus escritos, dado que por otra parte sean la síntesis de la mística
experimental, habrá que acudir como a la fuente más pura y cristalina
de la mística doctrinal; y ellos solos, hasta cierto punto, pueden su-
plir con ventaja a los demás. Tales son, según el juicio unánime de
los sabios católicos, los escritos de la incomparable Santa Teresa de
Jesús juntamente con San Juan de la Cruz, que es su complemento» (2).
ñquí vienen naturalmente a los puntos de la pluma preguntas que
dan origen a una cuestión importante, muy de moda en nuestros días
y que nosotros trataremos con mucha brevedad. ¿Santa Teresa pcrte-
1 Les Deffrés de la vie spirituelle, t. I, p. 15. París, 1912.
2 Drincipios ñmdamentáles de la Mística, \. I, págs. 9 y 44. Madrid, 1913.
PRELIMINARES XXXIII
ncce a escuela mística determinada o más bien fué fundadora incons-
ciente de otra nueva? ¿Cuáles fueron las lecturas favoritas de la
Virgen de Avila? ¿Dónde bebió inspiración, luz y conocimientos para
sus escritos? He aquí una materia casi virgen todavía, pues no sabe-
mos que la haya tratado ningún escritor con el debido detenimiento,
si se exceptúa a A\orel-Fatio, en un luminoso artículo, como todos
los que publica este insigne hispanófilo, que deberán tener en cuenta
los que traten sobre este sugestivo argumento (1). Un tomo volumino-
so habría que escribir para dar respuesta conveniente a estas pre-
guntas, que, sin embargo, atendidos el gusto y las exigencias de la
crítica moderna, es de urgente necesidad escribirlo, aunque las difi-
cultades sean grandes y la preparación y estudio para resolverlas muy
variados y prolijos.
La curiosidad intelectual en nuestros días no puede quedar satis-
fecha con narraciones brillantes, más o menos verídicas, de hechos
y virtudes de hombres esclarecidos en ciencia y santidad, como acaecía
a nuestros abuelos, más crédulos, más felices y que no sentían el
aguijón de las investigaciones eruditas con la vehemencia que nos-
otros. Las Vidas de Santos se escribían más para edificar que para
instruir, y hoy pretendemos ambas cosas, y estoy por decir que mira-
mos con cierta predilección la segunda. Concretándonos a la Virgen
de Avila, el curioso investigador desea estudiar no sólo a la santa, sino
a la mujer; pretende conocer su especial psicología, su temperamento,
su carácter, la extensión y profundidad de sus facultades, la natura-
leza y condición de sus relaciones sociales y espirituales, valorar
con precisión sus doctrinas místicas y ascéticas, seleccionar o dis-
tinguir lo propio y personal de la Santa, de lo ajeno y comunicado.
Es necesario conocer sus principales fuentes de inspiración, los libros
que manejó, los conceptos que de ellos utilizó para los suyos, la no-
vedad o formas singulares que pudo darles al asimilárselos, la parte
que hombres ilustres y algunas Ordenes religiosas tuvieron en la
formación de su espíritu privilegiado, en lo cual se han cometido
muchas inexactitudes y hasta extravagancias, precisamente por no haber
ponderado todos los elementos que integran la educación de la Santa.
Sin un estudio de conjunto, es muy difícil escribir con acierto en esta
materia.
Por lo que hace a la mística de Santa Teresa, nadie podrá negarle
originalidad, copia de doctrina y otras condiciones requeridas para
formar escuela aparte, junto con su obligado complemento, el místico
Doctor San Juan de la Cruz. La Reforma carmelitana, que cuenta
1 Les lectures de Sainte Thérese, en el Buüetin Hispanique, EnerO'-Marzo de 1908.
XXXÍV PRELIMmaRES
en su seno místicos y ascetas como el P. Jerónimo Gracián, Juan de
Jesús María, Felipe de ■ la Santísima Trinidad, José del Espíritu San-
to..., ha sido muy fecunda en producciones de este género de gran
importancia y relieve y de la más pura ortodoxia. Además, en la
Reforma de Santa Teresa la mística especulativa vivió siempre unida
a la práctica, hasta él punto de haber alcanzado desde sus comien-
zos celebridad y crédito no superados por otra ninguna. Participa la
mística de la Descalcez, de las raudas ascensiones del Águila de Hipona
y de su Escuela, de los ardores seráficos de la del Pobrecito de Asís,
y de la solidez teológica de la Dominicana, ya que los Doctores Des-
calzos carmelitas han exprimido casi siempre este vino simbólico de
las almas de pura cepa tomista. Con haber contribuido providencialmen-
te casi todas las grandes Ordenes religiosas a formar el espíritu místico
de Santa Teresa, todavía tiene éste la suficiente independencia para
campar sólo, sin ser absorbido por los demás o confundido con ellos.
Algunos escritores modernos han exagerado no poco al estudiar el
influjo de ciertas Religiones en la formación espiritual de la Santa,
haciéndola casi exclusiva de una de ellas o dándole tales proporcio-
nes, que anulan otras influencias. Cada autor mira estas cuestiones
por el lado más favorable y más conforme a su modo de pensar, con
detrimento, a mi humilde modo de ver, de la verdad y realidad de
las cosas. Es innegable, v. gr., el benéfico y constante influjo de los
hijos de Santo Domingo en el alma de Teresa; pero ¿podremos pres-
cindir de los hijos de San Agustín, de los Padres de la Compañía,
de San Pedro de Alcántara, y muchos otros franciscanos, a todos los
cuales tan agradecida se manifiesta la inmortal escritora? ¿Y cómo
olvidar la intervención decisiva, en este sublime pugilato artístico por
labrar lo más primorosamente posible esta imagen de santidad, de dos
Descalzos a quienes la célebre monja se confió en los últimos años
de su vida, San Juan de la Cruz, y más señaladamente, Fray Jeró-
nimo Gracián?
Como la Santa a todos alaba y muestra sincera gratitud, no basta
estudiar aislados estos elogios, sino en conjunto. Ni es suficiente pre-
cisar los libros que leyó para juzgar la originalidad de sus obras y
el parentesco que pueden tener sus ideas con las de otros místicos.
En primer lugar, es necesario tener presente que en la Mística hay
muchísimos puntos en que todos los escritores católicos convienen, ya
porque son verdades de fe declaradas por la Iglesia o contenidas muy
explícitamente en las Sagradas Escrituras, ya porque son conclusiones
de estas verdades sobre las cuales no cabe controversia, ya también
por ser tan evidentes a la simple razón, que no es posible entablar
discusión seria sobre ellas. Buscar analogías en estos extremos entre
PRELIMINARES XXXV
la Santa y los místicos de otras escuelas, es perder lastimosamente
el tiempo, porque tales analogías son necesarias, so pena de vagar
fuera del campo católico: pertenecen al patrimonio común científico
de la Iglesia. La analogía o divergencia, la originalidad o el plagio,
hay que buscarlos en las diversas explicaciones que se pueden dar a
los efectos místicos, en el señalamiento más o menos preciso de éstos
en el alma, en los métodos de oración, en la clasificación de los
grados de contemplación divina, y en tantas otras cuestiones menos
principales que pueden discutirse, y se discuten libremente, entre los
escritores católicos y dan origen a diversas escuelas. Así entendidas las
cosas, Santa Teresa tiene sobrados méritos para fundar una nueva^
y de las más notables.
Como hay originalidad en las ideas, puede haberla también en la
exposición de ellas, en lo cual, ciertamente Santa Teresa resulta asimismo
originalísima. Existen en sus libros explicaciones de efectos místicos
y comparaciones tomadas del mundo exterior, que no se hallan en nin-
guna parte, y aun aquellas que en otros libros se encuentran, las ma-
tiza la Santa con lumbres y colores tan suyos, que bien pueden lla-
marse originales. La lectura en Santa Teresa influyó mucho menos que
en la mayor parte de los que han escrito libros. No estaba dotada de
retentiva muy feliz, y como no la refrescaba al ponerse a escribir,
hojeando obras que pudieran tener analogía con lo que se proponía
tratar en aquel instante, parece claro que los libros manejados por
ella no debieron de proporcionar a su inteligencia extraordinarios co-
nocimientos.
Con esto no negamos la influencia de tales libros; muchas veces
se notan evidentes reminiscencias de ellos en los suyos, principalmente
del Tercer Abecedario, de Francisco de Osuna (1); sino solamente adver-
1 El Tercer Mbecedario es, sin disputa, el que más influencia ejerció en el misticismo de
Santa Teresa, como puede verse por un ligero cotejo de sus escritos con este tratado. El docto
P. Miguel Ángel, en los artículos que con el título La vie franciscaine en Espagne. publica en
la Revista de Rrchivos y Bibliotecas (Julio-Agosto 1914, p. 3), promete escribir en breve fecha
un estudio sobre este argumento, ij a juzgar por la vasta erudición del distinguido hijo de San
Francisco, ha de ser interesante. Santa Teresa, siempre fué muy aficionada a buenos libros;
algunos los veremos citados en sus obras. Por testimonio de ella misma sabemos que leía las
Epístolas de San Jerónimo, las Confesiones de San Hgustín, los Morales de San Gregorio, la
Vida de Cristo, por Ludolfo de Sajonia, la Imitación de Cristo, las Vidas de Santos g algunos
otros. Las Constituciones primitivas que dio la Santa a sus monjas dicen en el número 23:
«Tenga cuenta la Priora con que haga buenos libros, en especial Cartujanos, Flos Sanctorum,
Contemptus mundi, Oratorio de Religiosos, los de Fray Luis de Granada y del P. Fray Pedro
de Alcántara; porque es en parte tan necesario este mantenimiento para el alma, como el comer
para el cuerpo». Si bien no pudo hacer el uso científico de las Sagradas Escrituras que otros
místicos, San Juan de la Cruz, por ejemplo, es muy digno de notar la devoción que las tenía.
Hablando de una carta del doctor Velázquez, dice en el capítulo XXX de las Fundaciones: «Me
hizo gran provecho, porque me asiguraba con cosas de la Sagrada Escritura, que es lo que más
a mí me hace al caso, cuando tengo la certidumbre de que lo sabe bien, que la tenía de él,
XXXVI PRELIMINARES
tir que no debe exagerársela demasiado. Santa Teresa aprendió mucho
en los sermones, a los que era muy aficionadaj, y mucho más en el trato
frecuente con los letrados, es decir, con los mayores teólogos que ha
tenido España en el siglo por excelencia de la Teología, sin contar lo
qué ilustraron su espíritu siervos de Dios como San Pedro de Alcán-
tara y San Francisco de Borja. Sin embargo, estas doctrinas de pro-
cedencia tan varia, al llegar al corazón de Teresa, perdían su espe-
cialidad nativa, se transformaban completamente; eran como metales
que, revueltos y confundidos en el crisol, salían de él convertidos en oro
teresiano, con su peculiar consistencia, refinamiento y brillo.
Es propio de los grandes ingenios transformar tan hondamente
lo tomado de campo ajeno, que lo elevan a la categoría de producción
original, y hasta lo mejoran y comunican preciados quilates. Aunque
la mujer parece haber nacido para ser influida en todos los órdenes por
la fuerza e inteligencia más poderosas del hombre, Santa Teresa más
bien influyó y dominó a los letrados y espirituales que trató, dando
harto más que recibió de ellos. Es innegable que las más asombrosas
producciones místicas que salieron de su pluma, son tan suyas, que
nadie que de buena fe proceda, les señalará distinta paternidad, por
muchos que sean los puntos de semejanza que puedan tener con otros
autores. Santa Teresa escribía con entera libertad' y verdad lo que en
su corazón lealmente sentía, y después de escrito, su humildad lo
sometía al examen y autoridad de teólogos o letrados. Pero nadie
le dio dirección previa, ni le fijó verdades que había de tener presen-
tes en la escritura. Sus directores espirituales la mandaron escribir;
pero no le señalaron la traza, el modo, ni la doctrina sino en términos
muy generales, que en nada afectan a la originalidad del escritor.
Por eso, Santa Teresa es originalísima ; ella nada entendió de métodos
ni de las opiniones discutidas en las aulas conventuales y universitarias.
Tampoco ha de olvidar el que a escudriñar las fuentes de inspi-
ración de la santa Doctora se dedique, que su principal maestro fué
Jesús. «Muchas cosas de las que aquí escribo, dice ella, no son de mi
cabeza, sino que me las decía este mi Maestro celestial...; (por esto) se
me hace escrúpulo grande poner o quitar una sola sílaba que sea» (1).'
junio con su buena vida». Los Conceptos prueban, qué incendios de amor producían en su co-
razón las palabras de los Cantares de Salomón. Algunos tiernos episodios de los Evangelios,
como el de la Samaritana dando agua al divino Maestro, la recogían por modo extraordinario.
Aunque la Santa no leyó probablemente la Biblia en romance, muchos pasajes escriturísticos
pudo aprenderlos en los libros que usó, en los sermones, en la conversación con letrados, u
también en el Breviario, aunque no entendía mucho latín. Con sus propias palabras, o incluyendo
en otras su pensamiento, cita principalmente a los Evangelios y Epístolas de San Pablo; del
Antiguo Testamento son más escasas las citas; de ordinario se limitan a los salmos.
1 Vida, c. XXXIX.
PRELIMINARES XXXVII
«Hclaró, dice en otro lugar, Dios mi entendimiento, unas veces con pala-
bras, ü otras puniéndome delante como lo había de decir, que, como
hizo en la oración pasada. Su Majestad parece quiere decir lo que
yo no puedo ni sé» (1). «Como yo no tenía maestro y leía en estos
libros por donde poco a poco yo pensaba entender algo, y después
entendí que si el Señor no me mostrara, yo pudiera poco con los libros
deprender, porque no era nada lo que entendía hasta que Su Majestad,
por cxpiriencia, me lo daba a entender» (2).
Tarea fácil sería ir enhilando textos en los cuales Santa Te-
resa indica con humildad esta inspiración de la gracia, sin la cual
nada sabía decir. Sólo teniendo presentes todos estos elementos que
concurrieron a su educación: la lectura, los sermones que oyó,
su trato y conversación con hombres doctos y siervos de Dios, y la
especial asistencia del Espíritu Santo, bien entendida y sin darle la
importancia que tiene en los Autores Sagrados, puede resolverse el
complicado problema de la formación espiritual de Santa Teresa.
1 Vida, c. XVIII.
2 Vida, c. XXII.
III
DELACIONES Y REPAROS QUE SE HICIERON fl LOS LIBROS DE SANTA TERESA. —
apologías DE LOS MISMOS. — ALGUNOS ERRORES MODERNOS SOBRE LA AUS-
TICA Y APLICACIONES PRACTICAS A LA DOCTORA DE AVILA.
La popularidad e indiscutible autoridad doctrinal de la célebre
Doctora, tuvo al principio algunos contradictores, que son a manera de
sombras de perspectiva, que hacen resaltar más la gran figura de este
cuadro maravilloso. No faltó, a poco de ser conocidos los escritos
de la Santa, quien les encontrase máculas y juzgase su lectura poco
conveniente para las almas sencillas, por hablarse mucho en ellos de
visiones, revelaciones y otros beneficios extraordinarios de la gracia. Y
no son de extrañar tales dudas en aquellos tiempos en que eran muy
frecuentes los embustes espirituales y fingimientos de casos porten-
tosos atribuidos al poder de Dios, cuando, por otra parte, la Madre
Teresa, si bien gozaba de grande reputación de discreta y virtuosa,
aun no se había granjeado esa veneración rendida y absoluta, que
siempre es gloria postuma, y consecuencia en parte del fallo solemne
de la Iglesia, única que no puede engañarse en sus juicios sobre la
santidad eminente de sus hijos. Higo hemos de decir sobre los reparos
hechos a los libros de la Santa y de las apologías que se escribieron
en su favor, siquiera por el conocimiento que nos dan del estado reli-
gioso de aquel tiempo.
En el siglo XVI y comienzos del XVII había singular prevención
contra las obras devotas en romance, por los estragos que en personas
piadosas había hecho la doctrina de los alumbrados, ñpenas había
libro escrito en lengua vulgar y argumento devoto, en que ima crítica
suspicaz y exagerada no hallase, más o menos bien disimulada, la
herejía iluminista. Libros de doctrina tan segura como los del V. ñvila,
del P. Granada, los Ejercicios de San Ignacio y otros, fueron denun-
XL PRELIMINARES
ciados a la Inquisición por contener enseñanzas o resabios de alum-
brados, cosa que hoy nos parece de iodo punto inverisímil, pero
que entonces era corriente y nadie extrañaba tales denuncias. En la
explicación de ciertos hechos históricos no puede prescindirse del am-
biente en que se desenvolvieron. H esta buena luz es preciso estudiar
la persecución de las obras de piedad en aquella época, los ex-
tremos de los teólogos y las que hoy nos parecen intemperancias bi-
liosas del célebre Melchor Cano, de quien se cuenta haber dicho
en un sermón, «que para él una de las señales de que iba a venir
el ñnticristo, era el ver tanta frecuencia de sacramentos» (1).
Los escritos de Santa Teresa fueron denunciados a Felipe II, que
ordenó los examinasen algunos teólogos y diesen censura (2). Fr. Je-
rónimo de San José hace el siguiente interesante resumen de las
delaciones hechas contra estas obras, apenas fueron conocidas. «En
publicando en España estos libros, les sucedió lo que a otros mu-
chos de gravísim.os y santísimos escritores que ha tenido la Iglesia,
que salieron luego diversas personas a contradecirlos y calumniar-
los... H este modo ordenó, pues, el Señor o permitió que los escritos
de nuestra santa doctora y madre Teresa de Jesús, tuviesen esta
manera de calificación, siendo no sólo con rigor examinados, sino
también agriamente perseguidos con la calumnia y contradicción de
muchos que con buen celo se levantaron contra ellos; para que apu-
rada más la verdad y utilidad de su doctrina, quedasen calificados
en la Iglesia. Denunciáronlos nuevamente a la Inquisición, impugnando
así la doctrina destos libros, como el estar escritos en lengua vulgar;
y en uno y en otro punto se escribió contra ellos, y aun contra el
autor o autora que los escribió, con sobrada aspereza.
»Volvió la Inquisición a examinarlos, y por censura de sus cali-
ficadores y de otras graves personas a quien los cometió, que los
aprobaron y loaron mucho, dio por buena y sana su doctrina. Pero no
1 Cfr. La Ciencia Tomista, Mayo-Junio de 1914, pág. 213.
2 El Rey Prudente siempre debió de estar bien inclinado hacia la M. Teresa. Cuéntase
que en una ocasión le refirieron los nombres de los confesores con quienes comunicaba su espí-
ritu, hasta diecisiete. Felipe II contestó: «A'VuJer que con tales trata no puede errar». (Cfr. Me^
moñas historiales, Q A, número 12). ^D. Pedro Martínez de Muro, abad de Alfaro, dijo en las
informaciones hechas en aquella ciudad por el Vicario General de Tarazona, Juez de la causa,
que estando en el Escorial leyendo la cátedra de Prima, que sería el afio 1586, por mandado de
Felipe II le dio el Sr. Yepes un papel en que con poca piedad y mucho rigor se hablaba de al-
gunas proposiciones que la Beata M. Teresa de Jesús, entre otras, había dicho en sus libros. Que
el papel era de autor incierto, y Su Majestad le mandó diese su censura acerca del papel que
serían diez las proposiciones en materias espirituales y muy graves; que examinó con rigor los
libros de la Santa; y habiendo visto todos los santos y autores graves espirituales que trataban
de dichas proposiciones, halló que todas eran muy católicas y de persona particularmente favo-
recida y alumbrada de Nuestro Señor, y que dio al rey un papel muy trabajado y lleno de doc-
trinn de santos y varones espirituales, el cual papel entiende le dio Su Majestad al General de
la Religión de Carmelitas Descalzos».
PBeLIMINXRES XU
cesando con esto el celo de los impugnadores, hicieron preso en el
segundo punto, que era estar escritos en lengua vulgar» (1).
Delator hubo que no se resignó a que la Inquisición española
dejase correr los libros de la Santa, y con solicitud digna de mejor
causa, acudió a la Romana para lograr allí lo que no había podido
en España. Por extraño y peregrino contraste, quien más cerril y
terco empeño puso en la condenación de ellos, parece que fué un Padre
Dominico, siendo así que sus hermanos de hábito habían sido los
primeros en defenderlos y recomendar su lectura (2).
Sobre esta delación y el resultado del examen, dice el mismo
P. Jerónimo: «No se dieron por satisfechos con esta apología (habla de
la hecha por Fr. Luis de León), los que, como dice el autor della,
no se querían satisfacer, porque estaban obstinados en la contraria
voluntad, y así, uno dellos, que en la Inquisición de España había ca-
lumniado los libros, viendo que en ella quedaban aprobados, acudió
a Roma y presentó a la Inquisición Suprema y a Su Santidad un
tratado entero, escrito en latín, impugnando la doctrina y los libros
de la Santa... Pero no se hizo caso desta impugnación y denunciación;
porque desde que se imprimió el libro (la Vida) en España y se tuvo
del noticia en Roma, por uno que recién impreso llevó el doctor
Bernabé del Mármol, fué muy estimado del Pontífice, que entonces
era Sixto V, y de los Cardenales... (3).
1 Historia del Carmen Descalzo, 1. V, c. 13, págs. 181-182.
2 Escribe a este propósito el P. Andrés de la Encarnación: «Entre los papeles de la ofi-
cina de N. P. Historiador general en Granada, se halla un libro en cuarto mayor de papeles
varios, en el cual está por primero la delación de las obras de nuestra Santa Madre; u aunque
no se pone la firma del delator, la fecha es apud Toletum, in monasterio S. Detti Martyris
Praedicatorum, anuo 159U, 13 mensis Januarii. Esta delación se hizo en Roma; u al principio
dice su autor haberlas ya delatado en la Suprema Inquisición de España, y que no era el pri-
mero que las había denunciado. Más adelante afirma habló con la Santa en Valladolid y que la
ayudó en aquella fundación; y aun más adelante, que le trató la Santa de la oración cuando
el alma padece rapto, y que dándole una razón, le pareció falsa, y que él le dio otra en favor
de ella, tomada de Santo Tomás, que le agradó mucho a la Santa, y sonriéndose le dijo: «en
verdad que parece que entiende algo de oración». K lo último afirma, que un religioso nuestro
defendió delante de él, y contra él, la doctrina de la Santa, que él impugnaba. Dice cosas in-
dignas contra aquella doctrina celestial. (Cfr. Memorias Historiales, 1. R, n. 427).
3 Leyólos con especial complacencia el cardenal Santa Severina y Juan Francisco Bordo-
nio, obispo de Novara, que los tradujo al italiano y los dedicó a Clemente VIII en 1592. La
traducción lleva dos muy doctas aprobaciones del cardenal Baronio y del P. Posevino, S. }.
«Instaba todavía el émulo y perseguidor de estos libros, dice el P. Jerónimo, y habiendo
sucedido en la Silla de San Pedro a Clemente VIII, Paulo V, volvió a tratar y ver si en su
tiempo podía lo que no pudo en el de Clemente. Llegó el negocio a ponerse en tela de justicio,
y para mayor satisfacción de toda la Iglesia, en la cual eta ya tan venerada la Santa y su
doctrina, cometió Su Santidad el examen déstos libros a dos gravísimos y doctísimos varones,
que fueron el P. Maestro Fray Diego Alvarez, de la Orden de Predicadores, electo arzobispo
tranense, y al P. Maestro Fray Juan de Rada, de la Orden de San Francisco, obispo que era
páctense, ambos muy conocidos y estimados por sus doctísimos escritos... Vistos por el Pontí-
fice los pareceres de estos dos graves Prelados, aprobó y calificó de nuevo los libros de la
Santa». (Cfr. Historia del Carmen Descalzo, 1. V, c. 13, p. 888).
XLII PRELIMINARES
Como se ve por lo dicho, entrambas Inquisiciones, española y
romana, procedieron con notable discreción y acierto en el examen
de estas obras, no dejándose llevar de los extremos de celo por
la pureza de la doctrina católica a que propendían muchos teólogos
dogmáticos de la época y que llegaron a condenar obras de mucha
edificación espiritual (1).
De las innumerables Apologías que de los libros de Santa Teresa
se publicaron, muchas de las cuales corrieron manuscritas entre los
doctos y gente devota, se infiere, que donde más insistían los denun-
ciadores para la condenación de la doctrina de la Santa, fué «en per-
suadir cierta manera de oración, la cual llama de unión, que es muy
dificultosa de persuadir ser posible y compadescerse con la claridad
y llaneza con que el Evangelio procede y con la doctrina comiin de la
Teología». Así reza un escrito anónimo que tengo en mi poder, de letra
de fines del siglo XVI o de principios del XVII.
Admirablemente refutadas estas y otras objeciones por Fr. Luis de
León, Domingo Báfiez y el P. Ibáñez, en las defensas que escribieron de
los libros de la Santa y que publicaremos en apéndice, nadie duda hoy
de la pureza de su doctrina, verdaderamente clásica en la Teología
mística. Ninguno, sin embargo, habló de ella con tanta claridad, eru-
dición y profundidad como el P. José de Jesús María, primer histo-
riador general de la Reforma, y uno de los Iiijos más aventajados en
ciencia y virtud que la Descalcez carmelitana ha tenido (2). Este escla-
recido Padre hubo de salir en defensa de los escritos de Santa Teresa
y San Juan de la Cruz, en los cuales muchos teólogos, harto igno-
rantes en cosas d« espíritu, se empeñaban en ver doctrinas alumbra-
das, condenando como innovación peligrosa lo que era práctica an-
tiquísima en la Iglesia de Dios, En contestación a cierta carta de uno
de estos teólogos dogmáticos, enemigos de la contemplación, escribió
una obra el P. José, de corta extensión, pero de sana, sólida y defi-
nitiva doctrina en lo que atañe a la vida contemplativa. Lleva por
título Apología mística en defensa de la contemplación divina contra
algunos maestros escolásticos que se oponen a ella (3). Propónese
1 No hau razón, por consiguiente, paia liacer aquí mérito de las diatribas de Llorante contra
los inquisidores, porque examinaron estos libros y pusieron algunos reparos a otros muy devotos
del tiempo de la Santa, de los cuales se aprovecha con habilidad e insigne mala fe el rebelde
presbítero ij secretario del santo Tribunal para zaherirlo y desacreditarlo. Un escritor que arroja al
fuego los documentos que le han servido para escribir su obra, a fin de que nadie pueda probar^
le los embustes y falsificaciones hechos en ella, ya está juzgado en el tribunal de la Historia.
2 Defendieron la doctrina de la Santa todos sus biógrafos, y muchos Carmelitas Descalzos,
de los primitivos, en memoriales manuscritos, algunos de los cuales han llegado hasta nosotros.
Conocida es la hermosa defensa del P. Jerónimo Gracián, que lleva por título De los libros
y doctrina de la Madre Teresa de Jesús. También escribió una brillante apología el Padre
Tomás de Jesús.
3 Ms. 4.478 de la Biblioteca Nacional.
PRELIMINARES XLIII
probar, «con la autoridad de las Divinas Letras y doctrina concorde
de los Santos, que esta contemplación fué dada por Dios desde el
principio del mundo, a sus grandes siervos, enseñada por Cristo a sus
Apóstoles y predicada por ellos como sabiduría del cielo a sus dis-
cípulos, para que la comunicasen a toda la Iglesia».
En el «Prólogo al lector», se lamenta de la ignorancia en mate-
rias místicas de muchos grandes teólogos escolásticos por estas pa-
labras: «Uno de los mayores daños que padece la virtud en estos tiem-
pos, es el estar tan desusada la contemplación verdadera, que Dios
por singularísimo beneficio concedió a los hombres para tener en la
tierra su familiar comunicación con ellos y hacerlos participantes de
su divinidad) y de las riquezas del cielo, que no sólo las personas ig-
norantes, mas también muchos de los que se tienen por maestros en
la Teología escolástica, alcanzan tan poca noticia de la mística, que
hacen poca diferencia entre la verdadera contemplación, enseñada por
Dios a sus fieles, y la falsa y engañadora, que ha introducido el
demonio en gente vana y soberbia, con notable daño de la gente
sencilla y devota» (1).
En el capítulo III hace resaltar la oposición entre la doctrina de
los dos Serafines del Carmelo sobre la contemplación y las ense-
ñanzas de los alumbrados, trayendo para el caso una muy oportuna
citación del libro de Las Moradas. Los alumbrados «ponen todo su
aprovechamiento en tener en la oración grandes gustos y ilustraciones
y que pueden llegar a alcanzarlos por sus fuerzas y diligencias, que-
dando en quietud ociosa, así de los actos del entendimiento como de
los de la voluntad, aunque sean los deseos, y aplicándoles a este
propósito aquellas palabras que dice el Eclesiástico: «En el tiempo
del vacío del alma» etc. (2). Con esto, los ponía en la disposición que
refiere nuestra Madre Santa Teresa en uno de los muchos lugares
donde reprende esta ociosidad soberbia diciendo: «Estas obras inte-
riores son todas suaves y pacíficas, y hacer cosa penosa antes daña
que aprovecha; llamo penosa cualquier fuerza que nos queramos ha-
cer, como sería pena detener el huelgo» (3).
1 No menos explícito y terminante está el P. José en el primer capítulo, donde demuestra
«que los autores modernos, a quien algunos escolásticos se oponen, no enseñaron doctrina nueva
de contemplación, sino a ejercitar bien la que Dios había enseñado a sus verdaderos ama-
dores». «De tomar, dice, estas materias místicas a poco más o menos, viene lo que vemos en
muchos hombres doctos en las escolásticas, que revolviendo para ellas tan de ordinario los libros
de Santo Tomás, reparan en poco en lo que escribió en ellos de la Teología mística, que hablan
della con gran desalumbramiento y notable desacierto. Con lo cual hacen grandísimo daño a la
Iglesia de Dios, estorbando a las almas devotas los medios por donde caminan a la perfección
de la vida cristiana, que es la unión del alma con Dios; «ad quam, sicut ad fínem ordinantur
omnia quae pertinent ad spiritualem vitam. (D. Thom., II-II, q. 44, a. I)».
2 EccL, XXXVIII, 35.
3 Moradas IV, c. III.
XLIV PRELIMINARES
Habla de propósito en el capítulo IV del acto propio de la verda-
dera contemplación, «al que llamó San Dionisio movimiento circular (1),
así por su perfección significada en la figura circular, como por ser un
acto universalísimo, donde se mira a Dios sin principio ni fin; sino
como inmenso, como incomprensible, como infinito, según que nos le
presenta la fe... Santo Tomás pone por calidad esencial de él, que se
ha de ejercitar sobre los actos de la imaginación y de la razón. Secan-
dutn qaod otnnes operationes animae reducuntar ad simplicem contem-
plaüonem intelligibUis veritatis (2). Esto es, quedando reducidas todas
las operaciones del alma a una contemplación sencilla en un acto uni-
versal, como la fe nos lo presenta a lo infalible e incomprensible. El
mismo San Dionisio dice que el entendimiento y quietud con que él
asiste en esta contemplación, no es ocioso, sino que, secretamente y a
lo divino, está enseñando al alma con la iluminación que allí recibe».
Con la misma lucidez de exposición y profundidad de conceptos
va refutando, punto por punto, el P. José la carta del teólogo, hasta
demostrar plenamente que, lejos de contener estos celestiales escri-
tos errores iluminados, son los más a propósito para impugnarlos y
adquirir nociones claras y precisas de la verdadera contemplación
mística.
Otro método de refutación más indirecto, pero no menos eficaz y
decisivo, empleó en defensa de esta doctrina, demostrando su con-
formidad con la de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia.
Concordancia mística es el título de este nuevo y sazonado fruto del
P. José, en que una vez más resplandecen la erudición vasta y los
profundos conocimientos dogmáticos, exegéticos y patrísticos del autor,
expuestos con notable sencillez de lenguaje y elegante y no afectado
estilo (3).
1 Z)e divinis nominibus, c. IV, § 7.
2 Quodlibt., 1. V, a. 9.
3 Con aquella extraña facilidad que se tenía en el siglo XVII de faltar al séptimo manda-
miento literario, en que poetas, comediógrafos y hasta ascetas y místicos, se robaban unos a
otros argumentos, escenas g obras enteras, sin confesar el latrocinio, prohijó este libro el cartujo
Bernardino Planes, después de haber rodado manuscrito, con gran crédito de los más doctos
hijos de San Bruno, por diversas casas de la misma Orden más de treinta años. Si hemos de
ser justos, es necesario advertir que, si bien el P. Bernardino puso su nombre en la portada del
libro, en el prólogo confiesa sinceramente, como cumplía a un miembro de Orden tan perfecta,
no ser autor de la obra, aunque le hubiera sido fácil pasar por tal. «Y aunque pudiera con nota
de pocos a aplauso de muchos introducirme fácilmente autor de esta obra, con todo eso, es verdad
que no se me ha borrado de la memoria lo que dijo de sí la misma Verdad: Ego autem non
quaero gloriam meam,- est qui quaerat et judicet^. El excelenfe procedimiento del P. José en
esta obra interesantísima, lo expone así el prologuista: «Como en otros tiempos quisieron algu-
nos hacer autora a la Santa Madre ij Amaestra Teresa de Jesús, fundadora de una Religión
tan esclarecida y gloria de nuestra España, de algunos puntos en materia de oración y contem-
plación que más particularmente se leen en el libro II, capítulo tercero, dando la inteligencia a
sus admirables y profundos escritos muy ajena de su ardiente espíritu y, al parecer, poco con-
PRELIMINARES XLV
Lejos de sentir que hubiera teólogo en aquellos tiempos que se
atreviese a (poner mácula en los escritos de Santa Teresa, nos debemos
felicitar, siquiera por haber dado ocasión a obras tan profundas y
tan hermosas como esta del P. José, una de las más interesantes para
comprender y aquilatar el valor místico y ascético de la gran Doctora
abulense. No conozco en lengua castellana ni extranjera, libro que
mejor estudie a la Santa y más acabadamente contraste su doctrina
con las enseñanzas de los mayores astros científicos de la Iglesia, co-
menzando por los Padres primitivos y terminando por Santo Tomás
y Suárez. En la censura de ella, decía el Provincial de los Franciscanos
de Cataluña: «Toda esta obra está llena de piedad, de singular eru-
dición, de suavísimo olor, y es doctrina sine iilla erroris suspicione, con
que viene a ser entre las grandes la mayor, por la gravedad del asunto,
ingeniosa claridad y sentenciosa precisión». Y el P. ñlberto Sola.
Prior de la Cartuja de Monte Alegre: «Viene a ser esta Concordia
el decoroso lustre de la Teología mística, porque en ella se declara
con ingeniosa contextura y singular erudición, la doctrina de la Santa
Madre Teresa de Jesús con la de los santos, luminosas antorchas de
la Iglesia, príncipes de ambas teologías, mística y escolástica, y con
la de otros maestros y doctores sabios y experimentados en la vida
espiritual».
De propósito deliberado hemos hecho mérito de estos escritos del
P. José de Jesús María, por ser completamente desconocidos y valer
científicamente harto más que cuanto sobre este argumento se ha es-
crito. Si no fueran tan extensos, bien podrían servir de una especie
de propedéutica a las Obras de Santa Teresa, ñdemás, estas obras
del docto Padre explican muy bien el origen y la razón de los
cargos que se hacían a la Santa; y aunque de muy remota fecha,
no han envejecido. Como en el siglo de la ilustre ñvilesa, no faltan
hoy, ni creo han faltado nunca, despreciadores intonsos de las doctrinas
místicas, considerándolas buenas únicamente para entretener la fatua
vanidad de espíritus superficiales, que hacen ostentación aparatosa de
llevar vida interior; como si la vida interior y contemplativa fuera cosa
baladí y despreciable. Cierto que no faltan personas que se dicen practi-
cadoras de este género de vida, las cuales con su conducta antes con-
tribuyen a desacreditarlo que ensalzarlo a los ojos de los que con
tanto recelo lo miran; pero este hecho lamentable nada rebaja el mérito
y bondad de la vida en sí misma considerada; de lo contrario, habríamos
forme con la doctrina de los Santos Padres de la Iglesia, fué muu prudente elección que sir-
viesen las mismas palabras de la Santa Madre de texto principal en todo el libro, u éstas, con
las de los santos y maestros sabios u experimentados en la vida espiritual, formasen decorosa-
mente uniformes, una Concordancia, una como cadena de oros...
XLVl PRELIMINARES
de borrar de la literatura eclesiástica las obras más bellas escritas
por los santos más insignes del Catolicismo. No se entretuvieron se-
guramente en cincelar estas páginas inmortales por vanidad literaria,
ni por recrear la imaginación del lector con las interesantes descrip-
ciones de las maravillas que Dios obraba en ellos; sino para estímulo
y provecho de los espíritus contemplativos.
Harto más funestos que los excesos de celo de algunos teólogos
por la pureza de la fe y que las mismas doctrinas de Molinos,
han sido para la Mística cristiana el Filosofismo del siglo XVIII y
los errores innúmeros que de él han brotado hasta nuestros días.
Desde la Revolución francesa, que tantas cosas sacó de sus natu-
rales cauces, sin que hayan logrado recobrar su posición primera, se
vienen importando en el campo científico multitud de peligrosas no-
vedades doctrinales, sin respetar los más sagrados arcanos de la con-
ciencia y sometiendo a irreverente examen hechos, que, por transcender
el orden natural, han de ser juzgados por otros principios que los
mezquinos de una inteligencia que comienza negando a Dios y todo
poder sobrenatural. Las doctrinas y fenómenos místicos, no podían
substraerse a este examen, ni salir inmunes de los golpes que vienen
asestando al Dogma y demás verdades de la Iglesia católica.
Hay en las almas tendencias persistentes hacia un centro y tér-
mino, que es Dios, y muchas caminan deseando unirse a él por amor.
Estos anhelos han sido estudiados y clasificados en todas edades por
numerosos ingenios, a los cuales se han agrupado otros escritores,
formando diversas escuelas, según los varios modos de explicar estos
efectos y fenómenos místicos. Desde los gnósticos hasta las famosas
polémicas sostenidas en el siglo XVII por dos venerables y eminentes
prelados, gloria de la Iglesia universal y de las letras francesas, Bos-
suet y Fenelón, son innumerables los que han expuesto la ciencia mís-
tica con más o menos fortuna. El pseudo Areopagita, el melifluo San
Bernardo, Santo Tomás y San Buenaventura, Hugo y Ricardo de San
Víctor, grandes lumbreras de la escuela contemplativa de la Abadía
a que ellos dieron merecida celebridad, son nombres gloriosos que
escribieron de esta ciencia escondida altas y sublimes consideraciones,
y desbrozaron de impurezas gnósticas el camino para los grandes mís-
ticos del siglo XVI y XVII, entre los que se hallan, a más de la
Reformadora del Carmelo, escritores tan calificados como San Juan de
la Cruz, San Francisco de Sales y otras lumbreras de primera magni-
tud, en torno de las cuales giran innumerables sidera minora, pero muy
apreciables, contándose entre ellas no pocas del sexo devoto.
Largo y fastidioso paréntesis experimentó la Teología mística cuan-
do la fe, fundamento de esta ciencia, parecía zozobrar por la explosión
PRELIMINARES XLVII
violenta del racionalismo del siglo XVIII. No es que se interrumpiesen
los eslabones que engarzan esas piedras preciosas de corazones enamora-
dos de Dios, que nunca han faltado, ni en los tiempos de más aridez
religiosa, ni faltarán, por dicha nuestra; sino que por más urgentes
e imperiosas necesidades, muchos de los tratadistas de materias mís-
ticas, se vieron forzados a ocupar sus plumas en tareas más ingratas
para conservar limpia la fe de la ola de cieno materialista que ame-
nazaba envolverla.
ñun no se han curado las almas del rebajamiento moral producido
por la Revolución francesa. De crudo racionalismo, enemigo del orden
sobrenatural, vienen alimentándose muchas inteligencias, secando los
cauces por donde corrían en tiempos de fe acendrada caudalosas aguas
de divinos carismas, que anegaban a tantas almas buenas en los dulces
remansos de la gracia.
Sin embargo, la inteligencia, que no puede desmentir su origen
de Dios creador, se asfixia en esa atmósfera cargada de detritos
materialistas, siente la dignidad de su origen y la nostalgia de las
alturas, g forcejea por remontar su vuelo a capas de aire más sanas y
embalsamadas. Una reacción llamada espiritualista procuró sacudir de
sí el yugo de este feroz materialismo y positivismo deprimente, y de
nuevo volvieron a estudiarse los fenómenos místicos, calificados con el
nombre de Misticismo, si bien con criterio disparatado y sin consisten-
cia científica. «El Misticismo es una enfermedad senil, indicadora del
agotamiento de energía de los pueblos viejos», habían dicho por labios
de Clemencia Royer (1) los darwinistas y espencerianos ; es un fenó-
meno morboso que los psiquiatras deben analizar, replicaban Max Nor-
deau, Lombroso, Charcot y otros de la misma escuela, gastada y desacre-
ditada apenas nacida. Pero ni uno ni otro concepto del misticismo han
podido lograr éxito firme y duradero, y han sido fácilmente suplanta-
dos en tiempos novísimos por otra tendencia doctrinal, que clasifica
los efectos místicos como producidos por la conciencia, sin intervención
ninguna sobrenatural.
Entre los innumerables sostenedores de esta escuela, que tengo
escrúpulo de llamar nueva, bien podemos contar a Williams James (2),
Delacroix (3), Boutroux (4) y a la mayor parte de los modernistas,
que han hallado en la que llaman subconciencia una fuerza original
y misteriosa, que los más profundos escritores ascéticos y psicológicos
no habían advertido, distinta y mucho más poderosa y activa que
1 Cfr. Moigno: Les splendeurs de la foi, t. II, p. 332.
2 The Varieties of religious Experíence.
3 Études d' histoive et de psychologie du mysticisme.
4 La psychologie du mysticisme.
XLVIII PRELIMINARES
la psiquis ordinaria, capaz, por lo mismo, de producir en el alma los
más raros y peregrinos fenómenos místicos. ¿No se liallan analogías
sorprendentes entre las teorías místicas modernistas y la gnosis ale-
jandrina, con sus Eones y Demiurgos y con el mismo carácter sincréti-
co, que les permite unir en híbridas amalgamas tan opuestas y erradas
doctrinas, como se unieron en otros tiempos en una simple fórmula
gnóstica? Nihil novum sub solé (1). Por esta confusión grande de
ideas, se están renovando en nuestros días errores muy antiguos, aunque
se presenten con más aparato científico, merced al prodigioso desarrollo
que han alcanzado todas las disciplinas humanas.
Por otra parte, el desenvolvimiento rápido de los estudios histó-
ricos ha producido considerable número de obras que tienen por ar-
gumento principal el examen comparativo de las Religiones. Y no
estaría demás este estudio, si se hiciese con la recta intención de
examinar las analogías que entre unas y otras confesiones puede haber
y las diferencias substanciales que las separan por abismo insondable.
Pero de ordinario, estos estudios no se comienzan por estímulos de
verdad y para dair a esa parte nueva de la Historia de las religiones
comparadas, base sólida y científica, que habría de contribuir no poco
al esclarecimiento de la única verdadera. Otros muy distintos son los
propósitos que han guiado las investigaciones de muchos historiógrafos
modernos. Enemigos de lo sobrenatural, han intentado únicamente negar
esta nota consoladora a la Iglesia católica, procurando demostrar que
nada se encuentra en sus enseñanzas que no se halle escrito en los
antiguos códigos de las religiones asiáticas, en el Mahabharata, por
ejemplo; que la Religión católica no es más que el desenvolvimiento
lógico de las antiguas teogonias, expuestas por Jesús en forma nueva
y acomodada a su tiempo (2) y, por consiguiente, que la Mística cris-
tiana es una simple modalidad de otra mística más universal y com-
prensiva.
1 Sobre el modernismo en la Alístico ha escrito muy doctamente y con criterio muy sano
el P. Wenceslao del Santísimo Sacramento, C. D., en su obra Fisonomía de un Doctor. Véase
principalmente el segundo volumen. De intento nos hemos abstenido del tecnicismo modernista,
más jactancioso y campanudo que sobrado de lastre científico, poique presumo que ni de los
términos que sus fautores han inventado, va a quedar muy pronto memoria de hombres.
2 Olvidados los tres indigestos volúmenes que Dupuis publicó en 1795 sobre el origen de
los cultos religiosos (De V origine de tous les cuites), quien más ha influido en el estudio com-
parativo de las religiones ha sido A\ax MüUer, que después de pasar largos años en Asia, fué
nombrado profesor de sánscrito en Oxford, editó el Rig-Veda (1846-1850) y fué el director de la
publicación en lengua inglesa de Libros sagrados del Oriente. Sacred Books of the East. Ox-
ford, 1878-1905. De tal manera logró despertar la afición a esta clase de estudios el célebre in-
dianista alemán, que a fínes del siglo XIX apenas había Universidad de alguna importancia en
Europa que no destinase a él una o varias cátedras. Por desgracia, las numerosas obras que se
han publicado hasta nuestros días, están inspiradas las más en criterios racionalistas, sin que las
pocas que se han publicado por escritores ortodoxos hayan podido contrarrestar la influencia ne-
fasta que tales enseñanzas producen en las Juventudes universitarias.
PRELIMINARES XLIX
La Mística católica se ha resentido siempre de los sistemas filosó-
ficos que se han sucedido en el campo de la ciencia; porque, con ser
ella oculta y difícil disciplina, todos se han considerado en el número de
los iniciados en sus misterios y con derecho a discurrir sobre ellos
lo mismo que sobre cualquiera teoría política o cosmogónica. Predomi-
nando en estos estudios puro criterio racionalista, que rechaza como
absurdo todo lo que rebasa el orden natural, interpretan las más su-
bidas operaciones divinas en el alma mística por fórmulas groseras
de cínico naturalismo, hasta el extremo de confundir e igualar a los
estúpidos e indolentes contempladores del Nirwana, con los santos in-
signes del Catolicismo que más gustaron de la Verdad increada que
esplendía con apacible fulgor en las profundidades de su alma pura;
e igualan las sublimes expansiones de un corazón abrasado en amor
de Dios, contenidas en las obras de una Santa Teresa y de un San
Francisco de Sales, con las abigarradas doctrinas amatorias de los
libros védicos, que conducen derechamente a esc panteísmo indostá-
nico, tan contrario a la razón y buena filosofía, con las frías y tímidas
fórmulas socráticas y plotinianas, o con las excéntricas producciones
de alguna histérica moderna, de la escuela de Miss Besant.
Traer a irreverente colación a Sócrates, Platón, Carnéades o Jam-
blico, que pierden el uso de los sentidos y quedan como extasiados
en la contemplación filosófica de alguna verdad, e identificarla con
la suspensión del místico cristiano, con la cual podrá tener, a lo sumo,
alguna remota analogía, es destruir por completo la mística verdadera,
que se funda principalmente en los dones de la gracia sobrenatural.
No para aquí, sin embargo, la degradación de la Mística católica;
a comparaciones mucho más groseras se la somete para sacar en con-
clusión, que todo cuanto se lee en las hagiografías de los santos,
no Gs otra cosa que fenómenos raros, pero naturales, que pueden
estudiarse en cualquiera clínica de observación; manifestaciones morbosas
de un organismo débil o de un cerebro exaltado. Todo se reduce a
una simple sustitución de nombres. Vuestros visionarios son nuestros
alucinados, vienen a decirnos; vuestros extáticos nuestros catalépticos
o histéricos. Vosotros nos presentáis a un San Francisco de ñsís lla-
gado por modo maravilloso con las llagas de Jesús, o a Santa Teresa
con el corazón transverberado; venid a nuestros hospitales y manico-
mios, y os mostraremos en nuestros clientes estigmas semejantes, éxta-
sis y suspensiones y cuanto vosotros torpemente atribuís a un Ser su-
perior al hombre y a todas las fuerzas de la naturaleza.
Este sistema de explicar las más sublimes manifestaciones del
amor divino en los siervos de Dios por las fuerzas mismas de la
naturaleza, sin intervención ninguna sobrenatural, cuenta innumerables
L PRELIMINARES
defensores sobre todo en los dados a las ciencias médicas y entre
los psicólogos y fisiólogos modernos (1). La novedad de la doctri-
na, los experimentos y estudios hechos en las salas de observación
clínica, los casos misteriosos de catalepsia, histeria, sugestión mental,
hipnotización y magnetismo, la extraordinaria nerviosidad en que se
vive en estos tiempos, han popularizado mucho entre el vulgo cien-
tífico estas doctrinas, que, en un círculo muy restricto, tienen algo
de verdaderas; pero que sacadas de sus reducidos límites, resultan
irreverentes, falsas y hasta heréticas. No es infrecuente, por desgra-
cia, hallar católicos que se ríen de toda relación o hecho raro que se
dice de algún santo apenas transciende un poco los límites naturales,
atribuyéndolo a histerismo, universal panacea para explicar por medios
naturales todos los efectos de la gracia y dones preciosos del Espíritu
Santo.
Santa Teresa no ha salido la mejor librada de estos ataques de
naturalismo más o menos disfrazado. Siendo el sexo bello donde al
parecer más estragos hacen las enfermedades nerviosas, han hallado
en las santas cristianas, y sobre todo, en los éxtasis, raptos y reve-
laciones de la Virgen de Avila, campo abonado para sus observaciones
sensualistas, y no han reparado en comparar estas manifestaciones
grandiosas de Dios en su sierva, con las contracciones neurasténicas de
cualquiera mujerzuela, presa del ajenjo destilado y de lecturas exal-
tadas, o |de una ilusa embaucadora, en cuyos corazones, por lo regular,
no levanta llamas el amor divino, sino, lo mismo que en muchas alum-
bradas de los siglos XVI y XVII, el más desaforado amor sensual.
Si la credulidad nimia no está exenta de peligrosos engaños, como
testifica harto frecuentemente la Historia eclesiástica, mayores los tiene
esa inclinación, frecuentísima hoy, que propende a negar todos los
efectos de la gracia extraordinaria en las almas, y explicarlos na-
turalmente por razones fisiológicas o psíquicas, con gran desprestigio
de la vida interior. No se ha abreviado en nuestros días la mano de
Dios, que continúa distinguiendo y regalando a sus fieles siervos con
los dones exquisitos de su gracia, como en los tiempos de mayor eflo-
rescencia mística. Con tan exageradas concesiones a la ciencia racio-
nalista, ningún fruto se recoge para la verdadera fe, antes se dan
armas a los adversarios de ella para combatirla, y se convierte la
Leyenda áurea de los Santos, en serie inacabable de invenciones fan-
1 Ha tratado extensamente de los fenómenos místicos g de sus relaciones con el histeriS"
mo, la neurastenia, epilepsia ij otras enfermedades nerviosas, lo mismo que de las conclusiones
materialistas de la famosa escuela de la Salpetriere, el abate M. /. Ribet en el tomo IV de su
importante obra La Mystique divine distinguée des contrefazons diabotiques et des analogies
humaines.- París, 1903.
PRELIMINARES LI
tásticas; y en neurópatas o locos de atar, a esa nobilísima falange
de almas heroicas, enamoradas de la cruz, que forman la porción más
escogida de los mortales.
La Iglesia puso en el índice de libros prohibidos una obra del
jesuíta P. Hahn, que atribuía a histerismo muchas relaciones que del
estado de su alma hace Santa Teresa, hasta llamarla patrona de
histéricos. En las explicaciones de las maravillas de la gracia, que
redundan no pocas veces en el organismo físico, no solamente se re-
basan los límites de la sana filosofía, sino que se penetra a carrera
desbocada por los campos de la heterodoxia mística. Por algo nos
advertía el Papa Pío X, en la Carta que con ocasión de celebrarse el
tercer Centenario de la beatificación de Santa Teresa escribió al Gene-
ral de los Carmelitas descalzos, que andemos precavidos contra muchos
tratadistas modernos de la llamada psicología mística, a quienes reco-
miendan sigan en todo las huellas de la ilustre Doctora.
No es de este lugar refutar doctrinas que han sido ya sólidamente
impugnadas por esclarecidos ingenios cristianos. Daríamos a estos «Pre-
liminares» una extensión desmesurada e inoportuna, que deseamos evi-
tar. La mejor refutación de estos errores es la lectura misma de la
Santa, sobre todo de sus admirables Cartas, donde se manifiestan en
toda su esplendorosa magnificencia las prodigiosas cualidades de na-
turaleza con que fué enriquecida, su entendimiento vigoroso, su fir-
meza de carácter, que por cierto nada tenía de veleidoso y enfer-
mizo, y particularmente su admirable prudencia en los múltiples y
difíciles negocios en que intervino esta infatigable celadora de la gloria
de Dios. Examínense con el criterio racionalista que se quiera, pero
imparcial, estos escritos, retrato acabado de aquel espíritu todo sin-
ceridad, verdad y candor; compárense con las notas características
del histerismo, y dígasenos si no hay oposición irreductible entre las
estrafalarias y caprichosas manifestaciones del neurasténico y los pri-
mores de discreción y de inalterable buen sentido de la célebre Re-
formadora, que no la fallan ni una sola vez en su larga y agitada
vida. No hace falta apelar a recónditas filosofías para convencerse que
Santa Teresa es una de las criaturas más discretas, ecuánimes y de
ricas prendas de naturaleza que por este mundo han pasado. Las en-
fermedades que tuvo casi toda su vida, sirvieron para poner más de
resalto estas cualidades hermosísimas de su alma privilegiada.
Y después de todo esto, habremos estudiado solamente la primera
parte de este libro vivo, obra, por decirlo así, de la naturaleza, perfec-
cionada por su ingenio; pero aun nos queda la segunda, mucho más
hermosa e interesante: la obra exquisita de Dios en este corazón mag-
nánimo, cortado a la medida del Corazón de su Hijo, que fué escenario
LÍI PRELIMINARES
de las más grandes y portentosas maravillas de la gracia, ñquí hay que
adoptar, en el juicio crítico, procedimientos muy distintos; no puede
emplearse como instrumento de estudio la fría razón que disecciona,
disgrega y analiza anatómicamente los sentidos, el corazón, el alma;
se necesitan fe, bondad, piedad y fuego de amor para remontarse a
las alturas con Santa Teresa, acompañarla en sus vuelos magníficos
por los espacios inconmensurables de la Omnipotencia de Dios, gustar
de las frescas aguas que corren por el paraíso celeste, sorprenderla
en sus frecuentes visiones extáticas de la Trinidad y robarle los se-
cretos que allí aprende. Sólo así nos podrán dar una Santa Teresa
bastante parecida! a la verdadera, a la que por estas Españas anduvo
haciendo bien y pegando fuego de amor divino; a las almas. Tengo para
mí que el juzgador competente de Santa Teresa ha de ser fílósofo,
buen psicólogo, teólogo aventajado, erudito en varias disciplinas, y ade-
más bueno, creyente, piadoso y hasta místico experimentado. Hay mo-
mentos, cuando se estudia a esta mujer, en que es preciso arrojar
todos los medios humanos de juicio. A Santa Teresa, en apela-
ción suprema o definitiva, hay que juzgarla con criterios ultrate-
rrestres, y llamar en ayuda de la pobre inteligencia a los espíritus an-
gélicos, para que nos enseñen aquella ciencia que sólo se aprende en
las aulas del cielo. No es de extrañar, por lo tanto, que muchos mo-
dernos psicólogos, aunque muy aventajados en estos conocimientos y
no mal dispuestos hacia la Virgen de Avila, nos hayan presentado
una Santa Teresa desfigurada, mutilada, hecha lo que pudiéramos lla-
mar un guiñapo fisiológico. Aprisionar las sublimes ascensiones del
corazón de Teresa entre los barrotes de una psicología racionalista,
¡qué disparate!
Lo que ocurre es que no se estudia) a la Santa con el detenimien-
to y madurez que requieren conclusiones tan atrevidas y presuntuosas.
Leyendo sus obras, paran la atención en lo que más analogía tiene
con sus juicios preconcebidos, y sin más examen ni reflexión, se forjan
a la insigne escritora, no como ella es en sí, sino conforme se la habían
imaginado, favorable, por supuesto, a sus teorías pseudo-científicas.
Antiguamente hubo un método muy peregrino de escribir vidas de
Santos. Apenas reparaban en el hombre, ni en las luchas que hubo
de sostener para llegar a tan elevada perfección; sino que se fijaban
casi exclusivamente en las maravillas de la gracia extraordinaria, en
lo portentoso e insólito, en lo que se levanta inconmensurablemente
sobre los actos ordinnrios virtuosos de los demás mortales. Entre otros
inconvenientes, tenía tal vez este método hagiográfico el no pequeño
de enfriar ien los lectores el deseo de imitación que pudiera suge-
rirles una vida más humana, menos llena de milagros y más acomodada
PRELIMINÜRES Lili
a la realidad histórica y a las fuerzas de la naturaleza, ayudada de
la gracia ordinaria.
Por reacción viciosa, se da ahora en el extremo contrario, y nos
empeñamos en explicar todas las maravillas que de los santos se leen
en la hagiografía eclesiástica, atribuyéndolas al temperamento, carác-
ter y estado fisiológico del que las experimenta. Ciertamente que los
siervos de Dios no son de naturaleza distinta a la nuestra. No vamos
a creer que la inflamación de las meninges, v. gr., sea diferente en
ellos y se cure por otros remedios que en los demás hijos de Eva;
pero de la identidad de estos casos pasar a la identidad del éx-
tasis y suspensión de potencias en el místico con la suspensión que
experimenta un neurópata cualquiera bajo la acción del médium; o
la visión de cosas distantes por particular gracia de Dios, con las
alucinaciones telepáticas, y otros raros fenómenos, es transición que
no autoriza la lógica, y equivale al derrumbamiento del orden sobre-
natural. La Mística no puede reducirse a un mero tratado de Tera-
péutica.
Las conclusiones que son o se tienen como resultado de análisis
concienzudo, suponen un estudio muy variado y completo de las cau-
sas o fenómenos de donde se deducen. Sacar una consecuencia de una
observación cualquiera, cuando pueden realizarse otras muchas que al-
teren el resultado, es un procedimiento anticientífico, generador de
grandes equivocaciones. Higo semejante ha ocurrido con las observa-
ciones psicológicas hechas en Santa Teresa. Se han escogido para ellas
las partes de sus obras y de sus biografías que más analogía tienen
con los prejuicios de un sistema determinado fisiológico, y a él se
han acoplado irremisiblemente los resultados que han creído obtener.
No es racional semejante procedimiento. Hágase un estudio de conjunto,
completo y reflexivo; y estoy seguro que cuantos se resuelvan a rea-
lizarlo, terminarán por convencerse de que la Virgen de ñvila, lejos
de ser patrona de neurasténicos, es la mujer más sensata, equilibrada
y discreta, y la que más donosamente se ha reído de esta enfermedad,
si bien compadeciéndose de los que la padecían (1). Llamar neurasté-
nica a una mujer que tan bien conocía las realidades de la vida, que
hizo culto de la sencillez y llaneza, que toda la vida anduvo en humil-
dad, que ella, con sentido filosófico profundo, identifica con la ver-
dad (2), que manifestó en los muchos negocios en que como fundadora
1 Vid. Libro de las Moradas: Morada III.
2 Tan amiga era Santa Teresa de proceder en todo con llaneza y verdad, que una com-
pañera suija, en las Informaciones hechas en Madrid, año de 1595, para la beatificación y cano-
nización de la Santa, depone este caso: «Una noche estuvo escribiendo en el monasterio de
Toledo hasta más de las doce, u teniendo muy mala la cabeza, porque le pareció que en una
LIV PRELIMINARES
hubo de intervenir, una prudencia y sagacidad consumadas, que descon-
certó con su admirable sentido práctico y pasmosa clarividencia en
las cuestiones más difíciles de gobierno a los hombres más doctos
y calificados de su tiempo, que escribió libros de los cuales se puede
entresacar el código más completo de sentido común que jamás se haya
compilado, parece el colmo de la neurastenia o de la insensatez.
Yo invito a todos los psicólogos y médicos y a todos los filóso-
fos de la neurosis, a que lean sin pasión los escritos de esta mujer
admirable, y no se limiten a interpretar hechos aislados y altísimos
para cuya inteligencia se necesitan otras luces y otras disposiciones.
Es un error muy craso considerar habitual en la Santa, lo que fué
en ella muy transitorio y pasajero; y substancial y transcendente
en su vida, lo que fué un estado sublime e inefable, si se quiere,
pero momentáneo.
Desengaño grande se llevará quien sólo estudie a Santa Teresa
en los deliquios, éxtasis y suspensiones, como se lo llevaron aque-
llas buenas damas que, llegando a su noticia la próxima estancia de
la Reformadora carmelita en la corte, se dieron cita para ver algunos
prodigios que de ella se contaban. La Santa, discreta y mesurada siem-
pre, y dotada de ese don precioso de ver las cosas por todos los la-
dos, a la ligera y superficial curiosidad mujeril, hubo de contestar con
esta graciosísima salida: Qué bonitas calles tiene Madrid. El asombro,
corrimiento y desconcierto de las damas madrileñas no pudo ser ma-
yor. Pero, ¿no es evidente que la frase vale por todo un tratado de dis-
creción humana? ¿Se habría conducido así una histérica? Lo dudamos.
Hechos análogos, que tanto abundan en la vida de Santa Teresa, ¿no
manifiestan una idiosincrasia perfecta, un completo y ordenado do-
minio de todas sus facultades y una negación rotunda de las teorías
patológicas sobre la supuesta neurosis teresiana? Si tan felices re-
sultados ha de producir esta manoseada enfermedad, tan en moda
en nuestros días, ganas me vienen de que todos los hombres se vuel-
van neurasténicos. Habríamos conseguido cerrar los manicomios con
el triunfo universal del sentido común, realzado y embellecido por la
gracia divina en una de las más grandes mujeres, gloria del Catolicismo
y de la Humanidad.
No insistamos más en esta materia enfadosa, hoy por desgracia
tan acreditada y extendida, y cuyos perniciosos efectos no es fácil
calcular. Digamos de una vez para siempre, que el verdadero con-
carta iba una palabra no mug cierta, no la quiso pasar, aunque su compañera le decía no era
de mucha importancia; y con ser muy larga la carta u tan tarde, y ella con gran dolor de ca-
beza, quiso más tornar a trasladar la carta que no que fuese en ella aquella palabra que no po"
día decirse con mucha certeza». (Memorias Historiales, letra N, núm. 49).
PRELIMINARES LV
cepto de la gran Santa castellana, no debemos buscarlo en las manifes-
taciones exteriores más brillantes y llamativas de su espíritu, como el
éxtasis y el rapto, que ella estimó muy poco, como mérito positivo
de santidad (1); sino en la práctica de virtudes substantivas y reales,
en la caridad abrasada que tuvo a Dios y a sus prójimos, en la cons-
tancia y habilidad que manifestó en los negocios arduos en que hubo
de entender como Reformadora, en el pasmoso conocimiento de cosas
y personas y en el gran acierto en llevarlas a Dios, trazándoles un
camino de perfección, no superado por nadie todavía; en ese conjunto
portentoso, en suma, de cualidades naturales y sobrenaturales, que
constituyen su verdadero mérito. Rhí es donde debemos estudiar a la
mujier y a la santa. Y ho porque nos disguste contemplarla entre los es-
plendores del éxtasis y otras opulentas manifestaciones de la gracia, in-
fluida por las cuales tan hermosa y magnífica aparece a nuestra
inteligencia cristiana, ya que, empleando un símil de la misma Santa,
su corazón es uno de los más ricos y primorosos diamantes labrados
por la acción inefable del Espíritu Santo; sino porque, incapaces mu-
chos de remontarse a tan elevadas esferas, sin más balanza aprecia-
dora de mérito que lo que su débil razón puede entender, les invi-
tamos a que la estudien en terreno más llano y asequible, y verán cuan
distinta es su imagen de la que hasta ahora nos han ofrecido.
No teman, por lo demás, las almas buenas y sencillas a estas
explicaciones naturalistas de los fenómenos místicos; porque como no
se fundan en la verdad, se van sucediendo unasi a otras con grande rapi-
dez, sin más utilidad para la ciencia, que enriquecer los ya volumi-
nosos e indigestos anales de la Patología mental.
Para Max Nordau, por ejemplo, la conversión de un neófito es un
caso fulminante de degeneración mental, un caso de romanticismo,
prerrafaelismo o futurismo, digno de colocarse entre los grandes dege-
nerados, que se llaman Tolstoí, Wagner, Ibsen y Maeterlinck (2). En
la explicación de este hecho patológico, la psicopatía ha pretendido
hallar en los convertidos cierta enfermedad cerebral, que se distingue
por algunos desdoblamientos de la personalidad, los cuales pueden llegar
hasta el delirio. Estas enfermedades son dos, principalmente, la histeria
y la psicastenia. Pues bien, ni de la una ni de la otra se han dado
1 Tan ajena estaba Santa Teresa de pagarse de estas cosas, que advierte a sus hijas an-
den precavidas, porque hay en ellas grandes engaños y peligros. Virtudes, y no otra cosa,
quería la Santa para cimiento de su místico castillo. «En lo que está la suma perfeción, dice
Id Santa, no es en ios regalos interiores, ni en grandes arrobamientos, ni en visiones, ni
en espíritu de profecía, sino en estar vuestra voluntad tan conforme con la de Dios, que ningu-
na cosa entendamos que quiere que no la queramos con toda nuestra voluntad, y tan alegre-
mente tomemos lo amargo como lo sabroso, entendiendo lo quiere Su Majestad».
2 Dégénérescence, t. I, p .83.
LVI PRELIMINARES
definiciones precisas, hasta el punto de que el doctor Laségne, bur-
lándose donosamente de muchos de sus colegas, decía: «Una definición
exacta de la histeria aun no se ha dado ni se dará jamás» (1). La
misma indecisión se observa al querer señalar el significado de la
psicastenia, palabra inventada por Pedro Janet, profesor de Psicología
en el Colegio de Francia. En vista de este conocimiento rudimentario
de la neurosis y de sus derivaciones fisiológicas y aplicaciones psí-
quicas, no han dudado en afirmar hombres eminentes, que la hagiogra-
fía católica nada tiene que temer de estas divertidas antinomias pseu-
docientíficas de la Psicología racionalista (2).
Por la breve suma que acabamos de hacer de los errores que hoy
pululan en torno de la Mística, así especulativa como experimental, cons-
treñida en sus efectos a un mero examen clínico o a los límites re-
ducidos de la razón natural, se comprenderá sin esfuerzo la necesidad
grande de contraponer a estas perniciosas novedades, la verdadera
doctrina de la Iglesia, en negocio de tanta transcendencia como la sal-
vación y perfección espiritual de las almas por la acción inefable de
la gracia. Para conseguir este fin nobilísimo, nada tan oportuno como la
esmerada publicación y divulgación de obras, que, por plebiscito uni-
versal y continuado durante tres siglos, sabemos que son antídoto efi-
caz contra toda innovación peligrosa y las más a propósito para lle-
var almas a Dios, ñsí nos lo decía el Papa Pío X, de feliz recor-
dación, por estas palabras: «Ya que el amor a la novedad, que hoy
priva en demasía, ha penetrado hasta en el campo de la Ascética y
de la Mística cristianas, bien se echa de ver cuánto importa mantener
religiosamente las enseñanzas de Santa Teresa en estas materias» (3),
1 «Une bonne définitlón de 1 ' hjjstérie n ' a jamáis été donnée et ne le sera jamáis».
Cfr. Dictionnaite apologétique de la foi catholique, article Hystéria.
2 Cfr. Conversión et neurosis. Conferencia dada en el Instituto católico de París el 9 de
Marzo de 1911, por Mainage. Un resumen de todas estas teorías, con sus innumerables aplica-
ciones, que han tomado gran incremento desde que Vundt abrió en Leipzig, año de 1878, el
primer laboratorio de Psicología experimental, puede verse en la obra de J. de la Vaissiere,
Elements de psychologie experiméntale. París 1912.
3 Carta al General de los Carmelitas Descalzos, 7 de Marzo de 1914.
IV
LENGUAJE Y ESTILO DE SANTA TERESA. — BELLEZAS Y DEFECTOS, — JUICIOS DE AL-
GUNOS LITERATOS EMINENTES.
ñunque tratándose de escritos místicos de tan alta valía como
los de Santa Teresa los méritos literarios que puedan tener, forzosa-
mente han de ser de segundo orden<, y más en ella, que no fué literata
de profesión, ni dilettante siquiera, ni en su vida presumió aderezarse
con las vistosas galas del buen decir, no los podemos pasar por alto,
comoquiera que la Doctora de flvila es modelo de una genial, peregri-
na y encantadora literatura, que ni conoce ascendientes ni ha podido
tener imitadores. Sola luce con propio fulgor en el cielo de las letras.
Su lenguaje y estilo son fermosa cobertura de sus bellos pensamientos
y afectos encendidos. El alma candorosa y hermosísima de la Santa
pasó toda entera a sus libros, y ellos la espejan con absoluta fidelidad.
Dijimos, hablando de sus escritos, que no eran artificiosos y con-
certados, que se advertía en ellos cierto ingenuo desaliño y abandono,
que exponía los conceptos como a su pluma venían, sin cuidarse gran
cosa de su trabazón y ornato. Con esta naturalidad de exposición doc-
trinal no habría armonizado bien un estilo laborioso, retórico y acicala-
do. Los rebuscadores de ápices gramaticales y esclavos de las reglas
literarias desdeñarán estos escritos, que a veces semejan, por los inci-
sos, paréntesis y transposiciones, inextricable alagarabía; y sin embargo,
los más grandes conocedores del idioma castellano han visto en esto
mismo, primores inapreciables de lengua, bellezas de subidos quilates,
la fabla vulgar más artística que salió de pluma española.
La Santa, que no aprendió por método científico las doctrinas que
tan maravillosamente explica, no estudió tampoco la forma de vestir-
las con elegancia. Si elegantes y dignas salieron a la pública luz,
débese, no al pacienzudo estudio del literato que cuenta las palabras
5
LVra PRELIMINARES
ü los acentos, i) analiza, pule, retoca y castiga mil veces los períodos;
sino a su ingenio natural y gracioso, que acertó a expresar a la pri-
mera con propiedad, concisión, casticidad y limpieza de frase, lo que
otros con trastornar la retórica, como hermosamente dice la Santa
a distinto propósito, apenas logran conseguirlo. No hay un solo período
en sus escritos que denuncie trabajo artificioso de formación; las fra-
ses bien cortadas y hermosas en que estos libros abundan, considérense
como frutos espontáneos de su lozana fantasía, que conservó fresca
y robusta hasta los últimos años de su enfermiza y trabajosa senectud.
La prosa de Santa Teresa no es opulenta y rotunda, ni se desata
en raudales de luz y armonía imitativa; aunque, a veces, cuando habla
de Dios, brillan sus frases con luz de divinidad, relampaguean con apa-
cible fulgor de cielo, semejante al que debió de esclarecer los profundos
senos de su alma en el momento de escribirlas. De ordinario, es apa-
cible y serena; no con la fría y marmórea serenidad helénica, sino
con la caliente y animada de un alma a quien mueve el espíritu de
Dios, que no es violento y tormentoso. Aun en los casos en que su
prosa semeja volcán arrojando fuego, el movimiento es más bien ex-
terno; en el fondo, el alma goza en dulce calma y reposo de la pre-
sencia del ñmado que exteriormente la agita.
Para expresar el pensamiento no anda la Santa en rodeos y coque-
terías literarias, mal avenidas con su naturalidad en todo; siempre echa
por el atajo o por el camino más corto al fin que se propone. Todo
lo sacrifica a la claridad de expresión; cuando la frase, a su parecer,
no refleja bien la idea, apela a comparaciones e imágenes muy inge-
niosas; si ni este recurso le satisface, lo declara ingenuamente y pasa
a otra cosa sin grande sentimiento. Un literato o un sabio, rara vez
confiesan la imposibilidad de reducir a fórmula precisa las ideas que
les bullen en la mente; Santa Teresa lo hace a cada instante; a veces
sin debido fundamento, y lo hace tan donosamente, que el lector no
puede menos de reírse, y celebrarla y alabar a Dios que tanta gracia
puso en esta incomparable mujer. Pocas veces se siente el corazón
tan irresistiblemente atraído y subyugado como al leer estas graciosí-
simas confesiones de la humilde, angelical y saladísima escritora cas-
tellana.
Educada como era costumbre en las hidalgas familias de regu-
lar posición del siglo XVI, no conocía el lenguaje de los eruditos
g cultivados ingenios. La lengua aun no se había fijado. Nuestros
más autorizados escritores comenzaban a publicar sus libros cuando
la Santa aprendió a leer y escribir, que a poco más alcanzaban los
estudios de la mujer en aquella época. Santa Teresa habla el lengua-
je del pueblo, sin los descuidos y vulgarismos extremosos de la ruda
PRELIMINARES 1,IX
gente del campo. Palabras como agora, efeto, mesmo, dinidad, disbarate,
discrición y otras similares, que hoy sólo emplea el vulgo ignorante,
las empleaban entonces los muy letrados, y aun el mismo Cervantes,
Frecuentemente hallamos en los escritos de la Santa concordan-
cias defectuosas de artículo en plural con el nombre en singular: «Los
trabajo» «las verda»; mucho más frecuente es todavía no poner en
plural los verbos por muchos que sean los sujetos que los rijan: «los
trabajos y la pena de ser monja no podía ser mayor», y viceversa el
verbo en plural cuando debiera estar en singular. Esta libertad de sinta-
xis, estas faltas de concordancia, sobre todo de los sujetos y el verbo,
abundan en nuestros clásicos, los cuales se recomiendan más por la
riqueza, pureza y propiedad, que por la corrección del lenguaje. Casi
todos pecan de cierto desaliño. Algunos defectos en los escritos de la
Santa no hay que atribuirlos a ignorancia, ni a que fueran corrientes
en el habla y escritura de aquel siglo, sino a que escribía agobiada
de negocios y ocupaciones graves, y no tenía tiempo para corregir
los descuidos escapados a su pluma. En sus autógrafos hay palabras
faltas de letras y aun de sílabas, y otras en que puso una letra por
otra; defectos propios de todo aquel que escribe a escape y no se
detiene a leer lo escrito.
En cambio, ¡qué tesoro tan acaudalado y rico de frases casti-
zas y hermosas se hallan en estas obras! ¡qué propiedad en las
palabras I ¡qué concisión en los pensamientos! ¡qué libertad y desem-
barazo de lengua en las cosas de más difícil vestimenta externa!
¡qué movida y amena es su prosa aun cuando viste austeros y gra-
ves pensamientos! Contra los que suponen que la devoción es taciturna
y melancólica, áspera y poco comunicativa, nada mejor para que de-
pongan su engaño que la Santa, jovial y afable, rebosando bondad y
simpatía en sus libros, lo mismo que en su noble corazón. Por ellos
corre abundante la vena del ingenio festivo y gracioso, sin que en sus
gracias haya nada que tildar, porque antes de proferirlas, las purifi-
caba en el horno de su ardiente caridad. Cuando describe es exacta
y brillante; cuando narra, llana y desembarazada; cuando habla de
Dios y sus perfecciones, profunda, cálida y vehemente. Su pluma ha
dibujado retratos magistrales, que nunca se borran de la imaginación;
unas veces concisos y vigorosos, como el de San Pedro de Alcántara,
el hombre que parecía hecho de raíces de árboles (1); otras suaves y
apacibles, como el de aquel religioso extraordinario y queridísimo hijo
suyo, P. Jerónimo Gradan; otras ingeniosos y llenos de fino y sano
humorismo, como el de su Senequíta, el austero habitador de Duruelo,
1 Vida, c. XXVII.
LX PRELIMINARES
San Juan de la Cruz. En resolución; Santa Teresa, con su peculiar
estilo, tiene méritos sobrados para figurar entre los mejores maestros
del habla castellana.
Una lengua de tan rancio abolengo como la nuestra, no debe ser
estudiada sólo en el momento actual, como rutinariamente vienen
haciéndolo muchos de nuestros gramáticos y escritores de preceptiva
literaria, ensañándose torpemente contra todo lo que no encaja en
los reducidos límites de su mezquina comprensión pscudo-clásica, y
empobreciendo el riquísimo léxico de nuestro idioma. La supervivencia
de numerosos modismos del período preclásico y clásico en nuestra
lengua hablada, tenidos por los conocedores incompletos de la len-
gua por incorrectos y arcaicos, la hermosa variedad y admirable des-
embarazo en que se ha desenvuelto el idioma español en sus evolucio-
nes y modificaciones fonéticas, morfológicas y sintácticas, con otras
muchas propiedades relevantes que lo hermosean, tienen en Santa Te-
resa uno de los modelos más acabados de nuestra Literatura. Mientras
no se estudien con amplitud los problemas filológicos, y el conocimien-
to de la Gramática histórica, brillantemente comenzado por el sabio
profesor de la Central Menéndez Pidal, y continuado por algunos de
sus discípulos, llegue a pleno desarrollo, será difícil apreciar todos
los primores de lengua que encierran los escritos de Santa Teresa.
Buena falta hacen estudios de este género para no soportar por más
tiempo esos Manuales de literatura, tan rutinarios como superficia-
les, que tanto abundan, y que son una verdadera calamidad literaria,
sostenida y fomentada por nuestra habitual pereza de no recurrir a las
fuentes originales y penetrar hasta las entrañas de nuestro hermoso
idioma. No es extraño que estos preceptistas adocenados encuentren
pocas bellezas en los escritos de la mística Doctora.
Los más profundos conocedores del habla castellana, han apre-
ciado en todos los tiempos las buenas cualidades de lenguaje y estilo
de Santa Teresa, como los grandes teólogos su doctrina mística. Célebre
es el elogio que de estas obras hace nuestra primera autoridad literaria
del siglo XVI, el Maestro Fr. Luis de León, en la carta que escribió
a Rna de Jesús y monjas del Monasterio de Madrid, publicada al frente
de la primera edición de las obras de la Santa, que él cuidó¡ y dirigió.
Aunque el célebre ñgustino no conoció a la Reformadora, la vio muy
al natural, como él hermosamente dice, «en dos imágenes vivas que nos
dejó de sí, que son sus hijas y sus libros». Hablando de esta segunda
imagen, escribe: «Y no es menos clara ni menos milagrosa la segunda
que dije, que son las escrituras y libros, en los cuales, sin ninguna
duda, quiso el Espíritu Santo que la Madre Teresa fuese un ejemplo
rarísimo, porque en la alteza de las cosas que trata y en la delicadeza
PRELIMINARES LXI
y claridad con que las trata, excede a muchos ingenios. Y en la forma
de decir y en la pureza! y facilidad del estilo, y en la gracia y buena
compostura de las palabras, y en una elegancia desafeitada en extre-
mo, dudo yo que haya en nuestra lengua escritura que con ellos se
iguale». Y más adelante, quejándose de los que habían hecho algunas
mudanzas de estos venerables escritos, continúa: «Fué error muy feo
querer enmendar las palabras, porque si entendieran bien castellano,
vieran que el de la Madre es la misma elegancia».
Fray Jerónimo Gracián, que no sólo fué elocuente orador y aven-
tajado escritor ascético, sino también excelente hablista, aunque ape-
nas lo mencionen los historiadores superficiales de nuestra Literatura,
preterición de la cual aun no está redimido, hablando contra los que
echaban de menos el método y orden en los libros de la Santa dice:
«Y en ir en aquel estilo, muestra con llaneza la verdad, sin compos-
turas, retóricas, ni artificios. Aunque, si bien se mira, el estilo es
altísimo para persuadir y hacer fruto, el lenguaje purísimo y de los
más elegantes en lengua española, que quizá muchos letrados no acer-
taran a decir una cláusula tan rodada y bien dicha como ella la dice,
aunque borran y enmiendan mil veces. Y ella lo escribió sin enmendar
papel suyo de los que escribía y con gran velocidad, porque su letra,
aunque de mujer, era muy clara, y escribía tan apriesa y velozmente,
como suelen hacer los notarios» (1).
Conocidas son las alabanzas que al lenguaje de la Santa tributan
sus primeros biógrafos. Ribera, Yepes y el Cronista de la Reforma
del Carmen, Padre Francisco de Santa María. Fray Jerónimo de San
José, de tan depurado gusto crítico y refinado aticismo, hablando de
las obras de la Santa, hace estas delicadas observaciones literarias: «Su
estilo es llano, sencillo y caseroi, y juntamente alto, misterioso y divino;
propiedades en que esta escritura semeja a la Sagrada. Habla familiar-
mente con sus hijas y enseña a los mayores sabios. Corre el discurso
y los períodos sin tropiezo, con una facilidad y lisura no imitable.
Comienza una razón, y cuando se le ofrece otra de importancia, inte-
rrumpe aquélla y sigue ésta, y vuelve a la primera, y las enlaza de
tal arte, que siendo a veces cosas diversísimas, hacen un tejido y
consonancia maravillosa, con que prende la voluntad y embebece el
discurso del que va leyendo. ¡Con qué desembarazo declara cosas
obscurísimas! ¡con qué propiedad y sutileza las explica! ¡con qué
orden y concierto las dispone! ¡con qué viveza las representa y con
qué energía y suavidad las persuade! No hay retórica humana que
llegue a tan poderosa fuerza de decir; porque el deleitar y mover,
1 Lucidario del verdadero espíritu, c. V.
LXII PRELIMINARES
que son los dos efectos más próximos de aquella arte, en ninguno de
los que el mundo celebra por maestros della, tanto resplandecen como
en las palabras de Santa Teresa de Jesús» (1).
«Si los ángeles hablaran, no hablarían de otra suerte», dice Mayans
sintetizando el elogio de Santa Teresa. Y nuestro Capmany emplea
setenta y ocho páginas de su obra inmortal Teatro Histórico-Crítico
de la elocuencia española, a ensalzar el estilo de la ilustre castellana
y entresacar dechados de sus libros y de sus cartas (2). R partir del
siglo XVIII no hay Antología literaria que no reproduzca algunos
pasajes de estos libros como modelo de estilo familiar y sencillo, y de
castizo y propio lenguaje.
R todos se aventajó en el elogio el culto y eximio estilista D. Juan
Valera, contestando el 30 de Marzo de 1879 al discurso de recepción
en la Academia de la Lengua del Conde de Casa-Valencia. «Bien pue-
den nuestras mujeres de España, dice, jactarse de esta compatriota
y llamarla sin par. Porque; a la altura de Cervantes, por mucho que yo
le admire, he de poner a Shakespeare, a Dante y quizás al ñriosto
y a Camoens; Fenelón y Bossuet compiten con ambos Luises, cuando
no se adelantan a ellos; pero toda mujer que en las naciones de
Europa, desde que son cultas y cristianas, ha escrito, cede la pluma
y aun queda inmensamente por bajo, comparada a Santa Teresa..,
No traigo aquí esta cita (acaba de hablar del resplandor celestial
de que vieron algunas monjas bañado el rostro de la Santa cuando es-
cribía), como prueba de milagro, sino como prueba candorosa de la
facilidad, del tino, del inexplicable don del cielo con que aquella mujer,
que no sabía gramática ni retórica, que ignoraba los términos de la
escuela, que nada había estudiado, en suma, adivinaba la palabra más
propia, formaba la frase más conveniente, hallaba la comparación más
idónea para expresar los conceptos más hondos ij sutiles, las ideas
más abstrusas y los misterios más recónditos de nuestro íntimo ser.
»Su estilo, su lenguaje, sin necesidad del testimonio de las her-
manas, a los ojos desapasionados de la crítica más fría, es un mi-
lagro perpetuo y ascendente. Es un milagro que crece y llega a su
colmo en su último libro, en la más perfecta de sus obras: en El
Castillo interior o Las Moradas... ñsí escribió su libro celestial, ñsí,
con infalible acierto empleó las palabras de nuestro hermoso idioma,
sin adorno, sin artificio, conforme las había oído en boca del vulgo,
en explicar lo más delicado y oscuro de la mente; en mostrarnos con
poderosa magia el mundo interior, el cielo empíreo, lo infinito y lo
1 Historia del Carmen descalzo, 1. V, c. XVI, págs. 918-919.
2 Teatro histórico crítico de la elocuencia española, t. III, pág. 169 jj sigs.
Í>RELlMINflRES LXltí
eterno, que están en el abismo del alma humana, donde el mismo Dios
vive... Entiendo yo, Señores, por todo lo expuesto, y por la atenta
lectura de los libros de la Santa, y singularmente de El Castillo in-
terior, que el hechizo de su estilo es pasmoso, y que sus obras, aun
miradas sólo como dechado y modelo de lengua castellana, de natu-
ralidad y gracia en el decir, debieran andar en manos de todos y ser
más leídas de lo que son en nuestros tiempos».
Nunca habló de propósito, sino breve e incidentalmente, de los
escritos de la Santa Madre, el malogrado Maestro de maestros y asom-
broso polígrafo, D. Marcelino Menéndez y Pelayo; sin embargo, como
por la garra se conoce el león, así por algunas vigorosas pincela-
das suyas conoceremos lo que sentía sobre la Santa este rey de la
crítica literaria. Deseos tuvo de escribir algunas páginas sobre estas
obras; pero Dios no quiso alargar su fecunda vida tanto como hubiéra-
mos deseado los amantes de la literatura patria (1). Ya en su discurso
de ingreso en la Española en 1881, elogiando la exquisita pureza de
la forma y la abundancia y flexibilidad alcanzadas por nuestro idioma
en el siglo XVI, dice de Santa Teresa: «Siglo en que la mística caste-
llana dio gallarda muestra de sí, libre e inmune de todo resabio de
quietud y de panteísmo, y corrió como generosa vena por los campos
de la lengua y del arte, fecundando la abrasadora elocuencia del
apóstol de Andalucía, el severo y ascético decir de San Pedro de al-
cántara, la regalada filosofía de amor de Fray Juan de los Angeles,
la robusta elocuencia del Venerable Granada, toda calor y afectos
que arrancan lumbre del alma más dura y empedernida, el pródigo
y mal represado lujo de estilo de Malón de Chaide, la severa luz pla-
tónica que se difunde por los Nombres de Cristo de Fray Luis de León,
y la alta doctrina del conocimiento propio y de la unión de Dios con
el centro del alma, expuesta en las Moradas teresianas, como en plá-
tica familiar de vieja castellana junto al fuego. ¿Quién ha declarado
la unión extática con tan graciosas comparaciones como Santa Teresa:
1 Uno de los mauores deseos de Menéndez y Pelayo, en su afán constante de rehacer la
historia de las patrias letras, fué la publicación, en ediciones correctas, de los grandes místicos
españoles, que forman la mejor parte de nuestro caudal literario. Cualquier estudio sobre esto
merecía su aprobación, y alentaba a proseguirlo con esa benevolencia de criterio propia de los
grandes ingenios. Uno de los últimos veranos, tuvimos la fortuna de saludar al inolvidable
Maestro en su riquísima Biblioteca de Santander g ver la grata impresión que le produjo el prO'-
pósito que teníamos de publicar una nueva edición de las obras de Santa Teresa. Sin esfuerzo
accedió a nuestro ofrecimiento de que se dignase hacer un estudio crítico de la insigne escri"
toia, como ya le tenía prometido del autor de la Noche oscura, para la excelente edición que
de sus escritos ha publicado el P. Gerardo de San Juan de la Cruz. La muerte malogró estos
propósitos, privándonos de un trabajo que nadie como él hubiese podido realizar. D.a Blanca
de los Ríos, en el Homenaje a Santa Teresa de Jesús, publicado en 1914, bajo el título de
«Juicios y propósitos de Menéndez y Pelayo», nos ha dado a conocer algunos temas referentes
a Santa Teresa, sobre los que deseaba haber escrito el inmortal crítico de nuestra Literatura.
LXIV PRELIMINARES
ya de las dos velas que juntan su luz, ya del agua del cielo que viene
a henchir el cauce de un arroyo? ¿Y qué diremos de aquella porten-
tosa representación suya de la presencia divina, «como un claro dia-
mante», o como un espejo en que por subida manera y «con espantosa
claridad» se ven juntas todas las cosas, sin que haya ninguna que
salga fuera de su grandeza? Ni Malebranchc ni Leibnitz imaginaron
nunca más soberana ontología».
«La extática Doctora avilesa, dice en otra parte, serafín abrasado
en amor divino, heroica fundadora, nacida para revelar al mundo los
más hondos misterios del erotismo sagrado, los regalados favores del
celestial Esposo, y para penetrar, cuanto en existencia terrena es dado,
en el piélago de la bondad y hermosura divina, sin perderse en las
torcidas corrientes panteísticas; intérprete, como ningún otro mortal,
de la sublime armonía y del lenguaje de los ángeles, que ella repro-
dujo con gracia de mujer, y de mujer castellana, en libros que, (para
valemos de la frase discretísima de un sabio profesor catalán), con
ser de los henchidos «de más alta doctrina, más que libros, semejan
candorosa plática familiar». Cita D. Marcelino las palabras de Fray
Luis de León que dejamos arriba transcritas y continúa: «Y tanta
verdad es esto, que por una sola página de Santa Teresa pueden
darse infinitos celebrados libros de nuestra literatura y de las extra-
ñas, y por la gloria que nuestro país tiene en haberla producido, cam-
biaría yo de buen grado, si hubiéramos de perder una de ambas cosas,
toda la gloria militar que oprime y fatiga nuestros anales... No hay
en el mundo prosa ni verso que basten a igualar, ni aun de lejos
se acerquen, a cualquiera de los capítulos de su vida que de sí propia
escribió Santa Teresa por mandado de su confesor; autobiografía a
ninguna semejante, en que, con la más peregrina modestia, se narran
las singulares mercedes que Dios la hizo, y se habla y discurre de
las más altas revelaciones místicas con una sencillez y un sublime
descuido de frase, que deleitan y enamoran» (1).
Con tierna devoción y cálida elocuencia habla del estilo teresiano
la mujer española por labios de Doña Blanca de los Ríos de Lam-
pérez, que tan sólido crédito literario se ha granjeado en todos los
países de lengua castellana: «La prosa de Santa Teresa, dice, es
inseparable de su espíritu, es la estética de su santidad; conserva
la impronta de su alma; es humildad sin afeites; es anhelo generoso
de que todos gustasen el bien de que ella gustaba, vertiéndolo en pa-
labras claras como la luz; es amor efusivo, inmenso, que hierve y es-
talla bajo la delgada envoltura de su habla transparente. Con la re-
1 Prólogo a las Poesías de Evaristo Silió, escrito en 187Ó y reproducido en la edición de
1898 con la autorización previa del Sr. Menéndez y Pelayo.
PRELIMINARES LXV
verenda de quien maneja riquezas de Dios, aparta la Santa de su
estilo todo arrequive profano, toda reminiscencia gentílica; y con ím-
petu valiente, españolísimo, poseída de su misión renovadora en todo,
echa a rodar los viejos trastos de escribir, la balumba de erudición
antigua que, desde el siglo XIII, agobiaba las espaldas de la literatura,
y entorpecía los pasos a la naturalidad gallarda; suprime el pe-
dantismo de las autoridades (cita de memoria y como dudando, o
haciéndose perdonar el saber); rompe con los vicios atávicos de la
raza (el conceptismo, el cultismo y el énfasis); huye como de la peste
de los discreteos alambicados y de las empalagosas dulcedumbres; y,
como si en el sólido tintero de loza talaverana bebiese su pluma en
vez de tinta luz y jugo de verdad, rompe; a escribir como se habla en
la vida, familiar, sencilla, entrañablemente; como un alma, sin leva-
dura de engaños, conversaba íntima, regaladamente con Dios, como
nunca supieron hablar libros humanos, y emancipa gloriosamente la
prosa de Castilla de todo yugo y servidumbre, enseñándole a andar
con su pie y a volar con sus propias alas» (1).
No han sido menos pródigos en elogios al estilo de la Santa los
literatos extranjeros, que han conocido nuestra lengua lo suficiente
para saborear sus bellezas. Para no ser interminable citando, nos
limitaremos a la autoridad de dos insignes hispanófilos recientes, am-
bos protestantes, el inglés Fitzmaurice-Kelly y el alemán ñdán Fede-
rico Schack.
Dice el primero: «Santa Teresa no es solamente una santa glo-
riosa y una brillante figura en los anales del pensamiento religioso;
es también un milagro de genio, es quizá la mujer más grande de
cuantas han manejado la pluma, la única de su sexo que puede colo-
carse al lado de los más insignes maestros del mundo. Macaulay ha
hecho notar, en ensayo famoso, que el Protestantismo no ha ganado una
pulgada de terreno desde mediados del siglo XVI. San Ignacio de
Loyola y Santa Teresa son el alma y el cerebro de la reacción cató-
lica... Santa Teresa pertenece a la humanidad... Podían Boscán y Gar-
cilaso influir en los poetas eruditos y cortesanos; pero nada significa-
ban ante el brioso castellano de Santa Teresa de Jesús, que manejó
el idioma con maestría incomparable... La sencillez y la brevedad son
las cualidades distintivas de Santa Teresa; pero lo más admirable es
cómo adquirió ese estilo tan perfecto» (2).
1 Discurso pronunciado en el Ateneo de Salamanca el día 24 de Abril de 1914, en la ve-
lada literaria para conmemorar el tercer Centenario de la beatificación de Santa Teresa.
2 Historia de la literatura española desde los orígenes hasta el año 1900, por Jaime
Fitzmaurize-Kelly, traducida del inglés ü anotada por Adolfo Bonilla y San Martín, con un es-
tudio preliminar, por Marcelino Menéndez a Pelayo.
LXVI PRELIMINARES
Adán Federico Schack, autor, entre otras obras, de la Historia de
la literatura y del arte dramático en España, escribe; «Entre los
santos de la Iglesia católica que más se han distinguido por su amor
a la humanidad y sincero entusiasmo por lo sobrenatural, merece lugar
preferente Santa Teresa de Jesús. Sus asombrosos escritos son justa-
mente tenidos como inspirados. Por una sola página de ellos daría go
con gusto todos los discursos pronunciados por nuestros académicos
ü parlamentarios» (1). Y en otra parte: «No hay mujer de nación al-
guna que pueda compararse a la admirable hija de Avila. Podemos creer
que, a semejanza del apóstol San Juan, un águila del cielo le ofreció
su pluma al escribir el Camino de Perfección y Las Moradas-» (2).
1 Ein halbes Jahthundert Erínnerunffen und Mufzeichungen. Stuttgart, 1888, t. I, p. 139.
2 Ibld., t. II. p. 258. Puede verse también el artículo Die Steüung der heiligen Theresia
in der Literatur, publicado en la Revista SkapuUer, Noviembre de 1914.
NUMERO y iCLflSIFICflCION DE LOS ESCRITOS DE SflNTfl TERESA. — flUTOGRaFOS QUE
HAN LLEGADO HASTA NOSOTROS. — REPRODUCCIONES FOTOLITOGRAFICAS.
Varias obras escribió Santa Teresa, no por gusto propio— jamás
presumió de letrera — sino por indicación de sus directores o de aque-
llos con quienes mantuvo relaciones espirituales (1). Cuantos trataron
a la Virgen de Avila, comprendieron los grandes tesoros de virtud que
su corazón e inteligencia encerraban, g les pareció recia cosa escon-
derlos entre los pliegues de una humildad mal entendida, ya que,
sacados a la pública luz, tantos bienes podían reportar a las almas.
Para dar a conocer el estado de su conciencia, escribió su primer libro,
que la Santa, con hermosa y propia palabra, llama mi alma (2); por-
que en él la fotografió sin duda con fidelidad y gracia inimitables.
Para edificación y provecho de sus hijas, escribió los demás. Fundadora
y madre de una porción escogida de almas buenas, deseosas de alle-
garse a Dios por la austeridad y el amor, trató de ilustrar sus espí-
ritus con las muchas luces que ella recibía.
Fr. Jerónimo de San José enumera en la siguiente forma sus es-
critos: «Cinco libros, dice, y siete opúsculos o tratados escribió Santa
Teresa nuestra Madre. Los libros son: el de su Vida, Camino de Perfec-
1 Sobre esto refiere el P. Gracián en el capitulo V de su Lucidario del verdadero espí-
ritu: «Persuadíale uo estando en Toledo a la Madre Teresa de Jesús, con mucha importunación,
que esaibiese el libro, que después escribió, que se llama de Las Moradas. Ella me respondía
la misma razón que he dicho, jj la dice muchas veces en sus libros casi con estas palabras:
¿Para qué quieren que escriba? Escriban los letrados que han estudiado, que yo soij una tonta
B no sabré lo que me digo. Pondré un vocablo por otro, con que haré dafto. Hartos libros hay
escritos de cosas de oración. Por amor de Dios, que me dejen hilar mi rueca y seguir mi coro
H oficios de religión, como las demás hermanas, que no soy para escribir, ni tengo salud y ca-
beza para ello».
2 En carta a D.a Luisa de la Cerda, pidiendo procure el libro de la Vida que le tenía el
maestro de Avila, le dice: «Mire V. S., pues le encomendé mi alma, que me la envíe con re-
caudo lo más presto que pudiere».
LXVIIi PRELIMINARES
cióti, Las Moradas, Las Fundaciones, Meditaciones sobre los Cantares,
Los opúsculos son: Modo de visitar sus conventos, Exclamaciones, Avisos
espirituales. Relaciones de su espíritu, Mercedes que le hizo el Señor,
Versos devotos que compuso, Cartas a diferentes personas. De suerte
que entre libros, opúsculos y tratados, vienen a ser doce las obras
todas que escribió la Santa» (1).
Hderaás de estas obras, se han prohijado a Santa Teresa algunas
otras, aunque no con bastante fundamento. De unas palabras del ca-
pítulo VII de las Fundaciones, han conjeturado algunos que la Santa
escribió un libro sobre la melancolía. Dice en el lugar citado: «Estas
mis hermanas de San José de Salamanca, a donde estoy cuando esto
escribo, me han mucho pedido diga algo de cómo se han de haber
con las que tienen humor de melancolía; y porque por mucho que
andemos procurando no tomar las que le tienen, es tan sutil que se
hace mortecino para cuando es menester, y ansí no lo entendemos hasta
que no se puede remediar. Paréceme que en un librico pequeño dije
algo de esto, no me acuerdo». De las palabras referidas se deduce
solamente que la Santa había escrito algo sobre esta enfermedad que
tantos daños morales causa en las comunidades religiosas; pero no que
hubiese compuesto un libro entero. Como en el Camino de Perfección
habla en distintas ocasiones de la melancolía, cuando declara las con-
diciones que han de tener las postulantes al hábito del Carmen refor-
mado, parece indudable que hace referencia a él, ya que la Santa
siempre llamó pequeño al Paternóster, en oposición al libro de la
Vida, mucho más voluminoso. Según esto, no creo se deba perder tiem-
po en hallar un libro que nunca ha existido. El eminente crítico íere-
siano, P. Andrés de la Encarnación, sospecha si este libro andaría
con los del P. Gracián. «Un tratado de Melancolía, escribe, se rela-
ciona entre los escritos del P. Gracián, que dice nuestra Biblioteca
haber quedado en poder de su hermano D. Tomás Gracián, y no es
dudable los conserven aún cuidadosamente sus descendientes, que se
me ha dicho paran algunos en Zaragoza» (2).
Otro libro ha venido considerándose como de la Santa desde
que en 1630 lo insertó Moreto en la edición de sus obras, hecha
en ñmberes. La única razón de publicarlo como de la santa Doctora,
fué haberse hallado entre algunos papeles que de ella tenía D.a Isa-
bel de Avellaneda, mujer de D. Iñigo de Cárdenas, Presidente del
Consejo de Castilla. Lleva por título la obra Siete meditaciones sobre
el Paternóster. Su autor hace un comento piadoso de la Oración do-
minical, repartiendo sus siete peticiones en otras tantas considera-
1 Historia del Carmen Descalzo, 1. V, c. XIII, págs. 181-182.
2 Biblioteca Nacional, Ms. 3.180, Adiciones E, núms. 13 u 14.
PHELIMINHRES LXIX
cienes para cada día de la semana. Las meditaciones responden a estas
palabras: Padre, Rey, Esposo, Pastor, Redentor, Médico y Juez. El tra-
tado es muy docto y espiritual y escrito por quien manejaba con bas-
tante propiedad la Sagrada Escritura y no carecía de conocimientos
literarios. La crítica más superficial lo rechaza como de la Santa;
porque las citaciones que trae, lo mismo que el estilo, no pueden
ser más ajenos al modo de escribir de la insigne Doctora. Por él
ha pasado la lima, y ya dejamos dicho que uno de los mayores en-
cantos de las obras de la Santa es el gracioso abandono con que
están escritas. La Orden jamás tuvo este libro por de Santa Teresa, ni
sus primeros biógrafos hacen de él mención alguna. Dice" el Padre
Jerónimo de San José con su habitual aticismo y refinado gusto
crítico: «Yo tengo por cosa muy cierta que el tratado susodicho no es
de nuestra Santa Madre, y que todos los que atentamente, y aún sin
mucha atención, lo leyeren, juzgarán lo mismo. La principal razón de
esto, es porque de tres cosas que se pueden considerar en él, es a
saber, materia, disposición, y estilo, sólo en la primera se puede hallar
alguna conveniencia para que se aplique a la Santa, por ser la mate-
ria muy devota, si bien por esta parte se puede también atribuir
a cualquier otro piadoso escritor. Pero en las otras dos, que son por
donde más individualmente se suele conocer ser la obra de un autor, es
a saber, disposición y estilo, ni íastro alguno se halla de que parezca
ser suya esta secritura, antes en ambas cosas manifiestamente se des-
cubre ser el autor algún hombre docto, letrado y estudioso.
»Porque el método es muy concertado, correspondiente, seguido
y preciso; comoquiera que el de la Santa sólo tiene aquella trabazón
que el espíritu del Señor, que guiaba su afectoi y pluma, según su alta
sabiduría, no ajustada a la cortedad de nuestras observaciones y en-
tendimientos, disponía lo que le iba infundiendo o en otra manera co-
municando.
»En el estilo también se ve lo mismo; porque las frases, las ca-
dencias, las contraposiciones, las palabras, que todas son artificio-
sas y limadas, son ajenísimas de la Santa y de su lenguaje, que es
puro, llano y casero, y mucho más son ajenos de su sencillez tantos
lugares de Escritura, tantas alusiones y puntos de teología como en él
se tocan, como en su propia formalidad. Que aunque la Santa en sus
libros tal vez apunta algo de esto, pero siempre es con palabras y modo
humilde y llano, que se conoce luego ser persona sin letras ni ciencia del
mundo, aunque llena de luces del cielo quien aquello escribe» (1).
1 Historia del Carmen Descalzo, I. V, c. Vllt, p. 837. La postdata de una carta de la
Santa, escrita en el mes de Enero de 1577 a su hermano D. Lorenzo, ha dado lugar a que al-
gunos crean que compuso Santa Teresa un libro nuevo que no ha llegado hasta nosotros. En la
LXX PRELIMINARES
No hay para qué insistir más en una cosa tan evidente. La Santa
ya escribió en el Camino de Perfección lo que tenía que decir sobre
el Paternóster. Lo que no se averiguará con certeza es su verdadero
autor. De la lectura de las Meditaciones sólo se infiere que era docto
y piadoso, no ajeno a las especulaciones escolásticas y conocedor de
las obras de Santa Teresa (1).
El P. Ribera, primero y diligente biógrafo de la Santa, dice que
ésta en compañía de su hermano Rodrigo, compuso un libro de Caba-
llerías. «Como su ingenio era tan excelente, así bebió aquel lenguaje
y estilo, que dentro de pocos meses ella y su hermano Rodrigo com-
pusieron un libro de Caballerías con sus aventuras y ficciones, y salió
mencionada postdata dice: «Al Obispo envié a pedir el libro, porque quizá se me antojará de
acabarle con lo que después me ha dado el Señor, que se podría hacer otro, y grande, y si el
Señor quiere acertase a decir; y si no poco se pierde». No habla aquí de una nueva obra, sino
de un manuscrito conocido por su hermano, que no había terminado aun. Bien pudo ser este
libro el de la Vida, al cual ningún inconveniente había, sin menoscabo de su unidad, añadirle
nuevas mercedes que la Santa iba recibiendo después de haber esaito el último capítulo. Aun"
que para esta fecha el autógrafo se hallaba en la Inquisición, existían de él copias fieles, de las
cuales la Santa tenía conocimiento. No es probable que las religiosas primitivas, que tanto es-
mero pusieron en recoger y sacar trasuntos de billetes sueltos donde su Santa Fundadora escrl-
bía mercedes de Dios, dejasen en el olvido una obra extensa. Más inverosímil es todavía,
que habiendo escrito Santa Teresa después de aquella carta, tantas otras, y el mismo libro
de Las Moradas, no mencione para nada este supuesto escrito suyo. Hemos de concluir en
vista de esto, que se trata de una de las obras conocidas de la Santa. Sin embargo, el Padre
Andrés de la Encarnación, en diversas partes de sus manuscritos, se inclina a creer que se
habla en la carta de un libro nuevo (Cfr. Memorias historiales, 1. n, núm. 118 y el Ms. 3.180
de la Biblioteca Nacional).
1 A diversos autores, al dominico Giraldel entre otros, se ha atribuido esta obra, aunque
sin motivos suficientes. (Vid. Sta. Teresa de Jesús y la Orden de Predicadores, por el P. Felipe
Martín, pág. 229). El P. Andrés de la Encarnación sostiene la opinión peregrina, que no hemos
leído en ningún otro escritor, de que las Meditaciones sobre el Datemoster son de la V. Ana
de Jesús. He aquí sus palabras: «Aunque las Deticiones no son suyas (de la Santa), hay muchos
indicios que son de casa. En la petición del martes se escribe: «Dijo Dios a Santa Catalina y a
cierta Madre: Ten tú cuidado de mis cosas-». Este modo de hablar no es de la Santa, pero sí de
quien sabía su vida, y ésta cuando se escribió este tratado, que fué o en vida de la Santa o
muy próximo a su muerte, o por lo menos antes de correr sus obras, por lo que diremos, sólo
se fiaba a sus hijos, y siendo mujer la que lo escribió, tiene mucho derecho el talento de
la V. Ana de Jesús. Compruébase todo, porque aquel salmo de la última petición, no se halla
en el oficio ferial de Prima, ni en el Breviario romano ni en el dominicano. En cuanto a lo
último, lo asegura la Bibliotecaí con que sólo se puede hallar en el Jerosolimitano, y ser aquel
escrito de persona que escribió antes del año 586, que se usaba en la Religión y ella le usaba
en ella. Luego no es del Dominico, ni de Fr. Juan de S. Basilio, que a lo más lo alcanzó tres
años antes de poder ser escritor. A más que el modo de citar el Breviario no es de autores graves,
que sólo citan los Libros Sagrados con su nombre, capítulo y verso. De todo queda que sólo
puede ser de las hijas de la Santa y del tiempo que se usaba en la Religión aquel su antiguo
Breviario, que, como se ha dicho, fué antes de correr sus obras. Pues aquel se dijo en 586;
éstas se imprimieron en 587. Esto supuesto, queda la esperanza se descubra algún rastro si fué
de la V. Ana, pues el estilo nuestro se asemeja a la fundación de Granada». (Biblioteca Nacio-
nal, Ms. 3.180, adiciones E, núm. 179). No nos convencen las razones del agudo crítico car-
melita para atribuir este libro a la V. Ana de Jesús, de excelente ingenio y aventajado talento,
sin duda, pero no tan cultivado como la simple lectura de la obra da a entender; ni vemos tam-
poco gran parecido de estilo con la Relación del covento de Granada, fundado por la insigne
compañera de Santa Teresa.
De las burdas profecías sobre el Reino de Portugal, extinción de la Compañía de Jesús u
algunos otros documentos atribuidos a la Reformadora del Carmen, hablaremos en otio lugat.
PRELIMINARES LXXI
tal, que había harto que decir de él» (1). Confírmalo Gracián en las
notas que puso a la obra de Ribera con estas palabras: «La mesma
lo contó a mí» (2). Nada de inverosímil tiene que un genio tan vivo
y lozano como el de Santa Teresa, herida en la imaginación por las
estupendas hazañas de un Añadís, tratase de reproducir otras nuevas
por vía de recreación g entretenimiento, que seguramente, como suyas,
serían muy divertidas, ingeniosas e inocentes; pues no es justo pre-
suponer de su inteligencia castísima nada parecido a las demasías ama-
torias en que abundan hasta los más honestos libros del género escude-
ril o quijotesco. Ella misma nos dice, lamentándolo, que era muy
aficionada a esta lección, y que perdió muchas horas enfrascada en
aquel mundo fantástico de aventuras sin número. Pudo fácilmente satis-
facer este gusto, porque su madre, que era muy buena cristiana, leía
algunos, defecto de que en aquel tiempo se libraban poquísimos.
La misma Santa da cuenta de esto y disculpa con infantil y cari-
tativa piedad a Doña Beatriz, que era, por lo demás, excelente madre
de familia. «Paréceme que comenzó a hacerme mucho daño lo que
ahora diré. Considero algunas veces cuan mal lo hacen los padres que
no procuran que vean sus hijos siempre cosas de virtud de todas ma-
neras; porque, con serlo tanto mi madre, como he dicho, de lo bueno
no tomé tanto en llegando a uso de razón, ni casi nada, y lo malo
me dañó mucho. Era aficionada a libros de caballerías, y no tan mal
tomaba este pasatiempo como yo le tomé para mí; porque no perdía
su labor, sino desenvolvíamonos para leer en ellos, y por ventura lo
hacía para no pensar en grandes trabajos que tenía y ocupar sus hijos,
que no anduviesen en otras cosas perdidos. De esto le pesaba tanto
a mi padre, que se había de tener aviso a que no lo viese. Yo comen-
cé a quedarme en costumbre de leerlos; y aquella pequeña falta que
en ella vi, me comenzó a enfriar los deseos y comenzar a faltar en
lo demás; y parecíame no era malo con gastar muchas horas de el día
y de la noche en tan vano ejercicio, aunque ascendida de mi padre.
Era tan en extremo lo que en esto me embebía que, si no tenía libro
nuevo, no me parece tenía contento» (3).
R esta cuenta, no uno sino muchos libros de entretenimiento leyó
Santa Teresa, ñlgunos tienen la esperanza de que todavía se conserve
el libro de Caballerías que escribió, y aun discurren con ingenio, no
exento de candidez, sobre el modo de publicarlo, caso de ser halla-
do, y las salvedades necesarias para que a los lectores no sirva de
1 Vida de la Madre Teresa de Jesús, lib. I, c. V.
2 Cír. 5. Teresa de Jesús, por D. Miguel Mir, t. I, p. 45. El P. Antonio de San Joa-
quín irae también esta noticia en el Uño Teresiano, día 11 de Eneío.
3 Vida, c. II.
LXXn PRELIffllNJÍRES
piedra de escándalo (1). Sospecho, mejor dicho, tengo por cierto, que
tal libro, la misma autora, caso que lo escribiese, lo destruiría después
de los sazonados comentarios que haría sobre él con su hermano
Rodrigo, inseparable confidente de Teresa en obras buenas e inocentes
travesuras; ya porque ningún interés tendría en conservar aquella
ligereza festiva de su ingenio, ya también por el miedo de que no
cayese en manos del austero hidalgo D. ñlonso, su padre, y aplicase
duro castigo a los traviesos y precoces novelistas.
Grande fortuna es para los devotos de Santa Teresa que se con-
serven los originales o protógrafos de los principales libros que es-
cribió. Aunque hayamos de lamentar para siempre la pérdida de la
mayor parte de sus cartas y de algunos escritos cortos, todavía es de
agradecer a la bondad providente de Dios que, después de tantos
trastornos sociales ocurridos en los últimos siglos, se hagan podido
salvar estos preciosos manuscritos. Pocos santos y escritores anti-
guos han salido tan bien librados de los azares del tiempo y olvido
de los hombres como la inmortal Reformadora del Carmelo. De ella
se conservan sus principales obras, buen número de cartas y algunos
libros de cuentas primitivos que llevan firmas suyas (2).
Para nadie es un secreto la veneración que Felipe II tuvo a la
Santa Madre y lo mucho que favoreció su Reforma, a lo cual ella
supo corresponder muy finamente con oraciones y saludables conse-
ios. Tenía el Rey propósito de formar una riquísima Biblioteca, así de
manuscritos raros y preciosos, como de libros impresos, en su monas-
terio de San Lorenzo el Real. Cuando llegó a su noticia que de la
Madre Teresa se conservaban escritos originales, quiso llevarlos a la
1 «Este escrito, sin duda, dice el P. Andrés de la Encarnación, quedaría en casa de los
padres de la Santa y tal vez se hallará entre los papeles de las casas de su descendencia, o de
las casas de algunos caballeros de Avila». En caso de encontrarse, opina el Padre que debe
darse a la prensa, «a no ser lunar para su posterior celestial doctrina y motivo de que resucite
esta vanidad en el mundot. B. N. Ms. 3.180, Hdiciones E, níims. 13 y 14.
2 Entre otros conventos, los de Avila y Medina del Campo, de Carmelitas Descalzas,
conservan todavía alguno de estos libros. De ellos y de otros muchos documentos y cartas han
sido cortadas muchas firmas de la Santa, bien para regalarlas a algún bienhechor, bien para
ponerlas en algún relicario, o por otros fines semejantes. Los Superiores de la Descalcez prohi-
bieron repetidas veces, bajo severas penas, tocar ni quitar nada de los autógrafos de Santa
Teresa; pero, desgraciadamente, no faltaron motivos para dispensar estas disposiciones. La de-'
voción a la Santa era muy popular y los mismos superiores se veían abrumados de peticiones
que eia muy difícil desatender. Apenas habrá nación de Europa que no venere alguna de estas
firmas. No seamos ligeros en condenar estos regalos piadosos sin pesar antes las poderosas
razones que los motivaron. Algunos fueron hechos a príncipes y venerables prelados de la
Iglesia. Las peticiones fueron muy numerosas en tiempo de la beatificación y canonización de
la Santa, si bien después no cesaron tampoco. Así, en 28 de Enero de 1754 escribía desde
Roma el P. Manuel de la Virgen del Carmen al Definidor general, P. Antonio del Santísimo
Sacramento, dándole las gracias por la firma de la Santa Madre que le había remitido para un
elevado personaje eclesiástico de aquella ciudad. Podríamos referir muchos casos como éste,
leídos en documentos antiguos que se guardan en nuestros conventos.
PRELIMINARES r.XXIII
librería escuriaknse, para lo cual acudió al P. Nicolás Doria, a la sazón,
año de 1592, Vicario General de la Reforma carmelitana. El Padre
Doria recogió, probablemente en San José de Avila, el primer Camino
dé Perfección que compuso la Santa. Con fecha 3 de Junio de 1592,
escribió este Padre al doctor Sobrino, catedrático de Teología en Va-
lladolid y más tarde obispo de la misma ciudad, de quien tendremos
ocasión de hablar en el curso de esta edición, suplicándole se sir-
viese entregar a persona que el Prior de El Escorial señalase, los ma-
nuscritos originales que tenía de la M. Teresa (1).
Recibida esta carta del P. Doria, el doctor Sobrino pidió al
Maestro Fray Agustín Antolínez los venerables autógrafos de la Santa
que guardaba en su poder desde la muerte de Fr. Luis de León. Pro-
bablemente, el P. Antolínez conservaba sólo el libro de la Vida) y el pri-
mer Camino de Perfección, porque el segundo lo debieron de recla-
mar las Descalzas de Valladolid, apenas terminada la impresión de
1588. Las Fundaciones y Modo de visitar los conventos teníalos el
doctor Sobrino, y Las Moradas habíanse devuelto al P. Gracián. Acerca
de esto dice el mismo P. Antolínez en las Informaciones de Salamanca,
artículo 56: «El Dr. Sobrino, canónigo que es de la Magistral de la
Santa Iglesia Catedral de la ciudad de Valladolid y catedrático de
Prima en santa Teología de aquella Universidad, pidió a este testigo
los papeles de la dicha V. Madre Teresa de Jesús, a lo que se
acuerda, por orden de Su Majestad, o inmediatamente por orden del
señor García de Loaysa, arzobispo que fué de Toledo; los cuales
tenía este testigo en su poder por muerte del P. M. Fray Luis de
León, de su Orden, que los tuvo para probar sus escritos para impri-
mirse; y se los entregó, y entendió este testigo se los llevaron a la
Librería del Escorial, que allí dejó Su Majestad» (2). De las Fundaciones
y el Modo de visitar los Conventos, se hizo entrega el 18 de Agosto del
mismo año a García de Loaysa, ayo del Príncipe y luego Primado de
España, quien los puso en manos del superior del Escorial, P. Fr. Diego
de Yepes. De la entrega se levantó acta.
Cuatro son los manuscritos originales de la Santa que se custo-
1 Trae la carta el P. Francisco de Sta. María en la Reforma de los Descalzos, t. I, 1. V.
c. 36, p. 876 ü es el del tenor siguiente: Dax Chrísti. —Su Majestad desea poner en San Lo-
renzo el Real los libros originales' de la buena Madre Teresa de Jesús, y nuestra Religión ha
holgado mucho de ello. Y porque V. m. tiene dos de ellos, héseme mandado escribir a V. m. sea
servido mandarlos entregar a la persona que el M. R. P. Fr. Diego de Yepes, Prior de San Lo-
renzo, señalare, para que se consiga el intento de Su Majestad u estén los libros guardados,
donde tan bien y con tanta honra de la buena Madre se guardarán. Lo cual, por lo que V. m. la
quiso y quiere, entiendo le será de mucho contento. Guarde Nuestro Señor a V. m. con abun-
dancia de sus divinos dones. De Madrid, a 3 de Junio de 1592. Fray Nicolás de Jesús M^ía,
Vicario General».
2 Cfr. Memotias Historiales, letra N, núm. Tí.
LXXIV PRELIMINñRES
dian en el Escorial, desde fines del siglo XVI. La Vida, el Camino
de Perfección, las Fundaciones y el Modo de visitar los Conventos.
De la veneración en que los tenía Felipe II habla así el P. Yepes:
«Con tener allí muchos otros originales de santos de la Iglesia, a so-
los tres hizo particular reverencia, dando muestras de lo que los es-
timaba, que son los originales de San Agustín, San Crisóstomo y los
de nuestra Santa; haciéndolos poner dentro de la misma librería, de-
bajo de una rez de hierro y en un escritorio muy rico y cerrado con-
tinuamente con llave. Los de la Santa Madre Teresa, por particular
favor, se enseñan y dejan tocar como reliquias. Más tarde fueron tras-
ladados a un camarín, que desde entonces fué denominado Camarín
de Santa Teresa de Jesús» (1).
Consérvase el libro de las Moradas en las Carmelitas Descalzas
de Sevilla, adonde providencialmente fué a parar de manos de Pedro
Cerezo Pardo, gran benafactor del Carmelo hispalense, a quien lo re-
galó el P. Gracián.
El Camino de Perfección que nuevamente escribió, lo guardan, desde
1 Cfr. Los Rutógvafos de Sta. Teresa de Jesús como se conservan en el Real Monas~
ferio del Escorial, por el P. Bibliotecario, Guillermo Antolín, agustino. Aladrid, 1914. R\ cele"
brarse el tercer Centenario de la beatificación de la Santa el 1914, se sacaron del Camarín y
pusieron en la Biblioteca, en vitrina particular, para que más fácilmente pudieran ser vistos de
los curiosos ü devotos. Colocados en el Escorial con la decencia y veneración que tales tesoros
requerían, se alcanzó del Papa una disposición que prohibía sacarlos del Monasterio. Cuéntase
de Felipe III que pidió en cierta ocasión el original del libro de la Vida, y no habiendo terminado
de leerlo todo por tener que ausentarse del Escorial, lo entregó al Bibliotecario, previniéndole
no le quitase la señal puesta, que indicaba la página hasta donde había leído, pues pensaba
terminarlo en otra ocasión. Así consta en las informaciones hechas el 13 y 14 de Noviembre de
1609 en el Real Monasterio de San Lorenzo, por D. Juan Quijada de Almaraz, archivero
de Villaviciosa y canónigo de Oviedo. (Cfr. Memorias Historiales, letra N, núm. 56). Lo
mismo dice Francisco de Mora, aposentador del palacio del Rey Felipe III y su Arquitecto
U trazador mayor.
En 1609 otorgó el mismo monarca, para los efectos de la canonización de la Santa, una real
Cédula, que con la firma autógrafa de D. Felipe, se conserva en el Ms. 12.032 de la Biblioteca
Nacional y es del tenor siguiente:
«El Rey: — Venerable y devoto Padre Prior del monesterio de S. Lorenzo el Real. Ya veréis
que en la librería de esse monesterio están todos los libros originales que la bienaventurada
madre Theresa de Jesús escrivió, asi doctrinales como de su vida. Los cuales hizo recoger allí
el Rey, mi Señor y Padre, que aya gloria, por la devoción que la tenía y la estimación que
dellos hizo. Y porque en las informaciones que agora se hacen para su canonización es nece-
sario comprobar que estos libros son los mismos que ella escrivió, de donde se han sacado los
que andan impresos, con título de su nombre, os encargo y mando deis orden que se haga la
dicha comprobación con la solemnidad necesaria, con que se conseguirá el fin que el Rey mi
Señor hubo de colocar estas obras en la dicha librería para effectos semejantes de la gloria de
Dios y autoridad destos Reynos. Y si para más comprobación y veriñcación de lo dicho y de la
ejemplar vida jj milagros de la dicha madre Theresa de Jesús fuese necesario que algunos reli-
giosos dése monesterio digan y declaren lo que supieren, holgaré mucho que degs para ello la
orden necessaria. Y hecha la dicha comprobación, bolberéys esta mi cédula a la parte del
General de la Orden de los Descalzos de Ntra. Señora del Monte Carmelo, para que en todo
tiempo conste que la tal comprobación se hizo por orden mía. Que assi es mí voluntad. Dada
en Madrid, a 22 de Octubre de mil y seiscientos y nueve años. Yo el Rey.—Fd Prior de San
Lorenzo el Real que haga comprobar los libros que andan impresos de la bienaventurada
M. Teresa de Jesús con los originales que están en aquella librería».
PRELIMINARES LXXV
tiempos antiquísimos, las Carmelitas de Valladolid. De todos estos
escritos originales se darán interesantes pormenores en las Introduccio-
nes que pondremos a cada uno de ellos, y en lugares oportunos dire-
mos también el paradero de las cartas y otros escritos que de la Santa
se conserven aún y hayan llegado a nuestra noticia.
Aplausos sinceros merecen los que con no pocos sacrificios y gas-
tos han reproducido en fotolitografía los originales de Santa Teresa.
Con ello se ha facilitado a los estudiosos el trabajo de compulsación,
que para la mayor parte era imposible en los autógrafos mismos.
Están reproducidos en fotolitografía la Vida, el Camino de Perfección,
del Escorial, Las Fundaciones, Las Moradas, y el Modo de visitar los
Conventos.
En 1873 se litografió la Vida con este título: vida de santa teresa
DE JESÚS, publicada por la Sociedad foto-tipo-gráfico-católica, bajo la
dirección del Dr. D. Vicente de la Fuente, conforme al original autógrafo
que se conserva en el Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial.
Madrid, Imprenta de la viuda e hijo de D. E. Aguado. Ponte jos, 8. 1873.
El trabajo artístico fué hecho por D. Antonio Selfa y D. iVlanuel
Fernández de la Torre. En el prólogo que D. Vicente puso a la obra,
dice a este propósito: «Terminada la reproducción de la primera edi-
ción del Quijote, los modestos cuanto inteligentes y laboriosos artis-
tas Selfa y Fernández de la Torre, que la han ejecutado, se resolvie-
ron a emprender por su cuenta la reproducción de esta obra colosal,
que en otro tiempo hubiera arredrado a un opulento monarca, invitado
para la dirección de ella en la parte literaria, vi realizado un vivo
deseo anunciado por mí once años ha (Escritos de Santa Teresa, 1862,
«Preliminares») como deleitoso ensueño». En 2 de Julio de 1873 felicitó
Su Santidad Pío IX en una carta muy cariñosa a D. Vicente de la
Fuente por este benemérito trabajo. R cada hoja foíolitografiada acom-
paña la versión impresa; lleva además algunas breves notas. Forma
un abultado volumen de 32 por 22 cm., de 415 páginas impresas, 201
litografiadas y tres más del Dictamen que del libro dio el Maestro
Báñez.
Siete años más tarde, en 1880, bajo la dirección literaria del mismo
D. Vicente y la artística del Sr. Selfa, se publicaron las Fundaciones.
LIBRO DE LAS FUNDACIONES DE SANTA TERESA DE JESÚS, ediciÓU autografiüda
conforme al original que se conserva en el Real Monasterio de S. Lo-
renzo del Escorial y continuación del libro de su Vida, dirigida y
anotada por D. Vicente de la Fuente. Madrid, Imprenta de la viuda
e hijo de D. E. Aguado, calle de Ponte jos, 8. 1880.
En folio como la Vida, con la diferencia de que en este libro vienen
primero litografiadas las 128 hojas del original y a continuación, la
LXXVI PRELIMINARES
versión impresa, que hace 257 páginas. Las notas que D, Vicente puso a
estos dos libros, son, en gran parte, inexactas y equivocadas, así como
las versiones impresas están plagadas de faltas de lectura mal hecha.
Para conmemorar dignamente el tercer centenario de la muerte
de la Santa, el docto y piadoso cardenal de Sevilla, Fr. Joaquín Lluch,
Carmelita Calzado, se propuso hacer con las Moradas lo que D. Vi-
cente había realizado con la Vida y las Fundaciones. El Cardenal escri-
bió una muy afectuosa carta, el día 1 de Diciembre de 1881, a la
M. Priora de las Carmelitas Descalzas de Sevilla, para que entregase
el autógrafo de Las Moradas a su bibliotecario D. José ñlonso Morgado.
ñdvertía el Cardenaí a la M. Priora, que los trabajos de reproducción
litográfica se harían en el propio palacio episcopal, y en terminándose
éstos, le sería devuelto inmediatamente el manuscrito. Hsí se hizo y la
obra se publicó en 1882 con este título: el castillo interior o tratado de
LAS MORADAS, Bscrito pot Santa Teresa de Jesús, edición aatografiada e
impresa según el texto original, propiedad de sus hijas las Religiosas
Carmelitas Descalzas del convento de San José de esta ciudad. Publica-
do con motivo del tercer Centenario de la gloriosa muerte de la Santa
por iniciativa y bajo la dirección del Emmú. y Rvmo. Fr. Joaquín Carde-
nal Lluch, Arzobispo de Sevilla, del sagrado y primitivo Orden de
Nuestra Señora del Carmen. Litografía de Juan Moyano. Autografiado
en la Biblioteca pública de la Dignidad Arzobispal, por José María
Regüejo y Acosta, año de 1882.
Las Moradas hacen un volumen de 32 por 22 cm., de 110 hojas de
fotolitografía y M2 páginas impresas, con algunas notas cortas, refe-
rentes las más al manuscrito autógrafo.
También el Camino de Perfección del Escorial y el Modo de visitar
los Conventos, hallaron un devoto que los publicara en un sólo volu-
men, en el docto canónigo de Valladolid, D. Francisco Herrero Bayona,
año de 1883. Dice así la portada: Reproducción fotolitográfica y fieles
traslados impresos del camino de perfección y el modo de visitar los
conventos, escritos por Santa Teresa de Jesús, que se veneran en el
Escorial, y algunos autógrafos inéditos, publicados por el Dr. D. Fran-
cisco Herrero Bayona, dignidad de chantre de la Santa Iglesia Metro-
politana de Valladolid. Tipo-foto-litografía de Luis N. de Gaviria, impre-
sor del I. Colegio de Abogados. 1883. Un volumen de 29 por 21 cm.
En el prólogo al Camino de Perfección dice el Sr. Herrero: «Pu-
blicó los dos primeros (Vida y Fundaciones) el Sr. D. Vicente de la
Fuente en fotolitografía, y constándome que no estaba en su ánimo
reproducir los dos restantes (el Camino y Modo de visitar los conventos),
lo hago yo por el mismo sistema, deseando perpetuar tan preciosos
escritos». Como la Santa escribió dos veces el Camino de Perfección,
PRELIMINARES LXXVlI
modificando bastante en la redacción segunda su obra primera, el au-
tor de este trabajo tuvo el excelente acuerdo de publicar en una página
la reproducción litográfica del Escorial, y en la siguiente, a dos colum-
nas paralelas, los trasuntos impresos de S. Lorenzo y de Valladolid, para
de esta manera ver más fácilmente la diferencia entre ellos. Tanto por
esto como por las notas que les puso, merece el Sr. Herrero sinceras
alabanzas. La lectura de los originales está bien hecha, por lo regular;
raras son las faltas que hemos hallado en los impresos.
Después del Camino de Perfección viene el Modo de visitar los
conventos de Religiosas, que ocupa 21 hojas la litografía y 15 páginas
el traslado impreso. Por último, en el ñpéndice se reproducen algunos
fragmentos originales, de los cuales se hablará en su lugar.
Existió el propósito de editar en cuadernos y en la misma impren-
ta de Aguado, todos los autógrafos de cartas y otros escritos de la
Santa; pero no llegaron a publicarse más que uno o dos. Desde el
1882 hasta la fecha, se han reproducido por medio de la fotografía
diferentes cartas y fragmentos de escritos de Santa Teresa en diver-
sas Revistas, que sería largo numerar aquí. De todas ellas y de muchas
más, poseemos copias fotográficas que nos han de servir para la co-
rrección de pruebas cuando lleguemos a su impresión.
Añadiremos, antes de terminar esta sección de los Preliminares,
que no debemos ser largols y ligeros de lengua para condenar a Gra-
dan, Báñez, Yanguas y algunos otros que retocaron o hicieron leves
enmiendas en los escritos de la Santa. En primer lugar, las enmien-
das son muy pocas y sobre puntos muy secundarios de doctrina; no
porque los doctos Padres citados dejasen de estar conformes con la
Santa, sino por temor a que entendimientos suspicaces interpretasen
mal, en momentos tan peligrosos para las obras de mística en ro-
mance, algunas frases de la ilustre Doctora. Que en esto no andaban
descaminados, pruébanlo las denuncias que se hicieron a la Inquisición
y las defensas que de ellas hubieron de escribirse. La misma Santa lo
deseaba vivamente, como lo repite diversas veces en sus libros, ade-
más de lo mucho que sobre esto insistía con el P. Gracián (1). Las
1 En una carta del P. Jerónimo Gracián a su hermana María de San José escrita desde
Roma el 9 de Enero de 1599, copia otra que había dirigido a la duquesa Olimpia Ursicina, en la
cual se lee: «Estoy obligado antes que se imprima en lengua italiana el libro que ella escribió
de su Vida, de avisar de algunos puntos y palabras que en él se tratan, dando luz de cómo se
entiende esta doctrina, y si enmendase algo de lo que está impreso en español, que será muy
poco, tengo por muy cierto que se le hace servicio a la misma Madre allá en el cielo, donde
espero en Dios que está; pues cuando vivía en la tiena me rogó muchas veces, con gran enca-
recimiento, que si imaginaba que aquestos sus papeles habían de venir al público, donde algu-
nos los leyeren, los enmendase primero, y quitase cualquier palabra que de cualquier manera
fuese ocasión de tropezar cualquier género de entendimiento; porque su intento había sido obe-
decer en escribillos, y su deseo que aprovechen a las almas y no que den ocasión de disputas».
(Cfr. Memorias Historiales, 1. N, núm. 123).
LXXVIII PRELIMINARES
palabras que se citan de la V. ñna de Jesús y otras personas para de-
mostrar lo mucho que apenaban a la santa Doctora las correcciones
que se hacían en sus escritos, han de limitarse únicamente a las frases
o períodos en que reproduce a la letra las hablas con que Jesús la
regalaba a menudo, pero no de lo demás (1); habría que suponer,
de lo contrario, que la Santa se contradecía, a sí misma con testimonios
opuestos y que estaba extraordinariamente pagada de sus escritos;
suposición injuriosa y reñida con su llaneza y profunda iiumildad,
constantemente afirmada en sus obras con exagerada persistencia. Harto
más veneraban los escritos de Santa Teresa aquellos claros varones,
que los apologistas insubstanciales que así se atreven a denigrarlos,
ñunque Fray Luis de León reprendió los que él calificaba de atre-
vimientos, ya hemos visto lo que hizo después, ñdemás que no todos
tienen la autoridad del incomparable Maestro para criticar tales en-
miendas.
1 Así creo yo han de entenderse estas palabras del capítulo XXXIX de la Vida.- «Que
muchas cosas de las que aquí escribo no son de mi cabeza, sino que me las decía este mi
Maestro celestial, u porque en las cosas que seiíaladamente digo: e.sto entendí u me dijo el
Señor, se me hace escrúpulo grande poner u quitar una sola sílaba que sea».
VI
DILIGENCIAS HECHAS PAHA LA PUBLICACIÓN DE LAS OBRAS DE SANTA TERESA. —
ALGUNAS EDICIONES EN CASTELLANO. — TRABAJOS DE LOS PADRES ANDRÉS
DE LA ENCARNACIÓN Y MANUEL DE SANTA MARÍA EN EL SIGLO XVIII. —
EDICIÓN DE LA BIBLIOTECA DE RIVADENEYRA.
Corrían con grande crédito y provecho espiritual copias no poco
defectuosas de los escritos de la Santa. Para satisfacer la devoción
de tantos aficionados, era necesario publicarlos bien ajustados a los
autógrafos, y la Reforma se encargó de procurar la impresión. Ya
en vida de la autora publicó D. Teutonio de Braganza, en la ciudad
de Evora, el Camino de Perfección y los Avisos, conforme a una copia
aprobada por la misma Santa Madre, que hoy poseen las Carmelitas
Descalzas de Toledo. Por Real cédula de 5 de ñgosío de 1584, se
concedió licencia al P. Jerónimo Gracián, Provincial de los Descalzos,
para reimprimir el Camino de Perfección. Publicólo el P. Gracián en
1585 en la imprenta de Guillermo Foquel (Salamanca). Reprodúcese en
esta edición la carta dedicatoria que el piadoso Prelado puso en la
suya; los Avisos que venían al principio, trasladólos Gracián al fin,
y suprimió la Vida de San Alberto, que con el Camino de Perfección
había publicado D. Teutonio (1). De esta edición, que sepamos, no ha
hecho mención ningún escritor hasta ahora.
En 1584, declarando la canción XIII del Cántico Espiritual, manifes-
tó San Juan de la Cruz deseos de ver impresos los escritos de Santa
Teresa, y aun dio por cierto que se imprimirían pronto, absteniéndose,
por lo mismo, de explicar extensamente las palabras: «Que voy de
vuelo», por haberlo hecho ya muy subidamente la Santa. «Mas porque
1 De la impresión del P. Jeiónimo Giaclán, habla en las Memorias Historiales el Padre
Andrés de la Encarnación, letra N, núm. 109.
LXXX PRELIMINARES
mi intento, dice, no es sino declarar brevemente estas Ganciones, como
en el prólogo prometí, quedarse han para quien mejor lo sepa tratar
que yo. Y porque también la bienaventurada Teresa de Jesús, nuestra
Madre, dejó escritas de estas cosas de espíritu admirablemente, las
cuales espero en Dios saldrán presto impresas a luz» (1). Este deseo del
extático Doctor le compartían seguramente todos sus hijos.
Dióse el primer paso oficial para la impresión de los libros
de la Santa en el Definitorio de 1 de Setiembre de 1586, al que asistió
como definidor San Juan de la Cruz. Resume con su acostumbrada cla-
ridad y precisión las diligencias hechas por la Orden, el P. Jerónimo
de San José por estas palabras: «Los que primero celaron y cuidaron
de esto (de la impresión de las obras de Santa Teresa), fueron nuestros
Padres Fr. Nicolás de Jesús María, Provincial y cabeza entonces de
la Orden, nuestro venerable P. Fr. Juan de la Cruz, Fr. Gregorio Na-
cianceno, Fr. Ambrosio Mariano y Fr. Juan Bautista, Definidores, los
cuales, juntos en su Definitorio celebrado en Madrid primero día de
Setiembre del año 1586, hicieron un decreto de la impresión de los
libros, de que en el de la Religión y Definitorios se halla la memoria
siguiente, de mano del secretario de la Junta, Fr. Gregorio de San An-
gelo: «ñsí mismo se propuso que se imprimieran los libros y obras que
nuestra Santa Madre Teresa de Jesús hizo; y se comete la ejecución de
lo susodicho a N. M. R. P. Provincial, que dé en ello la orden que le
pareciere convenir. Propuesto lo susodicho, pasó que se haga y cumpla
como aquí se contiene; lo cual fué por votos secretos, conforme a nues-
tras Leyes y Constituciones» (2).
1 Obras del místico Doctor S. Juan de la Cruz, t. II, p. 229, (edición de Toledo, 1912).
2 Acerca de este Definitorio, conviene observar que fué congregado por el P. Nicolás de
Jesús María para el 13 de Agosto en Madrid. La Reforma de los Descalzos (t. II, 1. 7, c. 46)
dice que S. Juan de la Cruz, Vicario Provincial a la sazón de Andalucía, enfermó al llegar a
Toledo y avisó al Provincial lo tuviesen por excusado de asistir al Definitorio. La enfermedad no
debió de ser larga ni grave, porque en la sesión del 16 de Agosto ya intervino el Santo y firmó
los acuerdos tomados en ella y otras sesiones subsiguientes. De los libros de la Santa no se
trató hasta la sesión del 1 de Septiembre, en la que se acordó publicarlos, como hemos dicho. El
libro de estos Definitorios existía por los años de 1755 en el riquísimo Archivo que los Carmen
litas Descalzos tenían en S. Hermenegildo de Madrid. Allí lo vio el P. Andrés de la Encar--
nación, de quien tomamos estos datos, (Memorias Historiales, letra N, núm. 1); únicamente ad-
vertimos, que el P. Andrés se equivoca en poner la mencionada determinación el 3 de Octubre,
en vez del \ de Sepfiembre, como el P. Jerónimo de S. José. El mismo P. Andrés se corrige en
los números 131 y 134 de esta misma letra N, en los cuales da estos interesantes pormenores.
Núm. 131: «La Junta que N. P. Fr. Nicolás hizo de los Definidores, año 1586, se ve en el libro
original del Definitorio. Comenzó a 13 de Agosto. En los tres días primeros, no se ve firma, ni
se dice entrase N. S. Padre. El día ló, se dice expresamente que entró; y fué firmando todos
los días siguientes hasta el 30 de Agosto, y aún hasta el 3 de Septiembre inclusive, en el que
parece se acabó». Núm. 134: «De los libros de nuestro Definitorio general consta, que el año 1586,
a 13 de Agosto, tuvo junta N. P. Fr. Nicolás de Jesús María, Provincial. En ella entraron los
que dice la Historia, t. II, 1. 7, c. 46. Este día ni entró ni firmó N. S. Padre. El 14 y 15 no
hubo junta. El 16, 17 y 18 la hubo y en todos estos días entró y firmó el Santo. Suspendióse la
junta hasta el día 29 de aquel mes. Húbola en los siguientes días 29, 30 y 31 de Agosto, 1, 3
PRELIMINARES LXXXI
»Este fué el primer decreto que hubo de imprimir los libros de
la Santa... Ayudó también después para la ejecución el celo y cuidado
de la venerable flna de Jesús, insigne religiosa de nuestra Orden, a
la cual, habiendo fundado el convento de Madrid, año de 1586, enco-
mendó el P. Provincial procurase cobrar el libro original de la Vida
de la Santa, que todavía estaba en la Inquisición, y también recoger
los demás, en orden¡ a que se imprimiesen juntos... La Inquisición dio
con mucho gusto el libro que tenía, y recogidos otros dos, es a saber,
el de Camino de Perfección y Las Moradas, con algunos otros papeles
sueltos, se presentaron todos al Consejo Supremo de Castilla, el cual
los remitió al Muy Reverendo y doctísimo P. Fr. Luis de León, de
la Orden de San Agustín, catedrático de Prima de Escritura de la Uni-
versidad de Salamanca, y uno de los más insignes en todas letras y eru-
dición que ha tenido aquella Orden sagrada, ni hubo en su siglo, como
sus escritos y fama testifican.
»R este insigne varón se encomendaron y entregaron los libros, no
como a Comisario del Consejo para la aprobación de ellos, sino también
como a persona de tan gran juicio y ¡autoridad para la corrección de los
traslados por donde se había de hacer la impresión, ajustándolos a
sus originales. Así lo testifica él mismo en la Carta o Prólogo que es-
cribe al principio dellos... Habiéndose el P. Maestro detenido en la
corrección y ajustamiento destas obras con sus originales por espacio
casi de un año, las volvió al Consejo con su censura y aprobación,
que se imprimió al principio dellas» (1).
»Vista por el Consejo esta aprobación, se dio la licencia para im-
primir los libros. Para la ejecución desto, volvió el Definitorio de la
Religión a hacer de nuevo acuerdo y decreto en Madrid, a 28 de
Noviembre del mismo año de 87 en esta forma: «La impresión de los
libros de nuestra Santa Madre Teresa de Jesús se haga conforme al
concierto que se ha hecho con Julio Junta. Y firmaron Fray Nicolás de
Jesús María, Provincial, Fray Agustín de los Reyes, Fray Elias de San
Martín, Fray Antonio de Jesús, Fray Juan Bautista, Difinidores, Fray
Gregorio de San Angelo, secretario. Dispúsose la impresión por orden
del P. Provincial; y porque la señora emperatriz. Doña María, había
sido tanta parte para que se imprimiesen, se los dedicó en nombre
de la dicha Religión» (2).
U 4 de Septiembre. En todos estos días entró el Santo y firmó, de modo que sólo el día 13 de
Agosto faltó a este Definitorio el santo Vicario. Cerróse el 4 de Septiembre esta Dieta y no se
tuvo otra alguna hasta el día 7 de Abril del 87, en Valladolid. El Decreto en orden a la imprC"
sión de los libros de la Santa, se hizo en la junta del 1 de Septiembre».
1 La aprobación de Fr. Luis de León vendrá en los Apéndices.
2 El P. Doria dirigió a D.a María la siguiente dedicatoria: «A la Emperatriz, nuestra
Señora, el Provincial y Orden de los Carmelitas Descalzos, etc. Nuestra Santa Madre Teresa
LXXXn PRELIMINARES
»Este mismo año, prosigue el liistoriador, se hizo la primera im-
presión en Salamanca por Guillermo Foquel. Contenía los libros di-
chos, es a saber: la Vida de la Santa, y al fin della unas Relaciones
sueltas, escritas por ella misma, que acomodó allí el P. Fray Luis de
León. ítem, Las Moradas, y al fin dellas unas Exclamaciones devotas
de la misma Santa. ítem, el Camino de Perfección, y al fin del unos
Avisos que escribió para las monjas» (1).
Por la relación del P. Jerónimo que acabamos de leer, se ve que
diecisiete días antes que las Carmelitas Descalzas pusiesen el Santísimo
Sacramento en su primera capilla de Madrid, acordóse en el Definí-
torio de la Reforma publicar las obras de la Santa Madre. La fun-
dadora, flna de Jesús, que estaba en Granada, gozaba de gran crédito
en la corte como religiosa de mucha perfección y aventajadas dotes
naturales. Con el trato personal, aumentó el crédito hasta el extremo
de que, el P. Francisco de Santa María, poco sospechoso tratándose
de la V. Madre, la llama «ídolo de talentos grandes» (2). Había llega-
do Ana de Jesús el 7 de Septiembre a Madrid, y hospedábase con sus
compañeras en el palacio de García de ñlvarado. Mayordomo de D.a Ala-
ría, viuda de Maximiliano II de Austria y hermana de Felipe II, que
después de la muerte del Emperador, se había retirado a las Descal-
zas Franciscas de la corte de España, donde vivía con su hija la infanta
Margarita.
Doña María, que tenía gran devoción a la Reforma de Santa Te-
resa, favoreció mucho a la nueva fundación de las Carmelitas (3).
Antes de tomar posesión de la nueva casa, las Descalzas fueron a besar
la mano a la Emperatriz, y de la visita quedó muy aficionada a ellas,
singularmente a la Madre Ana de Jesús. Lo mismo ocurrió con lo más
granado de la corte, porque las virtudes y don de gentes de la nueva
Priora, robaban fácilmente los corazones. Encontrábase por entonces en
Madrid, con motivo de un famoso pleito de la Universidad de Sala-
manca, el P. Maestro Fray Luis de León, y tuvo ocasión de tratar
a la Venerable Ana de Jesús, quedando prendado de su acrisolada
virtud y talento. De esta amistad habla en la Carta que dirigió a
la Comunidad de que la Venerable era priora y puso al frente de la
de Jesús, movida de Dios, escribió, para enseñamiento de los monasterios que fundó de la pri-
mera Regla de su Orden, algunos tratados llenos de doctrina y de espíritu, que siendo vistos y
examinados, ha parecido serán de grande provecho para las almas. Estos ofrecemos agora a
V. M., como la más preciosa joija que tenemos, para que saliendo a luz debajo de su real
amparo, quien los' viere, los precie ij estime en lo que son; de más de que obras tan grandes
a de tan santa mujer, se deben a V. M., que es la maijor de todas, no menos en santidad
que en grandeza. Dios guarde a V. M. En Madrid, a 10 de Abril, 1538».
1 Historia del Carmen Descalzo, 1. V, c. XIII, págs. 879-881.
2 Reforma de los Descalzos, 1. V, c, 35, p. 874.
3 Reforma de los Descalzos, 1. VII, c. 47, p. 340.
PRELIMINARES LXXXIII
primera edición de las obras de Santa Teresa. Escribe el P. Francisco
de Santa María, que el P. Nicolás Doria, «aunque se hallaba con re-
ligiosos propios de mucha capacidad y letras a quien poder encargar
esta empresa, para cerrar la puerta a sospechas», puso los ojos en
Fr. Luis de León con el fin de encargarle la impresión de los escritos
de la Santa Reformadora. La amistad de la Madre Hna, así con
la Emperatriz como con el insigne Maestro agustiniano (1), movieron
sin duda al P. Nicolás a procurar por medio de ella la ejecución de
este empeño, que la V. Madre cumplió muy a satisfacción de la Orden.
Con grande actividad y devoción trabajó la Madre ñna de Jesús
en allegar los originales de la Santa y muchas copias que de ellos
existían. Tal vez el libro de más difícil adquisición sería el de la
Vida, que hacía maichos años estaba en el Sanio Oficio, La suave y
cariñosa habilidad de la Venerable Madre, venció pronto esta difi-
cultad. Fué a verla cierto día el Inquisidor General, y ella aprovechó
tan buena coyuntura para exponerle el deseo de publicar los escritos
de su santa Fundadora y pedirle el libro de la Mida. Vino en ello
el Inquisidor, y a los pocos días ya estaba el libro en poder de la
Madre Priora. Los originales que se veneraban en los conventos y
los que tenían algunas personas de fuera de la Orden, no tardaron en
llegar a Madrid, aunque hubo alguna resistencia por parte de los re-
mitentes (2). En la deposición jurídica para la canonización de Santa
Teresa, dice la misma V. Madre, hablando del libro de la Vida que
tenía el Santo Oficio: «No supo de su libro más mientras vivió la
Santa, ni lo que la Inquisición sentía de él, que lo tuvo casi doce años
1 Fray Luis de León fué a Madrid en los comienzos del año 1585, nombrado por el
Claustro de Doctores para defender los derechos de la Universidad de Salamanca en pleito que
por colación de grados académicos tenía con el Colegio del Arzobispo, de la misma ciudad,
pero regresó sin haberlo concluido. De nuevo volvió a Madrid por la misma causa, a
fines de 1586, g allí permaneció hasta Agosto de 1589, en que, con sentencia favorable a la
Universidad, tornó a Salamanca. (Cfr. Vida y procesos del Maestro Fray Luis de León, por el
P. Luis Q. Alonso Getino, O. P., págs. 305^336). Del trato amistoso de Fr. Luis de León con
la V. Ana, entre otros testimonios, tenemos el de el P. Maestro Basilio Ponce de León, que
en las Informaciones de Salamanca declara: «Artículo 99: Al Maestro Fr. Luis de León, de la
Orden de S. Agustín, catedrático que fué de Escritura en la Universidad desta dicha ciudad de
Salamanca, difunto, que fué uno de los mayores entendimientos g letras que ha tenido esta
edad, tío deste testigo, por parte de su madre, le ogó decir muchas veces, que estando dife^-
rentes días platicando con la dicha Madre Ana de Jesús en el su monasterio de Descalzas
Carmelitas de Madrid»... (Cofr. Memorias Historiales, 1. P, n. 94).
2 Que la reunión de los originales de Santa Teresa no debió de ser tan hacedera g
corriente como de algunas declaraciones se colige, parece evidente. En un escrito que en
el Cajón de las venerables Anas se conservaba en el Archivo de San Hermenegildo, se
hablaba largamente de estas diflcultades g se leían estas palabras de la Madre Catalina de
San Francisco: «Con muchos trabajos g contradicciones de religiosos de Ordenes bien graves,
hizo en Madrid imprimir los libros de N. M. Santa Teresa, g costó harto sacar los originales
de las personas que los tenían g de la Inquisición, donde había años estaban algunos». (Me~
moñas Historiales, letra M, núm. 5).
LXXXIV PRELIMINARES
en su poder (esto es, hasta que yo vine a fundar el convento de Ma-
drid), y allí le pedí al Inquisidor General, de quien supe estaba ya
mirado y aprobado, y que a él y a todos los del Consejo Supremo de
la Inquisición, les daría mucho contento se imprimiese; lo que se hizo,
como diré a la última pregunta». Respondiendo a ésta, concluye: «Yo,
con licencia y orden de los Prelados, los junté (los manuscritos de
la Santa), que estaban en diferentes partes, para darlos al Maestro
Fr. Luis de León, que fué a quien les remitió el Consejo Real; y él,
sin mudar palabra de lo que halló escrito de nuestra Madre Teresa,
dio la censura y hizo el prólogo a los tres que andaban impresos,
que son la Vida, el Camino de Per lección y Las Moradas» (1).
Por lo dicho se ve, que el Definitorio de la Descalcez, antes de
venir la M. Ana a Madrid, acordó publicar los libros de Santa Teresa;
que el recogerlos y entregarlos a Fr. Luis de León se encomendó a
la V. Madre, y que el inmortal autor de los Nombres de Cristo, tomó
con gusto el traba jol y lo llevó, en menos de un año, a feliz acabamien-
to. Suum caique. Decimos esto, porque algunos autores (2) suponen
que la iniciativa de imprimir los libros de la Santa, partió de la Madre
ñna; lo cual no parece del todo exacto, si bien la Venerable, como
todos los Carmelitas Descalzos, anhelaba vivamente verlos impresos.
El primer acuerdo, como hemos visto, lo tomó el Definitorio de 1 de
Setiembre de 1586, y la V. flna no llegó a Madrid hasta el día 7
del mismo mes, cuando se había cerrado ya aquella junta provincial.
1 Cfr. Vida de la M. Una de Jesús, por el P. Bertoldo Ignacio de Santa Ana, t. I,
1. V, p. 320. Burgos, 1901. Acerca del libro original de la Vida que tenía la Inquisición,
el P. Gracián habla extensamente en el c. IV de la primera parte del Dilucidario.
«En una relación sobre la V. Ana de Jesús, que procedente del convento fundado por ella en
A'ladrid se conservaba en nuestro Archivo general de San Hermenegildo, leemos, que «lo pri-
mero de que trató en la Corte fué de que salieran a luz los libros que escribió nuestra Madre
Santa Teresa de Jesús, para que el mundo conociese la grandeza de su doctrina y espíritu celeS"
tial. Vínola a ver el Inquisidor general, u pidiéndoselo, la respondió que daría la licencia para
que se imprimiesen, porque lo deseaba ij todos los del Consejo Supremo... Con la señora Em-
peratriz procuró que se lo encargase al M. Fray Luis de León... Por mandado de nuestro
P. Fray Nicolás de Jesús juntó todas las obras escritas de manos de N. M. Santa Teresa de
Jesús y se las di6 al P. M. Fray Luis de León, catedrático de Escritura de la Universidad de
Salamanca». Memorias Historíales, letra N, núm. 115.
María de la Encarnación, dama que había sido de la Emperatriz y que pidió y obtuvo
el hábito de la V. Ana en Madrid, en las Informaciones hechas 1593 en la corte para la beati-
ficación y canonización de la Santa, asegura que había visto en el convento de Santa Ana los
escritos de Santa Teresa; y que «estando esta testigo en casa de la Majestad de la Emperatriz,
leyó un libro de la dicha A\. Teresa, llamado Camino de Derfeccíón, y vino a sus manos otro
escrito de mano de la Vida de la dicha Madre, que tenía Su Majestad de la Emperatriz, que
habrá diez años poco más o menos». Memorias Historiales, letra N, núm. 51. Parecidas decla-
raciones hizo esta Madre en otro proceso en 1653. Como María de la Encarnación estaba al
servicio de la hermana de Felipe II y no tomó el hábito hasta el 21 de Noviembre de 1586,
bien pudo ver en casa de D.a María los libros de la Santa.
2 Entre otros, las Carmelitas Descalzas del primer Monasterio de París: Oeuvres completes
de Sainte Thérese de Jesús, 1. I, p. XXXI, (París, 1907) y el P. Bertoldo Ignacio de Sta. Ana:
Vida de la M. Rna de Jesús, 1. V, p. 319, de la versión española.
PRELIMINARES LXXXV
Los trabajos realizados por Fr. Luis de León para la impresión
de las obras de la Santa, cuéntalos él mismo en su Carta a la M. ñna
y su Comunidad en estos términos; «Los cuales libros, que salen a luz
y el Consejo Real me cometió que los viese, puedo yo con derecho en-
derezarlos a ese santo convento, como de hecho lo hago, por el tra-
bajo que he puesto en ellos, que no ha sido pequeño. Porque no sola-
mente he trabajado en verlos y examinarlos, que es lo que el Consejo
mandó, sino también en cotejarlos con los originales mismos que es-
tuvieron en mi poder muchos días y en reducirlos a su primera pu-
reza, en la misma manera que los dejó escritos de su mano la Santa
Madre, sin mudarlos ni en palabras ni en cosas, de que se habían
apartado mucho los traslados que andaban, o por descuido de los
escribientes o ípor atrevimiento y error. Que hacer mudanza en las co-
sas que escribió un pecho en quien Dios vivía, y que se presume le
movía a escribirlos, fué atrevimiento grandísimo, y error muy feo
querer enmendar las palabras; porque si entendieran bien castellano,
vieran que el de la Madre es la misma elegancia».
No publicó Fr. Luis de León todos los libros de la Santa, aunque
sí los más principales, si se exceptúa el de las Fundaciones, el cual
no pareció oportuno darlo entonces a la estampa, porque aun vivían
muchas personas de las que en el libro se mencionan. Comenzó por
la Vida, a la que añadió algunas mercedes y revelaciones que la
Santa Madre tenía escritas; a continuación el Camino de Perfección
con los Avisos, que ya habían publicado D. Teuíonio y el P. Gradan,
y, por fin. Las Moradas y Las Exclamaciones, formando un abultado
tomo de más de mil páginas en 8.e mayor.
Los Carmelitas concertaron la impresión con Julio Junta, amigo
de Felipe II, conviniendo en que las publicaría un oficial muy acredi-
tado suyo, llamado Guillermo Foquel, que trabajaba en Salamanca (1).
Salieron en 1588 con este título: Los libros de la Madre Teresa de
Jesús, Fundadora de los monesterios de monjas y frailes Carmelitas
Descalzos de la primera regla. En Salamanca por Guillermo Foquel,
Contiene el tomo: Portada con el escudo real, índice, escudo del
1 Así se infiere de la Relación que D. Francisco de Mora, aposentador del palacio del
rey Felipe III, presentó en las Informaciones para la canonización de Santa Teresa 'en Madrid.
«Pues como tenía, dice, el amigo Julio de Junta, que tenía la Imprenta Real, que al presente
está en Florencia, sucedió imprimir las obras de la M. Teresa en Salamanca, que tenía allí un
agente suyo u se imprimieron el ano 1588. De los primeros libros me dio uno, y fui comen-
zando a leer a de las demás impresiones que hacía de estos libros me daba uno. Hizo segunda
impresión el ano 1589 del dicho libro y dióme otro». El P. Andrés de la Encarnación añade por
su cuenta: «De este Julio Junta dice antes, le tenía Felipe II mucha afición y le había dado sitio
para labrar casa para hacer la Imprenta Real. Con este Junta concertó la Religión, no con Foquel,
que debía ser criado suyo; si no que se diga se hacía a costa de Junta y Foquel era el impre-
sor». (Cfr. Memorias Historíales, letra N, núm. 39).
LXXXVI PRELIMINARES
Carmen Descalzo, censura de Fr. Luis de León, (San Felipe de Madrid,
8 de Setiembre de 1587). Suma del Privilegio: Bosque de Segovia
(San Indefonso), 24 de Octubre de 1587. Tasa por Pedro Zapata de
Mármol. Madrid, 28 de Abril de 1588. Dedicatoria a la Emperatriz
nuestra Señora, el Provincial y Orden de Carmelitas Descalzos. (Madrid
10 de Abril de 1588). Retrato de Santa Teresa. Carta a la M. Priora
y Religiosas Carmelitas Descalzas del Monasterio de Madrid, del Maes-
tro Fr. Luis de León. Texto de la Vida, que hace 544 páginas.
En la página 545 escribe el P. Luis de León: «Con los originales
de este libro vinieron a mis manos unos papeles escritos por las de
la Santa Madre Teresa de Jesús, en que, o para memoria suya, o para
dar cuenta a sus confesores, tenía puestas cosas que Dios le decía y
mercedes que le hacía, demás de las que en este libro se contienen,
que me pareció ponerlas con él, por ser de mucha edificación. Y ansí
las puse a la letra, como la Madre las escribe, que dice ansí»... Son
algunas Relaciones y terminan en la página 560.
En paginación distinta sigue el Camino de Perfección, con este
largo título en la portada: «^Libro llamado Camino de Perfección,
que escribió para sus monjas la Madre Teresa de Jesús, fundadora
de los monesterios de las Carmelitas Descalzas, a ruego dellas. Im-
presso conforme a los originales de mano, enmendados por la misma
Madre, y no conforme a los impressos en que faltavan muchas cosas
y otras andavan muy corrompidas. En Salamanca, por Guillermo Fo-
quel. MDLXXXVIIl^.
Contiene: Argumento general del libro. Protestación. Prólogo. El
texto hace 259 páginas. En la pág. 260 comienzan los Avisos de la
M. Teresa de Jesús para sus monjas.
En último lugar publicó Las Moradas y Exclamaciones: ^Libro
llamado castillo interior o las moradas que escribió la madre Teresa
de Jesús, fundadora de las descalzas Carmelitas para ellas, por manda-
do de su superior y confesor. En Salamanca, por Guillermo Foquel.
MDLXXXVIII».
Contiene: Texto de las Moradas, de 268 páginas. Pág. 269: o^Ex-
clamaciones o meditaciones del alma a su Dios escritas por la madre
Teresa de Jesús en diff érenles días conforme al espíritu que le comuni-
caba nuestro Señor después de aver comulgado, año de mil y quinientos
y sesenta y nueves. — Por remate del volumen: «Enmienda de los tres
libros» (1).
1 Los ejemplares de esta primera edición son sumamente tatos. En la Biblioteca Nacional
hay uno procedente de la librería de Salva, u otro que perteneció al antiguo convento de San
Gil, en Madrid.
PRELIMINARES LXXXVII
En conjunto, la edición es excelente, como podía esperarse de
un varón tan aventajado en letras. Nadie en aquella época, en que no
se reparaba en las minucias críticas de nuestros días, la hubiera hecho
mejor ni más conforme a los venerables escritos originales. Rechazó
con laudable gusto crítico las enmiendas y apostillas que algunos teó-
logos doctos les habían puesto, y procuro que saliese en todo ajustada
a los autógrafos.
No lo consiguió totalmente, porque en la edición de Foquel hay
frases notablemente modificadas; otras en que el sentido cambia bastan-
te por lo defectuoso de la puntuación, y algunas omisiones de tanto
bulto, que no es posible atribuirlas a distracción o descuido. Algunos
de estos deslices del inmortal Maestro se registrarán en el lugar co-
rrespondiente de los mismos textos. En punto a las omisiones ha
sido muy discutida la hecha en el capítulo XXXVIII de la Vida.
Escribe la Santa: «De los de la Orden de este Padre, que es la Com-
pañía de Jesús, toda la Orden junta he visto grandes cosas. Vilos
en el cielo con banderas blancas»... Fr. Luis de León lo modificó así:
«De los de cierta Orden, de toda la Orden junta, he visto grandes
cosas»... El cambio, como se ve, es notable. ¿Porqué se hizo? Los
Padres Jerónimo de San José y Andrés de la Encarnación sospechan
que la causa de no imprimir el nombre de la Compañía «sería porque
en el capítulo XL dice la Santa que no nombra las Religiones, por-
que no se agravien otras (1), no recordando que en el capítulo XXXVIII,
había nombrado algunas, olvido que corrigió el Maestro León» (2),
Esta benévola explicación, pudiera ser aceptada si sólo se tratase
de la omisión del citado capítulo XXXVIII; pero ¿cómo aplicarla a
otras no menos significativas de la misma edición de Fr. Luis? Habla
la Santa, v. gr., de las almas que pierde el demonio por la oración
de los justos y dice: «Pues las que habrá perdido el demonio por
Santo Domingo y San Francisco y otros fundadores de Ordenes y
pierde ahora por el P. Ignacio, el que fundó la Compañía, que todos,
está claro como lo leemos, recibían mercedes semejantes de ]3ios».
En la edición de Fray Luis de León se lee este pasaje: «Pues
las que habrá perdido el demonio por Santo Domingo y San Francis-
co y otros fundadores de Ordenes?, que todos estos, como leemos,
recibían mercedes semejantes de Dios». La sustitución de palabras tan
terminantes en que se habla de San Ignacio y la Compañía, por las
vagas e imprecisas de y otros fundadores de Ordenes, no tiene disculpa
posible. R causas más hondas hay que atribuir, a mi juicio, estos
1 He aquí las palabras de Santa Teresa: «No señalo las Ordenes; si el Señor es servido
se sepa, las declarará, porque no se agravien otras».
2 Memorias Historiales, letra R, núm. 33.
LXXXVIII PRELIMINARES
cambios de frases, y tal vez no andaría del todo descaminado quien
fuera a buscarlas en cierta tirantez de relaciones que por entonces
existía entre la Compañía y algunas Religiones, y con la misma Uni-
versidad de Salamanca (1).
Estas deficiencias fueron pronto notadas y lamentadas por los
Carmelitas Descalzos. Ellos pidieron, años adelante, que se consulta-
sen los originales y se viese su discrepancia con los impresos. Los
mismos lamentos acerca de la edición de Fr. Luis de León han atri-
buido, erróneamente, a lo que se me alcanza, al P. Francisco de Ribera
en la conocida carta a la M. María de Cristo, Vicaria a la sazón de las
Carmelitas Descalzas de Valladolid, D. Vicente de la Fuente (2), las
Carmelitas Descalzas del primer monasterio de París (3) y otros escri-
tores. Las palabras en que se fundan son estas: «El libro del Pater-
nóster de la Santa Madre se imprimió en Evora la primera vez de
manera que era lástima verle. La segunda, se imprimió en Salamanca,
enmendadas cosas de las del de Evora, pero más por buena cabeza
que por original. Ahora se imprimirá acá la tercera, y yo deseaba
haberle a las manos primero para que el libro tan bueno saliese como
era razón». En este pasaje el P. Ribera hace referencia al Camino de
Perfección solamente, y a su primera y segunda edición.
Hemos visto en la página lxxix, que el P. Maestro Fr, Jerónimo
Gracián había impreso en Salamanca, año de 1585, la segunda edición
de este libro, dato que ignoraban tanto la Fuente como las Carmelitas de
París. Para proceder con lógica, supusieron estas últimas que la carta
del P. Ribera a la M. María de Cristo debió de ser escrita a fines
de 1588, año de la publicación de Fr. Luis de León. Este cómputo
no parece probable. Por el Libro primitivo de Profesiones de las
Carmelitas de Valladolid, se ve que el vicariato de la M. María de
Cristo duró, por lo menos, desde Noviembre de 1586 hasta el 1 de Oc-
tubre del 87 en que salió electa priora de la Comunidad la M. Doro-
tea de la Cruz, sin que después de esta fecha se señale a ninguna con
el oficio de vicaria de aquel Convento. Como la carta del P. Ribera
lleva fecha de 14 de Diciembre y la dirige a la M. María de Cristo,
Vicaría de las Descalzas Carmelitas, según dice el sobrescrito de la
misma, que aún guarda la Comunidad de Valladolid, se infiere evi-
1 Pueden consultarse sobre esto, entre otros autores, al P. Astrain, Historia de la Compa-
ñía de Jesús en la Rsistencia de España, t. II u III, passim. Estando Fr. Luis de León neoo-
ciando en Madrid el pleito de la Universidad de Salamanca contra el Colegio del Arzobispo,
como hemos visto poco ha, recibió (Enero de 1587), del mismo Claustro universitario la orden de
incoar otro contra la Compañía, también por cuestiones de enseñanza. (Cfr. Getino, opus cit.,
p. 312).
2 Edición de Rivadeneara, t. I, p. XXVIII.
3 Oeuvres de S. Thérese, t. I, p. XXXV.
PRELLVlINftRES LXXXIX
dentetnente que fué escrita en 1586, y que no pueae referirse en ella
a la edición de Fr. Luis de León, sino a las del Camino de Perfección
antes dichas.
En la mencionada carta deja entrever el P. Ribera su propósito
de preparar una edición correcta de la Santa Madre. R este fin su-
plica a la M. Vicaria le envíe el original del Camino de Perfección
que la Comunidad tenía y le diga, al mismo tiempo, dónde están los
originales de Las Moradas, de la Vida y de Las Fundaciones (1).
Con el grande amor que tenía a la Santa, no es dudoso que su
mucha capacidad y buen gusto habrían hecho un trabajo acabado para
aquella época. ¿Lo realizó? Creemos que no. Probablemente, al saber
que los Carmelitas Descalzos deseaban publicar las obras de su santa
Fundadora y cometían este encargo a Fray Luis de León, de fama
universal y de grande capacidad para tales encomiendas, desistiría
de ello. Las Carmelitas del primer Monasterio de París sospechan
si la edición hecha en Salamanca un año más tarde que la de Fr. Luis
de León, pudo ser publicada por el docto biógrafo de Santa Teresa.
No poseían ellas ningún ejemplar de esta edición, y así no podían
deponer la duda. Nosotros, que poseemos uno, afirmamos resuelta-
mente que la edición publicada por Foquel en 1589 no es debida al
P. Ribera. K más de no hallarse de ello ningún vestigio por donde
podamos rastrear esta procedencia, la edición es una reimpresión exac-
ta de la primera, con las mismas omisiones, mutaciones, títulos y pró-
logos (2). Habiendo pedido Ribera los originales con intento de pu-
blicar una edición fiel y correcta, ¿cómo iba a incurrir en las faltas
que criticaba y en omisiones de tanta monta, contrarias, además, a
la Compañía de que era miembro esclarecido? (3).
1 Historia de la Reforma, t. III, 1. 11, c. 33, n. 13.
2 Algunas notas se pusieron en «sta edición que no vienen en la de Fray Luis. Son muu
pocas y ordenadas a evitar torcidas interpretaciones de ciertas frases de la Santa.
3 Antes de enviar la M. María de Cristo el original del Daternoster al P. Ribera, consultó
sobre ello al Superior de los Carmelitas Descalzos de Valladolid, P. Gregorio Nacianceno. «Por
ésta verá V, R., escribe la M. Vicaria, lo que pide el doctor Ribera, y como lo tenemos para
dárselo, que es éste, querría que V. R. me dijese si se le daré o no; porque vaya con bendición
lo que se hiciere». En la misma carta dio esta contestación el P. Gregorio: «Yo no me atreveré
a dar licencia para que ese libro se saque de casa; ni sé si conviene que ande de mano en
mano, por ser reliquia de tanta estima; que aunque es verdad que al P. Ribera se puede fiar
lodo, de aquí a sus manos hay veintidós leguas y muchos peligros; en lo que me resuelvo es
que V. R. le dé, si le pareciere, que en esto no quiero poner mi decreto. Yo holgara que con
buen modo se excusase». La Madre se acostaría probablemente a esta opinión, y el P. Ribera
abandonaría decididamente sus laudables intentos de impresión de las obras.
La consulta hecha por la M. Alaría de Cristo al Superior de los Carmelitas y la respuesta
de éste, son nueva confirmación de que la carta del P. Ribera es de fecha anterior a 1588.
Constaba en el libro de Profesiones del convento de Carmelitas Descalzos de Valladolid, la pro-
fesión del P. Francisco de la Trinidad, fecha 13 de Diciembre de 1586, que fué firmada por el
Padre Gregorio Nacianceno, y faltó después este Padre muchos años de Valladolid por los
cargos que le dieran en la Orden. Don Vicente pone la fecha de la carta del P. Ribera entre
7
XC PRELIMINARES
R la edición príncipe del Mtro. León, siguióse otra al año siguien-
te en Salamanca, en la misma imprenta de Foquel, exactamente igual a
la primera en el texto, aunque se le añadieron algunas notas, como
acabamos de escribir, y en un solo volumen en 8.9. En 1592 publicóse
una nueva en Zaragoza, por Angelo Tábano, mercader de libros;
otra en Madrid por Juan Flamenco, año de 1597; la de Ñapóles en
160^ y no 159^, como dice el Año Teresiano y reprodujo sin enmienda
D. Vicente de la Fuente. Rogerio Velpio publicó en Bruselas en 1610
otra edición, añadiendo el Libro de las Fundaciones, reimpresa en la
misma ciudad dos años más tarde, según Nicolás Hntonio; Pedro Pa-
tricio Mey las editó en Valencia año de 1613, y Luis Sánchez en Ma-
drid en 1615, y segunda vez en Valencia, en 1623, Miguel Sorolla,
Luis Sánchez, «gastada ya, dice el Año Teresiano, la impresión
de Salamanca, la repitió en Madrid el año de 1622 y ejecutó lo mismo
en Zaragoza, en el de 1623, Pedro Caborte, a costa de Juan de Bo-
nilla y 'Pedro Bono, mercaderes de libros. Y habiendo muerto Sánchez,
su mujer viuda la volvió? a repetir el año de 1627, en Madrid, diciendo
en la primera hoja que salía nuevamente corregida por los originales
de la Santa».
Muy celebrada ha sido la edición plantiniana hecha en ñmberes,
(1630) por Baltasar Moreto, y dedicada al Conde-Duque de Olivares. Era
la más completa que hasta entonces se había publicado. Moreto fué el
primero que imprimió por de la Santa las famosas Siete Meditaciones
sobre el Paternóster. La presentación tipográfica es muy hermosa. Repro-
duciendo a la letra la de Fray Luis de León, se publicó otra en
Madrid por los años de 1635, a costa de Domingo Palacios y Ville-
gas, mercader de libros. En dos tomos se imprimió' al año siguiente
una nueva en la corte, en la imprenta de Diego Díaz de Carrera. Ade-
más de los libros publicados ya en ediciones anteriores, se sacó a luz
en ésta una carta de la Santa Madre.
Estas ediciones, lejos de mejorar a la de Fr. Luis de León, la
estropearon, reproduciéndola harto infielmente y aumentando así el
número de faltas que ya se habían notado en aquélla. Los Carmelitas
Descalzos observaban con sentimiento, que a la medida que se iban
multiplicando las ediciones, resultaban más mendosas, hasta poner en
evidente peligro de adulíeramiento doctrinal los hermosísimos concep-
tos de la Santa. Aunque los mercaderes de libros afirmaban muchas
los años 1591 a 1594. Como el sabio y piadoso jesuíta murió en Noviembre de 1591, no
sé cómo puede alargarse tanto la fecha, de no suponer que escribió de ultratumba la mencio-
nada epístola. Así son muchas afirmaciones de la Fuente, a pesar del tono algún tanto fan"
farrón con que las profiere,
PRELIMINARES XCI
veces que la edición se liabía corregido conforme a los originales, no
pasaba de ser un reclamo interesado, propio del gremio, para vender
mejor la mercancía. De hecho, nadie se tomó el trabajo de cotejar
los libros impresos con los autógrafos o copias exactas de ellos.
Quien primero vio la necesidad de este cotejo fué el P. Francisco
de Santa María, historiador de la Reforma del Carmen, que conoció
todas las ediciones mencionadas, puesto que se publicaron en su tiem-
po. Por los años de 1645 pidió y recabó de los Superiores que con-
frontasen con los autógrafos las impresiones que corrían con tanto
crédito entre el vulgo, y por este medio se preparase otra más fiel
y esmerada. Para conseguirlo, el General de la Descalcez, P. Juan
Bautista, nombró varios religiosos aptos que se trasladaron al Esco-
rial y otros puntos donde había originales de Santa Teresa. En San
Lorenzo estuvo trabajando el P. Fr. Antonio de la Madre de Dios,
a la sazón conventual de Segovia, y poco después Prior de Medina
del Campo. Para cotejar el Camino de Perfección de Valladolid fué el
P. Francisco de los Santos, más tarde prior de Rioseco, y para Las
Moradas, los PP. Juan de San José y Antonio de San José, vicerrec-
tor y conventual, respectivamente, de nuestro convento del Ángel de
Sevilla.
Preparado el trabajo, publicó la Orden por cuenta de Manuel
López (Madrid, año de 1661), una nueva edición en la imprenta de
José Fernández de Buendía. Hablando de ella dice el P. Antonio de
San Joaquín: «No parece que pudo costearlas (la Orden); pero ofrecién-
dose Manuel López, mercader de libros, a poner los gastos con tal que
la Religión la corrigiese, se ejecutó una en Madrid, año de 1661, en la
imprenta de José Fernández y Buendía, la cual se repitió el año
siguiente. Para este efecto nombró nuestro reverendo P. General, Fray
Juan Bautista, al P. Fr. Antonio de la Madre de Dios, carmelita des-
calzo y conventual de Segovia, quien pasó al Escorial para hacer
nuevo examen de los originales que allí se mantienen de la Santa.
Hizo cotejo por el de la Vida con un libro impreso en Madrid, año
de 1627, por la viuda de Luis Sánchez, y este libro, enmendado, existe
actualmente en nuestro Archivo de esta corte; y en otro libro, que
es el tercer tomo de la impresión de Amberes por Moreto, año de
1630. Se hizo la corrección por los originales de la Santa en los tra-
tados de las Fundaciones y Modo de visitar a las monjas. Por lo per-
teneciente al Camino de Perfección que está en el Escorial, no se hizo
cotejo alguno; pues, como ya hemos insinuado, nunca ha querido la
Orden valerse de este escrito para dirigir sus impresiones, sí sólo
del que goza, también original de la misma Santa, nuestro convento de
Carmelitas Descalzas de Valladolid.
XCn PRELIMINARES
«Consta este cotejo por la certificación auténtica que está impre-
sa en el principio de esta edición de Manuel López, formalizada por
Melchor Aparicio, notario del juzgado de la villa y real sitio del Esco-
rial. Esta impresión tiene dos tomos en cuarto. El primero comprende
la Vida de la Santa, Adiciones y Camino de Perfección; el segundo
las Moradas, Exclamaciones y Modo de visitar a las monjas y una
carta propia de nuestra Santa Virgen, escrita a un prelado de la Igle-
sia. Está dedicada a D.a Teresa de Velasco y Mendoza, y según el dic-
tamen de los reverendísimos Padres del Escorial, es la más legal de
cuantas la habían precedido. En esta impresión, gobernada por la
Orden, encontramos la primera vez enmendado, en derecho g lustre de
la Compañía de Jesús, el lugar del capítulo XZÍXVIII de la Vida,
que había errado la impresión de Salamanca.
»De allí a ¡nueve años, que hubo de consumirse la edición preceden-
te, se volvió a repetir también en esta corte, en la Imprenta Real, en
el año de 1670, a costa de Gabriel de León, y está dedicada a lá
excelentísima señora Doña Isabel Manrique de Lara, Marquesa de
Olías y Mortara; pero considerando nuestra Religión el perjuicio que
pudiera seguirse al texto de la Santa andando las impresiones al ar-
bitrio y ganancia de cualquiera que comerciaba en ellas, conjeturamos
que por este tiempo advocó! a sí con privilegio real el derecho de ser
ella sola la que tuviese facultad para repetir estas impresiones; por-
que desde entonces no hallamos otras que las ejecutadas por ía Orden,
excepto tal o cual, que furtivamente se haya introducido por los ex-
tranjeros con riesgo de perderlas.
»En consecuencia de esto, determinó la Religión hacer dos edicio-
nes muy sobresalientes, casi a un mismo tiempo, en Bruselas por Fran-
cisco Foppens. Publicóse la primera el año de 1674, en cuatro tomos
de a cuatro raarquilla, dedicados a la Majestad de Carlos II, nuestro
católico monarca; y la segunda, que no pudo salir hasta el año siguien-
te, consta de dos tomos en folio, con la dedicatoria a la reina madre
Doña Mariana de Austria, gobernadora de estos Reinos. Una y otra
impresión tienen una misma letra hermosa y abultada y noble papel,
y gozan la especialidad de haberse visto en ellas la primera vez todas
las cartas que hasta ahora hay impresas de nuestra Santa Madre.
Pues aunque las cincuenta y cinco del tomo primero de las mismas
cartas se habían publicado cuatro veces antes de esta impresión, las
ciento siete del tomo segundo no lo habían sido. El primer tomo de
la impresión en folio de las obras, contiene, después de la dedicatoria,
la carta del Maestro León a las religiosas de Santa Ana. Sígnense
unos testimonios de personas graves en aprobación del espíritu y doc-
trina de la seráfica Maestra; luego en el libro de su Vida las Adido-
PRELIMINARES XCIli
nes, el Camino de Perfección, los Avisos, las Moradas, las Exclama-
ciones, las Fundaciones, el Modo de visitar los conventos de las reli-
giosas, los Conceptos del Amor de Dios, los Versos espirituales, y al
fin de todo, las Siete meditaciones sobre el Padre nuestro.
»E\ tomo segundo, que es el de las Cartas, comprende lo primero
una del venerable y excelentísimo señor D. Juan de Palafox, escrita
al Reverendo General de la Orden, y otra en su respuesta del mismo
General, Fr. Diego de la Presentación; después el prólogo y dos
aprobaciones, y luego se siguen cincuenta y cinco cartas y diez y nue-
ve avisos, altísimaraente comentados; avisos y cartas por el venerable
Palafox, en el breve esipacio de treinta días no cumplidos, en que le
embarazó otra multitud de ocupaciones propias de su dignidad y oficio,
que es cosa que admira a los mayores hombres. Después se siguen
en el mismo tomo, ciento y siete cartas asimismo de la santa Doctora,
que habiéndolas tenido en su poder el venerable Palafox para notar-
las como las primeras, se las quitó la muerte de las manos, y la
Religión tomó la providencia de ordenar este encargo al P. Fr. Pedro
de la Anunciación, lector de Teología de Pamplona, quien lo ejecutó,
y pone al fin de todo el escrito una breve digresión que había ofrecido
en las notas a la carta XI. Es esta impresión la más estimable de
cuantas se efectuaron hasta sus días, así por la letra, papel y legali-
dad en el texto de la Santa, aunque totalmente no se halla purgada
de veniales defectos.
»En el año de 1678 costeó otra la Religión en Madrid, en la Im-
prenta de Bernardo de Villadiego, impresor del Rey, en cuatro tomos
de a cuarto, que se dedicó al Sr. D. Juan de Austria. Y en el de 1724
reimprimió esta misma en Barcelona, en la imprenta que allí tuvo la
Orden, que contiene lo mismo que las dos precedentes, y sólo añade
unas indulgencias que están concedidas a los que leyeren u oyeren leer
cualquiera capítulo o carta de las obras de la Santa y a los que re-
zaren delante de sus imágenes y reliquias. Últimamente, en el año
1752, volvió la Religión a amprimir estas obras en cuatro tomos de a
cuarto marquilla, con ocho estampas, papel noble y abultada letra» (1).
Para esta edición quiso la Orden cotejar de nuevo la impresión he-
cha en 172^1, en la imprenta que los Carmelitas Descalzos poseían en Bar-
celona, con los venerables originales del Escorial. Solicitó permiso del
Rey para esta compulsación el General de los Descalzos, P. Nicolás
de Jesús María, y hallólo propicio al principio. Los Padres Jeróni-
mos, sin embargo, temiendo que con estos trabajos se estropeasen
los manuscritos de la Santa, aconsejaron al Rey no concediese la
1 Uño Tetesiano, X, VII, día 7 de Julio, págs. 178-181.
XClV PRELIMINARES
autorización pedida, y que para una nueva edición podían valerse de
las copias iiechas para la de 1661, que según los Padres del Escoria]
eran muy exactas. Denegado el permiso, los Carmelitas tuvieron que
publicar la edición de 1752 conforme, a la de 1661, en la imprenta del
Mercurio, por José Ortega. Dirigieron la impresión los PP. Alonso
de la Madre de Dios y Luis de Jesús María, conventuales de San Her-
menegildo de Madrid, que la dedicaron al Rey Fernando VI.
Agradable es la presentación, y habría sido muy esmerada si los
Padres Jerónimos no hubieran opuesto reparos a los deseos de los
Carmelitas de confrontar la última edición con los manuscritos origi-
nales. ¿A qué viene, entonces, la acusación destemplada del señor
la Fuente «que son más dignos de censura los encargados de aquella
edición que todos sus antecesores, pues pecaron a sabiendas y por
incuria en las alteraciones que hicieron o no quisieron enmendar?»
Cerradas las puertas del monasterio escurialense, los dos Padres en-
cargados por el General para la nueva impresión, no pudieron hacer
otra cosa que editarla conforme a la única copia que existía de los
libros de la Santa; porque en 1752 no se habían hecho aun los impor-
tantes trabajos sobre Santa Teresa de Fr. Andrés de la Encarnación
y Fr. Tomás de Aquino, de que habla D. Vicente con una desaprensión
histórica que pasma. Raro prodigio de adivinación habría sido en
aquellos Padres aprovecharse de trabajos que aparecieron algunos años
más tarde que la edición del 52, ya que el P. Andrés no recibió esta
comisión del Definitorio hasta el de 1754, y le costó muchos años en
terminarla, y las investigaciones de Fr. Tomás fueron también pos-
teriores y limitadas casi exclusivamente al libro de Las Moradas.
Por causas diversas, como acabamos de ver, las ediciones no sa-
lían conformes a los originales y dejábanse de publicar algunas car-
tas de las conocidas, o sea publicaron incompletamente, en atención
a ciertas personas e Institutos religiosos, según el peregrino modo
que en el siglo XVIII tenían de ver estas cosas. Para remediar estas
deficiencias, los Padres Carmelitas Descalzos llevaron a cabo, durante
la segunda mitad del mismo siglo, un trabajo tan prolijo, vasto y
de tan adelantada crítica en orden a la vida y escritos de la sania
Doctora, que parece hecho en nuestros días.
Aunque este trabajo no se conserva íntegro, lo que se ha salvado
de la pasión destructora de los revolucionarios del año 34 y siguientes
de la pasada centuria, es más que suficiente para comprender la grande
obra de los Padres Carmelitas, la única verdaderamente seria que co-
nozco sobre los escritos de Santa Teresa. Sólo ella basta para redi-
mir a da Reforma de esa iiicuria por la esmerada publicación de ellos
que le atribuye el atropellado D. Vicente y para abrumar de perdurable
pUelíminareS JccV
gloria a los dos insignes Descalzos que con tanta modestia como compe-
tencia la llevaron a feliz término. De esta labor se han aprovechado
muchos que han escrito sobre Santa Teresa, ya confesándolo noblemente,
ya ocultándolo o declarándolo a medias. En punto a investigaciones
teresianas, nadie ha ido más allá que ellosl, y ya me daría yo por sa-
tisfecho de que D. Vicente de la Fuente y otros escritores modernos,
que alardean de haber ofrecido al público leyente noticias interesantes
e inéditas de la Reformadora de la Descalcez, hubieran estudiado con
más reflexión y detenimiento estos trabajos, para no emitir tantos
juicios apasionados y cometer tantos errores históricos.
Conociendo el Definitorio General el excelente gusto crítico y grande
capacidad histórica del P. Andrés de la Encarnación (1), le encomendó,
por los años de 175^, ordenar el rico Archivo de la Casa Generalicia
de los Carmelitas Descalzos de San Hermenegildo de Madrid, y prepa-
rar ediciones fieles y completas de los libros de Santa Teresa y San
Juan de la Cruz. Todo llegó a conseguirlo el doctísimo Padre, ayuda-
do eficazmente por el P. Manuel de Santa María, a quien el P. Andrés
pidió por compañero. Pasma verdaderamente la prodigiosa labor de es-
tos dos religiosos en sus largas excursiones por los archivos de la
Orden y otros muchos de España, la exactitud de las innumerables noti-
cias que dan de los originales de los dos santos Reformadores, el refi-
nado criterio con que juzgan los hechos, adelantándose más de un siglo
1 Nació el P. Andrés de la Encarnación en Quintanas Rubias, pueblo de la provincia de
Soria, en Noviembre de 1716. A los quince años tomó el hábito en el convento de los Car-
melitas Descalzos de Tudela y profesó al año siguiente en la misma villa navarra. Puede
decirse que desde que fué llamado en 1754 a Madrid por los Superiores hasta su santa
muerte, ocurrida en Logroño el 17 de Mayo 1795, no cesó un momento en su benemérito tra-
bajo de allegar noticias y salvar documentos pertinentes a Santa Teresa y San Juan de la Cruz.
Sus obras manuscritas, no parece estaban destinadas a la estampa; son más bien colección de
materiales reunidos con mucha paciencia, grande capacidad y cariño, para que otros se sirvie-
sen de ellos en las futuras ediciones de los dos santos Carmelitas y en las biografías que de
ellos se escribiesen. Por fortuna, se conserva todavía, aunque incompleta la obra principal del
P. Andrés, que lleva por título Memorias Historiales. Divídela en cuatro volúmenes, de los
cuales se ha perdido el tercero, que contenía algunos fragmentos inéditos de la Santa y obser-
vaciones críticas a sus Cartas. Pérdida irreparable que nunca se lamentará bastante.
Las materias están divididas por letras del alfabeto, y cada letra comprende diversos núme-
ros. Conviene tener presente esta observación para la inteligencia de las citas. Guárdanse en la
Sección de Alanuscritos de la Biblioteca Nacional con las signaturas modernas 13.482, 7.031
y 13.254, correspondientes al primero, segundo y cuarto tomo, respectivamente. El primero com-
prende de la letra A a la O; el segundo de la P a la T; el cuarto las siguientes y algunas du-
plicadas: AA, AB, etc. La mayor parte del primer volumen está dedicado al estudio de los es-
critos de San Juan de la Cruz, y los dos restantes a la Santa. Las materias no están ordenadas
por riguroso orden lógico, ni era fácil tampoco; por lo regular, son extractos y noticias sueltas,
sacados de los Archivos, en su mayor parte no conocidos. Tiene el P. Andrés un estilo poco
elegante, pero muy conciso y ceñido al argumento. Jamás divaga en disquisiciones inútiles. Su
prosa es densa y tan substanciosa, que hace imposible el extracto. Las Memorias Historiales
serán siempre principal fuente de información para todo el que intente adquirir noticias nuevas
acerca de los dos Reformadores del Carmelo. Otros manuscritos más breves, aunque no menos
interesantes, se conservan del P. Andrés en la Nacional, y en algunos conventos de la Orden,
de ambas Castillas y Andalucía.
XCVt PRELIMINARES
a la crítica histórica que hoy priva, la precisión de las copias de autó-
grafos g antiguos documentos, donde se repara en una letra, en una
coma, en un ápice, señalando las diferencias con diversos colores de
tinta y diversas formas de letra, hasta el extremo que muchos eruditos
de hoy calificarían de nimio. Gracias a estos pacientes trabajos, posee-
mos un caudal abundantísimo de noticias, que de no haberse reco-
gido por estos Padres, se habrían perdido para siempre. Ellos regis-
traron detenidamente los archivos de las casas, así de Descal-
zos como de Descalzas, en tiempos en que aun no habían sido sa-
queados, recogieron las noticias no publicadas, que eran muchísimas,
sacaron trasuntos de las más interesantes para el Archivo general y
rectificaron un sinnúmero de especies falsas que corrían muy acreditadas,
así de Santa Teresa como de San Juan de la Cruz. De haberse sal-
vado todos los escritos de estos dos Padres, apenas habríamos perdido
un solo dato interesante sobre los Reformadores carmelitas en la
universal debacle religiosa del siglo XIX. Pero también nuestro con-
vento de San Hermenegildo fué entrado a saco por aquellos nuevos
vándalos, que destrozaron, incendiaron o vendieron para envolver es-
pecias, joyas históricas y literarias de inapreciable valor, entre otras,
no pocas de estos beneméritos y laboriosos Descalzos.
Para los trabajos del P. Hndrés difícil era dar con un compa-
ñero más apto y aplicado que el P. Manuel de Santa María, excelente
paleógrafo, de crítica muy ajustada, y exacto hasta el exceso, en las
esmeradas copias que hizo de manuscritos antiguos pertenecientes a
la Reforma carmelitana, algunos de los cuales han llegado hasta nos-
otros. Aun se conservan de este Padre en la Biblioteca Nacional muchas
correcciones, adiciones y observaciones críticas a las Cartas de la
Santa, puestas las más al margen de ediciones impresas, copias de
cartas de la misma Santa hechas en Valladolid, Salamanca, Peñaran-
da de Bracamonte y otros lugares; disertaciones críticas sobre asunto
carmelitano, y muchas notas sueltas de gran valor histórico, que se
guardan en los archivos de nuestras casas, principalmente en Segovia,
donde el Padre residió por más tiempo.
Bien merecen estos dos ínclitos Carmelitas, hijos fervorosos de Santa
Teresa, que al frente de las obras de ella hagamos justa conmemoración
de su labor erudita y maciza, realizada con tanto amor y capacidad,
la cual ha permanecido oculta casi un siglo y todavía no ha sido
del todo aprovechada (1). Del P. Tomás de Aquino y otros religiosos
1 En Villalar (Valladolid) nació el P. Manuel de Santa María en 1724. Profesó en nuestro
convento de Valladolid a 12 de Septiembre de 1740. Lo mismo que el P. Andrés, fué destinado
desde muu joven a ordenar los Archivos de los conventos y recoger noticias de los dos santos
Fundadores. Hizo innumerables correcciones a las obras impresas de la Santa u es mucho de
prelimínhreS xcvíi
que trabajaron en estas obras, haremos mérito en el curso de esta
edición. Sólo añadiremos, que si el P. Andrés de la Encarnación logró
hacer admirables extractos de antiguos y raros manuscritos, que con-
tenían preciosas noticias sobre la Santa, y el P. Manuel realizó es-
crupulosos cotejos de sus libros impresos con correctos y fieles tras-
lados de los originales, el P. Tomás nos lego un estudio magistral
del libro de Las Moradas, que en muchos puntos consideramos decisivo.
La compulsación de los impresos con nuevas copias que se saca-
ron en tiempo del General P. Manuel de Jesús María y José, de los
originales, se hizo con tanta diligencia, que solamente a la Vida de
la edición de 1627 notaron los PP. Andrés y Manuel de Santa
María más de setecientas faltas, pocas menos que las halladas por
nosotros en la Vida de la edición de Rivadeneyra. Del Camino de
Perfección no hay que hablar, porque ignorando muchos editores anti-
guos que la Santa Madre lo escribió dos veces y que introdujo muchas
modificaciones en la segunda escritura, emitieron juicios disparatados
respecto a la pureza de algunas ediciones. Mil doscientas erratas ha-
llaron en el libro de las Fundaciones, de la edición de Amberes por
Moreto, y ciento cincuenta en el Modo de visitar los conventos de
religiosas (1).
Con estas enmiendas, las innumerables noticias nuevas sobre Santa
Teresa que tenían acotadas, los varios puntos obscuros de su vida que
con depurada crítica esclarecieron, las cartas nuevamente halladas y
fragmentos que faltaban a muchas impresas, y sus inapreciables y casi
siempre seguras investigaciones de fechas, pudiera haberse publicado
una edición completa y esmerada de estas obras y habría quedado bien
poco que hacer a los futuros editores. No se hizo así, sin embargo.
La edición de 1752 se repitió en 1778 en casa de Doblado, Madrid,
añadiéndosele un tomo con ochenta y dos cartas nuevas. La publicada
en 1793, en la misma casa de Doblado, salió con un volumen más de
cartas y ochenta y siete fragmentos inéditos. Aunque no se colocaron
éstos con el debido orden, reservado a los legítimos adelantos de crí-
tica que se van haciendo en nuestros días, así y todo, es muy
digno de agradecimiento que diesen a la imprenta aquellos escritos de
la Santa, y prueba con sobrada evidencia que el celo de los Carmeli-
tas por ir completando los escritos de su Santa Madre, no fué tan
lamentar que se hayan perdido gran parte de los trabajos de este insigne Padre. Con todo, que-
dan algunos en la Bblioteca Nacional, en los Carmelitas Descalzos de Segovia y en otros mu-
clios conventos de la Orden. Murió en Segovia año de 1792. De uno y otro Padre pueden verse
más amplias noticias biográñcas en la reciente edición de las obras de San Juan de la Cruz, por
el P. Gerardo, Toledo 1912, t. I, apéndice II.
1 Memorias Historiales, letra R, núms. 146-147 y el Ms. 12.703, p. 41.
iCVIII PRELIMiNflRES
tibio corno le parece al autor de la edición de Rivadeneyra. Continúa
siendo la edición del 93 la más leída en nuestros conventos de Espa-
ña, y creo que con harto fundamento. La mencionada de Rivadeneyra
no ha logrado hacerse popular en la Descalcez, y menos en las religio-
sas, que siempre han desaprobado la mayor parte de sus aprecia-
ciones críticas, lo mismo que el texto de la Santa, incorrecto en pro-
porciones increíbles.
Esta edición fué la última publicada por los Carmelitas Descal-
zos. Los años que se siguieron, fueron ya de preparación más o menos
disimulada a los grandes acontecimientos político-religiosos desarro-
llados en el primer tercio del siglo XIX, que cambiaron completamen-
te las seculares tradiciones de nuestra sociedad, rompieron la unidad
católica a que España debía su principal fuerza y engrandecimiento,
y terminaron con el exterminio violento y cruel de las Ordenes reli-
giosas, que tantos días de gloria habían dado a la Patria y tantas
ricas joyas a la literatura y ciencia españolas. Con el cierre violento
y ensangrentado de los conventos, se mataron en flor las empresas cien-
tíficas, literarias, históricas y artísticas que discretamente podían pro-
meterse de centros de tan intensa labor intelectual. Nosotros, los Car-
melitas Descalzos, sin contar los documentos desaparecidos de con-
ventos de Provincias, perdimos en la corte el Archivo general, muy
rico en documentación referente a nuestra Reforma, que con ejemplar
constancia y grandes dispendios habían ido formando nuestros antiguos
Padres. Por restos que de él quedan^ y que han pasado a la Biblioteca
Nacional del Estado, se comprende que era muy completo. Estos y otros
flacos servicios hizo el siglo de las l^ces a la Ciencia y a la Historia.
Hasta 1851 apenas hay edición de las obras de Santa Teresa digna
de mérito. En este año publicó la suya Nicolás de Castro Palomino,
que viene a ser una reimpresión de la de 1793. Sólo en el último tomo
de cartas se traen algunas inéditas en España. En nada mejora a las
anteriores, pues hasta la puntuación imperfecta del siglo XVIII está
fielmente reproducida en la de Palomino. Con todo, para satisfacción
de los devotos de la Santa, que no hallaban ya ejemplares de sus obras,
salió muy oportunamente esta nueva impresión.
En la gran Antología que a mediados del siglo XIX comenzó a
publicarse con el título de Biblioteca de Autores españoles en la im-
prenta de Rivadeneyra (Madrid), con el propósito de coleccionar los
autores de lengua castellana que sobresaliesen por su valor literario
y científico, no podían faltar las obras de Santa Teresa de Jesús.
De publicar una edición crítica, según intento de la Biblioteca— que
no cumplió sino imperfectamente en la mayor parte de los numerosos
volúmenes que sacój a luz y que no pueden ya responder a las justas
PRELIMINARES XCIX
exigencias de la crítica literaria moderna — ,se encargó el docto pro-
fesor de la Central, D. Vicente de la Fuente, ventajosamente conocido
por su incansable labor histórico-eclesiástica, cristiano a machamartillo,
erudito como pocos, hombre avezado a decir las cosas con ruda y
aragonesa franqueza, sin rodeos ni eufemismos, precipitado a veces en
sus juicios, de hablar correcto, pero de estilo duro y desnudo por
completo de afeites retóricos.
En el Prólogo a la nueva edición de la Historia de los Hetero-
doxos españoles, Menéndez y Pelayo hace el siguiente retrato de Don
Vicente: «Era un hombre de sincera piedad, de cristianas costumbres,
que no impedían la franca expansión de su vigoroso gracejo y la li-
bertad de sus opiniones en todo lo que lícitamente es opinable; de
sólida ciencia canónica probada en la cátedra durante más de rnedio
siglo; expositor claro y ameno; polemista agudo y temible, a veces
intemperante y ¡chocarrero por falta de gusto literario y hábitos de pe-
riodista no corregidos a tiempo, pero escritor sabroso y castizo en
medio de su incorrecta precipitación; investigador constante y bien
orientado, a quien sólo faltaba cierto escrúpulo de precisión y atilda-
miento; trabajador de primera mano en muchas materias históricas,
que ilustró con importantes hallazgos; ligero a veces en sus juicios,
pero pronto a rectificar siempre sus errores; propenso al escepticismo
en las cosas antiguas> y a la excesiva credulidad en las modernas. Tal
fué D. Vicente de la Fuente, tipo simpático y original de estudiante
español de otros tiempos... La Fuente con más serena disciplina, con
más surtido arsenal biográfico, con el conocimiento que le faltaba de
la moderna erudición y con un poco más de gravedad y sosiego en
el estilo, hubiera podido ser nuestro historiador eclesiástico» (1).
Las líneas que preceden del inmortal crítico e historiador de nues-
tra Literatura, explican la extrafieza que causa al lector que por pri-
mera vez toma en sus manos esta edición de las obras de Santa Teresa,
algunas intemperancias de lenguaje y salidas de tono cuando menos
se esperan, y cierto dogmatismo autócrata con que da por resueltas
cuestiones de harto difícil solución. Los prólogos que puso a los li-
bros de la Santa abundan en inexactitudes, y sin embargo, al hojear-
los, parece que su autor estaba dotado de infalibilidad histórica. Hay
que leerlos muy despacio y estar muy versado en las materias que
trata en ellos para poder apreciar la magnitud de este efecto de con-
vicción, debido sin duda a lo desenfadado de su estilo.
No me admira que esta edición de 1861 para la colección de la
Biblioteca de Rivadeneyra, goce de tanto crédito entre literatos y erudi-
1 Historia de los Heterodoxos españoles, t. I, p. 25.
C PRELÍMlNflREá
tos. Para muchos es la última palabra de la crítica sobre Santa Teresa;
la obra definitiva que la Virgen de Avila necesitaba. Tenía fama D. Vi-
cente de hacer bien las cosas ; y tal vez en su tiempo y con sus
quehaceres nadie las hizo mejor; pero fuera porque abarcó mucho,
o por falta de documentación, que con pesada y trabajosa lentitud
se va exhumando de nuestros archivos, bien porque los estudios de
crítica histórica no se hallaban tan adelantados como hoy, es lo cierto
que la edición de Santa Teresa salió muy deficiente, tan deficiente,
y no creo poner exageración en la frase, como las hasta entonces
publicadas. Cualquiera que desee contrastar por sí mismo esta afir-
mación cotejando el texto impreso con los originales, verá que la afir-
mación es cierta y moderada. Nosotros, que hemos procurado hacer
muy despacio este trabajo, no podemos decir otra cosa ante ios cente-
nares de enmiendas que tenemos señaladas.
La Fuente se fió demasiado de las copias del siglo XVIII, y si
alguna vez examinó los originales para esta edición, no siempre fué
afortunado en la lectura. Muchas veces llama en nota la atención del
lector para decirle que el original de la Santa emplea tal o cual pa-
labra; y en el original se dice con frecuencia cosa muy distinta.
Valgan por ejemplos los siguientes. En el capítulo V de la Vida
de esta edición se lee: «estaba tan abrasada, que se me comenza-
ron a encoger los niervos». Aquí pone una nota D. Vicente y dice: «No
solamente Foquel y los demás editores, sino hasta la misma copia de
la Biblioteca Nacional pusieron nervios en vez de niervos. Mas en el
original dice claramente niervos». Pues bien; acúdase al original y la
Santa, que muchísimas veces escribe niervos, en este lugar pone evi-
dentemente nervios, como hoy escribimos. En el capítulo XXVIII del
mismo libro, dice la Santa: «Supe que le decían que se guardase de mí,
no le engañase el demonio con creerme algo de lo que le decía: traynle
enjemplos de otras personas». La Fuente pone a este pasaje la ano-
tación siguiente: «En verdad que debía decir traínle o trayéndole:
pero el original dice traynle enjemplos». No pierda el curioso lector
tiempo en hallar en la Santa el traynle de la Fuente; pues claramente
escribió tráyanle, que hace perfecto sentido. Por fin, en el capítulo
XXXII, página 99, se lee esta frase: «No estaba fundada en su primer
rigor la regla, sino guardábase, conforme; a lo que en toda la Orden,
que es con bula de relajación». Aquí pone una nota D. Vicente que
dice: «En el original bulla, siguiendo el modo con que se escribe
en latín». Bula y no bulla dice el autógrafo. ¡Bastante sabía Santa
Teresa de latines para emplear su ortografía! Casos análogos pu-
diera citar muchos, porque abundan, tanto en la Vida, como en los
demás libros.
PRELIMINARES CI
La celebrada edición de Rivadeneyra, en cuanto a la depuración
del texto de la Santa, es infelicísima. No hay página que no necesite
corrección, ya de palabras ya de puntuación, o de ambas cosas a la vez,
que es lo más frecuente. Si a esto añadimos las desquiciadas apre-
ciaciones críticas que hace con frecuencia por haberse metido a juzgador
de hechos sobre la historia primitiva de la Reforma del Carmen, que
no conocía, para lo cual puede verse el destartalado prólogo a las
Constituciones de la Santa Madre, comprenderásc sin esfuerzo que la
obra de D. Vicente dista mucho de la perfección e importancia que
harto gratuita y bondadosamente le han atribuido (1).
R pesar de los defectos arriba señalados, los trabajos de D. Vi-
cente son dignos de elogio por haber dado un gran paso en la perfec-
ción progresiva que todos anhelamos en estos escritos. Es la edición
más completa de todas; mal o bien, da razón de cada uno de los
libros de la Santa en oportunos prólogos, lo que no se había hecho
en ninguna de las ediciones anteriores; publica, imitando a algunos
extranjeros, por orden cronológico las Cartas, además de las inéditas
que trae en su colección, y las alivia de la pesadumbre de las notas
que hasta entonces las agobiaban; restituye a sus lugares propios mu-
chos párrafos que de las mismas cartas se habían desglosado, y da a
conocer en Apéndices muchos y muy importantes documentos relativos
a Santa Teresa y sus escritos. Claro es que todas estas cosas y muchas
más tenían preparadas los Carmelitas Descalzos de fines del siglo
XVIII; pero «tres guerras terribles, como dice el mismo la Fuente, en
el espacio breve de treinta años, tres exclaustraciones, con las pérdidas
consiguientes de hombres, tiempo, recursos y papeles, impidieron a los
hijos de Santa Teresa en España hacer la edición más correcta que
tenían preparada» (2).
Digno de gratitud es, y muy de corazón agradecemos a D. Vicente,
el noble empeño y no escaso trabajo que hubo de hacer para sacar a
la luz pública parte de estos materiales, que tanto enaltecen a la gran
figura de la Reformadora del Carmelo y contrbuyen a tener de ella
conocimiento más completo. Buena parte de su vida la dedicó el erudito
profesor de la Central a estudios sobre Santa Teresa; a él debem.os,
como hemos visto, la magnífica edición fotolitográfica de la Vida y
1 Don Vicente, sin embargo, resume así las mejoras de su trabajo: «En la presente se
metodiza la colocación de las obras y de todas las Cartas; se dan unas jj otras conforme a los
originales con su propia ortografía; se restituyen a su debida pureza los parajes adulterados y
mutilados; se rectifica la puntuación, que era muy defectuosa, especialmente en las últimas edi--
ciones; y, finalmente, se publican libros y tratados enteros hasta el presente inéditos, demos-
trándose con esto que ninguna de las ediciones anteriores españolas ni extranjeras, tienen dere-
cho a titularse completas». Escritos de Santa Teresa, edición de Rivadeneyra t. II, p. 27.
2 Escritos de Santa Teresa, edición Rivadeneyra, t. I, p. 37.
CII PRELIMINARES
fundaciones, que sirvió de estímulo para que otros devotos publicasen
por el mismo procedimiento nuevos libros de la Santa, por lo cual
merecerá D. Vicente de la Fuente lugar distinguido entre los incansa-
bles trabajadores en las cosas de la Virgen de ñvila (1).
1 Biblioteca de ñutores españoles, desde la formación del lenguaje hasta nuestros días.
ESCRITOS DE SANTA TERESA, añadidos e ilustrados por D. Vicente de la Fuente, cate-
drático de Disciplina eclesiástica en la Universidad de Madrid.— TAaátiá, M. Rivadeneyta,
Impresor-editor, 1861. Comprende dos tomos. El primero contiene los libros de la Santa jj el se-
gundo sus Cartas. En 1881 publicó el mismo autor una edición popular en siete tomos de 22
por 15 centímetros.
Reproduce casi en todo su primera edición, aunque abrevia notablemente los prólogos y su-
prime muchas notas. El texto de la Santa se imprimió con las mismas incorrecciones. El último
volumen es de documentos referentes a Santa Teresa y sus escritos. Los eruditos suelen citar
casi siempre la edición de Rivadeneyra, ij así haremos nosotros, mientras otra cosa no se
indique. Algunas ediciones más se publicaron de los libros de Santa Teresa, coma la dirigida
«por una sociedad de sacerdotes devotos de la Santa» (Madrid, 1902), y libros sueltos. Así la
llamada Colección española Nelson publicó en París la Vida y Las Moradas,- la Biblioteca del
apostolado de la Prensa, la Vida y el Camino de Perfección,- en la Imprenta del diario madri-
leño La Correspondencia, se publicó, en 1885, el Camino de Perfección, y en Clásicos Caste-
llanos (edición de «La Lectura)», se publicaron Las Moradas en 1910. En general no han hecho
más que reproducir antiguas ediciones sin corrección de ningún género. De la edición de Las
Aloradas de Clásicos castellanos, hablaremos en la Introducción a este libro.
VII
LOS ESCRITOS DE LR SANTA EN LENGUAS EXTRAÑAS, — EDICíÓNES ITALIANAS, FRAN-
CESAS, FLAMENCAS, INGLESAS, ALEMANAS, LATINAS Y POLACAS.
Luego que se publicaron en España las obras de Santa Teresa,
se comenzó a trabajar por trasladarlas en otros idiomas, para que
las demás naciones cultas gozasen también de estas enseñanzas y
amenas y edificantes lecturas. De las principales daremos aquí breve
sumario. R Italia se debe la primacía de las traducciones, aunque
sea Francia la nación que más ha reimpreso los libros de la Doc-
tora carmelita. En 1598 publicó en Florencia una versión italiana de
las Exclamaciones Julio Zanchini (1). Con su habitual precisión y
conocimiento del asunto, habla el P. Federico de San ñntonio de las
traducciones en la armoniosa lengua del Dante, de quien tomamos
la mayor parte de las noticias a ellas referentes. Juan Francisco Bor-
dini, de la Congregación del Oratorio, obispo de Cavaillon y más tarde
arzobispo de Hviñón, hizo la primera traducción de la Vida, que
publicó en Roma en 1601, reimpresa repetidas veces en Venecia en la
imprenta de Pedro Bertano, y en 1618 en la de Juan ñlberti. En la
última edición se añadieron a la Vida, las Adiciones, Avisos g Ex-
clamaciones, traducidas por Julio Zanchini.
Otro oratoriano, Francisco Soto, fundador del convento de San
José, el primero de Carmelitas Descalzas en la Ciudad eterna, puso en
italiano el Camino de Perfección y Las Moradas, impresos en 1603
en Roma y dedicados ambos libros al cardenal Baronio, que tenía
1 No parece tiene fundamento la noticia que trae Ribera (lib. IV, c. 3), de haber trasladado
en italiano la Vida, El Camino de Perfección y Las Moradas el Obispo de Novara hacia el
año de 1589; ni lo que dice Yepes (I. III, c. XIX), de haberse dedicado a Clemente VIII esta edi-
ción. En la autoridad de estos dos escritores se fundaría el P. Jerónimo de San José para repetir
lo mismo en su Historia del Carmen Descalzo, como hemos visto en la página XLI, nota ter-
cera, reproduciendo palabras suyas. En Italia no hay noticia de esta edición, ni se conserva
ejemplar alguno, que nosotros sepamos.
CIV í>RELIMIN.i\RES ,
tres sobrinas Descalzas en este monasterio. Un Carmelita Descalzo,
anónimo, tradujo el libro de las Fundaciones, que se publicó en Roma
en 1622, y probablemente, el mismo Padre, vertió también los Con-
ceptos del amor de Dios y las Siete Meditaciones sobre el Paternóster,
impresas por separado en Piacenza y dedicadas por los Carmelitas
Descalzos de esta ciudadl a la Duquesa de aquellos Estados.
De todos estos libros salió otra edición en Venecia, en casa de
Pedro María Bertani, año de 1636. Esta añadió el libro Modo de
visitar los conventos de religiosas, según la traslación de un Carmelita,
que tampoco quiso poner su nombre. En dos tomos en cuarto publicó
en Roma, año de 1641, otro Descalzo, las obras de Santa Teresa. Puso
a la edición el docto Padre discretas prefaciones, notas e índices. Su-
perior esta edición a todas las anteriores, se reimprimió muchas veces
en Italia durante el siglo XVIII. En 1724 publicaron en Venecia otra
edición más cabal los Carmelitas Descalzos, multiplicada en numerosas
ediciones durante aquel siglo, y en el XIX por lo menos una en Mi-
lán (1840) y en 1853 otra en Brescia. Con cierta pesadez y demasiado
literalmente tradujo y publicó en Roma las cartas de la edición de Za-
ragoza de 1658, dos años más tarde, Horacio Quaranta, consultor de
la Congregación del índice. Más suelta y propia es la versión que de
las mismas cartas y de las que en España fueron apareciendo, liizo
años más tarde Carlos Segismundo Capece. Después de publicada en
la imprenta que los Carmelitas Descalzos tenían en Barcelona la edi-
ción de 1724, se procuró hacer en Italia una más correcta que las pre-
cedentes, si bien no lograron completamente su intento.
La más popular en estos últimos tiempos, ha sido la traducción
hecha por el P. Camilo Mella, S. ]., que aprovechó los materiales ya
muy adelantados del P. Santini, muerto antes de darlos a la estampa
en Hgosto de 1862.
Muchos capítulos van seguidos de oportunas ilustraciones del texto
y en apéndices se amplían más algunas noticias y se dan otras nuevas.
Alerecc sinceros elogios el trabajo del P. Mella; pero tanto el texto
de la Santa, vertido con frecuencia con demasiada libertad literaria,
como la parte histórica de las notas, necesitan más depuración crítica;
cosa fácil de ejecutar hoy tanto por la publicación fotográfica de los
autógrafos, como por los adelantos históricos verificados desde que el
sabio jesuíta publicó la traducción (1). '
Juan de Quintanadueñas de Bretigny, grande devoto de Santa Te-
1 Opere di S. Teresa per la prima volta fatte integralmente italiane, col presidio del
manusctitti originali, con note ed illustrazioni del Padre Camillo Mella, d. C. d. G. (Poseo la
edición de Alódena, sin año de irapresión).
PRELIMINARES CV
resa, hizo la primera traslación de sus obras en francés y las publicó
en París (1601) en la imprenta de Guillermo de la Nüe. Forma tres
volúmenes, que contienen: el primero, la Vida y Adiciones; el Camino
de Per lección y los ^4^05 el segundo;; y €l tercero, el Castillo Interior
y las Exclamaciones. La traducción de Bretigny mereció ser reimpresa
varias veces. En 1630 apareció otra del P. Eliseo de San Bernardo,
C. D., y en 16^^!, publicó la suya el P. Cipriano de la Natividad,
Descalzo también, ñrabas son muy superiores a la de Bretigny, que
corrigieron en muchos lugares, sobre ^todo la del P. Cipriano, digna
de consulta aún en nuestros días por la fidelidad con que está hecha.
Las Fundaciones fueron trasladadas en 1616 al francés por el P. Dio-
nisio de la Madre de Dios. Los Padres Eliseo y Cipriano publicaron
en sus respectivas traducciones, además de este libro, los Conceptos
de Amor de Dios y el Modo de visitar los conventos, que Bretigny
no llegó a conocer.
Merced a su estilo ameno y ifácil, la versión de las obras completas
de la Santa hecha por ñrnauld de ñndilly en 1670, se propagó con ra-
pidez en Francia, multiplicada en frecuentes reimpresiones, no obs-
tante los resabios jansenistas que muchos advirtieron en ella, nada ex-
traños en un afiliadd a la famosa escuela de Port-Royal. Por le exac-
titud, parece supera a todas las versiones precedentes la hecha de
algunos libros de la Santa en 1681 y 1691, por el abate Marcial Chanut.
De elegante y fiel, pero demasiado retórica, califican los Bolandisías
la traducción del abate Gregorio Colombet (1836).
Incomparablemente más popularidad que las ediciones anteriores
adquirió entre los franceses la del jesuíta Marcelo Bouix, no obstante
la inconcebible desaprensión y libertad de que usó el buen Padre
con los textos de la Santa y el apasionado, inexacto y acerbo «epílogo»
que trae al fin del tercero y último tomo de las Cartas, en que fustiga
sin compasión al V. Palafox, considerándolo como ídolo únicamente
de jansenistas y volterianos, maltrata de paso, harto despiadadamente,
a los continuadores de las notas palafoxianas a las Cartas, y hace jui-
cios muy torcidos sobre varios insignes Descalzos de los primitivos
tiempos de la Reforma. Bouix entró en los escritos de Santa Teresa
como por campo conquistado; suprimió y alteró algunos pasajes g hasta
tuvo la infantil candidez de modificar ciertas palabras de la Santa
en que habla de sus propios defectos. Ciertamente, no tenía derecho a
estas libertades quien escribía en el «Hvertissement», que tales obras
«son propiedad sagrada de la Iglesia y tesoro de los fieles. La doc-
trina que en ellas se expone, es celestial; ellas son dignas del más
profundo respeto. Obligación tiene quien las imprime o traduce a otra
lengua, de reproducirlas en su integridad; así lo reclama la gloria de
CVI PRELIMINARES
Dios, de la Iglesia, y de la verdad. Mutilar un texto semejante o alterar
su doctrina, es una especie de profanación» (1).
El P. Bouix ilustró con muchas notas históricas eL texto, más
particularmente las Cartas, que procuró poner por orden cronológico,
e hizo dos viajes a España para confrontar las ediciones últimas con
los originales o copias de la Santa. Por esto, su edición aventaja
en mucho a las anteriores. Gran parte de las deficiencias de esta
versión quedaron subsanadas, en la reimpresión que de ella, excep-
ción de las Cartas, ha hecho el P. Jules-Peyré (París, Lecoffre, 1904).
, Las sospechas sobre la ligereza e infidelidad de la versión del
P. Bouix, que ya se tenían, a pesar de cuanto decía en los prólogos,
quedaron completamente confirmadas con la publicación en España de
fac-símiles de los libros de Santa Teresa. Desde esta fecha, todos los
amantes de la verdad reclamaron en Francia una edición fiel de Santa
Teresa, y tal la han hallado sin duda, en la que en 1907 comenzaron a
editar las Carmelitas Descalzas del primer Monasterio de París. Esta
edición ha sido muy ponderada por los críticos y, sin disputa, es la
mejor que hasta el presente se ha publicado en lengua francesa. Las
Carmelitas de París han hecho grandes esfuerzos por trasladar a su
propio idioma la sencillez, naturalidad, originalidad y gracia nativa
con que la Santa escribió, empresa verdaderamente difícil. No dire-
mos que hayan conseguido completamente su propósito; pero es cierto
que han logrado una versión muy semejante al modelo. Los preámbu-
los que preceden a lús libros son muy eruditos, las notas que acompa-
ñan al texto, discretas y seguras por lo regular, y han enriquecido la
edición con apéndices donde se publican por primera vez muchos do-
cumentos de interés relativos a Santa Teresa, a sus compañeras y a
los tiempos primitivos de la Reforma carmelitana.
Seis tomos componen esta edición, sin las Cartas, que todavía
no se han publicado (2).
La más rica colección de cartas que existe en ninguna lengua, está
hecha en francés por el R. P. Gregorio de San José, actualmente Pro-
vincial de nuestra Provincia de ñviñón. Publicó la primera edición en
París en 1909, y la segunda, enriquecida con nuevas cartas, en Roma,
cinco años más tarde. Su competencia en estos trabajos es reconocida de
todos. Durante sus largas estancias en España, examinó por sí mismo
muchos autógrafos de la Santa y buen número de documentos para
1 Mvertissement du traducteur, p. VIL
2 Oeuvres completes de Sainte Tétese de Jésus, traduction nouvelle par les Catmélites du
premier monastere de Paris, avec la coUaboration de Mgr. Manuel María Polit, éveque de Cuenca
(Équateur), ancien supérieur des carmélites de Quito. Paris, 1907-1910.
PRELIMINARES CVII
anotar las Cartas (1). Otros trabajos sobre Santa Teresa que se es-
taban haciendo en Francia, tememos hiayan sufrido doloroso parén-
tesis con motivo de la guerra.
Publicóse en flamenco, a instancias de la Venerable ñna de Jesús,
una edición de las obras de la Santa por los años de 1607. La misma
Venerable encargó a un sacerdote de Bruselas una versión latina; pero
la hizo tan defectuosa, que la Madre flna hubo de dar la misma co-
misión a su buen amigo, el docto P. Basilio Ponce de León, sobrino
de Fr. Luis, que no llegó a publicarse (2). En lengua flamenca hizo
una traducción el P. Gervasio de San Pedro, impresa en Gante por vez
primera en 1697, y reimpresa varias veces en el siguiente siglo.
En el prólogo que el P. Jerónimo Gracián puso a la Vida de Santa
Teresa, publicada en 1610 en Bruselas por los PP. Juan de San Jeró-
nimo y Juan de Jesús María, da a entender que algunos católicos in-
gleses trabajaban con gran secreto en Londres una versión de los li-
bros de la Santa. Sin nombre de editor, salieron estos libros en inglés
en 1669, 1671 y 1675, según la traducción hecha por ñbrahan Woodhead.
Hunque esta versión se atribuye a Woodhead, tomó parte muy princi-
pal en los trabajos el P. Beda de S. Simón Stock (Walter Joseph Tra-
vers), celoso Carmelita, que trabajó en la conversión de los herejes
por espacio de más de veinte años en Inglaterra. Juan Dalton, Canó-
nigo de Northampton, tradujo la Vida y la publicó en Londres en 1851.
La versión más correcta e importante del libro de la Vida y de las
Fundaciones es la que hizo David Lewis, ilustre convertido al Cato-
licismo en el famoso movimiento de Oxford iniciado por Newman. Por
consejo de Wiseraan y del P. Faber tradujo al inglés las obras de San
Juan de la Cruz (186^), y en 1870 la Vida de Santa Teresa, que
alcanzó la segunda edición en 1888, y en 190^ y 1911 la tercera y cuarta.
El libro de las Fundaciones publicólo en 1871, que fué reimpreso en 1913.
ñ esta edición, lo mismo que a las dos anteriores, puso el R. P. Benito
de la Cruz (Zimmerman), C. D., una docta introducción y oportunas
notas, e hizo algunas notables correcciones en el texto, con lo que la
obra de David Lewis ha mejorado muchísimo, aunque ya era muy
recomendable por su fidelidad de traducción, ñlgunos otros trabajos
1 Leítres de Sainie Tétese de Jésus, Réformatiice du Carmel, traduites par le R. P. Qre-
goire de Saint Joseph, des Carmes Déchaussés. Roma, Librairie pontificale de F. Pustet.
2 Cfr. Vida de la venerable Rna de Jesús, por el P. Bettoldo de S. Ignacio, t. II, p. 164.
Acerca de esto depone el P. Basilio en las Informaciones dé Salamanca, hablando del fruto
que reportaba de la lección de los escritos de la Santa: «Nunca los ha leído que no haya
salido mejorado en sus propósitos; y por esta causa, y por la que adelante diré, este testigo
hizo particular voto a la dicha Santa Madre Teresa de Jesús de escribir su vida en latín, o
poner en latín los libros suyos. Y comunicando este voto con la Madre Ana de Jesús, reli--
giosa de la dicha Orden de Nuestra Señora del Carmen, de las Descalzas, que al presente
está en Flandes, por cartas la susodicha respondió a este testigo que tradujese en latín todo el
CVm PRELIMINHRES
sobre Santa Teresa en Inglaterra pueden verse en la introducción del
P. Zimmerman (1).
Diversas versiones cuentan también las obras de la Mística Doc-
tora en lengua alemana. En Würzsburg se publicaron el año de 1640.
En la imprenta de Francisco Metternich se publicó en Colonia, año
1750, formando dos volúmenes en 4.2, la versión hecha por el P. Matías
de San ñrnoldo. El primero comprende la Vida y los .Avisos; el segun-
do las Fundaciones, las Moradas, las Exclamaciones y Relaciones. La
más importante hoy entre las gentes de lengua tudesca, es la hecha
con gran esmero por el P. Pedro ñlcántara de Santa María C. D.,
teniendo a la vista las mejores ediciones españolas, incluso la publi-
cada por la Sociedad Foto-tipográñco-católica, la edición de Herrero
g del Cardenal Lluch (2).
En el prólogo de la edición de estas obras en lengua española, pu-
blicada a principios del siglo XVII en Ñapóles, se dice que ya en 1604
había una versión alemana de los libros de la Santa; pero esta noticia,
com.o tantas otras que allí se dan, no son de mucha precisión histórica.
Puso en latín, y publicó en Maguncia en 1603, el libro de la Vida
Francisco Kerbeck, prior de los ñgustinos de esta ciudad. Unos años
más tarde vertió al mismo idioma todas las obras de la Santa, fuera
de las Cartas, Matías Martínez y las imprimió en Colonia, año de
1626 (3).
Fray Ireneo de San José las tradujo en lengua polaca y las dio a
la estampa en 1622, según el Año Teresiano. En 1672 se hizo lo mism.o
con las Carras, que salieron con algunos comentarios del P. Ignacio
de San José.
libro que la dicha Santa Aladre escribió... Y en cumplimiento deste voto, este testigo prosigue
en la traducción de los dichos libros de la dicha Santa, y a instancias también de los señores
Archiduques, condes de Flandes, como la dicha M. Ana de Jesús se lo ha escrito a este
testigo». (Cfi. Memorias Historiales, 1. N, n. 94).
1 Tfie Ufe of S. Teresa of Jesus; of the Order of our Lady of Carmel, written by Herself,
translated from the spanish by David Lewis, compared with the original autograph text, and ree-
dited with additional notes and introduction by The very Rev. Benedict Zimmerman, O. C. D.
London, Thomas Baker, AICAIXI.
2 Das Leben der heilegen Theresia von Jesu, und die besonderen ihr von Gott erteisten
Gnaden, auf Geheiss ihrer Beichtvater von ihr selbst beschrieben. Neue deutsche Ausgabe,
nach den autographierten und anderen spanischen Originalen bearbeitet und vermehrt von
Fr. Petrus de Alcántara a S. María, Priester aus dem Orden der unbeschuhten Karmeliten.
Regensburg, Pustet, 1903.
3 Opera 5. Matris Teresae de Jesu, Carmelitarum Discalceatorum et Disca'.ceatarum Fun-
datricis. In duas partes distincta, studio et opera A\athiae Alartinez Middelburgii, ex hispánico
sermone in latinum conversa, Coloniae Agiipinae, A\DCXX\^.
VIÍÍ
NUESTROS INTENTOS EN LH PRESENTE EDICIÓN. — ORDEN DE PUBLICñCION DE ESTOS
ESCRITOS. — CORRECCIONES.
En la edición que hoy publicamos, ha sido nuestro intento prin-
cipal la depuración completa de los textos de estas obras. Los nuevos
y maravillosos progresos de la fotografía han hecho que, sin deterioro
de los venerados manuscritos originales, podamos disponer de reproduc-
ciones exactas, cosa poco de fiar, ni siquiera de las copias autentifica-
das por notarios. La mayor parte de las impresiones de estos libros han
sido corregidas por este género de copias; por lo que no es de ex-
trañar contengan errores, que si bien no son substanciales en su ma-
yoría, no pueden tolerarse en obras de tan alta importancia.
Como ya dejamos apuntado, la misma edición de D. Vicente, con-
siderada como modelo indiscutible de fidelidad a los autógrafos, dista
mucho de serlo, aunque por otra parte tenga méritos que nosotros no
queremos regatear. Hnte el ajustamiento fiel de la edición a los autó-
grafos, todo lo demás es secundario y de relativa importancia. Para
conseguirlo de la manera más completa posible, hemos leído y compul-
sado las ediciones más cabales con los manuscritos fotolitografiados, y
anotado cuidadosamente las diferencias, para que en la nueva edición
se subsanen todos los errores. Y no contentos con esto, las correc-
ciones de pruebas se hacen, cuantas veces se cree necesario, por las
mismas fotografías, para mayor garantía de acierto.
ñdemás de los ejemplares fotolitográficos que poseemos de los
principales libros de la Santa, hemos sacado para esta edición, en fo-
tocopia, el Camino de Perfección de Valladolid, así como muchas
cartas originales y otros escritos de la Virgen castellana. Lo mismo
hemos hecho con las copias más antiguas y autorizadas que de estos
ex PREUMINARES
libros existen y con muchísimos documentos a ellos referentes, como
notaremos en su lugar (1).
En apéndices publicaremos muchas noticias inéditas hasta ahora,
de excepcional importancia en la biografía teresiana. ñlgunos do-
cumentos que D. Vicente dio a conocer, tomándolos de los manus-
critos procedentes del ñrchivo general de los Carmelitas Descal-
zos, verbigracia, el Ramillete de Mirra de María de San José, y
los Diálogos del P. Jerónimo Gracián, no los publicaremos con estos
escritos; porque de uno y otro autor preparamos ediciones completas
de sus obras, además de que ya han sido editados íntegros en lomo
aparte. Tampoco publicaremos muchas noticias pertenecientes a las pri-
mitivas Carmelitas Descalzas compañeras de Santa Teresa, sino en
cuanto sea necesario para ilustrar el texto y biografía de la gloriosa
Fundadora, Las Carmelitas del primer monasterio descalzo de París
se alargan en esto considerablemente, hasta doblar en algunos volú-
menes el texto teresiano. Pudieron tener ellas el laudable fin de po-r
pularizar en Francia las virtudes nada comunes de aquellas insignes
y primitivas hijas de Santa Teresa. Nosotros, que hace algún tiempo
estamos recogiendo documentos y noticias para publicar una nueva
historia de la Reforma carmelitana en España, dejamos para ella,
como lugar más propio, las biografías de estas venerables Descalzas.
En la publicación de documentos, nos ceñiremos, en cuanto nos sea
posible, a los que tienen relación más estrecha con la vida de la Santa
Doctora, y aun tememos que no podamos imprimir todos los que obran
ya en nuestro poder. Publicar In extenso las principales deoosiciones
de testigos en los procesos de beatificación y canonización de Santa
Teresa por las novedades que algunas veces contienen, y que com-
pletan su fisonomía, me parece muy oportuno y conveniente, aunque en
España, por desgracia, no es mucha la afición a estas curiosidades
interesantes, y por lo mismo, las tales publicaciones suelen ser dispen-
diosas. Publicaremos asimismo algunas escrituras de fundación y otros
documentos públicos en que la Santa hubo de intervenir directamente,
que los lectores irán viendo a medida que los tomos de esta edición
salgan de las prensas.
No ilustraremos el texto de la Santa con comentarios doctrina-
les ni apologéticos; nos limitaremos a notas puramente históricas,
muy breves, en aquellos parajes que a nuestro juicio se necesiten.
Esta conducta observaremos, no sólo en las obras místicas, sino tam-
1 En este trabajo de íotografía debo sincero agiadecimiento a mi cpndiscípulo u querido
hermano de hábito, P. Elíseo de San José, docto profesor de Matemáticas y Física en nuestro
Colegio de Vitoria.
PRELIMINARES CXI
bien en las Cartas; porque ya no hay lector que resista el pasado
glosario que en el siglo XVII y XVIII se leyó con fruición. Hoy ha
cambiado el gusto de los lectores, a mi modo de ver, con ventaja
para estos escritos. Parece que la narración sencilla y encantadora
del estilo de la Santa se rebaja y pierde algo de su gracia nativa con
tales comentos, por muy devotos que parezcan. En escritos tan cla-
ros y sugestivos, gusta más el lector de comentarlos por sí que no
acomodarse al pensamiento ajeno.
Cada libro de la Santa irá encabezado por una introducción, en
que se expondrán el argumento, paradero del original, copias que
de él puedan existir y cuanto sea necesario a la inteligencia com-
pleta de su contenido y de su historia. Para adquirir cabal noticia
de ellos, a más de los nmnerosos legajos que se conservan en la sección
de Manuscritos de la Biblioteca Nacional y del ñrchivo Histórico Na-
cional, hemos examinado los archivos de todas las fundaciones he-
chas por la Santa y de otros muchos conventos primitivos de la Re-
forma. En cuanto ha sido posible, dado el estado rudimentario de or-
denación en que se hallan gran parte de los archivos municipales
y provinciales de España, hemos procurado completar algunos pasajes
de la historia de Santa Teresa con noticias que en ellos se guardan;
aunque si alguna vez se deciden los ayuntamientos a poner en mejor
orden sus papeles, la obra ingrata que se ve hoy obligado a realizar
el curioso investigador, con grande pérdida de tiempo, podrá hacerse
más provechosa, breve y felizmente.
En el ordenamiento de estos escritos, no seguiremos la sutil y
harto caprichosa distribución de D. Vicente de la Fuente, separándose
de la tradicional colocación desde Fr. Luis de León, que no es tan dis-
paratada como al benemérito profesor le parece. Por el método adopta-
do para la publicación de los libros de Santa Teresa por D. Vicente, pue-
den hacerse cuantas combinaciones se quieran, porque no se necesita ser
muy avispado para hallar semejanzas o analogías entre ellos, que aparen-
temente las justifiquen. Tratándose de las obras de la Santa Fundadora,
no debe olvidarse que son, ante todo y sobre todo, devotas por su
argumento, por el fin que se propuso al escribirlas y aun por la con-
dición de los lectores, que en su mayor parte las estiman por deseos
de aprovechamiento espiritual. De tal importancia es esta observa-
ción, que no puede prescindirse de ella al ordenar estos libros. Debe
por lo tanto, el editor, a mi humilde juicio, distribuirlos en forma
que más favorezca a la parte devota, sin que por eso se aban-
done, en cuanto sea posible, su natural y lógica colocación. No
admitimos esa distinción en libros históricos, preceptivos y doctrina-
les tan completa y substancial, que motive forzosamente la distri-
CXn PRELIMINARES
bución de ellos por el orden lógico de estas materias; ni menos esos
cabalísticos agrupamientos triniformes en que se enreda D. Vicente,
forzando el natural y sencillo ordenamiento de estas obras.
Ni estamos conformes con el docto escritor en la calificación
que da a ciertas producciones literarias de la Santa. ¿Cómo llamar
libro, verbigracia, a unos cuantos avisos sobre la regular observancia,
de no torcer la significación que se ha dado siempre a ese vocablo?
¿R qué introducir novedades en la terminología dando título de Libro
a las Revelaciones, cuando ya Fray Luis de León las clasificó de la
única manera posible y definitiva, poniéndolas en su edición príncipe
como Adiciones a la Vida, de la que son evidentemente necesario comple-
mento, más bien que libro aparte? Menos pretenciosa, aunque harto
más natural y obvia, es la distinción y distribución que hemos visto
de Fr. Jerónimo de San José.
En cuanto al orden seguimos casi a la letra el tradicional en la
Descalcez Carmelitana. Primero, los libros propiamente dichos, y lue-
go, con la excepción de las Relaciones, las obras cortas y las Cartas,
Comenzaremos por la Vida, fruto primerizo de la Santa, y su obligado
apéndice las Relaciones a sus confesores. R la Vida seguirán el Ca-
mino de Perfección, Las Moradas, Conceptos de Amor de Dios, Ex-
clamaciones, Las Fundaciones, y, por último, el Modo de visitar los
conventos, los Avisos, Constituciones, Poesías y escritos sueltos, y por
fin, las Cartas.
ñdemás de ajustamos mejor, como es dicho, en este plan a la
costumbre tradicional de los editores de la Santa, no deja de tener
el plan fundamento lógico, y aún, en parte, cronológico, ñunque la
Vida por su título debiera ser histórica, es más mística que histórica;
porque de esto último sólo tiene la imprescindible sucesión de hechos
autobiográficos que la componen. Pero en la exposición de ellos, atien-
de principalmente la Santa a las manifestaciones de la gracia divina
en su espíritu. La Vida, como obra histórica, es incompletísima; en
cambio nos da en ella Santa Teresa un curso acabado de mística y as-
cética. Si por analogías históricas dice D. Vicente que a la Vida han de
seguir las Fundaciones, deberíase continuar con las Cartas, que tanto
caudal histórico y biográfico encierran de la santa Doctora, y no seré
yo quien introduzca esta innovación extraña.
Sucede cronológicamente al libro de la Vida, el Camino de Per-
fección, que la Santa compuso por mandamiento del P. Báñez. Había
algunas cosas en el primero que cedían en gloria de la Santa Ma-
dre, y hasta después de su muerte no era conveniente que corrie-
sen Qxúto. sus hijas. Como, por otra parte, no era justo privarlas de su
provechosa doctrina, y las religiosas de San José la importunasen les
PRELIMINARES CXIII
diese por escrito algunas reflexiones de edificación y provecho espiritual,
vencida la humildad de la Santa por imposición del sabio Dominico,
se resolvió a escribir el Camino de Perfección, tomando por argumen-
to el Paternóster, tal como ella lo meditaba (1). Tenemos, por consi-
guiente, que el segundo libro de la Santa se escribió para suplir a la
Vida, que por motivos fáciles de comprender no era oportuno poner
en manos de las Descalzas hasta después de la muerte de su Madre
Fundadora. ¿Será, según esto, disparatado publicar el Camino de Per-
lección después de la Vida?
Complemento de entrambos libros son Las Moradas, que, por
lo mismo, deben venir en tercer lugar. Los tres son místicos, prin-
cipalmente, si bien el Castillo interior perfecciona a los dos pri-
meros; porque el orfebre, cuando lo compuso, sabía ya mucho más de
su arte. De esta suerte tiene el lector, sin prolijas interpelaciones,
íntegro el sistema ascético g místico de Santa Teresa, que comienza
en la Vida, prosigue en el Paternóster "^ se consuma en Las Moradas.
Como los Conceptos de Amor de Dios y las Exclamaciones, no son
otra cosa que frutos sazonados de este árbol místico, en ninguna parte
están mejor que junto a las ramas que los produjeron. No ignoro que
en el libro de Las Fundaciones vienen algunos capítulos místicos de
suma importancia; pero ellos no pueden prevalecer sobre los históricos,
que llenan la mayor parte de sus páginas; ni son tan indispensables,
que sin ellos necesariamente se corte el hilo ascético y místico que
dijimos engarza la Vida, Camino y Las Moradas. El último de los
cuatro más voluminosos libros de la Santa en nuestra edición será, por
lo tanto, el de las Fundaciones.
Las Constituciones, Poesías y escritos sueltos de corta extensión,
formarán otro volumen, para evitar ei peligro de que el lector no
repare en ellos, publicándolos al fin de obras más voluminosas. Por
último, se publicarán las Cartas.
En cuanto a las condiciones externas de presentación, hemos adop-
tado la ortografía moderna, conservando escrupulosamente la formación
de las palabras, tal como las emplea Santa Teresa. Corregimos la or-
tografía y respetamos la fonética, hasta donde es posible, y con las
limitaciones impuestas por la misma evolución de la lengua, no bien
conocida aún. Precisamente, la segunda mitad del siglo XVI es de
grande revolución o desbarajuste fonético y ortográfico, y todavía hay
muchas cuestiones de crítica filológica, referentes a este período, que
no se han resuelto. Los caprichos de sinalefa, apócope, contracciones
del artículo y formas sincopadas de verbos, son innumerables en los
1 Reforma de los Descalzos, 1. V, c. 37, p. 882.
CXIV PRELIMINARES
escritores de aquel tiempo y en la Santa. No adopta ésta reglas unifor-
mes de escritura. Así, por ejemplo, unas veces escribe deste, otras de
este; unas veces dice fiierdes, quisierdes, y otras las emplea en la for-
ma 'corriente; a veces suprime la última vocal de una palabra cuando la
siguiente comienza con la misma letra, y otras hace caso omiso. Nos-
oíros hemos respetado este desorden, reproduciendo las palabras en la
forma que la Santa las escribió, cosa que no ha hecho ningún editor;
porque en todos se ve uniformidad en los apocopamientos y empleo
de otras licencias gramaticales (1). Las ediciones paleográficas son de
utilidad muy relativa y limitadaí y no convienen a obras populares, que
corren en manos de todos. La buena presentación y modernización
ortográfica hace singularmente simpáticos los textos, así como ese as-
pecto de vetustez que les dan la puntuación y escritura antiguas, los
hace repulsivos, pesados y difíciles para el vulgo de los lectores (2).
Fr. Silverio de Santa Teresa, C, D.
Burgos, festividad de Santa Teresa de Jesús, 15 de Octubre de 1911.
1 Advertimos que las palabras aun, aunque, que la Santa escribe an. anque, las reprodu-
cimos como las pronunciamos hoy. Las de experiencia, expuesto, éxtasis, y generalmente, las
que llevan x, sépase que Santa Teresa las escribe siempre con s. No extraile el lector que una
misma palabra esté impresa de dos modos, v. gr., iglesia e ilesia, hortelano y hortololano, etc.,
porque así lo hace la Santa y nosotros hemos respetado esta variedad.
2 Sobre esto pueden verse las discretas reflexiones que hace el ilustre secretario de la
Academia Española en su obra Fonología española, p. 202. Madrid, 1909. En cuanto al tipo de
etra, hemos procurado armonizar ¡a estética con la utilidad práctica, que en casos análogos es
o más discreto y razonable.
INTRODUCCIÓN R Lñ VIDA DE SHNTñ TERESA
Santa Teresa, como todos los siervos de Dios favorecidos con par-
ticulares mercedes, temía no fuera engañada del amor propio o del
demonio cuando su espíritu comenzó a gustar de las cosas divinas y
a ir por caminos de perfección no muy trillados por el común de las
almas buenas. Exponía con mucha frecuencia estos temores a sus direc-
tores espirituales, que la Santa siempre procuraba fueran aventajados
en virtud y letras, ñunque en la comunicación de su espíritu nada les
ocultaba, antes con ejemplar humildad y llaneza lo refería todo, sin-
gularmente lo que más la desfavorecía; sin embargo, para juzgar sobre
cosas tan altas y espinosas con más acordado criterio y maduro racio-
cinio, algunos confesores suyos le mandaron escribir las gracias que
de Dios recibía, principalmente en la oración, y cuanto sintiese en su
espíritu que pudiera contribuir a su más completa inteligencia.
Tal fué el origen de esta admirable autobiografía, que por la natu-
ralidad con que está escrita, por el profundo y detallado análisis psi-
cológico que hace de su alraal y por los misteriosos arcanos de espíritu
que descubre, no tiene rival en la literatura de ningún pueblo, y ha
sido colocada al lado de las Confesiones de San Agustín.
Comienza lamentándose candorosamente de no estar facultada por
su director para decir con claridad sus pecados, sino las mercedes
que creía recibir de Dios; y, sin embargo, pone tal viveza y calor
de estilo en algunas frases que dedica a su imaginada ruindad de alma,
que si el lector no es muy avisado y ,se halla prevenido contra estas
humildes acusaciones de faltas, tendrá por grande pecadora a quien ja-
más cometió culpa grave. Cualidad magnífica de las almas superiores, que
teniendo más clara luz que los demás para ver las excelencias de los
divinos atributos, comprenden también mejor la infinita pequenez de
la criatura humana, y la confiesan con edificante sinceridad y no afec-
tada exageración.
CXVI INTRODUCCIÓN ñ Lñ. VIDA
Da cuenta breve al principio del libro de la virtud ejemplar de sus
padres y pondera de paso las ventajas de la buena educación cristiana,
los peligros que puede correr el alma con las malas compañías, lo mucho
que vale la vocación claustral, que ella, tras largas y difíciles luchas
consigo misma, se decide a abrazar, las alternativas de fervor y tibie-
za religiosa que, ya monja en la Encarnación, siente su alma, cons-
tantemente combatida por opuestas aspiraciones, hasta que al fin triunfa
Jesús, y se resuelve/ a darse por completa a la vida perfecta por medio
de la oración, que, en concepto de la Santa, es la medicina más eficaz
contra todas las tibiezas y descaecimientos del espíritu (capítulos I-X).
Prosigue hablando de los siervos del amor y del modo de apagar
la sed de perfección que reseca sus labios. Para esto distribuye la
oración en cuatro grados ascendentes y señala las propiedades y diferen-
cias de cada uno y los efectos que en el alma causan. Comparaciones
tomadas de la misma naturaleza, facilitan, aun a los más cortos de
entendimiento, la comprensión de estas doctrinas altísimas de espí-
ritu. No es posible profundizar más en los abismos de las perfecciones
divinas, ni saborear mejor las regaladas e inefables finezas de la
Encarnación del Verbo, ni dar lecciones de perfección espiritual tan
sencillas, elocuentes y persuasivas (capítulos XI-XXVII).
Tornando al discurso de su vida, interrumpida en apariencia por
largo y magnífico paréntesis de diecisiete capítulos, declara las extraor-
dinarias mercedes que le hace el Señor, sus grandes trabajos de espí-
ritu, oportuna y eficazmente consolados por aquel varón austero, pas-
moso ejemplo de penitencia en época en que la molicie del Renacimien-
to hacía más extraña y acusadora aquella vida de privaciones espan-
tables, San Pedro de Alcántara, e intercalando luego la fundación del
primitivo monasterio reformado de San José, cierra la autobiografía
con una espléndida narración de las nuevas mercedes que recibe de Dios
y de los suaves efectos que en su alma causan (capítulos XXVII-XL).
Con estas doctrinas intercala graciosamente discretos qonsejos a
los confesores, tiernos coloquios con Dios, avisos prudentes a las al-
mas que desean perfección y ardientes apostrofes a todas las cria-
turas, a quienes desea ver envueltas en las mismas llamas de amores
divinos que su corazón transverberado. Es el libro principal de la
Santa. Contenidas están en sus páginas toda su doctrina ascética y
mística, aunque tenga ésta acabado y más primoroso complemento
en el Camino de Perfección y Las Moradas. Sin el libro de la
Vida, no se entienden bien los otros dos; ella misma hace referencia
en diversos pasajes a su libro grande. Solamente un estudio super-
ficial ha podido separar estas tres producciones, que más que obras
distintas, son tres partes de un mismo libro. Tal es el nexo íntimo
que las une.
DE SRNTR TERESA DE JESÚS CXVII
Hndaba la Santa inquieta con el género de oración que tenía, ij
deseaba cerciorarse de varones sabios si aquellos favores eran de Dios
o engaños del demonio. El caballero santo Francisco de Salcedo, y
el Maestro Daza;, a pesar de su buena intención, no estuvieron acertados
en el examen del espíritu de Santa Teresa, que calificaron de demo-
niaco, y le aconsejaron tratase con los Padres de la Compañía, a los
cuales, aun antes de conocerlos, por las cosas que de ellos había oído,
era singularmente aficionada. De iodos estos pasos dados para aquie-
tar su espíritu, habla en el capítulo XXVIII de su Vida. Preparóse para
una confesión general y puso por escrito «los males y bienes; un dis-
curso de mi vida lo más claramente que yo entendí y supe», como dice
ella misma. De esta relación no se ha conservado noticia alguna, ñcae-
cían estos hechos por los años 1556.
Por nuevas indicaciones de sus confesores, escribió Santa Teresa
otra Relación de su vida interior, mucho más extensa. El Padre
Domingo Báñez, que tenía motivo para conocer todo lo relativo a
este escrito, en su deposición jurídica, hecha en Salamanca para la
canonización de la Santa, dice a este propósito: «En cuanto a sus li-
bros, del uno de ellos puedo decir que es donde ella escribió su vida
y el discurso de la oración por donde Dios la había llevado, preten-
diendo en esto que sus confesores la conociesen y enseñasen, y junta-
mente aficionar a la virtud a los que leyesen las misericordias de
Dios que con ella había usado, siendo tan gran pecadora como ella
confiesa con mucha humildad. Este libro ya le tenía escrito cuando yo
la comencé a tratarí, y le hizo con licencia de sus confesores que antes
había tenido, como fué un Presentado Dominico, llamado reverendo
P. Ibáfiez, lector de Teología de Hvila. Después tornó a añadir y
reformar el dicho libro; el cual libro yo llevé al Santo Oficio de la
Inquisición en Madrid, y después me lo volvió el inquisidor D. Fran-
cisco Soto y Salazar para que lo tornase a ver y dijese mi parecer;
y le torné a ver. Y al cabo del libro, en algunas fojas blancas, dije
mi parecer y censura, como se hallará en el original escrito de mano
de la misma Madre Teresa de Jesús» (1).
En es^tas palabras sintetiza el docto Dominico casi toda la historia
de la Vida. Varios fueron, como él dice, los que aconsejaron la es-
cribiese, y lo mismo afirma la Santa en diversos pasajes (2). Uno de
ellos fué el P. Ibáñez, con quien la Santa trató de la fundación del
convento de San José (3) por los años de 1561, y es probable que en
este tiempo comenzase a escribir en ñvila el libro de la Vida, que
1 Escritos de Santa Teresa, poi D. Vicente de la Fuente, t. II, p. 577.
2 Vid. Prólogo y Capítulos X, XI, XV u XXXVII de la Vida.
3 Cfr. Libro de la Vida, c. XXXII u XXXIII.
CXVIII INTRODUCCIÓN fl LA VIDA
terminó, según testimonio de su autora, puesto al fin del manuscrito, en
Junio de 1562, en el palacio de D.a Luisa de la Cerda, ñunque parece
seguro que el P. Pedro Ibáñez mandó a la Santa escribir la relación
de su vida, no excluye que se lo aconsejasen también otros confesores
que para esta fecha había tenido, algunos de la Compañía. Es verosí-
mil que viéndola tan afligida g no siendo fácil por relaciones ver-
bales formar juicio cabal de su espíritu, merced a las singulares per-
fecciones que atesoraba, se las mandasen poner por escrito para con
más reflexión ij detenimiento examinarlas. Ella misma se inclinaba
también a este procedimiento, siquiera se viese contrariada cuando po-
nían frenó a su humildad en la narración prolija de sus faltas. La
conjetura está conforme al modo de hablar de la Santa y con la
deposición misma del P. Báñez.
Esta Relación de Santa Teresa, cuyo original se ha perdido, no
fué definitiva, aunque suponemos fundadamente que lo más principal
de ella pasaría a la última y más completa que hoy poseemos, ñsí
hizo con la segunda redacción del Paternóster, la cual, aunque mo-
dificada, contiene muchísimo de la primera. A fines del año 1562,
el P. García de Toledo, de la Orden de Santo Domingo, a la sazón
confesor de la Santa, le mandó añadiese a la relación de su vida, la
reciente fundación de su primer monasterio reformado y algunas mer-
cedes nuevas. Esto obligó a Santa Teresa a una refundición de su
libro, que para mayor orden y comodidad de lectura, distribuyó, por
indicación del mismo Padre Dominico, en cuarenta capítulos. Dice la
Santa en el prólogo del Libro de las Fundaciones: «Estando en San
José de Avila, año de mil y quinientos y sesenta y dos, que fué el
mesrno que se fundó este monesterio mesrao, fui mandada del Padre
Fray García de Toledo, dominico, que al presente era mi confesor,
que escribiese la fundación de aquel monasterio, con otras muchas
cosas, que quien la viere, sí sale a luz, la verá».
Parecido consejo dio a la Santa el inquisidor D. Francisco Soto
de Salazar, que había llegado a ñvila por negocios del Santo Oficio,
Dando cuenta el P. Gracián de estas dudas de espíritu que atormen-
taban a la Madre Teresa, habla así de la entrevista de ella con el
señor Inquisidor: «Pero todavía, deseando satisfacerse de todo punto
en este caso, fuese al inquisidor D. Francisco Soto, que después fué
obispo de Salamanca, diciéndole: «Señor, yo tengo algunas maneras
de proceder en el espíritu extraordinarias, como éxtasis, raptos y re-
velaciones, y no querría ser ilusa y engañada del demonio, ni admitir
cosa que no sea muy segura. Yo me pongo en las manos del Santo
Oficio para que me examine y vtea mi modo de proceder, sujetándome
en todo a lo que me mandaren». El Inquisidor la respondió: «Señora,
DE SflNTfl TERESA DE JESÚS CXIX
la Inquisición no se mete en examinar espíritus ni modos de proceder
de la oración en las personas que la siguen, sino en castigar herejes.
V. m. escriba todas estas cosas que le pasan en su interior, con toda
llaneza y íverdad, y lenviéselas al P. Maestro Avila, que es hombre de
mucho espíritu y letras y muy entendido en estos negocios de ora-
ción; y con la respuesta que él diere, asegúrese que no tiene que temer.
»Ella, por este mandato del Inquisidor y de otros confesores que
la habían mandado lo mismo, y por ruego de muchos amigos suyos,
escribió toda la relación de su Vida, que es ésta de que trata su
libro, y escribióla lo primero al P. Francisco Salcedo, confesor suyo,
y de allí al Maestro ñvila, autor del libro llamado Audi filia. El
Maestro ñvila respondió después de haberla leído una carta, que yo
tengo original en mi poder, en que aprueba y declara esta doctrina» (1).
Muchas cosas hay en la última Relación que son completamente nue-
vas, como la muerte de San Pedro de ñlcántara, del P. Ibáñez, el apro-
vechamiento espiritual del P. García de Toledo, casi todo Jo contenido
en los cuatro últimos capítulos, y aun en otros, como el XIX, en que
dice: «como estoy en casa que ahora se comienza», refiriéndose al
convento de San José de ñvila. Sin embargo, como lo principal del
libro pertenecía a la Relación anterior, compuesta sin distinción de
capítulos, pudo poner al final de la última, la fecha en que terminó
la otra, como lo advierte el P. Báñez. Esta es la Relación que ac-
tualmente se conserva en el Escorial.
Probablemente, la Santa comenzó a redactarla a fines del sesenta
y dos, asentada ya la fundación de San José y tranquilizado su es-
píritu después de la tumultuosa y violenta oposición que al nuevo mo-
nasterio se hizo. No se precipitó al escribirla, pues hasta fines del
año 1565 no le dio remate. En el capítulo XXXVIII habla de la muerte
del P. Pedro Ibáñez, ocurrida enj 2 de Febrero de este mismo año de
sesenta y cinco (2). Habla asimismo la Santa en el capítulo XXXIX, de
un Breve que se había recibido de Roma, expedido por Pío IV el 17
de Julio, para poder fundar monasterios sin renta. Todo induce a creer
que, a fines de este año, había dado la Santa fin a la Relación de-
finitiva de su vida.
ñunque Santa Teresa trató de enviarla en seguida al Maestro ñvila,
según la prudente indicación del inquisidor Francisco de Soto, no
1 Dilucidario del verdadero espíritu, p. 1.a, c. 3. El P. Gracián, que sabría todos estos por-
menores de boca de la misma Santa, copia íntegra la carta del Venerable Avila. Haciendo re-
ferencia a esta conversación con el inquisidor Soto, dice Sta. Teresa en la Relación al P. Rodrigo
Alvarez: «Como la vio fatigada, díjole que lo escribiese todo y toda su vida, sin dejar nada, al
Maestro Avila, que era hombre que entendía mucho de oración, y que con lo que escribiese se
sosegase>.
2 Santa Teresa de Jesús u la Orden de Predicadores, por el P. Felipe Martín, O. P.,
p. 662.
CXX INTRODUCCIÓN fl Lfl VIDA
parece pudo realizarlo tan pronto como era su deseo. Por una carta
de la Santa que acompañaba al manuscrito original de la Vida, y
que todavía hoy va unida a él, escrita, según todas las probabilida-
des, al P. García de Toledo (1), sabemos que, apenas hubo terminado
de escribirlo, le fué pedido por dicho Padre, a quien ruega enmiende
lo que le parezca y lo mande trasladar antes de enviarlo al Maestro
Hvila. Como en este tiempo regentaba una cátedra de Teología en
Santo Tomás de Avila el P. Báñez, y era además confesor de la Santa,
porque como ella misma dice en el capítulo XZÍXIX de la Vida, tenía
entonces dos confesores, «harto letrados y siervos de Dios», no es
improbable que ambos examinasen el manuscrito y lo aprobasen con
la autoridad que podían darle dos teólogos tan eminentes. Tan se-
guros estaban de la doctrina expuesta, que, singularmente el P. Báñez,
no era de parecer se diese a nadie para su examen. Tal vez esta
disposición del P. Báñez retardó el envío al Beato ñvila.
Urgía la Santa la necesidad de que el célebre apóstol de Anda-
lucía conociese la Relación de su vida, ya sea por el grande crédito
que gozaba de fino discernidor de espíritus, ya por cumplir el conse-
jo del inquisidor Soto. R\ mismo tiempo le escribía Santa Teresa,
recomendándole examinase su Vida y le diese su parecer con entera
verdad, favorable o adverso. No se conserva la carta de Santa Teresa,,
pero se colige que debía de estar escrita en este sentido por la res-
puesta del siervo de Dios, que se guardaba en nuestro Archivo de Pas-
trana, donde la copió el autor del Año Teresiano (2). Hablando en ella
del Libro de la Vida, dice a la Santa: «Deseo que vuestra merced
se sosiegue en lo que toca al examen de aquel negocio; porque ha-
biéndolo visto tales personas, V. m. ha hecho lo que parece ser obli-
gada. Y cierto, creo que yo no podré advertir cosa que aquellos Pa-
dres no hayan advertido». Lleva fecha de 2 de Abril, y aunque no
pone el ano, es del 1568, cuando la Santa Madre trataba con D.a Luisa
de la Cerda de la fundación de Malagón.
Ni la seguridad de la doctrina de los dos grandes letrados Domi-
nicos, ni las palabras aquietadoras del Venerable Maestro, lograron
tranquilizar completamente a la Santa, y se valió de su buena amiga
D.a Luisa de la Cerda, muy conocida y estimada del B. Avila, para
1 Así lo dice Yepes, !. I, c. 21, y consta por documentos antiguos que se conservan en
el Colegio de Santo Tomás de PP. Dominicos de Avila. (Cfr. Vida de Santa Teresa, con intro-
ducción a notas del R. P. Felipe Martín, O. P., Avila 1900, pág. 421.) De esta opinión es tam-
bién el P. Andrés de la Encarnación (Memorias Historiales, letra N, núm. 27). El P. Gracián
es de parecer que la escribió a Francisco Salcedo (Dilucidario, p. I, c. 3). En las Deposiciones
jurídicas hechas en Avila en 1610, la M. Isabel de Sto. Domingo da a entender que es para el
M. Daza.
2 T. IV, 2 de Abril, p. 33.
DE SANTA TERESa DE JESÚS CXXI
que hiciese llegar hasta él la relación de su Vida y pudiese juzgarla
por sí mismo. Escribe la Santa a D.a Luisa con fecha 18 de Mayo
de 1568, desde Malagón: «Yo no puedo entender por qué dejó V. S. de
enviar luego el recaudo al Maestro Avila. No lo haga, por amor del
Señor, sino que a la hora, con un mensajero, se le envíe, que me dicen
hay jornada de un día no más; que ese esperar a Salazar, que no
podrá salir, si es retor, a ver a V. S., cuanti más a ver el P. Avila» (1).
A 27 de Mayo del mismo año torna sobre el mismo argumento y dice
a D.a Luisa: «Ya escribí a V. S. en la carta que dejé en Malagón,
que pienso que el demonio estorba que ese mi negocio no vea el Maes-
tro Avila; no querría que se muriese primero, que sería harto desmán.
Suplico a V. S., pues está tan cerca, se le envíe con mensajero propio,
sellado, y le escriba V. S. encargándole mucho, que . él ha gana de
verle y le leerá en pudiendo. Fr. Domingo me ha escrito ahora aquí
(Toledo) que, en llegando a Avila, haga mensajero propio que se le
lleve. Dame pena, que no se qué hacer, que me hará harto daxlo, como
a V. S. dije, que ellos lo sepan. Por amor de nuestro vSeñor, que
dé V. S. priesa en ello; mire que es servicio suyo, y téngame V. S.
ánimo para andar por tierras extrañas. Acuérdese cómo anda Nuestra
Señora cuando fué a Egipto y Nuestro Padre San José» (2).
Tan repetidas y apremiantes súplicas, movieron por fin a D.a Luisa
a entregar la Vida al B. Avila; porque en carta que en 23 de junio
del 68 le dirige la Santa, da por supuesto que ya le tiene el Venerable,
y recomienda que se la envíe «con recaudo lo más presto que pu-
diere, y que no vengan sin carta de aquel santo hombre, para que en-
tendamos su parecer, como V. S. y yo tratamos:». Teme la Santa que,
como el P. Domingo Báñez anunciaba su llegada a Avila y era con-
trario a que nadie examinase el libro, se enterase de todo y tuviera
algún disgusto. «Tamañita estoy, dice en la misma carta, cuando ha
de venir el Presentado Fr. Domingo, que me dicen ha de venir por acá
este verano y hallarme ha en el hurto. Por amor de nuestro Señor,
que V. S., en viéndole aquel Santo, me le envíe, que tiempo le que-
dará a !V. S. para que le veamos cuando yo torne a Toledo» (3).
Devolvió el Maestro Avila el manuscrito después de haberlo exa-
minado, acompañado de una carta (12 de Setiembre de 1568), en
que aprueba su doctrina y hace algunos leves reparos, que no care-
cían de oportunidad en aquellos tiempos, harto recelosos en materia de
oración. Según la declaración hecha en 1595 en Zaragoza para la causa
1 Escritos de Santa Teresa, t. II, c. II.
2 Escritos de Santa Teresa, t. II, c. III.
3 Ibid., t. II, c. V.
CXXn INTRODUCCIÓN fl Lfl VIDA
de la beatificación y canonización de la Santa por la Madre Isabel
de Santo Domingo, el portador del libro de la Vida y de la carta
del Maestro Rvila, fué el canónigo Gaspar Daza, que venía muy con-
tento y satisfecho con aquella buena nueva (1), que la Santa recibió
en Valladolid. Acusando recibo del libro a D.^ Luisa de la Cerda, en
carta escrita en esta ciudad a 2 de Noviembre de 1568, manifiesta Ig
alegría que la noticia le había ocasionado: «Lo del libro tray V. S.
tan bien negociado, que no puede ser mijor; y así olvido cuantas ra-
bias me ha hecho. El Maestro ñvila me escribe largo y le contenta
todo; sólo dice que es menester declarar más algunas cosas y mudar
los vocablos de otras, que esto es fácil. Buena obra ha hecho su se-
ñoría; el Señor se la pagará, con las demás mercedes y buenas obras
que V. S. me tiene hechas. Harto me he holgado de ver tan buen
recaudo, porque importa mucho; bien parece quien aconsejó se enviase».
Muy natural era el consuelo de Santa Teresa cuando un hombre
tan espiritual y experimentado en cosas de oración, aprobaba la suya.
No por eso dejó la Santa de manifestar esta Relación a los confesores
más letrados que en adelante tuvo. La leyeron, entre otros, los Padres
Martín Gutiérrez (2) y Jerónimo Ripalda, ambos de la Compañía de
Jesús, que la aprobaron también, y el segundo la animó a que prosi-
guiese la historia de las fundaciones que había hecho después de San
José de ñvila, según la misma Santa testifica en el prólogo de este
libro. También leyó la Relación el célebre dominico Bartolomé de
Medina, en algún tiempo muy contrario a la Madre Teresa por las
cosas extraordinarias que de ella había oído; pero luego se tornó
en elogiador fervoroso de su espíritu, y hasta se procuró de ella
una copia, que regaló a D.a María Enríquez, Duquesa de ñlba (3).
D. ñlvaro de Mendoza mostró deseos de ver el libro de la Vida, y
como a persona de tanta autoridad y a quien tanto debía la Santa,
pues había puesto bajo su protección el primer monasterio descalzo,
1 Memorias Historiales, letra R, n. 133. Según esta Aladre, Daza lo llevó también al
Maestro Avila. Un poco difícil nos parece que para llevar el libro, que estaba en Toledo, se
llamase al Maestro Daza que vivía en Avila, siendo así que de Toledo a la residencia del Ve-
nerable en Montilla, no había más de una jornada.
2 En las Informaciones jurídicas de Madrid, declara el P. Bartolomé Pérez de Nueros,
Provincial de la Compañía: «Digo que habiendo escrito la Santa Madre el libro de su Vida, se
lo dio al P. Martín Gutiérrez, su confesor, para que lo viese, el cual, por estar enfermo, me pi-
dió se lo leyese, lo cual hice con mucho gusto. Y me acuerdo que cuando se lo iba leyendo, el
dicho P. Martín Gutiérrez se encendía en devoción y afectos de nuestro Seflor tan particulares,
que me hacía parar de leer y se quedaba por algunos ratos en una profunda y devota oración,
con muchas lágrimas y suspiros».
3 Deposición jurídica de Ana de Jesús. El P. Juan de Medina depuso en Burgos, año
de 1610, que treinta y cuatro años antes, poco mas o menos, en su colegio de San Esteban de
Salamanca, se trasladó la Vida de la Santa para la Duquesa de Alba. (Cfr. Memorias HistO" .
ríales, 1. O, n. 3).
DE SflNTñ TERESft t)E JESUS CXXIll
se lo entregó!, y él lo hizo trasladar para dar una copia a su hermana
D.a María de Mendoza. Acerca de esta entrega del libro de la Vida
a D. Alvaro, escribía la Santa desde Segovia, a fines de Septiembre
de 1574, a María Bautista, Priora de Valladolid: «El libro, desde creo
dos u tres días que se fué el Obispo a la corte, le tengo acá, mas
había de enviarlo allá, y después no he sabido dónde estaba de asien-
to, ilhí le llevan; désele a él mismo guando se vaya, ansí como está,
y antes, esa carta que va para Su Señoría» (1).
Por este tiempo, las copias de la Vida íbanse multiplicando con
grande disgusto de la Santa y de su buen amigo el P. Báñez, que
temían, no sin fundamento, como más adelante se vio, que no todos
habían de leer aquellas páginas con ánimo de aprovecharse y guardar
el discreto silencio que por entonces convenía; antes muchos habrían
de comentarlas festivamente y publicar lo que debía estar secreto. El
Maestro Báñez llegó a enfadarse por esto con la Santa, si bien reco-
noce que no era ella la culpable. Hablando de estas copias, dice en
las Informaciones de Salamanca: «Todo esto es tan contra mi volun-
tad, que me enojé con la dicha Teresa de Jesús, aunque entiendo
que no tenía ella la culpa».
Grandes ponderaciones de este libro hicieron a la desgreñada y
voluntariosa Princesa de Eboli Doña María de Mendoza, dama de
muy noble sangre y de singular hermosura; pero tornátil, imperiosa
y de carácter muy aniñado. Acostumbrada a no contradecir nun-
ca su voluntad, era preciso condescender a los caprichos más ex-
travagantes suyos, so pena de incurrir en su indignación femenina y
vengativa. Muchos disgustos dio a la Santa la de Eboli apenas vino
a fundar el convento de Pastrana. Tenía empeño la Princesa en que
entrase en aquella Comunidad de Carmelitas una religiosa de otra
Orden, y Santa Teresa se oponía a ello, porque nunca gustó de tales
traslados. «Estaría allí tres meses, dice la Santa, adonde se pasaron
hartos trabajos por pedirme algunas cosas la Princesa que no convenían
a nuestra Relisión» (2). i
Con gran imperio le pidió la Relación de su Vida, y aunque la
Santa se resistía a dársela, hubo al fin de condescender a la petición.
«Tuvo la Princesa, escribe el P. Francisco de Santa María, noticia,
no se sabe cómo (3), de que traía consigo el libro que había escrito
1 Escritos de Santa Teresa, t. II, carta 46. De la traslación hecha por orden del señoi
Obispo, da cuenta el P. Báñez en las informaciones de Salamanca,
2 Fundaciones, c. X\'^I.
3 Escribe a este propósito el P. Andrés de la Encarnación: «La V. M. Isabel de S. Do"
mingo, en una relación de su mano, después de referir lo que la Princesa de Eboli hablaba del
libro de la Santa, dice: «Vino a términos, que fué menester se mostrase el libro al Inquisidor
mauor, no me acuerdo bien si le envió la Madre por orden de Fraij Diego de Chaves, confesor
del Rey. Lo que vi cierto es que se remitió al P. Fr. Hernando del Castillo para que la exami-
CXXlV INTRODUCCIÓN R LA VlDfl
de su vida. Dióle tanto apetito, pasión propia de mujeres, que se
le pidió. Como la Santa con discretas y liumildes excusas lo nega-
se, puso por intercesor al Duque su marido. Resistió como al prin-
cipio. Pero fueron tantos los ruegos de entrambos príncipes, que se
hubo de rendir, habiendo primero recibido palabra que ellos solos lo
habían de leer, advirtiéndoles los gravísimos inconvenientes que de
lo contrario se podían seguir.
^Dentro de pocos días supo la Santa que andaba su libro entre
las criadas, o porque alguna lo tomó, o porque la Princesa se olvidó
de lo que tenía ofrecido. Fueron grandes las risadas de palacio y no
menos las mofas, siendo movedora la Princesa por no obedecida en
la monja no admitida. Decían ser embelecos las revelaciones, semejantes
a los de Magdalena de la Cruz, ilusa de Córdoba.
»Llegaron a tanto las burlas, que pasaron hasta Madrid, y en los
estrados de las señoras se celebraron los gracejos de la Princesa con-
tra el libro. Y este fué el origen de pedirla después el Inquisidor
General» (1).
Inauguróse el convento de Carmelitas Descalzas de Pastrana el
23 de Junio de 1569. Por este tiempo ocurriría lo que hemos referido
del libro de la Vida. ¿Cuándo se delató a la Inquisición? Probablemen-
te no sería en 1570, como opina el P. Andrés de la Encarnación, sino
en 157'í, cuando la Santa, cansada de tolerar los caprichos de la des-
baratada Princesa, que a la muerte de su esposo se había hecho Des-
calza y quería vivir en el convento lo mismo que en el palacio, deter-
minó levantar la fundación de Pastrana y llevar a sus monjas a Se-
govia. La Princesa, enojadísima de la firme resolución de Santa Te-
resa, quiso vengarse delatando la Vida al Santo Tribunal, por con-
tener visiones, revelaciones y doctrinas peligrosas... Supo la Santa esta
delación estando en Beas (1575), y recibió la noticia con mucha paz
de alma, ñna de Jesús, que la acompañaba en este viaje, dice en las
Informaciones de Madrid: «Acuerdóme que veintidós años ha que es-
tando la Madre en Beas, llegó un mensajero de Valladolid con cartas
del obispo de Palencia, D. Alvaro de Mendoza y de nuestras monjas,
en que la escribían había buscado la Inquisición el libro en que había
escrito su vida por mandado de sus confesores, y que andaban con
nase; y todo fué Dios servido fuese para más acreditar la virtud; mas a la Madre éranle buenas
puntas de su paciencia. La Historia dice no se supo quién dio noticia a la Princesa del libro;
mas la V. Madre dice allí, antes de lo expresado, que una monja agustina (se llamaba Catalina
Machucha, del convento de la Humildad de Segovia), que vino con la Princesa, pretendiendo
pasase a la Reforma de la Santa, que no la admitió, por consejo del P. Báñez. Con la comu-
nicación que con ella teman las Descalzas, la vinieron a decir que tenía la Madre un libro de
las revelaciones que Nuestro Señor la hacía, u que ella, la monja agustina, se lo dijo a la
Princesa». (Memorias Historíales, letra N, núm. 22).
1 Reforma de los Descalzos, X. I. I. II, c. 28, p. 302.
DE SANTA TERESA DE JESÚS CXXV
cuidado buscando todos los papeles y escritos que había de esto. La
Madre me dio cuenta dello, diciéndome lo había escrito tan sin temor,
que agora se le daba si había escrito algunas ignorancias en que el
Santo Oficio pudiese reparar; que por sí no le daba cuidado, porque
bien sabía Dios la verdad y sinceridad con que había dicho lo que
en aquel libro estaba; mas que por estas cosas le pesaría». El P. Gra-
cián, enmendando unas palabras de la Vida de la Santa por Ribera,
dice terminantemente que lo denunció a la Inquisición «una Señora
Princesa por hacer daño' a la Madiiei a causa de cierto enojo» (1).
Muy pronto llegó a noticia del P. Báñez la denuncia del libro
de la Vida a la Inquisición. Comprendiendo la severidad con que el
Santo tribunal juzgaba entonces las visiones, revelaciones y las doc-
trinas místicas, tal vez por salvar con el prestigio de su nombre a la
Santa Reformadora, llevó él mismo a los inquisidores el manuscrito
denunciado, como ya dejamos escrito, haciendo antes en él algunas
levísimas enmiendas (2).
Otro de los censores de la Vida fué el P. Hernando del Castillo,
Predicador de la majestad de Felipe II y también de la Orden del
glorioso Santo Domingo. Su calificación fué favorable al libro. Depone
la M. Isabel de Santo Domingo en las Informaciones hechas en ñvila
en 1610 para la canonización de la Santa: «que asimismo sabe que el
dicho P. M. Fr. Hernando del Castillo... vio y examinó los libros
de la Vida de la dicha Santa Madre, y el Camino de Perfección por
ella escrito, por comisión del ilustrísimo y reverendísimo Sr. Cardenal
D. Gaspar de Quiroga, Arzobispo que fué de Toledo, Inquisidor Gene-
ral de la Santa y general Inquisición, y que los aprobó el sobredicho
Padre. Lo cual sabe por habérselo oído decir a la dicha Beata Miadre
y a los PP. Santander, de la Compañía de Jesú^, y a Fr. Jerónimo de
la Madre de Dios, Visitador Apostólico y religioso de esta Orden,
y como consta manifiestamente por la aprobación de la Santa y general
Inquisición, que está puesta en el principio de los dichos libros, y
que asimismo vio aquesta declarante que el dicho P. Fray Hernando
del Castillo, en habiendo leído y aprobado los dos libros, quedó muy
afecto a la dicha Santa Madre y a toda su Reformación». No fueron
únicos estos dos Padres de Santo Domingo en el examen de la Vida
de Santa Teresa, pero de la censura de ellos nos ha quedado más
particular noticia.
R propósito de este libro, refiere el P. Gracián un episodio muy
interesante, que años adelante (1580), le ocurrió en Toledo visitando
1 1. rv, c. 9.
2 La docta ¡j muy discreta censura que en esta ocasión escribió el P. Báñez, ocupa tres
hojas en folio del origine! de Santa Teresa y está firmada en Valladolid, a 7 de Julio de 1575.
CXXVI INTRODUCCIÓN fl Lñ VIDA
con la M. Teresa al Inquisidor general para hacer una fundación en
aquel arzobispado. «Al cabo desíos años, acaeció que estando en To-
ledo la Madre, en presencia mía, porque yo entonces era Provincial,
pidió licencia al cardenal Quiroga, arzobispo de Toledo, Presidente de
la General Inquisición, para fundar un monasterio de monjas en su
arzobispado, bien sin acordarnos del libro. El Cardenal le dijo estas
palabras: «Mucho me huelgo de conocerla, que lo deseaba, y tendrá
en mí un capellán que la favoreceré en todo lo que se ofreciere; por-
que la hago saber, que ha algunos años que presentaron a la Inquisi-
ción un su libro, y se ha examinado aquella doctrina con mucho rigor.
Yo le he leído todo; es doctrina muy segura, verdadera y provechosa.
Bien puede enviar por él cuando quisiere, y doy la licencia que pide
y ruégola me encomiende siempre a Dios» (1).
Aprovechándose de la buena disposición del Cardenal, quiso la
Santa reclamar a la Inquisición el libro de la Vida; pero Gracián fué
de distinto parecer, y Santa Teresa, como de costumbre, cedió a la
voluntad de su P. Provincial. «Destas palabras dichas, continúa es-
cribiendo el P. Gracián, de un hombre que, además de su oficio y dig-
nidad, era de los más graves, rigurosos y enteros que ha habido en
España, nos alegramos mucho; y luego la Madre quisiera que dié-
ramos memorial a la Inquisición para que nos diera el libro. Yo le
dije que, pues sabíamos de boca del Inquisidor General ser aprobado,
era más fácil ir yo, como fui, luego al Duque de Alba, D. Fernando
de Toledo, que tenía una copia de aquel libro, y le leía con licencia
de la Inquisición» a pedírsele. El Duque me lo dio, y hice hacer algu-
nos traslados para que anduvieran en nuestros monasterios de frailes
y monjas» (2).
Esta parece ser la historia verídica de la Autobiografía de Santa
Teresa en el Tribunal de la Inquisición.
1 Dilucidario del verdadero espíritu, c. IV. Antes de esia fecha tenía ya la Sania exced-
ientes informes de la buena disposición del Inquisidor General con su libro, adquiridos por medio
de doña Luisa de la Cerda, grande amiga de Quiroga. A fines de Febrero de 1577, escribía la Santa
a su hermano D. Lorenzo, desde Toledo, una carta en que le decía muy contenta: «De mis papeles
hau buenas nuevas. El Inquisidor mayor mismo los lee, que es cosa nueva. Débenselos de haber
loado, u dijo a D.a Luisa, que no había allí cosa que ellos tuviesen que hacer en ella, que antes
había bien que mal; ij díjola que ¿por qué no había yo hecho monasterio en Madrid? Está muy
en favor de los Descalzos; es el que ahora han hecho obispo de Toledo».
2 Ibid., c. IV. En las notas marginales que el P. Gracián puso a la Vida de S. Teresa, de
Ribera, 1. IV, c. 6, habla de esto en los siguientes términos: «Este primer libro vino a oídos de
una señora principal, la cual, disgustada con la Madre porque no quiso recibir una monja que
ella quería, dio parte a la Inquisición, y la Inquisición le recogió y le dio a examinar a Fray
Hernando del Castillo y a otros muchos, donde estuvo más de diez años, y solamente había
quedado una copia a la Duquesa de Alba, a quien dieron licencia que le leyese para sí sola»
hasta que se examinase. Después de algunos años, hablando ella y yo al Cardenal Quiroga
sobre una licencia de una fundación, la dijo estas palabras; iWucho me he holgado de conoceros,
y sabed que a la Inquisición han dado un libro vuestro por haceros mal; mas hase visto, y no
, DE SSNTfl TERESA DE JESÚS CXXVII
R pesar de su habitual y prudente severidad, el Tribunal de la
fe no pudo conducirse con este escrito de la Santa con mayor circuns-
pección, prudencia y acierto. No solamente no lo condenó, sino que
alabó su doctrina y facilitó su impresión. Cedió, apenas le fué pedido,
el venerable original .que se custodiaba en sus archivos, como queda
dicho anteriormente y permitió, antes de imprimirlo, que se sacasen
copias manuscritas y corriesen por las comunidades de sus hijos, según
hemos visto por el P. Jerónimo Gracián.
En el Monasterio del Real Sitio de S. Lorenzo, como es dicho, conti-
núa hasta nuestros días el autógrafo de la Vida. Hablando de él, dice
así el Bibliotecario actual de la Escurialense: «El autógrafo mide 295 por
205 milímetros; su escritura es muy clara y bien legible; no tiene
puntos ni comas, ni división de párrafos (1); en la segunda hoja tiene,
pero no de letra de Santa Teresa, este título: La Vida de la Madre
Teresa de Jesús escrita de su misma mano, con una aprobación del
P. Maestro Fr. Domingo Báñez su confesor y cathedrático de prima
en Salamanca; tiene algunas tachaduras, muy pocas, unas catorce; la
aprobación autógrafa del P. Báñez, fechada en Valladolid' a 7 de Julio
de 1575, va al fin y llena tres hojas; tiene al principio seis hojas en
blanco; el texto son 201 hojas foliadas con números romanos, que
aunque puestos después, bien pudieran ser de mano de la Santa; des-
pués de las tres hojas con la aprobación del P. Báñez, tiene 13 hojas
en blanco; la filigrana' o marca del papel, es un corazón con una cruz
en el centro y a los lados unas letras que parecen una F y una M,
que D. Vicente de la Fuente lee alpha y omega; ahora está encua-
dernado en terciopelo carmesí floreado; pero antes, como los otros
autógrafos, lo estuvo en tisú amarillo floreado; tiene algunas notas
marginales y otras entre renglones del P. Báñez» (2).
Hemos de advertir respecto de las enmiendas de la Vida, lo que
ya notó el diligente crítico P. Andrés de la Encarnación por estas
palabras: «En este libro se hallan tres géneros de enmiendas: el pri-
mero es de la pluma santa que, escribiendo apriesa, algunas veces
tropezaba, y era necesario enmendar, o no le agradaba la palabra o
la razón, y la enmendaba de su mano, o entre renglones, o a la
hay en él cosa que no sea muy buena. Con estas palabras tomé yo el atrevimiento de sacar la
copia que tenía el Duque de Alba y hacer algunas otras para los monasterios, y no me atreví
a pedírsele a la Inquisición por no buscar más pleitos. Ni tampoco fui de opinión que se im-
primiera; mas después le hizo imprimir Fray Luis de León, a instancias de la Emperatriz, y la
Inquisición dio el original de mano de la Madre». Trae esta nota el P. Antonio de S. Joaquín,
ñño Teresiano, día 23 de Junio.
1 Suele la Santa dividir algunos períodos con una o dos rayas verticales. Además, en
los tres últimos capítulos hace alguna división de párrafos.
2 Los autógrafos de Santa Teresa de Jesús que se conservan en el Real Monasterio
del Escorial, por el P. Bibliotecario Guillermo Antolín, Agustino. Madrid, 1914, p. 19.
CXXVIII INTRODUCCIÓN R Lfl VIDA
margen. El segundo es de mano del P. M.Q Fr. Domingo Báñez, a quien
la Santa, y después el Tribunal, remitió este libro para que le viese,
como consta de su aprobación y censura, que hoy se conserva en el
original. El tercero es de otra mano diferente de entrambas. Yo pre-
sumo, sin afirmarme, que es del P. M. Juan de Avila, a quien la
Santa remitió el libro para que le viese. Todas estas enmiendas no
pasan de catorce, que es número bien corto para libro tan grande,
en que trabajaban estos tres linces, cada uno cuidadosísimo de su pu-
reza. Y ella, a la verdad, es tal, que no hay, a nuestro juicio, enmienda
alguna que toque a la sustancia de la doctrina, ni la altere, ni haga
nuevo sentido. Todas son enmiendas que cuando no se hubieran hecho,
no hacían falta alguna» (1).
En los lugares respectivos de la Vida daremos cuenta de estas
enmiendas, que no atañen a lo substancial de la doctrina, como observa
el P. ñndrés.
La escritura de la Santa es limpia y vigorosa. Rara vez se co-
rrige, lo cual prueba la gran facilidad que tenía de escribir ya desde
sus primeros ensayos. El estilo no es tan perfecto como el de las
Aloradas, pero resulta igualmente ingenuo y sencillo. No hemos viui-o
letra del Maestro Avila y no podemos juzgar los grados de probabilidad
del P. ñndrés en cuanto a las enmiendas que le atribuye. Sin embargo,
no nos parece muy fundada; porque de las cartas a la Santa, dándole
noticia del examen del libro, parece evidente que las enmiendas, de
haberlas hecho, habrían sido más numerosas. Tengo para mí que el
Maestro Avila no puso nota alguna en el original de la Vida, sino que
se limitó a indicar por carta lo que, a su juicio, debía retocarse.
Han debido de perderse casi todas las copias antiguas de la Vida
sacadas por mandamiento del P. Gracián. A mediados del siglo XVIII
tenían una, probablemente de fines del siglo XVI, las Carmelitas Des-
calzas de Toledo (2). Consérvase en la Biblioteca Nacional una de las
esmeradas copias que mandó sacar Fernando VI por el original de
San Lorenzo, año de 1751. Forma un volumen en cuarto, encuadernado
en piel, con canto dorado y las armas reales de España y Portugal.
A pesar de las seguridades de los notarios sobre la fidelidad de la
copia, tiene bastantes erratas. De ella se sirvió D. Vicente de la
Fuente para la edición de Rivadeneyra (3).
La copia más antigua del original de la Vida que se venera en
El Escorial, fué hecha por Teresa de Jesús, hija de Lorenzo de Cepeda,
que por tener linda letra, hizo su santa tía que sacase un traslado se-
1 Memorias Historiales, 1. R, n. 226.
2 Memorias Historiales, 1. R, n. 226.
3 Escritos de S. Teresa, t. I, Introducción al libro de la Vida, p. 7.
DE SANTA TERESA DE JESÚS CXXIX
gún el manuscrito que tenía la Inquisición y que para este efecto, y
en secreto, lo dio un inquisidor a la Santa, con obligación de devol-
verlo al Santo Tribunal. Así lo depone en el Expediente de canoni-
zación hecho en Avila en 1610: «Al artículo 55 digo, que sabe cierto
que en vida de la Santa Madre el libro de su Vida, que en este artículo
dice que escribió el señor arzobispo de Toledo, D. Gaspar de Quiro-
ga, guardado en secreto y con mucha estimación del, al cual estando
la Santa Madre en este convento, antes que saliese a fundar el de
Burgos, le envié a pedir con grande encarecimiento la hiciese la mer-
ced de prestárselo, para sólo sacar un traslado para no sé qué ne-
cesidad que se le había ofrecido para verle o mostrarle a sus confe-
sores. Y el dicho señor Arzobispo se le envió el dicho libro, con-
fiado de la palabra de la Santa Madre, la cual mandó que para trasla-
darle, ninguna religiosa le leyese ni viese, sino sólo esta declarante
en secreto, por ser forzoso en leerle a quien le trasladaba, diciendo
que como esta declarante era niña, no repararía en ello» (1).
Hecha la copia, la Santa Madre lo devolvería a la Inquisición,
y en ella estuvo hasta que, por diligencias de la Venerable Ana de
Jesús, se sacó para la impresión de las obras de la Santa de 1588.
Este manuscrito, después de la muerte de Fr. Luis de León, pasó a
manos del Maestro Fr. Agustín Antolínez, quien lo entregó al Doctor
Sobrino para que fuera colocado en la Biblioteca del Escorial, según
hemos dejado escrito, página lxxiii, en cumplimiento de órdenes dadas
por Felipe II.
La más Importante de las antiguas copias de la Vida de la Santa
que han llegado hasta nosotros, es la que conservan las Carmelitas
Descalzas de Salamanca, en ciento noventa y una hojas en folio, con
cubierta de pergamino, del año de 1585. Es de letra de mujer, sin
duda de alguna de las primitivas Descalzas, muy clara y legible.
La portada escrita a dos tintas (negra y encarnada), por el venerable
P. Jerónimo Gracián, dice: «^Fuente de — agua viva — Libro de — la vida
y spa. y manera de— oración de la felicíssima Madre Theresa de Jesús
— fundadora de los monasterios de las monjas Carmelitas Descalzas. —
Escribióle para dar cuenta a su confesor de las cosas extraordinarias
de su alma para que examinasen si eran de Dios. Contiene la vocación
con que Dios la llamó. Declara muchos punctos de toda suerte de ora-
ción y algunas particulares mercedes que rescibió de ntro. Señor*.
1 El erudito teresiano Sánchez Moguel dice haber visto en Lisboa una copia de la Vida de
la Santa, que el ilustrísimo señor D. Manuel María Pólit opina que es la sacada por Teresita.
(Cfr. La familia de Santa Teresa de ñmérica, c. VI, p. 175). Como por este tiempo se hicieron de
la Vida muchos traslados por orden del P. Gracián, sin compulsar la copia de Lisboa con la
letra de la sobrina de la Santa, que se conserva en algunos conventos de Descalzas, es aven-
turado predecir nada.
CXXX INTRODUCCIÓN R. LR VIDA
R continuación se lee: «H 26 de Julio se acabó de trasladar este libro,
año de 1585». La copia tiene bastantes yerros; con todo, habría sido
de grande interés de no conservarse el autógrafo. No se hallan en
ella las notables omisiones que hemos señalado en la edición de 1588.
Tenían, además, las Descalzas de Salamanca un ejemplar de las
obras de Santa Teresa de la edición de Fr. Luis de León, que había
pertenecido al P. Gracián. ñl margen del Libro de la Vida, puso el ve-
nerable Padre algunas notas, por lo regular, referentes a personas de
que la Santa habla sin nombrarlas. Son muy útiles, porque algunos nom-
bres pudo saberlos solamente de labios de la misma Santa. Este
ejemplar, que en el convento de Salamanca habían usado las reli-
giosas Beatriz de la Concepción y Juana del Espíritu Santo, se envió
a San Hermenegildo de Madrid en 175^, donde le vio y copió las
notas de Gracián el P. Andrés de la Encarnación. Ignoro el paradero
del libro. Correría la misma desgraciada suerte que tantos otros de
nuestro Archivo general en 1835. La pérdida es menos sensible por lá
transcripción de las notas hecha por el P. Andrés, que publicaremos en
los Apéndices. Las de María de San José, que se conservan en el
Ms. 12.936 de la Biblioteca Nacional, son copia fiel de las de su
hermano.
Por las dificultades y vicisitudes que en breve sumario quedan
historiadas, se ve que los escritos de Santa Teresa, excepción hecha
de los libros que comprende la edición príncipe, nunca se han publicado
por los autógrafos, sino por copias más o menos exactas, pero siempre
bastante defectuosas. La presente edición será corregida por los mismos
originales fotografiados. Sólo en casos muy limitados haremos mención
en notas de las correcciones del texto hechas en ella; son tantas,
que de anotarlas todas, haríamos muy pesada la lectura de estas obras,
y no es justo pague la Santa los descuidos de sus editores.
Fr, Silverio de Sta. Teresa, C. D.
I
DE LA SñNTA MADRE
1 Er R. jLé O JTk. jLJ SZ>f í JCf O LJ
ESCRITA POR ELLA MISMA
LA VIDA
DE LA SANTA MADRE
TERESA DE JESÚS
Y ALGUNAS DE LAS MERCEDES QUE DIOS LE HIZO, ESCRITAS POR ELLA
MISMA POR MANDADO DE SU CONFESOR, A QUIEN LO ENVIft Y DIRIGE,
Y DICE ANSÍ (1):
Jhs.
Quisiera yo que como me han mandado y dado larga licen-
cia para que escriba el modo de oración y las mercedes que
el Señor me ha hecho, me la dieran para que muy por menudo
y con claridad dijera mis grandes pecados y ruin vida. Diérame
gran consuelo; mas no han querido, antes atádome mucho en
este caso; y por esto pido, por amor del Señor, tenga delante
de los ojos quien este discurso de mi vida leyere, que ha sido
tan ruin que no he hallado santo, de los que se tornaron a Dios,
con quien me consolar. Porque considero que después que el
Señor los llamaba, no le tornaban a ofender. Yo no sólo tor-
naba a ser peor, sino que parece traía estudio a resistir las mer-
1 Este título viene en la edición príncipe.
4 INTRODUCCIÓN
cedes que Su Majestad me hacía, como quien se vía obligar a
servir más, y entendía de sí no podía pagar lo menos de lo
que debía.
Sea bendito por siempre que tanto me esperó. A quien
con todo mi corazón suplico me dé gracia para que con
toda claridad y verdad yo haga esta relación que mis confeso-
res (1) me mandan, y aun el Señor sé yo lo quiere muchos días
ha, sino que yo no me he atrevido; y que sea para gloria y ala-
banza suya, y para que de qui adelante, conociéndome ellos
mijor, ayuden a mi flaqueza para que pueda servir algo de lo
que debo a el Señor, a quien siempre alaben todas las cosas.
Amén.
1 La Santa repite: que mis confesores.
Jesús
CAPITULO PRIMERO
EN QUE TRATA COMO COMENZÓ EL SEÑOR A DESPERTAR A ESTA ALMA
EN SU NIÑEZ A COSAS VIRTUOSAS, Y LA AYUDA QUE PARA E5T0
ES SERLO LOS PADRES.
El tener padres virtuosos y temerosos de Dios me bastara,
si yo no fuera tan ruin, con lo que el Señor me favorecía para
s€r buena. Era mi padre aficionado a leer buenos libros, y ansí
los tenía de romance para qu€ leyesen sus hijos (1). Estos, con
el cuidado que mi madre tenía de hacernos rezar, y ponernos en
ser devotos de Nuestra Señora y de algunos Santos, comenzó
a despertarme de edad, a mi parecer, de seis u siete años. Ayu-
dábame no ver en mis padres favor sino para la virtud. Tenían
muchas. Era mi padre hombre de mucha caridad con los pobres,
y piadad con los enfermos y aún con los criados; tanta que
jamás se pudo acabar con él tuviese esclavos, porque los había
gran piadad (2) ; y estando una vez en casa una de un su her-
mano, la regalaba como a sus hijos. Decía, que de que no era
1 Dos veces estuvo casado D. Alonso Sánchez de Cepeda, padre de Santa Teresa. La primera
con D.a Catalina del Peso ij Henao. De este matrimonio tuvo tres hijos: Juan Vázquez de Cepeda,
D.a María de Cepeda y otro, que algunos llaman Pedro, del cual nada se sabe con certeza. Contrajo
D. Alonso segundas nupcias, año de 1509, con D.a Beatriz Dávila y Ahumada, dándoles Dios
nueve hijos: Fernando, Rodrigo, Teresa, Lorenzo, Antonio, Pedro, Jerónimo, Agustín y Juana.
Los padres de la Santa eran de noble sangre y de posición desahogada, aunque no muy ricos. Sus
hijos varones, como gran número de los de familias hidalgas de aquel tiempo, pasaron a Amé-
rica, donde algunos murieron gloriosamente luchando por la Patria y la Religión. (Véase la im-
portante obra La familia de Santa Teresa en JImérica, por el Dr. Manuel María Pólit, Obispo
de Cuenca en el Ecuador. Friburgo de Brisgovia, 1905).
2 Solían tener en tiempo de la Santa las familias acomodadas algunos moros descendientes
de los que continuaron en Espafla después de la Reconquista u también de las Alpujarrai. u otros
•seoudites de Andalucía, hasta que definitivamente fueron vencidos y expulsados.
b VIDñ DE SANTñ TERESA DE JESÚS
libre, no lo podía sufrir de piadad. Era de gran verdad; jamás
nadie le vio jurar (1) ni mormurar. Muy honesto en gran manera.
Mi madre también tenía muchas virtudes, y pasó la vida
con grandes enfermedades; grandísima honestidad. Con ser de
harta hermosura, jamás se entendió que diese ocasión a que ella
hacía caso de ella; porque con morir de treinta y tres años, ya
su traje era como de persona de mucha edad, muy apacible y
de harto entendimiento. Fueron grandes los trabajos que pasa-
ron el tiempo que vivió. Murió muy cristianamente (2).
Eramos tres hermanas y nueve hermanos; todos parecieron a
sus padres, por la bondad de Dios, en ser virtuosos, si no fui yo,
aunque era la más querida de mi padre. Y antes que comenzase
a ofender a Dios parece tenía alguna razón, porque yo he
lástima cuando me acuerdo las buenas inclinaciones que el Se-
ñor me había dado y cuan mal me supe aprovechar de ellas. Pues
mis hermanos ninguna cosa me desayudaban a servir a Dios.
Tenía uno casi de mi edad. Juntábamonos entramos (3) a
leer vidas de Santos, que era el que yo más quería, aunque a to-
dos tenía gran amor y ellos a mí. Como vía los martirios que por
Dios las Santas pasaban, parecíame compraban muy barato el
ir a gozar de Dios, y deseaba yo mucho morir ansí; no por
amor que yo entendiese tenerle, sino por gozar tan en breve
de los grandes bienes que leía haber en el cielo, y juntábame
con este mi hermano a tratar qué medio habría para esto. Con-
certábamos irnos a tierra de moros, pidiendo por amor de Dios,
para que allá nos descabezasen; y paréceme que nos daba el Se-
ñor ánimo en tan tierna edad, si viéramos algún medio, sino
1 Escribió la Santa jura en vez de jurar. Son muchos los errores, puramente materiales
o mecánicos, que de este género se hallan en los originales. Notarlos todos, me parece pueril,
enfadoso y molesto para los lectores; nos limitaremos, por consiguiente, a los más principales.
2 Había nacido D. a Beatriz de Ahumada en 1495. Casó con D. Alonso a los 14 años ü a
los veinte tuvo a la Santa. Murió cristianamente, ano de 1528, en Goterrendura, aldea situada a
tres leguas y media al norte de Avila. Su cuerpo fué trasladado a esta ciudad y sepultado en la
parroquia de San Juan, según Sebastián Gutiérrez, sacristán de Goterrendura, y otros que asistieron
al traslado e hicieron declaración de él en 1544. Sobre la traslación del cuerpo de D.a Beatriz
a la parroquia de San Juan de Avila, pueden verse curiosos pormenores en los Mutos del pleito
de la curaduría de los bienes de D. Mlonso Sánchez de Cepeda por Dedro Rengifo. Tráelos el
P. Manuel de Santa María en su Espicilegio Historial, (Ms. 8713, de la Biblioteca Nacional).
De aquí los tomó Serrano y Sanz para su obra Upuntes pata una biblioteca de escritoras eS"
panelas, t. II, p. 496 y siguientes.
3 Por entrambos.
CAPITULO PRIMERO 7
quG el tener padres nos parecía el mayor embarazo (1). Es-
pantábanos mucho el decir que pena y gloria era para siempre,
en lo que leíamos. Acaecíanos estar muchos ratos tratando de
esto y gustábamos de decir muchas veces: ¡para siempre, siem-
pre, siempre! En pronunciar esto mucho rato era el Señor ser-
vido me quedase en esta niñez imprimido el camino de la verdad.
De que vi que era imposible ir adonde me matasen por
Dios, ordenábamos ser ermitaños, y en una huerta que había en
casa procurábamos, como podíamos, hacer ermitas, puniendo unas
pedrecillas, que luego se nos caían, y ansí no hallábamos re-
medio en nada para nuestro deseo; que ahora me pone devoción
ver cómo me daba Dios tan presto lo que yo perdí por mi culpa.
Hacía limosna como podía, y podía poco. Procuraba sole-
dad para rezar mis devociones, que eran hartas, en especial el
Rosario, de que mi madre era muy devota, y ansí nos hacía
serlo. Gustaba mucho, cuando jugaba con otras niñas, hacer mo-
nesterios, como que éramos monjas; y yo me parece deseaba
serlo, aunque no tanto como las cosas que he dicho.
Acuerdóme que cuando murió mi madre quedé yo de edad
de doce años, poco menos (2). Como yo comencé a entender lo
que había perdido, afligida fuíme a una imagen de Nuestra Se-
ñora y supliquéla fuese mi madre, con muchas lágrimas. Pa-
réceme, que aunque se hizo con simpleza, que me ha valido;
porque conocidamente he hallado a esta Virgen Soberana en
cuanto me h€ encomendado a Ella, y en fin, me ha tornado a
1 Tiénese por cierto que la Santa habla aquí de su hermano Rodrigo, confidenie suyo en
rezos, lecturas jj entretenimientos infantiles. Ambos concertaron, cuando Teresa tenía siete años,
ir a tierra de moros, y para lograrlo salieron de la ciudad por el puente sobre el Adaja; hasta que,
no lejos de allí, en el punto donde se levanta hoy un humilladero llamado de los Cuatro postes,
en las afueras de la ciudad, fueron detenidos por su tío paterno D. Francisco de Cepeda. Ha-
blando el P. Yepes (Vida de Santa Teresa, t. I, c. 2), de este heroico lance, dice que al volver
a casa los muchachos «riñóles la madre de la ausencia que habían hecho, y el hermano se excu-
saba diciendo, que la niña le había incitado y hecho tomar aquel camino*. Rodrigo salió para
América en Setiembre de 1555 y murió al año siguiente o el de 1537, luchando contra los indios
payuguas, en tierras que baña el río de la Plata, hacia el desierto de Chaco. Había nacido en
1511, y profesaba tanto cariño a su hermana Teresa, que al partir para las Indias, renunció en
ella su legítima.
2 Aunque la Santa dice que tendría como doce años al morir su madre, no la podemos se-
guir en esto; pues sabido es que en achaques de cronología no suele estar muy fuerte. D.a Bea-
triz hizo su testamento el 24 de Noviembre de 1528 y poco después murió. Habiendo nacido la
Santa en 1515, había entrado ya en los catorce años.
8 VIDA DE SílNTA TERESA DE JESÚS
SÍ (1). Fatígame ahora ver y pensar en qué estuvo el no haber
yo estado entera en los buenos deseos que comencé.
¡Oh Señor mío!, pues parece tenéis determinado que me
salve, plega a Vuestra Majestad sea ansí, y de hacerme tantas
mercedes como me habéis hecho, ¿no tuviérades por bien, no
por mi ganancia, sino por vuestro acatamiento, que no se ensu-
ciara tanto posada adonde tan contino habíades de morar? Fa-
tígame, Señor, aun decir esto, porque sé que fué mía toda la
culpa; porque no me parece os quedó a Vos nada por hacer,
para que desde esta edad no fuera toda vuestra. Cuando voy
a quejarme de mis padres, tampoco puedo; porque no vía en
ellos sino todo bien y cuidado de mi bien. Pues pasando de esta
edad que comencé a entender (2) las gracias de naturaleza que
el Señor me había dado, que sigún decían eran muchas, cuan-
do por ellas le había de dar gracias, de todas me comencé a
ayudar para ofenderle, como ahora diré.
1 Dice la tradición que la imagen a quien la Santa suplicó fuese su madre, es Nuestra Sc"
ñora de la Caridad, que entonces se veneraba en la ermita de San Lázaro, junto al Adaja, x) en
la Catedral desde el derrumbamiento 'de la ermita en el primer tercio del siglo XIX. R la misma
Virgen es fama que se encomendaron Teresa y Rodrigo antes de emprender el camino del
martirio. Para conmemorar estos hechos de la vida de la Santa, celébrase todos los años una
procesión de la Catedral al Convento de los Carmelitas Descalzos el 15 de Octubre. De víspera
se lleva la imagen de Santa Teresa, que se venera en la iglesia de los Padres, a la Catedral,
y al día siguiente, después de la misa mayor, son conducidas procesionalmente Nuestra Señora
de la Caridad y la Santa al templo de los Descalzos. Por la tarde se celebra la función de despe-
dida de ambas imágenes, tornando la Santísima Virgen a su iglesia y la Santa a su propia casa.
2 El original: ertder.
CAPITULO II
TRATñ COMO FUE PERDIENDO ESTñS VIRTUDES, Y LO QUE IMPORTA
EN LA NIÑEZ TRATAR CON PERSONAS VIRTUOSAS.
Paréceme que comenzó a hacerme mucho daño lo que ahora
diré (1). Considero algunas veces cuan mal lo hacen los padres
que no procuran que vean sus hijos siempre cosas de virtud de
todas maneras; porque con serlo tanto mi madre, como he dicho,
1 Pí\ final del capítulo anterior laméntase la Santa del mal uso que hacía de las muchas
gracias de naturaleza con que Dios la había enriquecido. El mismo lamento se oije en éste y en casi
todos los que escribió. Como de estas gracias de naturaleza apenas habrá ocasión de tratar en
adelante, veamos lo que dicen de ellas algunos escritores. Vino al mundo la Santa, como consta
de un papel en que D. Alonso apuntaba el día u hora del nacimiento de sus hijos, el 28 de
Marzo, a las cinco de la mañana, media hora más, media hora menos, del año 1515. Era en
aquel tiempo costumbre que los hijos llevasen el apellido, bien del padre, bien de la madre. La
Santa llevó el de la madre, y así, en documentos antiguos, se la llama D.a Teresa de Ahumada.
Comenzó a llamarse Teresa de Jesús desde que abrazó la Reforma.
No tenemos ninguna descripción de la fisonomía de la Santa cuando joven; pero por lo que
dicen las hechas de su edad madura, se colige que debía de ser hermosísima y agraciada en
extremo. Clásico es el retrato que nos dejó en el Libro de Recreaciones María de San José, que
conoció y trató mucho a la Santa y fué una de sus hijas más queridas. Esta descripción la hizo
suya, copiándola casi al pie de la letra, el P. Francisco de Ribera. Dice así María de San José;
«Era esta Santa de mediana estatura, antes grande que pequeña. Tuvo en su mocedad fama de
muy hermosa y hasta su última edad mostraba serlo. Era su rostro no nada común, sino extra-'
ordinario, y de suerte que no se puede decir redondo ni aguileno; los tercios del iguales; la
frente ancha y igual y muy hermosa; las cejas de color rubio oscuro, con poca semejanza de
negro, anchas y algo arqueadas; los ojos negros, vivos y redondos, no muy grandes, mas muy
bien puestos. La nariz redonda y en derecho de los lagrimales para arriba, disminuida hasta
igualar con las cejas, formando un apacible entrecejo... Era gruesa más que flaca y en todo bien
proporcionada; tenía muy lindas manos, aunque pequeñas; en el rostro, al lado izquierdo, tres
lunares... en derecho unos de otros, comenzando desde abajo de la boca el que mayor era, y el
otro entre la boca y la nariz, y el último en la nariz, más cerca de abajo que de arriba. Era en
todo perfecta».
'Tenía hermosísima condición, escribe el P. Gradan, tan apacible y agradable, que a todos los
que la comunicaban y trataban con ella, llevaba tras sí, .y la amaban y querían, aborreciendo ella
las condiciones ásperas y desagradables que suelen tener algunos santos, con que se hacen a sí
mismos y a la perfección aborrecibles. Era hermosa en el alma, que la tenía hermoseada con
todas las virtudes heroicas y partes y caminos de la perfección».
10 VIDñ DE SANTA TERESA DE JESÚS
de lo bueno no tomé tanto en llegando a uso de razón, ni casi
nada, y lo malo me dañó mucho. Era aficionada a libros de ca-
ballerías (1), y no tan mal tomaba este pasatiempo como yo le
tomé para mí, porque no perdía su labor; sino desenvolvíarao-
nos (2) para leer en ellos, y por ventura lo hacía para no pensar
en grandes trabajos que tenía, y ocupar sus hijos que no andu-
viesen en otras cosas perdidos. De esto le pesaba tanto a mi
padre, que se había de tener aviso a que no lo viese. Yo co-
mencé a quedarme en costumbre de leerlos, y aquella pequeña
falta que en ella vi, me comenzó a enfriar los deseos y co-
menzar a faltar en lo demás; y parecíame no era malo, con
gastar muchas horas de el día y de la noche en tan vano ejerci-
cio, aunque ascondida de mi padre. Era tan en extremo lo que
en esto me embebía, que si no tenía libro nuevo, no me parece
tenía contento.
Comencé a traer galas, y a desear contentar en parecer bien,
con mucho cuidado de manos y cabello, y olores, y todas las
vanidades que en esto podía tener, que eran hartas, por ser muy
curiosa. No tenía mala intención, porque no quisiera yo que
nadie ofendiera a Dios por mí. Duróme mucha curiosidad de
limpieza demasiada, y cosas que me parecía a mí no eran ningún
pecado, muchos años; ahora veo cuan malo debía ser. Tenía
primos hermanos algunos, que en casa de mi padre no tenían
otros cabida para entrar, que era muy recatado, y pluguiera a
Dios que lo fuera de éstos también; porque ahora veo el peligro
que es tratar en la edad que se han de comenzar a criar virtudes
con personas que no conocen la vanidad de el mundo, sino que
antes despiertan para meterse en él. Eran casi de mi edad, poco
mayores que yo. Andábamos siempre juntos; teníanme gran amor;
y en todas las cosas que les daba contento, los sustentaba plá-
tica, y oía sucesos de sus aficiones y niñerías, nonada buenas;
1 Novelones a que la gente de aquellos tiempos, aun la 'devota, era muy aficionada. Tenían
el inconveniente de hacer perder el tiempo y disipaban el espíritu con sus inverosímiles, extrae
vagantes y nada honestas aventuras. Los moralistas y ascéticos de la época, escribieron contra
ellos páginas muy indignadas. (Confr. Menéndez y Pelayo: Orígenes de la novela, p. CCLXXXII).
2 El original: desenvolviémonos. Quiere decir la Santa que trataban de desembarazarse de
los quehaceres domésticos y ganar tiempo para la lectura de estos libros.
CHPITULO II 11
y lo que peor fué, mostrarse el alma a lo que fué causa de todo
su mal (1).
Si yo hubiera de aconsejar, dijera a los padres que en esta
edad tuviesen gran cuenta con las personas que tratan sus hijos;
porque aquí está mucho mal, que se va nuestro natural antes a
lo peor que a lo mijor. Ansí me acaeció a mí, que tenía una her-
mana de mucha más edad que yo (2), de cuya honestidad y bon-
dad, que tenía mucha, de ésta no tomaba nada y tomé todo el
daño de una parienta que trataba mucho en casa. Era de tan li-
vianos tratos, que mi madre la había mucho procurado desviar
que tratase en casa (parece adevinaba el mal que por ella me
había de venir), y era tanta la ocasión que había para entrar.
1 Todos los biógrafos y confesores de Santa Teresa contestemenie opinan, que esta ponde-
ración exagerada de sus faltas no implica culpa grave, que jamás ella cometió, sino el peligro
más o menos expuesto a que estuvo, de continuar por aquel camino de vanos entretenimientos.
Estas y otras confesiones de pecados, que la profunda hum.ildad de la Santa tanto abulta, es
necesario leerlas con precaución. Dice muy bien a este propósito el P. Andrés de la Encarnación,
que «como suelen ser sospechosas para no darlas mucho crédito las cosas que los muy vanos
dicen en su alabanza, así las que dicen los muy humildes en su menosprecio». (Memorias
Historiales, letra R., n. 42). El trato de la Santa fué con una parienta poco temerosa de Dios y
con algunos primos, jóvenes como ella, porque el austero D. Alonso no permitía otras personas
en su casa. Con alguno de éstos tuvo sin duda la Santa discreteos poco convenientes, aunque
no ilícitos a pecaminosos; «pasatiempos de buena conversación», como ella dice, los cuales
quizá hubieran terminado en algún concierto de matrimonio, de no cortarlos prontamente, según
la misma Santa insinúa. Siendo Santa Teresa de suyo tan agraciada, discreta, afable y de amena y
entretenida conversación, no es de extrañar se le aficionasen extraordinariamente las personas
que la trataban. Estos prim.os de que habla, fueron probablemente los hijos de D. Francisco de Ce-
peda, hermano de D. Alonso. Vivían ambas familias en dos casas contiguas. Los padres de la
Santa en la plazuela de Santo Domingo, donde en 1636 levantó un convento a los Carmelitas
Descalzos, que todavía habitan, la munificencia del Conde-Duque de Olivares. En la misma plaza
habitaba D. Francisco, separado únicamente, según algunos, de la casa de su hermano por la
callejuela de las Damas, aunque Jerónimo de San José da a entender que ambas viviendas se
comunicaban por una puerta interior. «Las casas donde nació la Santa eran las propias de sus
padres, como lo muestra el escudo de armas que había en ellas, y ha.sta estos últimos años se
conservó en la fachada de su puerta. Estaban enfrente de la parroquia de Santo Domingo y junto
al hospital de Santa Escolástica, cerca de una puerta de la ciudad llamada de Monte Negro,
o, como dicen escrituras antiguas, Monta Negro. Junto a estas casas de D. Alonso Sánchez,
estaban otras de su hermano Francisco Alvarez, a ellas contiguas. Unas y otras ocupaban casi
lodo aquel sitio, en que hoy se ha edificado el convento de Santa Teresa de Carmelitas Des-
calzos, y se vinieron a comunicar y hacer una sola con puerta que tenían por de dentro». (7/zs-
toria del Carmen Descalzo, 1. II, c. 3, p. 323). En el capítulo VI del mismo libro, dice el P. Je-
rónimo hablando de la amistad de la Santa con uno de sus primos: «Todo su mal de la santa
doncella, no fué más de una demasiada afición y amor natural que cobró a uno de estos primos
hermanos suyos, que estaban en casa de su padre, con quien ella tuvo más familiar conver-
sación. Como la quería el primo tanto y ella de su natural era tan agradecida y amorosa, fácil-
mente prendió el afición en su alma, de la cual, dejándose llevar con sencillez, vino a apode-
rarse de su corazón y a turbarla el sosiego, inclinándola con exceso, bien que dentro' de ciertos
límites, a amar a quien la amaba». De cuatro de estos primos de Santa Teresa, hijos de D. Fran-
cisco Alvarez de Cepeda, tenemos memoria. Llamábanse: Pedro, Francisco, Diego y Vicente.
Tuvo además D. Francisco algunas hijas.
2 La ¡hermana a que hace referencia era D.a Alaría, hija de D. Alonso y de su primera
mujer D.a Catalina del Peso u Henao.
12 VIDñ DE SANTA TERESA DE JESÚS
que no había podido. R ésta que digo, me aficioné a tratar. Con
ella era mi conversación y pláticas; porque me ayudaba a todas
las cosas de pasatiempo que yo quería, y aun me ponía en ellas
y daba parte de sus conversaciones y vanidades. Hasta que traté
con ella, que fué de edad de catorce años, y creo que más (para
tener amistad conmigo, digo, y darme parte de sus cosas), no
me parece había dejado a Dios por culpa mortal, ni perdido el
temor de Dios, aunque le tenía mayor de la honra. Este tuvo
fuerza para no la perder del todo, ni me parece por ninguna
cosa del mundo en esto me podía mudar, ni había amor de persona
de él que a esto me hiciese rendir, ñnsí tuviera fortaleza en no
ir contra la honra de Dios, como me la daba mi natural para
no perder en lo que me parecía a mí está la honra del mundo,
y no miraba que la perdía por otras muchas vías.
En querer ésta vanamente tenía extremo. Los medios que
eran menester para guardarla, no ponía ninguno; sólo para no
perderme del todo tenía gran miramiento. Mi padre y hermana
sentían mucho esta amistad; reprendíanmela muchas veces. Como
no podían quitar la ocasión de entrar ella en casa, no les apro-
vechaban sus diligencias; porque mi sagacidad para cualquier
cosa mala era mucha. Espántame algunas veces el daño que
hace una mala compañía, y si no hubiera pasado por ello, no lo
pudiera creer; en especial en tiempo de mocedad, debe ser mayor
el mal que hace. Querría escarmentasen en mí los padres para
mirar mucho en esto. Y es ansí, que de tal manera me mudó
esta conversación, que de natural y alma virtuoso, no me dejó
casi ninguna, y me parece me imprimía sus condiciones ella
y otra que tenía la mesma manera de pasatiempos.
Por aquí entiendo el gran provecho que hace la buena compa-
ñía, y tengo por cierto, que si tratara en aquella edad con per-
sonas virtuosas, que estuviera entera en la virtud; porque si en
esta edad tuviera quien me enseñara a temer a Dios, fuera to-
mando fuerzas el alma para no caer. Después, quitado este temor
del todo, quedóme sólo el de la honra, que en todo lo que
hacía rae traía atormentada. Con pensar que no se había de
Capitulo ii Í3
saber, me atrevía (1) a muchas cosas bien contra ella y contra
Dios.
Al principio dañáronme las cosas dichas, a lo que me pa-
rece, y no debía ser suya la culpa, sino mía; porque después
mi malicia para el mal bastaba, junto con tener criadas, que para
todio mal hallaba en ellas buen aparejo. Que si alguna fuera en
aconsejarme bien, por ventura me aprovechara; mas el interese
las cegaba, como a mí la afeción. Y pues nunca era inclinada a
mucho mal, porque cosas deshonestas naturalmente las aborrecía,
sino a pasatiempos de buena conversación; mas puesta en la
ocasión, estaba en la mano el peligro, y ponía en él a mi padre
y hermanos. De los cuales me libró Dios, de manera que se parece
bien procuraba contra mi voluntad que del todo no me perdiese;
aunque no pudo ser tan secreto que no hubiese harta quiebra
de mi honra y sospecha en mi padre. Porque no me parece había
tres meses que andaba en estas vanidades, cuando me ilevaron a
un monesterio que había en este lugar, adonde se criaban perso-
nas semejantes, aunque no tan ruines en costumbres como yo;
y esto con tan gran disimulación, que sola yo y algún deudo lo
supo; porque aguardaron a coyuntura que no pareciese novedad;
porque haberse mi hermana casado y quedar sola sin madre,
no era bien (2).
Era tan demasiado el amor que mi padre me tenía y la
mucha disimulación mía, que no había creer tanto mal de mí,
y ansí no quedó en desgracia conmigo. Como fué breve el tiem-
po, aunque se entendiese algo, no debía ser dicho con certini-
dad; porque como yo temía tanto la honra, todas mis diligencias
eran en que fuese secreto, y no miraba que no podía serlo a
quien todo lo ve. ¡Oh, Dios mío, qué daño hace en el mundo
tener esto en poco y pensar que ha de haber cosa secreta que
sea contra Vos! Tengo por cierto que se excusarían grandes maies
1 El original: aireavía.
2 Habla del Convento de Nuestra Señora de la Gracia, de monjas agustinas, situado extra-
muros de la ciudad, que todavía subsiste con fama de mucha observancia regular. Recibían en
él a doncellas seglares, por lo ordinario nobles y acomodadas. Bajo la vigilancia de alguna reli-
giosa, llebavan una vida virtuosa u recogida; pero no equivalente a la que ahora se hace en los
colegios de religiosas. Tenía la Santa al entrar dieciséis años cumplidos.
14 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
si entendiésemos que no está el negocio en guardarnos de los
hombres, sino en no nos guardar de descontentaros a Vos.
Los primeros ocho días sentí mucho, y más la sospecha que
tuvfe se había entendido la vanidad mía, que no de estar allí;
porque ya yo andaba cansada, y no dejaba de tener gran temor
de Dios cuando le ofendía, y procuraba confesarme con breve-
dad. Traía un desasosiego, que en ocho días, y aun creo menos,
estaba muy más contenta que en casa de mi padre. Todas lo
estaban conmigo, porque en esto me daba el Señor gracia, en
dar contento adonde quiera que estuviese, y ansí era muy que-
rida. Y puesto que yo estaba entonces ya enemiguísima de ser
monja, holgábame de ver tan buenas monjas, que lo eran mucho
las de aquella casa, y de gran honestidad y religión y recata-
miento. Aun con todo esto no me dejaba el demonio de tentar,
y buscar los de fuera cómo me desasosegar con recaudos. Como
no había lugar, presto se acabó, y comenzó mi alma a tornarse
a acostumbrar en el bien de mi primera edad, y vi la gran mer-
ced que hace Dios a quien pone en compañía de buenos. Pa-
réceme andaba Su Majestad mirando y remirando por dónde
me podía tornar a sí. Bendito seáis Vos, Señor, que tanto me
habéis sufrido. Amén.
Una cosa tenía que parece me podía ser alguna disculpa,
si no tuviera tantas culpas; y es, que era el trato con quien
por vía de casamiento me parecía podía acabar en bien, y
informada de con quien me confesaba y de otras personas, en
muchas cosas me decían no iba contra Dios. Dormía una mon-
ja con las que estábamos seglares, que por medio suyo parece
quiso el Señor comenzar a darme luz, como ahora diré (1).
1 Doña María de Briceño ü Contreras, de ilustre prosapia avilesa, mujer de excelentes
prendas de entendimiento y de muy aventajada virtud. Había nacido en 1498 y falleció en 1581.
De su comportamiento con las doncellas del Convento de Nuestra Señora de Gracia, dice así
el P. Miguel Varona en su obra inédita Noticias históricas y protocolo del Convento de Gracia,
escrita por los años de 1695 u que conserva esta Comunidad: «Por el conocimiento que había
de las prendas de la Señora Briceño, con aclamación universal fué nombrada por maestra de
las niñas seculares, que llaman comunmente las señoras doncellas de piso, a quienes de día y
de noche nó se apartaba de su lado; pues de día para oir misa las llevaba en forma de comu^
nidad al coro y en tribuna aparte cuando el Convento celebraba la misa conventual. Tanta era
la observancia ij estrechez en que tenía a la juventud nuestra venerable D.a María que, si
alguna niña había de salir a ver a sus padres a la grada, no permitía que estuviese sin que
estuviese con ella».
CAPITULO III
EN QUE TRñTñ COMO FUE PARTE LA BUENA COMPAÑÍA PARA TORNAR
A DESPERTAR SUS DESEOS, Y POR QUE MANERA COMENZÓ EL
SEÑOR A DARLA ALGUNA LUZ DEL ENGAÑO QUE HABL1 TRAÍDO.
Pues comenzando a gustar de la buena y santa conversación
de esta monja, holgábame de oiría cuan bien hablaba de Dios,
porque era muy discreta y santa. Esto, a mi parecer, en ningún
tiempo dejé de holgarme de oirlo. Comenzóme a contar cómo
ella había venido a ser monja por sólo leer lo que dice el Evan-
gelio: Muchos son los llamados y pocos los escogidos (1).
Decíame el premio que daba el Señor a los que todo lo dejan
por El. Comenzó esta buena compañía a desterrar las costumbres
que había hecho la mala y a tornar a poner en mi pensamiento
deseos de las cosas eternas, y a quitar algo la gran enemistad
que tenía con ser monja, que se me había puesto grandísima.
Y si vía alguna tener lágrimas cuando rezaba, u otras virtudes,
habíala mucha envidia; porque era tan recio mi corazón en
este caso, que si leyera toda la Pasión, no llorara una lágrima:
esto me causaba pena.
Estuve año y medio en este monesterio harto mijorada.
Comencé a rezar muchas oraciones vocales y a procurar con
todas me encomendasen a Dios, que me diese el estado en que
1 Matth. XX, 16. Aun cuando la Santa no cita los lugares de la Escritura Sagrada cuando
repioduce sus palabras, lo haremos nosotros para comodidad de los lectores.
16 VIDñ DE SANTA TERESA DE JESÚS
le había de servir; mas todavía deseaba no fuese monja, que
éste no fué Dios servido de dármele, aunque también temía el
casarme. A cabo de este tiempo que estuve aquí, ya tenía más
amistad de ser monja, aunque no en aquella casa, por las cosas
más virtuosas que después entendí tenían, que me parecían ex-
tremos demasiados. Y había algunas de las más mozas que
me ayudaban en esto; que si todas fueran de un parecer, mucho
me aprovechara. También tenía yo una grande amiga (1) en otro
monesterio, y esto me era parte para no ser monja, si lo hubiese
de ser, sino adonde ella estaba. Miraba más el gusto de mi sen-
sualidad y vanidad, que lo bien que me estaba a mi alma. Estos
buenos pensamientos de ser monja me venían algunas veces, y
luego se quitaban, y no podía persuadirme a serlo.
En este tiempo, aunque yo no andaba descuidada de mi re-
medio, andaba más ganoso el Señor de disponerme para el estado
que me estaba rnijor. Dióme una gran enfermedad, que hube de
tornar en casa de mi padre. En estando buena, lleváronme en
casa de mi hermana, que residía en un aldea, para verla, que
era extremo el amor que me tenía, y, a su querer, no saliera
yo de con ella; y su marido también me amaba mucho; al menos
mostrábame todo regalo, que aun en esto debo más al Señor,
que en todas partes siempre le he tenido, y todo se lo servía
como la que soy.
Estaba en el camino un hermano de mi padre, muy avisado
y de grandes virtudes, viudo, a quien también andaba el Señor
dispuniendo para sí; que en su mayor edad dejó todo lo que
tenía y fué fraile, y acabó de suerte, que creo goza de Dios,
Quiso que me estuviese con él unos días. Su ejercicio era buenos
libros de romance, y su hablar era lo más ordinario de Dios y
1 Doña Juana Suárez, monja del Monasterio de las Carmelitas Calzadas de la Encarnación
de Avila. Siendo seglai la Santa, la visitaba con frecuencia en su monasterio. D.a Alaria
Pinel, en carta dirigida a un superior de los Carmelitas, que hemos visto autógrafa en la sección
de Manuscritos de la B. Nacional, escribe hablando de estas visitas: «La Sra. D.a Inés de
Quesada, que era ya monja de velo cuando la Santa Madre vino a tomar el hábito, cuenta una
cosa que, aunque es menudencia, me causa devoción, que dice: Yo me acuerdo cuando la Santa
Madre venía seglar algunas veces a este convento, y doy por señas que traía una saya naran-
jada con unos ribetes de terciopelo negro». Publicóse esta carta en un tomo de Relaciones His-
tóricas, de los Bibliófilos españoles, Relación XXVI, ,p. 38.
CAPITULO m 17
de la vanidad del mundo (1). Hacíame le leyese, y aunque no
era amiga de ellos, mostraba que sí; porque en esto de dar
contento a otros he tenido extremo, aunque a mí me hiciese
pesar; tanto que en otras fuera virtud, y en mí ha sido gran
falta, porque iba muchas veces muy sin discreción. jOh, válame
Dios, por qué términos me andaba Su Majestad dispuniendo
para el estado en que se quiso servir de mí, que, sin quererlo
yo, me forzó a que me hiciese fuerza! Sea bendito por siem-
pre. Amén.
Aunque fueron los días que estuve pocos, con la fuerza que
hacían en mi corazón las palabras de Dios, ansí leídas como
oídas, y la buena compañía, vine a ir entendiendo la verdad de
cuando niña, de que no era todo nada, y la vanidad del mundo, y
cómo acababa en breve, y a temer, si me hubiera muerto, cómo
me jba a el infierno; y aunque no acababa mi voluntad de en-
cunarse a ser monja, vi era el mijor y más siguro estado, y
ansí poco a poco me determiné a forzarme para tomarle.
En esta batalla estuve tres meses, forzándome a mí mesma
con esta razón: que los trabajos y pena de ser monja no podía
ser mayor que la del purgatorio, y que yo había bien merecido
el infierno; que no era mucho estar lo que viviese como en pur-
gatorio, y que después me iría derecha a el cielo, que este era
mi deseo. Y en este movimiento de tomar estado, más me parece
me movía un temor servil que amor. Poníame el demonio que
no podría sufrir los trabajos de la Religión, por ser tan regalada.
A esto me defendía con los trabajos que pasó Cristo; porque no
era mucho yo pasase algunos por El; que El me ayudaría a lle-
1 Como dice la Santa, después de año y medio de vida muij ajustada en el Convento de
Gracia, una enfermedad muy grave la obligó a ir a casa de su padre. Recuperada la salud, aun^
que tal vez convaleciente, fuese con su hermana María, casada con D. Martín Guzmán Barrien'-
tos, que vivía en un pueblo de diez vecinos, situado en la parte que la provincia de Avila alinda
con la de Salamanca, llamado Castellanos de la Cañada. Antes de llegar a él, se detuvieron en
la aldea de Hortigosa, distante como cuatro leguas de Avila. Aloraba aquí su tío D. Pedro de
Cepeda, hombre de mucha virtud y penitencia y muy dado a lecturas ascéticas. Murió monje en
el monasterio de los Jerónimos de Avila. Había estado casado D. Pedro con D.a Catalina del
Águila. Pasados algunos días en compañía de su tío, llegó a Castellanos, donde fué muy obse-»
guiada, porque tanto su hermana como D. Alartín, la querían entrañablemente. Hoy queda sólo
de la antigua aldea, la casa de D. Martín Barrientos, actualmente del Excmo. Sr. Marqués de
Castellanos, que cuida de ella con singular veneración y procura conservarla, en cuanto es
posible, en su estado primitivo.
18 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
varios, debía pensar, que esto postrero no me acuerdo. Pasé
hartas tentaciones estos días.
Habíanme dado con unas calenturas unos grandes desma-
yos, que siempre tenía bien poca salud. Dióme la vida haber
quedado ya amiga de buenos libros. Leía en las Epístolas de San
Jerónimo (1), que me animaban d€ suerte, que me determiné a
decirlo a mi padre, que casi era como a tomar el hábito; por-
que era tan honrosa, que me parece no tornara atrás por nin-
guna manera, habiéndolo dicho una vez. Era tanto lo que- me
quería, que en ninguna manera lo pude acabar con él, ni bas-
taron ruegos de personas, que procuré le hablasen. Lo que más
se pudo acabar con él, fué que, después de sus días, haría lo
que quisiese. Yo ya me temía a mí y a mi flaqueza no tornase
atrás, y ansí no me pareció me convenía esto, y procúrelo por
otra vía, como ahora diré.
1 Hizo la traducción en romance de estas Epístolas el bachiller Juan de Molina y publi-
cólas en Valencia, año de 1520. Después fueron muchas veces reimpresas. (Cfr. Reseña histó~
rica de las imprentas de Valencia, por José E. Serrano y Morales. Valencia 1898).
CAPITULO IV
DICE COMO LA AYUDO EL SEÑOR PARA FORZARSE A SI MBSMA PARA
TOMAR HABITO, Y LAS MUCHAS ENFERMEDADES QUE SU MAJESTAD
LA COMENZÓ A DAR.
En estos días que andaba con estas determinaciones, había
persuadido a un hermano mío a que se metiese fraile, dicién-
dole la vanidad del mundo, y concertamos entramos de irnos
un día muy de mañana al monesterio adonde estaba aquella mi
amiga, que era al que yo tenía mucha afición; puesto que ya en
esta postrera determinación ya yo estaba de suerte, que a cual-
quiera que pensara servir más a Dios u mi padre quisiera,
fuera; que más miraba ya al remedio de mi alma; que del
descanso ningún caso hacía de él (1). Acuérdaseme, a todo mi
parecer, y con verdad, que cuando salí de casa de mi padre, no
creo será más el sentimiento cuando me muera; porque me pa-
rece cada hueso se me apartaba por sí, q le, como no había
amor de Dios que quitase el amor del padre y parientes, era
1 Hizo este concierto la Santa con su hermano Antonio, más joven que ella. /\1 entrar
Teresa en la Encarnación, su hermano solicitó el hábito de Santo Domingo en el Convento de
Santo Tomás de Avila. Como los religiosos tenían grande amistad con D. Alonso de Cepeda,
no se resolvieron a admitirle hasta conocer su voluntad. Entretanto, es probable que pidió ij
consiguió el de los Jerónimos en la misma ciudad, de donde hubo de salir al poco tiempo
por falta de salud. Pasó a las Indias u murió el 20 de Enero de 1546, de las heridas que recibió
en la célebre batalla de Iñaquito, en el Ecuador, dada dos días antes. Al lado de D. Blasco
Núñez Vela, primer virrey del Perú, lucharon contra Gonzalo Pizarro cinco hermanos de Santa
Teresa: Hernando, Jerónimo, Lorenzo, Antonio y Agustín. Los cinco, antes de entrar en batalla,
renunciaron a sus bienes, instituyendo por única heredera, paia el caso en que muriesen en la
pelea, a su hermana D.a Juana. (Cft. La familia de Santa Teresa en Mmérica, c. II.)
20 Vida die santA teresA de jÉsuá
todo haciéndome una fuerza tan grande, que si el Señor nó me
ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí
me dio ánimo contra mí, de manera que lo puse por obra.
En tomando el hábito, luego me dio el Señor a entender
cómo favorece a los que se hacen fuerza para servirle, la cual
nadie no entendía de mí, sino grandísima voluntad (1).A la hora
me dio un tan gran contento de tener aquel estado, que nunca
jamás me faltó hasta hoy; y mudó Dios la sequedad que tenía
mi alma en grandísima ternura. Dábanme deleite todas las cosas
de la Religión, y es verdad que andaba algunas veces barriendo
en horas que yo solía ocupar en mi regalo y gala, y acordándose-
me que estaba libre de aquello, me daba un nuevo gozo, que
yo me espantaba y no podía entender por dónde venía. Cuando
de esto me acuerdo, no hay cosa que delante se me pusiese, por
grave que fuese, que dudase de acometerla. Porque ya tengo
expiriencia en muchas, que si me ayudo al principio a determi-
narme a hacer lo que, siendo sólo por Dios, hasta en comenzarlo
quiere, para que más merezcamos, que el alma sienta aquel es-
panto, y mientra mayor, si sale con ello, mayor premio y
más sabroso se hace después. Aun en esta vida lo paga Su Ma-
jestad por unas vías, que sólo quien goza de ello lo entiende.
Esto tengo por expiriencia, como he dicho, en muchas cosas
harto graves; y ansí jamás aconsejaría, si fuera persona que
hubiera de dar parecer, que, cuando una buena inspiración aco-
mete muchas veces, se deje por miedo de poner por obra; que
si va desnudamente por solo Dios, no hay que temer sucederá
mal, que poderoso es para todo. Sea bendito por siempre. Amén,
1 El monasterio de la Encarnación fué primero Beaterío de Terciarias carmelitas, fundado
en 1479. Más tarde quisieron establecer la vida regular de segunda Orden u el Beaterío fué con-
vertido en Convento con el título de Nuestra Señora de la Encarnación. El convento es grande
U tiene huerta muu hermosa. Está situado al Norte de la ciudad, fuera de las murallas. Cuando
la Santa tomó el hábito era priora D.a María de Luna. Interesantes pormenores de, la fundación
y acontecimientos principales de ella se hallan en la Historia manuscrita del Convento por Doña
María Pinel, monja de esta Comunidad, que vivió en el siglo XVII. D.a María Pinel hace notar
que la primera misa que se celebró en la iglesia del nuevo monasterio, lleva fecha de 4 de Abril
de 1515, día en que fué bautizada Santa Teresa en la parroquia de San Juan.
Grande discrepancia ha existido entre los biógrafos de Santa Teresa al señalar la fecha de
su entrada en la Encarnación de Avila y el año de su profesión. Hog parece completamente
averiguado, por documentos que publicaremos en los Apéndices, que tomó el hábito de carme'-
lita el 2 de Noviembre de 1536, a los veintiuno de edad, aunque hacía varios días que moraba
en el convento. Hizo su profesión religiosa al año siguiente de 1537, día 3 de Noviembre.
CAPITULO IV 21
Bastara ¡oh sumo Bien y descanso mío! las mercedes que
me habíades hecho hasta aquí, de traerme por tantos rodeos
vuestra piadad y grandeza a estado tan siguro y a casa adonde
había muchas siervas de Dios, de quien go pudiera tomar, para
ir creciendo en su servicio. No se cómo he de pasar de aquí,
cuando me acuerdo la manera de mi profesión y la gran deter-
minación y contento con que la hice, y el desposorio que hice
con Vos. Esto no lo puedo decir sin lágrimas, y habían de
ser de sangre y quebrárseme el corazón, y no era mucho sen-
timiento para lo que después os ofendí. Paréceme ahora que
tenía razón de no querer tan gran dinidad, pues tan mal había
de usar de ella. Mas Vos, Señor mío, quisistes ser, casi veinte
años que usé mal de esta merced, ser el agraviado, porque yo
fuese mijorada. No parece. Dios mío, sino que prometí no guar-
dar cosa de lo que os había prometido, aunque entonces no
era esa mi intención; mas veo tales mis obras después, que no
sé qué intención tenía, para que más se vea quién Vos sois,
Esposo mío, y quién so yo. Que es verdad, cierto, que muchas
veces me templa (1) el sentimiento de mis grandes culpas, el
contento que me da que se entienda la muchedumbre de vues-
tras misericordias.
¿En quién, Señor, pueden ansí resplandecer como en mí,
que tanto he escurecido con mis malas obras las grandes mer-
cedes que me comenzastes a hacer? ¡Ay de mí, Criador mío,
que si quiero dar disculpa, ninguna tengo, ni tiene nadie la
culpa sino yo! Porque si os pagara algo del amor que me
comenzastes a ,mostrar, no le pudiera yo emplear en nadie sino
en Vos, y con esto se remediaba todo. Pues no lo merecí, ni
tuve tanta ventura, válgame ahora. Señor, vuestra misericordia.
La mudanza de la vida y de los manjares me hizo daño
a la salud, que aunque el contento era mucho, no bastó. Co-
menzáronme a crecer los desmayos y dióme un mal de corazón
tan grandísimo, que ponía espanto a quien le vía, y otros muchos
males juntos, y ansí pasé el primer año con harto mala salud,
l El original: tiempla.
22 VIDñ DE SñNTñ TERESA DE JESÚS
aunque no me parece ofendí a Dios en él mucho. Y como era el
mal tan grave, que casi me privaba el sentido siempre, y algu-
nas veces del todo quedaba sin él, era grande la diligencia que
traía mi padre para buscar remedio; y como no le dieron los
médicos de aquí, procuró llevarme a un lugar adonde había
mucha fama de que sanaban allí otras enfermedades, y ansí di-
jeron harían la mía. Fué conmigo esta amiga, que he dicho que
tenía en casa, que era antigua. En la casa que era monja, no se
prometía clausura. Estuve casi un año por allá, y los tres meses
de él padeciendo tan grandísimo tormento en las curas que me
hicieron tan recias, que yo no sé cómo las pude sufrir; y, en
fin, aunque las sufrí, no las pudo sufrir mi sujeto, como diré(1).
Había de comenzarse la cura en el principio del verano, y yo
fui en el principio del invierno. Todo este tiempo estuve en casa
de la hermana que he dicho, que estaba en el aldea, esperando
el mes de Abril, porque estaba cerca, y no andar yendo y vi-
niendo (2).
Cuando iba me dio aquel tío mío, que tengo dicho que es-
taba en el camino, un libro; llámase Tercer Abecedario, que
trata de enseñar oración de recogimiento, y puesto que este
primer año había leído buenos libros, que no quise más usar
de otros, porque ya entendía el daño que me habían hecho, no
sabía cómo proceder en oración, ni cómo recogerme, y ansí hol-
guéme mucho con él, y determíneme a siguir aquel camino con
todas mis fuerzas (3). Y como ya el Señor me había dado don de
1 Quiere decir la Santa, que si bien logró sobreponerse a la intensiaad del dolor causado
por el desdichado tratamiento, su cuerpo no lo podía resistir
2 Becedas llamábase este lugar, distante como unas quince leguas de Avila, por la banda
del Oeste. Había allí una persona que gozaba, al decir de las gentes, de una virtud curativa
extraordinaria. Tres meses estuvo la Santa en Becedas sometida a un Iratamiento tan cruel, que
si D. Alonso no toma la resolución de llevarse su hija, da con ella en el sepulcro. El tiempo
no nos ha conservado el nombre de este famoso curandero o curandera.
3 Antes de llegar a Becedas estuvo en Hortigosa en casa de su tío D. Pedro, quien dio
a la Santa para lectura espiritual el Tercer Rbecedatio, de Fr. Francisco de Osuna, obra que
influyó mucho en su espíritu, como ella misma confiesa. Las Carmelitas Descalzas de San José
de Avila conservan, según tradición constante de la Comunidad, este precioso ejemplar, que
tanto hubo de manejar Santa Teresa. Es de letra gótica y tiene muchos períodos y frases subtra-
yados por la Santa, a más de llamadas, consistentes en un corazón, una cruz o una mano, a
los pasajes que sin duda más la interesaban. Gran parte de las notas escritas en los espacios
marginales no son de la insigne Doctora. Aunque no consta el año de la impresión, por faltarle
el colofón, es seguro que pertenece a la edición hecha en Toledo en 1527. El Maestro Avila,
que recomienda eficazmente la segunda y quinta parte del Rbecedario, dice de la tercera: «La
CAPITULO IV 23
lágrimas y gustaba de leer, comencé a tener ratos de soledad,
y a confesarme a menudo, y comenzar aquel camino, tiniendo
a aquel libro por maestro. Porque yo no hallé maestro, digo
confesor que me entendiese, aunque le busqué, en veinte anos
después de esto que digo, que me hizo harto daño para tornar
muchas veces atrás; y aun pa del todo perderme, porque todavía
me ayudara a salir de las ocasiones que tuve para ofender a Dios,
Comenzóme Su Majestad a hacer tantas mercedes en estos
principios, que al fin de este tiempo que estuve aquí, que era
casi nueve meses en esta soledad, aunque no tan libre de ofen-
der a Dios como el libro me decía, mas por esto pasaba yo, pa-
recíame casi imposible tanta guarda. Teníala de no hacer pe-
cado mortal, y pluguiera Dios la tuviera siempre. De los veniales
hacía poco caso, y esto fué lo que me destruyó. Comenzó el
Señor a regalarme tanto por este camino, que me hacía merced
de darme oración de quietud, y alguna vez llegaba a unión, aun-
que yo no entendía qué era lo uno ni lo otro, y lo mucho que
era de preciar, que creo me fuera gran bien entenderlo. Ver-
dad es que duraba tan poco esto de unión, que no sé si era
Avemaria; mas quedaba con unos efetos tan grandes, que con
no haber en este tiempo veinte años, me parece traía el mundo
debajo de los pies, y ansí me acuerdo que había lástima a los
que le siguían, aunque fuese en cosas lícitas. Procuraba lo más
que podía traer a Jesucristo, nuestro bien y Señor, dentro de
mí presjfvvte, y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en al-
gún paso, le representaba en lo interior, aunque lo más gus-
taba en leer buenos libros, que era toda mi recreación. Porque
no me dio Dios talento de discurrir con el entendimiento, ni de
aprovecharme con la imaginación, que la tengo tan torpe, que
aun para pensar y representar en mí, como lo procuraba, traer
la humanidad del Señor, nunca acababa. Y aunque por esta vía
tercera parte no la dejen leer comunmente, que les hará mal, que va por vía de quitar todo pen-
samiento, y esto no conviene a todos». (Confr. Epistolario espiritual: Carta a un predicador.
Biblioteca de Rivadeneyra. t. XIII, p. 324). El libro abunda en erudición teológica, patrística y
escriturística. En la Nueva biblioteca de autores españoles se publicó la última edición del
Tercer abecedario. Madrid, 1911.— De Hortigosa se dirigió la Santa [a Castellanos. Aquí pasó
una larga temporada, antes de ponerse en cura, en casa de D. Alartín Barrientes y D.a María.
Acompañáronla en este viaje D. Alonso de Cepeda y su buena y antigua amiga D.a Juana
Suárez, y desde Castellanos su hermana D.a María.
24 VIDñ DE SANTA TERESA DE JESÚS
de no poder obrar con el entendimiento llegan más presto a la
contemplación, si perseveran, es muy trabajoso y penoso; por-
que si falta la ocupación de la voluntad y el haber en qué se
ocupe en cosa presente el amor, queda el alma como sin arrimo
ni ejercicio, y da gran pena la soledad y sequedad, y grandísi-
mo combate los pensamientos.
R personas que tienen esta dispusición les conviene más
pureza de conciencia que a las que con el entendimiento pueden
obrar; porque quien discurriendo en lo que es el mundo, y en lo
que debe a Dios, y en lo mucho que sufrió y lo poco que le
sirve, y lo que da a quien le ama, saca dotrina para defen-
derse de los pensamientos y de las ocasiones y peligros. Pero
quien no se puede aprovechar de esto, ticnele mayor y conviénele
ocuparse mucho en lición, pues de su parte no puede sacar
ninguna. Es tan penosísima esta manera de proceder, que si
el maestro que enseña aprieta en que sin lición, que ayuda mu-
cho para recoger a quien de esta manera procede, le es necesario,
aunque sea poco lo que lea, sino en lugar de la oración mental
que no puede tener, digo que si sin esta ayuda le hacen estar
mucho rato en la oración, que será imposible durar mucho en
ella, y le hará daño a la salud si porfía, porque es muy pe-
nosa cosa.
Ahora me parece que proveyó el Señor que yo no hallase
quien me enseñase, porque fuera imposible, me parece, perse-
verar deciocho años que pasé este trabajo, y en esta¿'= grandes
sequedades, por no poder, como digo, discurrir. En todos estos,
si no era acabando de comulgar, jamás osaba comenzar a te-
ner oración sin un libro; que tanto temía mi alma estar sin
él en oración, como si con mucha gente fuera a pelear. Con
este remedio, que era como una compañía u escudo en que había
de recibir los golpes de los muchos pensamientos, andaba con-
solada. Porque la sequedad no era lo ordinario; mas era siem-
pre cuando me faltaba libro, que era luego disbaratada el alma;
y los pensamientos perdidos con esto los comenzaba a recoger,
y como por halago llevaba el alma. Y muchas veces en habien-
do el libro, no era menester más. Otras leía poco, otras mucho,
CñPITüLO IV 25
conforme a la merced que el Señor me hacía. Parecíame a mí
en este principio que digo, que uniendo yo libros y como tener
soledad, que no habría peligro que me sacase de tanto bien;
y creo con el favor de Dios fuera ansí, si tuviera maestro u per-
sona que me avisara de huir las ocasiones en los principios, y
me hiciera salir de ellas, si entrara, con brevedad; y si el demonio
me acometiera entonces descubiertamente, parecíame en ninguna
manera tornara gravemente a pecar. Mas fue tan sutil y yo tan
ruin, que todas mis determinaciones rae aprovecharon poco, aun-
que muy mucho los días que serví a Dios, para poder sufrir
las terribles enfermedades que tuve, con tan gran paciencia como
Su Majestad me dio.
Muchas veces he pensado espantada de la gran bondad de
Dios, y regaládose mi alma de ver su gran manificencia y miseri-
cordia. Sea bendito por todo, que he visto claro no dejar sin
pagarme, aún en esta vida, ningún deseo bueno. Por ruines y
imperfetas que fuesen mis obras, este Señor mío las iba mijorando
y perficionando y dando valor, y los males y pecados luego los
ascondía. Aun en los ojos de quien los ha visto permite Su Ma-
jestad se cieguen, y los quita de su memoria. Dora las culpas;
hace que resplandezca una virtud que el mesmo Señor pone en
mí, casi haciéndome fuerza para que la tenga.
Quiero tornar a lo que me han mandado. Digo, que si hubie-
ra de decir por menudo de la manera que el Señor se había
conmigo en estos principios, que fuera menester otro entendi-
miento que el mío para saber encarecer lo que en este caso le
debo y mi ingratitud y maldad, pues todo esto olvidé. Sea
por siempre bendito, que tanto me ha sufrido. Amén.
CAPITULO V
PROSIGUE EN LñS GRñNDES ENFERMEDADES QUE TUVO Y LA PACIENCIA
QUE EL SEÑOR LE DIO EN ELLAS, Y COMO SACA DE LOS MALES
BIENES, SIGUN SE VERA EN UNA COSA QUE LE ACAECIÓ EN ESTE
LUGAR QUE SE FUE A CURAR.
Olvidé de decir cómo en el año del noviciado pasé grandes
desasosiegos con cosas que en sí tenían poco tomo, mas culpá-
banme sin tener culpa hartas veces. Yo lo llevaba con harta pena
y imperfeción; aunque con el gran contento que tenía de ser
monja, todo lo pasaba. Como me vían procurar soledad y me vían
llorar por mis pecados algunas veces, pensaban era descontento,
y ansí lo decían. Era aficionada a todas las cosas de religión,
mas no a sufrir ninguna que pareciese menosprecio. Holgába-
me de ser estimada; era curiosa en cuanto hacía; todo me pa-
recía virtud; aunque esto no me será disculpa, porque para todo
sabía lo que era procurar mi contento, y ansí la inorancia no
quita la culpa. Alguna tiene no estar fundado el monesterio en
mucha perfeción. Yo, como ruin, íbame a lo que vía falta y de-
jaba lo bueno.
Estaba una monja entonces enferma de grandísima enfer-
medad, y muy penosa, porque eran unas bocas en el vientre que
se le habían hecho de opilaciones, por donde echaba lo que
comía. Murió presto de ello. Yo vía a todas temer aquel mal;
a mí hacíame gran envidia su paciencia. Pedía a Dios que, dán-
domela ansí a mí, me diese las enfermedades que fuese servido.
28 VIDñ DE SANTA TERESA DE JESÚS
Ninguna me parece temía, porque estaba tan puesta en ganar
bienes eternos, que por cualquier medio me determinaba a ga-
narlos. Y espantóme, porque aun no tenía, a mi parecer, amor
de Dios, como después que comencé a tener oración me parecía
s mí le he tenido; sino una luz de parecerme todo de poca estima
lo que se acaba, y de mucho precio los bienes que se pueden ga-
nar con ello, pues son eternos. También me oyó en esto Su Ma-
jestad, que antes de dos años estaba tal que, aunque no el mñl
de aquella suerte, creo no fué menos penoso y trabajoso el que
tres años tuve, como ahora diré.
Venido d tiempo que estaba aguardando en el lugar (1)
que digo que estaba con mi hermana para curarme, lleváronme
con harto cuidado de mi regalo mi padre g hermana, y aquella
monja mi amiga, que había salido conmigo, que era muy mucho
lo que me quería. Aquí comenzó el demonio a descomponer mi
alma, aunque Dios sacó de ello harto bien. Estaba una persona
de la Ilesia que risidía en aquel lugar adonde me fui a curar,
de harto buena calidad y entendimiento; tenía letras, aunque
no muchas. Yo comencéme a confesar con él, que siempre fui
amiga de letras, aunque gran daño hicieron a mi alma confeso-
res medio letrados, porque no los tenía de tan buenas letras
como quisiera. He visto por expiriencia que es mijor, siendo vir-
tuosos y de santas costumbres, no tener ningunas; porque ni
ellos se fían de sí, sin preguntar a quien las tenga buenas, ni yo
me fiara; y buen letrado nunca me engañó. Estotros tampoco
me debían de querer engañar, sino no sabían más. Yo pensaba
que sí, y que no era obligad^ a más de creerlos, como era cosa
ancha lo que me decían y de más libertad; que si fuera apretada,
yo soy tan ruin, que buscara otros. Lo que era pecado venial
decíanme que no era ninguno; lo que era gravísimo mortal, que
era venial. Esto me hizo tanto daño, que no es mucho lo diga
aquí para aviso de otras de tan gran mal, que para delante de
Dios bien veo no me es disculpa, que bastaban ser las cosas
de su natural no buenas para que yo me guardara de ellas. Creo
1 Castellanos de le Cafiada.
CAPITULO V 29
permitió Dios por mis pecados ellos se engañasen y me engañasen
a mí. Yo engañé a otras hartas con decirles lo mesmo que a mí
me habían dicho. Duré en esta ceguedad creo más de dicisiete
años, hasta que un Padre Dominico (1), gran letrado, me des-
engañó en cosas, y los de la Compañía de Jesús del todo me
hicieron tanto temer, agraviándome (2) tan malos principios, como
después diré.
Pues comenzándome a confesar con este que digo, él se afi-
cionó en extremo a mí, porque entonces tenía poco que confesar
para lo que después tuve, ni lo había tenido después de monja. No
fué la afeción de éste mala, mas de demasiada afeción venía a
no ser buena. Tenía entendido de mí que no me determinaría
a hacer cosa contra Dios que fuese grave por ninguna cosa,
y él también me asiguraba lo mesmo, y ansí era mucha la conver-
sación. Mas mis tratos entonces, con el embebecimiento de Dios
que traía, lo que más gusto me daba era tratar cosas de él ; y como
era tan niña, "hacíale confusión ver esto, y con la gran voluntad
que me tenía, comenzó a declararme su perdición. Y no era poca,
porque había casi siete años que estaba en muy peligroso estado
con afeción y trato con una mujer del mesmo lugar, y con esto
decía misa. Era cosa tan pública, que tenía perdida la honra y
la fama, y nadie le osaba hablar contra esto. A mí hízoseme
gran lástima, porqué le quería mucho; que esto tenía yo de gran
liviandad y ceguedad, que me parecía virtud ser agradecida y
tener ley a quien me quería. ¡Maldita sea tal ley, que se extiende
hasta ser contra la de Dios! Es un desatino que se usa en ej
mundo, que me desatina: que debemos todo el bien que nos hacen
a Dios, y tenemos por virtud, aunque sea ir contra El, no que-
brantar esta amistad. ¡Oh ceguedad del mundo! Fuérades Vos
servido, Señor, que yo fuera ingratísima contra todo él, y con-
tra Vos no lo fuera un punto; mas ha sido todo a el revés por
mis pecados.
Procuré saber y informarme más de personas de su casa;
supe más la perdición, y vi que el pobre no tenía tanta culpa;
1 P. Vicente Bairón, teólogo profundo, confesor también de su padie D. Alonso.
2 Por agravándome.
30 VIDft DE SANTA TERESA DE JESÚS
porque la desventurada de la mujer le tenía puesto hechizos en
un idolillo de cobre, que le había rogado le trajese por amor
de ella a el cuello, y éste nadie había sido poderoso de podér-
sele quitar. Yo no creo es verdad esto de hechizos determina-
damente; mas diré esto que yo vi, para aviso de que se guarden
los hombres de mujeres que este trato quieren tener, y crean, que
pues pierden la vergüenza a Dios (que ellas más que los hombres
son obligadas a tener honestidad), que ninguna cosa de ellas pue-
den confiar. Que a trueco de llevar adelante su voluntad y aque-
lla afeción que el demonio les pone, no miran nada. Aunque yo he
sido tan ruin, en ninguna de esta suerte yo no caí, ni jamás
pretendí hacer mal, ni aunque pudiera, quisiera forzar la vo-
luntad para que me la tuvieran, porque me guardó el Señor
de esto; mas si me dejara, hiciera el mal que hacía en lo demás,
que de mí ninguna cosa hay que fiar.
Pues como supe esto, comencé a mostrarle más amor. Mi
intención buena era, la obra mala; pues por hacer bien, por
grande que sea, no había de hacer un pequeño mal. Tratábale
muy ordinario de Dios. Esto debía aprovecharle, aunque más
creo le hizo al caso el quererme mucho; porque por hacerme pla-
cer, me vino a dar el idolillo, el cual hice echar luego en un río.
Quitado éste, comenzó, como quien despierta de un gran sueño, a
irse acordando de todo lo que había hecho aquellos años; y es-
pantándose de si, doliéndose de su perdición, vino a comenzar
a aborrecerla. Nuestra Señora le debía ayudar mucho, que era
muy devoto de su Conceción, y en aquel día hacía gran fie.sta.
En fin, dejó del todo de verla, y no se hartaba de dar gracias
a Dios por haberle dado luz. ñ. cabo de un año en punto, desde
el primer día que yo le vi, murió. Y había estado muy en servicio
de Dios, porque aquella afición grande que me tenía, nunca
entendí ser mala, aunque pudiera ser con más puridad; mas tam-
bién hubo ocasiones para que, si no le tuviera muy delante a
Dios, hubiera ofensas suyas más graves. Como he dicho, cosa
que yo entendiera era pecado mortal, no la hiciera entonces.
Y paréceme que le ayudaba a tenerme amor ver esto en mí; que
creo todos los hombres deben ser más amigos de mujeres que
CAPITULO V 3!
ven encunadas a virtud; y aun para lo que acá pretenden, de-
ben de ganar con ellos más por aquí, sigún después diré. Tengo
por cierto está en carrera de salvación (1). Murió muy bien
y muy quitado de aquella ocasión; parece quiso el Señor que
por estos medios se salvase.
Estuve en aquel lugar tres meses con grandísimos traba-
jos, porque la cura fué más recia que pedía mi complexión. A
los dos meses, a poder de medicinas, me tenía casi acabada la
vida; y el rigor del mal de corazón, de que me fui a curar, era
mucho más recio, que algunas veces me parecían con dientes
agudos me asíarj de él, tanto que se temió era rabia. Con la falta
grande de virtud, porque ninguna cosa podía comer, si no era
bebida, de grande hastío, calentura muy contina, y tan gastada,
porque casi un mes me había dado una purga cada día, estaba
tan abrasada, que se me comenzaron a encoger los nervios con
dolores tan incomportables, que día ni noche ningún sosiego po-
día tener; una tristeza muy profunda.
Con esta ganancia me tornó a traer mi padre, adonde tor-
naron a verme médicos. Todos rae desahuciaron, que decían, sobre
todo este mal, decían estaba ética. De esto se me daba a mí poco;
los dolores eran los que me fatigaban, porque eran en un ser
desde los pies hasta la cabeza; porque de niervos son intolera-
bles, sigún decían los médicos; y como todos se encogían, cierto,
si yo no lo hubiera por mi culpa perdido, era recio tormento.
En esta reciedumbre no estaría más de tres meses, que parecía
imposible poderse sufrir tantos males juntos. Ahora rae espanto
y tengo por gran merced del Señor la paciencia que Su Majestad
me dio, que se vía claro venir de El. Mucho me aprovechó para
tenerla, haber leído la historia de Job en los Morales de San
Gregorio (2), que parece previno el Señor con esto, y con haber
1 Refiérese al sacerdote que conoció en Becedas.
2 Religiosamente guardan las Descalzas de San José de Avila dos abultados tomos de
los Morales de San Gregorio, que se cree manejó la Santa. Pd principio del segundo volumen
viene esta nota: "Estos Morales son los de nuestra santa Me. u en las oras de dormir arrimaba
a ellos su santa cabeza, tj algunas señales que tienen yzo con sus santas manos, apuntando
cosas que la acían devoción». Acerca de estas apuntaciones, debo advertir que la mayor parte,
lo mismo que muchas del Mbecedario espiritual, no son de la Santa, contra lo que han
supuesto muchos escritores. Tienen, además, muy escaso valor místico, y algunas son hasta
32 VIDA DE SftNTñ TERESA DE JESUS
comenzado a tener oración, para que yo lo pudiese llevar con
tanta conformidad. Todas mis pláticas eran con El. Traía muy
ordinario estas palabras de Job en el pensamiento, y decíalas:
«Pues recibimos los bienes de la mano del Señor, .¿por qué no
sufriremos los males?» (1). Esto parece rae ponía esfuerzo.
Vino la fiesta de Nuestra Señora de Agosto, que hasta en-
tonces desde Abril había sido el tormento, aunque los tres pos-
treros meses mayor. Di priesa a confesarme, que siempre era
muy amiga de confesarme a menudo. Pensaron que era miedo de
morirme, y por no me dar pena, mi padre no me dejó. ¡Oh amor
de carne demasiado, que aunque sea de tan católico padre y
tan avisado, que lo era harto, que no fué inorancia, me pudiera
hacer gran daño! Dióme aquella noche un parajismo (2), que me
duró estar sin ningún sentido cuatro días poco menos. En esto me
dieron el Sacramento de la Unción, y cada hora u memento (3)
pensaban expiraba, y no hacían sino decirme el credo, como si
alguna cosa entendiera. Teníanme a veces por tan muerta, que
hasta la cera me hallé después en los ojos (4).
La pena de mi padre era grande de no me haber dejado con-
fesar; clamores y oraciones a Dios, muchas. Bendito sea El que
quiso oírlas, que tiniendo día y medio abierta la sepoltura en
mi monesterio, esperando el cuerpo allá y hechas las honras en
uno de nuestros frailes, fuera de aquí, quiso el Señor tornase en
triviales; una razón más para sospechar que no fueron escritas por la ilustre Doctora. La varie-
dad de letras que se observa en estas apostillas marginales, indican que los libros fueron también
leídos en tiempos antiguos por otras personas. Véanse, por ejemplo, las notas de las página.s
33, 57, 230 jj otras muchas del ñbecedario ij de las 78 y 13'1 de los Morales, que ciertamente
no son de Santa Teresa. Aunque no tantos como el Tercer ñbecedario, tienen los Morales sus
llamadas al margen u pasajes subrayados. La edición fué hecha en Sevilla, en ia imprenta de
J. Cromberger, año de 1527.
1 Job, II, 10.
2 Así emplea siempre la Santa esta palabra por parasismo o paroxismo que decimos hoy.
5 Por momento, de uso muy frecuente en Santa Teresa.
4 Acerca de esta gravísima enfermedad de la Santa, cuenta el P. Ribera (Vida, 1. I, c. 7):
«La sepultura estaba abierta en la Encarnación y estaban esperando el cuerpo para enterrarle, y
monjas estaban allí que habían enviado para estar con el cuerpo, y hubiéranla enterrado si su
padre no lo estorbara muchas veces, contra el parecer de todos; porque conocía mucho el pulso
y no se podía persuadir que estuviese muerta, y cuando decían que se enterrase, decía: esta hija
no es para enterrari>. Un descuido de su hermano Lorenzo estuvo a punto de acabar con la
enferma. Cuenta el mismo historiador, en el capítulo citado, que «velándola una noche de éstas
Lorenzo de Cepeda, su hermano, se durmió, y una vela que tenía sobre la cama se acabó, y se
quemaban las almohadas y mantas y colcha de la cama, y si él no despertara al humo, se
pudiera quemar o acabar de morir la enferma».
CAPITULO V 33
mí. Luego me quise confesar. Comulgué con hartas lágrimas,
ñas, a mi parecer, que no eran con el sentimiento y pena de sólo
haber ofendido a Dios, que bastara para salvarme, si el en-
gaño que traía de los que me habían dicho no eran algunas cosas
pecado mortal, que cierto he visto después lo eran, no me apro-
vechara. Porque los dolores eran incomportables; con que quedé
el sentido poco, aunque la confesión entera, a mi parecer, de
todo lo que entendí había ofendido a Dios. Que esta merced
me hizo Su Majestad, entre otras, que nunca, después que co-
mencé a comulgar, dejé cosa por confesar que yo pensase era
pecado, aunque fuese venial, que le dejase de confesar. Mas sin
duda me parece que lo iba harto mi salvación, si entonces me
muriera, por ser los confesores tan poco letrados por una parte,
y por otra ser yo ruin, y por muchas.
Es verdad, cierto, que me parece estoy con tan gran espanto
llegando aquí, y viendo cómo parece me resucitó el Señor, que
estoy casi temblando entre mí. Paréceme fuera bien, oh ánima
mía, que miraras del peligro que el Señor te había librado, y
ya que por amor no le dejabas de ofender, lo dejaras por te-
mor, que pudiera otras mil veces matarte en estado más peli-
groso. Creo no añado (1) muchas en decir otras mil, aunque me
riña quien me mandó moderase el contar mis pecados, y harto
hermoseados van. Por amor de Dios le pido, de mis culpas no
quite nada, pues se ve más aquí la raanificencia de Dios, y lo
que sufre a un alma. Sea bendito para siempre. Plega a Su Majes-
tad que antes me consuma que le deje yo más de querer.
1 El original; añido.
CAPITULO VI
TRATA DE LO MUCHO QUE DEBIÓ A EL SEÑOR EN DARLE COMFOR-
MIDAD CON TAN GRANDES TRABAJOS, Y COMO TOMO POR MEDIA-
NERO Y ABOGADO AL GLORIOSO SAN JOSEF, Y LO MUCHO QUE LE
APROVECHO.
Quedé de estos cuatro días de parajismo de manera, que
sólo ei Señor puede saber los incomportables tormentos que
sentía en mí. La lengua hecha pedazos de mordida; la garganta
de no haber pasado nada g de la gran flaqueza que me ahogaba,
que aun el agua no podía pasar. Toda me parecía estaba des-
coyuntada, con grandísimo desatino en la cabeza. Toda enco-
gida hecha un ovillo, porque en esto paró el tormento de aquellos
días, sin poderme menear, ni brazo, ni pie, ni mano, ni cabeza,
más que si estuviera muerta, si no me meneaban; sólo un dedo
me parece podía menear de la mano derecha. Pues llegar a mí,
no había cómo, porque todo estaba tan lastimado, que no lo po-
día sufrir. En una sábana, una de un cabo y otra de otro (1), me
meneaban; esto fué hasta Pascua florida. Sólo tenía, que si no
llegaban a mí, los dolores me cesaban muchas veces; y a cuento
de descansar un poco, me contaba por buena, que traía temor
me había de faltar la paciencia; y ansí quedé muy contenta de
verme sin tan agudos y continos dolores, aunque a los recios
fríos de cuartanas dobles con que quedé, recísimas, los tenia
incomportables; el hastío muy grande.
Dejó la Santa incompleta la frase omitiendo de otro.
56 VIDft DE SANTA TERESA DE JESÚS
Di luego tan gran priesa de irme a el monesterio, que me
hice llevar ansí. A la que esperaban muerta, recibieron con alma;
mas el cuerpo peor que muerto, para dar pena verle. El extremo
de flaqueza no se puede decir, que sólo los huesos tenía ya;
digo que estar ansí me duró más de ocho meses. El estar tullida,
aunque iba mijorando, casi tres años. Cuando comencé a andar
a gatas, alababa a Dios. Todos los pasé con gran conformidad,
y si no fué estos principios, con gran alegría; porque todo se
me hacía nonada, comparado con los dolores y tormentos del
principio; estaba muy conforme con la voluntad de Dios, aunque
me dejase ansí siempre. Parécerae era toda mi ansia de sanar
por estar a solas en oración, como venía mostrada, porque en
la enfermería no había aparejo. Confesábame muy a menudo;
trataba mucho de Dios, de manera que edificaba a todas y se
espantaban de la paciencia que el Señor me daba; porque, a
no venir de mano de Su Majestad, parecía imposible poder
sufrir tanto mal con tanto contento.
Gran cosa fué haberme hecho la merced en la oración, que
me había hecho, que ésta me hacía entender qué cosa era amarle;
porque de aquel poco tiempo vi nuevas en mí estas virtudes,
aunque no fuertes, pues no bastaron a sustentarme en justicia.
xMo tratar mal de nadie por poco que fuese, sino lo ordinario
era excusar toda mormur ación; porque traía muy delante cómo
no había de querer, ni decir de otra persona lo que no quería di-
jesen de mí. Tomaba esto en harto extremo para las ocasiones
que había, aunque no tan perfetamente, que algunas veces, cuan-
do me las daban grandes, en algo no quebrase; mas lo contino
era esto; y ansí; a las que estaban conmigo y me trataban, persua-
día tanto a esto, que se quedaron en costumbre. Vínose a entender
que adonde yo estaba tenían siguras las espaldas, y en esto esta-
ban con las que yo tenía amistad y deudo, y enseñaba; aunque en
otras cosas tengo bien que dar cuenta a Dios de el mal ejem-
plo que les daba. Plega a Su Majestad me perdone, que de
muchos males fui causa, aunque no con tan dañada intención
como después sucedía la obra.
Quedóme deseo de soledad, amiga de tratar y hablar en
CAPITULO VI 57
Dios; que si yo hallara con quién, más contento y recreación
m€ daba, que toda la pulicía u grosería, por mijor decir, de
la conversación del mundo; comulgar y confesar muy más a me-
nudo y desearlo; amiguísima de leer buenos libros; un gran-
dísimo arrepentimiento en habiendo ofendido a Dios, que muchas
veces me acuerdo, que no osaba tener oración, porque temía la
grandísima pena que había de sentir de haberle ofendido, como
un gran castigo. Esto me fué creciendo después en tanto extre-
mo, que no sé yo a qué compare este tormento. Y no era poco
ni mucho por temor, jamás, sino como se me acordaba los re-
galos que el Señor me hacía en la oración y lo mucho que le
debía, y vía cuan mal se lo pagaba, no lo podía sufrir, y enojá-
bame en extremo de las muchas lágrimas que por la culpa lloraba,
cuando vía mi poca enmienda, que ni bastaban determinaciones,
ni fatiga en que me vía para no tornar a caer en puniéndome
en la ocasión. Parecíanme lágrimas engañosas, y parecíame ser
después mayor la culpa, porque vía la gran merced que me hacía
el Señor en dármelas, y tan gran arrepentimiento. Procuraba
confesarme con brevedad, y a mi parecer, hacía de mi parte lo
que podía para tornar en gracia. Estaba todo el daño en no quitar
de raíz las ocasiones, y en los confesores que me ayudaban poco.
Que a decirme en el peligro que andaba, y que tenía obligación
a no traer aquellos tratos, sin duda creo se remediara; porque
en ninguna vía sufriera andar en pecado mortal sólo un día, si
yo lo entendiera. Todas estas señales de temer a Dios me vinie-
ron con la oración, y la mayor era ir envuelto en amor, porque
no se me ponía delante el castigo. Todo lo que estuve tan mala
me duró mucha guarda de mi conciencia cuanto a pecados mor-
tales. ¡Oh, válame Dios, que deseaba yo la salud para más ser-
virle, y fué causa de todo mi daño!
Pues como me vi tan tullida, y en tan poca edad, y cuál
me habían parado los médicos de la tierra, determiné acudir
a los del cielo para que me sanasen, que todavía deseaba la sa-
lud, aunque con mucha alegría lo llevaba. Y pensaba algunas
veces, que si estando buena me había de condenar, que mijor
estaba ansí; mas todavía pensaba que serviría mucho más a
38 VIDA DE SñNTñ TERESA DE JESÚS
Dios con la salud. Este es nuestro engaño, no nos dejar del todo
a lo que el Señor hace, que sabe mijor lo que nos conviene.
Comencé a )hacer devociones de misas, y cosas muy aprobadas
de oraciones, que nunca fui amiga de otras devociones que hacen
algunas personas, en especial mujeres, con cerimonias que yo no
podía sufrir, y a ellas les hacía devoción; después se ha dado
a entender no convenían, que eran supresticiosas ; y tomé por
abogado y señor a el glorioso San Josef, y encomendéme mucho
a él. Vi claro, que ansí de esta necesidad, como de otras mayores
de honra y pérdida de alma, este Padre y Señor mío me sacó
con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo hasta hora (1),
haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa
que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por
medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha
librado, ansí de cuerpo como de alma; que a otros Santos
parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad;
a este glorioso Santo tengo expiriencia que socorre en todas, y
que quiere el Señor darnos a entender que ansí como le fué
sujeto en la tierra, que como tenía nombre de padre siendo
ayo, le podía mandar, ansí en el cielo hace cuanto le pide. Esto
han visto otras algunas personas, a quien yo decía se encomen-
dasen a él, también por expiriencia; y aún hoy muchas que le
son devotas, de nuevo expirimentando esta verdad (2).
Procuraba yo hacer su fiesta con toda la solenidad que
podía (3), más llena de vanidad que de espíritu, quiriendo se
hiciese muy curiosamente y bien, aunque con buen intento; mas
esto tenía malo, si algún bien el Señor me daba gracia que hicie-
se, que era lleno de imperfeciones, y con muchas faltas. Para
el mal, y curiosidad, y vanidad tenía gran maña y diligencia; el
Señor me perdone. Querría yo persuadir a todos fuesen devo-
1 Por ahora.
2 Este pasaje se venía imprimiendo muy defectuosamente en la siguiente forma: -jEsto han
visto otras algunas personas, a quien yo decía se encomendaba a él, también por expiriencia; u
aún hay muchas que le son devotas de nuevo, experimentando esta verdad».
3 En muchos conventos de España existía la costumbre en el siglo XVI de que cada reli-
giosa, si disponía de haberes, costease, una vez al año, por su propia cuenta, la fiesta de algún
santo al cual fuese particularmente devota. Tal costumbre se guardaba en la Encarnación, y
Santa Teresa solía celebrar el del glorioso San José.
capiTüLo VI 39
tos de este glorioso Santo, por la gran expiricncia que tengo de
los bienes que alcanza de Dios. No he conocido persona que
de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la
vea más aprovechada en la virtud; porque aprovecha en gran
manera a las almas que a él se encomiendan. Paréceme ha al-
gunos años, que cada año en su día le pido una cosa, y siempre
la veo cumplida; si va algo torcida la petición, él la endereza,
para más bien mío.
Si fuera persona que tuviera autoridad de escribir, de buena
gana me alargara en decir muy por menudo las mercedes que ha
hecho este glorioso Santo a mí y a otras personas; mas por no
hacer más de lo que me mandaron, en muchas cosas seré corta,
más de lo que quisiera, en otras más larga que era menester;
en fin, como quien en todo lo bueno tiene poca descrición. Sólo
pido, por amor de Dios, que lo pruebe quien no me creyere, y verá
por expiriencia el gran bien que es encomendarse a este glo-
rioso Patriarca, y tenerle devoción; en especial personas de ora-
ción siempre le habían de ser aficionadas. Que no sé cómo se
puede pensar en la Reina de los Angeles, en el tiempo que tanto
pasó con el Niño Jesús, que no den gracias a San Josef por lo
bien que les ayudó en ellos. Quien no hallare maestro que le
enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro, y no erra-
rá en 2s camino. Plega el Señor no haya yo errado en atreverme
a hablar en él; porque aunque publico serle devota, en los ser-
vicios y en imitarle siempre he faltado. Pues él hizo, como quien
es, en hacer de manera que pudiese levantarme, y andar, y no
estar tullida; y yo, como quien soy, en usar mal de esta merced.
¡Quién dijera que había tan presto de caer, después de
tantos regalos de Dios, después de haber comenzado Su Majestad
a darme virtudes, que ellas mesmas me despertaban a servirle;
después de haberme visto casi muerta, y en tan gran peligro
de ir condenada; después de haberme resucitado alma y cuerpo,
que todos los que me vieron se espantaban de verme viva! i Qué
es esto. Señor mío, en tan peligrosa vida hemos de vivir? Que
escribiendo esto estoy y me parece que con vuestro favor y
por vuestra misericordia podría decir lo que San Pablo, aunque
40 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
no con esa pcrfeción: Que no vivo yo ya, sino que Vos, Criador
mío, vivís en mí (1), sigún ha algunos años qu€, a lo qiiG puedo
entender, me tenéis de vuestra mano, y me veo con deseos y de-
termmaciones, y en alguna manera probado por expiriencia en
estos años ein muchas cosas, de no hacer cosa contra vuestra
voluntad, por pequeña que sea, aunque debo hacer hartas ofen-
sas a Vuestra Majestad sin entenderlo. Y también me parece
que no se me ofrecerá cosa por vuestro amor que con gran de-
terminación me deje de poner a ella, y en algunas me habéis
Vos ayudado para que salga con ellas, y no quiero mundo ni
cosa de él, ni me parece rae da contento cosa que n.o salga (2) de
Vos, y lo demás me parece pesada cruz. Bien me puedo engañar,
y ansí será, que no tengo esto que he dicho; mas bien veis
Vos, mi Señor, que a lo que puedo entender, no miento, y estoy
temiendo, y con mucha razón, si me habéis de tornar a dejar;
porque ya sé a lo que llega mi fortaleza y poca virtud, en no
me la estando Vos dando siempre, y ayudando para que no os
deje; y plega a Vuestra Alajcstad, que aun ahora no esté dejada
de Vos, pareciéndome todo esto de mí. ¡No sé cómo queremos
vivir, pues es todo tan incierto! Parecíame a mi. Señor mío, ya
imposible dejaros tan del todo a Vos, y como tantas veces os
dejé; no puedo dejar de temer, porque en apartándoos un poco
de mi, daba con todo en el suelo. Bendito seáis por siempre,
que aunque os dejaba yo a Vos, no me dejastes Vos a mí tan
del todo, que no me tornase a levantar, con darme Vos siem-
pre la mano; y muchas veces. Señor, no la quería, ni quería
entender cómo muchas veces me llamábades de nuevo, como
ahora diré.
1 Galat.. II, 20.
2 Aunque la Santa dice: «ni me parece me da contento cosa que salga de Vos», es evi-
dente que quiso decir: »ni me parece me da contento cosa que no salga de Vos»
CAPITULO VII
TRñTA POR LOS TÉRMINOS QUE FUE PERDIENDO LAS MERCEDES QUE
EL SEÑOR LE HñBIA HECHO, Y CUñN PERDIDA VIDA COMENZÓ A
TENER; DICE LOS DAÑOS QUE HAY EN NO SER MUY ENCERRADOS
LOS MONESTERIOS DE MONJAS.
Pues ansí comencé de pasatiempo en pasatiempo, de vanidad
en vanidad, de ocasión en ocasión, a meterme tanto en muy gran-
des ocasiones y andar tan estragada mi alma en muchas vani-
dades, que ya yo tenia vergüenza de en tan particular amis-
tad, como es tratar de oración, tornarme a llegar a Dios; y ayu-
dóme a esto, que, como crecieron los pecados, comenzóme a
faltar el gusto y regalo en las cosas de virtud (1). Vía yo muyi
1 Para que el lector sepa a qué atenerse en estas ponderaciones tan humildes como
exageradas que de sus propias faltas en los primeros años de monja hace la Santa, lea las
siguientes líneas del doctísimo P. Domingo Báñez que, como confesor que fué suyo muchos
aflos, conocía bien su vida. ñ\ artículo segundo del Proceso de beatificación y canonización
hecho en Salamanca, dice: «En la vida que hizo en la Encamación en su mocedad, no entien--
de que hubiese otras faltas en ella más de las que comunmente se hallan en semejantes religio-
sas que se llaman mujeres de bien, y que en aquel tiempo, que tiene por cierto se señaló siempre
en ser grande enfermera y tener más oración de la que comunmente se usa, aunque por su buena
gracia y donaire ha oído decir que era visitada de muchas personas de diferentes estados; lo cual
ella lloró toda la vida, después que Dios la hizo merced de dalle más luz y ánimo para tratar de
perfección en su estado. Y esto lo sabe, no sólo por haberlo oído decir a otros que antes la
habían tratado, sino también por relación de la misma Teresa de Jesús».
En materia de honestidad la Santa fué extremada. Jamás experimentó ni conoció esta pasión.
Ella misma nos dice que las «cosas deshonestas naturalmente las aborrecía», y cuantos trataron de
cerca a la esclarecida Fundadora, dan testimonio de lo mismo. Una de las primeras descalzas y de
más virtud y talento, Ana de Jesús, declara en un expediente de beatificación: «Yo oí decir a los que
en particular sabían las cosas de su alma, que naturalmente era castísima, y ansí pareció dicién-
dole una de nosotras había leído que los deleites espirituales despertaban alguna vez los corpo-*
rales, qué era. Respondiónos: No sé, cierto; jamás me aconteció ni pensé podría ser» (Cfr. Me-
morias historiales, 1. R. n. 161). Depone Petronila Bautista, del convento de S. José de Avila,
en las informaciones hechas en esta ciudad para la canonización de la Santa: «Al artículo 60
42 VIDA DE SñNTfi TERESA DE JESÚS
claro, Señor mío, que me faltaba esto a mí, por faltaros yo a
Vos. Este fué el más terrible engaño que el demonio me podía
hacer debajo de parecer humildad, que comencé a temer de te-
ner oración, de verme tan perdida; y parecíame era raijor andar
como los muchos, pues en ser ruin era de los peores, y rezar
lo que estaba obligada, y vocalmente, que no tener oración men-
tal, y tanto trato con Dios, la que merecía estar con los demo-
nios, y que engañaba a la gente; porque en lo exterior tenía
buenas aparencias. Y ansí no es de culpar a la casa adonde es-
taba, porque con mi maña procuraba me tuviesen en buena opi-
nión, aunque no de advertencia, fingiendo cristiandad; porque
en esto de hiproquesía y vanagloria, gloria a Dios, jamás me
acuerdo haberle ofendido, que yo entienda, que en viniéndome
primer movimiento, me daba tanta pena, que el demonio iba
con pérdida y yo quedaba con ganancia, y ansí en esto muy poco
me ha tentado jamás. Por ventura si Dios primitiera me ten-
tara en esto tan recio como en otras cosas, también cayera; mas
Su Majestad hasta ahora me ha guardado en esto; sea por siem-
pre bendito. Antes me pesaba mucho de que me tuviesen en buena
opinión, como yo sabía lo secreto de mí.
Este no me tener por tan ruin, venía que como me vían tan
moza, y en tantas ocasiones, y apartarme muchas veces a soledad
a rezar y leer mucho, hablar de Dios, amiga de hacer pintar
su imagen en muchas partes, y de tener oratorio, y procurar
en él cosas que hiciesen devoción, no decir mal, otras cosas
de esta suerte, que tenían aparencia de virtud; y yo que de vana
me sabía estimar en las cosas que en el mundo se suelen tener
por estima. Con esto me daban tanta y más libertad que a
las muy antiguas, y tenían gran siguridad de mí; porque tomar
yo libertad, ni hacer cosa sin licencia, digo por agujeros, u pa-
redes, u de noche, nunca me parece lo pudiera acabar conmigo
en monesterio hablar de esta suerte, ni lo hice, porque me tuvo
dijo: que sabe, vio g conoció que la Santa Madre fué acabadísima o perfecta en el don de la
castidad, de tal manera, que la Santa Madre, tratando de las \Trtudes, la dijo a esta declarante
la señalada merced que Dios Nuestro Señor la había hecho en este particular; porque no sabía lo
que era tentación ni en toda su vida lo había experimentados. Súfrase esta larga nota en gracia
al esclarecimiento de una verdad que [con sobrada frecuencia olvidan, al hablar de Santa Teresa,
muchos escritores mundanos, y otros que no parecen serlo tanto.
CAPITULO VII 43
g1 Señor de su mano. Parecíame a mí, que con advertencia y de
propósito miraba muchas cosas, que poner la honra de tantas
en aventura, por ser yo ruin, siendo ellas buenas, que era muy
mal hecho; como si fuera bien otras cosas que hada. A la ver-
dad, no iba el mal de tanto acuerdo como esto fuera, aunquei
era mucho.
Por esto me parece a mí me hizo harto daño no estar en
monesterio encerrado; porque la libertad que las que eran buenas
podían tener con bondad, porque no debían más, que no se pro-
metía clausura, para mí que soy ruin hubiérame cierto llevado
a el infierno, si con tantos remedios y medios, el Señor, con
muy particulares mercedes suyas, no me hubiera sacado de este
peligro; y ansí me parece lo es grandísimo monesterio de muje-
res con libertad, y que más me parece es paso para caminar al
infierno las que quisieren ser ruines, que remedio para sus
flaquezas. Esto no se tome por el mío, porque hay tantas que
sirven muy de veras y con mucha perfeción al Señor, que no
puede Su Majestad dejar, sigún es bueno, de favorecerlas, y
no es de los muy abiertos, y en él se guarda toda religión, sino
de otros que yo sé y he visto.
Digo que me hace gran lástima, que ha menester el Señor
hacer particulares llamamientos, y no una vez sino muchas, para
que se salven, sigún están autorizadas las honras y recreacio-
nes del mundo, y tan mal entendido a lo que están obligadas,
que plega a Dios no tengan por virtud lo que es pecado, como
muchas veces yo lo hacía; y hay tan gran dificultad en hacerlo
entender, que es menester el Señor ponga muy de veras en ello
su mano. Si los padres tomasen mi consejo, ya que no quieran
mirar a poner sus hijas adonde vayan camino de salvación, sino
con más peligro que en el mundo, que lo miren por lo que toca a
su honra; y quieran más casarlas muy bajamente, que meterlas
en monesterios semejantes, sino son muy bien inclinadas, y plega
a Dios aproveche, u se las tenga en su casa. Porque si quiere
ser ruin, no se podrá encubrir sino poco tiempo, y acá muy
mucho, y, en fin, lo descubre el Señor; y no sólo daña a sí,
sino a todas; y a las veces las pobrecitas no tienen culpa, por-
44 VIDñ DE SílNTñ TERESA DE JESÚS
que se van por lo que hallan. Y es lástima de muchas que stí
quieren apartar del mundo, ij pensando que se van a servir a el
Señor y a apartar de los peligros del mundo, se hallan en diez
mundos juntos, que ni saben cómo se valer, ni remediar; que la
mocedad, y sensualidad y demonio las convida y enclina a si-
guir algunas cosas que son de el mesmo mundo. Ve allí que lo
tienen por bueno, a manera de decir. Paréceme como los desven-
turados de los herejes en parte, que se quieren cegar y hacer
entender que es bueno aquello que siguen, y que lo creen ansí
sin creerlo; porque dentro de sí tienen quien les diga que es malo.
¡Oh grandísimo mal! grandísimo mal de religiosos, no digo
ahora más mujeres que hombres, adonde no se guarda religión;
adonde en un monesterio hay dos caminos de virtud y religión,
y falta de religión, y todos casi se andan por igual; antes, mal
dije, no por igual, que por nuestros pecados camínase más el
más imperfeto, y como hay más de él, es más favorecido. Usase
tan poco el de la verdadera religión, que más ha de temer el
fraile y la monja que ha de comenzar de veras a siguir del todo
su llamamiento a los mesnios de su casa, que a todos los demonios.
Y más cautela y disimulación ha de tener para hablar en la amis-
tad que desea tener con Dios, que en otras amistades y volunta-
des que el demonio ordena en los monesterios. Y no sé de qué
nos espantamos haya tantos males en la Iglesia; pues los que
habían de ser los dechados para que todos sacasen virtudes, tie-
nen tan borrada la labor que el espíritu de los Santos pasados
dejaron en las religiones. Plega la Divina Majestad ponga re-
medio en ello, como ve que es menester. Amén.
Pues comenzando yo a tratar estas conversaciones, no me
pareciendo, como vía que se usaban, que había de venir a mi alma
el daño y destraimiento que después entendí era semejantes
tratos, pareciéndome que cosa tan general como es este visitar
en muchos monesterios, que no me haría a mí más mal que a
las otras, que yo vía eran buenas; y no miraba que eran muy
mijores, y que lo que en mí fué peligro, en otras no k sería
tanto; que alguno dudo yo le deja de haber, aunque no sea sino
tiempo mal gastado. Estando con una persona, bien al principio
CAPITULO VII 45
del conocerla, quiso el Señor darme a entender que no me
convenían aquellas amistades, y avisarme y darme luz en tan
gran ceguedad. Represénteseme Cristo delante con mucho rigor,
dándome a entender lo que de aquello no le pesaba (1). Vile
con los ojos del alma más claramente que le pudiera ver con los
del cuerpo, y quedóme tan imprimido, que há esto más de ven-
tiséis años, y me parece lo tengo presente. Yo quedé muy espan-
tada, y turbada, y no quería ver más a con quien estaba.
Hízome mucho daño no saber yo que era posible ver nada,
si no era con los ojos de el cuerpo; y el demonio, que me ayudó
a que lo creyese ansí, y hacerme entender era imposible, y que
se me había antojado, y que podía ser el demonio, y otras cosas
de esta suerte; puesto que siempre me quedaba un parecerme era
Dios, y que no era antojo. Mas como no era a mi gusto, yo me
hacía a mí mesma desmentir; y yo, como no lo osé tratar con
nadie, y tornó después a haber gran importunación, asigurándo-
me que no era mal ver persona semejante, ni perdía honra, antes
que la ganaba, torné a la mesma conversación, y aun en otros tiem-
pos a otras, porque fué muchos años los que tomaba esta recrea-
ción pestilencial, que no me parecía a mí, como estaba en ello,
tan malo como era, aunque a veces claro vía no era bueno; mas
ninguna no me hizo el destraimiento que esta que digo, porque
la tuve mucha afición.
Estando otra vez con la mesma persona, vimos venir hacia
nosotros, y otras personas que estaban allí también lo vieron,
una cosa a manera de sapo grande, con mucha más ligereza que
ellos suelen andar (2). De la parte que él vino, no puedo yo
entender pudiese haber semejante sabandija en mitad del día,
ni nunca la habido, y la operación que hizo en mí, me parece
no era sin misterio; y tampoco esto se me olvidó jamás, i Oh gran-
deza de Dios, y con cuánto cuidado y piadad me estábades avisan-
do de todas maneras y qué poco me aprovechó a raí!
i E[ P. Báñez enmendó el original poniendo; no le agradaba.
1 A la izquieida de la puerta reglai de entrada ai monasterio de la Encarnación, con-
sérvase, en la parte baja, un reducido locutorio donde es tradición vio la Sama al sapo de
proporciones desmesuradas u también a Cristo en la forma que acaba de explicar ueoe
lincas más arriba.
46 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
Tenía allí una monja, que era mi parienta, antigua y gran
sicrva de Dios y de mucha religión. Esta también me avisaba
algunas veces ; y no sólo no la creía, mas desgustábame con
ella, y parecíame se escandalizaba sin tener por qué. He dicho
esto para que se entienda mi maldad y la gran bondad de Dios.,
y cuan merecido tenía el infierno por tan grande ingratitud; y
también porque si el Señor ordenare y fuere servido en algún
tiempo lea esto alguna monja, escarmienten en mí; y les pido
yo, por amor de nuestro Señor, huyan de semejantes recrea-
ciones. Plega a Su Majestad se desengañe alguna por mí de
cuantas he engañado, diciéndoles que no era mal, y asigurando
tan gran peligro con la ceguedad que yo tenía, que de propósito
no las quería yo engañar; y por el mal ejemplo que las di, como
he dicho, fui causa de hartos males, no pensando hacía tanto mal.
Estando yo mala en aquellos primeros días, antes que su-
piese valerme a mí, me daba grandísimo deseo de aprovechar
a los otros; tentación muy ordinaria de los que comienzan, aun-
que a mí me sucedió bien. Como quería tanto a mi padre, deseá-
bale con el bien, que yo me parecía tenía con tener oración, que
me parecía que en esta vida no podía ser mayor que tener
oración; y ansí por rodeos, como pude, comencé a procurar con
él la tuviese. Díle libros para este propósito. Como era tan vir-
tuoso, como he dicho, asentóse tan bien en él este ejercicio, que
en cinco u seis anos me parece sería, estaba tan adelante, que
yo alababa mucho a el Señor y dábame grandísimo consuelo.
Eran grandísimos los trabajos que tuvo de muchas maneras; to-
dos los pasaba con grandísima conformidad. Iba muchas veces
a verme, que se consolaba en tratar cosas de Dios.
Ya después que yo andaba tan destruida y sin tener ora-
ción, como vía pensaba que era la que solía, no lo pude sufrir
sin desengañarle; porque estuve un año, y más, sin tener oración,
pareciéndome más humildad. Y ésta, como después diré, fué la
mayor tentación que tuve, que por ella me iba a acabar de perder;
que con la oración un día ofendía a Dios, y tornaba otros a
recogerme y apartarme más de la ocasión. Como el bendito
hombre venía con esto, hacíaseme recio verle tan engañado, en
CAPITULO VII 47
quG pensase trataba con Dios como solía, g díjele que ya yo
no tenía oración, aunque no la causa. Púsele mis enfermedades
por enconviniente, que aunque sané de aquella tan grave, siem-
pre hasta hora las he tenido, y tengo bien grandes; aunque de
poco acá, no con tanta reciedumbre, mas no se quitan, de muchas
maneras. En especial tuve veinte anos vómitos por las mañanas,
que hasta más de mediodía me acaecía no poder desayunarme;
algunas veces más tarde. Después acá que frecuento más a menudo
las comuniones, es a la noche antes que me acueste, con mucha
más pena, que tengo yo de procurarle con plumas u otras co-
sas; porque si lo dejo, es mucho el mal que siento, y casi nunca
estoy, a mi parecer, sin muchos dolores, y algunas veces bien
graves, en especial en el corazón; aunque el mal que me to-
maba muy contino, es muy de tarde en tarde; perlesía recia y
otras enfermedades de calenturas que solía tener muchas veces
me hallo buena ocho años ha. De estos males se me da ya tan
poco, que muchas veces me huelgo, pareciéndom^ en algo se sirve
el Señor.
Y mi padre me creyó que era esta la causa, como él no decía
mentira, y ya, conforme a lo que yo trataba con él, no la había
yo de decir. Díjele, porque mijor lo creyese, que bien vía yo
que para esto no había disculpa, que harto hacía en poder servir
el coro. Y aunaue tampoco era causa bastante para dejar cosa,
que no son menester fuerzas corporales para ella, sino sólo amar
y costumbre; que el Señor da siempre oportunidad si queremos.
Digo siempre, que, aunque con ocasiones, y aun enfermedad,
algunos ratos impida para muchos ratos de soledad, no deja
de haber otros que hay salud para esto, y en la mesma enferme-
dad y ocasiones, es la verdadera oración, cuando es alma que
ama, en ofrecer aquello y acordarse por quien lo pasa, y confor-
marse con ello y mil cosas que se ofrecen. Aquí ejercita el amor,
que no es por fuerza que ha de haberla cuando hay tiempo de
soledad, y lo demás no ser oración.
Con un poquito de cuidado, grandes bienes se hallan en el
tiempo que con trabajos el Señor nos quita el tiempo de la
oración; y ansí los había yo hallado cuando tenía buena con-
48 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
ciencia. Mas él, con la opinión que tenía de mi, y el amor que
me tenía, todo me lo creyó, antes me hubo lástima. Mas como
él estaba ya en tan subido estado, no estaba después tanto con-
migo, sino, como me había visto, íbase, que decía era tiempo
perdido. Como yo le gastaba en otras vanidades, débaseme poco.
No fué sólo a él, sino a otras algunas personas las que procuré
tuviesen oración. Aun andando yo en estas vanidades, como las
vía amigas de rezar, las decía cómo temían meditación, y les
aprovechaba, y dábales libros; porque este deseo de que otros
sirviesen a Dios, desde que comencé oración, como he dicho, le
tenía. Parecíame a mí que, ya que yo no servía al Señor como lo
entendía, que no se perdiese lo que me había dado Su Majes-
tad a entender, y que le sirviesen otros por mí. Digo esto, para
que se vea la gran ceguedad en que estaba, que me dejaba perder
a mí y procuraba ganar a otros.
En este tiempo dio a mi padre la enfermedad de que murió,
que duró algunos días. Fuíle yo a curar, estando más enferma
en el alma que él en el cuerpo, en muchas vanidades, aunque
no de manera que, a cuanto entendía, estuviese en pecado mor-
tal en todo este tiempo más perdido que digo; porque, entendién-
dolo yo, en ninguna manera lo estuviera. Pasé harto trabajo en
su enfermedad; creo le serví algo de los que él había pasado
en las mías. Con estar yo harto mala me esforzaba, y, con que
en faltarme él me faltaba todo el bien y regalo, porque en un
ser me le hacía, tuve tan gran ánimo para no le mostrar pena y
estar hasta que murió, como si ninguna cosa sintiera, parecién-
dome se arrancaba mi alma cuando vía acabar su vida, porque
le quería mucho.
Fué cosa para alabar a el Señor la muerte que murió, y la
gana que tenía de morirse, los consejos que nos daba después
de haber recibido la Extrama-Unción, el encargarnos le enco-
mendásemos a Dios, y le pidiésemos misericordia para él, y que
siempre le sirviésemos; que mirásemos se acababa todo. Y con
lágrimas nos decía la pena grande que tenía de no haberle él ser-
vido, que quisiera ser un fraile, digo, haber sido de los más es-
trechos que hubiera. Tengo por muy cierto, que quince días an-
CAPITULO VII 49
t€s le dio el Señor a entender no había de vivir; porque antes
de estos, aunque estaba malo, no lo pensaba. Después, con tener
mucha mijoría y decirlo los médicos, ningún caso hacía de ello,
sino entendía en ordenar su alma.
Fué su principal mal de un dolor grandísimo de espaldas,
que jamás se le quitaba; algunas veces le apretaba tanto, que le
congojaba mucho. Díjele yo, que, pues era tan devoto de cuando
el Señor llevaba la cruz a cuestas, que pensase Su Majestad
le quería dar a sentir algo de lo que había pasado con aquel
dolor. Consolóse tanto, que me parece nunca más le oí quejar.
Estuvo tres días muy falto el sentido. El día que murió se le
tornó el Señor tan entero, que nos espantábamos, y le tuvo hasta
que a la mitad del credo, diciéndole él mesmo, expiró. Quedó
como un ángel; ansí me parecía a mí lo era él, a manera de de-
cir, en alma y dispusición, que la tenía muy buena. No sé para
qué he dicho esto, si no es para culpar más mi ruin vida, des-
pués de haber visto tal muerte, y entender tal vida, que por
parecerme en algo a tal padre, la había yo de mijorar. Decía
su confesor, que era Dominico, muy gran letrado, que no dudaba
de que se iba derecho al cielo, porque había algunos años que
le confesaba y loaba su limpieza de conciencia (1).
1 Parece cierto que D. Alonso Sánchez de Cepeda murió el 24 de Diciembre de 1543. La
enfermedad que lo llevó al sepulcro, dice la Santa, que le duró algunos días. Quizá al presentir
la muerte, se movió D. Alonso a otorgar testamento, que lleva fecha de 5 de Diciembre de este
mismo año, y no de 26 de Diciembre de 1544 como afirma D. Miguel Mir (Santa Teresa de
Jesús, t. I, p. 144). En 26 de Diciembre de 1543, se procedió a la apertura del testamento a peti-
ción del señor Lorenzo de Cepeda, que era hermano y téstame r.tario del difunto D. Alonso. En los
ñutos del pleito a que dio lugar la disposición de la última voluntad del padre de la Santa, se
dice textualmente: «que al tiempo que falleció el dicho Alonso de Cepeda, que fué en fin del
aflo de quinientos cuarenta g tres años, el dicho Alartín de Quzm ín»... A magor abundamiento,
todos los te.stigos de Goterrendura llamados a declarar en el pleiio por el mes de Octubre de
1544, dicen «que había un afto, poco más o menos, que era muerto D. Alonso Sánchez de Ce-
peda». Daremos en los Apéndices copia extensa de estos Rutos, tal como los trae el P. Ma-
nuel, (Ms. 8.713 de la B. Nacional). Alargar la fecha de la muerte hasta principios de 1545
como lo hace el señor Mir en el lugar citado, es error cronológico manifiesto.
No se sabe donde fué enterrado el padre de la Santa. Algunos escritores (g hacen suya esta
opinión las Carmelitas de París Oeuvtes de Sainte Thérese, t. I, p. 110), afirman que fué enterra-
do en la iglesia de San Francisco, hoy arruinada. No parece tener esta opinión fundamento muy
sólido. A mediados del siglo XVII examinó la sepultura en que se decía descansar D. Alonso,
el P. Antonio de la Madre de Dios, C. D. La sepultura no era del padre de la Santa, sino de
su tío, seglin rezaba la siguiente inscripción: «Aquí yacen los muy ilustres señores Francisco
Alvarez de Cepeda y D.a María de Ahumada, su mujer». Tal vez la identidad de apellidos y el
parentesco, dio lugar a la equivocación indicada. Mucho más probable es que los restos de
D. Alonso fueran a reposar junto a los de su segunda mujer D.a Beatriz, en la parroquia de San
Juan. Esta era la co-stumbre general de entonces, y no parece inverosímil la observasen esposos
que tanto se habían querido en vida.
50 VIDñ DE SANTA TERESA DE JESÚS
Este Padre Dominico (1), que era muy bueno y temeroso
de Dios, me hizo harto provecho; porque me confesé con el y
tomó a hacer bien a mi alma con cuidado, y hacerme entender
la perdición que traía. Hacíame comulgar de quince a quince días,
y poco a poco, comenzándole a tratar, trátele de mi oración.
Díjome que no la dejase, que en ninguna manera me podía ha-
cer sino provecho. Comencé a tornar a ella, aunque no a quitar-
me de las ocasiones, y nunca más la dejé. Pasaba una vida tra-
bajosísima, porque en la oración entendía más mis faltas. Por
una parte me llamaba Dios, por otra yo siguía a el mundo. Dá-
banme gran contento todas las cosas de Dios. Teníanme atada
las del mundo. Parece que quería concertar estos dos contrarios,
tan enemigo uno de otro, como es vida espiritual, y contentos,
y gustos y pasatiempos sensuales. En la oración pasaba gran
trabajo, porque no andaba el espíritu señor, sino esclavo; y ansí
no me podía encerrar dentro de mí, que era todo el modo de pro-
ceder que llevaba en la oración, sin encerrar conmigo mil vani-
dades. Pasé ansí muchos años, que ahora me espanto, que sujeto
bastó a sufrir, que no dejase lo uno u lo otro. Bien sé que dejar
la oración no era ya en mi mano, porque me tenía con las suyas
el que me quería para hacerme mayores mercedes.
¡Oh, válame Dios, si hubiera de decir las ocasiones que
en estos años Dios me quitaba, y cómo me tornaba yo a meter
en ellas, y de los peligros de perder del todo el crédito que me
libró! Yo a hacer obras para descubrir la que era, y el Señor
encubrir los males y descubrir alguna pequeña virtud, si te-
nía, y hacerla grande en los ojos de todos, de manera que
siempre me tenían en mucho; porque, aunque algunas veces
se traslucían mis vanidades, como vían otras cosas que les parecían
buenas, no lo creían. Y era que había ya visto el Sabidor de
todas las cosas, que era menester ansí, para que en las que des-
pués he hablado de su servicio, me diesen algún crédito, y mi-
raba su soberana largueza, no los grandes pecados, sino los
deseos que muchas veces tenía de servirle, y la pena por no tener
fortaleza en mí para ponerlo por obra.
1 El P. Vicente Barión.
CAPITULO Vil 51
íOh, Señor de mi alma! ¡Cómo podré encarecer las merce-
des que en estos años me hicistes! ¡Y cómo en el tiempo que yo
más os ofendía, en breve me disponíades con un grandísimo
arrepentimiento para que gustase de vuestros regalos y mercedes!
A la verdad, tomábades, Rey mío, el más delicado y penoso
castigo por medio que para mí podía ser, como quien bien
entendía lo que me había de ser más penoso. Con regalos grandes
castigábades mis delitos. Y no creo digo desatino, aunque sería
bien que estuviese desatinada, tornando a la memoria ahora de
nuevo mi ingratitud y maldad. Era tan más penoso para mi con-
dición recibir mercedes, cuando había caído en graves culpas,
que recibir castigos; que una de ellas me parece, cierto, me des-
hacía y confundía más y fatigaba, que muchas enfermedades,
con otros trabajos hartos juntos; porque lo postrero vía lo me-
recía, y parecíame pagaba algo de mis pecados, aunque todo era
poco, sigún ellos eran muchos; mas verme recibir de nuevo
mercedes, pagando tan mal las recibidas, es un género de tor-
mento para mí terrible, y creo para todos los que tuvieren algún
conocimiento u amor de Dios, y esto por una condición virtuosa
lo podemos acá sacar. Aquí eran mis lágrimas y mi enojo de ver
lo que sentía, viéndome de suerte que estaba en víspera de tornar
a caer, aunque mis determinaciones y deseos entonces, por aquel
rato, digo, estaban firmes.
Gran mal es un alma sola entre tantos peligros. Paréceme
a mí que si yo tuviera con quien tratar todo esto, que me ayudara
a no tornar a caer, siquiera por vergüenza, ya que no la tenía
de Dios. Por eso aconsejaría yo a los que tienen oración, en
especial al principio, procuren amistad y trato con otras perso-
nas que traten de lo mesmo; es cosa importantísima, aunque
no sea sino ayudarse unos a otros con sus oraciones, cuanto más
que hay muchas más ganancias. Y no sé yo por qué (pues de
conversaciones y voluntades humanas, aunque no sean muy bue-
nas, se procuran amigos con quien descansar, y para más gozar
de contar aquellos placeres vanos), se ha de primitir que quien
comenzare de veras a amar a Dios y a servirle, deje de '.atar
con algunas personas sus placeres y trabajos, que de todo tienen
52 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
los que tienen oración. Porque si es de verdad el amistad que
quiere tener con Su Majestad, no haya miedo de vanagloria;
y cuando el primer movimiento le acometa, salga de ello con
mérito; y creo que el que tratando con esta intención lo tratare,
que aprovechará a sí, y a los que le oyeren, y saldrá más ense-
ñado; aun sin entender cómo, enseñará a sus amigos (1).
El que de hablar en esto tuviere vanagloria, también la
terna en oir misa con devoción, si le ven, y en hacer otras cosas
que, so pena de no ser cristiano, las ha de hacer, y no se han
de dejar por miedo de vanagloria. Pues es tan importantísimo
esto para almas que no están fortalecidas en virtud, como tie-
nen tantos contrarios y amigos para incitar al mal, que no sé
cómo lo encarecer. Paréceme que el demonio ha usado de este
ardid como cosa que muy mucho le importa, que se ascondan
tanto de que se entienda que de veras quieren procurar amar
y contentar a Dios, como ha incitado se descubran otras volun-
tades mal honestas, con ser tan usadas, que ya parece se toma
por gala y se publican las ofensas que en este caso se hacen
a Dios.
No sé si digo desatinos; si lo son, vuestra merced los rompa,
y si no lo son, le suplico ayude a mi simpleza con añidir aquí
mucho; porque andan ya las cosas del servicio de Dios tan fla-
cas, que es menester hacerse espaldas unos a otros: los que le
sirven, para ir adelante, sigún se tiene por bueno andar en las
vanidades y contentos del mundo, y para estos hay pocos ojos;
y si unO comienza a darse a Dios, hay tantos que mormuren, que
es menester buscar compañía para defenderse, hasta que ya es-
tén fuertes en no les pesar de padecer, y si no, veránse en mucho
aprieto. Paréceme que por esto debían usar algunos santos irse
a los desiertos; y es un género de humildad no fiar de sí, sino
creer que para aquellos con quien conversa le ayudará Dios;
1 El pasaje que componen las tres últimas líneas de este párrafo, ha sido uno de los que
se han leído o puntuado mal, alterando no poco la idea, en todas las ediciones hechas hasta el
día. Como se publica en la presente, nos parece ciato el sentido u confome a lo que la Santa
quiso significar. Donde el original (folio XXiX) pone no muy claramente enseñará, Fraa Luis
de León leyó enseñax, u D. Vicente de la Fuente, en la edición fotoíípica enseñanza, g en las
otras, como en la edición príncipe.
CftPITüLO VII 55
y crec€ la caridad con ser comunicada, y hay mil bienes que no
los osaría decir si no tuviese gran expiriencia de lo mucho que
va en esto. Verdad es que yo soy más flaca y ruin que todos
los nacidos; mas creo no perderá quien humillándose, aunque
sea fuerte, no lo crea de sí y creyere en esto a quien tiene expi-
riencia. De mí sé decir, que si el Señor no me descubriera esta
verdad y diera medios para que yo muy ordinario tratara con
personas que tienen oración, que cayendo y levantando iba a
dar de ojos en el infierno; porque para caer había muchos ami-
gos que me ayudasen; para levantarme hallábame tan sola, que
ahora me espanto cómo no me estaba siempre caída, y alabo
la misericordia de Dios, que era solo el que me daba la mano.
Sea bendito por siempre jamás. Amén,
CAPITULO VIII
TRRTA DEL GRñN BIEN QUE LE HIZO NO SE APaRTAR DEL TODO DE
LR ORñCION PñRñ NO PERDER EL ALMA, Y CUAN EXCELENTE
REMEDIO ES PARA GANAR LO PERDIDO. PERSUADE A QUE TODOS
LA TENGAN. DICE COMO ES TAN GRAN GANANCIA, Y QUE, AUNQUE
LA TORNEN A DEJAR^ ES GRAN BIEN USAR ALGÚN TIEMPO DE TAN
GRAN BIEN.
No sin causa he ponderado tanto este tiempo de mi vida,
que bien veo no dará a nadie gusto ver cosa tan ruin, que cierto
querría me aborreciesen los que esto legesen, de ver un alma
tan pertinaz y ingrata con quien tantas mercedes le ha hecho;
y quisiera tener licencia para decir las muchas veces que en este
tiempo falté a Dios, por no estar arrimada a esta fuerte coluna
de la oración. '
Pasé este mar tempestuoso casi veinte años con estas caídas,
y con levantarme y mal, pues tornaba a caer; y en vida tan baja
de pcrfeción, que ningún caso casi hacía de pecados veniales, y
los mortales, aunque los temía, no como había de ser, pues no
me apartaba de los peligros. Sé decir que es una de las vidas
penosas que me parece se puede imaginar; porque ni yo gozaba
de Dios, ni traía contento en el mundo. Cuando estaba en los
contentos de el mundo, en acordarme lo que debía a Dios, era con
pena; cuando estaba con Dios, las afeciones del mundo me des-
asosegaban; ello es una guerra tan penosa, que no sé cómo un
mes la pude sufrir, cuanti más tantos años. Con todo veo claro
56 VIDA DE SñMTA TERESA DE JESUS
la gran misericordia que el Señor hizo conmigo, ya que había
de tratar en el mundo, que Luviese ánimo para tener oración.
Digo ánimo, porque no sé yo para qué cosa de cuantas hay en
él es menester mayor, que tratar traición a el rey, y saber que
lo sabe, y nunca se le quitar de delante. Porque, puesto que siem-
pre estamos delante de Dios, paréceme a mí es de otra manera
los que tratan de oración, porque están viendo que los mira;
que los demás podrá ser estén algunos días, que aun no se acuer-
den que los ve Dios.
Verdad es que en estos años hubo muchos meses, y creo
alguna vez año, que me guardaba de ofender a el Señor, y rae
daba mucho a la oración, y hacía algunas y hartas diligencias
para no le venir a ofender. Porque va todo lo que escribo dicho
con toda verdad, trato ahora esto. Mas acuérdaseme poco de estos
días buenos, y ansí debían ser pocos y muchos (1) de los ruines.
Ratos grandes de oración pocos días se pasaban sin tenerlos,
si no era estar muy mala u muy ocupada. Cuando estaba mala,
estaba mijor con Dios; procuraba que las personas que trata-
ban conmigo lo estuviesen, y suplicábalo a el Señor; hablaba
muchas veces en El. Ansí que, si no fué el año que tengo dicho,
en veintiocho que ha que comencé oración, más de los deciocho
pasé esta batalla y contienda de tratar con Dios y con el mundo.
Los demás que ahora me quedan por decir, mudóse la causa de
la guerra, aunque no ha sido pequeña; mas con estar, a lo que
pienso, en servicio de Dios y con conocimiento de la vanidad
que es el mundo, todo ha sido suave, como diré después.
Pues para lo que he tanto contado esto es, como he ya
dicho, para que se vea la misericordia de Dios y mi ingratitud;
lo otro, para que se entienda el gran bien que hace Dios a un
alma que la dispone para tener oración con voluntad, aunque
no esté tan dispuesta como es menester, y cómo, si en ella per-
severa, por pecados, y tentaciones y caídas de mil maneras que
ponga el demonio, en fin, tengo por cierto la saca el Señor a
puerto de salvación, como, a lo que ahora parece, me ha sacado
a mí. Plega a Su Majestad no me torne yo a perder.
1 El original: mucho.
CAPITULO VIII 57
El bi€n qu€ tiene quien se ejercita en oración, hay muchos
Santos y buenos que lo han escrito, digo oración mental. ¡Gloria
sea a Dios por ello ! ; y cuando no fuera esto, aunque soy poco
humilde, no tan soberbia que en esto osara hablar. De lo que
yo tengo expiriencia puedo decir, y es que por males que haga
quien la ha comenzado, no la deje; pues es el medio por donde
puede tornarse a remediar, y sin ella será muy más dificultoso;
y no le tiente el demonio por la manera que a mí, a dejarla
por humildad; crea que no pueden faltar sus palabras; que en
arrepintiéndonos de veras y determinándose a no le ofender, se
torna a la amistad que estaba, y hacer las mercedes que antes
hacia, y a las veces mucho más, si el arrepentimiento lo merece;
y quien no la ha comenzado por amor del Señor, le ruego yo no
carezca de tanto bien. No hay aquí que temer, sino que desear;
porque, cuando no fuere adelante, y se esforzare a ser perfeto,
que merezca los gustos y regalos que a éstos da Dios, a poco
ganar irá entendiendo el camino para el cielo; y si persevera,
espero yo en la misericordia de Dios, que nadie le tomó por
amigo que no se lo pagase (1); que no 'es otra cosa oración
mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas
veces tratando a solas con quien sabemos nos ama, Y si vos
aun no le amáis, porque para ser verdadero el amor y qu2 dure
el amistad, hanse de encontrar las condiciones, la de el Señor
ya se sabe que no puede tener falta, la nuestra es ser viciosa,
sensual, ingrata, no podéis acabar con vos de amarle tanto porque
no es de vuestra condición; mas viendo lo mucho que os va en
tener su amistad, y lo mucho que os ama, pasáis por esta pena de
estar mucho con quien es tan diferente de vos.
¡Oh bondad infinita de mi Dios, que me parece os veo y
me veo de esta suerte! jOh regalo de los ángeles, que toda me
querría, cuando esto veo, deshacer en amaros! ¡Cuan cierto es
sufrís Vos a quien no os sufre que estéis con él! jOh qué buen
amigo hacéis, Señor mío, cómo le vais regalando y sufriendo,
y esperáis a que se haga a vuestra condición, y tan de mientra
1 Como el sentido quedaba suspenso en el original, Fr. Luis de León lo completó con
estas palabras: que no se lo pagase.
58 VIDñ DE SñNTñ TERESñ DE JESÚS
le sufrís Vos la suga! Tomáis en cuenta, mi Señor, los ratos
que os quiere, y con un punto de arrepentimiento olvidáis lo
que os ha ofendido. H<¿ visto esto claro por mí, y no veo. Cria-
dor mío, por qué todo el mundo no se procure llegar a Vos por
esta particular amistad. Los malos, que no son de vuestra con-
dición se deben llegar (1), para que nos hagáis buenos; con
que os sufran estéis con ellos, siquiera dos horas cada día, aun-
que ellos no estén con Vos, sino con mil revueltas de cuidados
y pensamientos de mundo, como yo hacía. Por esta fuerza que
se hacen a querer estar en tan buena compañía (miráis que en
esto a los principios no pueden más, ni después algunas veces),
forzáis vos, Señor, los demonios para que no los acometan, y que
cada día tengan menos fuerza contra ellos, y dáiselas a ellos
para vencer. Sí, que no matáis a naide. Vida de todas las vidas,
de los que se fían de Vos, y de los que os quieren por amigo;
sino sustentáis la vida del cuerpo con más salud y daisla al
alma.
No entiendo esto que temen los que temen comenzar oración
mental, ni sé de qué han miedo. Bien hace de ponerle el demonio,
para hacernos él de verdad mal, si con miedos me hace no
piense en lo que he ofendido a Dios, y en lo mucho que le debo,
y en que hay infierno y hay gloria, y en los grandes trabajos y
dolores que pasó por mí. Esta fué toda mi oración, y ha sido
cuanto anduve en estos peligros, y aquí era mi pensar cuando
podía, y muy muchas veces, algunos años, tenía más cuenta con
desear se acabase la hora que tenía por mí de estar y escuchar
cuando daba el reloj, que no en otras cosas buenas; y hartas
veces no sé qué penitencia grave se me pusiera delante que no
la acometiera de mijor gana que recogerme a tener oración.
Y es cierto que era tan incomportable la fuerza que el demonio
me hacía, u mi ruin costumbre, que no fuese a la oración, y la
tristeza que me daba en entrando en el oratorio, que era menes-
ter ayudarme de todo mi ánimo (que dicen no le tengo peque-
ño, y se ha visto me le dio Dios harto más que de mujer, sino
1 Las palabras «se deben llegar» que faltan en el original, fueron puestas en la edición
príncipe.
CAPITULO VIII 59
quG le he empleado mal), para forzarme, g en fin, me ayudaba
el Señor. Y después que me había hecho esta fuerza, me hallaba
con más quietud y regalo que algunas veces que tenía deseo de
rezar.
Pues si a cosa tan ruin como yo tanto tiempo sufrió el Se-
ñor, y se ve claro, que por aquí se remediaron todos mis males,
¿qué persona, por malo que sea, podrá temer? Porque por mucho
que lo sea, no lo será tantos años después de haber recibido
tantas mercedes del Señor. ¿Ni quién podrá desconfiar, pues a
mí tanto me sufrió, sólo porque deseaba y procuraba algún lugar
y tiempo para que estuviese conmigo, y esto muchas veces sin vo-
luntad, por gran fuerza que me hacía u me la hacía el mesmo
Señor? Pues si a los que no le sirven, sino que le ofenden, les
está tan bien la oración y les es tan necesaria, y no puede naide
hallar con verdad daño que pueda hacer, que no fuera mayor
el no tenerla; los que sirven a Dios y le quieren servir, ¿por
qué lo han de dejar? Por cierto, si no es por pasar con más
trabajo los trabajos de la vida, yo no lo puedo entender, y por
cerrar a Dios la puerta, para que en ella no les dé contento.
¡Cierto, los he lástima, que a su costa sirven a Dios! Porque
a los que tratan la oración, el mesmo Señor les hace la costa;
pues por un poco de trabajo, da gusto para que con él se pasen
los trabajos.
Porque de estos gustos que el Señor da a los que perseveran
en la oración, se tratará mucho, no digo aquí nada; sólo digo
que para estas mercedes tan grandes que me ha hecho a mí,
es la puerta la oración; cerrada ésta, no sé cómo las hará;
porque, aunque quiera entrar a regalarse con un alma y regalarla,
no hay por dónde, que la quiere sola y limpia y con gana de
recibirlos. Si le ponemos muchos tropiezos, y no ponemos nada
en quitarlos, ¿cómo ha de venir a nosotros? Y ¡queremos nos
haga Dios grandes mercedes!
Para que vean su misericordia y el gran bien que fué para
mí no haber dejado la oración y lición, diré aquí, pues va tanto
en entender la batería que da el demonio a un alma para ga-
narla, y el artificio y misericordia con que el Señor procura tor-
60 VIDñ DE SANTA TERESA DE JESÚS
narla a Sí, y se guarden de los peligros que yo no me guardé,
Y sobre todo, por amor de nuestro Señor, y por el grande amor
con que anda granjeando tornarnos a Sí, pido yo se guarden
de las ocasiones; porque puestos en ellas, no hay que fiar,
donde tantos enemigos nos combaten y tantas flaquezas hay en
nosotros, para defendernos.
Quisiera yo saber figurar la catividad que en estos tiem-
pos traía mi alma, porque bien entendía yo que lo estaba y no
acababa de entender en qué, ni podía creer del todo que lo que
los confesores no me agraviaban tanto, fuese tan malo como
yo lo sentía en mi alma. Díjome uno, yendo yo a él con escrú-
pulo, que, aunque tuviese subida contemplación, no me eran in-
conveniente semejantes ocasiones y tratos. Esto era ya a la pos-
tre, que yo iba con el favor de Dios apartándome más de los
peligros grandes; mas no me quitaba del todo de la ocasión.
Como me vían con buenos deseos y ocupación de oración, pa-
recíales hacía mucho; mas entendía mi alma que no era hacer
lo que era obligada por quien debía tanto. Lástima la tengo ahora
de lo mucho que pasó y el poco socorro que de ninguna parte
tenía, sino de Dios, y la mucha salida que le daban para sus pa-
satiempos y contentos, con decir eran lícitos.
Pues el tormento en los sermones no era pequeño, y era afi-
cionadísima a ellos, de manera que si vía a alguno predicar con
espíritu y bien, un amor particular le cobraba, sin procurarle yo,
que no sé quién me le ponía. Casi nunca me parecía tan mal ser-
món, que no le oyese de buena gana, aunque, al dicho de los
que le oían, no predicase bien. Si era bueno, érame muy particular
recreación. De hablar de Dios u oir de El, casi nunca me can-
saba; esto después que comencé oración. Por un cabo tenía
gran consuelo en los sermones, por otro me atormentaba; por-
que allí entendía yo que no era la que había de ser con mucha
parte. Suplicaba a el Señor me ayudase, mas debía faltar, a lo
que ahora me parece, de no poner en todo la confianza en Su
Majestad y perderla de todo punto de mí. Buscaba remedio,
hacía diligencias; mas no debía entender que todo aprovecha
poco, si quitada de todo punto la confianza de nosotros, no la
Capitulo Viii 61
ponemos en Dios. Deseaba vivir, que bien entendía que no vivía
sino que peleaba con una sombra de muerte, y no había quien
me diese vida, y no la podía yo tomar, y quien me la podía dar
tenía razón de no socorrerme, pues tantas veces me había tor-
nado a Sí y yo dejádole.
CAPITULO IX
TRATA POR QUE TÉRMINOS COMENZÓ EL SEÑOR A DESPERTAR SU ALMA
Y DARLA LUZ EN TAN GRANDES TINIEBLAS, Y A FORTALECER SUS
VIRTUDES PARA NO OFENDERLE.
Pues ya andaba mi alma cansada, y aunque quería, no la
dejaban descansar las ruines costumbres que tenía. Acaecióme
que entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían
traído allí a guardar, que se había buscado para cierta fiesta
que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado, y tan devota,
que en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representa-
ba bien lo que pasó por nosotros (1). Fué tanto lo que sentí de
lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me
parece se me partía, y arrójeme cabe El con grandísimo de-
rramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una
vez para no ofenderle.
Era yo muy devota de la gloriosa Madalena, y muy muchas
veces pensaba en su conversión, en especial cuando comulgaba;
que como sabía estaba allí cierto el Señor dentro de mí, poníame
a sus pies, pareciéndome no eran de desechar mis lágrimas;
y no sabía lo que decía, que harto hacía quien por sí me las
consentía derramar, pues tan presto se me olvidaba aquel sen-
1 Esta imagen, que no representa a Jesús atado a la Columna, como algunos han dicho,
sino un muu lastimoso y tierno Eccehomo, venérase todavía en el Monasterio de la Encar-
nación de Avila.
64 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
timienío; y encomendábame aquesta gloriosa santa para que
rae alcanzase perdón.
Mas esta postrera vez, de esta imagen que digo, me parece me
aprovechó más, porque estaba ya muy desconfiada de mí y ponía
toda mi confianza en Dios. Paréceme le dije entonces que no me
había de levantar de allí hasta que hiciese lo que le suplicaba.
Creo cierto me aprovechó, porque fui mijorando mucho desde
entonces. Tenía este modo de oración, que como no podía dis-
currir con el entendimiento, procuraba representar a Cristo den-
tro de mí, y hallábame mijor, a mi parecer, de las partes a
donde le vía más solo. Parecíame a mí que estando solo y afli-
gido, como persona necesitada, me había de admitir a raí. De
estas siraplicidades tenía muchas; en especial me hallaba muy
bien en la oración del Huerto, allí era mi acompañarle. Pensaba
en aquel sudor y aflición que allí había tenido. Si podía, deseaba
limpiarle aquel tan penoso sudor; mas acuerdóme que jamás
osaba determinarrae a hacerlo, como se me representaban mis pe-
cados tan graves. Estábarae allí lo más que me dejaban rnis
pensamientos con El, porque eran muchos los que me ator-
mentaban.
Muchos años, las más noches, antes que me durmiese, cuan-
do para dormir me encomendaba a Dios, siempre pensaba un
poco en este paso de la oración del Huerto, aun desde que no
era monja, porque me dijeron se ganaban muchos perdones; y
tengo para mí que por aquí ganó muy mucho mi alma, porque
comencé a tener oración, sin saber qué era, y ya la costumbre
tan ordinaria rae hacía no dejar esto, como el no dejar de san-
tiguarme para dormir.
Pues tornando a lo que decía de el tormento que me daban
los pensamientos, éste tiene este modo de proceder sin discurso
del entendimiento, que el alma ha de estar muy ganada u per-
dida, digo perdida la consideración. En aprovechando, apro-
vecha mucho, porque es en amar. Mas para llegar aquí es muy
a su costa, salvo a personas que quiere el Señor muy en breve
llegarlas a oración de quietud, que yo conozco a algunas: para
las que van por aquí es bueno un libro para presto recogerse.
CAPITULO IX 65
Aprovechábame a mí también ver campo u agua, flores. En es-
tas cosas hallaba yo memoria del Criador; digo, que me des-
pertaban y recogían y servían de libro, y en mi ingratitud y
pecados. En cosas de el cielo, ni en cosas subidas, era mi
entendimiento tan grosero, que jamás por jamás las pude ima-
ginar, hasta que por otro modo el Señor me las representó.
Tenía tan poca habilidad para con el entendimiento repre-
sentar cosas, que si no era lo que vía, no me aprovechaba nada
de mi imaginación, como hacen otras personas, que pueden ha-
cer representaciones adonde se recogen. Yo sólo podía pensar
en Cristo como hombre; mas es ansí que jamás le pude repre-
sentar en mí, por más que leía su hermosura y vía imagines,
sino como quien está ciego u ascuras, que, aunque habla con
una persona, y ve que está con ella, porque sabe cierto que está
allí, digo que entiende y cree que está allí, mas no la ve. De
esta manera me acaecía a mí cuando pensaba en nuestro Señor.
A esta causa era tan amiga de imagines. ¡Desventurados de
los que por su culpa pierden este bien! Bien parece que no
aman a el Señor, porque si le amaran, holgáranse de ver su
retrato, como acá aun da contento ver el de quien se quiere
bien.
En este tiempo me dieron las Confesiones de San Agus-
tín (1), que parece el Señor lo ordenó, porque yo no las procuré,
ni nunca las había visto. Yo soy muy aficionada a San Agustín,
porque el monesterio, adonde estuve seglar era de su Orden, y
también por haber sido pecador, que en los Santos, que después
de serlo el Señor tornó a Sí, hallaba yo mucho consuelo, pa-
reciéndome en ellos había de hallar ayuda; y que, como los había
el Señor perdonado, podía hacer a mí; salvo que una cosa me
desconsolaba, como he dicho, que a ellos sola una vez los había
el Señor llamado, y no tornaban a caer, y a mí eran ya tantas,
1 De las Confesiones de San Agustín hizo una traducción en la lengua de Castilla el por"
tugués P. Sebastián Toscano u dedicóla a D.a Leonor A\ascareñas, dama muy distinguida en la
corte de Felipe II y grande amiga de Santa Teresa. De ella habla en el capítulo XVII del Libro
de las Fundaciones. La dedicatoria de la traducción lleva fecha de 15 de Enero de 1554. (Cfr.
Catálogo razonado de los autores portugueses que escribieron en castellano, por DominflO Gar-
cía Peres, AVadrid, 189Ü, p. 550).
66 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
que €sto me fatigaba. Mas considerando en el amor que me tenía,
tornaba a animarme, que de su misericordia jamás desconfié;
de mí muchas veces.
¡Oh, vélame Dios, cómo me espanta la reciedumbre que
tuvo mi alma, con tener tantas ayudas de Dios! Háceme estar
temerosa lo poco que podía conmigo, y cuan atada rae vía para
no me determinar a darme del todo a Dios. Como comencé a
leer las Confesiones, paréceme me vía yo allí; comencé a enco-
mendarme mucho a este glorioso Santo. Cuando llegué a su con-
versión y leí cómo oyó aquella voz en el Huerto, no me parece
sino que el Señor me la dio a mí, sigún sintió mi corazón.
Estuve por gran rato que toda me deshacía en lágrimas, y entre
mí mesma con gran afleción y fatiga. ¡Oh, qué sufre un alma,
vélame Dios, por perder la libertad que había de tener de ser
señora, y qué de tormentos padece! Yo me admiro ahora cómo
podía vivir en tanto tormento; sea Dios alabado, que me dio
vida para salir de muerte tan mortal.
Paréceme que ganó grandes fuerzas mi alma de la Divina
Majestad, y que debía oir mis clamores y haber lástima de tantas
lágrimas. Comenzóme a crecer la afición de estar más tiempo
con El, y a quitarme de los ojos las ocasiones, porque quita-
das, luego me volvía a amar a Su Majestad; que bien enten-
día yo, a mi parecer, le amaba, mas no entendía en qué está
el amar de veras a Dios, como lo había de entender. No me pa-
rece acababa yo de disponerme a quererle servir, cuando Su
Majestad me comenzaba a tornar a regalar. No parece sino que
lo que otros procuran con gran trabajo adquirir, granjeaba el
Señor conmigo, que yo lo quisiese recibir, que era ya en estos
postreros años darme gustos y regalos. Suplicar yo me los diese,
ni ternura de devoción, jamás a ello me atreví; sólo le pedía
me diese gracia para que no le ofendiese, y me perdonase
mis grandes pecados. Como los vía tan grandes, aun desear
regalos, ni gusto, nunca de advertencia osaba. Harto me parece
hacía su piadad, y con verdad hacía mucha misericordia conmigo
en consentirme delante de sí y traerme a su presencia, que vía
yo, si tanto El no lo procura, no viniera. Sola una vez en mi vida
CAPITULO IX 67
me acuerdo pedirle gustos, estando con mucha sequedad; y como
advertí lo que hacía, quedé tan confusa, que la mesma fatiga
de verme tan poco humilde, me dio lo que me había atrevido
a pedir. Bien sabía yo era lícito pedirla, mas parecíame a mí,
que lo es a los que están dispuestos, con haber procurado lo
que es verdadera devoción con todas sus fuerzas, que es no ofen-
der a Dios, y estar dispuestos y determinados para todo bien.
Parecíame que aquellas mis lágrimas eran mujeriles y sin fuerza,
pues no alcanzaba con ellas lo que deseaba. Pues con todo, creo
me valieron; porque, como digo, en especial después de estas
dos veces de tan gran compunción de ellas y fatiga de mi corazón,
comencé más a darme a oración y a tratar menos en cosas que
me dañasen, aunque aun no las dejaba del todo, sino, como
digo, fuéme ayudando Dios a desviarme. Como no estaba Su
Majestad esperando sino algún aparejo en mí, fueron creciendo
las mercedes espirituales de la manera que diré. Cosa no usada
darlas el Señor, sino a los que están en más limpieza de con-
ciencia.
CAPITULO X
COMIENZA A DECLARAR LAS MERCEDES QUE EL SEÑOR LA HACIA EN LA
ORACIÓN, Y EN LO QUE NOS PODEMOS NOSOTROS AYUDAR, Y LO
MUCHO QUE IMPORTA QUE ENTENDAMOS LAS MERCEDES QUE EL
SEÑOR NOS HACE. PIDE A QUIEN ESTO ENVÍA, QUE DE QUI ADE-
LANTE SEA SECRETO LO QUE ESCRIBIERE ; PUES LA MANDAN DIGA
TAN PARTICULARMENTE LAS MERCEDES QUE LA HACE EL SEÑOR.
Tenía yo algunas veces, como he dicho (1), aunque con mu-
cha brevedad pasaba, comienzo de lo que ahora diré. Acae-
cíame en esta representación que hacía de ponerme cabe Cristo,
que he dicho, y aun algunas veces leyendo, venirme a deshora
un sentimiento de la presencia de Dios, que en ninguna manera
podía dudar que estaba dentro de mí, u yo toda engolfada en
El. Esto no era manera de visión; creo lo llaman mística Teo-
logía. Suspende el alma de suerte que toda parecía estar fuera
de sí. Ama la voluntad, la memoria me parece está casi perdida,
el entendimiento no discurre, a mí parecer, mas no se pierde;
mas como digo, no obra (2), sino está como espantado de lo
mucho que entiende; porque quiere Dios entienda que de aque-
llo que Su Majestad le representa, ninguna cosa entiende.
1 En el capítulo IV.
2 Para evitar a esta frase torcidas interpretaciones, se puso en las ediciones antiguas la
siguiente nota: «Dice que no obra el entendimiento, porque como ha dicho, no discurre de unas
cosas en otras, ni saca consideraciones, porque le tiene ocupado entonces la grandeza del bien
que se le pone delante; pero en realidad de verdad, si obra, pues pone los ojos en lo que
se le presenta, y conoce que no lo puede entender como es; pues dice: ?io obra, esto es, no
discurre, sino está como espantado de lo mucho que entiende; esto es, de la grandeza del objeto
que ve; no porque entienda mucho dél, sino porque ve que es tanto él en si que no le puede
enteramente entender».
70 VIDi DE SñNTñ TERESñ DE JESÚS
Primero había tenido muy contino una ternura, que en parte
algo de ella me parece se puede procurar: un regalo, que ni bien
es todo sensual, ni bien es espiritual; todo es dado de Dios.
Mas parece para esto nos podemos mucho ayudar con consi-
derar nuestra bajeza y la ingratitud que tenemos con Dios, lo
mucho que hizo por nosotros, su Pasión con tan graves dolo-
res, su vida tan afligida; en deleitarnos de ver sus obras, su
grandeza, lo que nos ama, otras muchas cosas, que quien con
cuidado quiere aprovechar, tropieza muchas veces en ellas, aun-
que no ande con mucha advertencia. Si con esto hay algún
amor, regálase el alma, enternécese el corazón, vienen lágri-
mas; algunas veces parece las sacamos por fuerza, otras el Se-
ñor parece nos la hace, para no podernos resistir. Parece nos
paga Su Majestad aquel cuidadito con un don tan grande, como
es el consuelo que da a un alma ver que llora por tan gran Se-
ñor; y no me espanto, que le sobra la razón de consolarse. Re-
gálase allí, huélgase allí.
Paréceme bien esta comparación que ahora se me ofrece:
que son estos gozos de oración, como deben ser los que están
en el cielo, que como no han visto más de lo que el Señor, con-
forme a lo que merecen, quiere que vean, y ven sus pocos mé-
ritos, cada uno está contento con el lugar en que está, con ha-
ber tan grandísima diferencia de gozar a gozar en el cielo,
mucho más que acá hay de unos gozos espirituales a otros,
que es grandísima. Y verdaderamente un alma en sus principios,
cuando Dios la hace esta merced, ya casi le parece no hay más
que desear, y se da por bien pagada de todo cuanto ha servido;
y sóbrale la razón, que una lágrima de estas, que, como digo,
casi nos las procuramos, aunque sin Dios no se hace cosa, no
me parece a mí que con todos los trabajos del mundo se pue-
de comprar, porque se gana mucho con ellas; ¿y qué más ga-
nancia que tener algún testimonio que contentamos a Dios?
Ansí que, quien aquí llegare, alábele mucho, conózcase por muy
deudor; porque ya parece le quiere para su casa, y escogido para
su reino, si no torna atrás.
No cure de unas humildades que hay, de qu€ pienso tratar,
CAPITULO X 71
que les parece humildad no entender que el Señor les va dando
dones. Entendamos bien, bien, como ello es, que nos los da
Dios sin ningún merecimiento nuestro, y agradezcámoslo a Su
Majestad; porque si no conocemos que recibimos, no desperta-
mos a. amar. Y es cosa muy cierta, que mientra más vemos es-
tamos ricos, sobre conocer somos pobres, más aprovechamiento
nos viene, y aun más verdadera humildad. Lo demás es acobar-
dar el ánimo a parecer que no es capaz de grandes bienes,
si en comenzando el Señor a dárselos, comienza él a atemori-
zarse con miedo de vanagloria. Creamos que quien nos da los
bienes, nos dará gracia para que, en comenzando el demonio a
tentarle en este caso, lo entienda, y fortaleza para resistir;
digo, si andamos con llaneza delante de Dios, pretendiendo con-
tentar sólo a El, y no a los hombres.
Es cosa muy clara que amamos más a una persona, cuando
mucho se nos acuerda las buenas obras que nos hace. Pues si es
licito, y tan meritorio, que siempre tengamos memoria que tenemos
de Dios el ser, y que nos crió de nonada, y que nos sustenta,
y todos los demás beneficios de su muerte y trabajos, que mucho
antes que nos criase los tenía hechos por cada uno de los que
ahora viven, ¿por qué no será lícito, que entienda yo, y vea,
y considere muchas veces, que solía hablar en vanidades, y que
ahora me ha dado el Señor, que no querría sino hablar sino en
El? He aquí una joya, que acordándonos que es dada, y ya
la poseemos, forzado convida a amar, que es todo el bien de
la oración fundada sobre humildad. Pues, ¿qué será cuando vean
en su poder otras joyas más preciosas, como tienen ya recibidas
algunos siervos de Dios, de menosprecio de mundo, y aun de sí
jnesmos? Está claro, que se han de tener por más deudores y más
obligados a servir, y entender que no teníamos nada de esto, y a
conocer la largueza del Señor, que a un alma tan pobre y ruin,
y de ningún merecimiento, como la mía, que bastaba la primera
joya de estas, y sobraba para mí, quiso hacerme con más rique-
zas que yo supiera desear.
Es menester sacar fuerzas de nuevo para servir, y procu-
rar no ser ingratos; porque con esa condición las da el Seílor,
72 VIDft DE SANTA TERESA DE JESÚS
que si no usamos bien dd tesoro y del gran estado en que nos
pone, nos lo tornará a tomar, y quedarnos hemos muy más po-
bres, y dará Su Majestad las joyas a quien luzga y aproveche
con ellas a sí y a los otros. Pues, ¿cómo aprovechará y gastará
con largueza el que no entiende que está rico? Es imposible,
conforme a nuestra naturaleza, a mi parecer, tener ánimo para
cosas grandes, quien no entiende está favorecido de Dios; por-
que somos tan miserables y tan inclinados a cosas de tierra,
que mal podrá aborrecer todo lo de acá de hecho con gran des-
asimiento, quien no entiende tiene alguna prenda de lo de allá;
porque con estos dones, es adonde el Señor nos da la fortale-
za, que por nuestros pecados nosotros perdimos. Y mal deseará
se descontenten todos de él y le aborrezcan, y todas las demás
virtudes grandes que tienen los perfetos, si no tiene alguna pren-
da de el amor que Dios le tiene, y juntamente fe viva. Porque
es tan muerto nuestro natural, que nos vamos a lo que presen-
te vemos; y ansí estos mismos favores son los que despiertan
la fe y la fortalece. Ya puede ser que yo, como soy tan ruin,
juzgo por mí, que oíros habrá que no hayan menester más de
la verdad de la fe para hacer obras muy perfetas, que yo, como
miserable, todo lo he habido menester.
Estos ellos lo dirán; yo digo lo que ha pasado por mí, como
me lo mandan, y si no fuere bien, romperálo a quien lo envío,
qu2 sabrá mijor entender lo que va mal que yo. ñ quien suplico
por amor áol Señor, lo que he dicho hasta aquí de mi ruin vida
y pecados lo publiquen, desde ahora doy licencia, y a todos
mis confesores, que ansí lo es a quien esto va; y si quisieren
luego en mi vida, porque no engañe más el mundo, que piensan
hay en mí algún bien; y cierto, cierto, con verdad digo, a lo
que ahora entiendo de mí, que me dará gran consuelo. Para
lo que de quí adelante dijere, no se la doy; ni quiero, si a
alguien lo mostraren, digan quién es, por quién pasó, ni quién
lo escribió, que por esto no me nombro, ni a nadie, sino es-
cribirlo he todo lo mijor que pueda, para no ser conocida, y
ansí lo pido por amor de Dios. Bastan personas tan letradas
y graves para autorizar alguna cosa buena, si el Señor me diere
CAPITULO X 73
gracia para decirla, que si lo fuere, será suga y no mía; por-
que yo sin letras ni buena vida, ni ser informada de letrado
ni de persona ninguna; porque solos los que me lo mandan es-
cribir (1) saben que lo escribo, y al presente no está aquí, y casi
hurtando el tiempo, y con pena, porque me estorbo de hilar,
por estar en casa pobre, y con hartas ocupaciones; ansí que,
aunque el Señor me diera más habilidad y memoria, que aun con
esta me pudiera aprovechar de lo que oído u leído, es poquí-
sima la que tengo; ansí que si algo bueno dijere, lo quiere el
Señor para algún bien; lo que fuere malo será de mí, y vuestra
merced lo quitará. Para lo uno ni para lo otro, ningún prove-
cho tiene decir mi nombre. En vida está claro que no s€ ha de
decir de lo bueno; en muerte no hay para qué, sino para que
pierda autoridad el bien, y no le dar ningún crédito, por ser
dicho de persona tan baja y tan ruin.
Y por pensar vuestra merced hará esto, que por amor de
el Señor le pido, y los demás que lo han de ver, escribo con
libertad; de otra manera sería con gran escrúpulo, fuera de de-
cir mis pecados, que para esto ninguno tengo; para lo demás
basta ser mujer para caérseme las alas, cuanti más mujer y ruin.
Y ansí lo que fuere más de decir simplemente el discurso de
mi vida, tome vuestra merced para sí, pues tanto me ha importu-
nado escriba alguna declaración de las mercedes que me hace
Dios en la oración, si fuere conforme a las verdades de nuestra
santa fe católica; y si no, vuestra merced lo queme luego, que
yo a esto me sujeto; y diré lo que pasa por mí, para que, cuan-
do sea conforme a esto, podrá hacer a vuestra merced algún pro-
vecho; y si no, desengañará mi alma, para que no gane el demo-
nio adonde me parece gano yo; que ya sabe el Señor, como des-
pués diré, que siempre he procurado buscar quien me dé luz.
Por claro que yo quiera decir estas cosas de oración, será
bien escuro para quien no tuviere expiriencia. Algunos impedi-
1 Fueron estos «El Maestro Fray Domingo Bánez y Fray García de Toledo», dice el Padre
Gracián en una de las notas manuscritas que tenía puestas en un ejemplar de la primera edición
de las obras de la Santa. De él las copió el P. Andrés de la Encarnación en las Memorias
historiales, 1. R., n. 138, como queda dicho en el Prólogo al Libro de la Vida de la presente
edición.
6 *
74 VIDñ DE SñNTA TERESA DE JESÚS
mentos diré, que a mi entender lo son para ir adelante en este
camino, y otras cosas en que hay peligro, de lo que el Señor
me ha enseñado por expiriencia, y después tratádolo yo con
grandes letrados y personas espirituales de muchos anos, y ven
que en solos veinte y siete años que ha que tengo oración, me
ha dado el Señor, me ha dado Su Majestad la expiriencia, con
andar en tantos tropiezos y tan mal este camino, que a otros en
cuarenta y siete, y en treinta y siete, que con penitencia y siem-
pre virtud han caminado por él. Sea bendito por todo, y sírva-
se de mí, por quien Su Majestad es, que bien sabe mi Señor,
que no pretendo otra cosa en esto, sino que sea alabado y en-
grandecido un poquito de ver que en un muladar tan sucio y
de mal olor, hiciese huerto de tan suaves flores. Plega a Su Ma-
jestad que por mi culpa no las torne yo a arrancar, y se torne
a ser lo que era. Esto pido yo por amor de el Señor le pida vues-
tra merced, pues sabe la que soy con más claridad que aquí me lo
ha dejado decir.
CAPITULO XI
DICE EN QUE ESTA LR FALTA DE NO AMAR A DIOS CON PERFECION
EN BREVE tiempo; COMIENZA A DECLARAR, POR UNA COMPARACIÓN
QUE PONE, CUATRO GRADOS DE ORACIÓN; VA TRATANDO AQUÍ DEL
PRIMERO. ES MUY PROVECHOSO PARA LOS QUE COMIENZAN Y PARA
LOS QUE NO TIENEN GUSTOS EN LA ORACIÓN,
Pu€s hablando ahora de los que comienzan a ser siervos
de el amor, que no me parece otra cosa determinarnos a siguir
por este camino de oración, al que tanto nos amó, es una dini-
dad tan grande, que me regalo extrañamente en pensar en ella;
porque el temor servil luego va fuera, si en este primer estado
vamos como hemos de ir. ¡Oh Señor de mi alma y Bien mío!
¿Por qué no quisistes que en determinándose un alma a ama-
ros, con hacer lo que puede en dejarlo todo, para mijor se em-
plear en este amor de Dios, luego gozase de subir a tener este
amor perfeto? Mal he dicho; había de decir y quejarme, por-
que no queremos nosotros, pues toda la falta nuestra es en no
gozar luego de tan gran dinidad; pues en llegando a tener con
perfeción este verdadero amor de Dios, tray consigo todos los
bienes. Somos tan caros y tan tardíos de darnos del todo a
Dios, que, como Su Majestad no quiere gocemos de cosa tan
preciosa sin gran precio, no acabamos de disponernos.
Bien veo que no le hay con que se pueda comprar tan gran
bien en la tierra; mas si hiciésemos lo que podemos en no nos
asir a cosa de ella, sino que todo nuestro cuidado y trato fuese
76 VIDA DE SANTñ TERESA DE JESÚS
en €l cielo, creo yo sin duda muy en breve se nos daría este
bien, si en breve del todo nos dispusiésemos, como algunos
santos lo hicieron. Mas parécenos que lo damos todo; y es
que ofrecemos a Dios la renta u los frutos, y quedémonos con
la raíz y posesión. Determinámonos a ser pobres, y es de gran
merecimiento; mas muchas veces tornamos a tener cuidado y
diligencia para que no nos falte, no sólo lo necesario, sino lo
superfluo, y a granjear los amigos que nos lo den, y ponernos
en mayor cuidado, y, por ventura, peligro, porque no nos falte,
que antes teníamos en poseer la hacienda. Parece también que
dejamos la honra en ser religiosos, u en haber ya comenzado
a tener vida espiritual y a siguir perfeción, y no nos han toca-
do en un punto de honra, cuando no se nos acuerda la hemos
ya dado a Dios, y nos queremos tornar a alzar con ella, y to-
mársela, como dicen, de las manos, después de haberle de nues-
tra voluntad, al parecer, hecho Señor. Ansí son todas las otras
cosas.
¡Donosa manera de buscar amor de Dios! Y luego le que-
remos a manos llenas, a manera de decir, tenernos nuestras
afeciones, ya que no procuramos efetuar nuestros deseos, y no
acabarlos de levantar de la tierra; y muchas consolaciones es-
pirituales con esío no viene bien, ni me parece se compadece esto
con estotro. Ansí que, porque no se acaba de dar junto, no se
nos da por junto este tesoro. Plega el Señor que gota a gota
nos le dé Su Majestad, aunque sea costándonos todos los traba-
jos del mundo.
Harto gran misericordia hace a quien da gracia y ánimo
para determinarse a procurar con todas sus fuerzas este bien;
porque si persevera, no se niega Dios a nadie; poco a poco va
habilitando él el ánimo para que salga con esta Vitoria, Digo
ánimo, porque son tantas las cosas que el demonio pone delante
a los principios para que no comiencen este camino de hecho, como
quien sabe el daño que de aquí le viene, no sólo en perder
aquel alma, sino muchas. Si el que comienza se esfuerza con
el favor de Dios a llegar a la cumbre de la perfición, creo ja-
más va solo a el cielo, siempre lleva mucha gente tras sí; como
CAPITULO xr 77
a buen capitán, le da Dios quien vaya en su compañía. Póneles
tantos peligros y dificultades delante, que no es menester poco
ánimo para no tornar atrás, sino muy mucho, y mucho favor
de Dios.
Pues hablando de los principios de los que ya van deter-
minados a siguir este bien y a salir con esta empresa (que de
lo demás que comencé a decir de mística Teología, que creo
se llama ansí, diré más adelante), en estos principios está todo
el mayor trabajo; porque son ellos los que trabajan, dando el
Señor el caudal, que en los otros grados de oración lo más
es gozar, puesto que primeros y medianos y postreros, todos
llevan sus cruces, aunque diferentes; que por este camino que
fué Cristo han de ir los que le siguen, si no se quieren perder;
y bienaventurados trabajos, que aun acá en la vida tan sobra-
damente se pagan. Habré de aprovecharme de alguna compara-
ción, aunque yo las quisiera excusar por ser mujer, y escribir
simplemente lo que me mandan; mas este lenguaje de espíritu
es tan malo de declarar a los que no saben letras, como yo,
que habré de buscar algún modo, y podrá ser las menos veces
acierte a que venga bien la comparación; servirá de dar re-
creación a vuestra merced de ver tanta torpeza. Paréceme ahora
a mí que he leído u oído esta comparación, que como tengo
mala memoria, ni sé adonde, ni a qué propósito; mas para
el mío ahora conténtame.
Ha de hacer cuenta el que comienza, que comienza a hacer
un huerto en tierra muy infrutuosa, que lleva muy malas yerbas,
para que se deleite el Señor. Su Majestad arranca las malas
yerbas, y ha de plantar las buenas. Pues hagamos cuenta que
está ya hecho esto cuando se determina a tener oración un alma,
y lo ha comenzado a usar; y con ayuda de Dios, hemos de
procurar, como buenos hortelanos, que crezcan estas plantas y
tener cuidado de regarlas, para que no se pierdan, sino que ven-
gan a echar flores que den de sí gran olor, para dar recreación
a este Señor nuestro, y ansí se venga a deleitar muchas veces
a esta huerta y a holgarse entre estas virtudes.
Pues veamos ahora de la manera que se puede regar para
78 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
que entendamos lo que hemos de hacer, y el trabajo que nos ha
de costar, si es mayor que la ganancia, u hasta qué tanto tiempo
se ha de tener. Parcceraie a mí que se puede regar de cuatro ma-
neras: u con sacar el agua de un pozo, que es a nuestro gran
trabajo; u con noria y arcaduces, que se saca con un torno (yo
lo he sacado algunas veces), es a menos trabajo que estotro, y
sácase más agua; u de un río u arroyo; esto se riega muy mijor,
que queda más harta la tierra de agua, y no se ha menester regar
tan a menudo y es a menos trabajo mucho del hortolano (1); u
con llover mucho, que lo riega el Señor sin trabajo ninguno
nuestro, y es muy sin comparación mijor que todo lo que
queda dicho.
Ahora, pues, aplicadas estas cuatro maneras de agua de
que se ha de sustentar este huerto, porque sin ella perderse ha, es
lo que a mí me hace al caso, y ha parecido que se podrá declarar
algo de cuatro grados de oración, en que el Señor, por su bon-
dad, ha puesto algunas veces mi alma. Plega a su bondad atine
a decirlo, de manera que aproveche a una de las personas que esto
me mandaron escribir (2), que la ha traído el Señor en cuatro
meses, harto más adelante que yo estaba en decisiete años. Hasc
dispuesto mijor, y ansí sin trabajo suyo riega este verjel con
todas estas cuatro aguas, aunque la postrera aun no se le da
sino a gotas ; mas va de suerte, que presto se engolfará en
ella, con ayuda del Señor; y gustaré se ría, si le pareciere des-
atino, la manera del declarar.
De los que comienzan a tener oración, podemos decir son
los que sacan el agua del pozo; que es muy a su trabajo, como
tengo dicho, que han de cansarse en recoger los sentidos; que
como están acostumbrados a andar derramados, es harto tra-
bajo. Han menester irse acostumbrando a no se les dar nada de
ver ni oír, y aun ponerlo por obra las horas de la oración, sino
estar en soledad, y apartados pensar su vida pasada; aunque
esto, primeros y postreros, todos lo han de hacer muchas ve-
1 Como se habrá observado, la Santa escribe de dos maneras esta palabra; en este pasaje,
folio 43, línea 26 del autógrafo, puso hortelano, rj lo corrigió luego poi hortolano.
2 «El P. Pedro Ibáñez», dice el P. Gracián en el lugar aniba citado.
CAPITULO XI 79
CCS. Hay más y menos de pensar en esto, como después diré.
Al principio aun da pena, que no acaban de entender que se
arrepienten de los pecados; y sí hacen, pues se determinan a
servir a Dios tan de veras. Han de procurar tratar de la vida
de Cristo, y cánsase el entendimiento en esto. Hasta aquí po-
demos adquirir nosotros, entiéndese con el favor de Dios, que
sin éste ya se sabe no podemos tener un buen pensamiento. Esto
es comenzar a sacar agua del pozo; y aun plega a Dios lo quiera
tener, mas al menos no queda por nosotros, que ya vamos a sa-
carla, y hacemos lo que podemos para regar estas flores. Y es
Dios tan bueno, que, cuando por lo que Su Majestad sabe, por
ventura para gran provecho nuestro, quiere que esté seco el
pozo, haciendo lo que es en nosotros, como buenos hortolanos,
sin agua sustenta las flores y hace crecer las virtudes. Llamo
agua aquí las lágrimas, y aunque no las haya, la ternura y sen-
timiento interior de devoción.
¿Pues qué hará aquí el que ve que en muchos días no hay
sino sequedad, y desgusto y desabor; y tan mala gana para venir
a sacar el agua, que si no se le acordase que hace placer y ser-
vicio al Señor de la huerta, y mirase a no perder todo lo servi-
do, ij aun lo que espera ganar del gran trabajo que es echar
muchas veces el caldero en el pozo y sacarle sin agua, lo de-
jaría todo? Y muchas veces le acaecerá, aun para esto, no se
le alzar los brazos, ni podría tener un buen pensamiento: que
este obrar con el entendimiento, entendido va que es el sacar
agua del pozo. Pues como digo, ¿qué hará aquí el hortolano?
Alegrarse y consolarse, y tener por grandísima merced de tra-
bajar en huerto de tan gran Emperador; y pues sabe le contenta
en aquello, y su intento no ha de ser contentarse a sí, sino a
El, alábele mucho, que hace de él confianza, pues ve que sin pa-
garle nada, tiene tan gran cuidado de lo que le encomendó; y
ayúdele a llevar la cruz, y piense que toda la vida vivió en ella,
y no quiera acá su reino ni deje jamás la oración; y ansí se
determine, aunque para toda la vida le dure esta sequedad, no
dejar a Cristo caer con la cruz; tiempo verná que se lo pague
por junto. No haya miedo que se pierda el trabajo, a buen amo
80 VIDñ DE SñNTñ TERESA DE JESÚS
sirve, mirándole está, no haga caso de malos pensamientos; mire
que también los representaba el demonio a San Jerónimo en
el desierto (1).
Su precio se tienen estos trabajos, que, como quien los pasó
muchos años, que cuando una gota de agua sacaba de este bendi-
to pozo, pensaba me hacía Dios merced. Sé que son grandísimos,
y me parece es menester más ánimo que para otros muchos traba-
jos de el mundo. Mas he visto claro que no deja Dios sin gran
premio, aun en esta vida, porque es ansí cierto, que una hora
de las que el Señor me ha dado de gusto de Sí, después acá me
parece quedan pagadas todas las congojas que en sustentarme en
la oración mucho tiempo pasé. Tengo para mí, que quiere el Se-
ñor dar muchas veces a el principio, y otras a la postre, estos
tormentos, g otras muchas tentaciones, que se ofrecen, para pro-
bar a sus amadores y saber si podrán beber el cáliz y ayudarle
a llevar la cruz, antes que ponga en ellos grandes tesoros. Y
para bien nuestro creo nos quiere Su Majestad llevar por aquí,
para que entendamos bien lo poco que somos; porque son de tan
gran dinidad las mercedes de después, que quiere por expirien-
cia veamos antes nuestra miseria, primero que nos las dé; por-
que no nos acaezca lo que a Lucifer.
¿Qué hacéis Vos, Señor mío, que no sea para mayor bien
de el alma, que entendéis que es ya vuestra, y que se pone en
vuestro poder, para siguiros por donde fuer des (2) hasta muerte
de Cruz, y que está determinada ayudárosla a llevar y a no
dejaros solo con ella? Quien viere en sí esta determinación...
¡no, no hay que temer, gente espiritual; no hay por qué se
afligir!; puesto ya en tan alto grado, como es querer tratar a
solas con Dios, y dejar los pasatiempos de el mundo, lo más
está hecho. Alabad por ello a Su Majestad, y fiad de su bondad,
que nunca faltó a sus amigos. Atapados los ojos de pensar,
1 Alude a la epístola 22 del Santo ad Eustochium, en que le da cuenta de lo mucho que
sufría, porque su imaginación, aun en la vasta soledad eremítica a que se había retirado, le traía
muy al vivo las pompas y disoluciones de la Roma pagana. «O quoties ego ipse in eremo con-
stitutus, et in illa vasta solitudine quae exusta solis ardoribus horridum monachls praestat habi-
taculum, putabam me romanis interesse deliciis».
2 Por fuéredes.
CñPITÜLO XI 81
¿por qué da aquél de tan pocos días devoción, y a mí no en
tantos afios? Creamos es todo para más bien nuestro; guíe
Su Majestad por donde quisiere; ga no somos nuestros, sino
suyos; harta merced nos hace en querer que queramos cabar en
su huerto, y estamos cabe el Señor de él, que cierto está con
nosotros. Si El quiere que crezcan estas plantas y flores, a
unos con dar agua, que saquen de este pozo, a otros sin ella,
¿qué se me da a mí? Haced vos, Señor, lo que quisierdes (1),
no os ofenda yo, no se pierdan las virtudes, si alguna me ha-
béis ya dado, por sola vuestra bondad; padecer quiero, Señor,
pues Vos padecisteis. Cúmplase en mí de todas maneras vuestra
voluntad; y no plega a Vuestra Majestad, que cosa de tanto
precio como vuestro amor, se dé a gente que os sirve sólo por
gustos.
Hase de notar mucho, y dígolo porque lo sé por expiriencia,
que el alma que en este camino de oración mental comienza a
caminar con determinación y puede acabar consigo de no hacer
mucho caso, ni consolarse, ni desconsolarse mucho, porque fal-
ten estos gustos y ternura u la dé el Señor, que tiene andado
gran parte de el camino; y no haya miedo de tornar atrás, aun-
que más tropiece, porque va comenzado el edificio en firme
fundamento. Sí, que no está el amor de Dios en tener lágrimas,
ni estos gustos y ternura que por la mayor parte los deseamos
y consolamos con ellos; sino en servir con justicia y fortaleza
de ánimo y humildad. Recibir, más me parece a mí eso, que no
dar nosotros nada.
Para mujercitas como yo, flacas y con poca fortaleza, me
parece a mí conviene, como Dios ahora lo hace, llevarme con
regalos; porque pueda sufrir algunos trabajos que ha querido
Su Majestad tenga; mas para siervos de Dios, hombres de tomo,
de letras, de entendimiento, que veo hacer tanto caso de que
Dios no los da devoción, que me hace desgusto oirlo. No digo
yo que no la tomen, si Dios se la da, y la tengan en mucho,
porque entonces verá Su Majestad que conviene; mas que cuando
1 Por qmsiéredes.
82 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÜS
no la tuvieren, que no se fatiguen, y que entiendan que no es
menester, pues Su Majestad no la da, y anden señores de si mes-
mos. Crean que es falta; go lo he probado y visto. Crean que
es imperfeción y no andar con libertad de espíritu, sino flacos
para acometer.
Esto no lo digo tanto por los que comienzan, aunque pongo
tanto en ello, porque les importa mucho comenzar con esta li-
bertad y determinación, sino por otros; que habrá muchos que
lo ha que comenzaron y nunca acaban de acabar; y creo es gran
parte este no abrazar la cruz desde el principio, que andarán
afligidos, pareciéndoles no hacen nada. En dejando de obrar el
entendimiento, no lo pueden sufrir; y por ventura entonces en-
gorda la voluntad y toma fuerza, y no lo entienden ellos. Hemos
de pensar que no mira el Señor en estas cosas, que, aunque a nos-
otros nos parecen faltas, no lo son; ya sabe Su Majestad nuestra
miseria y bajo natural, mijor que nosotros mesmos; y sabe que
ya estas almas desean siempre pensar en El y amarle. Esta de-
terminación es la que quiere. Estotro afligimiento que nos da-
mos, no sirve de más de inquietar el alma, y si había de estar
inhábil para aprovechar una hora, que lo esté cuatro. Porque muy
muchas veces (yo tengo grandísima expiriencia dello, y sé que
es verdad, porque lo he mirado con cuidado y tratado después
a personas espirituales), que viene de indispusición corporal, que
somos tan miserables, que participa esta encarceladita de esta po-
bre alma de las miserias de el cuerpo; y las mudanzas de los
tiempos y las vueltas de los humores muchas veces hacen que,
sin culpa suya, no pueda hacer lo que quiere, sino que padezca
de todas maneras; y mientra más la quieren forzar en estos
tiempos, es peor, y dura más el mal; sino que haya discreción
para ver cuando es de esto, y no la ahoguen a la pobre. Entien-
dan son enfermos; múdese la hora de la oración, y hartas veces
será algunos días.
Pasen como pudieren este destierro, que harta mala ventura
es de un alma que ama a Dios, ver que vive en esta miseria, y
que no puede lo que quiere, por tener tan mal huésped como
este cuerpo. Dije con discrición, porcfue alguna vez el demonio
CAPITULO XI 83
lo hará; y ansí €s bien, ni siempre dejar la oración cuando hay
gran distraimiento y turbación en el entendimiento, ni siempre
atormentar el alma a lo que no puede. Otras cosas hay exteriores
de obras de caridad y de lición, aunque a veces aun no estará
para esto. Sirva entonces a el cuerpo por amor de Dios, porque
otras veces muchas sirva él a el alma; y tome algunos pasatiem-
pos santos de conversaciones, que lo sean, u irse al campo, como
aconsejare el confesor. Y en todo es gran cosa la expiriencia,
que da a entender lo que nos conviene, y en todo se sirve Dios.
Suave es su yugo, y es gran negocio no traer el alma arrastrada,
como dicen, sino llevarla con su suavidad, para su mayor apro-
vechamiento.
Ansí que torno a avisar, y aunque lo diga muchas veces no
va nada, que importa mucho, que de sequedades, ni de inquietud,
y destraimiento en los pensamientos, naide se apriete ni aflija.
Si quiere ganar libertad de espíritu y no andar siempre atri-
bulado, comience a no se espantar de la cruz, y vera cómo se
la ayuda también a llevar el Señor, y con el contento que anda
y el provecho que saca de todo; porque ya se ve que si el pozo
no mana, que nosotros no podemos poner el agua. Verdad es que
no hemos de estar descuidados, para que cuando la haya, sacar-
la; porque entonces ya quiere Dios por este medio multiplicar
las virtudes.
CAPITULO XÍI
«
PROSICÜUE EN ESTE PRIMER ESTADO; DICE HñSTñ DONDE PODEMOS
LLEGAR CON EL FAVOR DE DIOS POR NOSOTROS MESMOS Y EL DAÑO
QUE ES QUERER, HASTA QUE EL SEÑOR LO HAGA, SUBIR EL ESPÍRITU
ñ COSAS SOBRENATURALES Y EXTRAORDINARIAS.'
Lo que he pretendido dar a entender en este capítulo pa-
sado, aunque me he divertido mucho en otras cosas, por parccer-
rne muy necesarias, es decir hasta lo que podemos nosotros ad-
quirir, y cómo en esta primera devoción podemos nosotros ayu-
darnos algo; porque en pensar y escudrinar lo que el Señor pasó
por nosotros, muévenos a compasión, y es sabrosa esta pena y
las lágrimas que proceden de aquí; y de pensar la gloria que
esperamos y el amor que el Señor nos tuvo y su resurreción,
muévenos a gozo, que ni es del todo espiritual, ni sensual, sino
gozo virtuoso, y la pena muy meritoria. De esta manera son todas
las cosas que causan devoción adquirida con el entendimiento
en parte, aunque no podía merecer ni ganar, si no la da Dios.
Estále muy bien a un alma, que no la ha subido de aquí, no pro-
curar subir ella; y nótese esto mucho, porque no le aprove-
chará más de perder.
Puede en este estado hacer muchos atos para determinarse
a hacer mucho por Dios, y despertar el amor; otros para ayudar
a crecer las virtudes, conforme a lo que dice un libro llamado
Arte de servir a Dios (1), que es muy bueno y apropiado para
Imprimióse por primeía vez el excelente libro Mtte de servir a Dios del piadoso francis-
86 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
los que están en este estado, porque obra el entendimiento.
Puede representarse delante de Cristo, y acostumbrarse a enamo-
rarse mucho de su sagrada Humanidad, y traerle siempre con-
sigo y hablar con El, pedirle para sus necesidades, y quejársele
de sus trabajos, alegrarse con El en sus contentos, y no olvi-
darle por ellos, sin procurar oraciones compuestas, sino palabras
conforme a sus deseos y necesidad. Es ecelente manera de apro-
vechar y muy en breve; y quien trabajare a traer consigo esta
preciosa compañía, y se aprovechare mucho de ella, y de veras
cobrare amor a este Señor, a quien tanto debemos, yo le doy
por aprovechado.
Para esto no se nos ha de dar nada de no tener devoción, como
tengo dicho, sino agradecer a el Señor que nos deja andar deseo-
sos de contentarle, aunque sean flacas las obras. Este modo
de traer a Cristo con nosotros aprovecha en todos estados, y es
un medio sigurísimo para ir aprovechando en el primero y llegar
en breve a el sigundo grado de oración, y para los postreros
andar siguros de los peligros que el demonio puede poner.
Pues esto es lo que podemos; quien quisiere pasar de aquí
y levantar el espíritu a sentir gustos, que no se los dan, es per-
der lo uno y lo otro, a mi parecer; porque es sobrenatural, y
perdido el entendimiento, quédase el alma desierta y con mucha
sequedad. Y como este edificio todo va fundado en humildad,
mientra más llegados a Dios, más adelante ha de ir esta virtud,
y si no, va todo perdido. Y parece algún género de soberbia
querer nosotros subir a más, pues Dios hace demasiado, sigún
somos, en allegarnos cerca de Sí. No se ha de entender que digo
esto por el subir con el pensamiento a pensar cosas altas de
el cielo u de Dios, y las grandezas que allá hay y su gran sa-
biduría; porque aunque yo nunca lo hice (que no tenía habi-
lidad, como he dicho, y me hallaba tan ruin, que aun para pensar
cosas de la tierra, me hacía Dios merced de que entendiese esta
verdad, que no era poco atrevimiento, cuanti más para las del
cano P. Alonso de Madrid, en Sevilla, año 1521. Dentro del mismo siglo XVI alcanzó muchas
reimpresiones. Una edición de esta obra ha sido hecha en Valencia en 1903 por el P. Jaime Sola,
o. F. M. Se ha publicado también en la Nueva Biblioteca de autores españoles, Madrid, 1911.
CAPITULO XII 87
cielo), otras personas se aprovecharán, en especial si tienen le-
tras, que es un gran tesoro para este ejercicio, a mi parecer,
si son con humildad. De unos días acá lo he visto por algunos
letrados, que ha poco que comenzaron g han aprovechado muy
mucho; y esto me hace tener grandes ansias porque muchos
fuesen espirituales, como adelante diré (1).
Pues lo que digo no se suban sin que Dios los suba, es len-
guaje de espíritu; entenderme ha quien tuviere alguna expiriencia,
que yo no lo sé de decir, si por aquí no se entiende. En la
mística Teología que comencé a decir, pierde de obrar el en-
tendimiento, porque le suspende Dios (2), como después de-
clararé más, si supiere, y El me diere para ello su favor. Pre-
sumir ni pensar de suspenderle nosotros, es lo que digo no se
1 Muchos fueron los que con la conversación edificativa de Santa Teresa aprovecharon
sus almas. Merecen especial mención los PP. Pedro Ibáñez, Domingo Báñez y García de Tole-
do, de la Orden de Santo Domingo; el P. Baltasar Alvarez, de la Compañía de Jesús, g más
tarde, el P. Jerónimo Gracián, que fué, sin duda, la persona a quien más en este mundo amó en
Dios la inmortal Reformadora. Acerca de los buenos efectos del trato espiritual con Santa Teresa,
declaró D. Juan Carrillo, secretario del Obispo de Avila, D. Alvaro de Mendoza, y después del
cardenal archiduque Alberto, en las Informaciones de Madrid de 1595: «Muchas veces oyó este
testigo a la dicha Madre Teresa de Jesús tratar de Nuestro Señor con un amor y fervor tan
grande, que pegaba a quien la oía y encendía grandes deseos de agradar a Dios. Y de la
oración decía tan altas cosas y tan conformes al dictamen de la razón, que admiraban a cual-
quiera grande entendimiento, y dejaba en él una satisfacción muy grande de que aquello era del
cielo, y que el Espíritu Santo alumbraba aquella alma, y ansí fueron infinidad de ellas las que
redujo... Porque la fuerza que tenía en decir en esta parte, parecía más que humana, y era con
tanta suavidad y caridad, que atraía a cuantos la hablaban... Y su trato de ordinario era de
oración, y jamás trataba con una persona que no la inclinase a esto, y saliesen los que con
ella trataban con grandes deseos de imitar lo que ella decía y hacía». (Cfr. Memorias histo-
riales, 1. P., n. 66).
2 En la edición de las Obras de la Santa hecha en Salamanca en 1589, se puso aquí esta
nota, entonces muy conveniente y que hoy tampoco huelga, «El suspender Dios el pensamiento
o entendimiento de que habla aquí la Santa Madre, y lo llama mística Teología, es presentarle
delante un bulto de cosas sobrenaturales y divinas y infundir en él gran copia de luz para que
las vea con una vista simple y sin discurso, ni consideración, ni trabajo. Y esto con tanta fuerza
que no puede atender a otra cosa, ni divertirse. Y no para el negocio en solo ver y admirar, sino
pasa la luz a la voluntad, y tórnase fuego en ella que la enciende en amor. De manera, que
quien esto padece, por el tiempo que lo padece, tiene el entendimiento enclavado en lo que ve,
y espantado dello, y la voluntad ardiendo en amor dello mismo, y la memoria del todo ociosa;
porque el alma ocupada con el gozo presente no admite otra memoria. Pues deste elevamiento o
suspensión, dice, que es sobrenatural, quiere decir, que nuestra alma en ello más propiamente pa-
dece que hace. Y dice que nadie presuma elevarse desta manera antes que le eleven; lo uno
porque excede toda nuestra industria, y así será en balde; lo otro, porque será falta de humildad.
Y avisa desto la Santa Madre con grande causa, porque hay libros de oración que aconsejan a
los que oran, que suspendan el pensamiento totalmente, y que no figuren en la imaginación cosa
ninguna, ni aún resuellen, de que sucede quedarse fríos y indevotos». Para la inteligencia de esta
y de otras frases que emplea la Santa y los escritores místicos, es digno de recomendación el
breve, claro y docto tratado que compuso el P. Diego de San José, C. D., que ha venido
publicándose con las obras de S. Juan de la Cruz, bajo el título de Hpuntamientos y adverten-
cias en tres discursos. Puede verse en la nueva edición de los escritos del Santo, que ha pu-
blicado en Toledo el P. Gerardo de San Juan de la Cruz, t. III, p. 465.
8o VIDA DE SANTA TERESA DE JESUS
haga, ni se deje de obrar con él, porque nos quedaremos bobos
y fríos, y ni haremos lo uno ni lo otro; que cuando el Señor
le suspende y hace parar, dale de qué se espante y se ocupe,
y que sin discurrir entienda más en un credo que nosotros pode-
mos entender con todas nuestras diligencias de tierra en muchos
años. Ocupar las potencias del alma y pensar hacerlas estar que-
das, es desatino. Y torno a decir que, aunque no se entiende, es
de no gran humildad, aunque no con culpa, con pena sí, que será
trabajo perdido, y queda el alma con un desgustillo como quien
va a saltar y la asen por detrás, que ya parece ha empleado
su fuerza y hállase sin efetuar lo que con ella quería hacer;
y en la poca ganancia que queda, verá, quien lo quisiere mirar,
esto poquillo de falta de humildad que he dicho. Porque esto
tiene ecelente esta virtud, que no hay obra, a quien ella acom-
pañe, que deje el alma desgustada. Paréceme lo he dado a en-
tender, y por ventura será sola para mí. ñbra el Señor los ojos
de los que lo leyeren con la expiriencia, que por poca que sea,
luego lo entenderán.
Hartos años estuve yo que leía muchas cosas y no enten-
día nada de ellas; y mucho tiempo que, aunque me lo daba Dios,
palabra no sabía decir para darlo a entender, que no me ha
costado esto poco trabajo. Cuando Su Majestad quiere, en un
punto lo enseña todo, de manera que yo me espanto. Una cosa
puedo decir con verdad, que aunque hablaba con muchas per-
sonas espirituales, que querían darme a entender lo que el Se-
ñor me daba para que se lo supiese decir, y es cierto que era
tanta mi torpeza, que poco ni mucho me aprovechaba, u quería
el Señor, como Su Majestad fué siempre mi maestro, (sea por
todo bendito, que harta confusión es para mí poder decir esto
con verdad), que no tuviese a nadie que agradecer; y sin que-
rer, ni pedirlo (que en esto no he sido nada curiosa, porque
fuera virtud serlo, sino en otras vanidades), dármelo Dios en
un punto a entender con toda claridad y para saberlo decir,
de manera que se espantaban, y yo más que mis confesores, por-
que entendía mijor mi torpeza. Esto ha poco, y ansí lo que el
Señor no me ha enseñado no lo procuro, sino es lo que toca a
mi conciencia.
CAPITULO XII 89
Torno otra vez a avisar que va mucho en no subir el espí-
ritu, si el Señor no le subiere; qué cosa es, se entiende luego.
En especial para mujeres es más malo, que podrá el demonio
causar alguna ilusión, aunque tengo por cierto, no consiente el
Señor dañe a quien con humildad se procura llegar a El; antes
sacará más provecho y ganancia por donde el demonio le pensare
hacer perder. Por ser este camino de los primeros más usado, y
importan mucho los avisos que he dado, me he alargado tanto, y
habránlos escrito en otras partes muy mijor, yo lo confieso, y que
con harta confusión y vergüenza lo he escrito, aunque no tanta
como había de tener. Sea el Señor bendito por todo, que a una
como yo quiere y consiente hable en cosas suyas, tales y tan
subidas.
7 *
©ñPITULO xin
PROSIGUE EN ESTE PRIMER ESTñDO Y PONE AVISOS PARA ALGUNAS
TENTACIONES QUE EL DEMONIO SUELE PONER ALGUNAS VECES.
DA AVISOS PARA ELLAS. ES MUY PROVECHOSO.
Hamc parecido decir algunas tentaciones que he visto que
se tienen a los principios, y algunas tenido yo, y dar algunos
avisos de cosas que me parecen necesarias. Pues procúrese a
los principios andar con alegría y libertad; que hay algunas per-
sonas que parece se les ha de ir la devoción, si se descuidan
un poco. Bien es andar con temor de sí, para no se fiar poco
ni mucho de ponerse en ocasión donde suele ofender a Dios, que
esto es muy necesario, hasta estar ya muy enteros en la virtud.
Y no hay muchos que lo puedan estar tanto, que en ocasiones
aparejadas a su natural, se puedan descuidar. Que siempre, mien-
tra vivimos, aun por humildad, es bien conocer nuestra mise-
rable naturaleza; mas hay muchas cosas adonde se sufre, como
he dicho, tomar recreación, aun para tornar a la oración más
fuertes. En todo es menester discreción.
• Tener gran confianza, porque conviene mucho no apocar los
deseos, sino creer de Dios que, si nos esforzamos poco a poco,
aunque no sea luego, podremos llegar a lo que muchos santos
con su favor; que si ellos nunca se determinaran a desearlo y
poco a poco a ponerlo por obra, no subieran a tan alto estado.
Quiere Su Majestad y es amigo de ánimas animosas, como va-
yan con humildad y ninguna confianza de sí; y no he visto a
92 VIDñ DE SñNTñ TERESA DE JESÚS
ninguna de éstas que quede baja en este camino, ni ninguna alma
cobarde, con amparo de humildad, que en muchos años ande lo
que estotros en muy pocos. Espántame lo mucho que hace en este
camino animarse a grandes cosas; aunque luego no tenga fuer-
zas el alma, da un vuelo y llega a mucho, aunque como avecita
que tiene pelo malo, cansa y queda.
Otro tiempo traía yo delante muchas veces lo que dice San
Pablo, que todo se puede en Dios (1); en mí bien entendía
no podía nada. Esto me aprovechó mucho, y lo que dice San
Agustín: Dame, Señor, lo qae me mandas, y manda lo que qui-
sieres (2). Pensaba muchas veces que no había perdido nada
San Pedro en arrojarse en la mar aunque después temió {3).
Estas primeras determinaciones son gran cosa, aunque en este
primer estado es menester irse más detiniendo y atados a la
discreción y parecer de maestro; mas han de mirar que sea
tal, que no los enseñe a ser sapos, ni que se contente con que
se muestre el alma a sólo cazar lagartijas. Siempre la humildad
delante para entender que no han de venir estas fuerzas de
las nuestras.
Mas es menester entendamos cómo ha de ser esta humJldad;
porque creo el demonio hace mucho daño para no ir muy ade-
lante gente que tiene oración, con hacerlos entender mal de la
humildad, haciendo que nos parezca soberbia tener grandes de-
seos ij querer imitar a los santos y desear ser mártires. Luego
nos dice u hace entender que las cosas de los santos son para
admirar, mas no para hacerlas los que somos pecadores. Esto
también lo digo yo; mas hemos de mirar cuál es de espantar y
cuál de imitar. Porque no sería bien si una persona flaca y en-
ferma se pusiese en muchos ayunos y penitencias ásperas, yéndo-
se a un desierto, adonde ni pudiese dormir, ni tuviese qué co-
mer u cosas semejantes; mas pensar que nos podemos esfor-
zar, con el favor de Dios, a tener un gran desprecio de mundo,
un no estimar honra, un no estar atado a la hacienda; que te-
1 DMip.. IV, 13.
2 «Da quod jubes et jube quod vis». (Conf., 1. X, c. XXIX).
3 Matth., XIV, 30.
CAPITULO XIII 93
n€mos unos corazones tan apretados, que parece nos ha de
faltar la tierra, en quiriéndonos descuidar un poco de el cuer-
po y dar a el espíritu. Luego parece ayuda a el recogimiento
tener muy bien lo que es menester, porque los cuidados inquie-
tan a la oración.
De esto me pesa a mí, que tengamos tan poca confianza de
Dios, y tanto amor propio, que nos inquiete ese cuidado. Y es
ansí, que a donde está tan poco medrado el espíritu como esto,
unas naderías nos dan tan gran trabajo, como a otros cosas gran-
des y de mucho tomo, y en nuestro seso presumimos de espiri-
tuales. Paréceme ahora a mí esta manera de caminar, un querer
concertar cuerpo y alma para no perder acá el descanso y go-
zar allá de Dios; y ansí será ello si se anda en justicia, y va-
mos asidos a virtud; mas es paso de gallina: nunca con él se
llegará a la libertad de espíritu. Manera de proceder muy buena
me parece para estado de casados, que han de ir conforme a
su ilamamiento; mas para otro estado, en ninguna manera deseo
tal manera de aprovechar, ni me harán creer es buena, porque
la he probado; y siempre rne estuviera ansí, si el Señor, por
su bondad, no me enseñara otro atajo.
Aunque en esto de deseos siempre los tuve grandes, mas
procuraba esto que he dicho, tener oración, mas vivir a mi pla-
cer. Creo, si hubiera quien me sacara a volar, más me hubiera
puesto en que estos deseos fueran con obra; mas hay por nues-
tros pecados tan pocos, tan contados, que no tengan discreción
demasiada en este caso, que creo es harta causa para que los que
comienzan no vayan más presto a gran perfeción; porque el
Señor nunca falta ni queda por El; nosotros somos los fal-
tos y miserables.
También se pueden imitar los santos en procurar soledad y
silencio y otras muchas virtudes, que no nos matarán estos ne-
gros cuerpos, que tan concertadamente se quieren llevar para
desconcertar el alma; y el demonio ayuda mucho a hacerlos in-
hábiles cuando ve un poco de temor. No quiere él más para
hacernos entender que todo nos ha de matar y quitar la salud;
hasta tener lágrimas nos hace temer de cegar. He pasado por
94 VIDñ DE SANTA TERESA DE JESÚS
esto, y por eso lo sé; y no sé yo qué mijor vista ni salud po-
demos desear que perderla por tal causa. Como soy tan enfer-
ma, hasta que me determiné en no hacer caso del cuerpo ni de
la salud, siempre estuve atada, sin valer nada; y ahora hago
bien poco. Mas como quiso Dios entendiese este ardid de el
demonio, y como me ponía delante el perder la salud, decía yo:
poco va en que me muera. ¡Sí!... i el descanso!... ¡No he ya
menester descanso, sino cruz. Ansí otras cosas. Vi claro que en
muy muchas, aunque yo de hecho soy harto enferma, que era
tentación de el demonio u flojedad mía; que después que no
estoy tan mirada y regalada, tengo mucha más salud. Ansí que
va mucho a los principios d€ comenzar oración a no amilanar los
pensamientos, y créanme esto, porque lo tengo por expiriencia;
y para que escarmienten en mí, aun podría aprovechar decir
estas mis faltas.
Otra tentación es luego muy ordinaria, que es desear que
todos sean muy espirituales, como comienzan a gustar del sosiego
y ganancia que es. El desearlo no es malo; el procurarlo podría
ser no bueno, si no hay mucha discreción y disimulación en
hacerse de manera que no parezca enseñan; porque quien hu-
biere de hacer algún provecho en este caso, es menester que
tenga las virtudes muy fuertes para que no dé tentación a los
otros. Acaecióme a mí, y por eso lo entiendo, cuando, como
he dicho, procuraba que otras tuviesen oración, que, como por
una parte me vían hablar grandes cosas de el gran bien que
era tener oración, y por otra parte me vían con gran pobreza
de virtudes, tenerla yo, traíalas tentadas ij desatinadas. Y con
harta razón, que después me lo han venido a decir; porque no
sabían cómo se podía compadecer lo uno con lo otro; y era
causa de no tener por malo lo que de suyo lo era, por ver que
lo hacía yo algunas veces, cuando les parecía algo bien de mí.
Y esto hace el demonio, que parece se ayuda de las virtu-
des que tenemos buenas para autorizar en lo que puede el mal
que pretende, que, por poco que sea, cuando es en una comuni-
dad, debe ganar mucho, cuanti más que lo que yo hacía malo
era muy mucho. Y ansí, en muchos años, solas tres se apro-
CAPITULO XIII 95
vecharon de lo que les decía (1); y después que ya el Señor
me había dado más fuerzas en la virtud, se aprovecharon en
dos u tres años muchas, como después diré. Y sin esto, hay
otro gran inconveniente, que es perder el alma; porque lo más
que hemos de procurar al principio es sólo tener cuidado de
sí sola y hacer cuenta que no hay en la tierra sino Dios y ella;
y esto es lo que le conviene mucho.
Da otra tentación (y todas van con un celo de virtud que
es menester entenderse y andar con cuidado), de pena de los pe-
cados y faltas que ven en los otros. Pone el demonio que es sólo
la pena de querer que no ofendan a Dios y pesarle por su honra,
y luego querrían remediarlo. Inquieta esto tanto, que impide la
oración; y el mayor daño es pensar que es virtud y perfeción
y gran celo de Dios. Dejo las penas que dan pecados públicos,
si los hubiese en costumbre, de una Congregación, u daños
de la Ilesia, de estas herejías, adonde vemos perder tantas almas;
que ésta es muy buena, y como lo es buena, no inquieta. Pues
lo siguro será del alma que tuviere oración descuidarse de todo
y de todos, y tener cuenta consigo y con contentar a Dios.
Esto conviene muy mucho, porque si hubiese de decir los ye-
rros que he visto suceder, fiando en la buena intención...
Pues procuremos siempre mirar las virtudes y cosas bue-
nas que viéremos en los otros, y atapar sus defetos con nuestros
grandes pecados. Es una manera de obrar, que, aunque luego
no se haga con perfeción, se viene a ganar una gran virtud,
que es tener a todos por mijores que nosotros, y comiénzase
a ganar por aquí, con el favor de Dios (que es menester en todo,
y cuando falta, excusadas son las diligencias), y suplicarle nos
dé esta virtud, que con que las hagamos, no falta a nadie. Miren
también este aviso los que discurren mucho con el entendimien-
to, sacando muchas cosas de una cosa y muchos concetos; que
de los que no pueden obrar con él, como yo hacia, no hay
que avisar, sino que tengan paciencia, hasta que el Señor les
1 Estas tres personas fueron, según el P. Gracián, María de S. Pablo, Ana de los Angeles
U D.8 María de Cepeda. Lo mismo dice la M, María de S. José, hermana del V. Padie Gracián.
(Cíi. Ms. 12.&3Ó de la Biblioteca Nacional).
96 VIDñ DE SANTA TERESA DE JESÚS
dé €n qué se ocupen y luz, pues ellos pueden tan poco por sí,
que antes los embaraza su entendimiento que los ayuda.
Pues tornando a los que discurren, digo que no se les vaya
todo el tiempo en esto; porque, aunque es muy meritorio, no
les parece, como es oración sabrosa, que ha de haber día de
domingo, ni rato que no sea trabajar. Luego les parece es per-
dido el tiempo, y tengo yo por muy ganada esta pérdida; sino
que, como he dicho, se representen delante de Cristo, y sin
cansancio del entendimiento se estén hablando y regalando con
El, sin cansarse en componer razones, sino presentar necesida-
des, y la razón que tiene para no nos sufrir allí. Lo uno un
tiempo, y lo otro otro; porque no se canse el alma de comer
siempre un manjar. Estos son muy gustosos y provechosos; si
el gusto se usa a comer de ellos, train consigo gran sustentamien-
to para dar vida a el alma y muchas ganancias.
Quiéreme declarar más, porque estas cosas de oración to-
das son dificultosas, y si no se halla maestro, muy malas de
entender. Y esto hace que, aunque quisiera abreviar, y bastaba
para el entendimiento bueno de quien me mandó escribir estas
cosas de oración sólo tocarlas, mi torpeza no da lugar a decir
y dar a entender en pocas palabras cosa que tanto importa de-
clararla bien. Que como yo pasé tanto, he lástima a los que
comienzan con solos libros, que es cosa extraña cuan diferente-
mente se entiende de lo que después de cxpirimentado se ve.
Pues tornando a lo que decía, ponémonos a pensar un paso de
la Pasión, digamos el de cuando estaba el Señor a la coluna.
Anda el entendimiento buscando las causas que allí da a entender,
los dolores grandes y pena que Su Majestad ternía en aquella
soledad, y otras muchas cosas que, si el entendimiento es obra-
dor, podrá sacar de aquí, u que si es letrado, es el modo de ora-
ción en que han de comenzar, y de mediar y acabar todos, y
muy ecelente y siguro camino, hasta que el Señor los lleve
a otras cosas sobrenaturales.
Digo todos, porque hay muchas almas que aprovechan más
en otras meditaciones que en la de la Sagrada Pasión. Que,
ansí como hay muchas mors^das en el cielo, hay muchos caminos.
CAPITULO xiri 97
Algunas personas aprovechan considerándose en el infierno, y
otras en el cielo, y se afligen en pensar en el infierno, otras
en la muerte. Algunas, si son tiernas de corazón, se fatigan
mucho de pensar siempre en la Pasión, y se regalan y apro-
vechan en mirar el poder y grandeza de Dios en las criaturas,
y el amor que nos tuvo, que en todas las cosas se representa.
Y es admirable manera de proceder, no dejando muchas veces
la Pasión y vida de Cristo, que es de donde nos ha venido
y viene todo el bien.
Ha menester aviso el que comienza para mirar en lo que
aprovecha más. Para esto es muy necesario el maestro, si es
expirimentado, que si no, mucho puede errar, y traer un alma
sin entenderla ni dejarla a sí mesma entender; porque, como
sabe que es gran mérito estar sujeta a maestro, no osa salir
de lo que le manda. Yo he topado almas acorraladas y afligi-
das por no tener expiricncia quien las enseñaba, que me hacían
lástima, y alguna que no sabía ya qué hacer de sí; porque
no entendiendo el espíritu, afligen alma y cuerpo, y estorban
el aprovechamiento. Una trató conmigo que la tenía el maestro
atada ocho años había, a que no la dejaba salir de propio
conocimiento, y teníala ya el Señor en oración de quietud, y
ansí pasaba mucho trabajo.
Y aunqu€ esto del conocimiento propio jamás se ha de dejar,
ni hay alma en este camino tan gigante (1) que no haya menester
muchas veces tornar a ser niño y a mamar (y esto jamás se ol-
vide, quizá lo diré más veces, porque importa mucho), porque
no hay estado de oración tan subido, que muchas veces no sea
necesario tornar a el principio. Y en esto de los pecados y cono-
cimiento propio, es el pan con que todos los "manjares se han
de comer, por delicados que sean, en este camino de oración,
y sin este pan no se podrían sustentar. Mas hase de comer
con tasa, que después que un alma se ve ya rendida y entiende
claro no tiene cosa buena de sí, y se ve avergonzada delante
de tan gran Rey, y ve lo poco que le paga para lo mucho que
1 La Santa: gigate.
98 VIDA DE SñNTA TERESA DE JESÜS
le debe, ¿qué necesidad hay de gastar el tiempo aquí?, sino
irnos a otras cosas que el Señor pone delante, y no es razón
las dejemos, que Su Majestad sabe mijor que nosotros de lo
que nos conviene comer.
Ansí que importa mucho ser el maestro avisado, digo de
buen entendimiento, y que tenga expiriencia; si con esto tiene
letras, es grandísimo negocio. Mas si no se pueden hallar estas
tres cosas juntas, las dos primeras importan más; porque le-
trados puede procurar para comunicarse con ellos cuando tuvieren
necesidad. Digo que a los principios, si no tienen oración, apro-
vechan poco letras. No digo que no traten con letrados, porque
espíritu que no vaya comenzado en verdad, yo más le querría
sin oración; y es gran cosa letras, porque éstas nos enseñan a
los que poco sabemos, y nos dan luz, y llegados a verdades
de la Sagrada Escritura, hacemos lo que debemos: de devocio-
nes a bobas nos libre Dios.
Quiérome declarar más, que creo me meto en muchas cosas.
Siempre tuve esta falta, de no me saber dar a entender, como
he dicho, sino a costa de muchas palabras. Comienza una monja
a tener oración: si un simple la gobierna y se le antoja, harála
entender que es mijor que le obedezca, a él que a su superior, y
sin malicia suya, sino pensando acierta; porque si no es de
Religión, parecerle ha es ansí. Y si es mujer casada, dirála que
es mijor cuando ha de entender en su casa, estarse en oración,
aunque descontente a su marido; ansí que no sabe ordenar el
tiempo ni las cosas para que vayan conforme a verdad. Por
faltarle a él la luz, no la da a los otros aunque quiere. Y aun-
que para esto parece no son menester letras, mi opinión ha
sido siempre, y será, que cualquier cristiano procure tratar con
quien las tenga buenas, si puede, y mientra más mijor; y los
que van por camino de oración tienen de esto mayor necesidad,
y mientra más espirituales más,
Y no se engañe con decir que letrados sin oración no son
para quien la tiene. Yo he tratado hartos, porque de unos años
acá lo he más procurado con la mayor necesidad, y siempre fui
amiga de ellos, que aunque algunos no tienen expiriencia, no
CAPITULO XIII 99
aborrecen a el espíritu, ni le inoran; porque en la Sagrada Escri-
tura que tratan, siempre halla la verdad de el buen espíritu.
Tengo pa mí que persona de oración que trate con letrados,
si ella no se quiere engañar, no la engañará el demonio con
ilusiones, porque creo temen en gran manera las letras humildes
y virtuosas, y saben serán descubiertos y saldrán con pérdida.
He dicho esto, porque hay opiniones de que no son le-
trados para gente de oración, si no tienen espíritu. Ya dije
es menester espiritual maestro; mas si éste no es letrado, gran
inconveniente es. Y será mucha ayuda tratar con ellos, como
sean virtuosos; aunque no tengan espíritu me aprovechará, y
Dios le dará a entender lo que ha de enseñar, y aun le hará es-
piritual para que nos aproveche. Y esto no lo digo sin haberlo
probado, y acaecídome a mí con más de dos. Digo que para ren-
dirse un alma del todo a estar sujeta a solo un maestro, que
yerra mucho en no procurar que sea tal, si es religioso, pues
ha de estar sujeto a su Perlado, que por ventura le faltarán
todas tres cosas, que no será pequeña cruz, sin que él de su vo-
luntad sujete su entendimiento a quien no le tenga bueno. Al
menos esto no lo he yo podido acabar conmigo, ni me parece
conviene. Pues si es seglar, alabe a Dios que puede escoger
a quien ha de estar sujeto, y no pierda esta tan virtuosa liber-
tad ; antes esté sin ninguno hasta hallarle, que el Señor se le
dará, como vaya fundado todo en humildad y con deseo de
acertar. Yo le alabo mucho, y las mujeres y los que no saben
letras le habíamos siempre de dar infinitas gracias, porque haya
quien con tantos trabajos haya alcanzado la verdad que los
inorantes inoramos.
Espántanme muchas veces letrados, religiosos en especial,
con el trabajo que han ganado lo que sin ninguno, más de
preguntarlo, me aproveche a mí. jY que haya personas que no
quieran aprovecharse de esto! ¡No plega a Dios! Véolos sujetos
a los trabajos de la Religión, que son grandes, con penitencias
y mal comer, sujetos a la obediencia, que algunas veces me es
gran confusión, cierto; con esto, mal dormir, todo trabajo, todo
cruz; paréceme sería gran mal que tanto bien ninguno por su
100 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
culpa lo pierda. Y podrá ser que pensemos algunos que estamos
libres de estos trabajos, y nos lo dan guisado, como dicen, y
viviendo a nuestro placer; que por tener un poco de más ora-
ción, nos hemos de aventajar a tantos trabajos.
¡Bendito seáis vos, Señor, que tan inhábil y sin provecho
me hecistes; mas alabóos muy mucho, porque despertáis a tan-
tos que nos despierten! Había de ser muy contina nuestra ora-
ción por estos que nos dan luz. ¿Qué seríamos sin ellos entre
tan grandes tempestades como ahora tiene la Iglesia? Si algunos
ha habido ruines, más resplandecerán los buenos. Plega el Se-
ñor los tenga de su mano y los ayude para que nos ayuden.
Amén.
Mucho he salido de propósito de lo que comencé a decir;
mas todo es propósito para ios que comienzan que comiencen
camino tan alto, de manera que vayan puestos en verdadero
camino. Pues tornando a lo que decía, de pensar a Cristo a
la coluna, es bueno discurrir un rato y pensar las penas que
allí tuvo, y por qué las tuvo, y quién es el que las tuvo, y el
amor con que las pasó; mas que no se canse siempre en andar
a buscar esto, sino que se esté allí con El, acallado el .enten-
dimiento. Si pudiere, ocuparle en que mire que le mira, y le
acompañe, y hable, y pida, y se humille y regale con El, y
acuerde que no merecía estar allí. Cuando pudiere hacer esto,
aunque sea al principio de comenzar oración, hallará grande
provecho, y hace muchos provechos esta manera de oración; aJ
menos hallóle mi alma. No sé si acierto a decirlo; vuestra mer-
ced lo verá. Plega el Señor acierte a contentarle siempre. Amén.
CAPÍTULO XIV
COMIENZA A DECLARAR EL SIGUNDO GRADO DE ORACIÓN, OUE ES YA
DAR EL SEÑOR A EL ALMA A SENTIR GUSTOS A^AS PARTICULARES.
DECLÁRALO PARA DAR A ENTENDER COMO SON YA SOBRENATURALES.
ES HARTO DE NOTAR.
Pues ya queda dicho con el trabajo que se riega este ver-
jel, y cuan a fuerza de brazos, sacando el agua del pozo ; digamos
ahora el sigundo modo de sacar el agua! que el Señor del huer-
to ordenó para que con artificio de con un torno y arcaduces
sacase el hortelano más agua y a menos trabajo, y pudiese
descansar sin estar contino trabajando. Pues este modo aplica-
do a la oración que llaman de quietud, es lo que yo ahora quiero
tratar.
Aquí se comienza a recoger el alma, toca ya aquí cosa so-
brenatural, porque en ninguna manera ella puede ganar aquello
por diligencias que haga. Verdad es que parece que algún tiem-
po se ha cansado en andar el torno, y trabajar con el entendi-
miento, y henchídose los arcaduces; mas aquí está el agua más
alto, y ansí se trabaja muy menos que en sacarlo del pozo. Digo
que está más cerca el agua, porque la gracia dase más claramen-
te a conocer a el alma. Esto es un recogerse las potencias den-
tro de sí para gozar de aquel contento con más gusto; mas
no se pierden ni se duermen; sola la voluntad se ocupa, de ma-
nera que, sin saber cómo, se cativa; sólo da consentimiento para
que la encarcele Dios, como quien bien sabe ser cativo de quien
102 VIDA DE SñNTñ TERESA DÉ JESÚS
ama. ¡Oh Jesús y Señor mío, qué nos vale aquí vuestro amor!,
porque éste tiene al nuestro tan atado, que no deja libertad
para amar en aquel punto a otra cosa sino a Vos.
Las otras dos potencias ayudan a la voluntad para que vaya
haciéndose hábil para gozar de tanto bien; puesto que algunas
veces, aun estando unida la voluntad, acaece desayudar harto.
Mas entonces no haga caso de ellas, sino estése en su gozo y
quietud; porque, si las quiere recoger, ella y ellas perderán;
que son entonces como unas palomas que no se contentan con
el cebo que les da el dueño del palomar sin trabajarlo ellas, y
van a buscar de comer por otras partes, y hallan tan mal, que se
tornan; y ansí van y vienen, a ver si les da la voluntad de lo
que goza. Si el Señor quiere, échales cebo, detiénense, y si
no, tornan a buscar; y deben pensar que hacen a la voluntad
provecho, y a las veces en querer la memoria u imaginación
representarla lo que goza, la dañará. Pues tenga aviso de haber-
se con ellos, como diré.
Pues todo esto que pasa aquí es con grandísimo consuelo,
y con tan poco trabajo, que no cansa la oración, aunque dure
mucho rato; porque el entendimiento obra aquí muy paso a paso,
y saca muy mucha más agua, que no sacaba de el pozo; las
lágrimas que Dios aquí da, ya van con gozo; aunque se sienten,
no se procuran.
Este agua de grandes bienes y mercedes que el Señor da
aquí, hacen crecer las virtudes muy más sin comparación que
en la oración pasada; porque se va ya esta alma subiendo de
su miseria, y dásele ya un poco de noticia de los gustos de la
gloria. Esto creo las hace más crecer y también llegar más
cerca de la verdadera virtud, de donde todas las virtudes vie-
nen, que es Dios; porque comienza Su Majestad a comunicarse
a esta alma, y quiere que sienta ella cómo se le comunica. Co-
miénzase luego, en llegando aquí, a perder la codicia de lo de
acá, y pocas gracias; porque ve claro que un memento de aquel
gusto no se puede haber acá, ni hay riquezas, ni señoríos, ni
honras, ni deleites que basten a dar un cierra ojo y abre de este
contentamiento, porque es verdadero, y contento que se ve que
CAPITULO XIV 103
nos contenta. Porque los de acá, por maravilla me parece enten-
demos adonde está este contento, porque nunca falta un sí, no:
aquí todo es sí en aquel tiempo; el no viene después, por ver
que se acabó, y que no lo puede tornar a cobrar, ni sabe cómo;
porque si se hace pedazos a penitencias y oración, y todas las
demás cosas, si el Señor no lo quiere dar, aprovecha poco. Quie-
re Dios por su grandeza que entienda esta alma que está Su
Majestad tan cerca de ella, que ya no ha menester enviarle men-
sajeros, sino hablar ella mesma con El, y no a voces, porque
está ya tan cerca, que en meneando los labios la entiende.
Parece impertinente decir esto, pues sabemos que siempre
nos entiende Dios, y está con nosotros. En esto no hay que
dudar que es ansí; mas quiere este Emperador y Señor nues-
tro que entendamos aquí que nos entiende, y lo que hace su
presencia, y que quiere particularmente comenzar a obrar en
el alma en la gran satisfación interior y exterior que la da, y
en la diferencia que, como he dicho, hay de este deleite y contento
a los de acá, que parece hinche el vacío que por nuestros peca-
dos teníamos hecho en el alma. Es en lo muy íntimo de ella
esta satisfación, y no sabe por dónde ni cómo le vino, ni muchas
veces sabe qué hacer, ni qué querer, ni qué pedir. Todo parece
lo halla junto, y no sabe lo que ha hallado, ni aun yo sé cómo
darlo a entender; porque para hartas cosas eran menester le-
tras. Porque aquí viniera bien dar aquí a entender, qué es auxilio
general u particular, que hay muchos que lo inoran, y cómo
este particular quiere el Señor aquí que casi le vea el alma
por vista de ojos, como dicen, y también para muchas cosas,
que irán erradas; mas como lo han de ver personas que entien-
da si hay yerro, voy descuidada; porque ansí de letras como
de espíritu, sé que lo puedo estar, yendo a poder de quien va,
que entenderá y quitarán lo que fuere mal.
Pues querría dar a entender esto, porque son principios, y
cuando el Señor comienza a hacer estas mercedes, la mesma
alma no las entiende, ni sabe qué hacer de sí. Porque si la lleva
Dios por camino de temor, como hizo a mí, es gran trabajo,
si no hay quien la entienda; y csle gran gusto verse pintada,
104 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
y entonces v€ claro va por allí. Y es gran bien saber lo que
ha de hacer, para ir aprovechando en cualquier estado de estos;
porque he yo pasado mucho y perdido harto tiempo, por no
saber qué hacer. Y he gran lástima a almas que se ven solas
cuando llegan aquí; porque, aunque he leído muchos libros es-
pirituales, aunque tocan en lo que hace al caso, decláranse muy
poco; y si no es alma muy ejercitada, aun declarándose mucho,
terna harto que hacer en entenderse.
Ouerría mucho el Señor me favoreciese para poner los efe-
tos que obran en el alma estas cosas, que ya comienzan a ser
sobrenaturales, para que se entienda por los efetos cuándo es
espíritu de Dios. Digo se entienda conforme a lo que acá se
puede entender, aunque siempre es bien andemos con temor y re-
cato; que, aunque sea de Dios, alguna vez podrá trasfigurarse
el demonio en ángel (1) de luz; y si no es alma muy ejercitada,
no lo entenderá; y tan ejercitada, que para entender esto es
menester llegar muy en la cumbre de la oración. Ayúdame poco
el poco tiempo que tengo, y ansí ha menester Su Majestad ha-
cerlo, porque he de andar con la Comunidad, y con otras har-
tas ocupaciones (como estoy en casa que ahora se comienza (2),
como después se verá), y ansí es muy sin tener asiento lo que
escribo, sino a pocos a pocos, y esto quisiérale, porque cuando
el Señor da espíritu, pónese con facilidad y mijor. Parece como
quien tiene un dechado delante, que está sacando aquel labor;
mas si el espíritu falta, no hay más concertar este lenguaje que
si fuese algarabía, a manera de decir, aunque hagan muchos
años pasado en oración. Y ansí me parece es grandísima venta-
ja, cuando lo escribo, estar en ello; porque veo claro no so yo
quien lo dice, que ni lo ordeno con el entendimiento, ni sé des-
pués cómo lo acerté a decir: esto me acaece muchas veces.
Ahora tornemos a nuestra huerta u verjel, y veamos cómo
comienzan estos árboles a empreñarse para florecer y dar des-
pués fruto, y las flores y claveles lo mesmo para dar olor. Re-
1 El original: ágel.
2 Hace referencia al convsnfo de San José de Avjt«.
CAPITULO XIV 105
gálamc esta comparación, porque muchas veces en mis principios
(y plega el Señor haya yo ahora comenzado a servir a Su Ma-
jestad, digo principio de lo que diré de quí adelante de mi vida),
me era gran deleite considerar ser mi alma un huerto y al
Señor que se paseaba en él. Suplicábale aumentase el olor de
las florecitas de virtudes que comenzaban, a lo que parecía, a
querer salir, y que fuese para su gloria, y las sustentase, pues
yo no quería nada para mí, y cortase las que quisiese, que
ya sabía habían de salir mijores. Digo cortar, porque vienen
tiempos en el alma que no hay memoria de este huerto; todo
parece está seco y que no ha de haber agua para sustentarle,
ni parece hubo jamás en el alma cosa de virtud. Pásase mucho
trabajo, porque quiere el Señor que le parezca a el ¡jobre hortola-
no que todo el que ha tenido en sustentarle y regarle va perdido.
Entonces es el verdadero escardar y quitar de raíz las hier-
becillas, aunque sean pequeñas, que han quedado malas, con
conocer no hay diligencia que baste si el agua de la gracia nos
quita Dios, y tener en poco nuestra nada, y aun menos que nada.
Gánase aquí mucha humildad; tornan de nuevo a crecer las
flores.
¡Oh Señor mío y Bien mío! ¡Que no puedo decir esto sin
lágrimas y gran regalo de mi alma, que queráis vos, Señor,
estar ansí con nosotros, y estáis en el Sacramento, que con toda
verdad se puede creer, pues lo es, y con gran verdad podemos
hacer esta comparación; y si no es por nuestra culpa, nos pode-
mos gozar con Vos, y que Vos os holgáis con nosotros, pues decís
ser vuestro deleite estar con los hijos de los hombres! (1). ¡Oh
Señor mío! ¿Qué es esto? Siempre que oyó esta palabra me
es gran consuelo, aun cuando era muy perdida. ¿Es posible,
Señor, que hay alma que llegue a que Vos la hagáis mercedes-
semejantes y regalos, y a entender que Vos os holgáis con ella,
que os torne a ofender después de tantos favores y tan grandes
muestras del amor que la tenis, que no se puede dudar, pues se
ve clara la obra? ¡Sí hay, por cierto, y no una vez, sino muchas,
1 Ihov., VIH, 31.
106 VIDñ DE SANTA TERESA DE JESÚS
que so yo! Y plega vuestra bondad, Señor, que sea yo sola
la ingrata, y la que haya hecho tan gran maldad, y tenido
tan ecesiva ingratitud; porque aun ya de ella algún bien ha
sacado vuestra infinita bondad; y mientra mayor mal, más res-
plandece el gran bien de vuestras misericordias. ¡Y con cuánta
razón las puedo yo para siempre cantar! Suplicóos yo, Dios
mío, sea ansí y las cante y sin fin, ya que habéis tenido por
bien de hacerlas tan grandísimas conmigo, que espantan los que
las ven, y a mí me saca de mí muchas veces, para poderos
mijor alabar a Vos; que estando en mí sin Vos no podría.
Señor mío, nada, sino tornar a ser cortadas estas flores de este
huerto, de suerte que esta miserable tierra tornase a servir de
muladar como antes. No lo primitáis, Señor, ni queráis se pierda
alma que con tantos trabajos comprastes, y tantas veces de nuevo
la habéis tornado a rescatar y quitar de los dientes del espanto-
so dragón.
Vuestra merced me perdone que salgo de propósito, y como
hablo a ini propósito no se espante, que es como toma a el alma
lo que se escribe, que a las veces hace harto de dejar de ir
adelante en alabanzas de Dios, como se le representa escribien-
do lo mucho que le debe. Y creo no le hará a vuestra merced
mal gusto, porque entramos, me parece, podemos cantar una
cosa, aunque (1) en diferente manera; porque es mucho más
lo que yo debo a Dios, porque me ha perdonado más, como
vuestra merced sabe.
1 Por yerro mecánico el oiiginal dice en que.
CAPITULO XV
PROSIGUE EN LA MESMñ MATERIA, Y DA ALGUNOS AVISOS DE COMO SE
HAN DE HABER EN ESTA ORACIÓN DE QUIETUD. TRATA DE COMO
HAY MUCHAS ALMAS QUE LLEGAN A TENER ESTA ORACIÓN Y POCAS
QUE PASEN ADELANTE. SON MUY NECESARIAS Y PROVECHOSAS LAS
COSAS QUE aquí SE TOCAN.
Ahora tornemos a g1 propósito. Esta quietud y recogimiento
de el alma es cosa que se siente mucho en la satisfación y paz
que en ella se pone, con grandísimo contento y sosiego de las
potencias y muy suave deleite. Parccele, como no ha llegado
a más, que no le queda que desear, y que de buena gana diría
con San Pedro que fuese allí su morada (1). No osa bullirse
ni menearse, que de entre las manos le parece se le ha de ir
aquel bien; ni resolgar algunas veces no querría. No entien-
de la pobrecita, que pues ella por sí no pudo nada pa traer
a sí a aquel bien, que menos podrá detenerle más de lo que el
Señor quisiere. Ya he dicho que en este primer recogimiento
y quietud, no faltan las potencias del alma; mas está tan sa-
tisfecha con Dios, que mientra aquello dura, aunque las dos
potencias se disbaraten, como la voluntad está unida con Dios,
no se pierde la quietud y el sosiego, antes ella poco a poco torna
a recoger el entendimiento y memoria. Porque, aunque ella aun
1 Matth., XVII, 1.
108 VIDñ DE SñNTA TERESñ DE JESÚS
no está de todo punto engolfada, está tan bien ocupada sin sa-
ber cómo, que, por mucha diligencia que ellas pongan, no la
pueden quitar su contento y gozo; antes muy sin trabajo se
va ayudando, para que esta centellica de amor de Dios no se
apague.
Plega a Su Majestad me dé gracia para que yo dé €sto
a entender bien, porque hay muchas, muchas almas que llegan
a este estado y pocas las que pasan adelante, y no sé quién
tiene la culpa. A buen siguro que no falta Dios, que ya que Su
Majestad hace merced que llegue a este punto, no creo cesará
de hacer muchas más, si no fuese por nuestra culpa. Y va mu-
cho en que el alma que llega aquí conozca la dinidad grande en
que está, y la gran merced que le ha hecho el Señor, y cómo
de buena razón no había de ser de la tierra; porque ya parece
la hace su bondad vecina del cielo, si no queda por su culpa,
y desventurada será si torna atrás. Yo pienso será para ir hacia
bajo, como yo iba, si la misericordia de el Señor no me torna-
ra; porque, por la mayor parte, será por graves culpas, a mi
parecer; ni es posible dejar tan gran bien sin gran ceguedad
de mucho mal.
Y ansí ruego yo, por amor del Señor, a las almas a quien
Su Majestad ha hecho tan gran merced de qu€ lleguen a este
estado, que se conozcan y tengan en mucho, con una humilde y
santa presunción para no tornar a las ollas de Egito. Y si por
su flaqueza y maldad, y ruin y miserable natural cayeren, como
yo hice, siempre tengan delante el bien que perdieron, y tengan
sospecha, y anden con temor, que tienen razón de tenerle, que
si nio tornan a la oración han de ir de mal en peor. Que ésta
llamo yo verdadera caída, la que aborrece el camino por donde
ganó tanto bien; y con estas almas hablo, que no digo que no
han de ofender a Dios y caer en pecados, aunque sería razón
se guardase mucho d¿ ellos quien ha comenzado a recibir estas
mercedes; mas somos miserables. Lo que aviso mucho es que
no deje la oración, que allí entenderá lo que hace, y ganará
arrepentimiento de el Señor y fortaleza para levantarse; y crea,
crea, qu€ si de esta se aparta, que lleva, a mi parecer, peligro^
CAPITULO XV 109
No sé si entiendo lo que digo, porque, como he dicho, juzgo
por mí.
Es, pues, esta oración una centellica que comienza el Se-
ñor a encender en el alma del verdadero amor suyo, y quiere
que el alma vaya entendiendo qué cosa es este amor con regalo.
Esta quietud, y recogimiento, y centellica, si es espíritu de Dios,
y no gusto dado de el demonio u procurado por nosotros, aun-
que a quien tiene expiriencia es imposible no entender luego
que no es cosa que se puede adquirir, sino que este natura]
nuestro es tan ganoso de cosas sabrosas, que todo lo prueba;
mas quédase muy en frío bien en breve, porque, por mucho que
quiera comenzar a hacer arder el fuego para alcanzar este gusto,
np parece sino que le echa agua para matarle. Pues esta cen-
tellica puesta por Dios, por pequeñita que es, hace mucho ruido;
y si no la mata por su culpa, ésta es la que comienza a encen-
der el gran fuego que echa llamas á¿ sí, como diré en su lugar,
del grandísimo amor de Dios que hace Su Majestad tengan las
almas perfetas.
Es esta centella una señal u prenda que da Dios a esta
alma, de que la escoge ya para grandes cosas, si ella se apareja
para recibirlas; es gran don, mucho más de lo que yo podré
decir. Esme gran lástima, porque, como digo, conozco muchas
almas que llegan aquí; y que pasen de aquí, como han de pasar,
son tan pocas, que se me hace vergüenza decirlo. No digo yo
que hay pocas, que muchas debe haber, que por algo nos sus-
tenta Dios; digo lo que he visto. Querríalas mucho avisar, que
miren no ascondan el talento, pues que parece las quiere Dios
escoger para provecho de otras muchas, en especial en estos
tiempos, que son menester amigos fuertes de Dios para susten-
tar los flacos; y los que esta merced conocieren en sí, tén-
ganse por tales, si saben responder con las leyes que aun la
buena amistad de el mundo pide; y si no, como he dicho,
teman y hayan miedo no se hagan a sí mal, y plega a Dios
sea a sí solos.
Lo que ha de hacer el almia en los tiempos de esta quietud,
no es más de con suavidad y sin ruido. Llamo ruido, andar
lio VIDA DE SANTA TERESA DE JESÜS
con el entendimiento buscando muchas palabras g consideracio-
nes para dar gracias de este beneficio y amontonar pecados su-
yos y faltas, para ver que no lo merece. Todo esto se mueve
aqui, y representa el entendimiento, y bulle la memoria, que
cierto esta? potencias a mí me cansan a ratos, que con tener
poca memoria, no la puedo sojuzgar. La voluntad, con sosiego
y cordura, entienda que no se negocia bien con Dios a fuerza de
brazos, y que éstos son unos leños grandes puestos sin descrc-
ción para ahogar esta centella, y conózcalo, y con humildad
diga: Señor, ¿qué puedo yo aquí? ¿Qué tiene que ver la sierva
con el Señor, y la tierra con el cielo? U palabras que se ofrecen
aquí de amor, fundada mucho en conocer que es verdad lo que
dice y no haga caso del entendimiento, que es un moledor. Y si
ella le quiere dar parte de lo que goza u trabaja por reco-
gerle, que muchas veces se verá en esta unión de la voluntad
y sosiego, y el entendimiento muy desbaratado, y vale más
que le deje, que no que vaya ella tras él, digo la voluntad,
sino estése ella gozando de aquella merced, y recogida como
sabia abeja; porque si ninguna entrase en la colmena, sino que
por traerse unas a otras se fuesen todas, mal se podría labrar
la miel.
Ansí que perderá mucho el alma, si no tiene aviso en esto;
en especial si es el entendimiento agudo, que cuando comienza
a ordenar pláticas y buscar razones en tantito, si son bien di-
chas, pensará hace algo. La razón que aqui ha de haber, es
entender claro que no hay ninguna, para que Dios nos haga
tan gran merced, sino sola su bondad; y ver que estamos tan
cerca, y pedir a Su Majestad mercedes, y rogarle por la Ilesia,
y por los que se nos ha encomendado, y por las ánimas de
purgatorio, no con ruido de palabras, sino con sentimiento de
desear que nos oya. Es oración que comprehende mucho, y se
alcanza más que por mucho relatar el entendimiento. Despierte
en sí la voluntad algunas razones que de la mesma razón se re-
presentarán de verse tan mijorada para avivar este amor, y haga
algunos atos amorosos de qué hará por quien tanto debe, sin,
como he dicho, admitir ruido del entendimiento, a que busque
CAPITULO XV 11 i
grandes cosas. Más hacen aquí al caso unas pajitas puestas con
humildad (y menos serán que pajas si las ponemos nosotros),
y más le ayudan a encender, que no mucha leña junta de razones
muy dotas, a nuestro parecer, que en un credo la ahogarán. Esto
es bueno para los letrados que me lo mandan escribir, por-
que, por la bondad de Dios, todos llegan aquí, y podrá ser se
les vaya el tiempo en aplicar Escrituras; y aunque no les deja-
rán de aprovechar mucho las letras antes y después, aquí en
estos ratos de oración, poca necesidad hay de ellas, a mi parecer,
si no es para intibiar la voluntad; porque el entendimiento está
entonces, de verse cerca de la luz, con grandísima claridad,
que aun yo, con ser la que soy, parezco otra.
Y es ansí que me ha acaecido estando en esta quietud, con no
entender casi cosa que rece en latín, en especial del Salterio,
no sólo entender el verso en romance, sino pasar adelante en re-
galarme de ver lo que el romance quiere decir. Dejemos si hu-
biesen de predicar u enseñar, que entonces bien es ayudarse
de aquel bien, para ayudar a los pobres de poco saber, como
yo, que es gran cosa la caridad y este aprovechar almas siempre,
yendo desnudamente por Dios. Ansí que en estos tiempos de
quietud, dejar descansar el alma con su descanso; quédense las
letras a un cabo; tiempo verná que aprovechen a el Señor, y las
tengan en tanto, que por ningún tesoro quisieran haberlas de-
jado de saber, sólo para servir a Su Majestad, porque ayudan
mucho; mas delante de la Sabiduría infinita, créanme que vale
más un poco de estudio de humildad y un ato de ella, que toda
la ciencia del mundo, ñquí no hay que argüir, sino que conocer
lo que somos con llaneza, y con simpleza representarnos delante
de Dios, que quiere se haga el alma boba, como a la verdad
lo es delante de su presencia, pues Su Majestad se humilla (1)
tanto, que la sufre cabe sí, siendo nosotros lo que somos.
También se mueve el entendimiento a dar gracias muy com-
puestas; mas la voluntad, con sosiego, con un no osar alzar
1 Sin borrar el P. Báñez la palabra humilla, puso debajo humana, línea 27 del folio Ó3,
vuelto, del manusciito original. En las impresiones no se tuvo en consideración la enmienda
del Padre.
112 VIDñ DE SñNTñ TERESñ DE JESÚS
los ojos con el publicano, hace más hacimiento de gradas, que
cuanto el entendimiento, con trastornar la retórica, por ventura
puede hacer. En fin, aquí no se ha de dejar del todo la oración
mental, ni algunas palabras aun vocales, si quisieren alguna vez
u pudieren; porque si la quietud es grande, puédese mal ha-
blar, si no es con mucha pena. Siéntese, a mi parecer, cuando
es espíritu de Dios u procurado de nosotros, con comienzo de
devoción que da Dios, y queremos, como he dicho, pasar nosotros
a esta quietud de la voluntad, no hace efeto ninguno; acábase
presto, deja sequedad. Si es de el demonio, alma ejercitada pa-
réceme lo entenderá; porque deja inquietud y poca humildad,
y poco aparejo para los efetos que hace el de Dios; no deja
luz en el entendimiento ni firmeza en la verdad (1).
Puede hacer aquí poco daño u ninguno, si el alma ende-
reza su deleite y suavidad que allí siente a Dios, y poner en El
sus pensamientos y deseos, como queda avisado; no puede ga-
nar nada el demonio, antes primitirá Dios que con el mesmo
deleite que causa en el alma, pierda mucho; porque éste ayudará
a que el alma, como piense que es Dios, venga muchas veces a
la oración con codicia de El; y si es alma humilde y no curiosa,
ni interesal de deleites, aunque sean espirituales, sino amiga de
cruz, hará poco caso del gusto que da el demonio, lo que no podrá
ansí hacer si es espíritu de Dios, sino tenerlo en muy mucho. Mas
cosa que pone el demonio, como él es todo mentira, con ver que
el alma con el gusto y deleite se humilla (que en esto ha de
tener mucho, en todas las cosas de oración y gustos procurar
salir humilde), no tornará muchas veces el demonio, viendo su
pérdida. Por esto, y por otras muchas cosas, avisé yo en el pri-
mer modo de oración, en la primera agua, que es gra negoción (2)
comenzar las almas oración, comenzándose a desasir de todo
género de contentos, y entrar determinadas a sólo ayudar a
llevar la cruz a Cristo, como buenos caballeros, que sin sueldo
1 Parece que debíi3 decir voluntad, más lógico sin duda atendido el sentido de la frase. Sin
embargo, el original, folio 5^1, línea 2C, pone muy claramente verdad.
2 Así lo dice la Santa, y la frase tiene más energía que no: es 'gran neffocio, como se
venía imprimiendo basta a.hora desde Fr. Luis de León.
CAPÍTULO XV 113
quieren servir a su Rey, pues le tienen bien siguro. Los ojos
en el verdadero y perpetuo reino que pretendemos ganar.
Es muy gran cosa traer esto siempre delante, en especial
en los principios; que después tanto se ve claro, que antes es
menester olvidarlo para vivir que procurarlo traer a la memoria
lo poco que dura todo, y cómo no es todo nada, y en lo no-
nada que se ha de estimar el descanso. Parece que esto es cosa
muy baja, y ansí es verdad, que los que están adelante en más
perfeción, temían por afrenta y entre sí se correrían, si pensasen
que porque se han de acabar los bienes de este mundo los dejan,
sino que, aunque durasen para siempre, se alegran de dejarlos
por Dios; y mientra más perfetos fuesen más; y mientra más
duraren más.
Aquí en éstos está ya crecido el amor, y él es el que obra;
mas a los que comienzan esles cosa importantísima, y no lo
tengan por bajo, que es gran bien el que se gana, y por eso
lo aviso tanto, que les será menester, aun a los muy encumbra-
dos en oración, algunos tiempos que los quiere Dios probar, y
parece que Su Majestad los deja. Que, como ya he dicho, y no
querría esto se olvidase, en esta vida que vivimos, no crece
el alma como el cuerpo, aunque decimos que sí, y de verdad
crece. Mas un niño, después que crece y echa gran cuerpo y ya le
tiene de hombre, no torna a descrecer y a tener pequeño cuerpo;
acá quiere el Señor que sí, a lo que yo he visto por mí, que
no lo sé por más. Debe ser por humillarnos para nuestro gran
bien, y para que no nos descuidemos mientras estuviéremos en
este destierro; pues el que más alto estuviere, más se ha de
temer y fiar menos de sí. Vienen veces que es menester para
librarse de ofender a Dios, estos que ya están tan puesta su vo-
luntad en la suya, que por no hacer una imperfeción se dejarían
atormentar y pasarían mil muertes, que para no hacer pecados,
sigún se ven combatidos de tentaciones y persecuciones, se ha
menester aprovecharse de las primeras armas de la oración, y
tornen a pensar que todo se acaba, y que hay cielo y infierno,
y otras cosas de esta suerte.
Pues tornando a lo qu« decía, gran fundamento es para
Il4 VIDñ DE SANTA TERESA DE JÉSÜS
librarse de los ardides y gustos que da el demonio, el comen-
zar con determinación de llevar camino de cruz desde el prin-
cipio, y no los desear, pues el mesmo Señor mostró este camino
de perfección, diciendo: Toma tu cruz, y sigúeme (1). El es
nuestro dechado; no hay que temer quien por sólo contentarle
siguiere sus consejos.
En el aprovechamiento que vieren en sí, entenderán que no
es demonio, que aunque tornen a caer, queda una señal de que
estuvo allí el Señor, que es levantarse presto, y éstas que ahora
diré. Cuando es el espíritu de Dios, no es menester andar ras-
treando cosas para sacar humildad y confusión; porque el mes-
mo Señor la da de manera bien diferente de la que nosotros
podemos ganar con nuestras consideracioncillas, que no son nada
en comparación de una verdadera humildad con luz que ensena
aquí el Señor, que hace una confusión que hace deshacer. Esto
es cosa muy conocida, el conocimiento que da Dios para que co-
nozcamos que ningún bien tenemos de nosotros; y mientra ma-
yores mercedes más. Pone un gran deseo de ir adelante en la
oración, y no la dejar por ninguna cosa de trabajo que le pu-
diese suceder; a todo se ofrece: una siguridad con humildad y
temor de que ha de salvarse. Echa luego el temor servil del
alma, y pónele el fiel temor muy más crecido. Ve que se le co-
mienza un amor con Dios muy sin interese suyo; desea ratos
áe soledad para gozar más de aquel bien.
En fin, por no rae cansar, es un principio de todos los bie-
nes, un estar ya las flores en térmi.no, que no les falta casi
nada para brotar; y esto verá muy claro el alma; y en ninguna
manera por entonces se podrá determinar a que no estuvo Dios
con ella, hasta que se torna a ver con quiebras y imperfeciones,
que entonces todo lo teme, y es bien que tema; aunque almas
hay que les aprovecha más creer cierto que es Dios, que todos
ios temores que la pueden poner; porque si de suyo es amoro-
sa y agradecida, más la hace tornar a Dios la memoria de
la merced que la hizo, que todos los castigos de el infierno
1 Matul., XVI, n.
CAPITULO XV 115
que la representen; al menos la mía, aunque tan ruin, esto
me acaecía.
Porque las señales de el buen espíritu se irán diciendo, mas,
como a quien le cuestan muchos trabajos sacarlos en limpio,
no las digo ahora aquí. Creo, con el favor de Dios, en esto
atinaré algo; porque, dejado la expiriencia en que he mucho en-
tendido, sclo de algunos letrados muy letrados, y personas muy
santas, a quien es razón se dé crédito, y no anden las almas
tan fatigadas cuando llegaren aquí por la bondad de el Señor,
como yo he andado.
CAPITULO XVÍ
TRATA TERCER GRADO DE ORACIÓN, Y VA DECLARANDO COSAS MUY SU-
BIDAS, Y LO PUE PUEDE EL ALMA QUE LLEGA AQUÍ, Y LOS EFETOS
QUE HACEN ESTAS MERCEDES TAN GRANDES DEL SEÑOR. ES MUY
PARA LEVANTAR EL ESPÍRITU EN ALABANZAS DE DIOS Y PARA
GRAN CONSUELO DE QUIEN LLEGARE AQUÍ.
Vengamos ahora a hablar de la tercera agua con que se riega
esta huerta, que es agua corriente de río o de fuente, que se riega
muy a menos trabajo, aunque alguno da el encaminar el agua.
Quiere el Señor aquí ayudar a el hortolano, de manera que casi
El es él hortolano y el que lo hace todo. Es un sueño de las
potencias, que ni del todo se pierden, ni entienden cómo obran.
El gusto y suavidad y deleite es más sin comparación que lo
pasado; es que da el agua a la garganta a esta alma de la
gracia, que no puede ya ir adelante, ni sabe cómo, ni tornar
atrás; querría gozar de grandísima gloria. Es como uno que está
con la candela en la mano, que le falta poco para morir muerte que
la desea. Está gozando en aquella agonía con el mayor deleite
que se puede decir; no me parece que es otra cosa, sino un
morir casi de el todo a todas las cosas de el mundo, y estar
gozando de Dios. Yo no sé otros términos cómo lo decir, ni cómo
lo declarar, ni entonces sabe el alma qué hacer ; porque ni sabe
si hable, ni si calle, ni si ría ni si llore. Es un glorioso des-
atino, una celestial locura, adonde se deprende la verdadera sa-
biduría, y es deleitosísima manera de gozar el alma.
118 VIDñ DE SANTA TERESA DE JESÚS
Y es ansí que ha que me dio el Señor en abundancia esta
oración, creo cinco y aun seis años, muchas veces, y que ni yo
la entendía, ni la supiera decir; y ansí tenía por mí, llegada aquí,
decir muy poco u nonada. Bien entendía que no era del todo
unión de todas las potencias, y que era más que la pasada, muy
claro; mas yo confieso que no podía determinar ni entender
cómo era esta diferencia. Creo por la humildad qu€ vuestra mer-
cad ha tenido en querese ayudar de una simpleza tan grande
como la mía, me dio el Señor hoy, acabando de comulgar,
esta oración, sin poder ir adelante, y me puso estas comparacio-
nes, y enseñó la manera de decirlo, y lo que ha de hacer aquí
el alma; que cierto yo me espanté y entendí en un punto. Muchas
veces estaba ansí como desatinada y embriagada en este amor,
y jamás había podido entender cómo era. Bien entendía que era
Dios, mas no podía entender cómo obraba aquí; porque, en
hecho de verdad, están casi de el todo unidas las potencias, mas
no tan engolfadas que no obren. Gustado he en extremo de
haberlo ahora entendido. Bendito sea el Señor, que ansí me
ha regalado.
Sólo ti€ne habilidad las potencias para ocuparse todas en
Dios; no parece se osa bullir ninguna, ni la podemos hacer
menear, si con mucho estudio no quisiésemos divirtirnos, y aun
no me parece que del todo se podría entonces hacer. Habíanse
aquí muchas palabras en alabanzas de Dios, sin concierto, si
el mesmo Señor no las concierta; al menos el entendimiento
no vale aquí nada: querría dar voces en alabanzas el alma, y
está que no cabe en sí; un desasosiego sabroso. Ya, ya se
abren las flores, ya comienzan a dar olor. Aquí querría el alma
que todos la viesen y entendiesen su gloria pa alabanzas de
Dios, y ,que la ayudasen a ello, y darles parte de su gozo, porque
no puede tanto gozar. Paréceme que es como la que dice él
Evagelio, que quería llamar, u llamaba a sus vecinas (1). Esto
me parece debía sentir el admirable espíritu de el real profeta
David, cuando tañía y cantaba con la arpa, en alabanzas de
1 Luc, XV, 6 y 9.
CAPITULO XVI 119
Dios. Deste glorioso Rey so go muy devota, y querría todos
lo fuesen, en especial los que somos pecadores (1).
¡Oh, válame Dios! ¡Cuál está un alma cuando está ansí!-
Toda ella querría fuese lenguas para alabar a el Señor. Dice
mil desatinos santos, atinando siempre a contentar a quien la
tiene ansí. Yo sé persona (2), que con no ser poeta, que le
acaecía hacer de presto coplas muy sentidas declarando su pena
bien, no hecha de su entendimiento, sino que, para más gozar
la gloria que tan sabrosa pena le daba, se quejaba de ella a
su Dios. Todo su cuerpo y alma querría se despedazase para
mostrar el gozo que con esta pena siente. ¿Qué se le porná en-
tonces delante de tormentos, que no le fuese sabroso pasarlos
por su Señor? Ve claro que no hacían casi nada los mártires
de su parte en pasar tormentos, porque conoce bien el alma
viene de otra parte la fortaleza. ¿Mas qué sentirá de tornar
a tener seso para vivir en el mundo, y de haber de tornar a los
cuidados y cumplimientos de él? Pues no me parece he encare-
cido cosa que no queda baja en este modo de gozo que el Se-
ñor quiere en este destierro que goce un alma. Bendito seáis
por siempre, Señor; alábenos todas las cosas por siempre. Que-
red ahora, Rey mío, suplícooslo yo, que pues, cuando esto escribo,
no estoy fuera de esta santa locura celestial por vuestra bon-
dad y misericordia, que tan sin méritos míos me hacéis esta
merced, que u estén todos los que yo tratare locos de vuestro
amor, u primitáis que no trate yo con nadie, u ordenad. Señor,
cómo no tenga ya cuenta en cosa del mundo, u me saca de él. No
puede ya. Dios mío, esta vuestra sierva sufrir tantos trabajos
como de verse sin Vos le vienen, que si ha de vivir, no quiere
descanso en esta vida, ni se le deis Vos. Querría ya esta alma
verse libre; el comer la mata; el dormir la congoja; ve que
se le pasa el tiempo de la vida, pasar en regalo, y que nada
ya la puede regalar fuera de Vos; que parece vive contra natura,
pues ya no querría vivir en sí sino en Vos.
1 Figura la festividad del Rey David en el Calendario de los Carmelitas revisado en 1564
por el Capítulo General.
2 Era la misma Santa Madre.
120 VlDñ DE SANTA TERESA DE JESÚS
¡Oh verdadero Señor y gloria raía, qué delgada y pesadísima
cruz tenéis aparejada a los que llegan a este estado! Delgada,
porque es suave; pesada, porque vienen veces que no hay sufri-
miento que la sufra; y no se querría jamás ver libre de ella, si
no fuese para verse ya con Vos. Cuando se acuerda que no os ha
servido en nada, y que viendo os puede servir, querría car-
garse muy más pesada, y nunca hasta la fin del mundo morirse;
no tiene en nada su descanso* a treco (1) de haceros un pequeño
servicio; no sabe qué desee, mas bien entiende que no desea
otra cosa sino a Vos.
¡Oh hijo mío! Que es tan humilde, que ansí se quiere nom-
brar a quien esto va dirigido, y me lo manda escribir (2), sea
sólo para vos algunas cosas de las que viere vuestra merced salgo
de términos; porque no hay razón que baste a no me sacar de ella
cuando me saca el Señor de mí; ni creo soy yo la que hablo desde
esta mañana que comulgué; parece que sueño lo que veo, y no
querría ver sino enfermos de este mal que estoy yo ahora. Suplico
a vuestra merced seamos todos locos, por amor de quien por
nosotros se lo llamaron. Pues dice vuestra merced que me quiere,
en disponerse para que Dios le haga esta merced, quiero que me
lo muestre, porque veo muy pocos que no los vea con seso
demasiado pa lo que les cumple. Ya puede ser que tenga yo
más que todos; no me lo consienta vuestra merced, Padre mío,
pues es mi confesor (3), y a quien he fiado mi alma; desen-
gáñeme con verdad, que se usan muy poco estas verdades.
Este concierto querría hiciésemos los cinco que al presente
nos amamos en Cristo (4), que como otros en estos tiempos se
juntaban en secreto para contra Su Majestad y ordenar malda-
des y herejías, procurásemos juntarnos alguna vez para desen-
gañar unos a otros, y decir en lo que podríamos enmendarnos y
1 En vez de a trueque.
2 Habla del P. Pedro Ibáñez. Las palabras del origina!, folio 67, línea 20: que es tan
humilde que ansí se quiere nombrar a quien esto... están borradas por otra mano que la de la
autora. Quizá fuera el P. Bánez.
3 Después de esta palabra, hay otras tres o cuatro tachadas, de suerte que impiden su
lectura; sin embargo, no se interrumpe el sentido; debe dg ser algiín inciso, que envuelve algún
tierno elogio para el mismo esclarecido Padre.
4 Pudieron ser estos el Mtro. Daza, Francisco de Salcedo, D.a Guiomar de UUoa, u
el Padre Ibáñez.
CAPITULO XVI 121
contentar más a Dios: qu€ no hag quien tan bien se conozca a sí,
como conocen los que nos miran, si es con amor g cuidado de
aprovecharnos (1). Digo en secreto, porque no se usa ya este
lenguaje; hasta los predicadores van ordenando sus sermones para
no descontentar (2). Buena intención ternán, g la obra lo será,
mas ansí se enmiendan pocos. ¿Mas cómo no son muchos los que
por los sermones dejan los vicios públicos? ¿Sabe qué me pa-
rece? Porque tienen mucho seso los que los predican. No están
sin él, con el gran fuego de amor de Dios, como lo estaban los
Apóstoles, ü ansí calienta poco esta llama; no digo yo sea tanta
como ellos tenían, mas querría que fues€ más de lo que veo.
¿Sabe vuestra merced en qué debe ir mucho? En tener ya aborre-
cida la vida, y en poca estima la honra; que no se les daba
más, a trueco de decir una verdad y sustentarla para gloria de
Dios, perderlo todo que ganarlo todo; que a quien de veras
lo tiene todo arriscado por Dios, igualmente lleva lo uno que
lo otro. No digo yo que soy ésta, mas querríalo ser.
¡Oh gran libertad! Tener por cativerio haber de vivir y tra-
tar conforme a las leyes de el mundo, que como ésta se alcan-
ce de el Señor, no hay esclavo que no lo arrisque todo por res-
catarse y tornar a su tierra. Y pues este es el verdadero camino,
no hay que parar en él, que nunca acabaremos de ganar tan gran
tesoro, hasta que se nos acabe la vida. El Señor nos dé para esto
su favor. Rompa vuestra merced esto que he dicho, si le pare-
ciere, y tómelo por carta para sí, y perdóneme que he estado
muy atrevida.
1 En lo que dice de las herejías refiérese a las reuniones clandestinas que celebraban en
Valladolid varios herejes, o sospechosos de herejía, presididos por el doctor Agustín Cazalla,
canónigo de Salamanca, capellán ¡j predicador de Carlos V. Terminaron con el auto celebrado
en 21 de Mayo de 1559 en la misma ciudad, en el cual fueron condenadas personas de mucha
calidad, como doña Ana Enríquez, hermana del Marqués de Alcañices. Fué uno de los autos
que más consternación causaron en España. En su propaganda heretical, llegaron los partidarios
de Cazalla hasta Avila, donde pretendieron hablar con doña Guiomar de UUoa g otras señoras
piadosas, g aun a la misma Santa Madre. Esta solía referir, según declara Ana de Jesús en las
Informaciones de Salamanca, del año 1597, que «cuando las herejías de Cazalla y sus secuaces,
habían querido éstos tratar a doña Guiomar de Ulloa y otras señoras viudas y religiosas, y que
sabiendo que trataban con personas de diferentes Ordenes, dijeron no querían entrar ellos en
casas de tantas puertas; y con esto se libraron de saber nada de ellos. Y a la misma Santa
también la codiciaron hablar antes que supiesen trataba con tantos». (Cf. Memorias historiales,
Q A., n. 67).
2 Al margen del original añadió el P. Domingo Báñez: Legant praedicatores.
CAPITULO XVII
PROSIGUE EN Lñ MESMñ MATERIA DE DECLARAR ESTE TERCER GRADO
DE oración; acaba DE DECLARAR LOS EFETOS QUE HACE; DICE
EL IMPEDIMENTO QUE AQUÍ HACE LA IMAGINACIÓN Y MEMORIA,
RazonablementG está dicho de este modo de oración, y lo que
ha de hacer el alma, u por mijor decir, hace Dios en ella, que
es el que toma ya el oficio de hortelano, y quiere que ella huel-
gue. Sólo consiente la voluntad en aquellas mercedes que goza,
y se ha de ofrecer a todo lo que en ella quisiere hacer la verdade-
ra sabiduría, porque es menester ánimo, cierto; porque es tanto el
gozo, que parece algunas veces no queda un punto para acabar el
ánima de salir de este cuerpo: y qué venturosa muerte seria.
Aquí me parece viene bien, como a vuestra merced se dijo,
dejarse del todo en los brazos de Dios: si quiere llevarla al
cielo, vaya; si al infierno, no tiene pena, como vaya con su
Bien; si acabar del todo la vida, eso quiere; si que viva mil años,
también; haga Su Majestad como de cosa propia; ya no es suya
el alma de sí mesma; dada está del todo a el Señor; descuídese
del todo. Digo que en tan alta oración como esta (que cuando la
da Dios a el alma, puede hacer todo estoi y mucho más, que estos
son sus efetos) y entiende que lo hace sin ningún cansancio del
entendimiento; sólo me parece está como espantada de ver cómo
el Señor hace tan buen hortolano, y no quiere que tome él traba-
jo ninguno, sino que se deleite en comenzar a oler las flores.
Que en una llegada de estas, por poco que dure, como <es tal el
124 VIDñ DE SflNTñ TERESA DE JESÚS
hortelano, en fin Criador de el agua, dala sin medida; y lo
que la pobre de el alma con trabajo por ventura de veinte
años de cansar el entendimiento no ha podido acaudalar, hácelo
este hortolano celestial en un punto, y crece la fruta, y madúrala
de manera que se puede sustentar de su huerto, quiriéndolo el
Señor. Mas no le da licencia que reparta la fruta, hasta que él
€sté tan fuerte con lo que ha comido de ella, que no se le vaya
en gostaduras, y no dándole nada de provecho, ni pagándosela
a quien la diere, sino que los mantenga y dé de comer a su
costa, y quedarse ha él por ventura muerto de hambre. Esto
bien entendido va para tales entendimientos, y sabránlo aplicar
mijor que yo lo sabré decir y cansóme.
En fin, es que las virtudes quedan ahora más fuertes que
en la oración de quietud pasada; porque se ve otra el alma (1),
y no sabe cómo comienza a obrar grandes cosas con el olor
que dan de sí las flores, que quiere el Señor se abran, para
que ella vea que tiene virtudes, aunque ve muy bien que no las
podía ella, ni ha podido ganar en muchos años, y que en aquello
poquito el celestial hortolano se las dio. Aquí es muy mayor la
humildá y más profunda, que al alma queda, que en lo pasado;
porque ve más claro que poco ni mucho hizo, sino consentir
que la hiciese el Señor mercedes y abrazarlas la voluntad.
Paréceme este modo de oración unión muy conocida de
toda el alma con Dios, sino que parece quiere Su Majestad dar
licencia a las potencias para que entiendan y gocen de lo mucho
que obra allí. Acaece algunas y muy muchas veces, estando
unida la voluntad (para que vea vuestra merced puede ser esto y
lo entienda cuando lo tuviere; al menos a mí trájome tonta, y
por eso lo digo aquí), entiéndese que está la voluntad atada
y gozando, y en mucha quietud está sola la voluntad, y está
por otra parte el entendimiento y memoria tan libres, que pue-
den tratar en negocios y entender en obras de caridad. Esto,
aunque parece todo uno, es diferente de la oración de quietud
que dije, en parte, porque allí está el alma que no se querría
J El alma. Están escritas a,\ margen egtas dos palabras de letra de la Santa.
CAPITULO xvl'i i 25
bullir ni menear, gozando en aquel ocio santo de María; en esta
oración puede también ser Marta; ansí que está casi obrando
juntamente en vida ativa y contemplativa, y entender en obras
de caridad y negocios que convengan a su estado, y leer, aunque
no del todo están señores de sí, y entienden bien que está la
mijor parte del alma en otro cabo. Es como si estuviésemos ha-
blando con uno, y por otra parte nos hablase otra persona, que
ni bien estaremos en lo uno, ni bien en lo otro.
Es cosa que se siente muy claro, y da mucha satisfación
y contento cuando se tiene, y es muy gran aparejo para que
en tiniendo tiempo de soledad u desocupación de negocios, ven-
ga el alma a muy sosegada quietud. Es un andar como una
persona que «stá en sí satisfecha, que no tiene necesidad de
comer, sino que siente el estómago contento, de manera que no
a todo manjar arrostraría; mas no tan harta que, si los ve bue-
nos, d€j€ de comer de buena gana. Ansí no le satisface, ni que-
rría entonces contento del mundo, porque en sí tiene el que le
satisface más: mayores contentos de Dios, deseos de satisfacer
su deseo, de gozar más, de estar con El; esto es lo que quiere.
Hay otra manera de unión, que aun no es entera unión,
mas es más que la que acabo de decir; y no tanto como la que
se ha dicho de esta tercer agua. Gustará vuestra merced mucho de
que el Señor se las dé todas, si no las tienen ya, de hallarlo
escrito y entender lo que es; porque una merced es dar el Señor
la merced, y otra es entender qué merced es y qué gracia; otra
es saber decirla y dar a entender cómo es. Y aunque no parece
es menester más de la primera para no andar el alma confusa
y medrosa, y ir con más ánimo por el camino del Señor, llevando
debajo de los pies todas las cosas del mundo, es gran prove-
cho entenderlo, y merced; que por cada una es razón alabe
mucho a el Señor quien la tiene, y quien no, porque la dio Su
Majestad a alguno de los que viven, para que nos aprovechase
a inosotros. Ahora, pues, acaece muchas veces esta manera de
unión, que quiero decir (en especial a mí, que me hace Dios esta
merced de esta suerte muy muchas), que coge Dios la voluntad,
y aun el entendimiento, a mi parecer, porque no discurre, sino
126 VIDA DE SANTñ TERESA DE JESUS
está ocupado gozando de Dios, como quien está mirando y ve
tanto que no sabe hacia donde mirar; uno por otro se le pierde
de vista, que no dará señas de cosa. La memoria queda libre,
y junto con la imaginación debe ser, y ella, como se ve sola, es
para alabar a Dios la guerra que da, y cómo procura desasose-
garlo todo; a mí cansada me tiene y aborrecida la tengo, y mu-
chas veces suplico a el Señor, si tanto me ha de estorbar,
me la quite en estos tiempos. Algunas veces le digo: ¿Cuándo,
mi Dios, ha de estar ya toda junta mi alma en vuestra alabanza,
y no hecha pedazos, sin poder valerse a sí? Aquí veo el mal
que nos causa el pecado, pues ansí nos sujetó' a no hacer lo que
queremos de estar siempre ocupados en Dios.
Digo que me acaece a veces, y hoy ha sido la una, y ansí
lo tengo bien en la memoria, que veo deshacerse mi alma, por
verse junta donde está la mayor parte, y ser imposible, sino que
le da tal guerra la memoria y imaginación, que no la dejan
valer; y como faltan las otras potencias, no valen, aun para
hacer mal, nada; harto hacen en desasosegar, digo para hacer
mal, porque no tienen fuerza ni paran en un ser; como el en-
tendimiento no la ayuda poco ni mucho, a lo que le representa,
no para en nada, sino de uno en otro, que no parece sino de
estas maripositas de las noches, importunas y desasosegadas:
ansí anda de un cabo a otro. En extremo me parece le viene a
el propio esta comparación; porque aunque no tiene fuerza para
hacer ningún mal, importuna a los que la ven. Para esto no sé
qué remedio haya, que hasta ahora no me le ha dado Dios a
entender; que de buena gana le tomaría para mí, que me atormen-
ta, como digo, muchas veces. Represéntase aquí nuestra miseria,
y muy claro el gran poder de Dios; pues ésta que queda suelta,
tanto nos daña y nos cansa, y las otras, que están con Su Ma-
jestad, el descanso que nos dan. -
El postrer remedio que he hallado, a cabo de haberme fa-
tigado hartos años, es lo que dije en la oración de quietud,
que no se haga caso de ella más que de un loco, sino dejarla
con su tema, que sólo Dios se la puede quitar; y, en fin, aquí
por esclava queda. Hémoslo de sufrir con paciencia, como hizo
CAPITULO xvn 127
Jacob a Lía ; porque harta merced nos hace el Señor que gocemos
de Raquel. Digo que queda esclava; porque, en fin, no puede,
por mucho que haga, traer a sí las otras potencias; antes ellas,
sin ningún trabajo, la hacen venir muchas veces a sí. Algunas
es Dios servido de haber lástima de verla tan perdida g desaso-
segada, con deseo de estar con las otras, y consiéntela Su Ma-
jestad se queme en el fuego de aquella vela divina, donde las
otras están ya hechas polvo, perdido su ser natural, casi (1) es-
tando sobrenatural gozando tan grandes bienes.
En todas estas maneras que de esta postrera agua de fuente
he dicho, es tan grande la gloria y descanso del alma, que muy
conocidamente aquel gozo y deleite participa de él el cuerpo,
y esto muy conocidamente, y quedan tan crecidas las virtudes
como he dicho. Parece ha querido el Señor declarar estos esta-
dos en que se ve el alma, a mi parecer, como acá se puede dar
a entender. Trátelo vuestra merced con persona espiritual, que
haya llegado aquí y tenga letras. Si le dijere que está bien,
crea que se lo ha dicho Dios, y téngalo en mucho a Su Majes-
tad; porque, como he dicho, andando el tiempo, se holgará mucho
de entender lo que es, mientra no le diere la gracia, aunque
se la dé de gozarlo, para entenderlo. Como le haya dado Su 'Ma-
jestad la primera, con su entendimiento y letras lo entenderá por
aquí. Sea alabado por todos los siglos de los siglos por todo.
Amén.
1 Casi. Pone esta palabra la Santa al margen.
CAPITULO XVIII
EN QUE TRATA DEL CUARTO GRADO DE ORACIÓN; COMIENZA A DECLARAR
«POR ECELENTE MANERA» LA GRAN DINIDAD EN QUE EL SEÑOR
PONE A EL ALMA QUE ESTA EN ESTE ESTADO: ES PARA ANI-
MAR MUCHO A LOS QUE TRATAN DE ORACIÓN, PA QUE SE ES-
FUERCEN A LLEGAR A TAN ALTO ESTADO, PUES SE PUEDE AL-
CANZAR EN LA TIERRA, AUNQUE NO POR MERECERLO, SINO POR
LA BONDAD DE EL SEÑOR. «LÉASE CON ADVERTENCIA, PORQUE
SE DECLARA POR MUY DELICADO MODO, Y T]¡ENE COSAS MUCHO
DE NOTAR» (1).
El Señor me enseñe palabras como se pueda decir algo de
la fcuarta agua. Bien es menester su favor, aún más que para la pa-
sada; porque en ella aun siente el alma no está muerta de el
todo, que ansí lo podemos decir, pues lo está a el mundo. Mas,
como dije, tiene sentido para entender que está en él, g sentir
su soledad, g aprovéchase de lo exterior para dar a entender
lo que siente, siquiera por señas. En toda la oración g mo-
dos de ella, que queda dicho, alguna cosa trabaja el hortolano;
aunque en estas postreras va el trabajo acompañado de tanta
gloria g consuelo de el alma, que jamás querría salir de él;
g ansí no se siente por trabajo, sino por gloria. Acá no hag
sentir, sino gozar sin entender lo que se goza. Entiéndese que
se goza un bien, adonde junto se encierran todos los bienes;
1 Las palabras entrecomilladas del título fueron tachadas por la Santa, tal vez por el
elogio que de la doctrina encierran.
130 VIDA DE SANTA TERESA DE JESUS
mas no se comprehende este bien. Ocúpanse todos los sentidos
en €ste gozo, de manera que no queda ninguno desocupado
para poder (1) en otra cosa exterior ni interiormente. Antes
dábaseles licencia para que, como digo, hagan algunas mues-
tras del gran gozo que sienten; acá el alma goza más sin com-
paración, y puédese dar a entender muy menos, porque no queda
poder en el cuerpo, ni el alma le tiene para poder comuni-
car aquel gozo. En aquel tiempo todo le seria gran embarazo,
y tormento y estorbo de su descanso; y digo, que si es unión
ds todas las potencias, que, aunque quiera, estando en ello digo,
no puede, y si puede, ya no es unión.
El cómo es esta que llaman unión, y lo que es, yo no lo
sé dar a entender. En la mística Teulogía se declara, que yo los
vocablos no sabré nombrarlos, ni sé entender qué es mente, ni
qué diferencia tenga del alma, u espíritu tampoco; todo me pa-
rece una cosa; bien que el alma alguna vez sale de sí mesma, a
manera de un fuego que está ardiendo, y hecho llama, y algunas
veces crece este fuego con ímpetu. Esta llama sube muy arriba
del fuego, mas no por eso es cosa diferente, sino la mesma llama
que está en el fuego. Esto vuestras mercedes lo entenderán, que
yo no lo sé más decir, con sus letras.
Lo que yo pretendo declarar es qué siente el alma cuando
está en esta divina unión. Lo que es unión, ya se está enten-
dido, que es dos cosas divisas hacerse una. ¡Oh Señor mío, qué
bueno sois! Bendito seáis para siempre; alábenos, Dios mío,
todas las cosas, que ansí nos amastes de manera que con verdad
podamos hablar de esta comunicación, que aun en este destierro
tenéis con las almas; y aún con las que son buenas es gran
largueza y mananimidad. En fin, vuestra. Señor mío, que dais
como quien sois. ¡Oh largueza infinita, cuan maníficas son vues-
tras obras! Espanta a quien no tiene ocupado el entendimiento
en cosas de la tierra, que no tenga ninguno para entender ver-
dades. ¡Pues que hagáis a almas que tanto os han ofendido
1 Hoy diríamos obrar. En esta acepción lo emplea la Santa. No hay necesidad de añadir-
le el verbo entender, como lo han hecho algunos editores, aunque no Fraij Luis de León.
CAPITULO XVIII 151
mercedes tan soberanas! Cierto a mí me acaba el entendimiento;
y cuando llego a pensar en esto, no puedo ir adelante. ¿Dónde
ha de ir que no sea tornar atrás? Pues daros gracias por tan
grandes mercedes, no sabe cómo. Con decir disbarates me re-
medio algunas veces.
Acaéceme muchas, cuando acabo de recibir estas mercedes,
me las comienza Dios a hacer (que estando en ellas, ya he
dicho que no hay poder hacer nada), decir: Señor, mira lo que
hacéis, no olvidéis tan presto tan grandes males míos, ya que
para perdonarme lo hayáis olvidado, pa poner tasa en las mer-
cedes os suplico se os acuerde. No pongáis. Criador mío, tan
precioso licor en vaso tan quebrado, pues habéis ya visto de
otras veces que le torno a derramar. No pongáis tesoro semejan-
te adonde aún no está, como ha de estar perdida del todo la
codicia de consolaciones de la vida, que lo gastará mal gastado.
¿Cómo dais la fuerza de esta ciudad y llaves de la fortaleza de
ella a tan cobarde alcaide, que al primer combate de los enemigos
los deja entrar dentro? No sea tanto el amor, oh Rey eterno, que
pongáis en aventura joyas tan preciosas. Parece, Señor mío, se
da ocasión para que se tengan en poco, pues las ponéis en poder
de cosa tan ruin, tan baja, tan flaca y miserable, y de tan
poco tomo, que ya que trabaje por no las perder con vuestro
favor (y no es menester pequeño, sigún yo soy), no puede dar
con ellas a ganar a nadie. En fin, mujer, y no buena, sino ruin.
Parece que no sólo se asconden los talentos, sino que se
entierran, en ponerlos en tierra tan astrosa. No soléis Vos hacer,
Señor, semejantes grandezas y mercedes a un alma, sino para
que aproveche a muchas. Ya sabéis, Dios mío, que de toda vo-
luntad y corazón os lo suplico, y he suplicado algunas veces,
y tengo por bien de perder el mayor bien que se posee en la
tierra, porque las hagáis Vos a quien con este bien más apro-
veche, porque crezca vuestra gloria. Estas y otras cosas me ha
acaecido decir muchas veces. Vía después mi necedad y poca
humildad; porque bien sabe el Señor lo que conviene, y que no
había fuerzas en mi alma para salvarse, si Su Majestad con
tantas mercedes no se las pusiera.
132 VIDA DE SANTA TERESA DE JESUS
También pretendo decir las gracias y efetos que quedan en
el alma, y qué es lo que puede de suyo hacer, u si es parte para
llegar a tan gran estado.
Acaece venir este levantamiento de espíritu, u juntamiento
con el amor celestial; que, a mi entender, es diferente la unión
del levantamiento en esta mesma unión. A quien no lo hubiere
probado lo postrero, parecerle ha que no; y a mi parecer,
que con ser todo uno, obra el Señor de diferente manera, y en
el crecimiento del desasir de las criaturas, más mucho en el
vuelo del espíritu. Yo he visto claro ser particular merced, aun-
que, como digo, sea todo uno, u lo parezca; mas un fuego pe-
queño también es fuego como un grande, y ya se ve la dife-
rencia que hay de lo uno| a lo otro. En un fuego pequeño, prime-
ro que un hierro pequeño se hace ascua, pasa mucho espacio;
mas si el fuego es grande, aunque sea mayor el hierro, en muy
poquito pierde del todo su ser, al parecer. Ansí me parece es
en estas dos maneras de mercedes del Señor; y sé que quien
hubiere llegado a arrobamientos lo entenderá bien; si no lo
ha probado, parecerle ha desatino, y ya puede ser; porque
querer una como yo hablar en una cosa tal, y dar a entender
algo de lo que parece imposible aun haber palabras con que
lo comenzar, no es mucho que desatine.
Mas creo esto de el Señor (que sabe Su Majestad, que
después de obedecer, es mi intención engolosinar las almas de
un bien tan alto), que me ha en ello de ayudar. No diré cosa que
no la haya expirimentado mucho. Y es ansí, que cuando comencé
esta postrera agua a escribir, que me parecía imposible saber
tratar cosa, más que hablar en griego; que ansí es ello dificul-
toso; con esto lo dejé y fui a comulgar. Bendito sea el Señor,
que ansí favorece a los inorantes. ¡Oh virtud de obedecer, que
todo lo puedes! Aclaró Dios mi entendimiento, unas veces con
palabras y otras puniéndome delante como lo había de decir, que,
como hizo en la oración pasada. Su Majestad parece quiere
decir lo que yo no puedo ni sé. Esto que digo es entera ver-
dad, y ansí lo que fuere bueno, es suya la dotrina; lo malo, está
claro, es de el piélago de los males, que so yo; y ansí digo,
CAPITULO XVIII 133
que si hubiere personas que hayan llegado a las cosas de ora-
ción, que el Señor ha hecho merced a esta miserable, que debe
haber muchas, y quisiesen tratar estas cosas conmigo, parecién-
doles descaminadas, que ayudará el Señor a su sierva para que
saliera con su verdad adelante.
Ahora, hablando de esta agua que viene de el cielo, para con
su abundancia henchir y hartar todo este huerto de agua, si
nunca dejara, cuando lo hubiera menester, de darlo el Señor,
ya se ve qué descanso tuviera el hortolano. Y a no haber invierno,
sino ser siempre el tiempo templado, nunca faltaran flores y
frutas, ya se ve qué deleite tuviera; mas, mientra vivimos, es
imposible: siempre ha de haber cuidado de cuanto faltare la un
agua, procurar la otra. Esta de el cielo viene muchas veces
cuando más descuidado está el hortolano. Verdad es que a los
principios casi siempre es después de larga oración mental; que
de un grado en otro viene el Señor a tomar esta avecita y poner-
la en el nido para que descanse. Como la ha visto volar mucho
rato, procurando con el entendimiento y voluntad y con todas
sus fuerzas buscar a Dios y contentarle, quiérela dar el premio,
aun en esta vida; ¡y qué gran premio, que basta un memento
para quedar pagados todos los trabajos que en ella puede haber!
Estando ansí el alma buscando a Dios, siente con un deleite
grandísimo y suave casi desfallecer toda con una manera de des-
mayo, que le va faltando el huelgo y todas las fuerzas corpora-
les; de manera que, si no es con mucha pena, no puede aun
menear las manos; los ojos se le cierran sin quererlos cerrar,
u si los tiene abiertos, no ve casi nada; ni si lee, acierta a decir
letra, ni casi atina a conocerla bien; ve que hay letra, mas
como el entendimiento no ayuda, no la sabe leer, aunque quiera;
oye, mas no entiende lo que oye. Ansí que de los sentidos
no se aprovecha nada, si no es para no la acabar de dejar a su
placer, y ansí antes la dañan. Hablar es por demás, que no
atina a formar palabra, ni hay fuerza, ya que atinase, para po-
derla pronunciar; porque toda la fuerza exterior se pierde y se
aumenta en las de el alma para mijor poder gozar de su gloria.
El deleite exterior que se siente es grande y muy conocido.
134 VIDñ DE SñNTA TERESA DE JESÚS
Esta oración no hace daño por larga que sea; al menos
a mí nunca me le hizo, ni me acuerdo hacerme el Señor ninguna
vez esta merced por mala que estuviese, que sintiese mal, antes
quedaba con gran mijoría. Mas ¿qué mal puede hacer tan gran
bien? Es cosa tan conocida las operaciones exteriores, que no
se puede dudar que hubo gran ocasión, pues ansí quitó las fuer-
zas con tanto deleite para dejarlas mayores.
Verdad es que a los principios pasa en tan breve tiempo,
al menos a mí ansí me acaecía, que en estas señales exteriores
ni en la falta de los sentidos, no se da tanto a entender cuan-
do pasa con brevedad; mas bien se entiende en la sobra de las
mercedes que ha sido grande la claridad de el sol que ha estado
allí, pues ansí la ha derretido. Y nótese esto, que a mi parecer,
por largo que sea el espacio de estar el alma en esta suspensión
de todas las potencias, es bien breve; cuando estuviese media
hora, es muy mucho; yo nunca, a mi parecer, estuve tanto.
Verdad es que se puede mal sentir lo que se está, pues no se
siente; mas digo que de una vez es muy poco espacio sin tornar
alguna potencia en sí. La voluntad es la que mantiene la tela,
mas las otras dos potencias presto tornan a importunar. Como
la voluntad está queda, tórnalas a suspender, y están otro poco y
tornan a vivir.
En esto se puede pasar algunas horas de oración y se pa-
san; porque comenzadas las dos potencias a emborrachar y gus-
tar de aquel vino divino, con facilidad se tornan a perder de
sí para estar muy más ganadas y acompañan a la voluntad, y
se gozan todas tres. Mas este estar perdidas de el todo, y sin
ninguna imaginación en nada, que a mi entender también se
pierde del todo, digo que es breve espacio; aunque no tan del
todo tornan en sí, que no pueden estar algunas horas como des-
atinadas, tornando de poco en poco a cogerlas Dios consigo.
Ahora vengamos a lo interior de lo que el alma aquí siente.
Dígalo quien lo sabe, que no se puede entender, cuanto más
decir. Estaba yo pensando cuando quise escribir esto (acabando
de comulgar y de estar en esta raesma oración que escribo),
qué hacía el alma en aquel tiempo. Díjome el Señor estas pala-
CAPITULO XVIII 135
bras: Destácese toda, hija, para ponerse más en mí: ya no es ella
la que vive, sino Yo: como no puede comprehender lo que en-
tiende, es no entender entendiendo. Quien lo hubiere probado
entenderá algo de esto, porque no se puede decir más claro, por
ser tan escuro lo que allí pasa. Sólo podré decir que se representa
estar junto con Dios, y queda una certidumbre, que en ninguna
manera se puede dejar de creer. Aquí faltan todas las poten-
cias, g s€ suspenden de manera, que en ninguna manera, como he
dicho, se entiende que qbran. Si estaba pensando en un paso,
ansí se pierde de la memoria, como si nunca la hubiera habido
de él; si lee, en lo que leía no hay acuerdo ni parar; si rezar
tampoco. Ansí que a esta mariposilla importuna de la memoria
aquí se le queman las alas, ya no se puede más bullir. La volun-
tad debe estar bien ocupada en amar, mas no entiende cómo ama;
el entendimiento, si entiende, no se entiende cómo entiende, al
menos no puede comprehender nada de lo que entiende. A mí
no me parece que entiende; porque, como digo, no se entiende;
yo no acabo de entender esto.
Acaecióme a mí una inorancia a el principio, que no sabía
que estaba Dios en todas las cosas, y como me parecía estar tan
presente, parecíame imposible. Dejar de creerlo que estaba allí,
no podía, por parecerme casi claro había entendido estar allí su
mesma presencia. Los que no tenían letras me decían que estaba
sólo por gracia; yo no lo podía creer, porque, como digo,
parecíame estar presente, y ansí andaba con pena. Un gran le-
trado de la Orden del glorioso Santo Domingo (1) me quitó
de esta duda, que me dijo estar presente, y cómo se comunicaba
con nosotros, que me consoló harto. Es de notar y entender
que siempre este agua del cielo, este grandísimo favor del Se-
ñor, deja el alma con grandísimas ganancias, como ahora diré.
1 Probablemente era el P. Domingo Báñez, aunque el P. Gracián y María de San José
dicen que fué el P. Vicente Barrón.
CAPITULO XIX
PROSIGUE EN LA MESMA MATERIA. COMIENZA A DECLARAR LOS EFETOS
QUE HACE EN EL ALMA ESTE GRADO DE ORACIÓN. PERSUADE
MUCHO A QUE NO TORNEN ATRÁS, AUNQUE DESPUÉS DE ESTA
MERCED TORNEN A CAER, NI DEJEN LA ORACIÓN. DICE LOS DAÑOS
QUE VERNAN DE NO HACER ESTO. ES MUCHO DE NOTAR Y DE
GRAN CONSOLACIÓN PARA LOS FLACOS Y PECADORES.
Queda el alma de esta oración y unión con grandísima ternu-
ra, de manera que se querría deshacer, no de pena, sino de unas
lágrimas gozosas. Hállase bañada de ellas sin sentirlo, ni saber
cuándo ni cómo los lloró; mas dale gran deleite ver aplacado
aquel ímpetu de el fuego con agua que le hace más crecer: pa-
rece esto algarabía y pasa ansí. Acaecídome ha algunas veces
en este término de oración estar tan fuera de mí, que no sabía
si era sueno u si pasaba en verdad la gloria que había sentido,,
y de verme llena de agua, que sin pena distilaba con tanto ím-
petu y presteza, que parece lo echaba de sí aquella nube del
cielo, vía que no había sido sueño; esto era a los principios
que pasaba con brevedad.
Queda el ánima animosa, que si en aquel punto la hiciesen
pedazos por Dios, le sería gran consuelo. Allí son las promesas
y determinaciones heroicas, la viveza de los deseos, el encomenzar
a aborrecer el mundo, el ver muy claro su vanidad; está muy más
aprovechada y altamente que en las oraciones pasadas, y la
humildad más crecida; porque ve claro que para aquella ecesiva
10 *
138 VíDñ DE S/iNTñ TERESA DE JESÚS
merced y grandiosa, no hubo deligencia suya, ni fué parte para
traerla ni para tenerla. Vese claro indinísima; porque en pieza
a donde entra mucho sol no hay telaraña ascondida; ve su mi-
seria. Va tan fuera la vanagloria, que no le parece la podría
tener; porque ya es por vista de ojos lo poco o ninguna cosa
puede, que allí no hubo casi consentimiento, sino que parece,
aunque no quiso, le cerraron la puerta a todos los sentidos para
que más pudiese gozar de el Señor: quédase sola con El, ¿qué
ha de hacer sino amarle? Ni ve, ni oye, si no fuese a fuerza
de brazos; poco hay que le agradecer. Su vida pasada se le re-
presenta después, y la gran misericordia de Dios con gran ver-
dad, y sin haber menester andar a caza el entendimiento, que
allí ve guisado lo que ha de comer y entender. De sí ve que
merece el infierno, y que le castigan con gloria; desbécese en
alabanzas de Dios, y yo me querría deshacer ahora. Bendito
seáis, Señor mío, que ansí hacéis de pecina (1) tan sucia como yo,
agua tan clara que sea para vuestra mesa. Seáis alabado ¡oh
regalo de los ángeles! que ansí queréis levantar un gusano tan vil.
Queda algún tiempo este aprovechamiento en el alma; puede
ya, con entender claro que no es suya la fruta, comenzar a re-
partir de ella, y no le hace falta a sí. Comienza a dar muestras
de alma que guarda tesoros del cielo, y a tener deseo de repar-
tirlos con otros, y suplicar a Dios no sea ella sola la rica. Co-
mienza a aprovechar a los prójimos, casi sin entenderlo, ni
hacer nada de sí; ellos lo entienden, porque ya las flores tienen
tan crecido el olor, que les hace desear llegarse a ellas. Entiende
que tiene virtudes, y ven la fruta que es codiciosa: querríanle
ayudar a comer. Si esta tierra está muy cavada con trabajos, y
persecuciones, y mormuracionss y enfermedades, que pocos deben
llegar aquí sin esto, y si está mullida, con ir muy desasida de
propio interese, el agua se embebe tanto, que casi nunca se seca.
Mas si es tierra, que aun se está en la tierra, y con tantas es-
pinas como yo a el principio estaba, y aun no quitada de las
1 No sé por qué se ha venido imprimiendo esta palabra de diversos modos. La Sania !a
emplea con mucha propiedad. Defínela el Diccionario de la Academia. «Cieno negruzco que se
forma en los charcos o cauces donde hay materias orgánicas en descomposición».
CAPITULO XIX 139
ocasiones, ni tan agradecida como merece tan gran merced, tór-
nase la tierra a secar;, y si el hortolano se descuida, y el Señor
por sola su bondad no torna a querer llover, dad por perdida
la huerta, que ansí me acaeció a mí algunas veces; que, cierto,
yo me espanto, y si no hubiera pasado por mí, no lo pudiera
creer. Escríbelo para consuelo de almas flacas, como la mía, que
nunca desesperan, ni dejen de confiar en la grandeza de Dios,
Aunque después de tan encumbradas, como es llegarlas el Señor
aquí, cayan, no desmayen, si no se quieren perder del todo; que
lágrimas todo lo ganan; un agua tray otra.
Una de las cosas porque me animé, siendo la que soy, a
obedecer en escribir esto, y dar cuenta de mi ruin vida y de las
mercedes que me ha hecho el Señor, con no servirle, sino ofen-
derle, ha sido ésta; que, cierto, yo quisiera aquí tener gran
autoridad para que se me creyera esto: a el Señor suplico Su
Majestad la dé. Digo que no desmaye nadie de los que han co-
menzado a tener oración con decir: si torno a ser malo, es
peor ir adelante con el ejercicio de ella. Yo lo creo si se deja la
oración y no se enmienda de el mal; mas si no la deja, crea que
le sacará a puerto de luz. Hízome en esto gran batería el demo-
nio, y pasé tanto en parecerme poca humildad tenerla, siendo tan
ruin, que, como ya he dicho, la dejé año y medio, al menos un
año, que de el medio no me acuerdo bien; y no fuera más, ni
fué, que meterme yo mesma, sin haber menester demonios que
me hiciesen ir a el infierno. ¡Oh, válame Dios, qué ceguedad
tan grande! i Y qué bien acierta el demonio, para su propósito, en
cargar aquí la mano! Sabe el traidor, que alma que tenga con
perseverancia oración, la tiene perdida, y que todas las caídas
que la hace dar, la ayudan, por la bondad de Dios, a dar después
mayor salto en lo que es su servicio: algo le va en ello.
¡Oh Jesús mío! ¡qué es ver un alma que ha llegado aquí
caída en un pecado, cuando Vos por vuestra misericordia la tor-
náis a dar la mano y la levantáis! ¡cómo conoce la multitud
de vuestras grandezas y misericordias, y su miseria! Aquí es e]
deshacerse de veras y conocer vuestras grandezas; aquí el no
osar alzar los ojos; aquí es el levantarlos para conocer lo que
140 VIDA DE SANTA TERESA DE JE:íUS
OS debe; aquí se hace devota de la Reina del Cielo para que os
aplaque; aquí envoca los Santos que cayeron, después de ha-
berlos Vos llamado, para que la aguden; aquí es el parecer que
todo le viene ancho lo que le dais, porque ve no merece la tierra
que pisa; el acudir a los Sacramentos; la fe viva que aquí le
queda de ver la virtud que Dios en ellos puso; el alabaros
porque dejastes tal medicina g ungüento pa nuestras llagas,
que no las sobresanan, sino que del todo las quitan. Espántanse
de esto; ¿g quién, Señor de mi alma, no se ha de espantar de
misericordia tan grande g merced tan crecida, a traición tan fea
g abominable? Que no sé cómo no se me parte el corazón, cuando
€sto escribo, porque soy ruin.
Con estas lagrimillas que aquí lloro, dadas de Vos (agua
de tan mal pozo, en lo que es de mi parte), parece que os hago
pago de tantas traiciones, siempre haciendo males, y procuran-
do deshacer las mercedes que Vos me habéis hecho. Ponedlas
Vos, Señor mío, valor; aclarad agua tan turbia, siquiera por-
que no dé a alguno tentación en echar juicios, como me Ja ha
dado a mí, pensando por qué, Señor, dejáis unas personas
muy santas, que siempre os han servido y trabajado, criadas
en relisión, g siéndolo, g no como yo, que no tenía más de el
nombre, y ver claro que no las hacéis las mercedes que a mí.
Bien vía go, Bien mío, que les guardáis Vos el premio para
dársele junto y que mi flaqueza ha menester esto, y a ellos,
como fuertes, os sirven sin ello, y los tratáis como a gente es-
forzada y no interesal.
Mas con todo sabéis Vos, mi Señor, qu2 clamaba muchas
veces delante de Vos, disculpando a las personas que me mormu-
raban, porque me parecía les sobraba razón. Esto era ya. Se-
ñor, después que me teníades por vuestra bondad para que tanto
no os ofendiese, g go estaba ga desviándome de todo lo que me
parecía os podía enojar; que en haciendo yo esto, comenzastes,
Señor, a abrir vuestros tesoros para vuestra sierva. No parece
esperábades otra cosa sino que hubiese voluntad y aparejo en
mí para recibirlos, sigún con brevedad comenzastes a no sólo
darlos, sino a querer entendiesen me los dábades.
CñPlTÜLO XIX 14)
Esto entendido, comenzó a tenerse buena opinión de la que
todas aun no tenían bien entendido cuan mala era, aunque mucho
se traslucía. Comenzó la mormuración y persecución de golpe,
y a mi parecer con mucha causa; y ansí no tomaba con nadie
enemistad, sino suplicábaos a Vos mirásedes la razón que tenían.
Decían que me quería hacer santa y que inventaba novedades,
no habiendo llegado entonces con gran parte aun a cumplir
toda mi Regla, ni a las muy buenas y santas monjas que en casa
había, ni creo llegaré, si Dios por su bondad no lo hace todo
de su parte; sino antes lo era yo para quitar lo bueno y poner
costumbres que no lo eran; al menos hacía lo que podía para
ponerlas, y en el mal podía mucho. Ansí que sin culpa suya
me culpaban. No digo eran sólo monjas, sino otras personas:
descubríanme verdades, porque lo primitíades Vos.
Una vez rezando las Horas (como yo algunas tenía esta
tentación) llegué a el verso que dice: J astas es, Domine, y tas
juicios (1). Comencé a pensar cuan gran verdad era; que en esto
no tenía el demonio fuerza jamás para tentarme de manera que
yo dudase tenéis Vos, mi Señor, todos los bienes, ni en ninguna
cosa de la fe; antes me parecía, mientra más sin camino natural
iban, más firme la tenía, y me daba devoción grande. En ser
Todopoderoso, quedaban conclusas en mí todas las grandezas
que hiciérades Vos; y en esto, como digo, jamás tenía duda.
Pues pensando cómo con justicia primitíades a muchas que había,
como tengo dicho, muy vuestras siervas, y que no tenían los re-
galos y mercedes que me hacíades a mí, siendo la que era,
respondístesme, Señor: Sírveme tá a Mí, y no te metas en eso.
Fué la primera palabra que entendí hablarme Vos, y ansí me
espantó mucho; porque después declararé esta manera de en-
tender, con otras cosas, no lo digo aquí, que es salir del propó-
sito, y creo harto he salido. Casi no sé lo que me he dicho.
No puede ser menos, sino que ha vuestra merced de sufrir estos
intrcvalos; porque cuando veo lo que Dios me ha sufrido y me
veo en este estado, no es mucho pierda el tino de lo que digo y
1 La Santa no completa este texto, sin duda no ocurrió íntegro en aquel momento a su
memoria. Dice David en et Salmo CXVIII: «Justus es Domine, et rectum judicium tuura».
142 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
he de decir. Pkga el Señor que siempre sean esos mis desatinos,
y que no primita ya Su Majestad tenga yo poder para ser contra
El un punto; antes' en este que estoy me consuma.
Basta ya para ver sus grandes misericordias, no una, sino
muchas veces que ha perdonado tanta ingratitud, ñ San Pedro
una vez que lo fué, a mí muchas; que con razón me tentaba el
demonio no pretendiese amistad estrecha con quien trataba ene-
mistad tan pública. ¡Qué ceguedad tan grande la mía! ¿Adonde
pensaba. Señor mío, hallar remedio sino en Vos?» ¡Qué disba-
rate huir de la luz para andar siempre tropezando! ¡Qué hu-
mildad tan soberbia inventaba en mí el demonio, apartarme de
estar arrimada a la coluna y báculo que me ha de sustentar para
no dar tan gran caída! Ahora me santiguo, y no me parece que
h€ pasado peligro tan peligroso como esta invención que el de-
monio me enseñaba por vía de humildad. Poníame en el pensa-
miento que cómo cosa tan ruin, y habiendo recibido tantas
mercedes, había de llegarme a la oración; que me bastaba rezar
lo que debía, como todas; mas que aún, pues esto no hacía
bien, cómo querría hacer más; que era poco acatamiento y
tener en poco las mercedes de Dios. Bien era pensar íj entender
esto; mas ponerlo por obra fué el grandísimo mal. Bendito
seáis Vos, Señor, que ansí me remediastes.
Principio de la tentación que hacía a Judas me parece ésta;
sino que no osaba el traidor tan al descubierto; mas él viniera
de poco en poco a dar conmigo adonde dio con él. Miren esto,
por amor de Dios, todos los que tratan oración. Sepan que el
tiempo que estuve sin ella era mucho más perdida mi vida;
mírese qué buen remedio me daba el demonio y qué donosa
humildad; un desasosiego en mí grande. Mas, ¿cómo había de
sosegar mi alma? Apartábase la cuitada de su sosiego, tenía
presentes las mercedes y favores, vía los contentos de acá ser
asco: cómo pudo pasar, me espanto. Era con esperanza, que
nunca yo pensaba, a lo que ahora me acuerdo, porque debe
haber esto más de veinte y un años, dejaba de estar determinada
de tornar a la oración; mas esperaba a estar muy limpia de
pecados. ¡Oh qué mal encaminada iba en esta esperanza!
CñPITÜLO XIX 143
Hasta el día del juicio me la libraba el demonio, pa de
allí llevarme a el infierno. Pues uniendo oración y lición, que
era ver verdades y el ruin camino que llevaba, y importunando
a el Señor con lágrimas muchas veces, era tan ruin, que no me
podía valer. Apartada de esto, puesta en pasatiempos con mu-
chas ocasiones y pocas ayudas, y osaré decir ninguna sino para
ayudarme a caer, ¿qué esperaba sino lo dicho? Creo tiene mu-
cho delante de Dios un fraile de Santo Domingo (1), gran le-
trado, que él me despertó de este sueño; él me hizo, como creo
he dicho, comulgar de quince a quince días, y de el mal no tanto ;
comencé a tornar en mí, aunque no dejaba de hacer ofensas a el
Señor; mas como no había perdido el camino, aunque poco a
poco, cayendo y levantando, iba por él; ij el que no deja de
andar y ir adelante, aunque tarde, llega. No parece es otra
cosa perder el camino sino dejar la oración. Dios nos libre
por quien El es.
Queda de aquí entendido, y nótese mucho por amor de el
Señor, que, aunque un alma llegue a hacerla Dios tan grandes
mercedes en la oración, que no se fíe de sí, pues puede caer,
ni se ponga en ocasiones en ninguna manera. Mírese mucho,
que va mucho, que el engaño que aquí puede hacer el demonio
después, aunque la merced sea cierto de Dios, es aprovecharse
el traidor de la mesma merced en lo que puede, y a presoi-
nas no crecidas en las virtudes, ni mortificadas, ni desasidas;
porque aquí no quedan fortalecidas tanto que baste, como ade-
lante diré, para ponerse en las ocasiones y peligros, por gran-
des deseos y determinaciones que tengan. Es ecelente dotrina
esta, y no mía, sino enseñada de Dios;!" y ansí querría que per-
sonas inorantes, como yo, la supiesen. Porque aunque esté un
alma en este estado, no ha de fiar de sí para salir a combatir,
porque hará harto en defenderse. Aquí son menester armas para
defenderse de los demonios, y aun no tiene fuerzas para pelear
contra ellos, y traerlos debajo de los pies, como hacen los que
están en el estado que diré después.
1 P. Vicente Bairón.
144 VlDñ DE SANTA TERESA DE JESÜS
Este €s el engaño con que coge el demonio, que, como se
ve un alma tan llegada a Dios, y ve la diferencia que hay de el
bien del cielo al de la tierra, y el amor que la muestra el
Señor, de este amor nace confianza y siguridad de no caer
de lo que goza. Parécele que ve claro el premio, que no es posible
ya en cosa que aun para la vida es tan deleitosa y suave, de-
jarla por cosa tan baja y sucia como es el deleite; y con esta
confianza quítale el demonio la poca que ha de tener de sí; y
como digo, pónese en los peligros, y comienza con buen celo
a dar de la fruta sin tasa, creyendo que ya no hay que temer
de sí. Y esto no va con soberbia, que bien entiende el alma que
no puede de sí nada, sino de mucha confianza de Dios, sin dis-
crición, porque no mira que aun tiene pelo malo. Puede salir
del nido, y sácala Dios, mas aun no está para volar; porque
las virtudes aun no están fuertes, ni tiene expiriencia para cono-
cer los peligros, ni sabe el daño que hace en confiar de sí.
Esto fué lo que a mí me destruyó; y para esto y para
todo hay gran necesidad de maestro y trato con personas espi-
rituales. Bien creo que el alma que llega Dios a este estado, si
muy del todo no deja a Su Majestad, que no la dejará de fa-
vorecer ni la dejará perder; mas cuando, como he dicho, ca-
yere, mire, mire por amor del Señor no la engañen en que deje
la oración, como hacía a mí con humildad falsa, como ya lo he
dicho, y muchas veces lo querría decir. Fíe de la bondad de Dios,
que es mayor que todos los males que podemos hacer, y no se
acuerda de nuestra ingratitud, cuando nosotros, conociéndonos,
queremos tornar a su amistad, ni de las mercedes que nos ha
hecho para castigarnos por ellas; antes ayudan a perdonarnos
más presto, como a gente que ya era de su casa y ha comidoi,
como dicen, de su pan. Acuérdense de sus palabras y miren
lo que ha hecho conmigo, que primero me cansé de ofenderle
que Su Majestad dejó de perdonarme. Nunca se cansa de dar, ni
se pueden agotar sus misericordias; no nos cansemos nosotros
de recibir. Sea bendito para siempre, amén, y alábenle todas
las cosas.
CAPITULO XX
EN püE TRATA DE LA DIFERENCIA QUE HAY DE UNION A ARROBA-
MIENTO. DECLARA 9UE COSA ES ARROBAMIENTO, Y DICE ALGO
DE EL BIEN QUE TIENE EL ALMA QUE EL SEÑOR POR SU BONDAD
LLEGA A EL. DICE LOS EFETOS QUE HACE. ES DE MUCHA AD-
MIRACIÓN.
Querría saber declarar con el favor de Dios la diferencia
que hay de unión a arrobamiento, u elevamiento, u vuelo que
llaman de espíritu, y arrebatamiento, que todo es uno. Digo
que estos diferentes nombres todo es una cosa, y también se
llama éxtasi (1). Es grande la ventaja que hace a la unión; los
efetos muy mayores hace y otras hartas operaciones ; porque
la unión parece principio, y medio, y fin, y lo es en lo enterior;
mas ansí como estotros fines son en más alto grado, hace los
efetos interior y exteriormente. Declárelo el Señor, como ha he-
cho lo demás, que, cierto, si Su Majestad no me hubiera dado a
entender por qué modos y maneras se puede algo decir, yo no
supiera.
Consideremos ahora que esta agua postrera que hemos di-
cho, es tan copiosa, que si no es por no lo consentir la tierra,
1 La edición hecha en Salamanca en 1589 pone esta nota: «Dice que el arrobamiento hace
ventaja a la unión: que es decir que el alma goza de Dios más en el arrobamiento u que se
apodera della Dios más que en la unión. Y vese ser así, porque en el arrobamiento se pierde el
uso de las potencias exteriores y interiores. Y en decir que la unión es principio, medio u fin,
quiere decir que la pura unión casi siempre es por una misma manera; mas en el atrobamiento,
hay grados, en que unos son como principio, iJ otros como medio, y otros como fin. Y por esta
causa tiene diferentes nombres, que unos significan lo menos del u otros lo más alto y perfeto,
como se declara en otras partes».
146 VlDñ DE S.1NTA TERESñ DE JESÚS
podemos creer que se está con nosotros esta nube de la gran
Majestad acá en esta tierra. Mas cuando este gran bien le agra-
decemos, acudiendo con obras sigún nuestras fuerzas, coge el
Señor el alma, digamos ahora a manera que las nubes cogen
los vapores de la tierra, y levántala toda de ella (helo oído ansí
esto, de que cogen las nubes los vapores u el sol) (1), y sube la
nube al cielo, y llévala consigo, y comiénzala a mostrar cosas
de el reino que le tiene aparejado. No sé si la comparación cua-
dra; mas en hecho de verdad ello pasa ansí.
En €stos arrobamientos parece no anima el alma en el cuer-
po, y ansí se siente muy sentido faltar de él el calor natural:
vase enfriando, aunque con grandísima suavidad y deleite. Aquí
no hay ningún remedio de resistir, que en la unión, como estamos
en nuestra tierra, remedio hay; aunque con pena y fuerza, re-
sistir se puede casi siempre. Acá las más veces ningún remedio
hay, sino que muchas, sin prevenir el pensamiento ni ayuda
ninguna, viene un ímpetu tan acelerado y fuerte, que veis y
sentís levantarse esta nube u esta águila caudalosa, y cogeros
con sus alas.
Y digo que se entiende y veisos llevar, y no sabéis dón-
de; porque aunque es con deleite, la flaqueza de nuestro na-
tural hace temer a los principios, y es menester ánima deter-
minada y animosa, mucho más que para lo que queda dicho,
para arriscarlo todo, venga lo que viniere, y dejarse en las
manos de Dios, y ir adonde nos llevaren de grado, pues os
llevan, aunque os pese. Y en tanto extremo, que muy muchas
veces querría yo resistir, y pongo todas mis fuerzas, en es-
pecial algunas, que es en público, y otras hartas en secreto, te-
miendo ser engañada. Algunas podía algo con gran quebran-
tamiento, como quien pelea con un jayán fuerte, quedaba des-
pués cansada; otras era imposible, sino que me llevaba el alma,
y aun casi ordinario la cabeza tras ella, sin poderla tener, y
algunas todo el cuerpo, hasta levantarle (2).
1 La cláusula entre paréntesis, está puesta al margen de letra de la Santa.
2 En los Expedientes de beatificación g canonización de la Santa Aladre, son muchas las
Carmelitas Descalzas que deponen haberla visto en tales momentos de éxtasis y arrobamientos.
CAPITULO XX 147
Esto ha sido pocas, porque como una vez fuese adonde está-
bamo-s juntas €n el coro, y yendo a comulgar, estando de rodi-
llas, dábame grandísima pena; porque me parecía cosa muy
extraordinaria, y que había de haber luego mucha nota; y ansí
mandé a las monjas, porque es ahora después que tengo oficio
de Priora, no lo dijesen. Mas otras veces, como comenzaba a
ver iba a hacer el Señor lo mesmo, y una estando personas
principales de señoras, que era la fiesta de la Vocación (1) en
un sermón, tendíame en el suelo, y allegábanse a tenerme el
cuerpo, y todavía se echaba de ver. Supliqué mucho a eí Señor
que no quisiese ya darme más mercedes que tuviesen muestras
exteriores; porque yo estaba cansada ya de andar en tanta
cuenta, y que aquella merced podía Su Majestad hacérmela sin
que se entendiese. Parece ha sido por su bondad servido de
oírme, que nunca más hasta hora lo he tenido; verdad es que
ha poco.
Es ansí que me parecía, cuando quería resistir, que desde
debajo de ios pies me levantaban fuerzas tan grandes, que no
sé cómo lo comparar, que era con mucho más ímpetu que esto-
tras cosas de espíritu, y ansí quedaba hecha pedazos; porque
es una pelea grande, y en fin aprovecha poco cuando el Señor
como tendremos lugar de leerlos en los Apéndices, La apostilla que el P. Gracián pone a este
pasaje dice así: «La Madre María Bautista la vio dos veces». La hermana del P. Gracián, Alaría
de S. José, escribe lo mismo: «Viola por dos veces levantada de la tierra la M. María Baptista».
Hace mérito de este favor divino la venerable Madre María de San Jerónimo en una relación
inédita de las virtudes de su santa prima, que guardan las Carmelitas de S. José de Avila, \j de
la cual poseo fotografía: «Tornando a lo que decía, escribe la venerable Madre, del cuidado que
traía de encubrir su oración, comenzóle de manera una vez que le levantaba el cuerpo de la tie-
rra; fué a tiempo que iba a comulgar, y como ella comenzó a sentir esto, asióse con entrambas
manos a la reja para tenerse fuertemente; porque le dio gran pena que le comunicasen cosas tan
exteriores, ij así decía que le había costado mucha oración pedir al Señor se lo quitase, jj así se
lo quitó. Que aunque también le daba pena los arrobamientos delante de nosotras, ya, en fin, lo
pasaba; mas de la gente de fuera, era mucho lo que sentía, y disimulábalo con decir que era en-
ferma del corazón; y así, cuando esto le ocurría delante de alguien, pedía que le diesen algo de
comer y de beber para por aquí dar a entender que era necesidad de enfermedad». De estos mis-
mos favores habla también la V. M. Isabel de Sto. Domingo. (Cfr. Vida de la bendita M. Isa-
bel de Sto. Domingo, por Juan Bautista de Lanuza, 1. II, c. 25. Madrid, 1638), Un caso muy
curioso refiere Petronila Bautista en el Proceso de Avila: «Estando Fray Domingo Bailes, grave
religioso catedrático de la Universidad de Salamanca y confesor de la Santa Madre, haciendo
una plática a las religiosas de este conventó (de S. Joseph), la Santa Madre quedó arrobada, y
el dicho Padre se quitó la capilla y dejó la plática y puso gran silencio hasta que volvió
en sí».
1 Por este tiempo Santa Teresa fué particularmente favorecida de estos ímpetus extra-
ordinarios de amor. El arrobo que aquí describe, ocurrió en San José de Avila por los años
de 1565.
148 VIDA DE SANTA TERESA DE JESüS
quiere, que no hay poder contra su poder. Otras veces es ser-
vido de contentarse con que veamos nos quiere hacer la merced,
y que no queda por Su Majestad; y resistiéndose por hu-
mildad, deja los raesmos efetos que si del todo se consintiese.
A los que esto hace son grandes. Lx) uno muéstrase el gran
poder del Señor, y cómo no somos parte, cuando Su Majestad
quiere, de detener tampoco el cuerpo como el alma, ni somos
señores de ello, sino que, mal que nos pese, vemos que hay su-
perior, y que estas mercedes son dadas de El, y que de nosotros
no podemos en nada, nada, y imprímese mucha humildad. Y
aun yo confieso qué gran temor me hizo; al principio gran-
dísimo; porque verse ansí levantar un cuerpo de la tierra, que
aunque el espíritu le lleva tras sí y es con suavidad grande,
si no se resiste, no se pierde el sentido, al menos yo estaba de
manera en mí que podía entender era llevada. Muéstrase una
majestad de quien puede hacer aquello, que espeluza los cabe-
llos, y queda un gran temor de ofender a tan gran Dios; éste
envuelto en grandísimo amor, que se cobra de nuevo, a quien
vemos le tiene tan grande a un gusano tan podrido, que no pa-
rece se contenta con llevar tan de veras el alma a sí, sino que
quiere el cuerpo, aun siendo tan mortal y de tierra tan sucia
como por tantas ofensas se ha hecho.
También deja un desasimiento extraño, que yo no podré decir
cómo es; paréceme que puedo decir es diferente en alguna ma-
nera. Digo más que estotras cosas de sólo espíritu; porque ya
que estén cuanto a el espíritu con todo desasimiento de las cosas,
aquí parece quiere el Señor el mesmo cuerpo lo ponga por obra;
y hácese una extrañeza nueva para con las cosas de la tierra,
que es muy más penosa la vida. Después da una pena, que ni
la podemos traer a nosotros, ni venida se puede quitar. Yo qui-
siera harto dar a entender esta gran pena y creo no podré,
mas diré algo si supiere.
Y hase de notar, que estas cosas son ahora muy a la pos-
tre, después de todas las visiones y revelaciones que escribiré,
y el tiempo que solía tener oración, adonde el Señor me daba
tan grande gustos y regalos. Ahora, ya que eso no cesa algunas
CftPITULO XX 149
veces, las más y lo más ordinario es esta pena que ahora diré.
Es mayor y menor. De cuando es mayor quiero ahora decir;
porque aunque adelante diré de estos grandes ímpetus que me
daban cuando me quiso el Señor dar los arrobamientos, no tiene
más que ver, a mi parecer, que una cosa muy corporal a una
muy espiritual, y creo no lo encarezco mucho. Porque aquella
pena parece, aunque la siente el alma, es en compañía del cuer-
po; entramos parece participan de ella, y no es con el extremo del
desamparo que en ésta. Para la cual, como he dicho, no somos
parte, sino muchas veces a deshora viene un deseo, que no sé
cómo se mueve. Y de este deseo, que penetra toda el alma en un
punto, se comienza tanto a fatigar, que sube muy sobre sí y
de todo lo criado, y pónela Dios tan desierta de todas las co-
sas, que, por mucho que ella trabaje, ninguna que la acompañe
le parece hay en la tierra, ni ella la querría, sino morir en
aquella soledad. Que la hablen, y ella se quiera hacer toda la
fuerza posible a hablar, aprovecha poco; que su espíritu, aun-
que ella más haga, no se quita de aquella soledad. Y con parecer-
me que está entonces lejísimo Dios, a veces comunica sus gran-
dezas por un modo el más extraño que se puede pensar; y ansí
no se sabe dejcir (1), ni creo lo creerá, ni entenderá sino quien hu-
biere pasado por ello; porque no es la comunicación para con-
solar, sino para mostrar la razón que tiene de fatigarse de es-
tar ausente de bien que en sí tiene todos los bienes.
Con esta comunicación crece el deseo y el extremo de sole-
dad en que se ve con una pena tan delgada y penetrativa, que,
aunque el alma se estaba puesta en aquel desierto, que al pie
de la letra me parece se puede entonces decir, y por ventura
lo dijo el real Profeta, estando en la mesraa soledad, sino que
como a santo se la daría el Señor a sentir en más ecesiva ma-
nera: VigUavif ei fadus siim sicut passer solitarias iti tecto (2).
Y ansí se me representa este verso entonces, que me parece lo
veo yo en mí; y consuélame ver que han sentido otras perso-
1 Por eíror material escribió la Santa me. sz sabe decir.
2 Salmo CI, 8. Santa Teresa escribe así el texto latino: Vigilavi eé fatus sun sicud passer
soliiatius yn teclo.
150 VIDA DE SñNTñ TERESA DE JESÚS
ñas tan gran extremo de soledad, cuan ti más tales. A.nsí pare-
ce que €stá el alma, no en sí, sino en el tejado u techo de sí
mesma y de todo lo criado; porque aun encima de lo muy supe-
rior del alma me parece que €stá.
Otras veces parece anda el alma como necesitadísima, di-
ciendo y preguntando a sí mesma: ¿Dónde está tu Dios? (1).
Es de mirar que el romance (2) de estos versos, yo no sabía bien
el que era, y después que lo entendía, me consolaba de ver que
me los había traído el Señor a la memoria sin procurarlo yo.
Otras me acordaba de lo que dice San Pablo, que está crucifica-
do al mundo (3). No digo yo que sea esto ansí, que ya lo veo;
mas parécerae que está ansí el alma, que ni del cielo le viene
consuelo, ni está en él, ni de la tierra le quiere, ni está en
ella, sino como crucificada entre el cielo y la tierra, padeciendo,
sin venirle socorro de ningún cabo. Porque el que le viene del
cielo, que es, como he dicho, una noticia de Dios tan admirable,
muy sobre todo lo que podemos desear, es para más tormento;
porque acrecienta el deseo de manera que, a mi parecer, la
gran pena algunas veces quita el sentido, sino que dura poco
sin él. Parecen unos tránsitos de la muerte; salvo que tray con-
sigo un tan gran contento este padecer, que no sé yo a qué lo
comparar. Ello es un recio martirio sabroso; pues todo lo que
se le puede representar a el alma de la tierra, aunque sea lo
que le suele ser más sabroso, ninguna cosa admite; luego parece
lo lanza de sí. Bien entiende que no quiere sino a su Dios; mas
no ama cosa particular de El, sino todo junto le quiere, y no
sabe lo que quiere. Digo no sabe, porque no representa nada la
imaginación; ni, a mi parecer, mucho tiempo de lo que está ansí,
no obran las potencias ; como en la unión y arrobamiento el gozo,
aquí la pena las suspende.
¡Oh Jesús! ¡Quién pudiera dar a entender bien a vuestra
merced esto, aun para que me dijera lo que es, porque es en
lo que ahora anda siempre mi alma! Lo más ordinario, en vién-
1 Ps. XLI, 4.
2 El original: romace.
3 Gal., VI, 14.
CAPITULO XX 151
dose desocupada, es puesta en estas ansias de muerte, y teme
cuando ve que comienzan, porque no se ha de morir; mas, lle-
gada a estar en ello, lo que hubiese de vivir querría en este
padecer; aunque es tan ecesivo, que el sujeto le puede mal
llevar, y ansí algunas veces se me quitan todos los pulsos casi,
sigún dicen las que algunas veces se llegan a mí de las hermanas,
que ya más lo entienden, y las canillas muy abiertas, y las manos
tan yertas, que yo no las puedo algunas veces juntar, y ansí
me queda dolor hasta otro día en los pulsos y en el cuerpo, que
parece me han descoyuntado.
Yo bien pienso alguna vez ha ds ser el Señor servido, si va
adelante como ahora, que se acabe con acabar la vida, que, a
mi parecer, bastante es tan gran pena para ello, sino que no lo
merezco yo. Toda la ansia es morirme entonces; ni me acuer-
do de purgatorio, ni de los grandes pecados que he hecho, por.
donde merecía el infierno. Todo se me olvida con aquella ansia
de ver a Dios ; y aquel desierto y soledad le parece mijor que
toda la compañía del mundo. Si algo la podría dar consuelo, es
tratar con quien hubiese pasado por este tormento y ver que,
aunque se queje de él, nadie le parece la ha de creer.
También la atormenta, que esta pena es tan crecida, que no
querría soledad como otras, ni compañía, sino con quien se
pueda quejar. Es como uno que tiene la soga a la garganta
y se está ahogando, que procura tomar huelgo; ansí me parece
que este deseo de compañía es de nuestra flaqueza; que, como
nos pone la pena en peligro de muerte, que esto sí, cierto, hace
(yo me he visto en este peligro algunas veces con grandes en-
fermedades y ocasiones, como he dicho, y creo podría decir
es éste tan grande como todos), ansí el deseo que el cuerpo y
alma tienen de no se apartar, es el que pide socorro para tomar
huelgo, y con decirlo, y quejarse, y divertirse, buscar remedio
para vivir muy contra voluntad de el espíritu, u de lo superior
de el alma, que no querría salir de esta pena.
No sé yo si atino a lo que digo, u si lo sé decir, mas a
todo mi parecer pasa ansí. Mire vuestra merced qué descanso
puede tener en esta vida; pues el que había, que era la oración
152 VIDA DE SñNTñ TERESA DE JESÚS
y sokdad, porque allí me consolaba el Señor, es ga lo más or-
dinario este tormento, y es tan sabroso, y ve el alma que es
de tanto precio, que ya le quiere más que todos los regalos
que. solía tener. Parécele más siguro, porque es camino de cruz,
y en sí tiene un gusto muy de valor a mi parecer; porque no
participa con el cuerpo, sino pena, y el alma es la que padece,
y goza sola del gozo y contento que da este padecer. No sé yo
cómo puede ser esto, mas ansí pasa; que a mi parecer, no tro-
caría esta merced que el Señor me hace (que bien de su mano
y, como he dicho, nonada adquirida de mí, porque es muy
muy sobrenatural), por todas las que después diré; no digo
juntas, sino tomada cada una por sí. Y no se deje de tener acuerdo,
que es después de todo lo que va escrito en este libro y en lo
que ahora me tiene el Señor; digo que estos ímpetus es des-
pués de las mercedes que aquí van, que me ha hecho el Señor (1).
Estando yo a los principio con temor (como me acaece casi
en cada merced que me hace el Señor, hasta que con ir adelante
Su Majestad asigura), me dijo que no temiese, y que tuviese en
más esta merced que todas las que me había hecho; que en esta
pena se purificaba el alma, y se labra u purifica como el oro en
el crisol, para poder mijor poner los esmaltes de sus dones, y
que se purgaba allí lo que había de estar en purgatorio. Bien en-
tendía yo era gran merced, mas quedé con mucha más siguridad,
y mi confesor me dice que es bueno. Y aunque yo temí, por ser
yo tan ruin, nunca podía creer que era malo, antes el muy so-
brado bien me hacía temer, acordándome cuan mal lo tengo
merecido. Bendito sea el Señor que tan bueno es. Amén.
Parece que he salido de propósito, porque comencé a decir
de arrobamientos, y esto que he dicho aún es más que arro-
bamiento, y ansí deja los efetos que he dicho.
Ahora tornemos a arrobamiento, de lo que en ellos es más
ordinario. Digo que muchas veces me parecía me dejaba el
cuerpo tan ligero, que toda la pesadumbre de él me quitaba, y
algunas era tanto, que casi no entendía poner los pies en el
1 La cláusula «digo que estos ímpetus», está puesta al margen poi Santa Teresa.
CAPITULO XX 153
suelo; pues cuando está en el arrobamiento el cuerpo queda como
muerto sin poder nada de sí muchas veces, y como le toma
se queda siempre: si sentado, si las manos abiertas, si cerradas.
Porque, aunque pocas veces se pierde el sentido, algunas me ha
acaecido a mí perderle del todo, pocas y poco rato. Mas lo or-
dinario es que se turba, y aunque no puede hacer nada de sí,
cuanto a lo exterior, no deja de entender y oir como cosa de
lejos. No digo que entiende y oye cuando está en lo subido
de él. Digo subido, en los tiempos que se pierden las potencias,
porque están muy unidas con Dios, que entonces no ve, ni oy€,
ni siente, a mi parecer; mas, como dije en la oración de unión
pasada, este trasformamiento de el alma de el todo en Dios dura
poco; mas eso que dura, ninguna potencia se siente ni sabe lo
que pasa allí. No debe ser para que se entienda mientra vivimos
en la tierra, al menos no lo quiere Dios, que no debemos ser
capaces para ello. Yo esto he visto por mí.
Diráme vuestra merced que cómo dura alguna vez tantas
horas el arrobamiento. Y muchas veces lo que pasa por mí es
que, como dije en la oración pasada, gózase con intrevalos.
Muchas veces se engolfa el alma, u la engolfa el Señor en sí,
por mijor decir, y uniéndola ansí un poco, quedase con sola
la voluntad. Paréceme es este bullicio de estotras dos potencias
como el que tiene una lengüecilla de estos relojes de sol, que
nunca para; mas cuando el Sol de Justicia quiere, hácelas de-
tener. Esto digo que es poco rato; mas como fué grande el
ímpetu y lievantamicnto de espíritu, y aunque éstas tornen a bullir-
se, queda engolfada la voluntad, hace como señora del todo aquella
operación en el cuerpo; porque ya que las otras dos poten-
cias bullidoras la quieran estorbar, de los enemigos los menos,
no la estorben también los sentidos; y ansí hace que estén
suspendidos, porque lo quiere así el Señor. Y por la mayor
parte están cerrados los ojos, aunque no queramos cerrarlos;
y si abiertos alguna vez, como ya dije, no atina ni advierte lo
que v€.
Aquí es mucho menos lo que puede hacer de sí, para que
cuando se tornaren las potencias a juntar no haya tanto que
11 *
154 VIDA DE SRNTR TERESñ DE JESÚS
hacer. Por eso, a quien el Señor diere esto, no se desconsuele
cuando se vea ansí, atado el cuerpo muchas horas, y a veces el
entendimiento g memoria divertidos. Verdad es que lo wdinario
es estar embebidas en alabanzas de Dios, u en querer comprehen-
dcr y entender lo que ha pasado por ellas; y aun para esto no
están bien despiertas, sino como una persona que ha mucho
dormido y soñado, y aun no acaba de despertar.
Declaróme tanto en esto, porque sé que hay ahora, aun en
este lugar, personas a quien el Señor hace estas mercedes;
y si los que las gobiernan no han pasado por esto, por ventura
les parecerá que han de estar como muertas en arrobamiento, en
especial si no son letrados; y lastima lo que se padece con los
confesores que no lo entienden, como yo diré después. Quizá
yo no sé lo que digo; vuestra merced lo entenderá, si atino en
algo, pues el Señor le ha ya dado expiriencia de ello, aunque como
no es de mucho tiempo, quizá no había mirádolo tanto como
yo. Ansí que, aunque mucho lo procuro, por buenos ratos no
hay fuerza en el cuerpo para poderse menear; todas las llevó
el alma consigo. Muchas veces queda sano, que estaba bien en-
fermo y lleno de grandes dolores, y con más habilidad, porque
es cosa grande lo que allí se da; y quiere el Señor algunas
veces, como digo, lo goce el cuerpo, pues ya obedece a lo que
quiere el alma. Después que torna en sí, si ha sido grande el
arrobamiento, acaece andar un día u dos, y aun tres, tan ab-
sortas las potencias, u como embobecida, que no parece anda
en sí.
Aquí es la pena de haber de tornar a vivir; aquí le nacie-
ron las alas para bien volar; ya se le ha caído el pelo malo;
aquí se levanta ya de el todo la bandera por Cristo, que no
parece otra cosa, sino que este alcaide de esta fortaleza se sube,
u le suben, a la torre más alta, a levantar la bandera por Dios.
Mira a los de abajo como quien está en salvo; ya no teme
los peligros, antes los desea, como quien por cierta manera se
le da allí siguridad de la vitoria. Vese aquí muy claro en lo
po(x> que todo lo de acá se ha de estimar y lo nonada que es.
Quien está de lo alto alcanza muchas cosas. Ya no quiere querer
CAPITULO XX 155
ni tener libre albedrío aun querría (1), g ansí lo suplica a el
Señor; dale las llaves de su voluntad. Hele aquí el hortolano
hecho alcaide; no quiere hacer cosa, sino la voluntad del Señor;
ni serlo él de sí, ni de nada, ni de un pero de esta huerta;
sino que, si algo bueno hay en ella, lo reparta Su Majestad; que
de quí adelante no quiere cosa propia, sino que haga de todo
conforme a su gloria y a su voluntad.
Y en hecho de verdad pasa ansí todo esto, si los arroba-
mientos son verdaderos, que queda el alma con los efetos y
aprovechamiento que queda dicho. Y si no son éstos, dudaría yo
mucho serlos de parte de Dios, antes temería no sean los rabia-
mientos que dice San Vicente (2). Esto entiendo yo y he visto
por expiriencia, quedar aquí el alma señora de todo, y con li-
bertad en un hora, y menos, que ella no se puede conocer. Bien
ve que no es suyo, ni sabe cómo se le dio tanto bien, mas en-
tiende claro el grandísimo provecho que cada rabto (3) de estos
tray. No hay quien lo crea, si no ha pasado por ello; y ansí no
creen a la pobre alma, como la han visto ruin, y tan presto la ven
pretender cosas tan animosas; porque luego da en no se contentar
con servir en poco a el Señor, sino en lo más que ella puede.
Piensan es tentación y disbarate. Si entendiesen no nace de ella,
sino de el Señor, a quien ya ha dado las llaves de su voluntad,
no se espantarían.
Tengo para mí, que un alma que allega a este estado, que
ya ella no habla, ni hace cosa por sí, sino (4) que todo lo
que ha de hacer, tiene cuidado este soberano Rey. ¡Oh, válame
1 El P. Báftez sustituyó la frase «ni tener libre albedrío aun querría», por «ni tener otra
voluntad sino la de Nuestro Señor». La edición príncipe publicó este período conforme a la
enmienda del P. Báftez.
2 Pudo ver la Santa la palabra rabiamientos en el tratado de Vita spiñtuali, de San Vicente
Ferrer. Léese en el capítulo YN: «Si dicerent tibi aliqui quod sit contra íidem, et contra Scri-
pturam sacram, aut contra bonos mores, abhorreas eorum visionem et judicia, tanquam stultas
dementias, et earum raptus, sicut rabiamenta». Santa Teresa leería esta obra en la versión caste^
llana que por mandato del cardenal Cisneros se publicó en Toledo con la vida de Sta. Angela
de Foligno y la Regla de Sta. Clara. Libto {de la bienaveniurada sancta Rngela de Foligno...
ítem, primera regla de la bienaventurada virgen santa clara. ítem un tractado del bienaventU"
rado Sant Vicente de la vida et instrucción espititual (sic)... Hcabáronse a XXIII días del mes
de Mayo de mil & quinientos 6í diez años. El mismo año del nacimiento de la Santa volvió a
imprimirse esta obra.
3 Por rapto.
'i Esta cláusula está tachada en el original, aunque no por la Santa, a lo que se me
alcanza.
156 VIDA DE SHNTñ TERESA DE JESÚS
Dios, qué claro se ve aquí la declaración del verso, y cómo se
entiende tenía razón, y la ternán todos de pedir alas de palo-
ma (1). Entiéndese claro es vuelo el que da el espíritu para le-
vantarse de todo lo criado y de sí mesmo el primero; mas es
vuelo suave, es vuelo deleitoso, vuelo sin ruido.
¡Qué señorío tiene un alma que el Señor llega aquí, que
lo mire todo sin estar enredada en ello! ¡Qué corrida está de
el tiempo que lo tuvo! ¡qué espantada de su ceguedad! ¡qué
lastimada de los que están en ella, en especial si es gente de
oración y a quien Dios ya regala! Querría dar voces para dar
a entender qué engañados están; y aun ansí lo hace algunas
veces, y Iluévenle en la cabeza mil persecuciones, Tiénenla por
poco humilde, y que quiere enseñar a de quien había de de-
prender, en especial si es mujer. Aquí es el condenar, y con
razón, porque no saben el ímpetu que la mueve, que a veces
no se puede valer, ni puede sufrir no desengañar a los que
quiere bien y desea ver sueltos de esta cárcel de esta vida, que
no es menos, ni le parece menos, en la que ella ha estado.
Fatígase de el tiempo en que miró puntos de honra y
en el engaño que traía de creer que era honra lo que el
mundo llama honra: ve que es grandísima mentira y que to-
dos andamos en ella. Entiende que la verdadera honra no es
mentirosa, sino verdadera, tiniendo en algo lo que es algo, y
lo que no es nada tenerlo en nonada, pues todo es nada, y me-
nos que nada, lo que se acaba y no contenta a Dios. Ríese de
sí, de el tiempo que tenía en algo los dineros y codicia de ellos,
aunque en esta nunca creo, y es ansí verdad, confesé culpa,
harta culpa era tenerlos en algo. Si con ellos se pudiera com-
prar el bien que ahora veo en mí, tuviéralos en mucho; mas ve
que este bien se gana con dejarlo todo.
¿Qué es esto que se compra con estos dineros que deseamos?
¿es cosa de precio? ¿es cosa durable? ¿u para qué los que-
remos? Negro descanso se procura, que tan caro cuesta. Muchas
veces se procura con ellos el infierno, y se compra fuego per-
1 Ps. LIV, 7.
CAPITULO XX 157
durable y pena sin fin. ¡Oh, si todos diesen en tenerlos por
tierra sin provecho, qué concertado andaría el mundo, qué sin
tráfagos! ¡Con qué amistad se tratarían todos, si faltase interese
de honra y de dineros! Tengo para mí se remediaría todo.
Ve de los deleites tan gran ceguedad, y cómo con ellos com-
pra trabajo, aun para esta vida y desasosiego. ¡Qué inquietud!
¡qué poco contento! ¡qué trabajar en vano! Aquí no sólo las
telarañas ve de su alma, y las faltas grandes, sino un polvito
que haya, por pequeño que sea, porque el sol está muy claro;
y ansí, por mucho que trabaje un alma en perficionarse, si de
veras la coge este Sol, toda se ve muy turbia. Es como el agua
que está en un vaso, que si no le da €l sol, está muy claro;
si da €n él, vese que está todo lleno de motas. Al pie de la letra
es esta comparación; ant€s de estar éi alma en este éxtasi, pa-
récete que tray cuidado de no ofender a Dios, y que conforme
a sus fuerzas hace lo que puede; mas llegada aquí, que le da
este Sol de Justicia, que la hace abrir los ojos, ve tantas motas,
que los querría tornar a cerrar. Porque aun no es tan hija de esta
águila caudalosa, que pueda mirar este Sol de en hito en hito;
mas por poco que los tenga abiertos, vese toda turbia. Acuérdase
de el verso que dice: ¿Quién será justo delante de Ti? (1).
Cuando mira este divino Sol, dislúmbrale la claridad; como
se mira a sí, el barro la atapa los ojos, ciega €stá esta palomita.
Ansí acaece muy muchas veces quedarse ansí ciega del todo,
absorta, espantada, desvanecida de tantas grandezas como ve.
Aquí se gana la verdadera humildad, para no se le dar nada
de decir bienes de sí, ni que lo digan otros. Reparte el Señor del
huerto la fruta y no ella; y ansí no se le pega nada a las ma-
nos, todo el bien que tiene va guiado a Dios; si algo dice de sí,
es para su gloria. Sabe que no tiene nada él allí, y aunque
quiera no puede inorarlo; porque lo ve por vista de ojos, que,
mal que le pese, se los hace cerrar a las cosas del mundo, y que
los tenga abiertos para entender verdades.
1 Ps. CXLII, 2.
CAPITULO XXI
PROSIGUE Y ACABA ESTE POSTRER GRADO DE ORACIÓN; DICE LO QUE
SIENTE EL ALMA QUE ESTA EN EL DE TORNAR A VIVIR EN EL
MUNDO, Y DE LA LUZ QUE LA DA EL SEÑOR DE LOS ENGAÑOS
DE EL. TIENE BUENA DOTRINA.
Pu€s acabando en lo qu€ iba, digo que no ha menester aquí
consentimiento de esta alma; ya se le tiene dado, y sabe que con
voluntad se entregó en sus manos, y que no k puede engañar,
porque es sabidor de todo. No es como acá, que está toda la vida
llena de engaños y dobleces; cuando pensáis tenéis una vo-
luntad ganada, sigún lo que os muestra, venís a entender que
todo es mentira. No hay ya quien viva en tanto tráfago, en es-
pecial si hay algún poco de interese. Bienaventurada alma, que
la tray el Señor a entender verdades, i Oh qué estado este para
los reyes! ¡Cómo les valdría mucho más procurarle, que no
gran señorío! ¡qué retitud habría en el reino! ¡qué de males se
excusarían y habrían excusado! Aquí no se teme perder vida ni
honra por amor de Dios. ¡Qué gran bien este para quien está más
obligado a mirar la honra del Señor que todos los que son
menos, pues han de ser los reys (1) a quien sigan! Por un punto
de aumento en la fe y de haber dado luz en algo a los herejes,
perdería mil reinos, y con razón. Otro ganar es un reino que
no se acaba, que con sola una gota que gusta un alma de esta
1 Por r^es.
160 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
agua de él, parece asco todo lo de acá. Pues cuando fuere estar
engolfada en todo, ¿qué será?
¡Oh Señor! Si me diérades estado para decir a voces esto,
no me creyeran, como hacen a muchos que lo saben decir de
otra suerte que yo; mas al menos satisficiérame yo. Paréccme
que tuviera en poco la vida por dar a entender una sola verdad
de estas; no sé después lo que hiciera, que no hay que fiar de
mi; con ser la que soy, me dan grandes ímpetus por decir esto
a los que mandan, que me deshacen. De que no puedo más,
tornóme a Vos, Señor mío, a pediros remedio para todo; y bien
sabéis Vos que muy de buena gana me desposeería yo de las
mercedes que me habéis hecho, con quedar en estado que no
os ofendiese y las daría a los reys; porque sé que sería imposi-
ble consentir cosas que ahora se consienten, ni dejar de haber
grandísimos bienes (1).
¡Oh Dios mío! Daldes (2) a entender a lo que están obliga-
dos; pues los quisistes Vos señalar en la tierra de manera, que
aun he oído decir hay señales en el cielo cuando lleváis a al-
guno (3). Que, cierto, cuando pienso esto me hace devoción, que
queráis Vos, Rey mío, que hasta en esto entiendan os han de
imitar en vida, pues en alguna manera hay señal en el cielo,
como cuando moristes Vos, en su muerte.
Mucho me atrevo. Rómpalo vuestra merced si mal le parece;
y crea se lo diría mijor en presencia, si pudiese, u pensase me
han de creer, porque los encomiendo a Dios mucho, y querría me
aprovechase. Todo lo hace aventurar la vida, que deseo muchas
veces estar sin ella, y era por poco precio aventurar a ganar
mucho; porque no hay ya quien viva, viendo por vista de ojos
el gran engaño en que andamos y la ceguedad que traemos.
1 Yendo a la fundación de Toledo en 1569 u pasando por la Corte, hizo llegar la Santa a
Felipe II, por medio de la Princesa doña Juana, algunos avisos que impresionaron vivamente al
Reg, quien mostró deseos de conocer personalmente a la célebre Fundadora. Probablemente nunca
se vieron; pero el Rey Prudente hizo siempre mucha estima de la Santa y la favoreció no poco
para llevar adelante su obra de reformación. (Véase la declaración hecha en Zaragoza por la
M. Isabel de Sto. Domingo en las Informaciones de la beatificación de Santa Teresa).
2 Por dadles.
3 Alude aquí Santa Teresa a cierta creencia popular, aun no desarraigada del todo en Es"
paña, de que al morir algún monarca o poderoso señor había señales en el cielo, como el
enrojecimiento del disco lunar, la caída o lluvia de estrellas, etc.
CAPITULO XXI 161
Llegada un alma aquí, no es sólo deseos los que tiene por
Dios; Su Majestad la da fuerzas para ponerlos por obra. No
se le pone cosa delante en que piense le sirve a que no se
abalance, y no hace nada, porque, como digo, ve claro que no
es todo nada, sino contentar a Dios. El trabajo es que no
hay qué se ofrezca a las que son de tan poco provecho como yo.
Sed Vos, Bien mío, servido venga algún tiempo en que yo pueda
pagar algún cornado (1) de lo mucho que os debo; ordenad Vos,
Señor, como fuer des servido, cómo esta vuestra sierva os sirva
en algo. Mujeres eran otras y han hecho cosas heroicas por
amor de Vos. Yo no soy para más de parlar, y ansí no queréis
Vos, Dios mío, ponerme en obras; todo se va en palabras y de-
seos cuanto he de servir; y aun para esto no tengo libertad,
porque por ventura faltara en todo.
Fortaleced Vos mi alma y disponedla primero. Bien de todos
los bienes y Jesús mío, y ordenad luego modos como haga algo
por Vos, que no hay ya quien sufra recibir tanto y no pagar nada.
Cueste lo que costare. Señor, no queráis que vaya delante de
Vos tan vacías las manos, pues conforme a las obras se ha de
dar el premio, ñquí está mi vida, aquí está mi honra y mi vo-
luntad; todo os lo he dado; vuestra soy; disponed de mí confor-
me a la vuestra. Bien veo yo, mi Señor, lo poco que puedo; mas
llegada a Vos, subida en esta atalaya adonde se ven verdades,
no os apartando de mí, todo lo podré; que si os apartáis, por
poco que sea, iré adonde estaba, que era a el infierno.
i Oh, qué es un alma que se ve aquí, haber de tornar a tratar
con ¡todos, a mirar y ver esta farsa de esta vida tan mal concertada,
a gastar el tiempo en cumplir con el cuerpo, durmiendo y comien-
do! Todo la cansa, no sabe cómo huir; vese encadenada y presa;
entonces siente más verdaderamente el cativerio que traemos con
los cuerpos y la miseria de la vida. Conoce la razón que tenía
San Pablo de suplicar a Dios le librase de ella (2) ; da voces con
él; pide a Dios libertad, como otras veces he dicho. Mas aquí
1 Moneda del reinado de Sancho IV de Castilla. Aunque no era corriente en tiempo de la
Santa, su nombre se había incorporado a la lengua vulgar. Valía alrededor de un cuarto.
2 Jld Rom., VII, 24.
162 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
€s con tan gran ímpetu muchas veces, que parece se quiere salir
el alma de el cuerpo a buscar esta libertad, ya que no la sacan.
Anda como vendida en tierra ajena, y lo que más la fatiga es
no hallar muchos que se quejen íX)n ella y pidan esto, sino
lo más ordinario es desear vivir. ¡Oh, si no estuviésemos asidos
a nada ni tuviésemos puesto nuestro contento en cosa de la tierra,
cómo la pena que nos daría vivir siempre sin El templaría el
miedo de la muerte con el deseo de gozar de la vida verdadera!
Considero algunas veces cuando una como yo, por haberme
el Señor dado esta luz con tan tibia caridad y tan incierto el
descanso verdadero, por no lo haber merecido mis obras, siento
tanto verme en este destierro muchas veces, ¿qué sería el senti-
miento de los sanios? ¿Qué debía de pasar San Pablo y la Mada-
lena y otros semejantes, en quien tan crecido estaba este fuego
de amor de Dios? Debía ser un continuo martirio. Paréceme que
quien me da algún alivio, y con quien descanso de tratar, son
las personas que hallo de estos deseos; digo deseos con obras.
Digo con obras, porque hay algunas personas que a su parecer
están desasidas, y ansí lo publican y había ello de ser, pues
su estado lo pide y los muchos años que ha que algunas han co-
menzado camino de perfeción; mas conoce bien esta alma desde
muy lejos los que lo son de palabras, o los que ya estas pala-
bras han confirmado con obras; porque tiene entendido el poco
provecho que hacen los unos y el mucho los otros; y es cosa
que, a quien tiene expiriencia, lo ve muy claramente.
Pues dicho ya estos efetos que hacen los arrobamientos
que son de espíritu de Dios. Verdad es que hay más u meaos;
digo menos, porque a los principios, aunque hace estos efetos,
no están expirimentados con obras, y no se puede ansí enten-
der que los tiene; y también va creciendo la perfeción y procu-
rando no hay memoria de telaraña, y esto requiere algún tiem-
po; y mientra más crece el amor y humildad en el alma, mayor
olor dan de sí estas flores de virtudes pa sí y para los otros.
Verdad es que de manera puede obrar el Señor en el alma en un
rabto de estos, que quede poco que trabajar a el alma en adquirir
perfeción; porque no podrá nadie creer, si no lo expirimenta,
CAPITULO XXI 163
lo qu€ el Señor la da aquí, que no hay diligencia nuestra que
a esto llegue, a mi parecer. No digo que con el favor de el Se-
ñor, ayudándose muchos años, por los términos que escriben los
que han escrito de oración, principios y medios, no llegarán a
la perfeción y desasimiento mucho con hartos trabajos; mas
no en tan breve tiempo, como sin ninguno nuestro obra el Señor
aquí, y determinadamente saca el alma de la tierra y le da se-
ñorío sobre lo que hay en ella, aunque en esta alma no haya
más merecimientos que había en la mía, que no lo puede más
encarecer, porque era casi ninguno.
El por qué lo hace Su Majestad, es porque quiere, y, como
quiere, hácelo; y aunque no haya en ella disposición, la dispone
para recibir el bien que Su Majestad le da. Ansí que no todas
veces los da porque se lo han merecido en granjear bien el
huerto, aunque es muy cierto a quien esto hace bien y procura
desasirse, no dejar de regalarle; sino que es su voluntad mos-
trar su grandeza algunas veces en la tierra que es más ruin, como
tengo dicho, y dispónela para todo bien, de manera que parece
no es ya parte en cierta manera para tornar a vivir en las ofen-
sas de Dios que solía. Tiene el pensamiento tan habituado a
entender lo que es verdadera verdad, que todo lo demás le pa-
rece juego de niños. Ríese entre sí algunas veces cuando ve a
personas graves de oración y relisión hacer mucho caso de unos
puntos de honra, que esta alma tiene ya debajo de los pies.
Dicen que es discreción y autoridad de su estado para más
aprovechar. Sabe ella muy bien que aprovecharía más en un día
que pospusiese aquella autoridad de estado por amor de Dios,
que con ella en diez años.
Ansí vive vida trabajosa y con siempre cruz, mas va en
gran crecimiento. Cuando parece a los que las tratan están
muy en la cumbre, desde a poco están muy más mijoradas, por-
que siempre las va favoreciendo más. Dios es alma suya; es el
que la tiene ya a cargo, y ansí le luce; porque parece asistente-
mente la está siempre guardando para que no le ofenda, y favo-
reciendo y despertando para que le sirva. En llegando mi alma
a que Dios la hiciese esta tan gran merced, cesaron mis males,
164 VIDñ DE SANTA TERESA DE JESÚS
g ¡me dio el Señor fortaleza para salir de ellos, y no me hacía
más estar en las ocasiones y con gente que me solía destraer,
que si no estuviera; antes me ayudaba lo que me solía dañar;
todo me era medios para conocer más a Dios y amarle, y ver
lo que le debía y pesarme de la que había sido.
Bien entendía yo no venía aquello de mí, ni lo había ga-
nado con mi diligencia, que aun no había habido tiempo para
ello. Su Majestad me había dado fortaleza para ello por su sola
bondad. Hasta ahora, desde que me comenzó el Señor a hacer
esta merced de estos arrobamientos, siempre ha ido creciendo
esta fortaleza, y por su bondad me ha tenido de su mano para
no tornar atrás; ni me parece, como es ansí, hago nada casi
de mi parte, sino que entiendo claro el Señor es el que obra.
Y por esto me parece que a almas que el Señor hace estas mer-
cedes, que yendo con humildad y temor, siempre entendiendo
el mesmo Señor lo hace, y nosotros casi nonada, que se podía
poner entre cualquiera gente. Aunque sea más destraída y vicio-
sa, no le hará al caso, ni moverá en nada; antes, como he dicho,
le ayudará, y serle ha modo para sacar muy mayor aprovecha-
miento. Son ya almas fuertes que escoge el Señor para aprovechar
a otras; aunque esta fortaleza no viene de sí. De poco en poco,
en llegando el Señor aquí un alma, le va comunicando muy
grande secretos.
Aquí son las verdaderas revelaciones en este éxtasi, y las
grandes mercedes y visiones, y todo aprovecha para humillar
y fortalecer el alma, y que tenga en menos las cosas de esta vida,
y conozca mas claro las grandezas de el premio que el Señor
tiene aparejado a los que le sirven. Plega a Su Majestad sea
alguna parte la grandísima largueza que con esta miserable pe-
cadora ha tenido para que se esfuercen y animen los que esto
leyeren a dejarlo todo del todo por Dios; pues tan cumpli-
damente paga Su Majestad, que aun en esta vida se ve claro el
premio y la ganancia que tienen los que le sirven: ¿qué será
en la otra?
CAPITULO XXII
EN QUE TRATA CUAN SIGURO CAMINO ES PARA LOS CONTEMPLATIVOS NO
LEVANTAR EL ESPÍRITU A COSAS ALTAS^ SI EL SEÑOR NO LE
LEVANTA, Y COMO HA DE SER EL MEDIO PARA LA MAS SUBIDA
CONTEMPLACIÓN LA HUMANIDAD DE CRISTO. DICE DE UN EN-
GAÑO EN QUE ELLA ESTUVO UN TIEMPO. ES MUY PROVECHOSO
ESTE CAPITULO.
Una cosa quiero decir, a mi parecer importante, si a vuestra
merced le pareciere bien; servirá de aviso, que podría ser ha-
berle menester ; porque en algunos libros que están escritos de
oración, tratan, que aunque el alma no puede por sí llegar a
este estado, porque es todo obra sobrenatural que el Señor obra
en ella, que podrá ayudarse levantando el espíritu de todo lo
criado, y subiéndole con humildad, después de muchos años que
haya ido por la vida purgativa y aprovechando por la ilumina-
tiva. No sé yo bien por qué dicen iluminativa; entiendo que de
los que van aprovechando. Y avisan mucho que aparten de sí toda
imaginación corpórea, y que se lleguen a contemplar en la Di-
vinidad; porque dicen que, aunque sea la Humanidad de Cristo,
a los que llegan ya tan adelante, que embaraza u impide a la
más perfeta contemplación. Train lo que dijo el Señor a los
Apóstoles cuando la venida del Espíritu Santo (1), digo cuando
subió a los cielos, para este propósito. Paréceme a mí que si tu-
1 Joan., XVI, 7.
loo VTDñ DE SñNTñ TERESñ DE JESÚS
vieran la fe como la tuvieron después que vino el Espíritu Santo,
d€ que era Dios g hombre, no les impidiera; pues no se dijo
esto a la Madre de Dios, aunque le amaba más que todos (1).
Porque les parece, que como esta obra toda es espíritu, que
cualquiera cosa corpórea la puede estorbar u impidir; y que
considerarse en cuadrada manera g que está Dios de todas par-
tes, ü verse engolfado en El, es lo que han de procurar. Esto
bien me parece a mí algunas veces; mas apartarse del todo de
Cristo, ü que entre en cuenta este divino Cuerpo con nuestras
miserias ni con todo lo criado, no lo puedo sufrir. Plega a Su
Majestad que me sepa dar a entender (2).
Yo no lo contradigo, porque son letrados y espirituales,
y saben lo que dicen, y por muchos caminos y vías lleva Dios
las almas, como ha llevado la mía, quiero yo ahora decir, en
lo demás no me entremeto, y en el peligro en que me vi, por
querer conformarme con lo que leía. Bien creo que quien llegare
a tener unión y no pasare adelante, digo a arrobamientos y
visiones y otras mercedes que hace Dios a las almas, que
terna lo dicho por lo mijor, como yo lo hacía; y si me hubiera
estado en ello, creo nunca hubiera llegado a lo que ahora, por-
que, a mi parecer, es engaño; ya puede ser sea la engañada,
mas diré lo que me acaeció.
1 Este período, desde las palabras «Paréceme a mí», lo trae la Santa en nota marginal.
2 Encomia en este capítulo las excelencias de la Humanidad de Cristo como argumento
continuo de meditación contra el parecer, muy válido en su tiempo, de que en ciertos grados de
contemplación mística debía prescindir el alma de todo objeto corpóreo, incluso del inefable
misterio de la Encarnación. Es uno de los más hermosos e interesantes capítulos que escribió
Santa Teresa. Todos los místicos posteriores han prestado asentimiento completo a la doctrina
transcendental que con tanta seguridad, claridad u método expone aquí la iluminada Doctora.
El P. José de Jesús María escribió un tratadito comentando este capítulo de la Santa. Hablando
de él el P. Manuel de Sta. María, da los siguientes pormenores: «En un libro en cuarto de la
librería de dicho convento de Duruelo, agregado de diferentes pastorales impresas, como son la
de N. P. General Fray Antonio de la Asunción y dos de nuestro venerable P. Alonso de Jesús
María, encuadernadas juntas debajo de un forro de pergamino con su título en la parte de
afuera de Cartas pastorales, encuentro, a su final, un manuscrito cuyo título es: Declaración del
capítulo veinte y dos de él libro que nuestra gloriosa Madre Sta. Teresa de Jesús escribió de
su vida por obediencia; y concordancia de su doctrina con la de los santos muy ilustrados en
la sabiduría mística y escolástica, acerca de cómo se han de ejercitar dentro de la contempla"
ción las memorias de la vida y pasión de Cristo Nuestro Señor sin impedir los efectos sobre"
naturales de ella. Tiene treinta y dos fojas, y aunque al principio, ni tampoco a su final, se
pone nombre de autor, porque no está firmado dicho papel, pero expresa ser obra de N. P. José
de Jesús María la aprobación original con que finaliza, del doctor Martín Ramírez, catedrático
de Prima de Teología de Toledo, fecha en esta ciudad a veinte de Agosto de mil seiscientos
veintidós». (Cfr. Espicilegio historial. Ms. 8.713 de la B. N). Hay copia de esta obra en los ma-
nuscritos 8.273 y 11.330 de laJB. Nacional. Los Carmelitas Descalzos de Toledo poseen otro.
CAPITULO XXII 1 67
Como yo no tenía maestro y leía en estos libros, por donde
poco a poco yo pensaba entender algo, y después entendí, que
si el Señor no me mostrara yo pudiera poco con los libros
deprender, porque no era nada lo que entendía hasta que Su
Majestad por expiriencia me lo daba a entender, ni sabía lo que
hacía, en comenzando a tener algo de oración sobrenatural,
digo de quietud, procuraba desviar toda cosa corpórea, aunque
ir levantando el alma yo no osaba, que, como era siempre tan
ruin, vía que era atrevimiento; mas parecíame sentir la presen-
cia de Dios, como es ansí, y procuraba estarme recogida con
El; y es oración sabrosa, si Dios allí ayuda, y el deleite mucho;
y como se ve aquella ganancia y aquel gusto, ya no había quien
me hiciese tornar a la Humanidad, sino que, en hecho de verdad,
me parecía me era impedimento. ¡Oh Señor de mi alma y Bien
mío Jesucristo crucificado! No me acuerdo vez de esta opinión
que tuve que no me da pena; y me parece que hice una gran
traición, aunque con inorancia.
Había sido yo tan devota toda mi vida de Cristo, porque
esto era ya a la postre, digo a la postre, de antes que el Señor
me hiciese estas mercedes de arrobamientos y visiones (1). Duró
muy poco estar en esta opinión, y ansí siempre tornaba a mi
costumbre de holgarme con este Señor; en especial cuando co-
mulgaba, quisiera yo siempre traer delante de los ojos su retra-
to y imagen, ya que no podía traerle tan esculpido en mi alma
como yo quisiera. ¿Es posible. Señor mío, que cupo en mi pen-
samiento, ni un hora, que Vos me habíades de impidir para mayor
bien? ¿De dónde me vinieron a mí todos los bienes sino de
Vos? No quiero pensar que en esto tuve culpa, porque me lasti-
mo mucho, que cierto era inorancia; y ansí quesistes Vos, por
vuestra bondad, remediarla con darme quien me sacase de este
yerro, y después con que os viese yo tantas veces, como adelan-
te diré, para que más claro entendiese cuan grande era, y que
lo dijese a muchas personas, que lo he dicho, y para que lo
pusiese ahora aquí.
1 «DiQo a la postre» e-tc, viene al margen de letia de la Santa.
168 VIDñ DE SANTH TERESA DE JESÚS
Tengo para mí, que la causa de no aprovechar más muchas
almas y llegar a muy gran libertad de espíritu, cuando llegan
a tener oración de unión, es por esto. Paréceme que hay dos
razones en que puedo fundar mi razón, y quizá no diga nada,
mas lo que dijere, helo visto por expiriencia, que se hallaba
muy mal mi alma hasta que el Señor la dio luz; porque todos
sus gozos eran a sorbos, y salida de allí no se hallaba con la
compañía que después para los trabajos y tentaciones. La una
€s, que va un poco de poca humildad tan solapada y ascondida,
que no se siente. ¿Y quién será el soberbio y miserable, como
yo, que cuando hubiere trabajado toda su vida con cuantas pe-
nitencias y oraciones y persecuciones se pudieren imaginar, no
se halle por muy rico y muy bien pagado, cuando le consienta
el Señor estar a el pie de la Cruz con San Juan? No sé en
qué seso cabe no se contentar con esto, sino en el mío, que de
todas maneras fué perdido en lo que había de ganar.
Pues si todas veces la condición u enfermedad, por ser
penoso pensar en la Pasión, no se sufre, ¿quién nos quita estar
con El después de resucitado, pues tan cerca le tenemos en el
Sacramento, adonde ya está glorificado, y no le miraremos tan
fatigado y hecho pedazos, corriendo sangre, cansado por los
caminos, perseguido de los que hacía tanto bien, no creído de
los Apóstoles? Porque, cierto, no todas veces hay quien sufra
pensar en tantos trabajos como pasó. Hele aquí sin pena, lleno
de gloria, esforzando a los unos, animando a los otros, antes
que subiese a los cielos. Compañero nuestro en el Santísimo
Sacramento, que no parece fué en su mano apartarse un memento
de nosotros. ¡Y que haya sido en la mía apartarme yo de Vos,
Señor mío, por más serviros! Que ya cuando os ofendía no os
conocía; ¡mas que, conociéndoos, pensase ganar más por este
camino! ¡Oh qué mal camino llevaba, Señor! Ya me parece iba
sin camino, si Vos no me tornárades a él, que en veros cabe
mí, he visto todos los bienes. No me ha venido trabajo que
(mirándoos a Vos cual estuvistes delante de los jueces, no se
me haga bueno de sufrir. Con tan buen amigo presente, con
tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer,
CAPITULO XXII 1 69
todo se puede sufrir. Es ayuda y da esfuerzo; nunca falta;
es amigo verdadero.
Y veo yo claro, y he visto después, que para contentar a
Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos
de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se de-
leita. Muy, muy muchas veces lo he visto por expiriencia: hémelo
dicho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de
entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes
secretos. Ansí que vuestra merced, señor (1), no quiera otro ca-
mino, aunque esté en la cumbre de contemplación; por aquí va
siguro. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los
bienes; El lo enseñará; mirando su vida, es el mijor dechado.
¿Qué más queremos de un tan buen amigo a el lado, que no nos
dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los de el
mundo? Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le
trajere cabe sí. Miremos a el glorioso San Pablo, que no parece
se le caía de la boca siempre Jesús, como quien le tenía bien
en el corazón. Yo he mirado con cuidado, después que esto
he entendido, de algunos santos, grandes contemplativos, y no
iban por otro camino. San Francisco da muestra de ello en las
llagas; San Antonio de Padua el Niño; San Bernardo se delei-
taba en la Humanidad; Santa Catalina de Sena, otros muchos,
que vuestra merced sabrá mijor que yo.
Esto de apartarse de lo corpóreo, bueno debe ser, cierto,
pues gente tan espiritual lo dice; mas, a mi parecer, ha de ser
estando el alma muy aprovechada; porque hasta esto, está claro,
se ha de buscar el Criador por las criaturas. Todo es como la
merced el Señor hace a cada alma: en eso no me entremeto. Lo
que querría dar a entender es, que no ha de entrar en esta cuen-
ta la sacratísima Humanidad de Cristo. Y entiéndase bien este
punto, que querría saberme declarar.
Cuando Dios quiere suspender todas las potencias, como
en los modos de oración que quedan dichos hemos visto, claro
1 Así llama al P. García de Toledo. Tal vez empleó esta palabra en atención a su noble"
za, pues sabido es que el P. García de Toledo era hijo de los Condes de Oropesa. Escribiendo
la Santa a D. Alvaro de Mendoza, emplea el mismo tratamiento al hablar de este exce-
lente Dominico.
12 *
170 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
está, qu€ aunque no queramos, se quita esta presencia. Entonces
vaya en hora buena; dichosa tal pérdida que es para gozar
más de lo que nos parece se pierde; porque entonces se emplea
el alma toda en amar a quien el entendimiento ha trabajado co-
nocer, y ama lo que no comprehendió, y goza de lo que no pudie-
ra tan bien gozar, si no fuera perdiéndose a sí para, como digo,
más ganarse. Mas que nosotros de maña y con cuidado nos acos-
tumbremos a 'no procurar con todas nuestras fuerzas traer delante
siempre, y pluguiese a el Señor fuese siempre, esta sacratísima
Humanidad, esto digo que no me parece bien y que es andar
el alma en el aire, como dicen; porque parece no tray arrimo,
por mucho que le parece anda llena de Dios. Es gran cosa mien-
tra vivimos y somos humanos traerle humano, que este es el
otro inconveniente que digo hay. El primero, ya comencé a decir,
es un poco de falta de humildad, de quererse levantar el alma
hasta que el Señor la levante, y no contentarse con meditar
cosa tan preciosa, y querer ser María antes que haya trabajado
con Marta. Cuando el Señor quiere que lo sea, aunque sea desde
el primer día, no hay que temer; mas comidámonos nosotros,
como ya creo otra vez he dicho. Esta motila de poca humildad,
aunque no parece es nada, para querer aprovechar en la con-
templación hace mucho daño.
Tornando a el sigundo punto, nosotros no somos ángeles,
sino tenemos cuerpo. Querernos hacer ángeles estando en la
tierra, y tan en la tierra como yo estaba, es desatino; sino que
ha menester tener arrimo el pensamiento para lo ordinario, ya
que algunas veces el alma salga de sí, u ande muchas tan llena
de Dios, que no haya menester cosa criada para recogerla. Esto
no es tan ordinario, que en negocios y persecuciones y trabajos,
cuando no se puede tener tanta quietud, y en tiempo de seque-
dades, es muy buen amigo Cristo, porque le miramos Hombre, y
vémosle con flaquezas y trabajos, y es compañía, y habiendo
costumbre, es muy fácil hallarle cabe sí, aunque veces vernán
que lo uno ni lo otro se pueda. Para esto es bien lo que ya he
dicho, no nos mostrar a procurar consolaciones de espíritu, venga
lo que viniere, abrazado con la cruz, es gran cosa. Desierto que-
CAPITULO XXII 171
dó este Señor de toda consolación; solo le dejaron en los tra-
bajos. No le dejemos nosotros, que, para más subir, El nos dará
mijor la mano que nuestra diligencia, y se ausentará cuando
viere que conviene y que quiere el Señor sacar el alma de sí, como
he dicho.
Mucho contenta a Dios ver un alma que con humildad pone
por tercero a su Hijo, y le ama tanto, que aun quiriendo Su
Majestad subirle a muy gran contemplación, como tengo dicho,
se conoce por indino, diciendo con San Pedro: Apartaos de mi,
Señor, que soy hombre pecador (1). Esto he probado; de este
arte ha llevado Dios mi alma. Otros irán, como he dicho, por
otro atajo; lo que yo he entendido es, que todo este cimiento
de la oración va fundado en humildad, y que, mientra más se
abaja un alma en oración, más la sube Dios. No me acuerdo ha-
berme hecho merced muy señalada, de las que adelante diré,
que no sea estando deshecha de verme tan ruin; y aun procu-
raba Su Majestad darme a entender cosas para ayudarme a cono-
cerme, que yo no las supiera imaginar. Tengo para mí, que cuan-
do el alma hace de su parte algo para ayudarse en esta oración
de unión, que aunque luego luego parece la aprovecha, que, como
cosa no fundada, se tornará muy presto: a caer; y he miedo que
nunca llegará a la verdadera pobreza.de espíritu, que es no bus-
car consuelo ni gusto en la oración, que los de la tierra ya están
dejados, sino consolación en los trabajos por amor de El que
siempre vivió en ellos, y estar en ellos, y en las sequedades
quieta, aunque algo se sienta; no para dar inquietud y la pena
que a algunas personas, que si no están siempre trabajando
con el entendimiento y con tener devoción, piensan que va todo
perdido, como si por su trabajo se mereciese tanto bien. No digo
que no se procure y estén con cuidado delante de Dios; mas
que si no pudieren tener aún un buen pensamiento, como otra
vez he dicho, que no se maten. Siervos sin provecho somos, ¿qué
pensamos poder?
Mas quiere el Señor que conozcamos esto, y andemos hechos
1 Luc, V, 8.
172 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
asnillos para traer la noria de el agua que queda dicha, que,
aunque cerrados los ojos g no entendiendo lo que hacen, sacarán
más que el hortolano con toda su diligencia. Con libertad se ha
de andar en este camino, puestos en las manos de Dios; si Su
Majestad nos quisiere subir a ser de los de su cámara y secreto,
ir de buena gana; si no, servir en oficios bajos, g no sentarnos
en el mijor lugar, como he dicho alguna vez. Dios tiene cuidado
más que nosotros, g sabe para lo que es cada uno. ¿De qué sirve
gobernarse a sí quien tiene ga dada toda su voluntad a Dios?
ñ mi parecer muy menos se sufre aquí que en el primer grado
de la oración g mucho más daña: son bienes sobrenaturales (1).
Si uno tiene mala voz, por mucho que se esfuerce a cantar, no
se le hace buena; si Dios quiere dársela, no ha El menester an-
tes dar voces. Pues supliquemos siempre nos haga mercedes, ren-
dida el alma, aunque confiada de la grandeza de Dios. Pues
para que esté a los pies de Cristo la dan licencia, que procure
no quitarse de allí; esté como quiera; imite a la Madalena, que
de que esté fuerte. Dios la llevará a el desierto.
Ansí que vuestra merced, hasta que halle quien tenga más
expiriencia que go g lo sepa mijor, estése en esto. Si son perso-
nas que comienzan a gustar de Dios, no las crea, que les parece
les aprovecha, g gustan más agudándose. ¡Oh, cuando Dios
quiere, cómo viene a el descubierto sin estas aguditas, que, aun-
que más hagamos, arrebata el espíritu, como un gigante tomaría
una paja, g no basta resistencia! ¡Qué manera para creer, que
cuando El quiere, espera a que vuele el sapo por sí mesmo!
Y aun más dificultoso g pesado me parece levantarse nuestro es-
píritu, si Dios no le levanta; porque está cargado de tierra g
de mil empedimentos, g aprovéchale poco querer volar, que,
aunque es más su natural que de el sapo, está ga tan metido en
el cieno, que lo perdió por su culpa.
Pues quiero concluir con esto, que siempre que se piense
de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mer-
cedes, g cuan grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda
1 El original: son bienes sobrenatural.
CAPITULO XXII 1 73
d€l que nos tiene: que amor saca amor. Y aunque sea muy a
los principios y nosotros muy ruines, procuremos ir mirando esto
siempre y despertándonos para amar, porque si una vez nos
hace el Señor merced que se nos imprima en el corazón este
amor, sernos ha todo fácil y obraremos muy en breve y muy
sin trabajo. Dénosle Su Majestad, pues sabe lo mucho que nos
conviene, por el que El nos tuvo, y por su glorioso Hijo, a
quien tan a su costa nos le mostró. Amén.
Una cosa querría preguntar a vuestra merced: cómo en co-
menzando el Señor a hacer mercedes a un alma tan subidas,
como es ponerla en perfeta contemplación, que de razón había de
quedar perfeta del todo luego (de razón, sí por cierto; porque
quien tan gran merced recibe, no había más de querer consuelos
de la tierra), pues ¿por qué en arrobamiento, y en cuando está
ya el alma más habituada a recibir mercedes, parece que tray
consigo los efetos tan más subidos, y mientra más, más desasi-
da, pues en un punto que el Señor llega la puede dejar santi-
ficada? ¿Cómo después, andando el tiempo, la deja el mesmo
Señor con perfeción en las virtudes? Esto quiero yo saber,
que no lo sé; mas bien sé es diferente lo que Dios deja de for-
taleza, cuando a el principio no dura más que cerrar y abrir los
ojos, y casi no se siente sino en los efetos que deja, u cuando
va más a la larga esta merced. Y muchas veces paréceme a mí,
si es el no se disponer del todo luego el alma, hasta que el
Señor poco a poco la cría, y la hace determinar, y da fuerzas
de varón, para que dé del todo con todo en el suelo, como lo
hizo con la Madalena, con brevedad; hácelo en otras personas,
conforme a lo que ellas hacen en dejar a Su Majestad hacer.
No acabamos de creer, que aun en esta vida da Dios ciento
por uno.
También pensaba yo esta comparación: que puesto que sea
todo uno lo que se da a los que más adelante van, que en el
principio es como un manjar que comen del muchas personas,
y las que comen poquito, quédales sólo buen sabor por un rato;
las que más, ayuda a sustentar; las que comen mucho, da vida
y fuerza; y tantas veces se puede comer y tan cumplido de este
174 VIDR DE SñNTñ TERESA DE JESÚS
manjar de vida, que ya no coman cosa que les sepa bien, sino
él. Porque ve el provecho que le hace; y tiene ya tan hecho el
gusto a esta suavidad, que querría más no vivir que haber de
comer otras cosas, que no sean sino para quitar el buen sabor
que el buen manjar dejó. También una compañía santa no hace
su conversación tanto provecho de un día como de muchos; y
tantos pueden ser los que estemos con ella, que seamos como
ella, si nos favorece Dios. Y en fin, todo está en lo que Su Ma-
jestad quiere y a quien quiere darlo; mas mucho va en deter-
minarse a quien ya comienza a recibir esta merced, en desasirse
de todo y tenerla en lo que €s razón.
También me parece que anda Su Majestad a probar quién
le quiere, si no uno, si no otro, descubriendo quién es con deleite
tan soberano, por avivar la fe, si está muerta, de lo que nos
ha de dar, diciendo: Mira, que esto es una gota de el mar gran-
dísimo de bienes, por no dejar nada por hacer con los que ama;
y como ve que le reciben, ansí da y se da. Quiere a quien le
quiere; y ¡qué bien querido, y qué buen amigo! ¡Oh Señor
de mi alma, y quién tuviera palabras para dar a entender qué
dais a [los que se fían de Vos, y qué pierden los que llegan a
este estado y se quedan consigo mesmos! No queréis Vos esto.
Señor; pues más que esto hacéis Vos, que os venís a una posa-
da tan ruin como la mía. Bendito seáis por siempre jamás.
Torno a suplicar a vuestra merced, que estas cosas que he
escrito de oración, si las tratare con personas espirituales, lo
sean; porque si no saben más de un camino, u se han quedado
en el medio, no podrán así atinar; y hay algunas que desde
luego las lleva Dios por muy subido camino, y paréceles que ansí
podrán los otros aprovechar allí, y quietar el entendimiento, y
no se aprovechar de medios de cosas corpóreas, y quedarse
han secos como un palo. Y algunos que hayan tenido un poco
de quietud, luego piensan que como tienen lo uno, pueden hacer
lo otro; y en lugar de aprovechar, desaprovecharán, como he
dicho; ansí que en todo es menester expiriencia y discreción.
El Señor nos la dé por su bondad.
CAPITULO XXIII
EN QUE TORNA A TRATAR DEL DISCURSO DE SU VIDA, Y COMO COMEN-
ZÓ A TRATAR DE MAS PERFECION Y POR QUE MEDIOS. ES PRO-
VECHOSO PARA LAS PERSONAS QUE TRATAN DE GOBERNAR ALMAS
QUE TIENEN ORACIÓN SABER COMO SE HAN DE HABER EN LOS
PRINCIPIOS, Y EL PROVECHO QUE LE HIZO SABERLA LLEVAR.
Quiero ahora tornar adonde dejé de mi vida (1), que me
he detenido creo más de lo que me había de detener, porque
se entienda mijor lo que está por venir. Es otro libro nuevo de
quí adelante, digo otra vida nueva; la de hasta aquí era mía,
la que he vivido desde que comencé a declarar estas cosas de
oración, es que vivía Dios en mí, a lo que me parecía; porque
entiendo yo era imposible salir en tan poco tiempo de tan malas
costumbres y obras. Sea el Señor alabado, que me libró de mí.
Pues comenzando a quitar ocasiones y a darme más a la
oración, comenzó el Señor a hacerme las mercedes, como quien
deseaba, a lo que pareció, que yo las quisiese recibir. Comen-
zó Su Majestad a darme muy ordinario oración de quietud,
y muchas veces de unión, que duraba mucho rato. Yo, como en
estos tiempos habían acaecido grandes ilusiones en mujeres y
engaños que las había hecho el demonio (2), comencé a temer,
1 Capítulo IX.
2 Recuérdese la historia de la famosa Sor Magdalena de la Cruz en Córdoba, y otras
célebres ilusas jj revelanderas que la Inquisición hubo de castigar. En el tomo de Relaciones
históricas de los siglos XVI y XVII se publicó la historia de este caso escrita por una monja
176 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
como era tan grande el deleite y suavidad que sentía, y muchas
veces sin poderlo excusar; puesto que vía en mí por otra parte
una grandísima siguridad que era Dios, en especial cuando estaba
en la oración, y vía que quedaba de allí muy mijorada y con
más fortaleza. Mas en destrayéndome un poco, tornaba a temer
y a pensar si quería €Í demonio, haciéndome entender que era
bueno, suspender el entendimiento para quitarme la oración men-
tal, y que no pudiese pensar en la Pasión, ni aprovecharme del
entendimiento, que me parecía a mí mayor pérdida, como no
lo entendía.
Mas como Su Majestad quería ya darme luz para que no le
ofendiese ya y conociese lo mucho que le debía, creció de
suerte este miedo, que me hizo buscar con diligencia personas
espirituales con quien tratar, que ya tenía noticia de algunos,
porque habían venido aquí los de la Compañía de Jesús, a
quien yo, sin conocer a ninguno, era muy aficionada de solo
saber el modo que llevaban de vida y oración; mas no me ha-
llaba dina de hablarlos, ni fuerte para obedecerlos, que esto me
hacía más temer; porque tratar con ellos y ser la que era, ha-
cíaseme cosa recia (1).
En esto anduve algún tiempo, hasta que ya con mucha ba-
tería que pasé en mí y temores, rae determiné a tratar con una
persona espiritual para preguntarle qué era la oración que yo
tenía, y que me diese luz si iba errada, y hacer todo lo que pu-
diese por no ofender a Dios; porque la falta, como he dicho,
que vía en mí de fortaleza, me hacía estar tan tímida. ¡Qué
del mismo monasterio en 15't4. Hechos semejantes eran en aquella época harto frecuentes en
Europa, como se deduce de la Historia Eclesiástica. Según el P. Ribera (Vida de Sía. Teresa,
1. I, c. X), el caso de Córdoba «puso espanto a toda España».
1 Fundaron los Padres de la Compañía en Avila en 1554 el Colegio de San Gil, de donde
salieron varios confesores de la Santa que hicieron mucho bien a su alma. Gozaban fama de
buenos directores de espíritu. Hablando de ellos dice Julián de Avila: «Ha dado Dios a estos
Padres un don particular, y es como tratando a uno como si tratasen a todos, ü tratando a
todos como si tratasen a uno; ij esto lo causa la unidad de la verdad u en conformarse todos
en la verdadera doctrina de Jesucristo» (Vida de Santa Teresa, p. I, c. X). El P. Luis Muñoz
decía al P. General en carta de 30 de Julio de 1573. «Este colegio está en muy buen punto
cuanto a lo espiritual ü temporal, porque, por la misericordia del Señor, en él hay mucha paz
a siempre la ha habido; y se ha procedido con suavidad y aprovechamiento de todos, dando mu-
cho ejemplo y muestra cada uno de su virtud, y la ciudad está bien afecta, porque nos tienen
amor, y muéstranlo en las obras, y cuasi todo lo principal de ella acude a nuestra casa por
el remedio de sus almas y de todas sus cosas» (Vid. Historia de la Compañía de Jesús, por
el P. Antonio Astráin, t. III, p. 202).
CAPITULO xxm 177
engaño tan grande, vélame Dios, que para querer ser buena me
apartaba de el bien! En esto debe poner mucho el demonio en
el principio de la virtud, porque yo no podía acabarlo conmigo.
Sabe él que está todo el medio de un alma en tratar con amigos
de Dios, g ansí no había término para que go a esto me deter-
minase. Aguardaba a enmendarme primero, como cuando dejé
la oración, g por ventura nunca lo hiciera, porque estaba ga tan
caída en cosillas de mala costumbre, que no acababa de entender
eran malas, que era menester aguda de otros, g darme la mano
para levantarme. Bendito sea el Señor que, en fin, la suga fué
la primera.
Como go vi iba tan adelante mi temor, porque crecía la
oración, parecióme que en esto había algún gran bien u gran-
dísimo mal; porque bien entendía ga era cosa sobrenatural lo
que tenía, porque algunas veces no lo podía resistir; tenerlo
cuando go quería era excusado. Pensé en mí que no tenía reme-
dio si no procuraba tener limpia conciencia g apartarme de
toda ocasión, aunque fuese de pecados veniales, porque, siendo
espíritu de Dios, clara estaba la ganancia; si era demonio,
procurando go tener contento a el Señor g no ofenderle, poco
daño me podía hacer, antes él quedaría con pérdida. Determina-
da en esto, g suplicando siempre a Dios me agudase, procurando
lo dicho algunos días, vi que no tenía fuerza mi alma para salir
con tanta perfeción a solas, por algunas afeciones que tenía a
cosas que, aunque de sugo no eran mug malas, bastaban para
estragarlo todo.
Dijéronme de un clérigo letrado que había en este lugar (1),
que comenzaba el Señor a dar a entender a la gente su bondad
g buena vida, go procuré por medio de un caballero santo, que
hag en este lugar (2). Es casado, mas de vida tan enjemplar g
1 El Maestro Gaspar Daza, docto y piadoso sacerdote, muu devoto de la Santa, de la
que fué confesor por algún tiempo u ayudó mucho en la fundación del Monasterio de San
José. Murió en 1592. Sus restos, con los de su madre y hermana, reposan en la capilla de
San Lorenzo, que es una de las que tiene la iglesia de las Descalzas.
2 Francisco de Salcedo, ejemplar caballero abulense, grande amigo de Santa Teresa y fa-
vorecedor de su Reforma, estuvo casado con D.a Mencía del Águila, prima de D.a Catalina del
Águila, mujer de D. Pedro de Cepeda, tío de la Santa. Muerta D.a Mencía, se hizo sacerdote.
Menciónale la Santa muchas veces en sus escritos como hombre muy dado a la oración. Murió
178 VIDA DE SANTA TERESA DE JESüS
virtuosa, y de tanta oración y caridad, que en todo él resplan-
dece su bondad y perfeción. Y con mucha razón, porque grande
bien han venido a muchas almas por su medio, por tener tantos
talentos, que aun con no le ayudar su estado, no puede dejar con
ellos de obrar. Mucho entendimiento, y muy apacible para todos,
su conversación no pesada, tan suave y agraciada, junto con
ser reta y santa, que da contento grande a los que trata. Todo
lo ordena para gran bien de las almas que conversa, y no pa-
rece tray otro estudio, sino hacer por todos los que él ve se
sufre, y contentar a todos.
Pues este bendito y santo hombre, con su industria, me
parece fué principio para que mi alma se salvase. Su humildad
a mi espántame, que con haber, a lo que creo, poco menos de
cuarenta años que tiene oración, no se si son |dos u tres menos,
y lleva toda la vida de perfeción, que, a lo que parece, sufre
su estado; porque tiene una mujer tan gran sierva de Dios y de
tanta caridad, que por ella no se pierde. En fin, como mujer de
quien Dios sabía había de ser tan gran siervo suyo, la escogió.
Estaban deudos suyos casados con parientes míos (1) y
también con otro harto siervo de Dios, que estaba casado con
una prima mía, tenía mucha comunicación. Por esta vía procuré
viniese a hablarme este clérigo, que digo, tan siervo de Dios,
que era muy su amigo (2), con quien pensé confesarme y tener
por maestro. Pues trayéndole para que me hablase, y yo con
grandísima confusión de verme presente de hombre tan santo,
dile parte de mi alma y oración, que confesarme no quiso; dijo
que era muy ocupado, y era ansí. Comenzó con determinación
santa a llevarme como a fuerte, que de razón había de estar
sigún la oración vio que tenía, para que en ninguna manera ofen-
diese a Dios. Yo, como vi su determinación tan de presto en
en 1580 u fué enterrado en la iglesia primitiva de San José, en la capilla de San Pablo, que él
mismo había fundado. Como prueba de la mucha devoción de este caballero, dice Fr. Jerónimo
de San José que, siendo seglar ü casado, oyó por espacio de veinte años teología en el Cole-
gio de Santo Tomás, de Padres Dominicos de Avila. En una nota al capítulo IX de la primera
parte de la Vida de Santa Teresa por Ribera, dice Gracián del caballero santo: «Conocíle jj
traté con él muchas cosas destas de la Madre Teresa».
1 Provenía este parentesco por parte de D.a Mentía del Águila, como queda dicho en
la nota anterior.
2 El Maestro Daza.
CAPITULO xxrii 179
cosillas que, como digo, yo no tenía fortaleza para salir luego
con tanta perfeción, afligíme, y como vi que tomaba las cosas
de mi alma como cosa que en una vez había de acabar con ella,
ijo vía que había menester mucho más cuidado.
En fin, entendí no eran por los medios que él me daba por
donde yo me había de remediar; porque eran para alma más
perfeta; y yo, aunque en las mercedes de Dios estaba adelante,
estaba muy en los principios en las virtudes y mortificación. Y
cierto, si no hubiera de tratar más de con él, yo creo nunca
medrara mi alma; porque de la af lición que me daba de ver cómo
yo no hacía, ni me parece podía, lo que él me decía, bastaba
para perder la esperanza y dejarlo todo. Algunas veces me ma-
ravillo, que siendo persona que tiene gracia particular en co-
menzar allegar almas a Dios, cómo no fué servido entendiese la
mía, ni se quisiese encargar de ella, y veo fué todo para mayor
bien mío, porque yo conociese y tratase gente tan santa como la
de la Compañía de Jesús.
De esta vez quedé concertada con este caballero santo (1),
para que alguna vez me viniese a ver. ñquí se vio su gran
humildad, querer tratar con persona tan ruin como yo. Comenzó-
me a visitar y a animarme, y decirme que no pensase que en un
día me había de apartar de todo, que poco a poco lo haría Dios;
que en cosas bien livianas había él estado algunos años, que no
las había podido acabar consigo. ¡Oh humildad, qué grandes
bienes haces adonde estás, y a los que se llegan a quien la
tiene! Decíame este santo, que a mi parecer con razón le puedo
poner este nombre, flaquezas, que a él le parecían que lo eran
con su humildad, para mi remedio; y mirado conforme a su
estado, no era falta ni imperfeción, y conforme a el mío, era
grandísima tenerlas. Yo no digo esto sin propósito, porque pa-
rece me alargo en menudencias, y importan tanto para comenzar
a aprovechar un alma y sacarla a volar, que aun no tiene plu-
mas, como dicen, que no lo creerá nadie, sino quien ha pasado
por ello. Y porque espero yo en Dios vuestra merced ha de
1 Así acostumbra llamar la Santa a Francisco de Salcedo.
180 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
aprovechar muchas, lo digo aquí, qu€ fué toda mi salud saberme
curar, y tener humildad y caridad para estar conmigo, y sufri-
miento de ver que no en todo me enmendaba. Iba con discreción
poco a poco dando maneras para vencer el demonio. Yo le co-
mencé a tener tan grande amor, que no había para mí mayor
descanso que el día que le vía, aunque era pocos. Cuando tar-
daba, luego me fatigaba mucho, pareciéndome que por ser tan
ruin no me vía.
Como él fué entendiendo mis imperf^ciones tan grandes,
y aun serían pecados, aunque después que le traté más enmen-
dada estaba, y como le dije las mercedes que Dios me hacía
para que me diese luz, di jome que no venía lo uno con lo otro,
que aquellos regalos eran ya de personas que estaban muy apro-
vechadas y mortificadas, que no podía dejar de temer mucho,
porque le parecía mal espíritu en algunas cosas, aunque no se
determinaba, mas que pensase bien todo lo que entendía de mi
oración y se lo dijese. Y era el trabajo, que yo no sabía poco
ni mucho decir lo que era mi oración; porque esta merced de
saber entender qué es, y saberlo decir, ha poco me lo dio Dios.
Como rae dijo esto, con el miedo que yo traía, fué grande
mi af lición y lágrimas; porque, cierto, yo deseaba contentar a
Dios y no me podía persuadir a que fuese demonio, mas temía
por mis grandes pecados me cegase Dios para no lo entender.
Mirando libros para ver si sabría decir la oración que tenía,
hallé en uno que llaman Subida del monte (1), en lo que toca
a unión del alma con Dios, todas las señales que yo tenía en
aquel no pensar nada, que esto era lo que yo más decía, que no
podía pensar nada cuando tenía aquella oración; y señalé con
unas rayas las partes que eran, y dile el libro, para que él y el
otro clérigo (2) que he dicho, santo y siervo de Dios, lo mi-
1 Publicóse poi primera vez este libro en Sevilla el año de 1535 con el título de -Sw-
bida del Monte Sión por la vía contemplativa. Contiene el conocimiento nuestro y el sesfui"
miento de Christo y el reverenciar a Dios en la contemplación quieta; copilado en un convento
de frailes menores. Su autor fué Bernardino de Laredo, célebre médico de D. Juan II de PortU"
gal, u más tarde lego franciscano. En las ediciones del siglo XVI salió el libro sin nombre de
autor, pero en la de Alcalá de 1617 se suplió la omisión. {Cfr. Tipografía complutense, por
Juan Catalina García).
2 El Maestro Daza.
cñPiTDLO xxm 181
rasen y hi€ dijesen lo que había de hacer, y que si les pareciese
dejaría la oración del todo, que para qué me había yo de meter
en esos peligros, pues a cabo de veinte años casi que había
que la tenía, no había salido con ganancia, sino con engaños del
demonio, que mijor era no la tener. Aunque también esto se me
hacía recio, porque ya yo había probado cuál estaba mi alma
sin oración. Ansí que todo lo vía trabajoso, como el que está
metido en un río, que a cualquier parte que vaya de él, teme más
peligro, y él se €stá casi ahogando. Es un trabajo muy grande
este, y de estos he pasado muchos, como diré adelante; que aun-
que parece no importa, por ventura hará provecho entender cómo
se ha de probar el espíritu.
Y es grande, cierto, el trabajo que se pasa, y es menester
tiento, en especial con mujeres, porque es mucha nuestra flaque-
za, y podría venir a mucho mal, diciéndoles muy claro es de-
monio; sino mirarlo muy bien, y apartarlas de los peligros que
puede haber, y avisarlas en secreto pongan mucho, y le tengan
ellos, que conviene. Y en esto hablo como quien le cuesta harto
trabajo no le tener algunas personas con quien he tratado mi
oración, sino preguntando unos y otros por bien, me han hecho
harto daño, que se han divulgado cosas que estuvieran bien se-
cretas, pues no son para todos, y parecía las publicaba yo. Creo
sin culpa suya lo ha primitido el Señor, para que yo padeciese.
No digo que decían lo que trataba con ellos en confisión; mas,
como eran personas a quien yo daba cuenta por mis temores
para que me diesen luz, parecíame a mí habían de callar. Con
todo, nunca osaba callar cosa a personas semejantes. Pues digo
que se avise con mucha discreción, animándolas y aguardando
tiempo, que el Señor las ayudará como ha hecho a mí; que si
no, grandísimo daño me hiciera sigún era temerosa y medrosa.
Con el gran mal de corazón que tenía, espantóme cómo no me
hizo mucho mal.
Pues como di el libro, y hecha relación de mi vida y peca-
dos lo mijor que pude por junto, que con confesión, por ser
seglar, mas bien di a entender cuáii ruin era, los dos siervos
de Dios miraron con gran caridad y amor lo que me conve-
182 VIDA DE SñNTR TERESA DE JESÚS
nía (1). Venida la respuesta, que yo con harto temor esperaba,
y habiendo encomendado a muchas personas que me encomen-
dasen a Dios, y yo con harta oración aquellos días, con harta
fatiga vino a mí, y díjome que a todo su parecer de entramos
era demonio, que lo que me convenía era tratar con un padre
de la Compañía de Jesús, que como yo le llamase diciendo
tenía necesidad vernía, y que le diese cuenta de toda mi vida
por una confesión general, y de mi condición, y todo con mu-
cha claridad, que por la virtud de el sacramento de la confesión
le daría Dios más luz, que eran muy expirimentados en cosas de
espíritu. Que no saliese de lo que me dijese en todo, porque
estaba en mucho peligro- si no había quien me gobernase.
K mí me dio tanto temor y pena, que no sabía qué me hacer;
todo era llorar; y estando en un oratorio muy afligida, no sabien-
do qué había de ser de mí, leí en un libro, que parece el Señor me
lo puso en las manos, que decía San Pablo : Que era Dios muy
fiel, que nunca a los que le amaban consentía ser de el demonio
engañados (2). Esto me consoló muy mucho. Comencé a tratar
de mi confesión general y poner por escrito todos los males y
bienes, un discurso de mi vida lo más claramente que yo entendí
y supe, sin dejar nada por decir. Acuerdóme que como vi después
que lo escribí tantos males y casi ningún bien, que me dio una
aflición y fatiga grandísima. También me daba pena que me
vi€sen en casa tratar con gent€ tan santa como los de la Com-
pañía de Jesús, porque temía mi ruindad, y parecíame quedaba
obligada más a no lo ser y quitarme de mis pasatiempos, y si
esto no hacía que era peor, y ansí procuré con la sacristana y
portera no lo dijesen a nadie. Aprovechóme poco, que acertó
a estar a la puerta cuando me llamaron quien lo dijo por todo
el convento. Mas ¡qué de embarazos pone el demonio, y qué de
temores a quien se quiere llegar a Dios!
Tratando con aquel siervo de Dios (3), que lo era harto
y bien avisado, toda mi alma, como quien bien sabía este len-
1 Salcedo ij Daza.
2 I ad Cor., X, 13.
3 Era el P. Juan de Prádanos, religioso de la Compañía. Murió santamente en Valladolld.
CAPITULO XXIII 183
guaje, me declaró lo que era y me animó mucho. Dijo ser espíritu
de Dios muy conocidamente, sino que era menester tornar de
nuevo a la oración; porque no iba bien fundada, ni había co-
menzado a ¡entender mortificación. Y era ansí, que aun el nombre
no me parece entendía; y que en ninguna manera dejase la
oración, sino que me esforzase mucho, pues Dios me hacía tan
particulares mercedes; que qué sabía si por mis medios quería
el Señor hacer bien a muchas personas, y otras cosas, que pa-
rece profetizó lo que después el Señor ha hecho conmigo, que
ternía mucha culpa si no respondía a las mercedes que Dios me
hacía. En todo me parecía habla en él el Espíritu Santo para
curar mi alma, sigún se imprimía en ella.
Hízome gran confusión; llevóme por medios que parecía
del todo m€ tornaba otra. ¡Qué gran cosa es entender un alma!
Díjome tuviese cada día oración en un paso de la Pasión, y
que me aprovechase de él, y qu€ no pensase sino en la Humani-
dad, y que aquellos recogimientos y gustos resistiese cuanto pu-
diese, de manera que no los diese lugar hasta que él me dijese
otra cosa.
Dejóme consolada y esforzada, y el Señor que me ayudó,
y a él para que entendiese mi condición, y cómo me había de
gobernar. Quedé determinada de no salir de lo que me man-
dase en ninguna cosa, y ansí lo hice hasta hoy. Alabado sea el
Señor, que me ha dado gracia para obedecer a mis confesores,
aunque imperfetamente. Y casi siempre han sido de estos ben-
ditos hombres de la Compañía de Jesús, aunque imperfetamente,
como digo, los he siguido. Conocida mijoría comenzó a tener mi
alma, como ahora diré.
CAPITULO XXIV
PROSIGUE EN LO COMENZADO, Y DICE COMO FUE APROVECHÁNDOSE SU
ALMA DESPUÉS QUE COMENZÓ A OBEDECER, Y LO POCO QUE LE
APROVECHABA EL RESISTIR LAS MERCEDES DE DIOS, Y COMO SU
MAJESTAD SE LAS IBA DANDO MAS CUMPLIDAS.
Quedó mi alma de esta confesión tan blanda, que me parecía
no hubiera cosa a que no me dispusiera; y ansí comencé a
hacer mudanza en muchas cosas, aunque el confesor no me
apretaba, antes parecía hacía poco caso de todo. Y esto me movía
más, porque lo llevaba por modo de amar a Dios, y como que
dejaba libertad y no premio, si yo no me le pusiese por amor.
Estuve ansí casi dos meses, haciendo todo mi poder en resis-
tir los regalos y mercedes de Dios. Cuanto a lo exterior víase
la mudanza, porque ya el Señor me comenzaba a dar ánimo para
pasar por algunas cosas que decían personas que me conocían,
pareciéndoles extremos, y aun en la mesma casa (1). Y de lo
que antes hacía, razón tenían, que era extremo; mas de lo que
era obligada a el hábito y profisión que hacía, quedaba corta.
Gané de este resistir gustos y regalos de Dios, enseñarme
Su Majestad, porque antes me parecía que para darme regalos
en la oración, era menester mucho arrinconamiento, y casi no
me osaba bullir. Después vi lo poco que hacía al caso; porque
cuando más procuraba divertirme, más me cubría el Señor de
1 La Encarnación de Avila.
13
186 VIDñ DE SANTA TERESA DE JESÚS
aquella suavidad y gloria, que me parecía toda me rodeaba, y
que por ninguna parte podía huir, y ansí era. Yo traía tanto
cuidado que me daba pena. El Señor le traía mayor a hacer-
me mercedes y a señalarse mucho más que solía en estos dos
meses para que yo mijor entendiese no era más en mi mano.
Comencé a tomar de nuevo amor a la sacratísima Humanidad;
comenzóse a asentar la oración como edificio que ya llevaba
cimiento y a aficionarme a más penitencia, de que yo CvStaba
descuidada, por ser tan grandes mis enfermedades.
Díjome aquel varón santo que me confesó (1), que .algunas
cosas no me podían dañar; que por ventura me daba Dios tanto
mal porque yo no hacía penitencia; me la quería dar Su Ma-
jestad. Mandábame hacer algunas mortificaciones no muy sa-
brosas para mí. Todo lo hacía, porque parecíame que me lo
mandaba el Señor, y dábale gracia para que me lo mandase de
manera que yo le obedeciese. Iba ya sintiendo mi alma cualquie-
ra ofensa que hiciese a Dios, por pequeña que fuese, de ma-
nera que si alguna cosa superfina traía, no podía recogerme
hasta que me la quitaba. Hacía mucha oración porque el Señor
me tuviese de su mano; pues trataba con sus siervos, primi-
tiese no tornase atrás, que me parecía fuera gran delito, y que
habían ellos de perder crédito por mí.
En este tiempo vino a este lugar el Padre Francisco (2), que
era Duque de Gandía, y había algunos años que, dejándolo todo,
había entrado en la Compañía de Jesús. Procuró mi confesor
y el caballero que he dicho también vino a mí, para que le ha-
1 Ei P. Juan de Prádanos, probablemente el primer confesor que tuvo la Santa de la
Compañía de Jesús, aunque la dirigió sólo por dos meses. Murió este siervo de Dios, como
es dicho, en Valladolid, año de 1597.
2 Nombrado S. Francisco de Borja Comisario de la Compañía de Jesús en España, visitó
en diversas ocasiones el Colegio de S. Gil, de Avila. En una de estas visitas, hecha en 1557,
conoció a la M. Teresa en la Encarnación y quedó muy prendado de su virtud. Doña Juana
de Velasco, Duquesa de Gandía, depone acerca de esto en las Informaciones de beatificación de
la Santa: «Al artículo ciento quince digo, que he oído hablar mucho al Duque de Gandía,
Padre Francisco de Borja, que fué General de la Compañía de Jesús, del espíritu, vida y san-
tidad de la M. Teresa de Jesús, y al P. Baltasar Alvarez, de la misma Compañía, y al señor
Obispo de Tarazona, personas de grande espíritu, los cuales comunicaban la dicha M. Teresa
de Jesús, y que la veneraban como a Santa». También consultó a S. Francisco de Borja sobre
el espíritu de Santa Teresa el P. Baltasar Alvarez, y el Santo lo aprobó (Cfr. Memorias his-
toriales, 1. R., n. 124).
CAPITULO XXIV 187
blase y dkse cuenta de la oración que tenía, porque sabía
iba adelante en ser muy favorecido y regalado de Dios, que,
como quien había mucho dejado por El, aun en esta vida le
pagaba. Pues después que me hubo oído, díjome que era espí-
ritu de Dios, y que le parecía que no era bien ya resistirle
más, que hasta entonces estaba bien hecho, sino que siempre
comenzase la oración en un paso de la Pasión; y que si después
el Señor me llevase el espíritu, que no lo resistiese, sino que
dejase llevarle a Su Majestad, no lo procurando yo. Como
quien iba bien adelante dio la medicina y consejo, que hace mu-
cho en esto la expiriencia. Dijo que era yerro resistir ya más.
Yo quedé muy consolada, y el caballero también; holgábase
mucho que dijese era de Dios, y siempre me ayudaba y daba
avisos en lo que podía, que era mucho.
En este tiempo mudaron a mi confesor de este lugar a otro,
lo que yo sentí muy mucho, porque pensé me había de tornar
a ser ruin, y no me parecía posible hallar otro como él. Quedó
mi alma como en un desierto, muy desconsolada y temerosa;
no sabía qué hacer de mí. Procuróme llevar una parienta mía
a su casa, y yo procuré ir luego a procurar otro confesor en
los de la Compañía. Fué el Señor servido que comencé a tomar
amistad con una señora viuda de mucha calidad y oración, que
trataba con ellos mucho (1). Hízome confesar a su confesor,
1 Dona Guiomar o Jerónima de UUoa, hija de D. Pedro de Ulloa y D.a Aldonza de
Guzmán, de apellidos ilustres ambos. Viuda D.a Guiomar a los veinticinco años, dióse com-'
pletamente a la virtud e intimó mucho con la Santa desde 1557. Ayudó no poco en los co-
mienzos de la Descalcez a la Santa Reformadora, de lo cual ella da público y agradecido
testimonio en carta de 31 de Diciembre de 1561 a su hermano D. Lorenzo de Cepeda y en
otras muchas partes de sus escritos. De madre e hija hace el P. Jerónimo de San José el si-
guiente cumplido elogio: «Las dos señoras viudas... fueron las que desde el principio de la
fundación deste convento (San José de Avila) hasta que del todo se hizo y concluyó, ayu-
daron mucho a la Santa. Eran ambas muy siervas de Dios madre e hija. La madre, que se
llamaba Aldonza de Guzmán, natural de Avila, fué casada en Toro con el capitán Pedro de
Ulloa, Regidor de aquella ciudad. La hija se llamaba D.a Guiomar de Ulloa, habiendo casado
en Avila con Francisco de Avila, caballero principal, enviudó como la madre; y ambas des-
pués vivían juntas y se ocupaban en obras de virtud. La D.a Guiomar fué persona de mucho
recogimiento y oración, como testifica nuestra Santa Madre... Tuvo gran amistad y comunicación
con ella, y fué la que principalmente acudía a todos sus negocios, y en cuyo nombre se
hacían las diligencias públicas en orden a la fundación deste convento. Después de ya hecho,
quiso recogerse en él, en compañía de la Santa y ser una de sus hijas y subditas, y ha-
biendo entrado y probado la vida, no pudo perseverar en ella, por tener muy quebrantada la
salud, y así hubo de volverse a su casa, donde continuando sus buenos y santos ejercicios,
acabó en paz». Historia 'del Carmen Descalzo, 1. III, c. XI, p. 579.
188 VIDñ DE SANTA TERESA DE JESÚS
y estuve en su casa muchos días; vivía cerca. Yo me holgaba
por tratar mucho con ellos, que de sólo entender la santidad
de su trato, era grande el provecho que mi alma sentía.
Este Padre (1) me comenzó a poner en más perfeción.
Decíame que para d€l todo contentar a Dios, no había de dejar
nada por hacer. También con harta maña y blandura, porque no
estaba aún mi alma nada fuerte, sino muy tierna, en especial en
dejar algunas amistades que tenía, aunque no ofendía a Dios con
ellas. Era mucha afeción, y parecíame a mí era ingratitud de-
jarlas; y ansí le decía, que, pues no ofendía a Dios, que por
qué había de ser desagradecida. El me dijo que lo encomen-
dase a Dios unos días, y rezase el hiño de Veni Creator,
porque me diese luz de cuál era lo mijor. Habiendo estado
un día mucho en oración, y suplicando a el Señor me ayudase
a contentarle en todo, comencé el hiño, y estándole dicien-
do, vínome un arrebatamiento tan súpito, que casi me sacó de mí,
cosa que yo no pude dudar, porque fué muy conocido. Fué
la primera vez que el Señor me hizo esta merced de arroba-
mientos. Entendí estas palabras: Ya no quiero que tengas con-
versación con hombres, sino con ángeles (2). A mí me hizo mu-
cho espanto, porque el movimiento del ánima fué grande, y muy
en el espíritu se me dijeron estas palabras, y ansí me hizo te-
mor, aunque por otra parte gran consuelo, que en quitándoseme
el temor que a mi parecer causó la novedad, me quedó.
Ello se ha cumplido bien, que nunca más yo he podido
asentar en amistad, ni tener consolación, ni amor particular sino
1 Fué el P. Baltasar Alvarez uno de los más aventajados directores espirituales que tuvo Santa
Teresa, si bien en ocasiones se mostró tímido y vacilante en su dirección, como veremos en el capí-
tulo XXVIII. Había nacido el P. Baltasar en Cervera, obispado de Calahorra, en 1533. Ingresó en
la Compañía en 1555 y el de 1558 ordenóse de sacerdote. Desempeñó con mucho acierto u pruden-
cia importantes cargos en la Compañía y murió religiosamente en el Colegio de Belmonte, a 25
de Julio de 1580. La Santa Fundadora sintió mucho la muerte de su antiguo director espiritual.
Trasladado el P. Prádanos de Avila, a principios de 1557, Santa Teresa continuó confesándose
con otro Padre de la Compañía, cuyo nombre se ignora, aunque hay quien opina que fué el
P. Hernando Alvarez del Águila, hermano de D.a Mencía, mujer de D. Francisco de Salcedo,
hasta el 1558 que tomó por director al P. Baltasar y la confesó por espacio de seis años. En
Medina del Campo, donde estaba desde 1556, ayudó muy eficazmente a la fundación de Car-
melitas Descalzas que allí hizo Santa Teresa en 1567. El P. La Puente encarece mucho las
virtudes de este santo jesuíta en la vtda que de él escribió. En las notas del P. Qracián al c. XI
del libro I de la Vida de Sta. Teresa, por Ribera, dice del P. Alvarez: «Conoscíle jj traté con
él cosas de la Madre, y era hombre muy recto y docto».
2 Sucedió esto en 1558, viviendo la Santa en el convenro de la* Encarnación.
CñPITÜLO XXIV 189
a personas que entiendo le tienen a Dios g le procuran servir,
ni ha sido en mi mano, ni me hace al caso ser deudos ni ami-
gos. Si no entiendo esto u es persona que trata de oración,
€sm€ cruz penosa tratar con nadie. Esto es ansí a todo mi pa-
recer, sin ninguna falta.
Desde aquel día go quedé tan animosa para dejarlo todo
por Dios, como quien había querido en aquel memento, que no
me parece fué más, dejar otra a su sierva. Ansí que no fué
menester mandármelo más; que como me vía el confesor tan
asida en esto, no había osado determinadamente decir que lo
hiciese. Debía aguardar a que el Señor obrase, como lo hizo, ni
yo pensé salir con ello; porque ga go mesma lo había procu-
rado, g era tanta la pena que me daba, que como cosa que me
parecía no era inconveniente, lo dejaba; ga aquí me dio el Señor
libertad g fuerza para ponerlo por obra. Ansí se lo dije a e]
confesor, g lo dejé todo conforme a como me lo mandó. Hizo
harto provecho a quien go trataba ver en mí esta determinación.
Sea Dios bendito por siempre, que en un punto me dio la
libertad que go, con todas cuantas diligencias había hecho mu-
chos años había, no pude alcanzar conmigo, haciendo hartas
veces tan gran fuerza que me costaba harto de mi salud. Como
fué hecho de quien es poderoso g Señor verdadero de todo,
ninguna pena me dio.
CAPITULO XXV
EN QUE TRATA EL MODO Y MANERA COMO SE ENTIENDEN ESTAS HABLAS
QUE HACE DIOS AL ALMA SIN OÍRSE, Y DE ALGUNOS ENGAÑOS QUE
PUEDE HABER EN ELLO, Y EN QUE SE CONOCERÁ CUANDO LO ES.
ES DE MUCHO PROVECHO PARA QUIEN SE VIERE EN ESTE GRADO
DE ORACIÓN PORQUE SE DECLARA MUY BIEN Y DE HARTA DOTRINA.
Paréceme será bien declarar cómo es este hablar que hace
Dios a el alma y lo que ella siente, para que vuestra merced lo
entienda; porque desde esta vez que he dicho que el Señor me
hizo esta merced, es muy ordinario hasta ahora, como se verá
en lo que está por decir (1). Son unas palabras muy formadas,
mas con los oídos corporales no se oyen, sino entiéndense muy
más claro que si se oyesen; y dejarlo de entender, aunque
mucho se resista, es por demás. Porque cuando acá no quere-
mos oir, podemos tapar los oídos, u advertir a otra cosa, de
manera que, aunque se oya, no se entienda. En esta plática que
hace Dios a el alma, no hay remedio ninguno, sino que, aunque
me pese, me hacen escuchar y estar el entendimiento tan entero
para entender lo que Dios quiere entendamos, que no basta
querer ni no querer. Porque el que todo lo puede, quiere que
entendamos se ha de hacer lo que quiere, y se muestra Señor
verdadero de nosotros. Esto tengo muy expirimentado, porque
me duró casi dos años el resistir, con el gran miedo que traía;
y ahora lo pruebo algunas veces, mas poco me aprovecha.
1 En el cap. XIX habla de esta merced u se reflere al tiempo que media entre 1555 u 1557.
192 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
Yo querría declarar los engaños que puede haber aquí, aun-
que a quien tiene mucha expiriencia paréceme será poco u nin-
guno. Mas ha de ser mucha la expiriencia y la diferencia que
hay cuando es espíritu bueno u cuando es malo, u cómo puede
también ser aprehensión del mesmo entendimiento, que podría
acaecer u hablar el mesmo espíritu a sí mesmo. Esto no sé
yo si puede ser, mas aun hoy me ha parecido que sí. Cuan-
do es de Dios, tengo muy probado en muchas cosas que se me
decían dos y tres años antes, y todas se han cumplido, y hasta
ahora ninguna ha salido mentira, y otras cosas, adonde se ve
claro ser espíritu de Dios, como después se dirá.
Paréceme a mí, que podría una persona, estando encomen-
dando una cosa a Dios con gran afeto y aprehensión, parecerle
entiende alguna cosa, si se hará u no, y es muy posible; aunque
a quien ha entendido de estotra suerte, verá claro lo que es,
porque es mucha la diferencia. Y si es cosa que el entendimiento
fabrica, por delgado que vaya, entiende que ordena él algo y
que habla. Que no es otra cosa sino ordenar uno la plática,
u escuchar lo que otro le dice, y verá el entendimiento que
entonces no escucha, pues que obra, y las palabras que él fabri-
ca son como cosa sorda, fantaseada y no con la claridad que
estotras. Y aquí está en nuestra mano divertirnos, como callar
cuando hablamos; en estotro no hay términos. Y otra señal, más
que todas, que no hace operación, porque estotra que habla
el Señor es palabras y obras; y aunque las palabras no sean de
devoción, sino de reprehensión, a la primera disponen un alma,
y la habilita, y enternetíe y da luz, y regala y quieta; y si esta-
ba con sequedad u alboroto y desasosiego de alma, como con la
mano se le quita y aun mijor, que parece quiere el Señor se
entienda que es poderoso y que sus palabras son obras.
Paréceme que hay la diferencia que si nosotros habláse-
mos u oyésemos, ni más ni menos; porque lo que hablo, como
he dicho, voy ordenando con el entendimiento lo que digo;
mas si me hablan, no hago más de oír sin ningún trabajo. Lo
uno va como una cosa que no nos podemos bien determinar, si
es como uno que está medio dormido. Estotro es voz tan clara.
CAPITULO XXV 193
que no se pierde una sílaba de lo que se dice. Y acaece ser a
tiempos, que está el entendimiento y alma tan alborotada y des-
traída que no acertaría a concertar una buena razón, y halla
guisadas grandes sentencias que le dicen, que ella, aun estando
muy recogida, no pudiera alcanzar, y a la primera palabra,
como digo, la mudan toda; en especial si está en arrobamiento,
que las potencias están suspensas, ¿cómo se entenderán cosas que
no habían venido a la memoria aun antes? ¿Cómo vernán enton-
ces, que no obra casi, y la imaginación está como embobada?
Entiéndase que cuando se ven visiones u se entienden estas
palabras, a mi parecer, nunca es en tiempo que está unida el
alma en el mesmo arrobamiento; que en este tiempo, como ya
dejo declarado, creo en la sigunda agua (1), del todo se pierden
todas las potencias, y a mi parecer, allí ni se puede ver, ni en-
tender ni oir. Está en otro poder toda, y en este tiempo, que es
muy breve, no me parece la deja el Señor para nada libertad.
Pasado este breve tiempo, que se queda aún en el arrobamiento
el alma, es esto que digo; porque quedan las potencias de ma-
nera, que, aunque no están perdidas, casi nada obran; están
como absortas y no hábiles para concertar razones. Hay tantas
para entender la diferencia, que si una vez se engañase, no serán
muchas.
Y digo que si es alma ejercitada y está sobre aviso, lo verá
muy claro; porque dejadas otras cosas por donde se ve lo que
he dicho, ningún efeto hace, ni el alma lo admite; porque esto-
tro, mal que nos pese, y wo se da crédito, antes se entiende que
es devanear de el entendimiento, casi como no se haría caso de
una persona que sabéis tiene frenesí. Estotro es como si lo oyé-
semos a una persona muy santa u letrada y de gran autoridad,
que sabemos no nos ha de mentir. Y aun es baja comparación,
porque train algunas veces una majestad consigo estas pala-
bras, que sin acordarnos quién las dicen, si son de reprensión
hacen temblar; y si son de amor, hacen deshacerse en amar; y son
cosas, como he dicho, que estaban bien lejos de la memoria, y
1 Habló la Santa de esta materia en los capítulos XVIII y XX.
194 VIDñ DE SANTA TERESA DE JESÚS
dícense tan de presto sentencias tan grandes, que era menester
mucho tiempo para haberlas de ordenar, y en ninguna manera
me parece se puede entonces inorar no ser cosa fabricada de
nosotros. Ansí que en esto no hay que me detener, que por mara-
villa me parece puede haber engaño en persona ejercitada, si
ella mesma de advertencia no se quiere engañar.
Acaecídome ha muchas veces, si tengo alguna duda, no creer
lo que me dicen, y pensar si se me antojó (esto después de pasa-
do, que entonces es imposible), y verlo cumplido desde ha mu-
cho tiempo; porque hace el Señor que quede en la memoria, que
no se puede olvidar; y lo que es del entendimiento, es como
primer movimiento del pensamiento, que pasa y se olvida. Esto-
tro es como obra que, aunque se olvide algo y pase tiempo, no
tan del todo que se pierda la memoria de que en fin se dijo;
salvo si no ha mucho tiempo, u son palabras de favor u do-
trina; mas de profecía no hay olvidarse, a mi parecer, al menos
a mí, aunque tengo poca memoria.
Y torno a decir que me parece si un alma no fuese tan desal-
mada que lo quiera fingir, que sería harto mal, y decir que lo
entiende no siendo ansí; mas dejar de ver claro que ella lo or-
dena y lo parla entre sí, paréceme no lleva camino, si ha en-
tendido el espíritu de Dios, que si no, toda su vida podrá estarse
en ese engaño y parecerle que entiende, aunque yo no sé cómo.
U esta alma lo quiere entender u no; si se está deshaciendo de
lo que entiende, y en ninguna manera querría entender nada
por mil temores y otras muchas causas que hay para tener de-
seo de estar quieta en su oración sin estas cosas, ¿cómo da
tanto espacio a el entendimiento que ordene razones? Tiempo
es menester para esto. Acá, sin perder ninguno, quedamos en-
señadas, y se entienden cosas que parece era menester un mes
para ordenarlas. Y el mesmo entendimiento y alma quedan es-
pantadas de algunas cosas que se entienden.
Esto es ansí, y quien tuviere expiriencia, verá que es a el
pie de la letra todo lo que he dicho. Alabo a Dios porque lo
he sabido ansí decir. Y acabo con que me parece, siendo del
entendimiento, cuando lo quisiésemos lo podríamos entender, y
CAPITULO XXV 195
cada vez que tenemos oración, nos podría parecer entendemos.
Mas en estotro no es ansí, sino que estaré muchos días, que
aunque quiera entender algo, €s imposible; y cuando otras ve-
ces no quiero, como he dicho, lo tengo de entender. Paréceme que
quien quisiere engañar a los otros, diciendo que entienden de
Dios lo que es de sí, que poco le cuesta decir que lo oye con
los oídos corporales; y es ansí cierto con verdá, que jamás
pensé había otra manera de oir ni entender, hasta que lo vi por
mí; y ansí, como he dicho, me cuesta harto trabajo.
Cuando es demonio, no sólo no deja buenos efetos, mas dé-
jalos malos. Esto me ha acaecido no más de dos o tres veces, y
he sido luego avisada del Señor cómo era demonio. Dejado la
gran sequedad que queda, es una inquietud en el alma a manera de
otras muchas veces que ha primitido el Señor que tenga grandes
tentaciones y trabajos de alma de diferentes maneras; y aun-
que me atormente hartas veces, como adelante diré, es una in-
quietud que no se sabe entender de dónde viene, sino que parece
resiste el alma, y se alborota, y aflige sin saber de qué; porque
lo que él dice no es malo sino bueno. Pienso si siente un espí-
ritu a otro. El gusto( y deleite que él da, a mi parecer, es dife-
rente en gran manera. Podía él engañar con estos gustos a quien
no tuviere u hubiere tenido otros de Dios.
De veras digo gustos, una recreación suave, fuerte, impre-
sa, deleitosa, quieta, que unas devocioncitas de el alma de lá-
grimas y otros sentimientos pequeños, que al primer airecito de
persecución se pierden estas florecitas, no las llamo devocio-
nes, aunque son buenos principios y santos sentimientos, mas
no para determinar estos efetos de buen espíritu u malo. Y ansí
es bien andar siempre con gran aviso, porque cuando a perso-
nas que no están más adelante en la oración, que hasta esto fá-
cilmente podrían ser engañados si tuviesen visiones u revela-
ciones. Yo nunca tuve cosa de estas postreras hasta haberme
Dios dado por sólo su bondad oración de unión, si no fué la
primera vez que dije (1) que ha muchos años que vi a Cristo,
1 Véase el capítulo VII.
196 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
que pluguiera a Su Majestad entendiera yo era verdadera vi-
sión, como después lo he entendido, que no me fuera poco bien.
Ninguna blandura queda en el alma, sino como espantada y con
gran desgusto.
Tengo por muy cierto que el demonio no engañará, ni lo
primitirá Dios, a alma que de ninguna cosa se fía de sí y está
fortalecida en la fe, que entienda ella de sí, que por un punto
de ella morirá mil muertes. Y con este amor a la fe, que infunde
luego Dios, que es una fe viva, fuerte, siempre procura ir con-
forme a lo que tiene la Ilesia, preguntando a unos y a otros,
como quien tiene ya hecho asiento fuerte en estas verdades, que
no la moverían cuantas revelaciones pueda imaginar, aunque vie-
se abiertos los cielos, un punto de lo que tiene la Ilesia. Si al-
guna vez se viese vacilar en su pensamiento contra esto u dete-
nerse en decir: Pues si Dios me dice esto, también puede ser
verdad, como lo que decía a los santos, no digo que lo crea,
sino que el demonio la comience a tentar por primer movimien-
to, que detenerse en ello ya se ve que es malísimo, mas aun
primeros movimientos muchas veces en este caso creo no vernán
si el alma está en esto tan fuerte como la hace el Señor a quien
da estas cosas, que le parece desmenuzaría los demonios sobre
una verdad de lo que . tiene la Ilesia muy pequeña.
Digo que si no viere en sí esta fortaleza grande, y que
ayude a ella la devoción u visión, que no la tenga por sigura.
Porque, aunque no se sienta luego el daño, poco a poco podría
hacerse grande, que a lo que yo veo y sé de expiriencia, de tal
manera queda el crédito de que es Dios, que vaya conforme a
la Sagrada Escritura; y como un tantico torciese de esto, mucha
más firmeza sin comparación me parece ternía en que es demo-
nio que ahora tengo de que es Dios, por grande que la tenga.
Porque entonces no es menester andar a buscar señales, ni qué
espíritu es, pues está tan clara esta señal para creer que es de-
monio, que si entonces todo el mundo me asigurase que es Dios,
no lo creería. El caso es que cuando es demonio, parece que
se asconden todos los bienes y huyen de el alma, sigún queda
desabrida y alborotada y sin ningún efeto bueno; porque aun-
CAPITULO XXV 197
que parece pone deseos, no son fuertes; la humildad que deja
es falsa, alborotada g sin suavidad. Parécerae que a quien tiene
expiriencia de el buen espíritu, lo entenderá.
Con todo, puede hacer muchos embustes el demonio, y ansí
no hay cosa en esto tan cierta, que no lo sea más temer y ir
siempre con aviso, y tener maestro que sea letrado, y no le ca-
llar nada, y con esto ningún daño puede venir; aunque a mí
hartos me han venido por estos temores demasiados que tienen
algunas personas. En especial me acaeció una vez que se habían
juntado muchos a quien yo daba gran crédito, y era razón se
le diese; que, aunque yo ya no trataba sino con uno, y cuando
él me lo mandaba hablaba a otros, unos con otros trataban mucho
de mi remedio, que me tenían mucho amor y temían no fuese
engañada. Yo también traía grandísimo temor cuando no estaba
en la oración, que estando en ella y haciéndome el Señor alguna
merced, luego me asiguraba. Creo eran cinco u seis (1), todos muy
siervos de Dios; y di jome mi confesor que todos se determina-
ban en que era demonio, que no comulgase tan amenudo, y que
procurase distraerme de suerte que no tuviese soledad. Yo era
temerosa en extremo, como he dicho, ayudábame el mal de co-
razón, que aun en una pieza sola no osaba estar de día muchas
veces. Yo, como vi que tantos lo afirmaban y yo no lo podía
creer, dióme grandísimo escrúpulo, pareciendo poca humildad;
porque todos eran más de buena vida sin comparación que yo,
y letrados, que por qué no los había de creer. Forzábame
lo que podía para creerlo, y pensaba que mi ruin vida, y que
conforme a esto debían decir verdad.
Fuíme de la Iglesia con esta aflición, y éntreme en un ora-
torio, habiéndome quitado muchos días de comulgar, quitada
la soledad, que era todo mi consuelo, sin tener persona con quien
tratar, porque todos eran contra mí. Unos me parecía burlaban
1 Varios fueron los confesores que por probar la obediencia de la Santa la privaron algu-'
nas veces de la sagrada Comunión. Entre otros, hizo esta prueba el P. Baltasar Alvarez,
como refiere en su vida el P. Luis de la Puente c. XI. ñ. estas pruebas hace referencia ella misma
en el capítulo VI de Las Fundaciones cuando dice: «Como hacía una persona que la quitaban
muchas veces los discretos confesores la comunión, porque era a menudo; ella, aunque lo sentía
muu tiernamente, por otra parte deseaba más la honra de Dios que la suya etc».
198 VIDñ DE SANTñ TERESA DE JESÚS
de mí, cuando de ello trataba, como que se me antojaba; otros
avisaban al confesor que se guardase de mí; otros decían que
era claro demonio; sólo €l confesor, que, aunque conformaba
con ellos, por probarme, sigún después supe, siempre me con-
solaba, y me decía que, aunque fuese demonio, no ofendiendo
yo a Dios, no me podía hacer nada, que ello se me quitaría, que
lo rogase mucho a Dios; y él y todas las personas que confe-
saba lo hacían harto, y otras muchas; y yo toda mi oración, y
cuantos entendía eran siervos de Dios, porque Su Majestad me
llevase por otro camino; y esto me duró no sé si dos años, que
era contino pedirlo a el Señor,
ñ mí ningún consuelo me bastaba, cuando pensaba que era
posible qu€ tantas veces me había de hablar el demonio. Porque
de que no tomaba horas de soledad para oración, en conversa-
ción me hacía el Señor recoger, y sin poderlo yo excusar, me
decía lo que era servido, y aunque me pesaba, lo había de oir.
Pues estándorae sola, sin tener una persona con quien des-
cansar, ni podía rezar, ni leer, sino como persona espantada
de tanta tribulación y temor de si me había de engañar el demo-
nio, toda alborotada y fatigada, sin saber qué hacer de mí. En
esta aflición me vi algunas y muchas veces, aunque no me pa-
rece ninguna en tanto extremo. Estuve ansí cuatro u cinco ho-
ras, que consuelo del cielo ni de la tierra no había para mí, sino
que me dejó el Señor padecer, temiendo mil peligros. ¡Oh Se-
ñor mío, cómo sois Vos el amigo verdadero, y como poderoso,
cuando queréis podéis, y nunca dejáis de querer si os quieren!
Alábenos todas las cosas, Señor del mundo. ¡Oh, quién diese
voces por él para decir cuan fiel sois a vuestros amigos! Todas
las cosas faltan; Vos, Señor de todas ellas, nunca faltáis. Poco
es lo que dejáis padecer a quien os ama. ¡Oh Señor mío, qué
delicada y pulida y sabrosamente los sabéis tratar! ¡Oh, quién
nunca se hubiera detenido en amar a nadie sino a Vos! Parece,
Señor, que probáis con rigor a quien os ama, para que en el ex-
tremo del trabajo se entienda el mayor extremo de vuestro amor.
¡Oh Dios mío, quién tuviera entendimiento y letras, y nue-
vas palabras para encarecer vuestras obras como lo entiende mi
CAPITULO XXV 199
alma! Fáltame todo, Señor mío; mas si Vos no me desamparáis,
no os faltaré yo a Vos. Levántense contra mí todos los letrados,
persíganme todas las cosas criadas, atorméntenme los demonios,
no me faltéis Vos, Señor, que ya tengo expiriencia de la ganan-
cia con que sacáis a quien sólo en Vos confía. Pues estando en
esta gran fatiga, aun entonces no había comenzado a tener nin-
guna visión, solas estas palabras bastaban para quitármela y
quietarme del todo: No hayas miedo, hija, que Yo soy y no te
desampararé , no temas.
Paréceme a mí sigún estaba, que era menester muciías ho-
ras para persuadirme a que me sosegase, y que no bastara nadie.
Heme aquí con solas estas palabras sosegada, con fortaleza, con
ánimo, con siguridad, con una quietud y luz, que en un punto vi
mi alma hecha otra, y me parece que con todo el mundo disputara
que era Dios. ¡Oh qué buen Dios! ¡Oh qué buen Señor y qué
poderoso! No sólo da el consejo, sino el remedio. Sus palabras
son obras. ¡Oh, válame Dios, y cómo fortalece la fe y se aumenta
el amor!
Es ansí, cierto, que muchas veces me acordaba de cuando
el Señor mandó a los vientos que estuviesen quedos en la
mar, cuando se levantó la tempestad, y así decía yo: ó Quién es
éste qu€ ansí le obedecen todas mis potencias, y da luz en tan
gran escuridad en un memento, y hace blando un corazón que
parecía piedra, da agua de lágrimas suaves adonde parecía había
de haber mucho tiempo sequedad? ¿quién pone estos deseos?
¿quién da este ánimo? Que me acaeció pensar ¿de qué temo?
¿qué es esto? Yo deseo servir a este Señor; no pretendo otra
cosa sino contentarle; no quiero contento, ni descanso, ni otro
bien, sino hacer su voluntad, que de esto bien cierta estaba, a mi
parecer, que lo podía afirmar.
Pues si este Señor es poderoso, como veo que lo es, y sé que
lo es, y que son sus esclavos los demonios, y de esto no hay que
dudar, pues es fe, siendo yo sierva de este Señor y Rey, ¿qué
mal me pueden ellos hacer a mí? ¿Por qué no he yo de tener
fortaleza para combatirme con todo el infierno? Tomaba una
cruz en la mano, y parecía verdaderamente darme Dios ánimo,
200 VIDil DE SñNTñ TERESA DE JESÚS
que yo me vi otra en un breve tiempo, que no temiera tomarme
con ellos a brazos, que me parecía fácilmente con aquella cruz
los venciera a todos; y ansí dije: ahora vení todos, que siendo
sierva del Señor, yo quiero ver qué me podéis hacer.
Es sin duda que me parecía me habían miedo, porque yo
quedé sosegada, y tan sin temor de todos ellos, que se me qui-
taron todos los miedos que solía tener hasta hoy; porque, aunque
algunas veces los vía, como diré después, no los he habido más
casi miedo, ante me parecía ellos me le habían a mí. Quedóme
un señorío contra ellos, bien dado del Señor de todos, que no
se rae da más de ellos que de moscas. Parécenme tan cobardes,
que en viendo que los tienen en poco, no les queda fuerza. No
saben estos enemigos derecho acometer sino quien ven que se
les rinde, u cuando lo primite Dios, para más bien de sus sier-
vos, que los tiente y atormenten. Pluguiese a Su Majestad te-
miésemos a quien hemos de temer, y entendiésemos nos puede
venir mayor daño de un pecado venial que de todo el infierno
junto, pues €s ello ansí.
Que espantados nos train estos demonios, porque nos quere-
mos nosotros espantar con otros asimientos de honras y hacien-
das y deleites; que entonces, juntos ellos con nosotros mesmos,
que nos somos contrarios, amando y quiriendo lo que hemos
de aborrecer, mucho daño nos harán; porque con nuestras mes-
mas armas les hacemos que peleen contra nosotros, puniendo en
sus manos con las que nos hemos de defender. Esta es la gran
lástima; mas si todo lo aborrecemos por Dios, y nos abrazamos
con la cruz, y tratamos servirle de verdad, huye él de estas ver-
dades como de pestilencia. Es amigo de mentiras y la mesma men-
tira. No hará pato con quien anda en verdad. Cuando él ve es-
curecido el entendimiento, ayuda lindamente a que se quiebren
los ojos; porque si a uno ve ya ciego en poner su descanso en
cosas vanas, y tan vanas, que parecen las de este mundo cosa de
juego de niños, ya él ve que éste es niño, pues trata como tal,
y atrévese a luchar con él una y muchas veces.
Plega el Señor que no sea yo de estos, sino que me favo-
rezca Su Majestad para entender por descanso lo que es des-
CAPITULO XXV 201
canso, y por honra lo que €s honra, y por deleite lo que es
deleite, g no todo a el revés; g una higa para todos los demo-
nios (1), que ellos me temerán a mí. No entiendo estos miedos:
¡demonio! ¡demonio! a donde podemos decir: ¡Dios! ¡Dios!,
y hacerle temblar. Si, que ya sabemos que no se puede menear
si el Señor no lo primite. ¿Qué es esto? Es sin duda que tengo
ya más miedo a los que tan grande le tienen a el demonio que
a él mesmo; porque él no me puede hacer nada, y estotros, en
especial si son confesores, inquietan mucho, y he pasado algunos
años de tan gran trabajo, que ahora me espanto cómo lo he
podido sufrir. Bendito sea el Señor que tan de veras me ha
ayudado.
1 Covarrubias en su Tesoro, define la higa diciendo: «Es una manera de menosprecio que
hacemos cerrando el puño u mostrando el dedo pulgar por el dedo índice u el medio: difrazada
pulla». El amuleto que representaba este feo ademán solía ser de coral o azabache. Se creía que
libraba del aojamiento (mal de ojo). Por eso se llevaba como preservativo contra los maleficia-
dores. Era, además, una forma de menosprecio a alguno, muy usada en nuestra antigua litera-'
tura. Véase, por ejemplo, en el capítulo XXXII de la primera parte del Quijote; en la Dorotea de
Lope de Vega, escena IV del acto segundo; en Francisco de Osuna: Norte de los estados, y en
otras obras de aquellos tiempos. También en otras literaturas se empleaba esta frase en el mismo
sentido de desprecio: far la fica, dicen los italianos; y los franceses: faire la figue, si bien, como
entre nosotros, ha caído ya en desuso. Según Salomón Reinach en su obra Cuites, mythes et re"
ligions, t. I, p. 38, era también conocida en los pueblos y religiones antiguos. Nuestro famoso
Don Enrique de Villena escribió sobre esto cosas muy peregrinas y divertidas en su estrafalario
Tractado del aojamiento y fascinología.
H
CAPITULO XXVI
PROSIGUE EN Lñ MESMA MATERIA; VA DECLARANDO Y DICIENDO COSAS
QUE LE HAN ACAECIDO QUE LA HACÍAN PERDER EL TEMOR Y
AFIRMAR QUE ERA BUEN ESPÍRITU EL QUE LA HABLABA.
Tengo por una d€ las grandes mercedes que me ha hecho
el Señor este ánimo que rae dio contra los demonios; porque
andar un alma acobardada y temerosa de nada, sino de ofender
a Dios, es grandísimo inconveniente, pues tenemos Rey todopo-
deroso g tan gran Señor, que todo lo puede g a todos sujeta.
No hay que temer andando, como he dicho, en verdad delante
de Su Majestad g con limpia conciencia. Para esto, como he di-
cho, querría go todos los temores, para no ofender en un punto
a quien en el mesmo punto nos puede deshacer; que, contento
Su Majestad, no hag quien sea contra nosotros que no lleve las
manos en la cabeza. Podráse decir que ansí es; mas que ¿quién
será esta alma tan reta que del todo le contente? g que por
eso teme. No la mía por cierto, aue es mug miserable g sin pro-
vecho, g llena de mil miserias; mas no ejecuta Dios como las
gentes, que entiende nuestras flaquezas; mas por grandes con-
jeturas siente el alma en sí si le ama de verdad; porque las
que llegan a este estado, no anda el amor disimulado como a los
principios, sino con tan grandes ímpetus g deseo de ver a Dios,
como después diré u queda ga dicho; todo cansa, todo fatiga,
todo atormenta. Si no es con Dios u por Dios, no hag descanso
204 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
que no canse, porque se ve ausente de su verdadero descanso,
y ansí es cosa muy clara que, como digo, no pasa en disimulación.
Acaecióme otras veces verme con grandes tribulaciones y
murmuraciones sobre cierto negocio que después diré, de casi
todo el lugar a donde estoy y de mi Orden, y afligida con mu-
chas ocasiones que había para inquietarme, y decirme el Señor:
¿De qué temes? ¿no sabes que soy todopoderoso? Yo cumpliré
lo que te he prometido. Y ansí se cumplió bien después; y quedar
luego con una fortaleza, que de nuevo me parece me pusiera en
emprehender otras cosas, aunque me costasen más trabajos para
servirle y me pusiera de nuevo a padecer. Es esto tantas veces,
que no lo podría yo contar. Muchas las que me hacía reprehensio-
nes y hace cuando hago imperfeciones, que bastan a deshacer un
alma. Al menos train consigo el enmendarse, porque Su Majes-
tad, como he dicho, da el consejo y el remedio. Otras traerme
a la memoria mis pecados pasados, en especial cuando el Señor
me quiere hacer alguna señalada merced, que parece ya se ve
el alma en el verdadero juicio; porque le representan la ver-
dad con conocimiento claro, que no sabe adonde se meter. Otras
avisarme de algunos peligros míos y de otras personas; cosas
por venir, tres u cuatro años antes, muchas, y todas se han
cumplido: algunas podía ser señalar. Ansí que hay tantas cosas
para entender que es Dios, que no se puede inorar, a mi parecer.
Lo más siguro es, yo ansí lo hago, y sin esto no ternía
sosiego ni es bien que mujeres le tengamos, pues no tenemos
letras, y aquí no puede haber daño sino muchos provechos, como
muchas veces me ha dicho el Señor, que no deje de comunicar
toda mi alma y las mercedes que el Señor me hace con el confe-
sor, y que sea letrado, y que le obedezca. Esto muchas veces.
Tenía yo un confesor que me mortificaba mucho, y algunas veces
me afligía y daba gran trabajo, porque me inquietaba mucho,
y era el que más me aprovechó, a lo que me parece (1). Y aun-
que le tenía mucho amor, tenía algunas tentaciones por dejarle,
y parecíame me estorbaban aquellas penas que me daba de la
1 Padre Baltasar Alvarcz.
CAPITULO XXVI 205
oración. Cada vez que estaba determinada a esto, entendía luego
que no lo hiciese, g una reprehensión que me deshacía más que
cuanto el confesor hacía. Algunas veces me fatigaba: cuestión
por un cabo y reprehensión por otro; y todo lo había menester,
sigún tenía poco doblada la voluntad. Díjome una vez, que no
era obedecer si no estaba determinada a padecer; que pusiese los
ojos en lo que El había padecidoí y todo se me haría fácil.
Aconsejóme una vez un confesor que a los principios me
había confesado, que ya que estaba probado ser buen espíritu,
que callase y no diese ya parte a nadie, porque mijor era ya
estas cosas callarlas. A mí no me pareció mal, porque yo sentía
tanto cada vez que las decía al confesor, y era tanta mi afrenta,
que mucho más que confesar pecados graves lo sentía algunas
veces; en especial, si eran las mercedes grandes, parecíame no me
habían de creer y que burlaban de mí. Sentía yo tanto esto, que
me parecía era desacato a las maravillas de Dios, que por esto
quisiera callar. Entendí entonces que había sido muy mal acon-
sejada de aquel confesor, que en ninguna manera callase cosa al
que me confesaba, porque en esto había gran siguridad, y ha-
ciendo lo contrario podría ser engañarme alguna vez.
Siempre que el Señor me mandaba una cosa en la oración,
si el confesor me decía otra, me tornaba el raesmo Señor a decir
que le obedeciese; después Su Majestad le volvía para que me
lo tornase a mandar. Cuando se quitaron muchos libros de ro-
mance, que no se leyesen (1), yo sentí mucho, porque algunos me
daba recreación leerlos, y yo no podía ya por dejarlos en latín,
me dijo el Señor: No tengas pena, que Yo te daré libro vivo.
Yo no podía entender por qué se me había dicho esto, porque
aun no tenía visiones; después, desde a bien pocos días, lo en-
tendí muy bien, porque he tenido tanto en qué pensar y reco-
germe en lo que vía presente, y ha tenido tanto amor el Señor
1 Don Femando de Valdés, gran Inquisidor de España, publicó en 1559 un índice prohi"
hiendo la lectura, no sólo de libros que contenían herejías, sino también muchos de devoción
escritos en romance, que, a juicio de Valdés, podían hacer daño a las almas sencillas. Fray Luis
de Granada en una carta al arzobispo Carranza decía con mucha gracia, hablando de este índi-
ce: tY con todo esto habrá un pedazo de trabajo, por estar el Arzobispo tan contrario a cosas,
como él llama, de contemplación para mujeres de carpinteros». Esta carta, según el P. Cuervo,
fué escrita entre el 17 h 22 de Agosto de 1559. (Cfr. Obras de Granada, t. XIV, p. MI).
206 VIDA DE SANTA TERESA DE JES US
conmigo para enseñarme de muchas maneras, que muy poca, u
casi ninguna necesidad he tenido de libros. Su Majestad ha
sido el libro verdadero adonde he visto las verdades. ¡Bendito
sea tal libro, que deja imprimido lo que se ha de leer y hacer
de manera que no se puede olvidar! ¿Quién ve a el Señor cubier-
to de llagas y afligido con persecuciones, que no las abrace, y
las ame y las desee? ¿Quién ve algo de la gloria que da a los
que le sirven, que no conozca es todo nonada cuanto se puede
hacer y padecer, pues tal premio esperamos? ¿Quién ve los
tormentos que pasan los condenados, que no se le hagan delei-
tes los tormentos de acá en su comparación, y conozcan lo mu-
cho que deben a el Señor en haberlos librado tantas veces de
aquel lugar?
Porque con el favor de Dios se dirá más de algunas cosas,
quiero ir adelante en el proceso de mi vida. Plega a el Señor
haya sabido declararme en esto que he dicho; bien creo que
quien tuviere expiriencia lo entenderá y verá que he atinado
a decir algo; quien no, no me espanto le parezca desatino todo;
basta decirlo yo para quedar disculpado, ni yo culparé a quien
lo dijere. El Señor me deje atinar en cumplir su voluntad, ñmén.
CAPITULO XXVII
EN QUE TRATA OTRO MODO CON QUE ENSEÑA EL SEÑOR AL ALMA Y
SIN HABLARLA LA DA A ENTENDER SU VOLUNTAD POR UNA MA-
NERA ADMIRABLE. TRATA TAMBIÉN DE DECLARAR UNA VISION
Y GRAN MERCED QUE LA HIZO EL SEÑOR NO IMAGINARIA. ES
MUCHO DE NOTAR ESTE CAPITULO.
Pues tornando a d discurso de mi vida, con esta afli-
ción de penas y con grandes oraciones, como he dicho que
se hacían, porque el Señor me llevase por otro camino que fuese
más siguro, pues este me decían era tan sospechoso. Verdad es
que, aunque yo lo suplicaba a Dios, por mucho que quería desear
otro camino, como vía tan mijorada mi alma, si no era alguna
vez cuando estaba muy fatigada de las cosas que me decían y
miedos que me ponían, no era en mi mano desearlo, aunque
siempre lo pedía. Yo me vía otra en todo; no podía, sino po-
níame en las manos de Dios, que El sabía lo que me convenía,
que cumpliese en mí lo que era su voluntad en todo. Vía que
por este camino le llevaba para el cielo, y que antes iba a el in-
fierno; que había de desear esto, ni creer que era demonio, no
me podía forzar a mí, aunque hacía cuanto podía por creerlo y
desearlo, mas no era en mi mano. Ofrecía lo que hacía, si era
alguna buena obra, por eso. Tomaba santos devotos porque me
librasen de el demonio. Andaba novenas, encomendábame a San
Hilarión, a San Miguel, ángel, con quien por esto tomé nue-
208 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÜS
vamente devoción, y otros muchos santos importunaba mostrase
el Señor la verdad, digo que lo acabasen con Su Majestad.
A cabo de dos años que andaba con toda esta oración mía
y de otras personas para lo dicho, u que el Señor me llevase por
otro camino u declarase la verdad, porque eran muy continas las
hablas que he dicho me hacía el Señor, me acaeció esto. Estando
un día del glorioso San Pedro en oración, vi cabe mí u sentí,
por mijor decir, que con los ojos del cuerpo ni de el alma no vi
nada, mas parecíame estaba junto- cabe mí Cristo, y vía ser EJ
el que me hablaba, a mi parecer. Yo, como estaba inorantísima
de que podía haber semejante visión, dióme gran temor a]
principio, y no hacía sino llorar, aunque en diciéndome una
palabra sola de asigurarme, quedaba como solía, quieta y con
regalo y sin ningún temor. Parecíame andar siempre a mi lado Je-
sucristo, y como no era visión imaginaria, no vía en qué forma;
mas estar siempre al lado derecho, sentíalo muy claro, y que
era testigo de todo lo que yo hacía, y que ninguna vez que me
recogiese un poco u no estuviese muy divertida, podía inorar
que estaba cabe mí.
Luego fui a mi confesor harto fatigada a decírselo. Pre-
g'untóme que en qué forma le vía. Yo le dije que no le vía,
Díjome que cómo sabía yo que era Cristo. Yo le dije que no
sabía cómo, mas que no podía dejar de entender estaba cabe
mí, y lo vía claro, y sentía, y que el recogimiento de el alma era
muy mayor en oración de quietud y muy contina, y los efetos
que eran muy otros que solía tener, y que era cosa muy clara.
No hacía sino poner comparaciones para darme a entender; y,
cierto, para esta manera de visión, a mi parecer, no la hay que
mucho cuadre; ansí como es de las más subidas, sigún des-
pués me dijo un santo hombre y de gran espíritu, llamado Fray
Pedro de Alcántara, de quien después haré más mención, y me
han dicho otros letrados grandes, y que es adonde menos se
puede entremeter el demonio de todas, ansí no hay términos
para decirla acá las que poco sabemos, que los letrados mijor
lo darán a entender. Porque, si digo que con los ojos del cuer-
po ni del alma no le veo, porque no es imaginaria visión, ¿cómo
CAPITULO XXVII 209
entiendo y me afirmo con más claridad que está cabe mí que si
lo viese? Porque parecer que es como una persona que está
ascuras, que no ve a otra que está cabe ella, u si es ciega, no
va bien, ñlguna semejanza tiene, mas no mucha, porque siente
con los sentidos, u la oye hablar, u menear u la toca. Acá no
hay nada de esto, ni se ve escuridad; sino que se representa por
una noticia a el alma, más clara que el sol. No digo que se ve
sol, ni claridad, sino una luz que, sin ver luz, alumbra el en-
tendimiento para que goce el alma de tan gran bien. Tray consigo
grandes bienes.
No es como una presencia de Dios que se siente muchas
veces, en especial los que tienen oración de unión y quietud;
que parece en quiriendo comenzar a tener oración hallamos con
quien hablar, y parece entendemos nos oye por los efetos y sen-
timientos espirituales que sentimos de gran amor y fe, y otras
determinaciones con ternura. Esta gran merced es de Dios, y
téngalo en mucho á fcfuien lo ha dado ; porque es muy subida ora-
ción, mas no es visión, que entiéndese que está allí Dios por
los efetos que, como digo, hace a el alma, que por aquel modo
quiere Su Majestad darse a sentir; acá vese claro que está aquí
Jesucristo, Hijo de la Virgen. En estotra oración represéntanse
unas influencias de la Divinidad; aquí, junto con éstas, se ve
nos acompaña y quiere hacer mercedes también la Humanidad
Sacratísima.
Pues preguntóme el confesor: ¿quién dijo que era Jesu-
cristo? El me lo dice muchas veces, respondí yo; mas antes que
me lo dijese, se emprimió en mi entendimiento que era El, y antes
de esto me lo decía y no le vía. Si una persona que yo nunca
hubiese visto, sino oído nuevas de ella, me viniese a hablar estan-
do ciega, u en gran escuridad, y me dijese quién era, creerlo hía,
mas no tan determinadamente lo podría afirmar ser aquella per-
sona, como si la hubiera visto. Acá, sí, que sin verse se imprime
con una noticia tan clara, que no parece se puede dudar; que
quiere el Señor esté tan esculpido en el entendimiento, que no
se puede dudar más que lo que se ve ni tanto; porque en esto
algunas veces nos queda sospecha si se nos antojó; acá, aunque
210 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
d€ presto dé €sta sospecha, queda por una parte gran certidum-
bre, que no tiene fuerza la duda.
Ansí es también en otra manera que Dios enseña el alma
y la habla sin hablar, de la manera que queda dicha. Es un
lenguaje tan del cielo, que acá se puede mal dar a entender
aunque más queramos decir, si el Señor por expiriencia no lo
enseña. Pone el Señor, lo que quiere que el alma entienda, en
lo muy interior del alma, y allí lo representa sin imagen ni for-
ma de palabras, sino a manera de esta visión que queda dicha.
Y nótese mucho esta manera de hacer Dios que entienda el alma
lo que El quiere, y grandes verdades y misterios; porque mu-
chas veces lo que entiendo cuando el Señor me declara alguna
visión que quiere Su Majestad representarme, es ansí; y paré-
cerne que es adonde el demonio se puede entremeter menos, por
estas razones. Si ellas no son buenas, yo me debo engañar.
Es una cosa tan de espíritu esta manera de visión y de
lenguaje, que ningún bullicio hay en las potencias ni en los sen-
tidos, a mi parecer, por donde el demonio pueda sacar nada.
Esto es alguna vez y con brevedad, que otras bien me parece
a mí que no están suspendidas las potencias ni quitados los
sentidos, sino muy en sí, que no es siempre esto en contempla-
ción, antes muy pocas veces; mas estas que son, digo que no
obramos nosotros nada ni hacemos nada: todo parece obra de el
Señor. Es como cuando ya está puesto el manjar en el estó-
mago sin comerle, ni saber nosotros cómo se puso allí, mas en-
tiende bien que está; aunque aquí no se entiende el manjar que
es ni quién le puso, acá sí; mas cómo se puso no lo sé, que ni
se vio, ni le entiende, ni jamás se había movido a desearlo, ni
había venido a mi noticia a que esto podía ser.
En la habla que hemos dicho antes, hace Dios a el enten-
dimiento que advierta, aunque le pese, a entender lo que se
dice, que allá parece tiene el alma otros oídos con que oye, y
que la hace escuchar, y que no se divierta; como a uno que
oyese bien, y no le consintiesen atapar los oídos, y le hablasen
junto a voces, aunque no quisiese, lo oiría. Y, en fin, algo
hace, pues está atento a entender lo que le hablan, ñcá nin-
CAPITULO XXVII 211
guna cosa, que aun esto poco que €s sólo escuchar, que hacía
en lo pasado, se le quita. Todo lo halla guisado y comido; no
hay más que hacer de gozar. Como uno que sin deprender ni
haber trabajado nada para saber leer, ni tampoco hubiese es-
tudiado nada, hallase toda la ciencia sabida ya en sí, sin saber
cómo ni dónde, pues aun nunca había trabajado, aun para de-
prender el Abecé.
Esta comparación postrera me parece declara algo de este
don celestial, porque se ve el alma en un punto sabia, y tan de-
clarado el misterio de la Santísima Trinidad, y de otras cosas
muy subidas, que no hay teólogo con quien no se atreviese a
disputar de la verdad de estas grandezas. Quédase tan espantada,
que basta una merced de estas para trocar toda un alma y hacerla
no amar cosa sino a quien ve que, sin trabajo ninguno suyo,
la hace capaz de tan grandes bienes, y le comunica secretos, y
trata con ella con tanta amistad y amor que no se sufre escribir.
Porque hace algunas mercedes que consigo train la sospecha,
por ser de tanta admiración y hechas a quien tampoco las ha
merecido, que si no hay muy viva fe no se podrán creer. Y
ansí yo pienso decir pocas de las que el Señor me ha hecho a
mí, si no me mandaren otra cosa, sino son algunas visiones que
pueden para alguna cosa aprovechar, u para que, a quien el Se-
ñor las diere, no se espante pareciéndole imposible, como hacía
yo, u para declararle el modo y camino por donde el Señor me
ha llevado, que es lo que rae mandan escribir.
Pues tornando a esta manera de entender, lo que me pa-
rece es que quiere el Señor de todas maneras tenga esta alma
alguna noticia de lo que pasa en el cielo, y paréceme a mí, que
ansí como allá sin hablar se entiende, lo que yo nunca supe
cierto es ansí, hasta que el Señor por su bondad quiso que lo
viese, y me lo mostró en un arrobamiento, ansí es acá, que se
entiende Dios y el alma con sólo querer Su Majestad que lo
entienda, sin otro artificio, para darse a entender el amor que
se tienen estos dos amigos. Como acá si dos personas se quieren
mucho y tienen buen entendimiento, aun sin señas parece que
se entienden con sólo mirarse. Esto debe ser aquí, que sin ver
212 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
nosotros, como de hito en hito se miran estos dos amantes,
como lo dice el Esposo a la Esposa en los Cantares (1), a lo
que creo, lo he oído que es aquí.
¡Oh beninidad admirable de Dios que ansí os dejáis mirar
de unos ojos que tan mal han mirado como los de mi alma!
Quedan ya, Señor, de esta vista acostumbrados en no mirar cosas
bajas, ni que les contente ninguna fuera de Vos. ¡Oh ingratitud
de los mortales! ¿Hasta cuándo ha de llegar? Que sé go por
expiriencia que es verdad esto que digo, y que es lo menos
de lo que Vos hacéis con un alma que traéis a tales términos,
lo que se puede decir. ¡Oh almas que habéis comenzado a tener
oración y las que tenéis verdadera fe! ¿qué bienes podéis bus-
car aun en esta vida, dejemos lo que se gana para sin fin, que
sea como el menor de estos? ,
Mira que es ansí cierto, que se da Dios a sí a los que todo
lo dejan por El. No es acetador de personas, a todos ama, no
tiene nadie excusa por ruin que sea, pues ansí lo hace conmi-
go trayéndome a tal estado. Mira que no es cifra lo que digo
de lo que se puede decir ; sólo va dicho lo que es menester
para darse a entender esta manera de visión y merced que hace
Dios a el alma; mas no puedo decir lo que se siente cuando el
Señor la da a entender secretos y grandezas suyas, el deleite
tan sobre cuantos acá se pueden entender, que bien con razón hace
aborrecer los deleites de la vida, que son basura todos juntos.
Es asco traerlos a ninguna comparación aquí, aunque sea para
gozarlos sin fin. Y de estos, ¿qué da el Señor? Sola una gota de
agua del gran río caudaloso que nos está aparejado.
Vergüenza es, y yo cierto la he de mí, y si pudiera haber
afrenta en el cielo, con razón estuviera yo allá más afrentada
que nadie. ¿Por qué hemos de querer tantos bienes y deleites
y gloria para sin fin, todos a costa de el buen Jesú? ¿No llo-
raremos siquiera con las hijas de Jerusalén ya que no le ayu-
demos a llevar la cruz con el Cirineo? ¿Qué, con placeres y
pasatiempos hemos de gozar lo que El nos ganó a costa de tanta
1 Cant., IV, 9.
CAPITULO XXVII 213
sangre? Es imposible. ¿Y con honras vanas pensamos reme-
dar un desprecio como El sufrió para que nosotros reinemos
para siempre. No lleva camino. Errado, errado va el camino;
nunca llegaremos allá. Dé voces vuestra merced en decir estas
verdades, pues Dios me quitó a mí esta libertad. R mí me las
querría dar siempre, g oyóme tan tarde y entendí a Dios,
como se verá por lo escrito, que me es gran confusión hablar en
esto y ansí quiero callar, sólo diré lo que algunas veces con-
sidero.
Plega a el Señor me traga a términos que yo pueda gozar
de este bien, i Qué gloria acidental será y qué contento de los
bienaventurados que ya gozan desto, cuando vieren que, aunque
tarde, no les quedó cosa por hacer por Dios de las que le fué
posible, ni dejaron cosa por darle de todas las maneras que pu-
dieron, conforme a sus fuerzas y estado, y el que más, más!
¡Qué rico se hallará el que todas las riquezas dejó por Cristo!
¡qué honrado el que no quiso honra por El, sino que gustaban de
verse muy abatido! ¡qué sabio el que se holgó de que le tuviesen
por loco, pues lo llamaron a la mesma Sabiduría! ¡qué pocos hay
ahora por nuestros pecados! Ya, ya parece se acabaron los que
las gentes tenían por locos, de verlos hacer obras heroicas de
verdaderos amadores de Cristo. ¡Oh mundo, mundo, cómo vas
ganando honra en haber pocos que te conozcan!
Mas si pensamos se sirve ya más Dios de que nos tengan
por sabios y por discretos. Eso, eso debe ser, sigún se usa dis-
creción; luego nos parece es poca edificación no andar con
mucha compostura y autoridad cada uno en su estado. Hasta
el fraile, y clérigo y monja nos parecerá que traer cosa vieja
y remendada es novedad y dar escándalo a los flacos; y aun
estar muy recogidos y tener oración, sigún está el mundo y tan
olvidadas las cosas de perfeción de grandes ímpetus que tenían
los santos, que pienso hace más daño a las desventuras que
pasan en estos tiempos, que no haría escándalo a nadie dar a
entender los relisiosos por obras, como lo dicen por palabras,
en lo poco que se ha de tener el mundo, que de estos escándalos
el Señor saca de ellos grandes provechos. Y si unos se escan-
214 VIDñ DE SANTA TERESA DE JESÚS
dalizan, otros se remuerden; siquiera que hubiese un debujo de
lo que pasó por Cristo y sus Apóstoles, pues ahora más que
nunca es menester.
Y qué bueno nos le llevó Dios ahora en el bendito Fray
Pedro de Alcántara! No está ya el mundo para sufrir tanta per-
feción. Dicen que están las saludes más flacas y que no son los
tiempos pasados. Este santo hombre de este tiempo era; estaba
grueso el espíritu, como en los otros tiempos, y ansí tenía el mun-
do debajo de los pies. Que, aunque no anden desnudos ni hagan
tan áspera penitencia como el, muchas cosas hay, como otras
veces he dicho, para repisar el mundo, y el Señor las enseña
cuando ve ánimo. ¡Y cuan grande le dio Su Majestad a este
santo que digo para hacer cuarenta y siete años tan áspera pe-
nitencia, como todos saben! Quiero decir algo de ella, que sé
es toda verdad.
Di jome a mí y a otra persona (1), de quien se guardaba
poco, y a mí el amor que me tenía era la causa, porque quiso
el Señor le tuviese para volver por mí y animarme en tiempo
de tanta necesidad, como he dicho y diré, paréceme fueron cua-
renta años los que me dijo había dormido sola hora y media
entre noche y día, y éste era el mayor trabajo de penitencia
que había tenido en los principios de vencer el sueño, y para
esto estaba siempre u de rodillas u en pié. Lo que dormía era
sentado, y la cabeza arrimada a un maderillo que tenía hincado
en la pared. Echado, aunque quisiera, no podía, porque su celda,
como se sabe, no era más larga de cuatro pies y medio. En to-
dos estos años jamás se puso la capilla, por grandes vsoles y aguas
que hiciese, ni cosa en los pies, ni vestida (2) sino un hábito de
sayal, sin ninguna otra cosa sobre las carnes, y éste tan angosto
como se podía sufrir, y un mantillo de lo mesmo encima. Decíame
1 Esta persona de quien habla aquí la Santa era la venerable María Díaz (Maridíoz) de
mucha fama en Avila por sus grandes virtudes. Tuvo por maestro de espíritu a San Pedro
de Alcántara. En su correspondencia habla la Santa de esta piadosa mujer con mucho encare-
cimiento. Atribuyese a San Pedro de Alcántara el dicho de que Avila encerraba dentro de sus
muros tres santas a la vez: la Madre Teresa, María Díaz del Vivar y Catalina Dávila, de noble
familia esta última.
2 San Pedro de Alcántara de quien la Santa, agradecida a sus buenos servicios, hace aquí
el más cumplido elogio que se'conoce del austero franciscano, nació en 1499 en Alcántara de
CAPITULO XXVII 215
que en los grandes fríos se le quitaba, y dejaba la puerta ij venta-
nilla abierta d^ la celda para, con ponerse después el manto y
cerrar la puerta, contentaba el cuerpo para que sosegase con más
abrigo. Comer a tercero día era muy ordinario. Y díjome que
de qué me espantaba, que muy posible era a quien se acostum-
braba a ello. Un su compañero me dijo que le acaecía estar
ocho días sin comer. Debía ser estando en oración, porque tenía
grandes arrobamientos y ímpetus de amor de Dios, de que una
vez yo fui testigo.
Su pobreza era extrema y mortificación en la mocedad, que
me dijo que le había acaecido estar tres años en una casa de su
Orden y no conocer fraile, si no era por la habla; porque no al-
zaba los ojos jamás, y ansí a las partes que de necesidad había
de ir no sabía, sino íbase tras los frailes. Esto le acaecía por los
caminos. A mujeres jamás miraba; esto muchos años. Decíame
que ya no se le daba más ver que no ver; mas era muy viejo
cuando le vine a conocer, y tan extrema su flaqueza, que no pa-
recía sino hecho de raíces de árboles. Con toda esta santidad era
muy afable, aunque de pocas palabras, si no era con preguntarle.
En éstas era muy sabroso, porque tenia muy lindo entendimiento.
Otras cosas muchas quisiera decir, sino que he miedo dirá vuestra
merced que para qué me meto en esto, y con él lo he escrito. Y
ansí lo dejo, con que fué su fin como la vida, predicando y amo-
nestando a sus frailes. Como vio ya se acababa, dijo el salmo
de Laetatus sum in his qaae dicta sunt mihi (1), y hincado de
rodillas, murió.
Después, ha sido el Señor servido yo tenga más en él que
en la vida, aconsejándome en muchas cosas. Hele visto muchas
veces con grandísima gloria. Díjome la primera que me apareció,
que bienaventurada penitencia que tanto premio había merecido,
Extremadura. Habiendo tomado el hábito de San Francisco en los Frailes Menores, distin-
guióse por sus grandes penitencias g mucha oración. Autorizado por la Santa Sede, promovió
una reforma en su Orden con la fundación del convento del Pedroso en 1540. Murió en 18 de
Octubre de 1562 en Arenas, provincia de Avila. El Santo consoló mucho a Santa Teresa en días
de grande aflicción para ella, le aseguró que su oración era buena y la alentó a que prosiguiese
en su obra de Reforma del Carmen. En los Apéndices veremos unas cartas suyas a la Santa y
un documento interesante aprobando con sólidas razones su espíritu.
1 Ps. CXXI. El original: Letatun sun ynis que dita sim miqui.
216 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÜS
y otras muchas cosas. Un año antes qu€ muriese, me apareció es-
tando ausente y supe se había de morir, y se lo avisé, estando al-
gunas leguas de aquí. Cuando expiró, me apareció y dijo cómo
se iba a descansar. Yo no lo creí, y dijelo a algunas personas, y
desde a ocho días vino la nueva cómo era muerto, u comenzado
a vivir para siempre, por mijor decir.
Hela quí acabada esta aspereza de vida con tan gran glo-
ria; paréceme que mucho más me consuela que cuando acá es-
taba. Di jome una vez el Señor que no le pedirían cosa en su
nombre que no la oyese. Muchas que le he encomendado pida al
Señor, las he visto cumplidas. Sea bendito por siempre. Amén.
Mas qué hablar he hecho para despertar a vuestra merced a
no estimar en nada cosa de esta vida, como si no lo supiese, u no
estuviera ya determinado a dejarlo todo y puéstolo por obra.
Veo tanta perdición en el mundo, que aunque no aproveche más
decirlo yo de cansarme de escribirlo, me es descanso, que todo
es contra mí lo que digo. El Señor me perdone lo que en este
caso le he ofendido, y vuestra merced, que le canso sin propósito.
Parece que quiero haga penitencia de lo que yo en esto pequé.
CAPITULO XXVIII
EN QUE TRATñ LñS GRANDES MERCEDES QUE LA HIZO EL SEÑOR,
Y COMO LE APARECIÓ LA PRIMERA VEZ. DECLARA QUE ES VISION
IMAGINARIA. DICE LOS GRANDES EFETOS Y SEÑALES QUE DEJA
CUANDO ES DE DIOS. ES MUY PROVECHOSO CAPITULO Y MUCHO
DE NOTAR.
Tornando a nuestro propósito, pasé algunos días, pocos,
con esta visión muy continua, y hacíame tanto provecho que no
salía de oración; y aun cuanto hacía procuraba fuese de suerte,
que no descontentase a el que claramente vía estaba por testigo.
Y aunque a veces temía con lo mucho que me decían, durábame
poco el temor, porque el Señor me asiguraba. Estando un día en
oración, quiso el Señor mostrarme solas las manos, con tan gran-
dísima hermosura que no lo podría yo encarecer. Hízome gran
temor, porque cualquier novedad me le hace grande en los prin-
cipios de cualquiera merced sobrenatural que el Señor me haga.
Desde a pocos días vi también aquel divino rostro, que del todo
me parece me dejó asorta. No podía yo entender por qué el Se-
ñor se mostraba ansí pocoí a poco, pues después me había de hacer
merced de que yo le viese del todo, hasta después que he en-
tendido que me iba Su Majestad llevando conforme a mi flaqueza
natural. Sea bendito por siempre, porque tanta gloria junta, tan
bajo y ruin sujeto no la pudiera sufrir, y como quien esto sabía,
iba el piadoso Señor dispuniendo.
15 *
218 VIDñ DE SñNTñ TERÉSñ DE JESÜS
Parecerá a vuestra merced que no era menester mucho esfuer-
zo para ver unas manos y rostro tan hermoso. Sonlo tanto los
cuerpos glorificados, que la gloria que train consigo ver cosa
tan sobrenatural hermosa, desatina; y ansí me hacía tanto te-
mor, que toda me turbaba y alborotaba, aunque después quedaba
con certidumbre y siguridad, y con tales efetos que presto se
perdía el temor (1).
Un día de San Pablo, estando en misa, se me representó todo
esta Humanidad sacratísima, como se pinta resucitado, con tanta
hermosura y majestad como particularmente escribí a vuestra mer-
ced cuando mucho me lo mandó (2). Y hacíaseme harto de mal,
porque no se puede decir, que no sea deshacerse; mas lo mijor
que supe ya lo dije, y ansí no hay para qué tornarlo a decir aquí.
Sólo digo que cuando otra cosa no hubiese para deleitar la vista
en el cielo, sino la gran hermosura de los cuerpos glorificados,
es grandísima gloria, en especial ver la Humanidad de Jesucristo
Señor Nuestro, aun acá que se muestra Su Majestad conforme
a lo que puede sufrir nuestra miseria; ¿qué será adonde del todo
se goza tal bien? Esta visión, aunque es imaginaria, nunca la vi
con los ojos corporales, ni ninguna, sino con los ojos del alma.
Dicen los que lo saben mijor que yo, que es más perfeta la
pasada que ésta, y ésta más mucho que las que se ven con los
ojos corporales. Esta dicen que es la más baja y adonde más
ilusiones puede hacer el demonio, aunque entonces no podía yo
entender tal, sino que deseaba, ya que se me hacía esta merced,
que fuese viéndola con los ojos corporales para que no me dijese
1 Los iniciados en la mística Teología saben muy bien que hay tres especies de visión:
corporal, imaginaria e intelectual. La primera se dice cuando se ve alguna cosa mediante los
sentidos exteriores, y corresponde a la vía purgativa; la segunda consiste en cierta representa-
ción que se verifica en la fantasía y es propia de la vía iluminativa; la tercera es la que se
percibe inmediatamente en el entendimiento y dice relación directa a la vía unitiva. Claro es que
en las tres vías se pueden tener los tres géneros de visión, pero hay cierta correspondencia
entre ellas, según el orden que hemos indicado. Santa Teresa tuvo muchas visiones imaginarias
e intelectuales. En la clasiñcación que de ellas hace en sus escritos se acomoda en todo a la
doctrina del Angélico Doctor. (Cfr. S. Thm., Summa, I p., q. 93, art. 6, y I-IL, q. 174, art. 1).
Una explicación muy docta de esta materia puede verse también en el P. Antonio del Espíritu
Santo, Directorium mysticum, trac. III, dip. V.
2 Probablemente la visión acaeció el 25 de Enero de 1558. En el capítulo V de la Unión
del alma con Ctísto, dice Gracián que «muchos años tuvo la Santa Madre Teresa de Jesús una
destas visiones imaginarias, trayendo continuamente presente una figura de Cristo muy hermoso
resucitado, con corona de espinas y llagas, de que hizo pintar una imagen que rae dio a mí y
yo se la di al Duque de Alba, Don Fernando de Toledo».
CAPITULO XXVIII 219
d confesor se me antojaba. Y también después de pasada me
acaecía, esto era luego, luego, pensar yo también esto que se me
había antojado, y fatigábame de haberlo dicho al confesor, pensan-
do si le había engañado. Este era otro llanto, y iba! a él y decía-
selo. Preguntábame que si me parecía a mí ansí u si había querido
engañar. Yo le decía la verdad, porque a mi parecer no mentía,
ni tal había pretendido, ni por cosa del mundo dijera una cosa
por otra. Esto bien lo sabía él, y ansí procuraba sosegarme, y
yo sentía tanto en irle con estas cosas, que no sé cómo el demonio
me ponía lo había de fingir para atormentarme a mí mesma. Mas
el Señor se dio tanta priesa a hacerme esta merced y declarar
esta verdad, que bien presto se me quitó la duda de si e ra antojo,
y después veo muy claro mi bobería; porque si estuviera muchos
años imaginando cómo figurar cosa tan hermosa, no pudiera ni
supiera, porque ecede a todo lo que acá se puede imaginar, aún
sola la blancura y resplandor.
No es resplandor que dislumbre, sino una blancura suave,
y el resplandor infuso, que da deleite grandísimo a la vista
y no la cansa, ni la claridad que se ve para ver esta hermosura
tan divina. Es una luz tan diferente de la de acá, que parece una
cosa tan dislustrada la claridad del sol que vemos, en compa-
ración de aquella claridad y luz que se representa a la vista,
que no se querrían abrir los ojos después. Es como ver un agua
muy clara, que corre sobre cristal y reverbera en ello el sol, a
una muy turbia y con gran nublado y corre por encima de la
tierra. No porque se representa sol, ni la luz es como la del
sol; parece, en fin, luz natural, y estotra cosa artificial Es luz
que no tiene noche, sino que, como siempre es luz, no la turba
nada. En fin, es de suerte que, por gran entendimiento que
una persona tuviese, en todos los días de su vida podría imaginar
cómo es. Y pónela Dios delante tan presto, que aun no hubiera
lugar para abrir los ojos si fuera menester abrirlos; mas no hace
más estar abiertos que cerrados, cuando el Señor quiere, que
aunque no queramos se ve. No hay divertimiento que baste, ni
hay poder resistir, ni basta diligencia ni cuidado para ello. Esto
tengo yo bien expirimentado, como diré.
220 VlDñ DE SñNTH TERESA DE JESÚS
Lo qu€ yo ahora querría decir, es el modo cómo el Señor
se muestra por estas visiones; no digo que declararé de qué
manera puede ser poner esta luz tan fuerte en el sentido inte-
rior, y en el entendimiento imagen tan clara, que parece verdade-
ramente está allí, porque esto es de letrados. No ha querido el
Señor darme a entender el cómo; g soy tan inorante y de tan
rudo entendimiento, que, aunque mucho me lo han querido decla-
rar, no he aun acabado de entender el cómo. Y esto es cierto,
que aunque a vuestra merced le parezca que tengo vivo enten-
dimiento, que no le tengo, porque en muchas cosas lo he expi-
rimentado, que no comprende más de lo que le dan a comer,
como dicen. Algunas veces se espantaba el que me confesaba de
mis inorancias, y jamás me di a entender, ni aun lo deseaba,
cómo hizo Dios esto u pudo ser esto, ni lo preguntaba, aunque,
como he dicho, de muchos años acá trataba con buenos letrados.
Si era una cosa pecado u no, esto sí; en lo demás no era me-
nester más para mí de pensar hízolo Dios todo, y vía que no
había de qué me espantar, sino por qué le alabar, y antes me
hacen devoción las cosas dificultosas, y mientra más más.
Diré, pues, lo que he visto por expiriencia. El cómo el Señor
lo hace, vuestra merced lo dirá mijor y declarará todo lo que fuere
escuro y yo no supiere decir. Bien me parecía en algunas cosas
que era imagen lo que vía, mas por otras muchas no, sino que era
«1 mesmo Cristo, conforme a la claridad con que era servido mos-
trárseme. Unas veces era tan en confuso, que me parecía imagen,
no como los debujos de acá, por muy perfetos que sean, que hartos
he visto buenos (1). Es disbarate pensar que tiene semejanza lo
uno con lo otro en ninguna manera, no más ni menos que la tiene
una persona viva a su retrato, que por bien que esté sacado, no
puede ser tan al natural, que, en fin, se ve es cosa muerta. Más
dejemos esto, que aquí viene bien y muy al pie de la letra.
No digo que es comparación, que nunca son tan cabales, sino
verdad, que hay la diferencia que de lo vivo a lo pintado, no más
1 Bordaba la Santa y hacía otras labores de mano muy primorosamente, como puede verse
por los trabajos que de ella se veneran en las Carmelitas de Medina del Campo y otros lugares-
CAPITULO xxvm 221
ni menos. Porque si es imagen, es imagen viva; no hombre muer-
to, sino Cristo vivo. Y da, a entender que es hombre y Dios; no
como estaba en el sepulcro, sino como salió de él después de re-
sucitado. Y viene a veces con tan grande majestad, que no hay
quien pueda dudar si no que es el raesmo Señor, en especial en
acabando de comulgar, que ya sabemos que está allí, que nos lo
dice la fe. Represéntase tan señor de aquella posada, que parece,
toda deshecha el alma, se ve consumir en Cristo. ¡Oh Jesús mío,
quién pudiese dar a entender la majestad con que os mostráis!
Y cuan Señor de todo el mundo y de los cielos, y de otros mil
mundos, y sin cuento mundos y cielos que Vos criárades, entiende
el alma, sigún con la majestad que os representáis, que no es
nada para ser Vos Señor de ello.
ñquí se ve claro, Jesús mío, el poco poder de todos los de-
monios en comparación del vuestro, y cómo, quien os tuviere con-
tento, puede repisar el infierno todo. Aquí ve la razón que tuvie-
ron los demonios de temer cuando bajastes a el imbo, y tuvieran
de desear otros mil ifiernos más bajos para huir de tan gran
majestad, y veo que queréis dar a entender a el alma cuan gran-
de es y el poder que tiene esta sacratísima Humanidad junto
con la Divinidad. Aquí se representa bien qué será el día de el
juicio ver esta majestad de este Rey, y verle con rigor para los
malos; aquí es la verdadera humildad que deja en el alma de
ver su miseria, que no la puede inorar; aquí la confusión y ver-
dadero arrepentimiento de los pecados, que, aun con verle que
muestra amor, no sabe adonde se meter, y ansí se deshace toda.
Digo que tiene tan grandísima fuerza esta visión, cuando el Señor
quiere mostrar a el alma mucha parte de su grandeza y majes-
tad, que tengo por imposible, si muy sobrenatural no la quisiese
el Señor ayudar, con quedar puesta en arrobamiento y éxtasi,
que pierde el ver la visión de aquella divina presencia con gozar;
sería, como digo, imposible sufrirla ningún sujeto. Es verdad
que se olvida después. Tan imprimida queda aquella majestad y
hermosura, que no hay poderlo olvidar, si no es cuando quiere
el Señor que padezca el alma una sequedad y soledad grande
que diré adelante; que aun entonces de Dios parece se olvida.
222 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
Queda el alma otra, siempre embebida; parécele comienza de
nuevo amor vivo de Dios en mug alto grado, a mi parecer; que,
aunque la visión pasada, que dije que representa a Dios sin ima-
gen, es más subida, que para durar la memoria conforme a nuestra
flaqueza, para traer bien ocupado el pensamiento, es gran cosa
el quedar representado y puesta en la imaginación tan divina
presencia. Y casi vienen juntas estas dos maneras de visión siem-
pre; y aun es ansí que lo vienen, porque con los ojos del alma
vese la ecelencia y hermosura y gloria de la santísima Humani-
dad. Y por estotra manera que queda dicha, se nos da a entender
cómo es Dios, y poderoso, y que todo lo puede, y todo lo manda,
y todo lo gobierna y todo lo hinche su amor.
Es muy mucho de estimar esta visión, y sin peligro, a mi
parecer, porque en los efetos se conoce no tiene fuerza aquí el
demonio. Paréceme que tres u cuatro veces me ha querido repre-
sentar de esta suerte a el mesmo Señor, en representación falsa.
Toma la forma de carne; mas no puede contrahacerla con la
gloria que cuando es de Dios. Hace representaciones para des-
hacer la verdadera visión que ha visto el alma; mas ansí la re-
siste de isí y se alborota, y se desabre y inquieta, que pierde la
devoción y gusto que antes tenía y queda sin ninguna oración. A
los principios fué esto, como he dicho, tres u cuatro veces. Es
cosa tan diferentísima que, aun quien hubiere tenido sola ora-
ción de quietud, creo lo entenderá por los efetos que quedan di-
chos en las hablas. Es cosa muy conocida, y si no se quiere dejar
engañar un alma, no me parece la engañará si anda con humil-
dad y simplicidad. A quien hubiere tenido verdadera visión de
Dios, desde luego casi se siente; porque, aunque comienza con
regalo y gusto, el alma lo lanza de sí. Y aun, a mi parecer,
debe ser diferente el gusto, y no muestra apariencia de amor
puro y casto, muy en breve da a entender quién es. Ansí que,
adonde hay expiriencia, a mi parecer, no podrá el demonio
hacer daño.
Pues ser imaginación esto, es imposible de toda imposibili-
dad; ningún camino lleva, porque sola la hermosura y blancura
de una mano es sobre toda nuestra imaginación. Pues sin acor-
CAPITULO XXVIll 223
darnos de ello, ni haberlo jamás pensado, ver en un punto pre-
sentes cosas que en gran tiempo no pudieran concertarse con la
imaginación, porque va muy más alto, como ya he dicho, de lo
que acá podemos comprehender, ansí que esto es imposible. Y si
pudiésemos algo en esto, aun se ve claro por estotro que ahora
diré. Porque si fuese representado con el entendimiento, dejado
que no haría las grandes operaciones que esto hace, ni ninguna,
porque sería como uno que quisiese hacer que dormía y estáse
despierto porque no le ha venido el sueno. El, como si tiene ne-
cesidad u flaqueza en la cabeza lo desea, adormécese el en sí
y hace sus diligencias, y a las veces parece hace algo; mas si no
es sueño de veras, no le sustentará ni dará fuerza a la cabeza,
antes a las veces queda más desvanecida. Ansí sería en parte
acá, quedar el alma desvanecida, mas no sustentada y fuerte, antes
cansada y desgustada. Acá no se puede encarecer la riqueza que
queda; aun al cuerpo da salud, y queda conortado.
Esta razón, con otras, daba yo cuando me decían que era
demonio, y que se me antojaba, que fué muchas veces, y ponía
comparaciones como yo podía y el Señor me daba a entender.
Mas todo aprovechaba poco, porque como había personas muy
santas en este lugar, y yo en su comparación una perdición, y
no los llevaba Dios por este camino, luego era el temor en ellos;
que mis pecados parece lo hacían, que de uno en otro se rodeaba,
de manera que lo venían a saber sin decirlo yo sino a mi con-
fesor u a quien él me mandaba.
Yo les dije una vez, que si los que me decían esto me dijeran
que a una persona que hubiese acabado de hablar y la conociese
mucho, que no era ella, sino que se me antojaba, que ellos lo
sabían, que sin duda yo lo creyera más que lo que había visto.
Mas si esta persona me dejara algunas joyas, y se me quedaban
en las 'manos por (prendas de mucho amor, y que antes no tenía ¡nin-
guna, y me vía rica siendo pobre, que no podría creerlo, aun-
que yo quisiese; y que estas joyas se las podría mostrar, por-
que todos los que me conocían vían claro estar otra mi alma,
y ansí lo decía mi confesor; porque era muy grande la dife-
rencia en todas las cosas, y no disimulada, sino muy con cía-
224 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
ridad lo podían todos ver. Porque como antes era tan ruin, decía
yo que no podía creer que si el demonio hacía esto para enga-
ñarme g llevarme a el infierno, tomase medio tan contrario como
era quitarme los vicios, y poner virtudes y fortaleza; porque vía
claro con estas cosas quedar len una vez, otra.
Mi confesor, como digo, que era un Padre bien santo de la
Compañía de Jesús, respondía esto mesmo, sigún yo supe (1).
Era muy discreto y de gran humildad, y esta humildad tan gran-
de me acarreó a mí hartos trabajos; porque, con ser de mucha
oración y letrado, no se fiaba de sí, como el Señor no le lleva-
ba por este camino. Pasólos harto grandes conmigo de muchas
maneras. Supe que le decían que se guardase de mí, no le en-
gañase el demonio con creerme algo de lo que le decía; traíanle
enjemplos de otras personas. Todo esto me fatigaba a mí. Temía
que no había de haber con quien me confesar, sino que todos
habían de huir de mí; no hacía sino llorar.
Fué providencia de Dios querer él durar y oirme, sino que
era tan gran siervo de Dios, que a todo se pusiera por El; y ansí
1 Habla aquí la Santa del P. Baltasar Alvaiez. Como era tan mozo cuando comenzó a
confesarla (sólo tenía veinticinco años), no es extraño temiese y desconfiase de su propio consejo,
H consultase a otros de más experiencia; aunque éstos, según se colige de la Santa, lejos de
mejorar el parecer del Padre y asegurarlo, lo ponían en mayores aprietos, aconsejándole se guat"
dase mucho de aquella monja. Por esta época padecía el P. Alvarez de encogimiento o pusi-
lanimidad de espíritu, y tenía también que contar con su Rector, el P. Dionisio Vázquez, que
según los Bolandos (Ecta S. Teresiae, núm. 309), era de carácter rígido y duro con los subditos.
Con esto se comprenderán fácilmente las vacilaciones del joven confesor en la dirección de un
alma favorecida por Dios con extraordinarias mercedes. El mismo P. Alvarez lamenta esta con-
dición suya por estas palabras que se leen en el capítulo XIII de la vida que de él escribió el
P. La Puente: «Tenía entonces un corazón muy pequeño, con gran dolor de que no tenía las
partes que otros para ser amado y estimado de elloi, despedazándome por unas cosas y por
otras... Por la estrechura de mi corazón, dábanme pena las faltas de los otros que estaban a mi
cargo y pensaba era buen gobierno traerlos podridos».
Además, los Padres de la Compañía no aprobaban por entonces incondicionalmente u sin
cautelas el espíritu de las Carmelitas Descalzas, y llegaron a considerar su conversación menos
conveniente. Precisamente el mismo P. Alvarez hubo de sufrir no poco años adelante porque
en su oración daba demasiada importancia a la parte afectiva, que parece no se ajustaba bien al
modo de meditar enseñado en los Ejercicios de San Ignacio, y por su trato y correspondencin
escrita con estas religiosas, y hasta se le aconsejó por los Superiores lo moderase. Entre los
avisos que el P. Avellaneda dio en 1577 como visitador del Colegio de Villagarcía, del que era
el R. P. Alvarez superior y maestro de novicios, se lee éste: «No gastar tiempo con mujeres,
especialmente monjas carmelitas, en visitas y por cartas, sed suaviier et effícaciter irse soltando
de ellas». El general de la Compañía, P. Mercurian, aprobó lo hecho por el Visitador con el
P. Alvarez, y en 20 de Febrero de 1578 escribía al P. Avellaneda: «Del oficio que ha hecho
con el Rector de ahí y buenos advertimientos que le dio, me he mucho consolado, y en una
que he escrito al dicho Rector, encomendándole la visita de Aragón, le he confirmado el
parecer de V. R.» (Cfr. Historia de la Compañía de Jesús en la asistencia de España, por el
P. Antonio Astrain, t. III, c. VIII).
CAPITULO xxvm 225
m€ d€cía qu€ no ofendiese yo a Dios, ni saliese de lo que él me
decía, que no hubiese miedo me faltase; siempre me animaba y
sosegaba. Mandábame siempre que no le callase ninguna cosa;
yo ansí lo hacía. El me decía que haciendo yo esto, que aunque
fuese demonio, no me haría daño, antes sacaría el Señor bien
de d ma|l que él quería hacer a mi alma; procuraba pcrficio-
narla en todo lo que él podía. Yo, como traía tanto miedo, obede-
cíale en todo, aunque imperfetamente, que harto pasó conmigo
tres años (1) y más que me confesó, con estos trabajos; por-
que en grandes persecuciones que tuve y cosas hartas que primi-
tía el Señor me juzgasen mal, y muchas estando sin culpa, con
todb venían a él y era culpado por mí, estando él sin ninguna
culpa.
Fuera imposible, si no tuviera tanta santidad, y el Señor
que le animaba, poder sufrir tanto, porque había de responder
a los que les parecía iba perdida y no le creían; y por otra parte
habíame de sosegar a mí y de curar el miedo que yo traía, pu-
niéndomele mayor. Me había por otra parte de asigurar; por-
que a cada visión, siendo cosa nueva, primitía Dios me quedasen
después grandes temores. Todo me procedía de ser tan pecadora
yo y haberlo sido. El me consolaba con mucha piadad, y si él
se creyera a sí mesmo, no padeciera yo tanto; que Dios le daba
a entender la verdad en todo, porque el mesmo Sacramento le
daba luz, a lo que yo creo.
Los siervos de Dios que no se asiguraban, tratábanme mu-
cho. Yo, como hablaba con descuido algunas cosas, que ellos to-
maban por diferente intención, (yo quería mucho a el uno de ellos,
porque le debía infinito mi alma y era muy santo); yo sentía
infinito de que vía no me entendía, y él deseaba en gran ma-
nera mi aprovechamiento y que el Señor me diese luz; y ansí
lo que yo decía, como digo, sin mirar en ello, parecíales poca
humildad. En viéndome alguna falta, que verían muchas, luego
era todo condenado. Preguntábanme algunas cosas; yo respondía
1 La confesó por espacio de seis años el P. Alvarez, de quien habla aquí la Santa, aun-
que los tres o cuatro primeros, es decir de 1558 a 1562, fueron los más penosos ij difíciles por el
grande número de gracias extraordinarias con que durante este tiempo fué favorecida del cielo.
!226 VIDA DE SANTA TeRESÜ DE JESÜS
con llaneza y descuido; luego les parecía les quería enseñar, y
que me tenía por sabia. Todo iba a mi confesor, porque, cierto,
ellos deseaban mi provecho; él a reñirme.
Duró esto harto tiempo, afligida por muchas partes, y con
las mercedes que me hacía el Señor, todo lo pasaba. Digo esto,
para que se entienda el gran trabajo que es no haber quien tenga
expiriencia en este caminó espiritual, que a no me favorecer tanto
el Señor, no sé qué fuera de mí. Bastantes cosas había para qui-
tarme el juicio, y algunas veces me vía en términos, que no sabía
qué hacer sino alzar los ojos a el Señor; porque contradición de
buenos a una mujercilla ruin y flaca como yo y temerosa, no
parece nada ansí dicho, y con haber yo pasado en la vida grandí-
simos trabajos, es éste de los mayores. Plega el Señor que yo
haya servido a Su Majestad algo en esto, que de que le servían
los que me condenaban y argüían bien cierta estoy y que era
todo para gran bien mío.
CAPITULO XXIX
PROSIGUE EN LO COMENZADO Y DICE ALGUNAS MERCEDES GRANDES
QUE LA HIZO EL SEÑOR Y LAS COSAS QUE SU MAJESTAD LA DECÍA
PARA ASIGüRARLA Y PARA QUE RESPONDIESE A LOS QUE LA CON-
TRADECÍAN.
Mucho he salido del propósito, porque trataba de decir las
causas que hag para ver que no es imaginación; porque ¿cómo
podríamos representar con estudio la Humanidad de Cristo, y
ordenando con la imaginación su gran hermosura? Y no era
menester poco tiempo si en algo se hjabía de parecer a ella. Bien
la puede representar delante de su imaginación y estarla mirando
algún espacio, y las figuras que tiene, y la blancura, y poco a
poco irla más perficionando y encomendando a la memoria aque-
lla imagen. Esto, ¿quién se lo quita? pues con el entendimiento
la pudo fabricar. En lo que tratamos ningún remedio hay de
esto, sino que la hemos de mirar cuando el Señor lo quiere re-
presentar, y como quiere, y lo que quiere. Y no hay quitar ni
poner, ni modo para ello, aunque más hagamos, ni pa verlo
cuando queremos, ni para dejarlo de ver: en quiriendo mirar
alguna cosa particular, luego se pierde Cristo.
Dos años y medio me duró, que muy ordinario me hacía
Dios esta merced. Habrá más de tres que tan contino me la quitó
de este modo, con otra cosa más subida, como quizá diré después,
y con ver que me estaba hablando y yo mirando aquella gran her-
mosura, y la suavidad con que habla aquellas palabras por
228 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÜS
aquella hermosísima y divina boca, y otras veces con rigor, y de-
sear yo en extremo entender el color de sus ojos, u de el tamaño
qu€ era (1), para que lo supiese decir, jamás lo he merecido
ver, ni me basta procurarlo, antes se me pierde la visión de el
todo. Bien que algunas veces veo mirarme con piadad; mas tiene
tanta fuerza esta vista, que el alma no la puede sufrir, y queda
en tan subido arrobamiento, que para más gozarlo todo pierde
esta hermosa vista. Ansí que aquí no hay que querer y no que-
rer. Claro se ve quiere el Señor que no haya sino humildad y
confusión, y tomar lo que nos dieren, y alabar a quien lo da.
Esto &s en todas las visiones, sin quedar ninguna, que nin-
guna cosa se puede, ni para ver menos ni más, hace ni deshace
nuestra diligencia. Quiere el Señor que veamos muy claro no
es esta obra nuestra, sino de Su Majestad; porque muy menos
podemos tener soberbia, antes nos hace estar humildes y teme-
rosos, viendo que como el Señor nos quita el poder para ver
lo que queremos, nos puede quitar estas mercedes y la gracia,
y quedar perdidos de el todo, y que siempre andemos con miedo
mientra en este destierro vivimos.
Casi siempre se me representaba el Señor ansí resucitado,
y en la Hostia lo mesmo, si no eran algunas veces para esfor-
zarme, si estaba en tribulación, que me mostraba las llagas, al-
gunas veces en la cruz, y en el huerto; y con la corona de espi-
nas, pocas; y llevando la cruz también algunas veces, para,
como digo, necesidades mías y de otras personas, mas siempre
la carne glorificada. Hartas afrentas y trabajos he pasado en
decirlo y hartos temores y hartas persecuciones. Tan cierto les
parecía que tenía demonio, que me querían conjurar algunas per-
sonas. De esto poco se me daba a mí; mas sentía cuando vía
yo que temían los confesores de confesarme, u cuando sabía
les decían algo. Con todo, jamás me podía pesar de haber visto
estas visiones celestiales, y por todos los bienes y deleites de el
mundo sola una vez no lo trocara. Siempre lo tenía por gran
1 Aunque las ediciones, desde la príncipe, han puesto el verbo en plural, refiriéndolo a
los ojos, algunos, como las Carmelitas de París, (Oeuvres Completes, t. I, p. 369), lo refieren
a la estatura de nuestro Señor.
CAPITULO XXIX 229
merced de el Señor y me parece un grandísimo tesoro, y el mesmo
Señor me asiguraba muchas veces. Yo me vía crecer en amarle muy
mucho; íbame a quejar a El de todos estos trabajos; siempre
salía consolada de la oración y con nuevas fuerzas. A ellos no
los osaba yo contradecir, porque vía era todo peor, que les pa-
recía poca humildad. Con mi confesor trataba; él siempre me
consolaba mucho cuando me vía fatigada.
Como las visiones fueron creciendo, uno de ellos, que an-
tes me ayudaba, que era con quien me confesaba algunas veces
que no podía el ministro, comenzó a decir que claro era demo-
nio. Mándanme que, ya que no había remedio de resistir, que
siempre me santiguase cuando alguna visión viese, y diese higas,
porque tuviese por cierto era demonio, y con esto no vernía;
y que no hubiese miedo, que Dios me guardaría y me lo quita-
ría (1). A mí me era esto gran pena; porque como yo no po-
día creer sino que era Dios, era cosa terrible para mí; y tam-
poco podía, como he dicho, desear se me quitase; mas, en fin,
1 Sobre el significado de la palabra higas véase la nota de la página 201. Extraño sobrema-
nera parece que un pasaje sobre el que se han escrito tan opuestos y apasionados pareceres, no
se hajja leído bien, fuera de la de Fray Luis de León y alguna otra de las primeras, en ninguna
de las ediciones publicadas hasta el presente, ni en las reproducciones que de él se han hecho
con el fin de comentarlo. D. Vicente, como era de temer, sin excluir su edición fototipográfica, lo
trae mal, y lo mismo D. Miguel Mir (Santa Teresa t. I, pág. 380 y 382). Los Padres de la Com-
pañía (véase v. gr. los Bolandos, Reta 5. Teresiae, p. 56), no han restituido el texto a su propia
lectura, como parecía natural, cuando trataban de disculpar o atenuar la falta del hermano en re-
ligión que sospechaban había cometido el desafuero de las higas. Como se ve por el texto, que
publicamos conforme al original, la Santa habla en plural dos veces nada menos, las mismas que
los editores le han hecho escribir en singular. Si bien Santa Teresa no está muy fuerte en con-
cordancias sintáxicas, poniendo a veces el verbo en plural regido de un solo sujeto, sin
embargo, la atenta lectura de este período claramente manifiesta que fueron varios los que la
aconsejaron diese higas cuando tuviese alguna visión. Todos aquellos que, según nos cuenta la
Santa en el capítulo XXV, pág. 197, temían que su espíritu fuera demonio, como los que in-
sistían con el P. Alvarez a que se guardase de la Madre Teresa, mencionados en el capítulo
precedente, no dudaron en mandarla que tratase de ahuyentar por medio de las higas tales re-
presentaciones. Entre estos contábanse el Maestro Daza y Francisco de Salcedo. El P. Gra-
dan, al apostillar esta palabra, dice que fué «Gonzalo de Hranda», clérigo de Avila, de
quien más adelante haremos mérito por lo mucho que ayudó a la Santa en la fundación de
San José y pleitos que por ella sostuvo con el Ayuntamiento. Además de estos, hubo Padres
de la Compañía que opinaban lo mismo, sin que nos sea dado averiguar sus nombres, aunque
se citan los del P. Hernando Alvarez del Águila, Araoz y P. Ripalda. Tengo para mí, que no
sólo los mencionados sino muchos otros religiosos y sacerdotes de Avila serían de este parecer,
ya que los tiempos que corrían eran muy recios por los embustes místicos de muchas
ilusas, que la Inquisición se había visto obligada a sofocar con mano fuerte, y el espíritu de la
Santa aun no había llegado al grado de indiscutible seguridad que más tarde alcanzo con la
aprobación de San Pedro de Alcántara y otros siervos de Dios. Por otra parte, si el consejo no
es ciertamente digno de elogio, tampoco vemos que sea tan disparatado e inespetuoso como
algunos autores aparentan, con escándalo algo farisaico. Dura había de ser para la Santa tal
230 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÜS
hacía cuanto me mandaban. Suplicaba mucho a Dios que me libra-
se áe ser engañada; esto siempre lo hacía, y con hartas lágrimas,
aj a San Pedrpí y a San Pablo, que me dijo él Señor, como fué
la primera vez que me apareció en su día (1), que ellos me
guardarían no fuese engañada; y ansí muchas veces los vía al
lado izquierdo muy claramente, aunque no con visión imaginaria.
Eran estos gloriosos Santos muy mis señores.
Dábame este dar higas grandísima pena cuando vía esta
visión del Señor. Porque cuando yo le vía presente, si me hi-
cieran pedazos, no pudiera yo creer que era demonio, y ansí
era un género de penitencia grande para mí; y por no andar
tanto santiguándome, tomaba una cruz en la mano. Esto hacía
casi siempre; las higas no tan contino, porque sentía mucho.
Acordábame de las injurias que le habían hecho los judíos, y su-
plicábale me perdonase; pues yo lo hacía por obedecer a el que
tenía en su lugar, y que no me culpase, pues eran los ministros
que El tenía puestos en su Ilesia. Decíame que no se me diese
nada, que bien hacía en obedecer; mas que él haría que se
entendiese la verdad. Cuando me quitaban la oración, me pare-
ció se había enojado. Díjome que les dijese que ya aquello era
tiranía. Dábame causas para que entendiese que no era demonio;
alguna diré después.
Una vez, tiniendo yo la cruz en la mano, que la traía en un
rosario, me la tomó con la suya, y cuando me la tornó a dar,
era de cuatro piedras grandes, muy más preciosas que diamantes.
obediencia, porque estaba cierta de que las visiones eran de Dios, pero no podemos juzgar
por esta certeza a los confesores que se lo mandaban, cuando a juicio de ellos podían ser
del demonio transfigurado en ángel de luz. Véase sobre esto la docta disertación del P. Van
der Moere en /Icta Sanctae Teresiae, págs. 57-62.
Lamentamos que el P. Jerónimo Gracián no nos haya dado más explicaciones sobre este
incidente memorable en la vida de la Santa. Habiendo sido el guardador de los secretos más
íntimos de la venerable Fundadora en los últimos años de su vida, no es inverosímil que
revelase al P. Gracián lo que a los demás discretamente celó, pues, según testimonio del
mismo Padre, algunas veces hablaron de ello. Trata de esto Gracián en sus Scolios y Rdi"
dones a la Vida de Santa Teresa por el P. Ribera. (Véase Santa Teresa, por D. Miguel Mir,
t. I, p. 381). Las Carmelitas Descalzas de Medina del Campo conservan un pequeño pedazo
de asta o materia córnea y forma conoidal, sujeto en su base por un aro de hojalata, el
cual remata en una anilla de lo mismo. Es tradición de la Comunidad, aunque, según las
mismas religiosas, no muy fundada, que con él daba higas en las visiones a Nuestro Seflor
cuando los confesores se lo ordenaban.
1 Véanse los capítulos XXVII y XXVIII.
CAPITULO XXIX 231
sin comparación, porque no la hay casi, a lo que se ve, sobrenatu-
ral (diamante parece cosa contrahecha y imperfeta), de las piedras
preciosas que se ven allá. Tenía las cinco llagas de muy linda
hechura (1). Di jome que ansí la vería de aquí adelante, y ansí
me acaecía que no vía la madera de que era, sino estas piedras;
mas no lo vía nadie sino yo. En comenzando a mandarme hiciese
estas pruebas y resistiese, era muy mayor el crecimiento de las
mercedes. En quiriéndorae divirtir, nunca salía de oración; aun
durmiendo me parecía estaba en ella, porque aquí era crecer el
amor, y las lástimas que yo decíai a lel Señor, y el no lo poder su-
frir, ni era en mi mano, aunque yo quería y más lo procuraba,
de dejar de pensar en El. Con todo obedecía cuando podía, mas
podía poco u nonada en esto, y el Señor nunca me lo quitó;
mas, aunque me decía lo hiciese, asigurábame por otro cabo, y
enseñábame lo que les había de decir, y ansí lo hace ahora, y
dábame tan bastantes razones, que a mí me hacía toda siguridad.
Desde a poco tiempo comenzó Su Majestad, como me lo
tenía prometido, a señalar más que era El, creciendo en mí un
amor tan grande de Dios, que no sabía quién me le ponía, porque
era muy sobrenatural, ni yo le procuraba. Víame morir con deseo
de ver a Dios, y no sabía adonde había de buscar esta vida si no
era con la muerte. Dábanme unos ímpetus grandes de este amor,
que, aunque no eran tan insufrideros como los que ya otra
1 Este favor extraordinario conccdióselo Dios como justo premio a la recia y difícil obe-
diencia que le impuso el confesor en dar higas. «Estando un día en esto, dice Ribera (Vida
de Sía. Teresa, p. I, c. XI), g ella con la cruz en la mano, que la traía en el rosario, el Señor,
que no se espantaba nada de la cruz, se la tomó y se la tornó después a dar, pero mug de
otra manera que la había tomado; porque parecía hecha de cuatro piedras grandes g mug ricas,
más que diamantes sin comparación, g en' una de ellas estaban las cinco llagas, de muy gracio-
sa hechura, g díjola que así vería la cruz de allí adelante». Jerónimo de S. José en su Historia
del Carmen descalzo, 1. II, c. 20, añade: «Esta cruz se la sacó después con grandes^uegos y
buena disimulación, como que no sabía lo que había en ella, su hermana D.a Juana de Ahuma-'
da en Alba... Es de cuatro cuentas bien largas de ébano, de color pardo, como las que ordina-
riamente se ponen en los extremos de unos rosarios grandes que se usan». De D.a Juana pasó
a D.a María Enríquez de Toledo, Duquesa de Alba. Muerta la Duquesa, reclamaron judi-
cialmente la cruz los Carmelitas, y se la devolvió, por sentencia recaída en 24 de Diciem-
bre de 1612, D.a Francisca de Tapia, antigua camarera de la Duquesa difunta. La cruz
quedó en los Padres Carmelitas de Valladolid. De estas diligencias judiciales levantó acta el
P. Diego de San José, secretario del Definitorio General del Carmen Descalzo, en Madrid,
día 22 de Febrero de 1619. (Cfr. Ms. 13. 245 de la Biblioteca Nacional). La cruz debió de
venerarse en nuestro convento de Valladolid hasta fines del siglo XVIII. Más tarde, quizá cuando
la Francesada, esta reliquia pasó a manos de las Carmelitas Descalzas. Restituida de nuevo a
los Padres, donde se creía podría estar más segura, se perdió en la funesta exclaustración
del año 35 y siguientes de la pasada centuria.
232 VIDñ DE SANTñ TERESA DE JESÚS
vez he dicho (1), ni de tanto valor, yo no sabía qué me hacer;
porque nada me satisfacía, ni cabía en mí, sino que verdade-
ramente me parecía se me arrancaba el alma. ¡Oh artificio sobe-
rano de el Señor, qué industria tan delicada hacíades con vues-
tra esclava miserable! ñscondíadesos de mí, g apretábadesme con
vuestro amor con una muerte tan sabrosa, que nunca el alma
querría salir de ella.
Quien no hubiere pasado estos ímpetus tan grandes, es impo-
sible poderlo entender, que no es desasosiego del pecho, ni unas
devociones que suelen dar muchas veces, que parece ahogan el
espíritu, que no caben en sí. Esta es oración más baja, y hanse
de evitar estos aceleramientos con procurar con suavidad reco-
gerlos dentro en sí y acallar el alma. Que es esto como unos
niños que tienen un acelerado llorar, que parece van a bogarse, y,
con darlos a beber, cesa aquel demasiado sentimiento. Ansí acá,
la razón ataje a encoger la rienda, porque podría ser ayudar el
mesmo natural. Vuelva la consideración con temer no es todo per-
feto, sino que puede ser mucha parte sensual, y acalle este niño
con un regalo de amor que le haga mover a amar por vía suave,
y no a puñadas, como dicen. Que recojan este amor dentro, y
no como olla que cuece demasiado, porque se pone la leña sin
discreción, y se vierte toda; sino que moderen la causa que
tomaron para ese fuego, y procuren amatar la llama con lágrimas
suaves y no penosas, que lo son las de estos sentimientos, y
hacen mucho daño. Yo las tuve algunas veces a los principios,
y dejábanme perdida la cabeza y cansado el espíritu de suerte,
que otro día y más no estaba para tornar a la oración. Ansí que
es menester gran discreción a los principios para que vaya todo
con swavidad y se muestre el espíritu a obrar interiormente; lo
exterior se procure mucho evitar.
Estotros ímpetus son diferentísimos. No ponemos nosotros
la leña, sino que parece que, hecho ya el fuego, de presto nos
echan dentro para que nos quememos. No procura el alma que
duela esta llaga de la ausencia del Señor, sino hincan una saeta
1 Capítulo XX.
CAPITULO XXIX 233
íen lo más vivo de las entrañas g corazón' a las veces, que no sabe
el alma que ha ni qué quiere. Bien entiende que quiere a Dios,
y que la saeta parece traía gerba para aborrecerse a sí por amor
de este Señor, y perdería de buena gana la vida por El. No se
puede encarecer ni decir el modo con que llaga Dios el alma
y la grandísima pena que da, que la hace no saber de sí; mas es
esta pena tan sabrosa, que no hay deleite en la vida que más
contento dé. Siempre querría el alma, como he dicho, estar mu-
riendo de este mal.
Esta pena y gloria junta me traía desatinada, que no podía
yo entender cómo podía ser aquello. ¡Oh, qué es ver un alma he-
rida! Que digo que se entiende de manera, que se puede decir
herida por tan ecelente causa, y ve claro que no movió ella por
donde le viniese este amor, sino que, de el muy grande que el
Señor la tiene, parece cayó de presto aquella centella en ella que
la hace toda arder. ¡Oh, cuántas veces me acuerdo, cuando ansí
estoy, de aquel verso de David: Quemadtnodum desiderat cervus
ad fontes aqtiarum (1), que parece lo veo al pie de la letra
en mí!
Cuando no da esto muy recio parece se aplaca algo, al menos
busca el alma algún remedio, porque no sabe qué hacer, con
algunas penitencias, y no se sienten más, ni hace más pena de-
rramar sangre que si estuviese el cuerpo muerto. Busca modos y
maneras para hacer algo que sienta por amor de Dios; mas es
tan grande el primer dolor, que no sé yo que tormento corporal
le quitase. Como no está allí el remedio, son muy bajas estas
medicinas para tan subido mal; alguna cosa se aplaca y pasa algo
con esto, pidiendo a Dios la dé remedio para su mal y ningu-
no ve, sino la muerte, que con ésta piensa gozar de el todo a su
Bien. Otras veces da tan recio, que eso ni nada no se puede hacer,
que corta todo el cuerpo, ni pies ni brazos no puede menear;
antes si está en pie se sienta como una cosa trasportada, que
no puede ni aún resolgar, sólo da unos gemidos, no grandes,
porque no puede, mas sonlo en el sentimiento.
1 Ps. XLII. El original: Q¡te,inaámodun deai^ted cervus a fontes aguanm.
234 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
Quiso el Señor que vies€ aquí algunas veces esta visión:
vía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo en forma corporal, lo
que no suelo ver sino por maravilla. Aunque muchas veces se me
representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada
que dije primero. Esta visión quiso el Señor le viese ansí: no
era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan ecendi-
do que parecía de los ángeles muy subidos, que parecen todos
s€ abrasan. Deben ser los que llaman Querubines (1), que los
nombres no me los dicen; mas bien veo que en el cielo hay tanta
diferencia de unos ángeles a otros, y de otros a otros, que no
lo sabría decir. Víale en las manos un dardo de oro largO, y al fin
de el hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía
meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba a las en-
trañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo y me dejaba
toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor,
que me hacía dar aquellos quejidos; y tan ecesiva la suavidad
que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se
quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor
corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo
algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre
el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a
quien pensare que miento (2).
1 Santa Teresa escribió Cherubines; pero el P. Báfiez puso al margen: más parece de los
que llaman Serañnes, y así lo imprimió Fr. Luis de León.
2 Claramente dice la Santa que fué favorecida con esta regalada visión del querubín
para la fecha en que escribía esto, que probablemente ocurrió hacia el ano 1562. Es tradición
en la comunidad de Carmelitas de la Encarnación de Avila, que recibió otra vez este mismo
favor siendo Priora de aquella casa en el trienio de 1571 a 1574. Escribe D.a María Pinel
en la Historia manuscrita del Convento: «La merced del dardo (así llaman todavía las reli-
giosas Carmelitas a la fiesta de la Transverberación), es menester entender que no fué una
vez sola, sino muchas las que el Señor hirió aquel pecho; así fué en el coro, en las cel-
das; así dice que los días que le duraba esta visión, que fueron algunos..., andaba enajenada
H fuera de sí, ij no quería ver ni hablar sino abrazarse con su pena tan sabrosa. Lo afirma-
ban las religiosas de su tiempo. Así, una de estas veces fué siendo Priora en su aposento
de la celda prioral. Dormía en otro sobre aquel, la venerable Ana María de Jesús, su tierní-
sima hija; oyó gemidos y bajó a ver si quería algo, y díjola: vayase mi hija y tal la suceda».
Todavía enseñan las religiosas de la Encarnación esta celda prioral.
Sobre el corazón de Santa Teresa han corrido, con mucho crédito, las más raras in-
venciones. Primero se dijo que cuando a poco de morir la Santa se trasladó el cuerpo a
Avila, una religiosa del convento de Alba, poseída de extraño valor, hundió un cuchillo
en el cuerpo incorrupto de la Santa, e introduciendo la mano, arrancó el corazón. Para re-
dondear tan peregrina invención, se dijo que el corazón iba chorreando sangre en el tra-
yecto que había del sepulcro a la celda de la autora de este latrocinio piadoso, y como la
sangre despedía celestial perfume, incontinenti vinieron a conocer las demás religiosas él
CAPITULO XXIX 235
Los días que duraba esto, andaba como embobada; no qui-
siera ver, ni hablar, sino abrazarme con mi pena, que para mí
era mayor gloria que cuantas hay en todo lo criado. Esto tenía
algunas veces, cuando quiso el Señor me viniesen estos arro-
bamientos tan grandes, que aun estando entre gentes, no los
podía resistir, sino que, con harta pena mía, se comenzaron a pu-
blicar. Después que los tengo, no siento esta pena tanto, sino
la que dije en otra parte antes, no me acuerdo en qué capítulo (1),
que es muy diferente en hartas cosas y de mayor precio; antes
en comenzando esta pena, de que ahora hablo, parece arrebata
el Señor el alma y la pone en éxtasi, y ansí no hay lugar de
tener pena, ni de padecer, porque viene luego el gozar. Sea ben-
dito por siempre, que tantas mercedes hace a quien tan mal
responde a tan grandes beneficios.
hurto, cogiendo al ladrón con las manos en la masa, como suele decirse. La lejjenda no
está mal adobada. Refiere la historia verdadera de la extracción del corazón de la Santa, la
M. Catalina de San Angelo en la declaración jurada para el Proceso de la beatificación de la
Santa instruido en Salamanca, año de 1591. Declara la venerable Madre: «El Sr. Obispo Don
Jerónimo Manrique, de buena memoria. Obispo que fué de Salamanca, al tiempo que en este
convento hizo información de la incorrupción del cuerpo de la dicha Santa Teresa de Jesús, le
vio u tocó con sus manos, g trajo médicos mug famosos que viesen el dicho santo cuerpo, los
cuales, viendo el dicho santo cuerpo incorrupto y con grande olor, quisieron hacer experiencia
de si el dicho santo cuerpo estaba embalsamado, y así abrieron el dicho santo cuerpo por un
lado, y hallaron estaba entero e incorrupto y sin preservativo ninguno, y entonces es cuando al
dicho santo cuerpo le sacaron el corazón, que al presente está en este convento con viril de
plata. El cual dicho corazón, al tiempo que fué sacado del dicho santo cuerpo, esta testigo lo
guardó y le tuvo por algún tiempo, que a la sazón, como dicho tiene, era Priora».
No menos acreditada corrió por el mundo la falsa especie, que una devoción algo indis-
creta g milagrera se encargó de propalar, de no sé que excrecencias o brotes espinosos del
corazón de la Santa, los cuales dieron ocasión a ciertas imaginaciones para discurrir cabalísticos
significados sobre fenómeno tan insólito. Como después se vio que no había tales espinas, vi-'
nieron a poner en peligro de risa g de chacota, lo que debe ser tratado siempre con seriedad,
respeto y veneración. Por fortuna, estos excesos de devoción mal entendida, tienden a des-
aparecer. En artístico relicario de plata se venera hoy el santo Corazón en las Carmelitas de
Alba de Torraes. El Papa Benedicto XIII concedió fiesta y oficio propio de la Transverberación
el 25 de Mayo de 1726. La fiesta se celebra entre nosotros el 27 de Agosto. A petición del
Rey de España, hecha por medio del cardenal Belluga, Clemente XII, con fecha 11 de Diciembre
de 1733, otorgó que el Oficio de la Transverberación concedido a los Carmelitas Descalzos se
extendiese a todos sus reinos. (Cfr. BuUanum Carmelitarum, p. IV, pág. 236).
1 Capítulo XX.
CAPITULO XXX
TORNA A CONTAR EL DISCURSO DE SU VIDA Y COMO REMEDIO EL SEÑOR
MUCHO DE SUS TRABAJOS CON TRAER A EL LUGAR A DONDE ESTABA
EL SANTO VARÓN FRAY PEDRO DE ALCÁNTARA, DE LA ORDEN DEL
GLORIOSO SAN FRANCISCO. TRATA DE GRANDES TENTACIONES Y TRA-
BAJOS INTERIORES QUE PASABA ALGUNAS VECES.
Pues viendo yo lo pooo u nonada que podía hacer para no
tener estos ímpetus tan grandes, también temía de tenerlos; por-
que pena y contento no podía yo entender cómo podía estar junto.
Que ya pena corporal y contento espiritual, ya lo sabía que era
bien posible; mas tan ecesiva pena espiritual, y con tan gran-
dísimo gusto, esto me desatinaba. Aun no cesaba en procurar re-
sistir, mas podía tan poco, que algunas veces me cansaba. Am-
parábame con la cruz y queríame defender del que con ella
nos amparó a todos. Vía que no me entendía nadie, que esto
muy claro lo entendía yo; mas no lo osaba decir sino a mi
confesor, porque esto fuera decir bien de verdad que no tenía
humildad.
Fué el Señor servido remediar gran parte de mi trabajo,
y por entonces todo, con traer a este lugar a el bendito Fray
Pedro de Alcántara, de quien ya hice mención, y dije algo de
su penitencia; que entre otras cosas, me certificaron había
traído veinte años silicio de hoja de lata contino. Es autor de
unos libros pequeños de oración, que ahora se tratan mucho, de
romance, porque como quien bien la había ejercitado, escribió
238 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
harto provechosamente para los que la tienen (1). Guardó la pri-
mera Regla del bienaventurado San Francisco con todo rigor, y
lo demás que allá queda algo dicho.
Pues como la viuda (2) sierva de Dios, que "he dicho, y
amiga mía, supo que estaba aquí tan gran varón y sabía mi ne-
cesidad, porque era testigo de mis afliciones, y me consolaba
harto, porque era tanta su fe que no podía sino creer que era
espíritu de Dios el que todos los más decían era del demonio;
y como es persona de harto buen entendimiento y de mucho se-
creto, y a quien el Señor hacía harta merced en la oración, quiso
Su Majestad darla luz en lo que los letrados inoraban. Dábanme
licencia mis confesores que descansase con ella algunas cosas,
porque por hartas causas cabía en ella. Cabíale parte algunas
veces de las mercedes que el Señor me hacía, con avisos harto pro-
vechosos para su alma. Pues como lo supo, para que mijor le
pudiese tratar, sin decirme nada, recaudó licencia de mi Provin-
cial, para que ocho días estuviese en su casa, y en ella y en al-
gunas Ilesias le hablé (3) muchas veces esta primera vez que
estuvo aquí, que después en diversos tiempos le comuniqué mu-
cho. Como le di cuenta en suma de mi vida y manera de proceder
1 «Estando ella, dice a este propósito su primer biógrafo P. Ribera en el capítulo XII
de la primera parte de la Vida de Santa Teresa, por las visiones que habremos dicho, en
gran duda, y no sabiendo cómo se pudiese compadecer un gran dolor espiritual con tan ex^
trafia suavidad en el mismo espíritu, u viendo que no bastaba para resistir a los dones de
Dios, y que no la entendían, y estando por todo esto muy penada, consolóla Nuestro Señor
con la venida del santo Fray Pedro de Alcántara, Comisario que era entonces de los Padres
Descalzos del glorioso Padre San Francisco. Entonces D.a Quiomar de Ulloa, que sabía mucho
de sus cosas y la quería mucho, pidió licencia al Provincial del Carmen y trujóla a su casa, y
así se dio orden para que la Madre, a veces en casa de D.a Quiomar, a veces en algunas igle-
sias, pudiese hablar y dar cuenta de sí a este varón». Doña Quiomar conoció a San Pedro de
Alcántara en Plasencia a poco de casarse con Don Francisco de Dávila, y allí comenzó a darle
cuenta de su espíritu. Los libros que la Santa menciona son un Tratado de la oración y medi"
tación, compendio, a lo que parece, de la obra que con el mismo título compuso Fray Luis
de Granada, una Breve traducción para los que comienzan a servir a Dios, Tres cosas que
debe hacer el que desea salvarse, una Oración devotísima, y una Petición especial de amor
de Dios. Todos estos escritos están llenos de reminiscencias del Tercer Abecedario. Juntos,
con un tratado de Savonarola sobre los tres votos, se publicaron, en pequeño volumen en XII.o,
el año de 1560 en Lisboa. (Véase «Biografía de Fr. Luis de Granada con unos artículos litera-
rios donde se muestra que el venerable Padre y no S. Pedro de Alcántara es el verdadero y
único autor del Libro de la oracióni>, por el P. J, Cuervo. Madrid, 1896; y La vie franciscaine
en Espagne entre les deux couronnements de Charles^Quint, en la Revista de Archivos y
Bibliotecas, Julio-Agosto de 1914, p. 19). Uno de los mayores beneficios que hizo en esta visita
S. Pedro de Alcántara, fu~é asegurar al P. Alvarez y a Salcedo que era bueno el espíritu de la
Santa y que no la inquietasen, como ella dice en la pág. 240.
2 Doña Guiomar de Ulloa.
3 En la capilla de Mosén Rubí, en la parroquia de Santo Tomé y en la Catedral.
CAPITULO XXX 239
de oración, con la mayor claridad que yo supe, que esto he tenido
siempre, tratar con toda claridad y verdad con los que comunico
mi alma, hasta los primeros movimientos querría yo les fuesen
públicos, y las cosas más dudosas y de sospecha; yo les argüía
con razones contra mí, ansí que sin doblez y encubierta le traté
mi alma.
Casi a los principios vi que me entendía por expiriencia, que
era todo lo que yo había menester; porque entonces no me sabía
entender como ahora, para saberlo decir, que después me lo
ha dado Dios que sepa entender y decir las mercedes que Su
Majestad me hace, y era menester que hubiese pasado por ello
quien de el todo me entendiese y declarase lo que era. El me dio
grandísima luz, porque al menos en las visiones que no eran
imaginarias no podía yo entender qué podía ser aquello, y pa-
recíame que en las que vía con los ojos de el alma tampoco en-
tendía cómo podía ser; que, como he dicho, sólo las que se ven
con los ojos corporales era de las que rae parecía a raí había
de hacer caso, y éstas no tenía.
Este santo hombre me dio luz en todo, y me lo declaró, y
dijo que no tuviese pena, sino que alabase a Dios, y estuviese
tan cierta que era espíritu suyo, que si no era la fe, cosa más
verdadera no podía haber, ni que tanto pudiese creer. Y él se
consolaba mucho conmigo, y hacíame todo favor y merced, y
siempre después tuvo mucha cuenta conmigo y daba parte de
sus cosas y negocios. Y como me vía con los deseos que él
ya poseía por obra, que estos dábamelos el Señor muy determina-
dos, g me vía con tanto ánimo, holgábase de tratar conmigo; que
a quien el Señor llega a este estado, no hay placer ni consuelo
que se iguale a topar con quien le parece le ha dado el Señor
principios de esto; que entonces no debía yo tener mucho más,
a lo que me parece, y plega el Señor lo tenga ahora.
Húbome grandísima lástima. Díjome que uno de los mayo-
res trabajos de la tierra era el que había padecido, que es con-
tradición de buenos, y que todavía me quedaba harto; porque
siempre tenía necesidad, y no había en esta ciudad quien me en-
tendiese, mas que él hablaría a el que me confesaba, y a uno de
240 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
los que me daban más pena, que era este caballero casado, que
ya he dicho. Porque como quien me tenía magor voluntad, me
hacía toda la guerra, y es alma temerosa y santa, y como me
había visto tan poco había tan ruin, no acababa de asigurarse.
Y ansí lo hizo el santo varón, que los habló a entramos, y les
dio causas y razones para que se asigurasen y no me inquie-
tasen más. El confesor poco había menester; el caballero tanto,
que aun no de el todo bastó, mas fué parte para que no tanto me
amedrentase.
Quedamos concertados que le escribiese lo que me sucedie-
se más ahí adelante y de encomendarnos mucho a Dios; que
era tanta su humildad, que tenía en algo las oraciones de esta
miserable, que «ra harta mi confusión. Dejóme con grandísimo con-
suelo y contento, y con que tuviese la oración con siguridad, y
que no dudase de que era Dios; y de lo que tuviese alguna
duda, y por más siguridad de todo, diese parte a el confesor,
y con esto viviese sigura. Mas tampoco podía tener esa siguridad
de el todo, porque me llevaba el Señor por camino de temer, como
creer que era demonio cuando me decían que lo era. Ansí que
temor ni siguridad nadie podía que yo la tuviese de manera que
les pudiese dar más crédito de el que el Señor ponía en mi alma;
ansí que, aunque me consoló y sosegó, no le di tanto crédito
para quedar del todo sin temor, en especial cuando el Señor me
dejaba en los trabajo de alma, que ahora diré; con todo, quedé,
como digo, muy consolada. No me hartaba de dar gracias a
Dios y a lel glorioso padre mío san Josef , que me pareció le había
él traído, porque era Comisario general de la Custodia de San
Josef, a quien yo mucho me encomendaba y a nuestra Señora.
Acaecíame algunas veces, y aun ahora me acaece, aunque no tan-
tas, estar con tan grandísimos trabajos de alma junto con tor-
mentos y dolores de cuerpo, de males tan recios, que no me podía
valerme. Otras veces tenía males corporales más graves, y como
no tenía los de el alma, los pasaba con mucha alegría; mas cuan-
do era todo junto, era tan gran trabajo, que me apretaba muy
mucho. Todas las mercedes que me había hecho el vSeñor se me
olvidaban; sólo quedaba una memoria, como cosa que se ha so-
CAPITULO XXX 241
fiado, para dar pena; porque se entorpece el entendimiento de
suerte, que me hacía andar en mil dudas y sospecha, parecién-
dorae que yo no lo había sabido entender, y que quizá se me
antojaba, y qu€ bastaba que anduviese yo engañada, sin que
engañase a los buenos. Parecíame yo tan mala, que cuantos
males y herejías s€ habían levantado, me parecía eran por mis
pecados.
Esta es una humildad falsa que el demonio inventaba para
desasosegarme y probar si puede traer el alma a desesperación.
Tengo ya tanta expiriencia que es cosa de demonio, que, como
ya ve que le entiendo, no me atormenta en esto tantas veces como
solía. Vese claro en la inquietud y desasosiego con que comien-
za, y el alboroto que da en el alma todo lo que dura, y la cscuri-
dad y aflición que en ella pone, la sequedad y mala dispusición
para oración ni para ningún bien. Parece que ahoga el alma y
ata el cuerpo, para que de nada aproveche, porque la humildad
verdadera, aunque se conoce el alma por ruin, y da pena ver lo
que somos, y pensamos grandes encarecimientos de nuestra mal-
dad, tan grandes como los dichos, y se sienten con verdad, no
viene con alboroto, ni desasosiega el alma, ni la escurece, ni da
sequedad, antes la regala, y es todo a el revés, con quietud, con
suavidad, con luz. Pena que por otra parte conforta de ver cuan
gran merced la hace Dios en que tenga aquella pena, y cuan bien
empleada es. Duélele lo que ofendió a Dios; por otra parte la
ensancha su misericordia. Tiene luz para confundirse a sí, y ala-
ba a Su Majestad porque tanto la sufrió. En estotra humildad
que pone el demonio, no hay luz para ningún bien, todo parece
lo pone Dios a fuego y a sangre. Represéntale la justicia, y
aunque tiene fe que hay misericordia, porque no puede tanto el
demonio que la haga perder, es de manera que no me consuela,
antes cuando mira tanta misericordia le ayuda a mayor tormen-
to, porque me parece estaba obligada a más.
Es una invención de el demonio, de las más penosas, y su-
tiles y disimuladas que yo he entendido de él, y ansí querría
avisar a vuestra merced para que, si por aquí le tentare, tenga
alguna luz, y lo conozca, si le dejare el entendimiento para
242 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÜS
conocerlo. Que no piense que va en letras y saber, que, aunque
a mí todo me falta, después de salida de ello, bien entiendo es
desatino. Lo que he entendido es que quiere y primitc el Se-
ñor y le da licencia, como se la dió para que tentase a Job, aun-
que a jní, como a ruin, no es con aquel rigor.
Hame acaecido, y me acuerdo ser un día antes de la víspe-
ra de Corpus Christi, fiesta de quien yo soy devota, aunque no
tanto como es razón. Esta vez duróme sólo hasta el día, que
otras dúrame ocho y quince (1) días, y aun tres semanas, y no sé
si más. En especial las Semanas Santas, que solía ser mi regalo
de oración, me acaece que coge de presto el entendimiento por
cosas tan livianas a las veces, que otras me riera yo de ellas,
y hácele estar trabucado en todo lo que él quiere, y el alma
aherrojada allí, sin ser señora de sí, ni poder pensar otra cosa
más de los disbarates que él la representa, que casi ni tienen
tomo, ni atan, ni desata, sólo ata para ahogar de manera el alma,
que no cabe en sí. Y es ansí que me ha acaecido parecerme que
andan los demonios como jugando a la pelota con el alma, y ella
que no es parte para librarse de su poder. No se puede decir lo
que en este caso se padece. Ella anda a buscar reparo, y primite
Dios no le halle; sólo queda siempre la razón de el libre al-
bediío, no clara. Digo yo que debe ser casi tapados los ojos,
como una persona que muchas veces ha ido por una parte, que,
aunque sea noche y ascuras, ya por el tino pasado sabe adonde
puede tropezar, porque lo ha visto de día y guárdase de aquel
peligro. Ansí es para no ofender a Dios, que parece se va por la
costumbre. Dejemos a parte el tenerla el Señor, que es lo que
hace al caso.
La fe está entonces tan amortiguada y dormida, como todas
las demás virtudes, aunque no perdida, que bien cree lo que tiene
la Iglesia; mas pronunciado por la boca, y que parece por otro
cabo la aprietan y entorpecen, para que casi, como cosa que oyó
de lejos, le parece conoce a Dios. El amor tiene tan tibio
que, si oye hablar en El, escucha como una cosa que cree
1 El original: quice.
CAPITULO XXX 2'-í'Ó
ser el que es, porque lo tiene la Iglesia; mas no hay memoria de
lo que ha expirimentado en sí. Irse a rezar, no es sino más con-
goja u estar en soledad; porque el tormento que en sí se siente,
sin saber de qué, es incomportable. A mi parecer es un poco del
traslado de el infierno. Esto es ansí, sigún el Señor en una vi-
sión me dio a entender; porque el alma se quema en sí, sin saber
quién ni por dónde le ponen fuego, ni cómo huir de él, ni con qué
le matar. Pues quererse remediar con leer, es como si no se supie-
se. Una vez me acaeció ir a leer una vida de un santo para ver si
me embebería, g para consolarme de lo que él padeció, y leer
cuatro u cinco veces otros tantos renglones, g con ser roman-
ce, menos entendía de ellos a la postre que al principio, y ansí
lo dejé. Esto me acaeció muchas veces, sino que ésta se me
acuerda más en particular.
Tener, pues, conversación con nadie, es peor; porque un es-
píritu tan desgustado de ira pone el demonio, que parece a todos
me querría comer, sin poder hacer más, y algo parece se hace
en irme a la mano, u hace el Señor en tener de su mano a
quien así está, para que no diga ni haga contra sus prójimos
cosa que los perjudique y en que ofenda a Dios. Pues ir a el
confesor, esto es cierto, que muchas veces me acaecía lo que diré,
que, con ser tan santos como lo son los que en este tiempo he
tratado y trato, me decían palabras y me reñían con un aspe-
reza, que después que se las decía yo, ellos mesmos se espanta-
ban y me decían que no era más en su mano. Porque, aunque
ponían muy por sí de no lo hacer otras veces, que se les hacía
después lástima y aún escrúpulo, cuando tuviese semejantes tra-
bajos de cuerpo y de alma, y se determinaban a consolarme con
piadad, no podían.
No decían ellos malas palabras, digo en que ofendiesen a
Dios, mas las más desgustadas que se sufrían para confesor.
Debían pretender mortificarme, y aunque otras veces me holgaba
y estaba para sufrirlo, entonces todo me era tormento. Pues dame
también parecer que los engaño, y iba a ellos y avisábalos muy a
las veras que se guardasen de mí, que podría ser los engañase.
Bien vía yo que de advertencia no lo haría, ni les diría mentira.
244 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÜS
mas todo me era temor. Uno me dijo una vez, como entendía
la tentación, que no tuviese pena, que aunque yo quisiese enga-
ñarle, seso tenía él para no dejarse engañar (1). Esto me dio
mucho consuelo.
ñlgunas veces, y casi ordinario, al menos lo más contino,
en acabando de comulgar descansaba, y aun algunas, en lle-
gando a el Sacramento, luego a la hora quedaba tan buena, alma
y cuerpo, que yo me espanto. No me parece sino que en un punto
se deshacen todas las tinieblas de el alma- y salido el sol, conocía
las tonterías en que había estado. Otras, con sola una palabra
que rae decía el Señor, con sólo decir: No estés fatigada: no
hayas miedo, como ya dejo otra vez dicho, quedaba de el todo
sana, u con ver alguna visión, como si no hubiera tenido nada.
Regalábame con Dios, quejábame a El cómo consentía tantos
tormentos que padeciese; mas ello era bien pagado, que casi
siempre eran después en gran abundancia las mercedes; no me
parece sino que sale el alma del crisol, como el oro, más afinada
y clarificada para ver en sí al Señor. Y ansí se hacen después pe-
queños estos trabajos, con parecer incomportables, y se desean
tornar a padecer, si el Señor se ha de servir más de ello. Y aun-
que haya más tribulaciones y persecuciones, como se pasen sin
ofender a el Señor, sino holgándose de padecerlo por El, todo es
para mayor ganancia; aunque como se han de llevar, no los llevo
yo, sino harto imperfetamente.
Otras veces me venían de otra suerte, y vienen, que de todo
punto me parece se me quita la posibilidad de pensar cosa bue-
na, ni desearla hacer, sino una alma y cuerpo del todo inútil y
pesado; mas no tengo con esto estotras tentaciones y desaso-
siegos, sino un desgusto, sin entender de qué, ni nada contenta
a el alma. Procuraba hacer buenas obras exteriores para ocu-
parme, medio por fuerza, y conozco bien lo poco que es un alma
cuando se asconde la gracia. No me daba mucha pena, porque
este ver mi bajeza me daba alguna satisf ación. Otras veces me
hallo que tampoco cosa formada puedo pensar de Dios, ni de
1 El P. Baltasar Alvarez, según Gracián.
CAPITULO XXX 245
bien, que vaya con asiento, ni tener oración, aunque esté en so-
ledad, mas siento que k conozco.
El entendimiento y imaginación entiendo yo es aquí lo que
me daña, que la voluntad buena me parece a mí que está y dis-
puesta para todo bien; mas este entendimiento está tan perdido,
que no parece sino un loco furioso, que nadie le puede atar, ni
soy señora de hacerle estar quedo un credo. Algunas veces me
río y conozco mi miseria, y estoyle mirando, y dejóle a ver qué
hace; tj, gloria a Dios, nunca por maravilla va a cosa mala, sino
indiferentes, si algo hay que hacer aquí, y allí y acullá. Co-
nozco más entonces la grandísima merced que me hace el Señor
cuando tiene atado este loco en perfeta contemplación. Miro qué
sería si me viesen este desvarío las personas que me tienen por
buena. He lástima grande a iel alma de verla en tan mala compa-
ñía. Deseo verla con libertad, y ansí digoi a el Señor: ¿cuándo.
Dios mío, acabaré ya de ver mi alma junta en vuestra alabanza,
que os gocen todas las potencias? No primitáis. Señor, sea ya
más despedazada, que no parece sino que cada pedazo anda por
su cabo. Esto paso muchas veces; algunas bien entiendo le hace
harto al caso la poca salud corporal. Acuerdóme mucho de el
daño que nos hizo el primer pecado, que de aquí me parece nos
vino ser incapaces de gozar tanto bien en un ser, y deben ser
los míos, que, si yo no hubiera tenido tantos, estuviera más
entera en el bien.
Pasé también otro gran trabajo, que como todos los libros
que leía que tratan de oración me parecía los entendía todos,
y que ya me había dado aquello el Señor, que no los había me-
nester, y ansí no los leía, sino vidas de Santos, que, como yo
me hallo tan corta en lo que ellos servían a Dios, esto parece
me aprovecha y anima. Parecíame muy poca humildad pensar
yo había llegado a tener aquella oración; y como no podía aca-
bar conmigo otra cosa, dábame mucha pena, hasta que letrados,
y el bendito Fray Pedro de Alcántara, me dijeron que no se
me diese nada. Bien veo yo que en el servir a Dios no he co-
menzado, aunque en hacerme Su Majestad mercedes, es como
a muchos buenos, y que estoy hecha una imperfcción, si no «s
246 VIDñ DE SANTA TERESA DE JESÜS
€n los d€S€Os y en amar, que en esto bien veo me ha favorecido
el Señor para que le pueda en algo servir. Bien me parece a
mí que le amo, mas las obras me desconsuelan y las muchas
imperfeciones que veo en mí.
Otras veces me da una bobcría de alma, digo yo que es,
que ni bien ni mal me parece que hago, sino andar a el hilo de
'la gente, como dicen, ni con pena, ni con gloria, ni la da vida, ni
muerte, ni placer ni pesar: no parece se siente nada. Paréceme
a mí que anda el alma como un asnillo que pace, que se sustenta
porque le dan de comer y come casi sin sentirlo; porque el
alma en este estado no debe estar sin comer algunas grandes mer-
cedes de Dios; pues en vida tan miserable no le pesa de vivir, y
lo pasa con igualdad, mas no se sienten movimientos ni efetos
para que se entienda el alma.
Paréceme ahora a mí como un navegar con un aire muy so-
segado, que se anda mucho sin entender cómo; porque en esto-
tras maneras son tan grandes los efetos, que casi luego ve el alma
su mijora; porque luego bullen (1) los deseos, y nunca acalca de
satisfacerse un alma. Esto tiene los grandes ímpetus de amor
que he dicho, a quien Dios los da. Es como unas fontecicas
que yo he visto manar, que nunca cesa de hacer movimiento el
arena hacia riba (2). Al natural me parece este enjemplo u com-
paración de las almas que aquí llegan. Siempre está bullendo
el amor y pensando qué hará; no cabe en sí, como en la fierra
parece no cabe aquel agua, sino que la echa de sí. Ansí está e]
alma muy ordinario, que no sosiega, ni cabe en sí con el amor
que tiene; ya la tiene a ella empapada en sí; querría be-
biesen los otros, pues a ella no la hace falta, para que la ayuda-
sen a alabar a Dios. ¡Oh qué de veces me acuerdo del agua
viva que dijo el Señor a la Samaritana!, y ansí soy muy aficio-
nada a aquel Evangelio. Y es ansí, cierto, que sin entender como
ahora este bien, desde muy niña lo era, y suplicaba muchas
veces a el Señor me diese aquel agua, y la tenía debujada
1 El original: bullan.
2 Así lo escribe la Santa.
CAPITULO XXX 247
adonde estaba siempre, con este letrero, cuando el Señor llegó
a el pozo: Domine, da mihi aquam (1),
parece también como un fuego que es grande, y para que
no se aplaque, es menester haya siempre que quemar, ñnsí son
las almas que digo, aunque fuese muy a su costa, querrían
traer leña para que no cesase este fuego. Yo soy tal, que aun
con pajas que pudiese echar en él me contentaría, y ansí me
acaece algunas y muchas veces; unas me río y otras me fatigo
mucho. El movimiento interior me incita a que sirva en algo, de
que no soy para más, en poner ramitos y flores á imagines, en
barrer, en poner un oratorio, en unas cositas tan bajas que
me hacía confusión. Si hacía algo de penitencia, todo poco y
de manera que, a no tomar el Señor la voluntad, vía yo era sin
ningún tomo, y yo mesma burlaba de mí. Pues no tienen poco
trabajo a ánimas que da Dios por su bondad este fuego de amor
suyo en abundancia, faltar fuerzas corporales para hacer algo por
El. Es una pena bien grande; porque como le faltan fuerzas
para echar alguna leña en este fuego y ella muere porque no se
mate, paréceme que ella entre sí se consume y hace ceniza, y se
deshace en lágrimas, y se quema, y es harto tormento, aunque es
sabroso.
Alabe muy mucho a lel Señor el alma que ha llegado aquí, y
le da fuerzas corporales para hacer penitencia, u le díó letras
1 Joan., IV, 15. La Santa escribe: Domine da miqui aquñn. Estas palabras pudo verlos
la Santa en un cuadro que tenían sus padres, en cu¡ja parte inferior se leen. Al morir D. Al-
fonso, pasó a la Encarnación, donde actualmente se venera. Fué muy devota !a Santa de este
paso evangélico. Vestigios de esta devoción se hallan en todas las casas levantadas por ella,
comenzando por la primitiva de San José. Aun han en su jardín un pozo llamado de la
Saraaritana, junto al cual hizo pintar la Santa a la célebre mujer de Sicar, que sostuvo tan
tierno coloquio con Jesús junto al brocal de la fuente o pozo de Jacob. La pintura hace siglos
que desapareció. De este pozo de las Descalzas de Avila habla en el capítulo primero
del Libro de las Fundaciones. Por su parte, Isabel de Sto. Domingo dice en el Proceso de
Avila: «También sabe esta declarante que era muy devota de los Santos, a muchos de los
cuales hizo ermita en este convento de S. Joseph..., y junto a un pozo, una pintura de la Sa-
maritana». Lo mismo hizo en su segunda fundación de Medina del Campo, sobre lo cual de-
clara la M. María de San Francisco en las Informaciones hechas en esta ciudad para la cano-
nización de la Santa: «Artículo tercero: hizo la Santa una ermita muy graciosa que llamaban de
la Samaritana, y pintó en un lienzo el misterio; y dentro de la misma ermita hizo un pozo de
agua viva, muy buena y suave, y de ella bebían la Santa y sus hijas, y la Santa solía decir a
Cristo: Señor, dadme del agua viva que diste a esta santa Samaritana». (Cfr. Memorias histo~
ríales, 1. R., n. 54). Esta M. Francisca, según ella declara en este mismo lugar, es la que, siendo
sacristana en el Convento de Alba, dio a D.a Juana de Ahumada la cruz del rosario de la
Sania, de que hemos hablado en la pág. 231.
248 VIDñ DE SHNTA TERESA DE JESÚS
y takntos, y libertad para predicar y confesar y llegar almas a
Dios; que no sabe ni entiende el bien que tiene, si no ha pasado
por gustar qué es no poder hacer nada en servicio de el Señor y
recibir siempre mucho. Sea bendito por todo y denle gloria los
ángeles. Amén.
No sé si hago bien de escribir tantas menudencias. Como
vuestra merced me tornó a enviar a mandar que no se me diese
nada de alargarme, ni dejase nada, voy tratando con claridad
y verdad lo que se me acuerda. Y no puede ser menos de dejarse
mucho; porque sería gastar mucho más tiempo, y tengo tan poco,
como he dicho, y por ventura no sacar ningún provecho.
CAPITULO XXXI
TRATA DE ALGUNAS TENTACIONES EXTERIORES, Y REPRESENTACIONES QUE
LA HACIA EL DEMONIO, Y TORMENTOS QUE LA DABA. TRATA TAM-
BIÉN ALGUNAS COSAS HARTO BUENAS PARA AVISO DE PERSONAS
QUE VAN CAMINO DE PERFECION.
Quiero decir, ya que he dicho algunas tentaciones g turba-
ciones interiores ij secretas, que el demonio rae causaba otras
que hacia casi públicas, en que no se podía inorar que era él.
Estaba una vez en un oratorio, g aparecióme hacia el lado
izquierdo de abominable figura; en especial miré la boca, porque
me habló, que la tenía espantable. Parecía le salía una gran llama
de el cuerpo, que estaba toda clara sin sombra. Díjome espan-
tablemente que bien me había librado de sus manos, mas que él
me tornaría a ellas. Yo tuve gran temor, y santigüeme como pude,
g desapareció, g tornó luego. Por dos veces me acaeció esto.
Yo no sabía qué me hacer; tenía allí agua bendita, g échelo hacia
aquella parte, g nunca más tornó. Otra vez me estuvo cinco horas
atormentando con tan terribles dolores g desasosiego interior
g exterior, que no me parece se podía ga sufrir. Las que esta-
ban conmigo, estaban espantadas g no sabían qué se hacer, ni
go cómo valerme.
Tengo por costumbre, cuando los dolores g mal corporal es
mug intolerable, hacer atos como puedo entre mí, suplicando a el
Señor, si se sirve de aquello, que me dé Su Majestad paciencia,
u me esté uo ansí hasta la fin de el mundo. Pues como esta vez
a tf 17*
250 VIDA DE SANTA TERESA DE JESüS
vi el padecer con tanto rigor, remediábame con estos atos para
poderlo llevar, y determinaciones. Quiso el Señor entendiese cómo
era el demonio, porque vi cabe raí un negrillo muy abominable,
regañando como desesperado de que adonde pretendía ganar per-
día. Yo, como le vi, reímie, y no hube miedo, porque había allí
algunas conmigo que no se podían valer, ni sabían qué remedio
poner a ¡tanto tormento, que eran grandes los golpes que me hacía
dar, sin poderme resistir, con cuerpo, y cabeza y brazos; y lo
peor era el desasosiego interior, que de ninguna suerte podía
tener sosiego. No osaba pedir agua bendita, por no las poner
miedo y porque no entendiesen lo que era.
De muchas veces tengo expiriencia que no hay cosa con que
huyan más para no tornar. De la cruz también huyen (1), mas
vuelven; debe ser grande la virtud de el agua bendita (2). Para
mí es particular y muy conocida consolación que siente mi alma
cuando lo tomo. Es cierto que lo muy ordinario es sentir una
recreación, que no sabría yo darla a entender, como un deleite
interior que toda el alma me conorta. Esto no es antojo, ni cosa
que me ha acaecido sola una vez, sino muy muchas veces, y mi-
rado con gran advertencia. Digamos como si uno estuviese con
mucha calor y sed y bebiese un jarro de agua fría, que parece
todo él sintió el refrigerio. Considero yo qué gran cosa es todo
lo que está ordenado por la Iglesia, y regálame mucho ver que
tengan tanta fuerza aquellas palabras, que ansí la pongan en el
agua para que sea tan grande la diferencia que hace a lo que
no es bendito.
Pues como no cesaba el tormento, dije: si no se riesen, pe-
diría agua bendita (3). Trajéronmelo y echáronmelo a mí, y no
1 El original: ityn.
2 Las palabras que acabamos de leer son un acabado elogio de la virtud del agua ben^
dita. Refiere la V. Ana de Jesús en las Informaciones de la beatificación de la Santa hechas en
Madrid, acerca de este extremo: «Nunca quería que caminásemos sin agua bendita. Y por la
pena que le daba si alguna vez se nos olvidaba, llevábamos calabacillas de ella colgadas a la
cinta, y así siempre quería la pusiéramos una en la suya diciéndonos: no saben ellas el refri-
gerio que se siente teniendo agua bendita; que es un gran bien gozar tan fácilmente de la san-
gre de Cristo. Y cuantas veces comenzábamos por el camino a rezar el Oficio divino, nos la
hacía tomar».
3 En un Códice antiguo, que se conservaba en nuestro Archivo general de Madrid, al
folio 125 se leía: «Era la M. Inés de Jesús, la que fué Priora tanto tiempo en Medina, la que
estaba presente cuando dijo la Santa: si no se riesen, diría qus me echasen agua bendita,- jj
CAPITULO XXXI 251
aprovechaba. Échelo hacia donde estaba, y en un punto se fué,
y se me quitó todo el mal, como si con la mano me lo quitaran,
salvo que quedé cansada, como si me hubieran dado muchos
palos. Hízome gran provecho ver que, aun no siendo un alma
y cuerpo suyo, cuando el Señor le da licencia, hace tanto mal,
¿qué hará cuando él lo posea por suyo? Dióme de nuevo gana
de librarme de tan ruin compañía.
Otra vez, "poco ha, me acaeció lo mesmo, aunque no duró
tanto, y yo estaba sola; pedí agua bendita, y las que entraron
después que ya se habían ido (que eran dos monjas bien de
creer que por ninguna suerte dijeran mentira), olieron un olor
muy malo, como de piedra azufre. Yo no lo olí; duró de manera
que se pudo advertir a ello. Otra vez estaba en el coro, y dióme
un gran ímpetu de recogimiento; fuíme de allí, porque no lo en-
tendiesen, aunque cerca oyeron todas dar golpes grandes adonde
yo estaba, y yo cabe mí oí hablar, como que concertaban algo,
aunque no entendí qué habla gruesa; mas estaba tan en oración,
que no entendí cosa, ni hube ningún miedo. Casi cada vez era
cuando el Señor me hacía merced de que por mi persuasión se
aprovechase algún alma; y es cierto que me acaeció lo que ahora
diré; y desto hay muchos testigos, en especial quien ahora me
confiesa (1), que lo vio por escrito en una carta; sin decirle
yo quién era la persona cuya era la carta, bien sabía él
quién era.
Vino una persona a mí que había dos años y medio que
estaba en un pecado mortal, de los más abominables que yo he
oído, y en todo este tiempo, ni le confesaba, ni se enmendaba,
y decía misa. Y aunque confesaba otros, este decía que cómo
le había de confesar cosa tan fea. Y tenía gran deseo de salir
de él, y no se podía valer a sí. A mí hízome gran lástima, y ver
que se ofendía a Dios de tal manera, me dio mucha pena. Pro-
metíle de suplicar mucho a Dios le remediase, y hacer que otras
que después la declaró la Santa lo que era. Y preguntándola ella qué hacía en tanto tormento,
respondió la Santa que pedía a Dios, si su Majestad era glorificado en ello, la durase hasta el
día del Juicio». (Cfr. Memorias historiales, letra R., n. 180).
1 El P. Domingo Báñez o García de Toledo, que confesaban a la Santa por los años
de 1563 a 1566.
252 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
personas lo hiciese, que eran mijores que yo, g escribía a cierta
persona que él me dijo podía dar las cartas. Y es ansí que a
la primera se confesó; que quiso Dios, por las muchas personas
muy santas que lo habían suplicado a Dios, qu€ se lo había ^o
encomendado, hacer con esta alma esta misericordia, y yo, aun-
que miserable, hacía lo que podía con harto cuidado. Escribióme
que estaba ya con tanta mijoría, que había (1) días que no
caía en él; mas que era tan grande el tormento que le daba
la tentación, que parecía estaba en el infierno sigún lo que
padecía, que le encomendase a Dios. Yo lo torné a encomendar
a mis hermanas, por cuyas oraciones debía el Señor hacerme esta
merced, que lo tomaron muy a pechos. Era persona que no podía
nadie atinar en quien era. Yo supliqué a Su Majestad se aplaca-
sen aquellos tormentos y tentaciones, y se viniesen aquellos de-
monios a atormentarme a mí, con que yo no ofendiese en nada
a el Señor. Es ansí que pasé un mes de grandísimos tormentos;
entonces eran estas dos cosas que he dicho.
Fué el Señor servido que le dejaron a él; ansí me lo es-
cribieron, porque yo le dije lo que pasaba en este mes. Tomó
fuerza su alma y quedó de el todo libre, que no se hartaba de dar
gracias a el Señor y a mí, como si yo hubiera hecho algo, sino
que ya el crédito que tenía de que el Señor me hacía mercedes
le aprovechaba. Decía que cuando se vía muy apretado, leía mis
cartas y se le quitaba la tentación, y estaba muy espantado de
lo que yo había padecido y cómo se había librado él. Y aun yo
rae espanté, y lo sufriera otros muchos años por ver aquel alma
libre. Sea alabado por todo, que mucho puede la oración de los
que sirven a el Señor, como yo creo lo hacen en esta casa estas
hermanas; sino que, como yo lo procuraba, debían los demo-
nios indinarse más conmigo, y el Señor por mis pecados lo
primitía (2).
En este tiempo también una noche pensé me ahogaban; y
como echaron mucha agua bendita, vi ir mucha multitud de ellos,
1 El original pone vía por había.
2 Son muchos los testimonios de personas que deponen en las Informaciones pata la
canonización de la Santa, lo que hubo de sufrir de parle de los demonios. Veremos algunos en
los Apéndices.
Capitulo xxxi 253
como quien se va despeñando. Son tantas veces las que estos
malditos me atormentan, y tan poco el miedo que yo ga les he,
con ver que no se pueden menear si el Señor no les da licencia,
que cansaría a vuestra merced y me cansaría si las dijese.
Lo dicho aproveche de que el verdadero siervo de Dios se
le dé poco de estos espantajos, que estos ponen para hacer te-
mer; sepan que a cada vez que se nos da poco de ellos, quedan
con menos fuerza y el alma muy más señora. Siempre queda
algún gran provecho, que por no alargar no lo digo; sólo diré
esto que me acaeció una noche de las ánimas. Estando en un
oratorio, habiendo rezado un noturno y diciendo unas oraciones
muy devotas que está al fin de él, muy devotas, que tenemos
en nuestro rezado, se me puso sobre el libro para que no aca-
base la oración; yo me santigüé y fuese. Tornando a comen-
zar, tornóse, creo fueron tres veces las que la comencé, y hasta
que eché agua bendita, no pude acabar. Vi que salieron algunas
almas de purgatorio en el inistante (1), que debía faltarlas poco,
y pensé si pretendía estorbar esto. Pocas veces le he visto to-
mando forma, y muchas sin ninguna forma, como la visión, que
sin forma se ve claro está allí, como he dicho.
Quiero también decir esto, porque me espantó mucho. Es-
tando un día de la Trinidad en cierto monesterio en el coro y
en arrobamiento, vi una gran contienda de demonios contra án-
geles. Yo no podía entender qué querría decir aquella visión; an-
tes de quince días se entendió bien en cierta contienda que acae-
ció entre gente de oración y muchos que no lo eran, y vino
harto daño a la casa que era; fué contienda que duró mucho, y
de harto desasosiego. Otras veces vía mucha multitud de ellos
enrededor de mí, y parecíame estar una gran claridad que me
cercaba toda, y ésta no les consentía llegar a mí (2), Entendí
que me guardaba Dios, para que no llegasen a mí de manera que
me hiciesen ofenderle. En lo que he visto en mí algunas veces,
entendí que era verdadera visión. El caso es, que ya tengo tan
1 Así escribe esta palabra la Santa.
2 Por distracción repite la Santa esta frase con una pequeña variante en las dos prime-
ras palabras: »paréceme estaba una gran claridad... >
25^ VIDA DE SANTA TERESA DE JESÜS
entendido su poco poder, si yo no soy contra Dios, que casi
ningún temor los tengo; porque no son nada sus fuerzas si no
ven almas rendidas a ellos y cobardes, que aquí muestran ellos
su poder (1). Algunas veces, en las tentaciones que ya dije,
me parecía que todas las vanidades y flaquezas de tiempos pa-
sados tornaban a despertar en mí, que tenía bien que encomen-
darme a Dios. Luego era el tormento de parecerme, que pues me
venían aquellos pensamientos, que debía de ser todo demonio, has-
ta que me sosegaba el confesor ; porque aun primer movimiento de
mal pensamiento me parecía a mí no había de tener de quien
tantas mercedes recibía del Señor. Otras veces me atormentaba
mucho, y aun ahora me atormenta, ver que se hace mucho caso de
mí, en especial personas principales, y de que decían mucho bien.
En esto he pasado y paso mucho. Miro luegoí a la vida de Cristo
y de los santos, y paréceme que voy al revés, que ellos no iban
sino por desprecio y injurias. Háceme andar temerosa, y como que
no oso alzar la cabeza, ni querría parecer lo que no hago.
Cuando tengo persecuciones anda el ánima tan señora, aun-
que el cuerpo lo siente, y por otra parte ando afligida, que yo
no sé cómo esto puede ser; mas pasa ansí, que entonces parece
está el alma en su reino, y que lo tray todo debajo de los pies.
Dábame algunas veces, y duróme hartos días, y parecía era vir-
tud y humildad por una parte, y ahora veo claro que era tenta-
ción. Un fraile dominico, gran letrado, me lo declaró bien. Cuando
pensaba que estas mercedes que el Señor me hace se habían
de venir a saber en público, era tan ecesivo el tormento, que me
inquietaba mucho el ánima. Vino a términos que, considerándolo,
de mijor gana me parece me determinaba a que me enterraran
viva que por esto; y ansí, cuando me comenzaron estos grandes
recogimientos u arrobamientos a no poder resistirlos aún en pú-
blico, quedaba yo después tan corrida, que no quisiera parecer
adonde nadie me viera.
1 Al margen del manuscrito original escribió el P. Domingo Báñez: «San Gregorio en Los
Morales dice de el demonio que es hormiga y león; viene a este propósito bien». Como la Santa
manejaba esta obra del sabio Pontífice, no es Inverosímil fueran sus palabras reminiscencia de
anteriores lecturas. El pasaje de San Gregorio se halla en los comentarios al capítulo IV del
libro de Job.
CAPITULO XXXI 255
Estando una vez muy fatigada de esto, me dijo el Señor, que
qué temía, que en esto no podía sino haber dos cosas: ti que
mormurasen de mí, u alabarle a El; dando a entender, que los
cfue lo creían, le alabarían, y los que no, era condenarme sin
culpa, y qu€ entramas cosas eran ganancia para mí, que no me
fatigase. Mucho me sosegó esto, y me consuela cuando se me
acuerda. Vino a términos la tentación, que me quería ir de este
lugar y dotar en otro monesterio muy más encerrado que en el
que yo al presente estaba, que había oído decir muchos extremos
de él. Era también de mi orden, y muy lejos (1), qu€ eso es lo
que a mí me consolara, estar adonde no me conocieran, y nunca
mi confesor me dejó.
Mucho me quitaba la libertad de el espíritu estos temores,
que después vine yo a entender no era buena humildad, pues
tanto inquietaba, y me enseñó el Señor esta verdad, que yo
tan determinada y cierta estuviera qu€ no era ninguna cosa buena
mía, sino de Dios: que ansí como no me pesaba de oir loar a
otras personas, antes me holgaba y consolaba mucho de ver
que allí se mostraba Dios, que tampoco me pesaría mostrase en
mí sus obras.
También di en otro extremo, que fué suplicar a Dios, y hacía
oración particular, que cuando a alguna persona le pareciese algo
bien en mí, que Su Majestad le declarase mis pecados, para que
viese cuan sin mérito mío me hacía mercedes, que esto deseo
yo siempre mucho. Mi confesor me dijo que no lo hiciese; mas
hasta ahora poco ha. Si vía yo que una persona pensaba de mi
bien mucho, por rodeos, u como podía, le daba a entender mis
pecados, y con esto parece descansaba; también me han puesto
mucho escrúpulo en esto.
Procedía esto, no de humildad, a mi parecer, sino de una
tentación venían muchas. Parecíame que a todos los traía enga-
1 El P. Federico de S. Antonio (Vita délla Santa Madre Teresa di Gesú, 1. I, c. 22),
sospecha si la Santa Madre pensó retirarse a un convento de Flandes o de Bretaña, Las Car-
melitas de París (Oeuvres de S. Tétese, t. I, p. 409), concretan más el pensamiento, afirmando si
acaso Santa Teresa quiso ir al convento que cerca de Nantes edificó en 1477 la Beata Francisca
de Amboise. Nos parece que no tenía la Santa necesidad de salir de España para hallar con-
ventos retirados, austeros ij observantes.
^56 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÜS
fiados, y aunque €s verdad que andan engañados en pensar que
hay algún bien en mí, no era mi deseo engañarlos, ni jamás
tal pretendí, sino que el Señor por algún fin lo primite; y ansí
aun con los confesores, si no viera era necesario, no tratara ningu-
na cosa, que se me hiciera gran escrúpulo. Todos estos temorcilJos,
y penas y sombra de humildad, entiendo yo ahora era harta im-
perfeción, y de no estar mortificada; porque un alma dejada
en las manos de Dios, no se le da más que digan bien que mal,
si ella entiende bien; bien entendido, como el Señor quiere ha-
cerle merced que lo entienda, que no tiene nada de sí. Fíese de
quien se lo da, que sabrá por qué lo descubre, y aparéjese a la
persecución, que está cierta en los tiempos de ahora, cuando de
alguna persona quiere el Señor se entienda que la hace semejan-
tes mercedes; porque hay mil ojos para un alma de éstas, adonde
para mil almas de otra hechura no hay ninguno.
A la verdad, no hay poca razón de temer, y éste debía
ser mi temor, y no humildad, sino pusilaminidad ( 1 ) ; porque bien
se puede aparejar un alma que ansí primite Dios que ande en
los ojos de el mundo, a ser mártir de el mundo, porque si ella no
se quiere morir a él, el mesmo mundo los matará. No veo, cierto,
otra cosa en él que bien me parezca, sino no consentir faltas
en los buenos, que a poder de mormuraciones no las perfecione.
Digo que es menester más ánimo para, si uno no está perfeto,
llevar camino de perfeción, que para ser de presto mártires;
porque la perfeción no se alcanza en breve, si no es a quien el
Señor quiere por particular previlegio hacerle esta merced. E]
mundo, en viéndole comenzar, le quiere perfeto, y de mil leguas
le entiende una faltaíiue por ventura en él es virtud, y quien
le condena usa de aquello mesmo por vicio, y ansí lo juzga
en el otro. No ha de haber comer, ni dormir, ni, como dicen, re-
solgar; y mientra en más le tienen, más deben olvidar que aun
se están en el cuerpo. Por perfeta que tengan el alma, viven
aun en la tierra sujetos a sus miserias, aunque más la tengan
debajo de los pies. Y ansí, como digo, es menester gran ánimo;
1 Asf esciibe la Santa este vocablo.
CAPITULO XXXI 257
porque la pobre alma aun no ha comenzado a andar y quiérenla
que vuek; aun no tiene vencidas las pasiones, y quieren que en
grandes ocasiones estén tan entera como ellos leen estaban los
santos después de confirmados en gracia. Es para alabar a el
Señor lo que en esto pasa, y aun para lastimar mucho el cora-
zón; porque muy muchas almas tornan atrás, que no saben las
pobrecitas valerse. Y ansí creo hiciera la mía si el Señor tan
misericordiosamente no lo hiciera todo de su parte; y hasta que
por su bondad lo puso todo, ya verá vuestra merced que no ha
habido en mí sino caer y levantar.
Querría saberlo decir, porque creo se engañan aquí muchas
almas que quieren volar antes que Dios les dé alas. Ya creo he
dicho otra vez esta comparación, mas viene bien aquí. Trataré
esto, porque veo a algunas almas muy afligidas por esta causa.
Como comienzan con grandes deseos, y hervor, y determinación
de ir adelante en la virtud, y algunas, cuanto al exterior, todo
lo dejan por El, como ven en otras personas que son más creci-
das cosas muy grandes de virtudes que les da el Señor, que
no nos la podemos nosotros tomar; ven en todos los libros que
están escritos de oración y contemplación poner cosas que he-
mos de hacer para subir a esta dinidad, que ellos no las pueden
luego acabar consigo, desconsuélanse. Como es un no se nos
dar nada que digan mal de nosotros, antes tener mayor con-
tento que cuando dicen bien, una poca estima de honra, un
desasimiento de sus deudos que, si no tienen oración, no los
querría tratar, antes le cansan, otras cosas de esta manera mu-
chas, que a mi parecer las ha de dar Dios, porque me parece
son ya bienes sobrenaturales, u contra nuestra natural incli-
nación. No se fatiguen, esperen en el Señor, que lo que ahora
tienen en deseos. Su Majestad hará que llegen a tenerlo por
obra, con oración, y haciendo de su parte lo que es en sí; por-
que es muy necesario para este nuestro flaco natural tener gran
confianza, y no desmayar, ni pensar que, si nos esforzamos,
dejaremos de salir con Vitoria.
Y porque tengo mucha expiriencia de esto, diré algo para avi-
so de vuestra merced; no piense, aunque le parezca que sí, que
258 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
está ya ganada la virtud, si no la expirimenta con su contrario.
Y siempre hemos de estar sospechosos, y no descuidarnos mien-
tra vivimos; porque mucho se nos pega luego, si, como digo,
.no está ya dada de el todo la gracia, para conocer lo que es todo,
y en esta vida nunca hay todo sin muchos peligros. Parecíame
a mi pocos años ha, que no sólo no estaba asida a mis deudos,
sino que me cansaban; y era, cierto, ansí, que su conversación no
podía llevar. Ofrecióse cierto negocio de harta importancia, y
hube de estar con una hermana mía a quien yo quería muy mu-
cho antes, y puesto que en la conversación, aunque ella es mijor
que yo, no me hacía con ella, porque como tiene diferente estado,
que es casada, no puede ser la conversación siempre en lo que
yo la querría, y lo más que podía me estaba sola. Vi que me da-
ban pena sus penas, más harto que de prójimo, y algún cuida-
do (1). En fin, entendí de mí que no estaba tan libre como yo
pensaba, y que aun había menester huir la ocasión, para que
esta virtud, que el Señor me había comenzado a dar, fuese en
crecimiento, y ansí con su favor lo he procurado hacer siempre
después acá.
En mucho se ha de tener una virtud cuando el Señor la co-
mienza a dar, y en ninguna manera ponernos en peligro de
perderla. Ansí es en cosas de honra, y en otras muchas; que
crea vuestra merced, que no todos los que pensamos estamos des-
asidos del todo, lo están, y es menester nunca descuidar en
esto. Y cualquiera persona que sienta en sí algún punto de hon-
ra, si quiere aprovechar, créame y dé tras este atamiento, que
es una cadena que no hay lima que la quiebre, si no es Dios con
oración y hacer mucho de nuestra parte. Paréceme que es una
ligadura para este camino, que yo me espanto el daño que hace.
Veo a algunas personas santas en sus obras, que las hacen tan
grandes que espantan las gentes. ¡Válame Dios! ¿Por qué está
1 Parece que habla aquí la Santa de la fundación de S. José, para la cual le prestaron
muü buenos servicios su hermana D.a Juana u el marido de ésta, Juan de Ovalle. Tenía la
buena hermana de Santa Teresa sus penas matrimoniales, así por la condición enfermiza, ani"
nada y Voltable de D. Juan, como por la escasez de recursos para sostener en el rango con-
veniente la calidad hidalga de la casa. Ambas cosas se traslucen muy claramente en algunas
cartas de Santa Teresa a su hermano D. Lorenzo. El matrimonio Ovalle hubo de venir de Alba
a Avila para los negocios de la fundación, requerido por la Santa, en Agosto de 1561.
CAPITULO XXXI 259
aún en la tierra esta alma? ¿cómo no está en la cumbre de la
perfeción? ¿qué es esto? ¿quién detiene a quien tanto hace por
Dios? ¡Oh, que tiene un punto de honra! Y lo peor que tiene
es que no quiere entender que le tiene, y es porque algunas
veces le hace entender el demonio que es obligado a tenerle.
Pues créanme, crean por amor de el Señor a esta hormiguilla
que el Señor quiere que hable, que si no quitan esta oruga, que
ya que a todo el árbol no dañe, porque algunas otras virtudes
quedarán, mas todas carcomidas. No es árbol hermoso, sino
que él no medra, ni aun deja medrar a los que andan cabe él;
porque la fruta que da de buen enjemplo no es nada sana; poco
durará. Muchas veces lo digo, que por poco que sea el punto de
honra, es como en el canto de órgano, que un punto u compás
que se yerre, disuena toda la música; y es cosa que en todas
partes hace harto daño a el alma, mas en este camino de oración
es pestilencia.
ñndas procurando juntarte con Dios por unión, y quere-
mos siguir sus consejos de Cristo, cargado de injurias y testi-
monios, ¿y queremos muy entera nuestra honra y crédito? No es
posible llegar allá, que no van por un camino. Llega el Señor
a el alma esforzándonos nosotros y procurando perder de nues-
tro derecho en muchas cosas. Dirán algunos: no tengo en qué,
ni se me ofrece; yo creo que a quien tuviere esta determinación,
que no querrá el Señor pierda tanto bien; Su Majestad ordenará
tantas cosas en que gane esta virtud, que no quiera tantas.
Manos a la obra, quiero decir, las naderías y poquedades que
yo hacía cuando comencé u alguna de ellas; las pajitas que tengo
dichas pongo en el fuego, que no soy yo para más. Todo lo
recibe el Señor, sea bendito por siempre.
Entre mis faltas tenía esta, que sabía poco de rezado, y de
lo que había de hacer en el coro y cómo lo regir, de puro
descuidada y metida en otras vanidades, y vía a otras novicias
que me podían enseñar. Acaecíame no les preguntar, porque no
entendiesen yo sabía poco. Luego se pone delante el buen enjem-
plo, esto es muy ordinario. Ya que Dios me abrió un poco los
ojos, aun sabiéndolo, tantito que estaba en duda, lo pregun-
260 VIDA DE SftNTft TERESA DE JESÜS
taba a las niñas; ni p^rdí honra ni crédito, antes quiso g1 Señor,
a mi parecer, darme después más memoria. Sabía mal cantar,
sentía tanto si no tenía estudiado lo que me encomendaban, g
no por el hacer falta delante del Señor, que esto fuera virtud,
sino por las muchas que me oían, que de puro honrosa me
turbaba tanto, que decía muy menos de lo que sabía. Tomé des-
pués por mí, cuando no lo sabía muy bien, decir que no lo sabía.
Sentía harto a los principios, y después gustaba de ello. Y es
ansí que como comencé! a no se me dar nada de que se entendiese
no lo sabía, que lo decía muy mijor, y que la negra honra me
quitaba supiese hacer esto que yo tenía por honra, que cada
uno la pone en lo que quiere.
Con estas naderías, que no son nada, y harto nada so yo,
pues esto me daba pena, de poco en poco se van haciendo con
atos. Y cosas poquitas como estas, que en ser hechas por Dios
les da Su Majestad tomo, ayuda su Majestad para cosas mayores.
Y lansí en cosas de humildad me acaecía, que de ver que todas
aprovechaban si no yo, porque nunca fui para nada, de que
se iban de el coro, coger todos los mantos (1). Parecíame ser-
vía a aquellos ángeles que allí alababan a Dios, hasta que, no
sé cómo, vinieron a entenderlo, que no me corrí yo poco; porque
no llegaba mi virtud a querer que entendiesen estas cosas, y no
debía ser por humilde, sino porque no se riesen de mí como
eran tan nonada.
1 Habla la Santa en todo este capítulo muu heimosamente de la virtud de la humildad,
del ningún caso que debe hacerse de naderías de honra, que el mundo tiene en tanta estima y
de lo mucho que la mortificaban, cuando pública o privadamente alaban sus cualidades. Sabe^
mos por las deposiciones jurídicas de Ana de Jesús, Isabel de Santo Domingo y otras primitivas
Descalzas, que la Santa, al abrazar la Reforma, quiso ser hermana lega, para de esta suerte
entender mejor en los oficios más humildes del convento. De las alabanzas de las gentes, Yepes
(Vida, 1. III, c. VII), pone en labios de la Santa Reformadora estas palabras: ^Tres cosas han dicho
de mí, afirmaba Santa Teresa a un religioso Descalzo que la acompañaba en la fundación de
Burgos, en todo el discurso de mi vida: que era, cuando moza, de buen parecer, que era discreta,
y ahora dicen algunos que soy santa. Las dos primeras, en algún tiempo las creí, y me he con-
fesado por haber dado crédito a esta vanidad; pero en la tercera, nunca me he engañado tanto,
que ha jamás venido a creerla». Hablando el P. Gracián en una nota al capítulo XV del libro
cuarto de la Vida de la Santa por Ribera, da una versión algo distinta de estas palabras, y, por
de contado, más autorizada. Decía la Santa al P. Jerónimo que «el mundo la había levantado
tres falsos testimonios sin algún fundamento: el primero, cuando moza, en decir que era hermo-
sa, porque, cuando oyendo esto se miraba al espejo, no acababa de atinar por qué le levantaban
tan gran mentira, siendo tan fea; el segundo, de bien entendida, poique cuando ella vía el en-
tendimiento de sus hijas, se avergonzaba en hablar delante de ellas; el tercero, que era buena, y
que éste no podía llevar en paciencia cuando conocía sus faltas».
CAPITULO XXXI 261
¡Oh Señor mío, qué vergüenza es ver tantas maldades y
contar unas arenitas, que aun no las levantaba de la tierra por
vuestro servicio, sino que todo iba envuelto en mil miserias!
No manaba aún el agua debajo de estas arenas de vuestra gracia
pa que las hiciese levantar. ¡Oh Criador mío, quién tuviera
alguna cosa que contar entre tantos males que fuera de tomo,
pues cuento las grandes mercedes que he recibido de Vos! Es
ansí, Señor mío, que no sé cómo puede sufrirlo mi corazón, ni
cómo podrá quien esto legere dejarme de aborrecer viendo tan
mal servidas tan grandísimas mercedes, g que no he vergüenza
de contar estos servicios, en fin, como míos. Sí tengo. Señor
mío; mas el no tener otra cosa que contar de mi parte, me hace
decir tan bajos principios para que tenga esperanza quien los^
hiciere grandes, que, pues estos parece ha tomado el Señor en
cuenta, los tomará mijor. Plega a Su Majestad me dé gracia
para que no esté siempre en principios. Amen.
CAPITULO XXXII
EN QUE TRRTR. COMO QUISO EL SEÑOR PONERLA EN ESPÍRITU EN UN
LUGAR DE EL INFIERNO, QUE TENIA POR SUS PECADOS MERECIDO.
CUENTA UNA CIFRA DE LO QUE ALLÍ SE LE REPRESENTO, PARA LO
QUE FUE. COMIENZA A TRATAR LA A1ANERA Y MODO COMO SE FUNDO
EL MONESTERIO, ADONDE AHORA ESTA, DE SAN JOSEF.
Después de mucho tiempo que el Señor me había hecho ga
muchas de las mercedes que he dicho, y otras muy grandes, es-
tando un día en oración, me hallé en un punto toda, sin saber
cómo, que me parecía estar metida en el infierno. Entendí que
quería el Señor que viese el lugar que los demonios allá me
tenían aparejado, y yo merecido por mis pecados (1). Ello fué
en brevísimo espacio; mas, aunque yo viviese muchos años, me
parece imposible olvidárseme. Parecíame la entrada a manera
de un callejón muy largo y estrecho, a manera de horno muy
bajo, y escuro y angosto; el suelo me pareció de un agua como
lodo muy sucio y de pestilencial olor, y muchas sabandijas malas
en él; a el cabo estaba una concavidad metida en una pared, a
manera de una alacena, adonde me vi meter en mucho estrecho.
Todo esto era deleitoso a la vista en comparación de lo que
allí sentí. Esto que he dicho va mal encarecido.
1 Diremos aquí con el P. Ribera, (Vida de Sta. Teresa, 1. I, c. VIII), que la pudieron mos-
trar el lugar, «no que entonces hubiera merecido, sino que viniera a merecer por el camino que
llevaba». Sobre el alcance que debe darse a estas manifestaciones humildes de Santa Teresa,
dejamos nota en las páginas 11 y 41.
264 VIDA DE SANTñ TERESA DE JESÚS
Estotro m€ parece que oun principio de encarecerse como
es no le puede haber, ni se puede entender; mas sentí un fuego
en el alma, que yo no puedo entender cómo poder decir de la
manera que es. Los dolores corporales tan incomportables, que,
con haberlos pasado en esta vida gravísimos, y, sigún dicen
los médicos, los mayores que se pueden acá pasar, porque fué
encogérseme todos los nervios cuando me tullí, sin otros muchos
de muchas maneras que he tenido, y aun algunos, como he dicho,
causados de el demonio, no es todo nada en comparación de lo
que allí sentí, y ver que habían de ser sin fin y sin jamás
cesar. Esto no es, pues, nada en comparación de el agonizar de el
alma, un apretamiento, un ahogamiento, una afleción tan senti-
ble (1) y con tan desesperado y afligido descontento, que yo no
sé cómo lo encarecer. Porque decir que es un estarse siempre
arrancando el alma, es poco; porque aun parece que otro os
acaba la vida; mas aquí el alma mesma es la que se despedaza.
El caso es que yo no sé cómo encarezca aquel fuego interior, y
aquel desesperamiento sobre tan gravísimos tormentos y dolores.
No vía yo quién me los daba, mas sentíame quemar y desmenu-
zar a lo que me parece; y digo que aquel fuego y desesperación
interior es lo peor.
Estando en tan pestilencial lugar, tan sin poder esperar
consuelo, no hay sentarse, ni echarse, ni hay lugar, aunque
me pusieron en éste como agujero hecho en la pared; porque
estas paredes, que son espantosas a la vista, aprietan ellas raesmas,
y todo ahoga; no hay luz, sino todo tinieblas escurísimas. Yo
no entiendo cómo puede ser esto, que, con no haber luz, lo
que a la vista ha de dar pena, todo se ve. No quiso el Señor
entonces viese más de todo el infierno; después he visto otra
visión de cosas espantosas, de algunos vicios el castigo. Cuanto
a la vista, muy más espantosos me parecieron; mas como no sentía
la pena, no me hicieron tanto temor; que en esta visión quiso
el Señor que verdaderamente yo sintiese aquellos tormentos y
aflición en el espíritu, como si el cuerpo lo estuviera pade-
1 Asi lo escrfte la Santa \¡ es palabia muy expresiva u hermosa.
CAPITULO XXXII 265
ciendo. Yo no sé cómo ello fué, mas bien entendí ser gran mer-
ced, y que quiso el Señor yo viese por vista de ojos de dónde
me había librado su misericordia. Porque no es nada oírlo decir,
ni haber yo otras veces pensado en diferentes tormentos, aun-
que pocas, que por temor no se llevaba bien mi alma, ni que
los demonios atenazan, ni otros diferentes tormentos que he leído,
no es nada con esta pena, porque es otra cosa. En fin, como de
debujo a la verdad, y el quemarse acá es muy poco en compa-
ración de este fuego de allá.
Yo quedé tan espantada, y aun lo estoy ahora escribiéndolo,
con que ha casi seis años, y es ansí que me parece el calor
natural me falta de temor aquí adonde estoy. Y ansí no me
acuerdo vez que tengo trabajo ni dolores, que no me parezca
nonada todo lo que acá se puede pasar; y ansí me parece, en
parte, que nos quejamos sin propósito. Y ansí, torno a decir,
que fué una de las mayores mercedes que el Señor me ha hecho,
porque me ha aprovechado muy mucho, ansí para perder el
miedo a las tribulaciones y contradiciones de esta vida, como para
esforzarme a padecerlas y dar gracias a el Señor, que me libró,
a lo que ahora me parece, de males tan perpetuos y terribles.
Después acá, como digo, todo me parece fácil en compa-
ración de un memento que se haya de sufrir lo que yo en él
allí padecí. Espántame cómo habiendo leído muchas veces li-
bros adonde se da algo a entender las penas de el infierno,
cómo no las temía, ni tenía en lo que son. ¿Adonde estaba?
¿cómo me podía dar cosa descanso de lo que me acarreaba ir
a tan mal lugar? Seáis bendito. Dios mío, por siempre. Y ¡cómo
se ha parecido que me queríades Vos mucho más a mí que yo
me quiero! \Qué de veces, Señor, me librastes de cárcel tan te-
nebrosa, y cómo me tornaba yo a meter en ella contra vuestra
voluntad!
De aquí también gané la grandísima pena que me da las
muchas almas que se condenan, de estos luteranos en especial,
porque eran ya por el bautismo miembros de la Iglesia, y los
ímpetus grandes de aprovechar almas, que me parece, cierto,
a mí que por librar una sola de tan gravísimos tormentos, pasá-
is *
266 VIDñ DE SANTA TERESA DE JESÚS
ría yo muchas muertes muy de buena gana. Miro que si vemos
acá una persona que bien queremos, en especial, con un gran
trabajo u dolor, parece que nuestro mesmo natural nos con-
vida a compasión, y si es grande nos aprieta a nosotros. Pues
ver a un alma para sin fin en el sumo trabajo de los trabajos,
¿quién lo ha de poder sufrir? No hay corazón que lo lleve sin
gran pena; pues acá con saber que, en fin, se acabará con la
vida y que ya tiene término, aun nos mueve a tanta compasión;
estotro que no le tiene, no sé cómo podemos sosegar viendo
tantas almas como lleva cada día el demonio consigo.
Esto también me hace desear que en cosa que tanto im-
porta no nos contentemos con menos de hacer todo lo que pu-
diéremos de nuestra parte; no dejemos nada, y plega a el Señor
sea servido de darnos gracia para ello. Cuando yo considero
que, aunque era tan malísima, traía algún cuidado de servir a
Dios y no hacía algunas cosas que veo que, como quien no hace
nada, se las tragan en el mundo, y en fin, pasaba grandes enfer-
medades y con mucha paciencia, que me la daba el Señor; no
era inclinada a mormurar, ni a decir mal de nadie, ni me parece
podía querer mal a nadie, ni era codiciosa, ni envidia jamás
me acuerdo tener, de manera que fuese ofensa grave del Señor,
y otras algunas cosas, que, aunque era tan ruin, traía temor
de Dios lo más contino, y veo adonde me tenían ya los de-
monios aposentada; y es verdad que, sigún mis culpas, aun
me parece merecía más castigo; mas con todo, digo que era te-
rrible tormento, y que es peligrosa cosa contentarnos, ni traer
sosiego ni contento el alma que anda cayendo a cada paso en
pecado mortal; sino que, por amor de Dios, nos quitemos de
las ocasiones, que el Señor nos ayudará como ha hecho a mí.
Plega a Su Majestad que no me deje de su mano para que yo
torne a caer, que ya tengo visto adonde he de ir a parar. No
lo primita el Señor, por quien Su Majestad es. Amén.
Andando yo después de haber visto esto y otras grandes co-
sas y secretos, que el Señor por quien es me quiso mostrar, de
la gloria que se dará a los buenos y pena; a los malos, deseando
modo y manera en que pudiese hacer penitencia de tanto mal,
CAPITULO XXXII 267
y merecer algo para ganar tanto bien, deseaba huir de gentes,
y acabar ya de en todo en todo apartarme del mundo. No sosegaba
mi espíritu, mas no desasosiego inquieto, sino sabroso; bien se
vía que era de Dios, y que le había dado Su Majestad a el alma
calor para disistir (1) otros manjares más gruesos de los que
comía.
Pensaba qué podría hacer por Dios, y pensé que lo primero
era siguir el llamamiento que Su Majestad me había hecho a
rclisión, guardando mi Regla con la mayor perfeción que pu-
diese. Y aunque en la casa adonde estaba había muchas siervas
de Dios y era harto servido en ella, a causa de tener gran ne-
cesidad, salían las monjas muchas veces a partes adonde con
toda honestidad y relisión podíamos estar. Y también no estaba
fundada en su primer rigor la Regla, sino guardábase conforme
a lo que en toda la Orden, que es con Bula de relajación (2) ; y
también otros inconvenientes, que me parecía a mí tenía mucho
regalo, por ser la casa grande y deleitosa (3). Mas este inconve-
niente de salir, aunque yo era la que mucho lo usaba, era gran-
de para mí, ya porque algunas personas, a quien los perlados
no podían decir de no, gustaban estuviese yo en su compañía,
y importunados, mandábanmelo, y ansí, sigún se iba ordenando,
pudiera poco estar en el monesterio, porque el demonio en parte
debía ayudar para que no estuviese en casa, que todavía, como
comunicaba con algunas lo que los que me trataban me enseña-
ban, hacíase gran provecho.
Ofrecióse una vez estando con una persona (4), decirme a
mí y a otras, que si no seríamos para ser monjas de la manera
1 Emplea esta palabra en el sentido de digetit o resistir.
2 El Papa Eu0enio IV publicó esta Bula de mitigación de la Regla carmelitana en 1432.
3 Monasterio de la Encarnación.
4 Esta fué Alaría de Ocampo, hija de D. Diego de Cepeda ü D.a Beatriz de la Cruz y
Ocampo, primos de Sta. Teresa. Regresando la Santa de la romería de Guadalupe, en 1548 o
1549, pasó por la Puebla de Montalbán, donde conoció por primera vez a D.a María en casa
de una tía suya. Entonces formó el propósito la Santa de llevarla consigo, el cual verificó más
adelante. Cuando el célebre coloquio en la celda de la M. Teresa en la Encarnación sobre la vida
reformada, tenía su sobrina diecisiete años. De las Franciscanas mitigadas de Avila, salieron las
Descalzas de la misma Orden, bajo el Patronato de D.a Juana, hermana de Felipe II. Estable-
cidas en Valladolid, se trasladaron luego a Madrid En todo este negocio de reformación tomó
mucha parte S. Pedro de Alcántara. Pasando por Madrid Sta. Teresa, paró en varias ocasiones en
esta casa. Abaría de Ocampo, que en 1563 se hizo Descalza en Avila, no sólo estimuló a la
268 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
de las Descalzas, que aun posible era poder hacer un monesterio.
Yo, como andaba en estos deseos, comencélo a tratar con aquella
señora mi compañera viuda (1), que ya he dicho que tenía
el mesmo deseo. Ella comenzó a dar trazas para darle renta, que
ahora veo yo que no llevaban mucho camino, y el deseo que
de ello teníamos nos hacía parecer que sí. Mas yo, por otra
parte, como tenía tan grandísimo contento en la casa ^que estaba,
porque era muy a rni gusto y la celda en que estaba (2), todavía
me detenía. Con todo concertamos de encomendarlo mucho a
Dios.
Habiendo un día comulgado, mandóme mucho Su Majestad
lo procurase con todas mis fuerzas, haciéndome grandes pro-
mesas de que no se dejaría de hacer el monesterio, y que se ser-
viría mucho en el, y que se llamase San Josef, y que a la una
puerta nos guardaría El y Nuestra Señora la otra, y que Cristo
andaría con nosotras, y que sería una estrella que diese de sí
gran resplandor; y que, aunque las Relisiones estaban relaja-
das, que no pensase se servía poco en ellas; que qué sería de el
mundo si no fuese por los relisiosos; que dijese a mi confesor
esto, que me mandaba, y que le rogaba El que no fuese contra
ello ni me lo estorbase.
Santa para la reforma, sino que ofreció mil ducados paia el nuevo monasterio. En un papel
que por orden de su confesor la venerable Madre dejó escrito, dice hablando de esta limosna:
€Luego que ofrecí los mil ducados para comenzar la fundación del monasterio, se me apareció
Cristo Nuestro Señor a la columna, muy afligido y lastimado, y me agradeció mucho esta li-
mosna u el querer favorecer esta fundación, como era la primera, y me dijo lo mucho que se
había de servir en ella. Fué grandísimo el regalo que con esta visión sintió mi alma, y la esforzó
de tal manera, que al punto determiné de tomar el hábito g así le tomé dentro de seis meses
que se fundó San José». (Cfr. Historia del Carmen Descalzo, 1. III, c. 3, p. 513).
Acerca de la conversación de donde salió la Reforma, contaba la venerable María Bau-
tista, siendo todavía seglar en las Calzadas, que «estando un día la Santa con ella y otras reli-
giosas de la Encarnación, comenzaron a discurrir de vidas de Santos del Yermo, y en este
tiempo dijeron algunas de ellas que ya que no podían ir al Yermo, que si hubiera un monas-
terio pequeño y de pocas monjas, que allí se juntaran todas a hacer penitencia; y la dicha
Madre Teresa de Jesús las dijo que tratasen de reformarse y guardar la Regla primitiva, que
ella pediría a Dios las alumbrase lo que más convenía, y que entonces dijo María Bautista:
Madre, haga un monasterio como decimos, que yo ayudaré a V. R. con mi legítima. Y estando
en esta conversación llegó la Sra. D.a Guiomar de UUoa, a la cual contó la dicha Madre Teresa
de Jesús el discurso que habían ella g aquellas muchachas sus parientas; y la dicha D.a Guio-
mar de Ulloa, dijo: Madre, yo también ayudaré a lo que pudiere con esta obra tan santa». Así
lo depone María de San José, que se lo oyó referir a la dicha M. María Bautista. (Cfr. Me-
morias historiales, 1. R., n. 141).
1 D.a Guiomar de Ulloa, de quien ya dejamos nota en el capítulo XXIV, página 187.
2 La celda habitada por la Santa durante veinte y siete anos bien merece una descrip-
ción más larga que permite una nota, y por lo tanto hablaremos de ella en los Apéndices.
CAPITULO XXXII 269
Era esta visión con tan grandes eMos, y de tal manera
es esta habla que me hacía el Señor, que go no podía dudar que
era El. Yo sentí grandísima pena, porque en parte se rae repre-
sentaron los grandes desasosiegos y trabajos que me había de
costar, y como estaba tan contentísima en aquella casa, que,
aunque antes lo trataba, no era con tanta determinación ni
certidumbre que sería. Aquí parecía se me ponía premio, y como
vía comenzaba cosa de gran desasosiego, estaba en duda de lo
que haría. Mas fueron muchas veces las que el Señor me tornó
a hablar en ello, puniéndome delante tantas causas y razones,
que yo vía ser claras y que era su voluntad, que ya no osé hacer
otra cosa sino decirlo a mi confesor, y dilc por escrito todo lo
que pasaba (1).
El no osó determinadamente decirme que lo dejase, mas
vía que no llevaba camino conforme a razón natural, por haber
poquísima y casi ninguna posibilidad en mi compañera, que era
la que lo había de hacer. Di jome que lo tratase con mi perlado,
y que lo que él hiciese, eso hiciese yo. Yo no trataba estas
visiones con el perlado, sino aquella señora trató con él, que
quería hacer este monesterio; y el Provincial (2) vino muy bien
en ello, que es amigo de toda relisión, y dióle todo el favor
que fué menester, y díjole que él admitiría la casa. Trataron
de la renta que había de tener, y nunca queríamos fuesen más
de trece, por muchas causas. Antes que lo comenzásemos a tra-
tar, escribimos a el santo Fray Pedro de Alcántara todo lo
que pasaba, y aconsejónos que no lo dejásemos de hacer, y dió-
nos su parecer en todo (3).
No se hubo comenzado a saber por el lugar, cuando no
se podía escribir en breve la gran persecución que vino sobre
nosotras; los dichos, las risas, el decir que era disbarate. A mí,
1 P. Baltasar Alvarez.
2 Este Provincial no es el P. Ángel de Salazar, como se ha venido afirmando, sino el
P. Gregorio Fernández, que desempeñó este cargo desde 1559 hasta fines de 1561. Este Padre
había sido Prior de Avila en 1541, ü Provincial de 1551 a 1553.
3 Mucho ayudó este siervo de Dios a la Santa en los comienzos de su Reforma. El
mismo vino a Avila y le indicó los términos en que había de redactarse la petición al Reve-
rendísimo de la Orden de Carmelitas, P. Nicolás Audet, para obtener licencia de fundación del
monasterio reformado que se intentaba.
270 VIDñ DE SANTA TERESA DE JESÜS
que bien me estaba en mi monesterio; a la mi compañera tanta
persecución que la traían fatigada. Yo no sabía qué me hacer;
en parte me parecía que tenían razón. Estando ansí muy fatigada
lencomendándome a Dios, comenzó Su Majestad a consolarmie y a
animarme. Díjome que aquí vería lo que habían pasado los santos
que habían fundado las relisiones; que mucha más persecución
tenía por pasar de las que yo podía pensar, que no se nos
diese nada. Decíame algunas cosas que dijese a mi compañera, y
lo que más me espantaba yo, es que luego quedábamos consola-
das de lo pasado y con ánimo para resistir a todos. Y es ansí,
que de gente de oración y todo, en fin, el lugar no había casi
persona que entonces no fuese contra nosotras y le pareciese
grandísimo disbarate.
Fueron tantos los dichos y lel alboroto de mi mesmo moneste-
rio, que a el Provincial le pareció recio ponerse contra todos, y
ansí mudó el parecer y no la quiso admitir. Dijo que la renta no
era sigura, y que era poca, y que era mucha la contradición; y en
todo parece tenía razón, y, en fin, lo dejó y no lo quiso admi-
tir. Nosotras, que ya parecía teníamos recibidos los primeros
golpes, diónos muy gran pena; en especial me la dio a mí de ver
a el Provincial contrario, que con quererlo él, tenía yo disculpa
con todos. A la mi compañera ya no la querían asolver si no
lo dejaba porque decían era obligada a quitar el escándalo.
1 Cuando fueron conocidos los propósitos de reformación que deseaba realizarla Madre
Teresa, hubo muchas murmuraciones en el pueblo, disputando sobre ellos con calor u apasio-
namiento, ü generalmente, condenando a la Reformadora. Para más mortiñcarla, oponían a su
virtud, que juzgaban inquieta, invencionera ¡j aparatosa, la de Maridíaz, austera y recogida. Y
como si tanta contradicción fuera poca, se trató del asunto en el pulpito, hablándose desafo-
radamente contra la proyectada reforma y su autora, sin que la presencia de la Madre, que asistía
al sermón con D.a Juana de Ahumada, contuviese al disparatado predicador. D.a Juana pasó
malísimo rato, porque todo el auditorio era ojos para ver a su hermana; pero ésta se sonreía
tranquilamente. Teresa de Jesús, sobrina de la Santa, cuenta este hecho en la siguiente forma: «Estando
con su hermana D.a Juana de Ahumada, fueron un día al sermón a la iglesia de Santo Tomé,
y un religioso de cierta Orden, que predicaba allí, comenzó a reprender ásperamente, como de
algún gran pecado público, diciendo de las monjas que salían de sus monasterios a fundar nue-
vas Ordenes, que era para sus libertades, y otras palabras tan pesadas, que D.a Juana estaba
afrentada, y haciendo propósitos de irse a Alba, o a su casa, y hacer a nuestra Santa Madre
que se volviese al monasterio y dejase las obras. Con este proposito volvió a mirarla, y vio
que con gran paz se estaba riendo. Dióla esto más enojo y díjola algunas razones sobre ello;
pero luego la mudó Dios, y dejando los propósitos dichos, se quedó aquí en Avila, y tuvo a
nuestra Santa Madre en su casa, prosiguiendo en la obra comenzada», (Cfr. Declaración de
Teresa de Jesús en el Proceso de Avila para la canonización de la Santa). Quién fuese este
predicador, no se sabe, y nos parece poco justo D. Miguel Mir (Vida de Santa Teresa, t. I,
1. II, c. 2), cuando supone que fué el P. Jerónimo Ripalda.
CAPITULO XXXII !27i
Ella fué a un gran letrado, muy gran siervo de Dios, de
la Orden de Santo Domingo, a decírselo y darle cuenta de
todo (1). Esto fué aún antes que el Provincial lo tuviese dejado,
porque en todo el lugar no teníamos quien nos quisiese dar pa-
recer, y ansí decían que sólo era por nuestras cabezas. Dio esta
señora relación de todo y cuenta de la renta que tenía de su
mayorazgo a este santo varón, con harto deseo nos ayudase,
porque era el mayor letrado que entonces había en el lugar y
pocos más en su Orden. Yo le dije todo lo que pensábamos ha-
cer, y algunas causas. No le dije cosa de revelación ninguna,
sino las razones naturales que me movían; porque no quería yo
nos diese parecer sino conforme a ellas. El nos dijo que le
diésemos de término ocho días para responder, y que si es-
tábamos determinadas a hacer lo que él dijese. Yo le dije que
sí; mas aunque yo esto decía, y me parece lo hiciera, porque (2),
nunca jamás se me quitaba una siguridad de que se había de
hacer. Mi compañera tenía más fe; nunca ella por cosa que la
dijesen se determinaba a dejarlo.
Yo, aunque como digo, me parecía imposible dejarse de
hacer, de tal manera creo ser verdadera la revelación, como no
vaya contra lo que está en la Sagrada Escritura u contra las
leyes de la Iglesia que somos obligados a hacer; porque, aunque
a mí verdaderamente me parecía era de Dios, si aquel letrado
me dijera que no lo podíamos hacer sin ofenderle, y que íbamos
contra conciencia, paréceme luego me apartara de ello y busca-
ra otro medio; ma¡s a mí no me daba el Señor sino éste. Decíame
después este siervo de Dios, que lo había tomado a cargo con
toda determinación de poner mucho en que nos apartásemos de
hacerlo, porque ya había venido a su noticia el clamor de el pue-
blo, y también le parecía desatino como a todos, y en sabiendo
1 Trátase aquí del P. Pedro Ibáñez, de la Orden de Santo Domingo, muü aventajado en
letras u virtud, u autor de una doctísima disertación, que en los Apéndices publicaremos ínte-
gra, aprobando la excelencia del espíritu de .Santa Teresa. Este Padre fué uno de los que más
eficaz auxilio prestaron a la Santa en los trances más difíciles de su vida interior a de refor-
madora. Natural de Calahorra, profesó en el Convento de Padres Dominicos de San Esteban
de Salamanca. Fué profesor de Teología en Avila y Rector y Regente del Colegio de San
Gregorio de Valladolid. Lleno de virtudes, murió el 2 de Febrero de 1565 en Tríanos (León).
2 Aquí üene borrada el original una línea, según presumo, por el P. Domingo Báñez.
272 VlDñ DE SANTA TERESA DE JESÚS
habíamos ido a él, le envió a avisar un caballero, que mirase lo
que hacía, que no nos ayudase, y que, en comenzando a mirar
en lo que nos había de responder, g a pensar en el negocio y el
intento que llevábamos y manera de concierto y relisión, se
l€ asentó ser muy en servicio de Dios, y que no había de dejar
de hacerse. Y ansí nos respondió nos diésemos priesa a con-
cluirlo, y dijo la manera y traza que se había de tener; y aun-
que la hacienda era poca, que algo se había de fiar de Dios;
que quien lo contradijese fuese a el, que él respondería; y ansí
siempre nos ayudó, como después diré.
Con esto fuimos muy consoladas, y con que algunas perso-
nas santas, que nos solían ser contrarias, estaban ya más apla-
cadas, y algunas nos ayudaban. Entre ellas era el caballero santo,
de quien ya he hecho mención, que, como lo es, y le parecía
llevaba camino de tanta perfeción, por ser todo nuestro funda-
mento en oración, aunque los medios le parecían muy dificultosos
y sin camino, rendía su parecer a que podía ser cosa de Dios,
que el mesmo Señor le debía mover, Y ansí hizo a el Maestro,
que es el clérigo siervo de Dios que dije que había hablado
primero, que es espejo de todo el lugar, como persona que le
tiene Dios en él para remedio y aprovechamiento de muchas al-
mas, y ya venía en ayudarme en el negocio (1). Y estando en es-
tos términos, y siempre con ayuda de muchas oraciones, y tinien-
do comprada ya la casa en buena parte, aunque pequeña; mas de
esto a (mí no se me daba nada, que me había dicho el Señor que
entrase como pudiese, que después yo vería lo que Su Majes-
tad hacía: ¡y cuan bien que lo he visto! Y ansí, aunque vía ser
poca la renta, tenía creído el Señor lo había por otros medios
de ordenar y favorecernos.
1 El Maestro Gaspar Daza.
CAPITULO XXXIII
PROCEDE EN LA MESMA MATERIA DE LA FUNDACIÓN DEL GLORIOSO SAN
JOSEF. DICE COMO LE MANDARON QUE NO ENTENDIESE EN ELLA,
Y EL TIEMPO QUE LO DEJO, Y ALGUNOS TRABAJOS QUE TUVO, Y
COMO LA CONSOLABA EN ELLOS EL SEÑOR.
Pues estando los negocios en este estado y tan al punto de
acabarse, que otro día se habían de hacer las escrituras, fué
cuando el Padre Provincial nuestro mudó parecer. Creo fué mo-
vido por ordenación divina, sigún después ha parecido; por-
que, como las oraciones eran tantas, iba el Señor perfecionando
la obra y ordenando que se hiciese de otra suerte. Como él
no lo quiso admitir, luego mi confesor me mandó no entendiese
más en ello, con que sabe el Señor los grandes trabajos y afli-
ciones que hasta traerlo a aquel estado me había costado. Como
se dejó y quedó ansí, confirmóse más ser todo disbarate de
mujeres y a (crecer la morrauración sobre mí, con habérmelo man-
dado hasta entonces mi Provincial.
Estaba muy malquista en todo mi monesterio (1), porque
quería hacer monesterio más encerrado. Decían que las' afren-
taba, que allí podía también servir a Dios, pues había otras mi-
jores que yo, que no tenía amo^r a la casa, que mijor era procu-
rar renta para ella que para otra parte. Unas decían que me
1 La Encamación.
274 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
echasen en la cárcel (1); otras, bien pocas, tornaban algo de
mí. Yo bien vía que en muchas cosas tenían razón, y algunas
veces dábales discuento; aunque, como no había de decir lo
principal, que era mandármelo el Señor, no sabía qué hacer,
y ansí callaba. Otras hacíame Dios muy gran merced que todo
esto no me daba inquietud, sino con tanta facilidad y contento
lo dejé, como si no me hubiera costado nada. Y esto no lo podía
nadie creer, ni aun las mesmas personas de oración que me tra-
taban, sino que pensaban estaba muy penada y corrida, y aun
mi mesmo confesor no lo acababa de creer. Yo, como me parecía
había hecho todo lo que había podido, parecíame no era más
obligada para lo que me había mandado el Señor, y quedá-
bame en la casa, que yo estaba muy contenta y a mi placer.
Aunque jamás podía dejar de creer que había de hacerse, yo no
vía ya medio, ni sabía cómo ni cuándo, mas teníalo muy cierto.
Lo que mucho me fatigó fué una vez que mi confesor (2),
como si yo hubiera hecho cosa contra su voluntad (también debía
el Señor querer que de aquella parte que más me había de do-
ler no me dejase de venir trabajo, y ansí en esta multitud de
persecuciones, que a mí me parecía había de venirme de él
consuelo), me escribió que ya vería que era todo sueño en lo
que había sucedido, que me enmendase de allí adelante en no
querer salir con nada ni hablar más en ello, pues vía el escán-
dalo que había sucedido, y otras cosas, todas para dar pena.
Esto me la dio mayor que todo junto, pareciéndorae si había
sido yo ocasión y tenido culpa en que se ofendiese y que si
estas visiones eran ilusión, que toda la oración que tenía era
engaño, y que yo andaba muy engañada y perdida, /apretóme
esto en tanto extremo, que estaba toda turbada y con grandísima
afleción. Mas el Señor, que nunca me faltó, que en todos estos
trabajos que he contado hartas veces me consolaba y esforzaba,
que no hay para qué lo decir aquí, me dijo entonces que no me
fatigase, que yo había mucho servido a Dios, y no ofendídole en
1 Era una celda oscura, que todavía se conserva en la Encarnación. En aquellos tiempos
muchos monasterios disponían de celdas semejantes.
2 E! P. Baltasar Alvarez.
CAPITULO XXXIII 275
aquel negocio; que hiciese lo que me mandaba el confesor en
callar por entonces, hasta que fuese tiempo de tornar a ello.
Quedé tan consolada y contenta, que me parecía todio nada la
persecución que había sobre mí.
ñquí me ensenó el Señor el grandísimo bien que es pasar
trabajos y persecuciones por El; porque fué tanto el acrecenta-
miento qu€ vi en mi alma de amor de Dios y otras muchas co-
sas, que yo me espantaba; y esto me hace no poder dejar de
desear trabajos. Y las otras personas pensaban que estaba muy
corrida; y sí estuviera si el Señor no me favoreciera en tanto
extremo con merced tan grande. Entonces me comenzaron más
grandes los ímpetus de amor de Dios que tengo dicho, y mayores
arrobamientos, aunque yo callaba y no decía a nadie estas ga-
nancias. El santo varón dominico (1) no dejaba de tener por
tan cierto como yo que se había de hacer; y como yo no quería
entender en ello, por no ir contra la obediencia de mi confesor,
negociábalo él con mi compañera, y escribían a Roma y daban
traza.
También comenzó aquí el demonio, de una persona en otra,
procurar se entendiese que había yo visto alguna revelación en
este negocio, y iban a mí con mucho miedo a decirme que
andaban los tiempos recios, y que podría ser me levantasen algo
y fuesen a los inquisidores. A mí me cayó esto en gracia, y me
hizo reir, porque en este caso jamás yo temí, que sabía bien de
mí que en cosa de la fe, contra la menor cerimonia de la Iglesia
que alguien viese yo iba, por ella u por cualquier verdad de
la Sagrada Escritura, me pornía yo a morir mil muertes; y dije
que de eso no temiesen, que harto mal sería para mi alma, si en
ella hubiese cosa que fuese de suerte que yo temiese la Inquisi-
ción (2). Que si pensase había para qué, yo me la iría a buscar;
y que si era levantado, que el Señor me libraría y quedaría
con ganancia. Y trátelo con este padre mío dominico que, como
1 P. Pedro Ibáñez.
2 Si bien las obras de la Santa, como hemos visto en los Preliminares, fueron delatadas a
la Inquisición, no parece que se la denunciase a ella misma, como lo fueron tantas otras per-
sonas de sü tiempo.
276 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÜS
digo, era gran ktrado, que podía bien asigurar con lo que él
me dijese, g díjele entonces todas las visiones g modo de ora-
ción g las grandes mercedes que me hacía el Señor, con la
imagor claridad que pude, g supliquéle lo mirase mug bien, g
me dijese si había algo contra la Sagrada Escritura, g lo que
de todo sentía. El me asiguró mucho, g a ¡mi parecer le hizo pro-
vecho; porque aunque él era mug bueno, de ahí adelante se dio
mucho más a la oración, g se apartó en un monesterio de su
Orden, adonde hag mucha soledad (1), para mijor poder ejerci-
tarse en esto, adonde estuvo más de dos años; g sacóle de allí la
obediencia, que sintió harto; porque le hubieron menester, como
era persona tal.
Yo en parte sentí mucho cuando se fué, aunque no se lo es-
torbé, por la gran falta que me hacía. Mas entendí su ga-
nancia; porque estando con harta pena de su ida, me dijo el
Señor que me consolase g no la tuviese, que bien guiado iba.
Vino tan aprovechada su alma de allí g tan adelante en apro-
vechamiento de espíritu, que me dijo cuando vino que por nin-
guna cosa quisiera haber dejado de ir allí. Y go también podía
decir lo mesmo; porque lo que antes me asiguraba g conso-
laba con solas sus letras, ga lo hacía también con la expiriencia
de espíritu, que tenía harta de cosas sobrenaturales; g trájole
Dios a tiempo que vio Su Majestad había de ser menester para
agudar a su obra de este monesterio, que quería Su Majestad
se hiciese.
Pues estuve en este silencio, g no entendiendo ni hablando
en este negocio, cinco u seis meses, g nunca el Señor rae lo
mandó. Yo no entendía qué era la causa; mas no se me podía
quitar de el pensamiento que se había de hacer. A el fin de este
tiempo, habiéndose ido de aquí el Retor que estaba en la Com-
pañía de Jesús, trajo Su Majestad aquí otro mug espiritual, g
de gran ánimo, g entendimiento g buenas letras, a tiempo
que go estaba con harta necesidad; porque como el que me
confesaba tenía superior, g ellos tienen esta virtud en extremo
1 Se retiró al convento de Tríanos.
capiTüLO XXXIII 277
de no s€ bullir sino conforme a la voluntad de su mayor, aun-
que él entendía bien mi espíritu y tenía deseo de que fuese
muy adelante, no se osaba en algunas cosas determinar, por
hartas causas que para ello tenía. Y ya mi espíritu iba con
ímpetus tan grandes, que sentía mucho tenerle atado, y con todo,
no salía de lo que me mandaba (1).
Estando un día con gran aflición de parecerme el confesor
no me creía, díjome el Señor que no me fatigase, que presto
se acabaría aquella pena. Yo me alegré mucho, pensando que
era que me había de morir presto, y traía mucho contento cuando
se me acordaba. Después vi claro era la venida de este Retor
que digo; porque aquella pena nunca más se ofreció en qué la
tener, a causa de que el Retor que vino no iba a la mano a el mi-
nistro que era mi confesor, antes le decía que me consolase
lí que no había de qué temer, y que no me llevase por camino tan
apretado, que dejase obrar el espíritu de el Señor, que a veces
parecía con estos grandes ímpetus de espíritu no le quedaba a el
alma cómo resolgar.
Fuéme a ver este Retor, y mandóme el confesor tratase con
él con toda libertad y claridad. Yo solía sentir grandísima con-
tradición en decirlo, y es ansí que en entrando en el confesona-
rio (2), sentí en mi espíritu un no sé qué, que antes ni después no
me acuerdó haberlo (3) con nadie sentido, ni yo sabré decir cómo
fué, ni por comparaciones podría. Porque fué un gozo espiri-
tual, y un entender mi alma que aquella alma la había de enten-
der y que conformaba con ella, aunque, como digo, no entiendo
cómo. Porque si le hubiera hablado u me hubieran dado gran-
1 El Rector que salió de Avila fué el P. Dionisio Vázquez, confesor de S. Francisco de
Borja u famoso en la Compañía por sus intrigas con Felipe II, la Inquisición jj la Santa Sede
para substraer las casas de España de la jurisdicción del General de Roma. Le sustituyó en
el oficio el P. Gaspar de Salazar en Abril de 1561. Por ciertas desavenencias que surgieron
entre el Colegio de San Gil y el Obispo de Avila D. Alvaro de Mendoza, el Visitador, P. Na^
dal, juzgó oportuno, cuando pasó por Avila a principios de 1562, quitar de Rector al P. Sala-
zar. (Vid. Historia de la Compañía de Jesús, por el P. Astráin, t. II, p. 144). Cuando Santa
Teresa regresó de su viaje a Toledo, ya no lo halló en el oficio. El poco tiempo que el P. Sa-
lazar estuvo en Avila bastó para que la Santa le cobrase cariño. De él hace honorífica men-
ción en varias de sus cartas. Después de haber desempeñado el cargo de Rector en el Colegio
de Madrid y otros de la Compañía, murió santamente en Alcalá el 27 de Septiembre de 1593.
2 El original: confesorio.
3 El original: líalo.
278 VIDA DE 'SANTA TERESA DE JESÚS
des nuevas de él, no era mucho darme gozo en entender que
había de entenderme; mas ninguna palabra él a mí ni yo a él
nos habíamos hablado, ni era persona de quien yo tenía antes
ninguna noticia. Después he visto bien que no se engañó mi es-
píritu, porque de todas maneras ha hecho gran provecho a mí
y a mi alma tratarle; porque su trato es mucho para personas
que ya parece el Señor tiene ya muy adelante, porque él las hace
correr y no ir paso a paso. Y su modo es para desasirlas de todo
y mortificarlas; que en esto le dio el Señor grandísimo talento,
también como en otras muchas cosas.
Como le comencé a tratar, luego entendí su estilo, y vi ser
un alma pura, santa y con don particular de el Señor para
conocer espíritus. Consoléme mucho. Desde a poco gue le tra-
taba comenzó el Señor a tornarme a apretar que tornase a tratar
el negocio del monesterio, y que dijese a mi confesor y a este
Retor muchas razones y cosas para que no me lo estorbasen.
Y algunas los hacía temer, porque este padre Retor nunca dudó
en que era espíritu de Dios; porque con mucho estudioj y cuidado
miraba todos los efetos. En fin, de muchas cosas no se osaron
atrever a estorbármelo.
Tornó mi confesor a darme licencia que pusiese en ello
todo lo que pudiese. Yo bien vía a el trabajo a que me ponía,
por ser muy sola y tener poquísima posibilidad. Concertamos se
tratase con todo secreto, y ansí procuré que una hermana mía (1),,
que vivía fuera de aquí, comprase la casa y la labrase como que
era para sí, con dineros que el Señor dio por algunas vías para
comprarla; que sería largo de contar cómo el Señor lo fué pro-
veyendo, porque yo traía gran cuenta de no hacer cosa contra
obediencia; mas sabía que si lo decía a mis perlados, era
todo perdido, como la vez pasada, y aun ya fuera peor. En te-
ner los dineros, en procurarlo, en concertarlo y hacerlo labrar,
pasé tantos trabajos, y algunos bien a solas, aunque mi compa-
ñera hacía lo que podía, mas podía poco, y tan poco, que era
1 D.a Juana de Ahumada, que residía en Alba con su esposo Juan de Ovalle, según
queda dicho en e! capítulo XXXI, página 258.
CAPITULO xxxiir 279
casi nonada, más de hacerse en su nombre y con su favor; y
todo el más trabajo era mío, de tantas maneras, que ahora me
espanto cómo lo pude sufrir. Algunas veces afligida decía: Se-
ñor mío, ¿cómo me mandáis cosas que parecen imposibles? que,
aunque fuera mujer, ¡ si tuviera libertad ! ; mas atada por tantas
partes, sin dineros ni de dónde los tener, ni para Breve, ni para
nada, ¿qué puedo yo hacer, Señor?
Una vez estando en una necesidad que no sabía qué me
hacer, ni con qué pagar unos oficiales, me apareció San Josef,
mi verdadero padre y señor, y imie dio! a entender que no me fal-
tarían, que los concertase, y ansí lo hice sin ninguna blanca, y el
Señor, por maneras que se espantaban los que lo oían, me prove-
yó (1). Hacíaseme la casa muy chica, porque lo era tanto, que no
parece llevaba camino ser monesterio, y quería comprar otra (2);
1 D, Lorenzo de Cepeda fué quien ayudó con su dinero a su santa hermana en la cons"
trucción del monasterio de San José. Después de la batalla de Iftaquito, D. Lorenzo se esta^
bleció en la hoy capital del Ecuador, donde poseía extensos terrenos y era encomendero de
buen número de indios del valle de Chillo. En 1556 contrajo matrimonio en Lima con Juana
de Fuentes Espinosa, hija de D. Francisco de Fuentes, uno de los primeros conquistadores del Perú,
que presenció la captura de Atahualpa y estaba en posesión de grandes riquezas. El hermano
de Santa Teresa llegó a desempeñar en Quito los cargos de regidor del Cabildo, tesorero de
las Cajas reales y alcalde de la ciudad. Con tales cargos y encomiendas y la rica dote de su
mujer, gozaba de posición muy desahogada y podía ayudar a sus hermanas de España, como
lo hizo en diversas ocasiones. Una de estas limosnas llegó con la oportunidad que aquí enca-
rece la Santa y aclara más en una carta a D. Lorenzo, en que le dice haberla recibido de
i\ntonio Moran, rico mercader que del Perú pasaba a España. La carta es de 30 ds Diciembre
de 1561. En otras partes de estos escritos tendremos ocasión de recordar los buenos oficios de
este piadoso indiano y hermano muy querido de Santa Teresa para con San José de Avila y
otras fundaciones.
2 Para el nuevo convento, compró la Santa por medio de su cuñado Juan de Ovalle una
casita, y venida de Alba su mujer D.a Juana en Agosto de 1561, como dejamos apuntado, se
establecieron en ella y comenzaron las obras según la dirección y traza de la Madre Teresa,
que con achaque de visitar a sus hermanos, salía de la Encarnación y negociaba con disimulo
lo referente a la nueva fundación reformada. Todos los biógrafos de Santa Teresa comparan esta
casita, por su pequenez y pobreza, con el portal de Belén. Dejando para otro lugar noticia
más extensa y particular de ella, véase lo que dice Julián de Avila en su Vida de Sta. Teresa,
parí. II, cap. VIII: «Y entrando que entró en la portería, junto a ella estaba una reja de paIo,'e
muy cerca de la reja estaba el altar, aunque con decencia, pero con harta pobreza y estrechura;
porque en portería y coro, adonde el Santísimo Sacramento estaba, no me paresce a mí habría
arriba de diez pasos: representaba bien a el portalico de Belén». Sobre la puerta de la iglesia y
monasterio puso dos imágenes pequeñas de talla, de Nuestra Señora y San José, guardianes
del monasterio y de la Reforma del Carmen. Una campanita, que no pasaba de tres libras y por
añadidura con agujero que ya sacó de la fundición, servía para congregarse al Oficio Divino.
En 163?i, siendo General de la Reforma el P. Esteban de San José, fué trasladada a Pastrana,
y con ella se convocaba a las sesiones de los Capítulos generales que allí acostumbraban ce-
lebrarse. Afortunadamente, a las diligencias de de un buen amigo de las Descalzas, llamado
José López Salazar, eficazmente apoyadas por el Cardenal de Toledo, la campanita que inundó
de consuelo con sus alegres sones el 24 de Agosto de 1562, el corazón de la Madre Teresa y
de las cuatro primitivas descalzas, volvió a San José de Avila el año de 1868 y hoy está colo-
cada en un corredor interno, junto a la campana de oficios.
280 VIDñ DE SñNTñ TERESA DE JESÚS
ni había con qué, ni había manera para comprarse, ni sabía
qué me hac€r, que estaba junto a ella, también harto pequeña
para hacer la Iglesia; g acabando un día de comulgar di jome
el Señor: Ya te he dicho que entres como pudieres. Y a mane-
ra de exclamación también m€ dijo: ¡Oh codicia de el género
humano, que aun tierra piensas que te ha de faltar! ¡Cuántas
veces dormí yo a el sereno por no tener adonde me meter! Yo
quedé muy espantada, y vi que tenía razón; y voy a la casita
y trácela, y hallé, aunque bien pequeño, monesterio cabal, y no
curé de comprar más sitio, sino procuré se labrase en ella de ma-
nera que se pueda vivir, todo tosco y sin labrar, no más de como
no fuese dañosoí a la salud, y ansí se ha de hacer siempre.
El día de Santa Clara, yendo a comulgar, se me apareció
con mucha hermosura; dijome que me esforzase y fuese adelante
en lo comenzado, que ella me ayudaría. Yo la tomé gran devo-
ción, y ha salido tan verdad, que un monesterio de monjas de
su Orden (l),\iue está cerca de éste, nos ayuda a sustentar;
y lo que ha sido más, que poco a poco trajo este deseo mío a
tanta perfeción, que la pobreza que la bienaventurada Santa
tenía en su casa, se tiene en ésta y vivimos de limosna. Que no
me ha costado poco trabajo que sea con toda firmeza y autori-
dad del Padre Santo, que no se puede hacer otra cosa, ni jamás
haya renta (2). Y más hace el Señor, y debe por ventura ser por
ruegos de esta bendita Santa, que sin demanda ninguna nos
provee Su Majestad muy cumplidamente lo necesario. Sea ben-
dito por todo. ñmén.
Estando en estos mesmos días, el de nuestra Señora de la
Asunción, en un monesterio de la Orden del glorioso Santo Do-
mingo, estaba considerando los muchos pecados que en tiempos
1 El monasterio de religiosas de Santa Clara, llamadas vulgarmente Cordillas, de la pri.-
mera residencia que ocuparon. Siempre han mediado entre ambas comunidades excelentes rela-
ciones de amistad.
2 El primer Breve, de 7 de Febrero de 1562 dirigido, porque así convenía a la nueva fun-
dación, a D.a Aldonza de Guzmán ij a su hija D.a Quiomar de UUoa, les autoriza para que
puedan poseer bienes en común, porque todavía no se había resuelto la Santa a fundar sin renta.
Alentada a ello por S. Pedro de Alcántara, se obtuvo un Rescripto de la sagrada Penitenciaría
de 5 de Diciembre de 1562 en que se faculta al nuevo monasterio para vivir sin rentas, de la
caridad pública, el cual fué confirmado por Breve de 17 de Julio de 1565.
CAPITULO XXXIII 281
pasados había en aquella casa confesado y cosas de mi ruin
vida. Vínome un arrobamiento tan grande, que casi me sacó de
mí (1). Sentéme, y aun paréceme que no pude ver alzar ni oir
misa, que después quedé con escrúpulo de esto. Parecióme es-
tando ansí, que me vía vestir una ropa de mucha blancura y cla-
ridad, y al principio no vía quién me la vestía. Después vi a
Nuestra Señora hacia el lado derecho, y a mi padre San Josef
a el izquierdo, que me vestían aquella ropa. Dióseme a entender
que estaba ya limpia de mis pecados. Acabada de vestir, y yo
con grandísimo deleite y gloria, luego me pareció asirme de
las manos Nuestra Señora. Díjome que la daba mucho con-
tento en servir al glorioso San Josef, que creyese que lo que
pretendía de el monesterio se haría, y en él se serviría mucho el
Señor y ellos dos; que no temiese habría quiebra en esto ja-
más, aunque la obediencia que daba no fuese a mi gusto, por-
que ellos nos guardarían, y que ya su Hijo nos había prometido
andar con nosotras; que para señal que sería esto verdad, me
daba aquella joya. Parecíame haberme echado a el cuello un
collar de oro muy hermoso, asida una cruz a él de mucho valor.
Este oro y piedras es tan diferente de lo de acá, que no tiene
comparación; porque es su hermosura muy diferente de lo que
podemos acá imaginar, que no alcanza el entendimiento a enten-
der de qué era la ropa, ni cómo imaginar el blanco que el Señor
quiere que se represente, que parece todo lo de acá como un
debujo de tizne, a manera de decir.
Era grandísima la hermosura que vi en Nuestra Señora,
aunque por figuras no determiné ninguna particular, sino toda
junta la hechura de el rostro, vestida de blanco con grandísimo
resplandor, no que dislumbra, sino suave. A el glorioso San Jo-
sef no vi tan claro, aunque bien vi que estaba allí, como las
visiones que he dicho, que no se ven. Parecíame Nuestra Se-
ñora muy niña. Estando ansí conmigo un poco, y yo con gran-
1 Se cree haber recibido la Santa en 1561 esta merced en la capilla llamada del Santísimo
Cristo, de la iglesia de Santo Tomás de Avila. Junto al altar, muéstrase una antigua abertura
en la pared dispuesta para confesonario con un letrero que reza: «Aquí se confesaba Santa
Teresa de Jesús».
19 *
282 VIDA DE SANTiFl TERESA DE JESÚS
dísima gloria y contento, más a mi parecer que nunca le había
tenida, g nunca quisiera quitarme de él, parecióme que los vía
subir a (el cielo con mucha multitud de ángeles. Yo quedé con mu-
cha soledad, aunque tan consolada g elevada, g recogida en ora-
ción g enternecida, que estuve algún espacio, que menearme ni
hablar no podía, sino casi fuera de mí. Quedé con un ímpetu
grande de deshacerme por Dios, g con tales efetos, g todo pasó
de suerte que nunca pude dudar, aunque mucho lo procurase,
no ser cosa de Dios. Dejóme consoladísima g con mucha paz.
En lo que dijo la Reina de los Angeles de la obediencia, es
que a mí se me hacía de mal no darla a la Orden, g habíame
dicho el Señor que no convenía dársela a ellos. Dióme las cau-
sas para que en ninguna manera convenía lo hiciese, sino que
enviase a Roma por cierta vía, que también me dijo; que El
haría viniese recaudo por allí; g ansí fué, que se envió por
donde el Señor me dijo, que nunca acabábamos de negociarlo,
g vino mug bien. Y para las cosas que después han sucedido,
convino mucho se diese la obediencia a el obispo; mas entonces
no le conocía go, ni aun sabía qué perlado sería, g quiso el
Señor fuese tan bueno g favoreciese tanto a esta casa, como
ha sido menester para la gran contradición que ha habido en
ella, como después diré, g para ponerla en el estado que está.
Bendito sea El que ansí lo ha hecho todo. Amén (1).
1 Cuando la fundación del Convento de San José era obispo de Avila D. Alvaro de Men-
doza, que había tomado posesión de su sede el 4 de Diciembre de 1560. Hijo de D. Juan Hur-
tado de Mendoza y D.a María Sarmiento, Condesa de Ribadavia, fué muy devoto de la Santa
desde que la habló en la Encarnación, y gran favorecedor de su Reforma. Las Carmelitas des-
calzas de S. José conservan algunas cartas de este ilustre Prelado. Por disposición testdraentaria
suya fué enterrado en la capilla mayor de este monasterio. Su sepulcro, con la estatua orante de
D. Alvaro, está en el presbiterio, al lado de la epístola. Fué su intención que reposasen enfrente
suya los venerables restos de Santa Teresa, si bien, por diversas, causas no llegaron a reali-
zarse estos piadosos deseos. El Breve no lo procuró directamente la Santa, sino por medio de
su amiga D.a Guiomar, a cuyo nombre, juntamente con el de D.a Aldonza, se expidió en Roma.
r*"^ ' CAPITULO XXXIV
TRATA COMO EN ESTE TIEMPO CONVINO QUE SE AUSENTASE DE ESTE
LUGAR. DICE LA CAUSA, Y COMO LA MANDO IR SU PERLADO PARA
CONSUELO DE UNA SEÑORA MUY PRINCIPAL QUE ESTABA MUY AFLI-
GIDA. COMIENZA A TRATAR LO QUE ALLÁ LE SUCEDIÓ Y LA GRAN
MERCED QUE EL SEÑOR LA HIZO DE SER MEDIO PARA QUE SU
MAJESTAD DESPERTASE A UNA PERSONA MUY PRINCIPAL PARA
SERVIRLE MUY DE VERAS, Y QUE ELLA TUVIESE FAVOR Y AMPARO
DESPUÉS EN EL. BS MUCHO DE NOTAR.
Pu€s por mucho cuidado qu€ go traía para que no se enten-
diese, no podía hacerse tan secreto toda esta obra que no se en-
tendiese mucho en algunas personas; unas lo creían y otras uo.
Yo temía harto que, venido el Provincial, si algo le dijesen
de ello, me había de mandar no entender en ello, g luego era
todo cesado. Proveyólo el Señor de esta manera: que se ofreció
en un lugar grande (1), más de veinte leguas de éste, que es-
taba una señora muy afligida, a causa de habérsele muerto su
marido; estábalo en tanto extremo, que se temía su salud (2),
Tuvo noticia de esta pecadorcilla, que lo ordenó el Señor ansí,
1 Toledo.
2 Era esto señora D.a Luisa de la Cetda, qtie vivía en Toledo u acababa de perder a su
marido Arias Pardo de Saavedra (1561), opulento caballero, uno de los más ricos de Espafla,
Mariscal de Castilla, Seflor de las villas de Malagón, Paracuellos y Fernán Caballero u sobrino
del Cardenal Pardo de Tavera, Arzobispo de Toledo. Era hija D.a Luisa de Juan de la Cerda,
Duque de Medinaceli, próximo pariente de los antiguos Reyes de Espafla, ija que procedía este
título del primoflénito de Alfonso el Sabio. (Cfi. Monazchia. Hispánica, t. I, 1. II, c. 1).
284 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
que la dijesen bien de mí, para otros bienes que de aquí suce-
dieron. Q>nocía esta señora mucho a el Provincial, y como era
persona principal y supo que yo estaba en monesterio que sa-
lían, pónele el Señor tan gran deseo de verme, pareciéndole
que se consolaría conmigo, que no debía ser en su mano, sino
luego procuró, por todas las vías que pudo, llevarme allá, en-
viando a el Provincial, que estaba bien lejos. El me envió un
mandamiento, con preceto de obediencia, que luego fuese con
otra compañera; yo lo supe la noche de Navidad.
Hízome algún alboroto y mucha pena ver que, por pensar
que había en mí algún bien, me quería llevar, que, como yo me
vía tan ruin, no podía sufrir esto. Encomendándome mucho a
Dios estuve todos los Maitines, u gran parte de ellos, en gran
arrobamiento. Di jome el Señor que no dejase de ir, y que no
escuchase pareceres, porque pocos me aconsejarían sin temeri-
dad; que, aunque tuviese trabajos, se sirviría mucho Dios, y
que para este negocio de el monesterio convenía ausentarme havSta
ser venido el Breve; porque el demonio tenía armada una gran
trama venido el Provincial, que no temiese de nada, que El me
ayudaría allá. Yo quedé muy esforzada y consolada. Díjelo a el
Retor. Díjome que en ninguna manera dejase de ir, porque otros
me decían que no sufría, que era invención del demonio para
que allá me viniese algún mal; que tornase a enviar a el
Provincial.
Yo obedecí a el Retor, y con lo que en la oración había en-
tendido, iba sin miedo, aunque no sin grandísima confusión de
v€r el título con que me llevaban y cómo se engañaban tanto.
Esto me hacía importunar más al Señor para que no me dejase.
Consolábame mucho que había casa de la Compañía de Jesús
en aquel lugar adonde iba (1), y con estar sujeta a lo que me
mandasen, como lo estaba acá, me parecía estaría con alguna
siguridad. Fué d Señor servido que aquella señora se consoló
1 Habíanse establecido los Padres de la Compañía en Toledo el año 1558. Negoció esta
íundación San Francisco de Borja con Frag Bartolomé Carranza, elevado a la Sede primada poi
muerte del Cardenal Siliceo, que se oponía a la entrada de los Jesuítas. Fué nombrado superior
de la nueva casa el P. Pedro Domenech, que luego le veremos confesando a la Santa,
Capitulo xxxiv 285
tanto, que conocida mijoría comenzó luego a tener, y cada día
más s€ hallaba consolada. Túvose a mucho, porque, como he
dicho, la pena la tenía en gran aprieto; y debíalo de hacer
el Señor por las muchas oraciones que hacían por mí las personas
buenas que yo conocía porque me sucediese bien. Era muy
temerosa d€ Dios, y tan buena, qu€ su mucha cristiandad suplió
lo que a mí nv¿ faltaba. Tomó grande amor conmigo; yo se le
tenía harto d€ ver su bondad; mas casi todo me era cruz, por-
que los regalos me daban gran tormento, y el hacer tanto caso
de mí me traía con gran temor. Andaba mi alma tan encogida,
que no me osaba descuidar, ni se descuidaba el Señor; porque
estando allí me hizo grandísimas mercedes (1), y éstas me daban
tanta libertad, y tanto me hacía menospreciar todo lo que vía,
y mientra más eran más, que no dejaba de tratar con aquellas
tan señoras, que muy a mi honra pudiera yo servirlas con la
libertad que si yo fuera su igual. Saqué una ganancia muy gran-
de, y decíaselo. Vi que era mujer, y tan sujeta a pasiones y fla-
quezas como yo, y en lo poco que se ha de tener el señorío, y
cómo, mientra es mayor, tienen más cuidados y trabajos, y un
cuidado de tener la compostura conforme a su estado, que no
las deja vivir;- comer sin tiempo ni concierto, porque ha de an-
dar todo conforme a el estado y no a las complexiones; han de
comer muchas veces los manjares más conformes a su estado que
no a su gusto.
Es ansí, que de todo aborrecí el desear ser señora. Dios
me libre de mala compostura, aunque ésta, con ser de las prin-
cipales del reino, creo hay pocas más humildes y de mucha
llaneza. Yo la había lástima, y se la he de ver cómo va muchas
veces no conforme a su inclinación por cumplir con su estado.
Pues oon los criados es poco lo poco que hay que fiar, aunque
ella los tenía buenos; no se ha de hablar más con uno que
con otro, sino a el que se favorece ha de ser el malquisto. Ello
es una sujeción, que una de las mentiras que dice el mundo es
1 Muchas de las mercedes recibidas en el palacio de D.a Luisa se hallan en una Relación
que allí escribió la Santa, que publicaremos en el tomo segundo.
286 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
llamar señores a las personas semejantes, que no me parece son
sino esclavos de mil cosas. Fué el Señor servido (1), que el tiem-
po que estuve en aquella casa se mijoraban en servir a Su Ma-
jestad las personas de ella, aunque no estuve libre de trabajos y
algunas envidias que tenían algunas personas del mucho amor
que aquella señora me tenía. Debían por ventura pensar que
pretendía algún interese. Debía primitir el Señor me diesen al-
gunos trabajos cosas semejantes, y otras de otras suertes, por-
que no me embebiese en el regalo que había por otra parte,
y fué servido sacarme de todo con mijoría de mi alma.
Estando allí acertó a venir un relisioso, persona muy prin-
cipal y con quien yo muchos años había tratado algunas ve-
ces (2). Y estando en misa en un monesterio de su Orden, que
estaba cerca de donde yo estaba (3), dióme deseo de saber en
qué dispusición estaba aquella alma, que deseaba yo fuese muy
siervo de Dios, y levánteme para irle a hablar. Como yo estaba
recogida ya en oración, parecióme después era perder tiempo, que,
quién me metía a mí en aquello, y tornémie a sentar. Paréceme que
fueron tres veces las que esto me acaeció, y en fin, pudo más el
ángel bueno que el malo, y fuíle a llamar, y vino a hablarme
a un confisionario. Comencéle a preguntar, y él a mí, porque
había muchos años que no nos habíamos visto, de nuestras vidas;
yo le comencé a decir que había sido la mía de muchos traba-
1 La Santa repite esta frase.
• 2 Se ha venido discurriendo mucho sobre el Padre Dominico de que habla aquí la Santa.
Ribera, Yepes y generalmente los biógrafos antiguos de la insigne Reformadora, estaban por el
P. Vicente Barrón. Los editores modernos de sus obras, como las Carmelitas de París, sospe^
chan que habla del P. García de Toledo. Hoy podemos decir que la controversia está resuelta
con la autoridad del P. Jerónimo Qracián, que en las citadas notas a la autobiografía de la
Santa, dice que es el P. Fray García de Toledo. Era este Padre Dominico hijo de los ilustres
Condes de Oropesa, villa de Castilla la Nueva, donde nació. Niño aún, pasó a las Indias con el
viney de Méjico, y en el convento de Padres Dominicos de la capital del vineinato tomó el há-
bito en 1535. Más tarde regresó a España. Consta por documentos que obran en el Archivo de
Santo Tomás de Avila, que en 1555 desempeñaba el cargo de Suprior de la Comunidad, y en-
tonces comenzaría a tratar y confesar a la Santa. Nombrado D. Francisco de Toledo viney del
Perú, se llevó a su primo hermano el P. García, hasta 1581 que regresó a España, con grande
alegría de Santa Teresa que siempre le apreció mucho. Murió muy santamente en su convento
de San Glnés de Talavera hacia el 1590. De las relaciones de éste Padre con Santa Teresa habla
extensamente el P. Felipe Martín en su obra Santa Teresa de Jesús y la Orden de Predicado-
res, c. IV.
3 Efectivamente, el Convento de Padres Dominicos, dedicado a San Pedio Mártir, estaba
cerca del Palacio de los Duques de Medlnaceli, convento de Carmelitas descalzas desde 1607,
no lejos de la Puerta del Cimbrón.
CAPITULO XXXIV 287
jos dé alma. Puso muy mucho en que le dijese qué eran los tra-
bajos. Yo le dije que no eran para saber ni para que yo los di-
jese. El dijo, que pues los sabía el padre dominico que he di-
cho (1), que era nmy su amigo, que luego se los diría, y que
no se me diese nada.
El caso es, que ni fué en su mano dejarme de importunar,
^i en la mía me parece dejárselo de decir; porque con toda la pe-
sadumbre y vergüenza que solía tener cuando trataba estas cosas
con él y con el Retor que he dicho (2), no tuve ninguna pena,
antes me consolé mucho. Díjeselo debajo de confesión. Pareció-
me más avisado que nunca, aunque siempre le tenía por de gran
entendimiento. Miré los grandes talentos y partes que tenía para
aprovechar mucho, si de el todo se diese a Dios; porque esto ten-
go yo de unos años acá, que no veo persona que mucho me con-
tente, que luego querría verla del todo dar a Dios, con unas
ansias que algunas veces no me puedo valer. Y aunque deseo que
todos le sirvan, estas personas que me contentan, es con muy
gran ímpetu, y ansí importuno mucho al Señor por ellas. Con
el relisioso que digo, me acaeció ansí.
Rogóme le encomendase mucho a Dios, y no había menester
decírmelo, que ya yo estaba de suerte, que no pudiera hacer
otra cosa, y voyme adonde solía a solas tener oración, y comien-
zo a tratar con el Señor, estando muy recogida, con un estilo
abobado que muchas veces, sin saber lo que digo, trato; que el
amor es el que habla, y está el alma tan enajenada, que no miro
la diferencia que haya de ella a Dios. Porque el amor que conoce
que la tiene Su Majestad, la olvida de sí, y le parece está en
El, y como una cosa propia sin división, habla desatinos. Acuer-
dóme que le dije esto, después de pedirle con hartas lágrimas
aquella alma pusiese en su servicio muy de veras; que aun-
que yo le tenía por bueno, no me contentaba, que le quería muy
bueno, y ansí le dije: Señor, no me habéis de negar esta merced;
mira que es bueno este sujeto para nuestro amigo.
1 P. Pedio Ibáaez.
2 Caspai de Salazat.
288 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
¡Oh bondad g humanidad grande de Dios, cómo no mira las
palabras, sino los deseos g voluntad con que se dicen! ¡Cómo
sufre que una como yo hable a Su Majestad tan atrevidamente!
Sea bendito por siempre jamás.
Acuerdóme que me dio en aquellas horas de oración aquella
noche un afligimiento grande de pensar si estaba en enemistad
de Dios; y como no podía yo saber si estaba en gracia u no,
no para que yo lo desease saber, mas deseábame morir por no
me ver en vida adonde no estaba sigura si estaba muerta. Por-
que no podía haber muerte más recia para mí que pensar si
tenía ofendido a Dios, y apretábame esta pena; suplicábale no
lo primitiese, toda regalada y derretida en lágrimas. Entonces
entendí que bien podía consolar y estar cierta (1) que estaba
en gracia; porque semejante amor de Dios, y hacer Su Majes-
tad aquellas mercedes y sentimientos que daba a el alma, que
no se compadecía hacerse a alma que estuviese en pecado mor-
tal. Quedé confiada que había de hacer el Señor lo que le suplica-
ba de esta persona. Díjome que le dijese unas palabras. Esto
sentí yo mucho, porque no sabía cómo las decir, que esto de
dar recaudo a tercera persona, como he dicho, es lo que más
siento siempre, en especia!! a quien no sabía cómo lo tomaría, u
si burlaría de mí. Púsome en mucha congoja. En fin, fui tan per-
suadida, que, a Imi parecer, prometí a Dios no dejárselas de decir,
y por la gra vergüenza que había, las escribí y se las di.
Bien pareció ser cosa de Dios en la operación que le hi-
cieron; determinóse muy de veras de darse a oración, aunque
no lo hizo desde luego. El Señor, como le quería para Sí, por mi
medio le enviaba a decir unas verdades, que, sin entenderlo yo,
iban tan a su propósito, que él se espantaba, y el Señor que
debía disponerle pa creer que era de Su Majestad; yo, aunque
miserable, era mucho lo que suplicaba a el Señor muy del todo
le tornase a Sí y le hiciese aborrecer los contentos y cosas de la
1 Ftajj Luis de León puso conñar en vez de estar cierta, que dice el original. Las demás
ediciones copiaron a la primera, sin fundamento, a mi ver, entendida la frase en el sentido que
la emplea la Santa Madre, de certidumbre moral, causada por el testimonio de la buena con-
ciencia ü la prudente confianza en las hablas interiores que así se lo aseguraban.
CAPITULO XXXIV 289
vida. Y ansí, sea alabado por siempre, lo hizo tan de hecho,
que cada vez que me habla me tiene como embobada; y si yo
no lo hubiera visto, lo tuviera por dudoso en tan breve tiem-
po hacerle tan crecidas mercedes y tenerle tan ocupado en Sí,
que no parece vive ya para cosa de la tierra. Su Majestad le
tenga de su mano, que si ansí va adelante, lo que espero en el
Señor sí hará, por ir muy fundado 2n conocerse, será uno de
los muy señalados siervos suyos y para gran provecho de muchas
almas. Porque en cosas de espíritu, en poco tiempo tiene mucha
expiriencia, que estos son dones que da Dios cuando quiere y
como quiere, y ni va en el tiempo ni en los servicios. No digo
que no hace esto mucho, mas que muchas veces no da el Se-
ñor en veinte años la contemplación que a otros da en uno. Su
Majestad sabe la causa. Y es el engaño que nos parece por los
años hemos de entender lo que en ninguna manera se puede al-
canzar sin expiriencia; y ansí yerran muchos, como he dicho,
en querer conocer espíritus sin tenerle. No digo que quien no
tuviere espíritu, si es letrado, no gobierne a quien le tiene; mas
entiéndese en lo exterior y interior que va conforme a vía nar
tural por obra del entendimiento, y en lo sobrenatural, que mira
vaya conforme a la Sagrada Escritura. En lo demás no se mate,
ni piense entender lo que no entiende, ni ahogue los espíritus,
que ya, cuanto en aquello, otro mayor Señor los gobierna, que
no están sin superior.
No se espante ni le parezcan cosas imposibles; todo es
posible a eíl Señor, sino procure esforzar la fe, y humillarse de
que hace el Señor en esta ciencia a una vejecita más sabia por
ventura que a él, aunque sea muy letrado, y con esta humildad
aprovechará más a las almas y a sí, que por hacerse contempla-
tivo sin serlo. Porque, torno a decir", que si no tiene expiriencia,
si no tiene muy mucha humildad en entender que no lo entiende,
y que no por eso es imposible, que ganará poco y dará a ganar
menos a quien trata; no haya miedo, si tiene humildad, primita
el Señor que se engañe el uno ni el otro.
Pues a este Padre que digo, como en muchas cosas se la
ha dado el Señor, ha procurado estudiar todo lo que por estudio
290 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
ha podido <¿n este caso, que es buen letrado, y lo que no entiende
por expiriencia, infórmase de quien la tiene, y íX)n esto ayúdale
el Señor con dalle mucha fe, y ansí ha aprovechado mucho a
sí y a algunas ánimas, y la mía es una de ellas. Que como el
Señor sabía en los trabajos que me había de ver, parece pro-
veyó Su Majestad, que, pues había de llevar consigo a algunos
que me gobernaban (1), quedasen otros que me han ayudado
a hartos trabajos y hecho gran bien. Hale mudado el Señor
casi del todo, de manera que casi él no se conoce, a manera
de decir, y dado fuerzas corporales para penitencia, que antes
no tenía, sino enfermo, y animoso para todo lo que es bueno,
y otras cosas, que se parece bien ser muy particular llamamien-
to de el Señor. Sea bendito por siempre.
Creo todo el bien le viene de las mercedes que el Señor
le ha hecho en la oración, porque no son postizos; porque ya
en algunas cosas ha querido el Señor se haya expirimentado,
porque sale de ellas, como quien tiene ya conocida la verdad
del mérito que se gana en sufrir persecuciones. Espero en la
grandeza de el Señor ha de venir mucho bien a algunos de su
Orden por él y a ella mesma. Ya se comienza esto a entender.
He visto grandes visiones, y díchome el Señor algunas cosas
de él y de el Retor de la Compañía de Jesús (2), que tengo di-
cho, de grande admiración, y de otros dos relisiosos de la Orden
de Santo Domingo, en especial de uno (5), que también ha dado
ya a entender el Señor por obra en su aprovechamiento algunas
cosas que antes yo había entendido de él; mas de quien ahora
hablo, han sido muchas.
Una cosa quiero decir ahora aquí. Estaba yo una vez con
él en un locutorio, y era tanto el amor que mi alma y espíritu
entendía que ardía en el suyo, que me tenía a mí casi absorta.
Porque consideraba las grandezas de Dios, en cuan poco tiempo
había subido un alma a tan gran estado. Hacíame gran con-
1 Probablemente los dos grandes varones que tanto ayudaron a la Santa, San Pedio de
Alcántara, que murió el 18 de Octubre de 1562 13 el P. Ibáflez, muerto en 2 de Febrero de 1565.
2 P. Gaspar de Salazar.
3 Los PP. Pedro Ibáñez y Domingo Báñez, especialmente el primero.
CAPITULO XXXIV 291
fusión, porque le vía con tanta humildad escuchar lo que yo
le decía en algunas cosas de oración. Como yo tenía poca de tra-
tar ansí con persona semejante, debíamelo sufrir el Señor por
el gran deseo que yo tenía de verle muy adelante. Hacíame
tanto provecho estar con él, que parece dejaba en mi ánima
puesto nuevo fuego para desear servir a el Señor de principio.
¡Oh Jesús mío, qué hace un alma abrasada en vuestro amor!
¡Cómo la habíamos de estimar en mucho y suplicar a el Señor
la dejase en esta vida! Quien tiene el mesmo amor, tras estas
almas se había de andar si pudiese.
Gran cosa es un enfermo hallar otro herido de aquel mal;
mucho se consuela de ver que no es solo; mucho se ayudan
a padecer y aún a merecer; ecelentes espaldas se hacen ya
gente determinada arriscar mil vidas por Dios, y desean que
se les ofrezca en qué perderlas. Son como soldados, que por
ganar el despojo y hacerse con él ricos, desean que haya gue-
rra; tienen entendido no lo pueden ser sino por aquí. Es este
su oficio, el trabajar. ¡Oh, gran cosa es adonde el Señor da esta
luz, de entender lo mucho que se gana en padecer por El!
No se entiende esto bien hasta que se deja todo, porque quien
en ello se está, señal es que lo tiene en algo; pues si lo tiene
en algo, forzado le ha de pesar de dejarlo, y ya va imperfeto
todo y perdido. Bien viene aquí, que es perdido quien tras per-
dido anda. ¿Y qué más perdición, y qué más ceguedad, qué más
desventura que tener en mucho lo que no es nada?
Pues, tornando a lo que decía, estando yo en grandísimo
gozo mirando aquel alma, que me parece quería el Señor viese
claro los tesoros que había puesto en ella, y viendo la merced
que me había hecho en que fuese por medio mío, hallándome
indina de ella, en mucho más tenía yo las mercedes que el Se-
ñor le había hecho, y más a mi cuenta las tomaba, que si fuera
a mí, y alababa muchoi a el Señor de ver que Su Majestad iba
cumpliendo mis deseos y había oído mi oración, que era des-
pertase el Señor personas semejantes. Estando ya mi alma, que
no podía sufrir en sí tanto gozo, salió de sí y perdióse para
más ganar. Perdió las consideraciones, y de oir aquella lengua di-
2^2 Vida de santa téresa de jesús
vina, en quien parece hablaba el Espíritu Santo; dióme un gran
arrobamiento que rae hizo casi perder el sentido, aunque duró
poco tiempo. Vi a Cristo con grandísima majestad y gloria,
mostrando gran contento de lo que allí pasaba; y ansí me lo
dijo, y quiso viese claro que a semejantes pláticas siempre se
hallaba presente, y lo mucho que se sirve en que ansí se de-
leiten en hablar en EL
Otra vez, estando lejos de este lugar (1), le vi con mucha
gloria levantar a los ángeles (2). Entendí iba su alma muy ade-
lante por esta visión; y ansí fué, que le habían levantado un gran
testimonio bien contra su honra persona a quien él había hecho
mucho bien y remediado la suya y el alma, y habíalo pasado
con mucho contento, y hecho otras obras muy en servicio de
Dios y pasado otras persecuciones. No me parece conviene ahora
declarar más cosas. Si después le pareciere a vuestra merced, pues
las sabe, se podrán poner para gloria del Señor. De todas las
que he dicho de profecías de esta casa, y otras que diré de ella,
y de otras cosas, todas se han cumplido. Algunas tres años antes
que se supiesen, otras más y otras menos, me las decía el Se-
ñor. Y siempre las decías a el confesor y a esta mi amiga viuda
con quien tenía licencia de hablar, como he dicho; y ella he
sabido que las decía a otras personas, y éstas saben que no
miento, ni Dios me dé tal lugar, que en ninguna cosa, cuanti
más siendo tan graves, tratase yo sino toda verdad.
Habiéndose muerto un cuñado mío súpitamente (3) y estando
yo con mucha pena por no se haber cuidado a confesarse (4),
se me dijo en la oración, que había ansí de morir mi hermana,
que fuese allá y procurase se dispusiese para ello. Díjelo a mi
confesor, y como no me dejaba ir, entendílo otras veces. Ya
como esto vio, di jome que fuese allá, que no se perdía nada.
1 Avila.
2 Según Gradan, el P. García de Toledo.
3 D. Martín de Guzmán b Barrientos, casado con D.a María de Cepeda, hermana de la
Santa, como ya se dijo en el capítulo III, página 17.
4 La Santa escribe: «por no se haber uiado a confesarse>. El P. Báflez, borrando el pro-
nombre el ü el participio uiado (cuidado), reformó la frase del modo siguiente: «por no haber
tenido lugar de confesarse». En las primeras ediciones se atuvieron al original; pero después se
ha venido imprimiendo conforme a la enmienda del Padre Dominico.
CftPITULO XXXIV 293
Ella estaba en un aldea (1), y como fui sin decirla nada, le fui
dando la luz que pude en todas las cosas. Hice se confesase
muy a menudo, y en todo trajese cuenta con su alma. Ella era
muy buena y hízolo ansí. Desde a cuatro u cinco años que tenía
esta costumbre y muy buena cuenta con su conciencia, se murió
sin verla nadie ni poderse confesar. Fué el bien que, como lo
acostumbraba, no había poco más de ocho días que estaba
confesada. R mí me dio gran alegría cuando supe su muerte. Es-
tuvo muy poco en el purgatorio.
Serían aun no me parece ocho días cuando, acabando de
comulgar, me apareció el Señor, y quiso la viese cómo la llevaba
a la gloria. En todos estos años, desde que se me dijo hasta que
murió, no se me olvidaba lo que se me había dado a entender,
ni a mi compañera (2), que, ansí como murió, vino a raí muy
espantada de ver cómo se había cumplido. Sea Dios alabado por
siempre, que tanto cuidado tray de las almas para que no se
pierdan.
1 Castellanos de la Cañada donde vivía su hermana D.a María de Cepeda, de quien habla
en estas líneas.
2 D.a Guiomar de UUoa.
CAPITULO XXXV
PROSIGUE EN Lñ MESMA MATERIA DE LA FUNDACIÓN DE ESTA CASA
DE NUESTRO GLORIOSO PADRE SAN JOSEF. DICE POR LOS TÉRMINOS
QUE ORDENO EL SEÑOR VINIESE A GUARDARSE EN ELLA LA SANTA
POBREZA, Y LA CAUSA POR QUE SE VINO DE CON AQUELLA
SEÑORA QUE ESTABA, Y OTRAS ALGUNAS COSAS QUE LE SUCE-
DIERON.
Pues estando con esta señora que he dicho, adonde estuve
más de medio año (1), ordenó el Señor que tuviese noticia de mí
una beata de nuestra Orden, de más de setenta leguas (2) de aquí
de este lugar, y acertó a venir por acá, y rodeó algunas por ha-
blarme (3). Habíala el Señor movido el mesmo año g mes que
1 La Santa estuvo en casa de D.a Luisa desde Enero hasta fines de Junio o principios de
Julio de aquel mismo año.
2 El original: legas.
5 Llamábase esta beata Maiía de Jesús, natural de Granada, donde nació el año de 1522.
Habiendo enviudado muu joven, entró en el convento de Carmelitas Calzadas de su ciudad na-
tal; pero creuendo que Dios la pedía fundase un monasterio reformado de su Orden, se salió
antes de profesar, y con algunas amigas fué a Roma donde consiguió para este fin Breve de Su
Santidad. Acerca de la estancia en Roma de María de Jesús, el P. Andrés de la Encarnación
(Memorias historiales, 1. R., n. 404), nos ha conservado estas noticias: «En varias relaciones
originales de las monjas primitivas de la Imagen de Alcalá, dirigidas en forma de cartas al
P. Fr. Jerónimo de San José, se hallan las cosas siguientes: Que el Papa cuando fué a Roma
la V. María de Jesús, dándola su bendición, hizo que su camarero la llevase a un convento
que había allí de nuestra Orden, tan encerrado, que llamaban de las Emparedadas, y mandó
que la hablasen g diesen noticia de la Orden que guardaban y hábitos y tocado que traían,, y
que estuvo ihuy despacio con los Mantuanos, (que) la dieron- la primera Regla». Sus intentos de
fundarlo en Granada fracasaron. Habiendo llegado a sus oídos que la Madre Teresa de Ahu-
mada intentaba lo mismo, fué a verla a Toledo, donde ocurrió lo que la Santa cuenta en este
capítulo. Doña Leonor de Mascareñas donó una casa a la venerable María de Jesús en Alcalá
de Henares para que comenzase la reforma, en la cual entró el 11 de Septiembre de 1552, y el
convento llamado de la Imagen, quedó definitivamente constituido en Julio del año siguiente.
296 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
a mí, para hacer otro monesterio de esta Orden; y como le
puso este deseo, vendió todo lo que tenía y fuese a Roma a traer
despacho para ello, a pie y descalza.
Es mujer de mucha penitencia y pración, y hacíala el Señor
muchas mercedes, y aparecídola Nuestra Señora y mandádola lo
hiciese. Hacíame tantas ventajas en servir a el Señor, que yo había
vergüenza de estar delante de ella. Mostróme los despachos que
traía de Roma, y en quince días que estuvo conmigo, dimos or-
den en cómo habíamos de hacer estos monesterios. Y hasta que
yo la hablé, no había venido a mi noticia que nuestra Regla,
antes que se relajase, mandaba no se tuviese propio (1); ni yo
estaba en fundarle sin renta, que iba mi intento a que no tu-
viésemos cuidado de lo que habíamos menester, y no miraba
a los muchos cuidados que tray consigo tener propio. Esta ben-
dita mujer, como la enseñaba el Señor, tenía bien entenditjo,
con jio saber leer, lo que yo, con tanto haber andado a leer las
Costituciones, inoraba. Y como me lo dijo, parecióme bien, aun-
que temí que no me lo habían de consentir, sino decir que hacía
desatinos, y que no hiciese cosa que padeciesen otras por mí;
que, a ser yo sola, poco ni mucho me detuviera, antes me era
gran regalo pensar de guardar los consejos de Cristo Señor
nuestro; porque grandes deseos de pobreza, ya me los había
dado Su Majestad, ñnsí que para mí no dudaba ser lo mijor;
porque días había que deseaba fuera posible a mi estado an-
dar pidiendo por amor de Dios y no tener casa ni otra cosa. Mas
temía que, si a las demás no daba el Señor estos deseos, vivi-
rían descontentas; y también no fuese causa de alguna des-
Pasando por Madrid la Santa en 1567 para la fundación de la casa de Malagón, a petición de
D.a Leonor Mascareñas, fué a visitar y dar forma de comunidad al convento de Alcalá, donde
el celo de María de Jesús, más fervoroso que discreto, había hecho, con sus extremados rigores,
casi imposible la vida de observancia. Fué muy bien recibida la Santa de las religiosas, y en
poco tiempo logró encauzar y asentar la vida claustral, tornándola a sus justos límites y dan-
doles las constituciones que había escrito para San José de Avila. La venerable María murió en
1580. Este monasterio no ha estado nunca sujeto a la Orden, ni tampoco ha tenido la dirección
espiritual de nuestros Descalzos. En la misma ciudad se fundó en 1599 otro convento de Car-
melitas Descalzas llamado del Corpus Christi, que estuvieron siempre bajo la jurisdicción de la
Orden.
1 El capítulo VI de la Regla dice: «Nullus fratrum sibi aliquid proprium esse dicat, sed
sint vobis omnia communia». Gregorio IX, por un Breve de 6 de Abril de 1229, prohibió a los
Carmelitas la posesión de casas, tierras ni rentas, como opuestas a la vida de contemplación
que profesaban.
CAPITULO XXXV 297
traición, porque vía algunos monesterios pobres no muy reco-
gidos; y no miraba que el no serlo era causa de ser pobres,
y no la pobreza de la destraición; porque ésta no hace más
ricas ni falta Dios jamás a quien le sirve. En fin, tenia flaca
la fe, lo que no hacía a esta sierva de Dios.
Como yo en todo tomaba tantos pareceres, casi a nadie ha-
llaba de este parecer, ni confesor, ni los letrados que trataba;
traíanme tantas razones, que no sabía qué hacer; porque, como
ya yo sabía era Regla y vía ser más perfeción, no podía persua-
dirme a tener renta. Y ya que algunas veces me tenían conven-
cida, en tornando a la oración y mirando a Cristo en la cruz
tan pobre y desnudo, no podía poner a paciencia ser rica. Su-
plicábale con lágrimas lo ordenase de manera que yo me viese
pobre como El.
Hallaba tantos inconvenientes para tener renta y vía ser
tanta causa de inquietud y aun destraición, que no hacía sino
disputar con los letrados. Escribílo a el relisioso dominico (1)
que nos ayudaba; envióme escritos dos pliegos de contradición
y teulogía para que no lo hiciese, y ansí me lo decía que lo
había estudiado mucho. Yo le respondí, que para no siguir
mi llamamiento, y el voto que tenía hecho de pobreza, y los
consejos de Cristo con toda perfeción, que no quería aprove-
charme de teulogía ni con sus letras en este caso me hiciese
merced. Si hallaba alguna persona que me ayudase, alegrábame
mucho, ñquella señora con quien estaba, para esto me ayudaba
mucho (2); algunos luego al principio decíanme que les parecía
bien; después, como más lo miraban, hallaban tantos enconvi-
nientes, que tornaban a poner mucho en que no lo hiciese.
Decíales yo, que si ellos tan presto mudaban parecer, que yo a
el primero me quería llegar.
En este tiempo, por ruegos míos, porque esta señora no
había visto a el santo Fray Pedro de Alcántara, fué el Señor
servido viniese a su casa, y como el que era bien amador de
1 P. Ibáñez, que estaba en Tríanos, como ya dejó indicado la Santa en el capítulo XXXIII.
2 D.a Gulomar de Ulloa.
20 *
298 VIDA DE SANTñ TERESA DE JESÚS
la pobreza y tantos afios la había tenido, sabía bien la riqueza
que en ella estaba, y ansí me ayudó mucho, y mandó que en
ninguna manera dejase de llevarlo muy adelante. Ya con este
parecer y favor, como quien mijor le podía dar, por tenerlo
sabido por larga expiriencia, yo determiné no andar buscando
otros (1).
Estando un día mucho encomendándolo a Dios, me dijo el
Señor que en ninguna manera dejase de hacerle pobre, que esta
era la voluntad de su Padre y suya, que El me ayudaría. Fué
con tan grandes efetos en un gran arrobamiento, que en nin-
guna manera pude tener duda de que era Dios. Otra vez me dijo
que en la renta estaba la confusión, y otras cosas en loor de la
pobreza, y asigurándome que a quien le servía no le faltaba
lo necesario para vivir. Y esta falta, como digo, nunca yo la
temí por mí. También volvió el Señor el corazón de el Presen-
tado (2), digo de el relisioso dominico, de quien he dicho me
escribió no lo hiciese sin renta. Ya yo estaba muy contenta con
haber entendido esto y tener tales pareceres; no me parecía sino
que poseía toda la riqueza del mundo en determinándome a
vivir de por amor de Dios.
En este tiempo mi Provincial (3) me alzó el mandamiento
y obediencia que me había puesto para estar allí, y dejó en mi
voluntad que si me quisiese ir, que pudiese, y si estar, tam-
bién, por cierto tiempo. Y en éste había de haber eleción en mi
monesterio, y avisáronme que muchas querían darme aquel cui-
dado de perlada, que para mí sólo pensarlo era tan gran tormen-
to, que a cualquier martirio me determinaba a pasar por Dios
con facilidad; a éste en ningún arte me podía persuadir. Por-
que, dejado el trabajo grande, por ser muy muchas y otras
causas, de que yo nunca fui amiga, ni de ningún oficio, antes
siempre los había rehusado, parecíame gran peligro para la con-
1 Además, existe del Santo una carta de 14 de Abril de 1562, donde hace elogios mua
ponderativos de la pobreza. La publicaremos en los Apéndices.
2 Este título académico que da la Santa al P. Ibáñez, equivale en la Orden de Santo Do-
mingo al de Licenciado.
3 P. Ángel de Salazar, que ordenaba regresase la Santo de casa de D.a Luisa al convento
de la Encarnación de Avila para asistir a la elección de Priora.
CAPITULO XXXV 299
ciencia, y ansí alabé a Dios de no me hallar allá. Escribí a irais
amigas para que no me diesen voto.
Estando muy contenta de no me hallar en aquel ruido, díjo-
me el Señor que en ninguna manera deje de ir, que, pues deseo
cruz, que buena se me apareja, que no la deseche, que vaya con
ánimo, que El me ayudará y que me fuese luego. Yo me fatigué
mucho, y no hacía sino llorar, porque pensé que era la cruz ser
perlada, y, como digo, no podía persuadirme a que estaba bien
a mi alma en ninguna manera, ni yo hallaba términos para ello.
Contélo a mi confesor (1). Mandóme que luego procurase ir, que
claro estaba era más perfeción, y que porque hacía gran calor,
que bastaba hallarme allá a la eleción, y que me estuviese unos
días, porque no me hiciese mal el camino. Mas el Señor, que tenía
ordenado otra cosa (2), húbose de hacer; porque era tan grande
el desasosiego que traía en mí, y el no poder tener oración, y
parecerme faltaba de lo que el Señor me había mandado, y que,
como estaba allí a mi placer y con regalo, no quería irme a
ofrecer a el trabajo, que todo era palabras con Dios; que por
qué pudiendo estar adonde era más perfeción había de dejarlo;
que si me muriese, muriese, y con esto un apretamiento de alma,
un quitarme el Señor todo el gusto en la oración. En fin, yo
estaba tal, que ya me era tormento tan grande, que supliqué a
aquella señora tuviese por bien dejarme venir, porque ya mi
confesor, como me vio ansí, me dijo que me fuese, que también
le movía Dios como a mí.
Ella (3) sentía tanto que la dejase, que era otro tormento,
que le había costado mucho acabarlo con el Provincial, por muchas
maneras de importunaciones. Tuve por grandísima cosa querer
venir en ello, sigún lo que sentía; sino, como era muy temerosa
de Dios, y como le dije que se le podía hacer gran servicio,
y otras hartas cosas, y dila esperanza que era posible tornarla
a ver, y ansí, con harta pena, lo tuvo por bien.
1 Éralo entonces el P. Pedro Domenech, Rector de los Padres de la Compañía en Toledo.
2 «Mas como el Señor tenía ordenado otra cosa», parece quiso decir aquí.
3 Antes de esta palabra, había escrito la Santa la conjunción adversativa aunque, y la
borró luego.
300 VIDÜ DE SñNTA TERESA DE JESÚS
Ya yo no la tenía de venirme, porque entendiendo 90 era
más perfeción una cosa g servicio de Dios, con el contento
que me da de contentarle, pase la pena de dejar a aquella se-
ñora que tanto la vía sentir, y a otras personas a quien debía
mucho, en especial a mi confesor, que era de la Compañía de
Jesús, y hallábame muy bien con él; mas mientra más vía que
perdía de consuelo por el Señor, más contento me daba per-
derle. No podía entender cómo era esto, porque vía claro estos
dos contrarios: holgarme, y consolarme y alegrarme de lo que
me pesaba en el alma; porque yo estaba consolada y sosegada,
y tenía lugar para tener muchas horas de oración. Vía que
venía a meterme en un fuego, que ya el Señor me lo había di-
cho, que venía a pasar gran cruz, aunque nunca yo pensé lo
fuera tanto como después vi, y con todo venía ya alegre, y
estaba desecha de que no me ponía luego en la batalla, pues el
Señor quería la tuviese, y ansí enviaba Su Majestad el esfuer-
zo y le ponía en mi flaqueza.
No podía, como digo, entender cómo podía ser esto; pensé
esta comparación: si poseyendo yo una joya u cosa que me da
gran contento, ofréceme saber que la quiere una persona que
yo quiero más que a mí y deseo más contentarla que mi mesmo
descanso, dame gran contento quedarme sin él, que me daba
lo que poseía, por contentar a aquella persona. Y como este
contento de contentarla ecede a mi mesmo contento, quítase la
pena de la falta que me hace la joya, u lo que amo, y de perder
el contento que daba; de manera que, aunque quería tenerla,
de ver que dejaba personas que tanto sentían apartarse de mí,
con ser yo de mi condición tan agradecida, que bastara en
otro tiempo a fatigarme mucho, y ahora, aunque quisiera tener
pena, no podía.
Importó tanto el no me tardar un día más para lo que tocaba
a el negocio de esta bendita casa, que yo no sé cómo pudiera
concluirse si entonces me detuviera. ¡Oh grandeza de Dios!
muchas veces me espanta cuando lo considero, y veo cuan par-
ticularmente quería Su Majestad ayudarme para que se efetuase
este rinconcito de Dios, que yo creo lo es, y morada en que
Capitulo xxxv 501
Su Majestad se deleita, como una vez estando en oración me
dijo, que era esta casa paraíso de su deleite. Y ansí parece ha
Su Majestad escogido las almas que ha traído a él, en cuya com-
pañía yo vivo con harta, harta confusión; porque yo no supiera
desearlas tales para este propósito de tanta estrechura y po-
breza y oración. Y llévanlo con una alegría y contento, que cada
una se halla indina de haber merecido venir a tal lugar; en es-
pecial algunas, que las llamó el Señor de mucha vanidad y gala
de el mundo, adonde pudieran estar contentas conforme a sus le-
yes, y hales dado el Señor tan doblados los contentos aquí, que
claramente conocen haberles el Señor dado ciento por uno que
dejaron, y no se hartan de dar gracias a Su Majestad. R otras
ha mudado de bien en mijor. R las de poca edad da fortaleza
y conocimiento para que no puedan desear otra cosa, y que
entiendan que es vivir en mayor descanso, aún para lo de acá,
estar apartadas de todas las cosas de la vida. A las que son de
más edad y con poca salud, da fuerzas y se las ha dado para
poder llevar la aspereza y penitencia que todas.
¡Oh Señor mío, cómo se os parece que sois poderoso! No
es menester buscar razones para lo que Vos queréis, porque,
sobre toda razón natural, hacéis las cosas tan posibles, que dais
a entender bien que no es menester más de amaros de veras
y dejarlo de veras todo fXír Vos, para que Vos, Señor mío, lo
hagáis todo fácil. Bien viene aquí decir que fingís traba/o en
vuestra ley (1); porque yo no le veo, Señor, ni sé cómo es
estrecho el camino que lleva^ a Vús (2). Camino real veo que es,
que no senda; camino, que, quien de verdad se pone en él, va más
siguro. Muy lejos están los puertos y rocas para caer, porque lo
están de las ocasiones. Senda llamo yol, y ruin senda, y angosto
camino el que de una parte está un valle muy hondo adonde
caer, y de la otra un despeñadero: no se han descuidado, cuan-
do se despeñan y se hacen pedazos.
El que os ama de verdad. Bien mío, siguro va, por
ancho camino y real; lejos está el despeñadero; no ha trope-
1 Psal. XCIII, 20.
2 Math., VII, 14.
502 VIDA DÉ SANTA TERESA DE JESÜS
zado tanticxD, cuando le dais Vos, Señor, la mano. No basta
una caída y muchas, si os tiene amor, y no a las cosas de el
mundO' para perderse; va por el valle de la humildad. No pue-
do entender qué es lo que temen de ponerse en el camino de la
perfeción. El Señor, por quien es, nos dé a entender cuan mala
es la siguridad en tan manifiestos peligros como hay en andar
con el hilo de la gente, y cómo €stá la verdadera siguridad en
procurar ir muy adelante en el camino de Dios. Los ojos £ü
El y no hayan miedo se ponga este Sol de Justicia, ni nos deje
caminar de noche para que nos perdamos, si primero no le
dejamos a El.
No temen andar entre leones, que cada uno parece que
quiere llevar un pedazo, que son las honras, y deleites y contentos
semejantes, que llama el mundo, y acá parece hace el demonio
temer de musarañas. Mil veces me espanto y diez mil querría
hartarme de llorar y dar voces a todos para decir la gran ce-
guedad y maldad mía, porque si aprovechase algo para que ellos
abriesen los ojos. Abráselos el que puede por su bondad, y no
primita se me tornen a cegar a mí. Amén.
CAPITULO XXXVI
PROSIGUE EN LA MATERIA COMENZADA, Y DICE COMO SE ACABO DE CON-
CLUIR Y SE FUNDO ESTE MONESTERIO DE EL GLORIOSO SAN JOSEF,
Y LAS GRANDES CONTRADICIONES Y PERSECUCIONES QUE DESPUÉS
DE TOMAR HABITO LAS RELISIOSAS HUBO, Y LOS GRANDES TRA-
BAJOS Y TENTACIONES QUE ELLA PASO, Y COMO DE TODO LA SACO
EL SEÑOR CON VITORIA Y EN GLORIA Y ALABANZA SUYA.
Partida ya de aquella ciudad (1), venía muy contenta por
el camino, determinándome a pasar todo lo que el Señor fuese
servido muy con toda voluntad. La noche mesma que llegué a
esta tierra, llega nuestro despacho para el monesterio y Breve
de Roma, que yo me espanté y se espantaron los que sa-
bían la priesa que me había dado el Señor a la venida, cuando
supieron la gran necesidad que había de ello y a la coyuntura
que el Señor me traía; porque hallé aquí al Obispo, y al santo
fray Pedro de Alcántara, y a otro caballero muy siervo de
Dios (2), en cuya casa este santo hombre posaba, que era per-
sona adonde los siervos de Dios hallaban espaldas y cabida.
Entramos a dos acabaron con el Obispo admitiese el mones-
terio (3) ; que no fué poco, por ser pobre, sino que era tan amigo
1 R principios de Julio salió de Toledo para /Ivila, donde se encontró con el Breve ex-
pedido por la Santidad de Pío IV con fecha 7 de Febrero de 1562.
2 No parece que sea Francisco de Salcedo, como ordinariamente se afirma, sino D. Juan
Blázquez, Señor de Loriana, padre del Conde de Uceda, donde San Pedro de Alcántara solía
hospedarse cuando venía a Avila.
3 No se avino tan fácilmente el futuro amigo u bienhechor de la Santa a otorgar el permiso
que se le pedia. Gracias a que, rogado por S. Pedro de Alcántara, se decidió D. Alvaro a visitai
B04 VIDA DÉ SANTA TERESA DE JESÚS
de personas que vía ansí determinadas a servir a el Señor, que
luego se aficionó a favorecerle; y el aprobarlo este santo viejo
y poner mucho con unos y con otros en que nos ayudasen, fué
el que lo hizo todo. Si no viniera a esta coyuntura, como ya
he dicho, no puedo entender cómo pudiera hacerse, porque es-
tuvo poco aquí este santo hombre, que no creo fueron ocho
días, y esos muy enfermo, y desde a muy poco le llevó el Señor
consigo (1). Parece que le había guardado Su Majestad hasta
acabar este negocio, que había muchos días, no sé si más de
dos años, que andaba muy malo.
Todo se hizo debajo de gran secreto, porque a no ser
ansí, no se pudiera hacer nada sigún el pueblo estaba mal con
ello, como se pareció después. Ordenó el Señor que estuviese
malo un cuñado mío (2),, y su mujer no aquí, y en tanta necesi-
dad, que me dieron licencia para estar con él, y con esta oca-
sión no se entendió nada, aunque en algunas personas no dejaba
de sospecharse algo, mas aun no lo creían. Fué cosa para espan-
tar, que no estuvo más malo de lo que fué menester para el ne-
en la Encarnación a la M. Teresa. Al terminar la visita, aconteció al señor Obispo lo que a casi
todos los que trataron a la gloriosa Reformadora, por malos informes que de ella tuviesen, que
había cambiado completamente y salió dispuesto a favorecer todo lo posible al nuevo monasterio
que se prouectaba. Todos estos pormenores los sabemos por su secretario D. Juan Carrillo, que
en las Informaciones jurídicas de Madrid, para la beatificación de la Santa, declara: «que siendo
uo secretario del señor obispo de Avila D. Alvaro de Mendoza, traté y comuniqué mucho a la
Santa Madre, y me acuerdo que cuando trataba de la fundación del primer convento, hice traer
un Breve del Papa, en que le consentía la fundación y protección del dicho monesterio, oyendo
al señor Obispo, el cual, cuando vino el Breve, estaba en un lugar llamado El Tiemblo, y fué
allá el P. Fray Pedro de Alcántara a decírselo a su señoría, y después que lo supo, sintió muy
mal de la dicha fundación por ser con pobreza. Al fin, el dicho P. Fray Pedro de Alcántara le
hizo venir a Avila a hablar a la Santa Madre, porque hasta entonces no la conocía. Fueron a la
Encarnación y la trató; y cuando volvió a casa, volvió muy trocado en su intento, y le oí decir
que totalmente le había mudado Nuestro Señor, porque hablaba con aquella mujer, y que venía
persuadido a que por ninguna vía dejaría de hacerse la dicha fundación, la cual se hizo y ayudó
a ella mucho».
1 Murió, como queda dicho, el 18 de Octubre de 1562 en Arenas (Avila).
2 D. Juan de Ovalle, que fué a Toledo para informar a la Santa de lo que se había hecho
en la casa que debía ser el primer monasterio de las Descalzas, con intención de tornarse luego
a Alba donde estaba ya su mujer D.a Juana. Volviendo de Toledo cayó enfermo en Avila, y
enfermo continuaba cuando regresó Santa Teresa, por lo cual los Superiores le concedieron li-
cencia para visitarlo. Providencial fué esta salida de Sta. Teresa del Monasterio, pues así pudo
más fácilmente disponer, sin que se enterasen las religiosas ni el Provincial, lo atañente a la
nueva casa de San José. El P. Ribera dice que D. Juan de Ovalle estuvo malo «todo el tiem-
po que la Santa Madre hubo menester estar fuera de la Encarnación para acabar sus negocios.
No dejó D. Juan de entender por qué le daba el Señor aquella enfermedad; y así cuando la
Madre había hecho lo que era menester, la dijo: Señora, ya no es menester que yo esté más
malo. Y luego le dio Nuestro Señor la salud, de que él y todos se espantaron mucho».
CAPITULO XXXVl 305
gocio, y en siendo menester tuviese salud para que yo me desocu-
pase y él dejase desembarazada la casa, se la dio luego el Se-
ñor, que él estaba maravillado.
Pasé harto trabajo en procurar con unos y con otros que
se admitiese, y con el enfermo, y con oficiales, para que se
acabase la casa a mucha priesa para que tuviese forma de mones-
terio, que faltaba mucho de acabarse. Y la mi compañera (1) no
estaba aquí, que nos pareció era mijor estar ausente para más
disimular, y yo vía que iba el todo en la brevedad por muchas
causas; y la una era porque cada hora temía me habían de
mandar ir. Fueron tantas las cosas de trabajos que tuve, que
me hizo pensar si era esta la cruz; aunque todavía me parecía
era poco para la gran cruz que yo había entendido de el Señor
había de pasar.
Pues todo concertado, fué el Señor servido que, día de
San Bartolomé, tomaron hábito algunas (2), y se puso el San-
tísimo Sacramento, y con toda autoridad y fuerza quedó hecho
nuestro monesterio de el gloriosísimo Padre nuestro San Josef,
año de mil y quinientos y sesenta y dos. Estuve yo a darles
el hábito, y otras dos monjas de nuestra casa mesma, que acer-
taron a estar fuera. Como en ésta, que se hizo el monesterio,
1 D.a Guiomar, que entonces se hallaba en Toro.
2 Fueron éstas Antonia de Henao, que tomó el nombre de Antonia del Espíritu Santo,
hija de Felipe de Arévalo y Elvira de Henao. Tenía por director espiritual a San Pedro de
Alcántara. Profesó en 21 de Octubre de 1564. La segunda, María de la Paz, natural de Ledes-
ma (Salamanca), vivía en casa de D.a Guiomar, donde había conocido a la Madre Teresa. Lla--
móse en religión María de la Cruz. Hizo su profesión el 22 de Abril de 1565. Úrsula de los
Santos fué la tercera, la cual trataba su espíritu con Gaspar Daza, quien la recomendó a la San-
ta. Era hija de D. Martín de Revilla g María Alvarez de Arévalo, naturales de Avila. Profesó
a 21 días del mes de Octubre de 1564. María de Avila, que fué la cuarta, tomó el nombre de
María de San José. Era hermana de Julián de Avila, g profesó el 2 de Julio de 1566. Por
delegación del señor Obispo, impúsoles el hábito Gaspar Daza. La Santa presenció la ceremonia
acompañada de sus primas hermanas D.a Inés g D.a Ana de Tapia, monjas de la Encarnación,
que más tarde se hicieron descalzas. Halláronse presentes, además, D. Gonzalo de Aranda,
Francisco de Salcedo, Juan de Ovalle con su mujer D.a Juana de Ahumada y Julián de Avila.
Celebró el santo sacrificio el maestro Daza, sin que contra la afirmación unánime de los bió-
grafos de Santa Teresa, tenga gran fuerza lo dicho por D. Sancho Dávila, que a la sazón era
paje de D. Alvaro de Mendoza, g luego llegó a obispo de Jaén, quien en el sermón que pre-
dicó cuando la beatificación de la Santa, dijo haber dicho la primera misa g puesto el Santí-
simo Sacramento en San José D. Alvaro, su señor. Tenemos, además, el testimonio de la
Santa, que en este mismo capítulo dice, refiriéndose a Daza: «Este siervo de Dios que digo, fué
quien dio los hábitos g puso el Santísimo Sacramento>. Anualmente, el día de San Bartolomé,
el Cabildo catedral celebra en San José una misa solemne con sermón en memoria de este
célebre acontecimiento.
506 Vida dé santa teresa dé íesüs
era la que estaba mi cufiado, que, como he dicho, la había él
comprado por disimular mijor el negocio, con licencia estaba go
en ella, y no hacía cosa que no fuese con parecer de letrados
para no ir un punto contra obediencia. Y como vían ser mug
provechoso para toda la Orden, por muchas causas, que, aun-
que iba con secreto y guardándome no lo supiesen mis perlados,
me decían lo podía hacer; porque por mug poca imperfeción que
me dijeran era, mil monesterios me parece dejara, cuanti más uno.
Esto es cierto, porque aunque lo deseaba por apartarme más de
todo g llevar muí profesión g llamamiento con más perfeción
g encerramiento, de tal manera lo deseaba, que cuando enten-
diera era más servicio de el Señor dejarlo todo, lo hiciera, como
lo hice la otra vez, con todo sosiego g paz.
Pues fué para mí como estar en una gloria ver poner
el Santísimo Sacramento, g que se remediaron cuatro huérfanas
pobres (1), porque no se tomaban con dote, g grandes siervas de
Dios; que esto se pretendió a el principio, que entrasen personas
que con su ejemplo fuesen fundamento para en que se pudiese el
intento que llevábamos, de mucha perfeción g oración, efetuar,
g hecha una obra que tenía entendido era pa servicio de el
Señor g honra de el. hábito de su gloriosa Madre, que estas
eran mis ansias. Y también me dio gran consuelo de haber hecho
lo que tanto el Señor me había mandado, g otra ilesia más en
este lugar, de mi Padre glorioso San Josef, que no la había. No
porque a mí me pareciese había hecho en ello nada, que nunca
me lo parecía ni parece; siempre entiendo lo hacía el Señor.
Y lo que era de mi parte iba con tantas imperfeciones, que
antes veo había que me culpar que no que me agradecer; mas
érame gran regalo ver que hubiese Su Majestad tomádome por
instrumento siendo tan ruin para tan gran obra, ansí que estuve
con tan gran contento, que estaba como fuera de mí con grande
oración.
1 Aunque dice la Santa «que se remediaion cuatro huérfanas pobres, porque no se toma-
ban con dote», sin embargo, Antonia del Espíritu Santo llevó de limosna 17,000 maravedises, u
Úrsula de los Santos 300 ducados, como consta del Libro de Profesiones de las Descalzas de
San José.
Capitulo xxxvi 507
Acabado todo, sería como desde a tres u cuatro horas, me
revolvió el demonio una batalla espiritual, como ahora diré.
Púsome delante si había sido mal hecho lo que había hecho;
si iba contra obediencia en haberlo procurado sin que me lo
mandase el Provincial, que bien me parecía a mí le había de ser
algún desgusto, a causa de sujetarle a el Ordinario, por no se lo
haber primero dicho; aunque como él no le había querido ad-
mitir, y yo no la mudaba, también me parecía no se le daría
nada por otra parte; y que si habían de tener contento los que
aquí estaban en tanta estrechura, si les había de faltar de comer,
si había sido disbarate, que quién me metía en esto, pues yo
tenía monesterio. Todo lo que el Señor me había mandado, y los
muchos pareceres y oraciones que había más de dos años que
no casi cesaban, todo tan quitado de mi memoria como si nunca
hubiera sido. Sólo de mi parecer me acordaba, y todas las virtudes
y la fe estaban en mí entonces suspendidas, sin tener yo fuerza
para que ninguna obrase ni me defendiese de tantos golpes.
También me ponía el demonio, que cómo me quería encerrar
en casa tan estrecha y con tantas enfermedades, que cómo había
de poder sufrir tanta penitencia, y dejaba casa tan grande y de-
leitosa, y adonde tan contenta siempre había estado, y tantas
amigas, que quizá las de acá no serían a mi gusto. Que me había
obligado a mucho, que quizá estaría desesperada, y que por ven-
tura había pretendido esto el demonio, quitarme la paz y quie-
tud, y que ansí no podría tener oración estando desasosegada,
y perdería el alma. Cosas de esta hechura juntas me ponía
delante, que no era en mi mano pensar en otra cosa, y con esto
una afleción y escuridad y tinieblas en el alma, que yo no lo sé
encarecer. De que me vi ansí, fuíme a ver el Santísimo Sacra-
mento, aunque encomendarme a El no podía. Paréceme estaba
con una congoja como quien está en agonía de muerte. Tra-
tarlo con nadie, no había de osar, porque aun confesor no tenía
señalado.
¡Oh, válame Dios, qué vida esta tan miserable! No hay
contento siguro ni cosa sin mudanza. Había tan poquito que no
me parece trocara mi contento con ninguno de la tierra, y la
508 VIDA DE SANTA TERESA. DE JESÜS
mesma causa de él me atormentaba ahora de tal suerte, que no
sabía qué hacer de mí. ¡Oh si mirásemos con advertencia las
cosas de nuestra vida! cada uno vería por expiriencia en lo
pocM> que se ha de tener contento ni descontento de ella. Es
cierto que me parece fué uno de los recios ratos que he pasado
en mi vida; parece que adevinaba el espíritu lo mucho que estaba
por pasar, aunque no llegó a ser tanto como esto si durara.
Mas no dejó el Señor padecer mucho a su pobre sierva; por-
que nunca en las tribulaciones me dejó de socorrer, y ansí
fué en ésta, que me dio un poco de luz para ver que era demonio,
y prara que pudiese entender la verdad y que todo era quererme
espantar con mentiras; y ansí comencé a acordarme de mis gran-
des determinaciones de servir a el Señor y deseos de padecer por
El. Y pensé que si había de cumplirlos, que no había de an-
dar a procurar descanso, y que si tuviese trabajos, que ése era
el merecer, y si descontento, como lo tomase por servir a Dios,
me serviría de purgatorio. Que de qué temía, que pues de-
seaba trabajos, que buenos eran éstos, que en la mayor contra-
dición estaba la ganancia; que por qué (1) me había de faltar
ánimo para servir a quien tanto debía. Con estas y otras consi-
deraciones, haciéndome gran fuerza, prometí delante del Santísimo
Sacramento de hacer todo lo que pudiese para tener licencia
de venirme a esta casa (2), y en pudiéndolo hacer con buena
conciencia, prometer clausura.
En haciendo esto, en tm istante huyó el demonio, y me
dejó sosegada y contenta, y lo quedé y lo he estado siempre, y
todo lo que en esta casa se guarda de encerramiento y penitencia
y lo demás se me hace en extremo suave y poco. El contento
es tan grandísimo, que pienso yo algunas veces qué pudiera es-
coger en la tierra que fuera más sabroso. No sé si es esto parte
para tener mucha más salud que nunca, u querer el Señor, por
ser menester y razón que haga lo que todas, darme este consuelo,
que pueda hacerlo, aunque con trabajo. Mas de el poder se espan-
1 La Santa por olvido escribió: que por había de faltar.
2 San José de Avila.
CAPITULO XXXVI 309
tan todas las personas que saben mis enfermedades. Bendito
sea El que todo lo da y en cuyo poder se puede.
Quede bien cansada de tal contienda y riéndome de el de-
monio, que vi claro ser él. Creo lo primitió el Señor; porque yo
nunca supe qué cosa era descontento de ser monja, ni un memen-
to, en veinte y ocho años y más que ha que lo soy, para que en-
tendiese la merced grande que en esto me había hecho, y de el
tormento que me había librado, y también para que si alguna viese
lo estaba, no me espantase, y me apiadase de ella y la supiese
consolar. Pues pasado esto, quiriendo después de comer des-
cansar un poco, porque en toda la noche no había casi sose-
gado, ni len otras algunas dejado de tener trabajo y cuidado,
y todos los días bien cansada, como se había sabido en mi mo-
nesterio y en la dudad lo que estaba hecho, había en él mucho
alboroto por las causas que ya he dicho, que parecía llevaban
algún color. Luego la perlada (1) me envió a mandar que a la
hora me fuese allá. Yo en viendo su mandamiento, dejo mis
monjas harto penadas y voy me luego. Bien vi que se me habían
de ofrecer hartos trabajos; mas como ya quedaba hecho, muy
poco se me daba. Hice oración suplicando a el Señor me favore-
ciese, y a mi Padre San Josef que me trajese a su casa y ofre-
cíle lo que había de pasar; y muy contenta se ofreciese algo en
que yo padeciese por El y le pudiese servir, me fui, con tener
creído luego me habían de echar en la cárcel (2). Mas, a mi
parecer, me diera mucho contento por no hablar a nadie y des-
cansar un poco en soledad, de lo que yo estaba bien necesitada,
poique me traía molida tanto andar con gente.
1 Dice el P. Gracián en sus notas que esta Prelada era D.a Isabel de Avila; pero, según
nuestros cálculos, llamábase D.a María Cimbrón, electa priora el 12 de Agosto de 1562, fecha en
que dejó este oficio D.a Isabel Dávila o de Avila.
2 De esta sospecha de la Santa han sacado muchos la conclusión, corroborada en parte
por una tradición poco firme del monasterio, que estuvo la M. Teresa la tarde del 24 de Agosto
algunas horas en la celda-cárcel de la Encarnación. No parece que tenga esto fundamento nin-
guno. Según la sobrina de la Santa, María Bautista, que vivía entonces en esta casa, su tía dio
tan buen discuento de sus cosas g con tanta gracia g elocuencia, que la Priora quedó muy con-
forme con lo hecho g «la envió mug bien de cenar» (Cfr. Memorias historiales, letra R, n. 101).
Antes de salir la Santa del nuevo convento, dice Julián de Avila, «hizo oración al Santísimo
Sacramento jj encomendándole aquellas nuevas plantas y encargándolo ij poniéndolo en las ma-
nos de Dios u de señor San Joseph... Con estas prevenciones e presupuestos, salió del monas-
terio nuevo de San Joseph para ir al de la Encarnación, yendo yo por escudero y como su ca-
pellán». (Vida de Santa Teresa, p. II, c. VII).
310 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÜS
Como Ikgué y di mi discuento a la Perlada, aplacóse algo,
y todas enviaron a el Provincial (1), y quedóse la causa para
delante de él ; y venido, fui a juicio con harto gran contento de
ver cfue padecía algo por el Señor, porque contra Su Majestad
ni la Orden no hallaba haber ofendido nada en este caso; antes
procuraba aumentarla oon todas mis fuerzas, y muriera de buena
gana por ello, que todo mi deseo era que se cumpliese con
toda perfeción. Acor déme de el juicio de Cristo y vi cuan nonada
era aquel. Hice mi culpa, como muy culpada, y ansí lo parecía
a quien no sabía todas las causas. Después de haberme hecho
una gran reprehensión, aunque no con tanto rigor como merecía
el delito y lo que muchos decían, a el Provincial, yo no quisiera
disculparme, porque iba determinada a ello, antes pedí me per-
donase y castigase y no estuviese desabrido conmigo.
En algunas cosas bien vía yo me condenaban sin culpa,
porque me decían lo había hecho porque me tuviesen en algo,
y por ser nombrada, y otras semejantes; mas en otras claro
entendía que decían verdad, en que era yo más ruin que otras,
y que pues no había guardado la mucha relisión que se llevaba
en aquella casa, cómo pensaba guardarla en otra con más rigor,
que escandalizaba el pueblo y levantaba cosas nuevas. Todo no
me hacía ningún alboroto ni pena, aunque yo mostraba tañerla,
porque no pareciese tenía en poco lo que me decían. En fin, me
mandó delante de las monjas diese discuento y húbelo de hacer.
Como yo tenía quietud en mí y me ayudaba el Señor, di
mi discuento de manera que no halló el Provincial ni las que allí
estaban por qué me condenar, y después a solas le hablé más
claro y quedó muy satisfecho, y prometióme, si fuese adelante,
en sosegándose la ciudad, de darme licencia que me fuese a él,
porque el alboroto de toda la ciudad era tan grande como aho-
ra diré.
Desde a dos u tres días, juntáronse algunos de los regido-
res y corregidor, y de el cabildo, y todos juntos dijeron que en
ninguna manera se había de consentir, que venía conocido daño
1 P. Ángel de Salazar.
CAPITULO XXXVI 311
a la república, g que habían d€ quitar el Santísimo Sacramento,
y que en ninguna manera sufrirían pasase adelante (1). Hicieron
juntar todas las Ordenes para que digan su parecer, de cada
una dos letrados. Unos callaban, otros condenaban. En fin, con-
cluyeron que luego se deshiciese. Sólo un Presentado (2) de la
Orden de Santo Domingo, aunque era contrario, no de el mo-
nesterio, sino de que fuese pobre, dijo que no era cosa que
ansí se había de deshacer, que se mirase bien, que tiempo había
para ello, que este era caso de el Obispo, u cosas de este arte,
1 Haremos un breve resumen de todo este negocio, de tan mala digestión como dice la
Santa, dejando para los Apéndices la publicación de las Actas del Concejo de Avila sobre él,
las cuales corrigen algunos yerros cometidos al tratar este punto por D. Miguel Mir en su
Santa Teresa de Jesús, t. I, págs. 539 a 573.
Mucho fué el alboroto de la ciudad por la fundación del monasterio de San José. Era Corre-'
gidor de Avila el muy magnífico señor Garci-Suárez Carvajal. Al día siguiente de la inaugura-
ción, convocaron a Consistorio con el fin de tratar de tan grave negocio para la República. Al
mismo tiempo «fué el Corregidor, dice Julián de Avila, a requerir a las monjas que saliesen
luego, que si no, que las quebraban las puertas; y entonces no estaba ya la Madre porque
sus Prelados la habían mandado tornar a la Encarnación; pero las novicias respondieron que
ellas no saldrían sino por la mano que allí las había metido». El 26 de Agosto se junta de nue-
vo el Concejo y acuerda que se contradiga por el comiin y su tierra la nueva fundación, «por
razón del perjuicio que a esta ciudad resulta y al edificio de las fuentes della y asimismo por
ser la casa y sitio do se edifica censual a esta ciudad» y por otras causas; y si necesario fuere
convino en acudir al Consejo Real. De los acuerdos dieron cuenta al señor Obispo. Reunidos el
29, decidieron celebrar al día siguiente una junta magna en que tuvieran representación todos
los estados del pueblo. Para ello invitaron al Cabildo, a los conventos y a los letrados. Estando
juntos, el Provisor del Obispo, licenciado Brizuela, se levantó y dijo que su señor había conce-
dido licencia para la fundación del monasterio de San José, por un Breve que para el efecto
había de Su Santidad. Apesar del Breve, estaban determinados a impedir la fundación de la
nueva casa, aunque fuera apelando ante el Real Consejo. En esto hubo unanimidad de pareceres,
si se exceptúan los de Brizuela y Báñez, que es el Presentado de la Orden de Santo Domingo
de que habla la Santa. Gracias a ellos acordó el Consistorio tratar con el señor Obispo los mo-
tivos que pudiera haber para no permitir el monasterio. Las razones que particularmente alega-
ban, eran la pobreza de la ciudad y el daño que haría la nueva casa a los demás conventos.
Por fin, acudieron al Real Consejo en pleito contra las Descalzas. Como en él tomaba parte la
ciudad entera, no había letrado ni procurador que quisiera o se atreviera a defender a la Santa.
Además, no tenía ésta dineros para seguir el pleito en Madrid, en vista de lo cual, el virtuoso
clérigo Gonzalo de Aranda, se determinó a ir a la Corte, por su cuenta y riesgo, para defender
la causa de las Descalzas, como lo verificó. Después de algunas informaciones del Real Consejo,
que no resolvieron nada, el pleito cesó, no por avenencia pacífica de las parles litigantes,
sino principalmente por falta de calor en el pueblo, que pasado el primer estado de efer-
vescencia, no se acordaba ya de que la nueva fundación pudiera causar graves daños a la
ciudad. Hablando dé este negocio Julián de Avila, dice que «como la ciudad había gastado sus
dineros en pagar a el receptor, e como la pasión e la tentación se había ya aplacado, e también
entenderían que la información del monesterio iba más bastante que la suya, no siguieron el
pleito, y quedóse el monesterio hecho sin que hubiese quien se lo contradijese». (Vida, 1. 1, c. VTII).
En esta causa ninguno favoreció tanto a la Santa como D. Alvaro de Mendoza. El trató de
sosegar al pueblo alborotado, convocó una junta de autoridades y a petición del Consejo Real
dio informe favorable. Esta disposición, enérgicamente mantenida por el Sr. Obispo, desconcertó
a los enemigos de la nueva fundación, e hizo que se llevase adelante el monasterio.
2 P. Domingo Báñez. Al margen del original escribe el P. Báñez; «Esto fué el año de
1562, en fin de Agosto. Yo me hallé presente y di este parecer. Fr. Domingo Bañes. Y cuando
esto firmo el año de 1575, 2 de Mayo, y tiene ya esta Madre fundados 9 monesterios con gran
religión». Bueno será repetir que lo mismo que Báñez sentía el Provisor. (Cfr. Vida de Santa
Teresa por Julián de Avila, cap. VIII).
312 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
que hizo mucho provecho; porque, sigún la furia, fué dicha
no lo poner luego por obra. Era, en fin, que había de ser; que
era el Señor servido de ello y podían todos poco contra su volun-
tad. Daban sus razones y llevaban buen celo, y ansí, sin ofender
ellos a Dios, hacíanme padecer y a todas las personas que lo fa-
vorecían, que eran algunas, y pasaron mucha persecución.
Era tanto el alboroto de el pueblo, que no se hablaba en
otra oosa, y todos condenarmie y ir a el Provincial y a mi mones-
terio. Yo ninguna pena t^nía de cuanto decían de mí, más que
si no lo dijeran, sino temor si se había de deshacer. Esto me
daba gran pena, y ver que perdían crédito las personas que me
ayudaban, y /el mucho trabajo que pasaban, que de lo que decían
de mí antes parece me holgaba. Y si tuviera alguna fe, ninguna
alteración tuviera, sino que faltar algo en una virtud, basta a
adormecerlas todas, y ansí estuve muy penada dos días que
hubo estas juntas que digo en el pueblo; y estando bien fati-
gada, me dijo el Señor: ¿No sabes que soy poderoso? ¿de qué
temes? y me asiguró que no se desharía. Con esto quedé muy
consolada. Enviaron a el Consejo Real con su información; vino
provisión pa que se diese relación de cómo se había hecho.
Hela quí comenzado un gran pleito, porque de la ciudad
fueron a la corte, y hubieron de ir de parte de el monesterio, y
ni había dineros, ni yo sabía qué hacer. Proveyólo el Señor,
que nunca mi Padre Provincial me mandó dejase de entender
en ello; porque es tan amigo de toda virtud, que, aunque no
ayudaba, no quería ser contra ello. No me dio licencia, hasta
ver en lo que paraba, para venir acá. Estas siervas de Dios
estaban solas, y hacían más con sus oraciones que con cuanto
yo andaba negociando, aunque fué menester harta diligencia.
Algunas veces parecía que todo faltaba; en especial un día antes
que viniese el Provincial, que me mandó la Priora no tratase en
nada, y era dejarse todo. Yo me fui a Dios y díjele: Señor,
esta casa no es mía, por Vos se ha hecho ; ahora que no hay nadie
que negocie, hágalo Vuestra Majestad. Quedaba tan descansada
y tan sin pena, como si tuviera a todo el mundo que negociara
por mí, y luego tenía por siguro el negocio.
CAPITULO XXXVI 313
Un muy siervo de Dios, sacerdote (1), que siempre rae había
ayudado, amigo de toda perfeción, fué a la corte a entender
en el negocio, y trabajaba mucho; y el caballero santo, de quien
he hecho mención, hacía en este caso muy mucho, y de todas
maneras lo favorecía. Pasó hartos trabajos y persecución, y siem-
pre en todo le tenía por padre y aun ahora le tengo. Y en los
que nos ayudaban ponía el Señor tanto hervor, que cada uno
lo tomaba por cosa tan propia suya como si en ello les fuera
la vida y la honra, y no les iba máís de ser cosa en que
a ellos les parecía se servía el Señor. Pareció claro ayudar
Su Majestad a el Maestro que he dicho, clérigo, que también era
de los que mucho me ayudaban, a quien el Obispo puso de su
parte en una junta grande que se hizo, y él estaba solo contra
todos, y en fin los aplacó con decirles ciertos medios, que
fué harto para que se entretuviesen; mas ninguno bastaba para
que luego no tornasen a poner la vida, como dicen, en desha-
cerle. Este siervo de Dios, que digo, fué quien dio los hábitos y
puso el Santísimo Sacramento (2), y se vio en harta persecución.
Duró esta batería casi medio año, que decir los grandes trabajos
que se pasaron por menudo, sería largo.
Espantábame yo de lo que ponía el demonio contra unas
mujercitas, y cómo les parecía a todos era gran daño para el
lugar solas doce mujeres y la Priora, que no han de ser más,
digo a los que lo contradecían, y de vida tan estrecha. Que ya
que fuera daño u yerro, era para sí mesmas; mas daño a el
lugar no parece llevaba camino, y ellos hallaban tantos, que
con buena conciencia lo contradecían. Ya vinieron a decir que,
como tuviese renta, pasarían por ello y que fuese adelante. Yo
estaba ya tan cansada de ver el trabajo de todos los que me
ayudaban, más que de el mío, que me parecía no sería malo, hasta
que se sosegasen, tener renta, y dejarla después. Y otras veces,
como ruin y imperfeta, me parecía que por ventura lo quería el
Señor, pues sin ella no podíamos salir con ello, y venía ya
en este concierto.
1 Gonzalo de Hronda, como es dicho.
2 Gaspar Daza, que también defendió a la Santa en alguna sesión contra el concejo de Avila.
21 *
314 VIDñ DE SANTñ TERESA DE JESÚS ' '
Estando la noche antes que se había de tratar en oración,
y ya se había comenzado el concierto, di jome el Señor que no
hiciese tal, que si comenzásemos a tener renta, que no nos deja-
rían después que lo dejásemos, y otras algunas cosas. La mesma
noche me apareció el santo Fray Pedro de Alcántara, que era
ya muerto; y antes que muriese me escribió, como supo la gran
contradición y persecución que teníamos (1), se holgaba fuese la
fundación con contradición tan grande, que era señal se había
el Señor servir muy mucho en este monesterio, pues el demonio
tanto ponía en que no se hiciese, y que en ninguna manera
viniese en tener renta. Y aun dos u tres veces me persuadió en
la carta, y que, como esto hiciese, ello vernía a hacerse todo
como yo quería. Ya yo le había visto otras dos veces después
que murió y la gran gloria que tenía, y ansí no me hizo temor,
antes me holgué mucho; porque siempre aparecía como cuerpo
glorificado, lleno de mucha gloria y dábamela muy grandísima
verle. Acuerdóme que me dijo la primera vez que le vi, entre
otras cosas, diciéndome lo mucho que gozaba, que: dichosa peni-
tencia había sido la que había hecho que tanto premio había
alcanzado.
Porque ya creo tengo dicho algo de esto (2), no digo aquí
más de cómo esta vez me mostró rigor, y sólo me dijo que en
ninguna manera tomase renta, y que por qué no quería tomar su
consejo, y desapareció luego. Yo quedé espantada, y luego otro
día dije a el caballero, que era a quien en todo acudía, como
el que más en ello hacía, lo que pasaba, y que no se concertase
en ninguna manera tener renta, sino que fuese adelante el pleito.
1 Según Márchese, diligente historiador de San Pedro de Alcántara, unos días antes de
morir el Santo en Arenas, escribió un billete a Santa Teresa por medio de Gaspar Daza, que
había ido a visitarle y llevarle una carta de Francisco de Salcedo, en que le daba cuenta de la
oposición que se hacía en Avila a la fundación de San José u la repugnancia que había a que
fuese de pobreza absoluta. Hablando de un escrito de San Pedro de Alcántara, dice Ribera:
«También vi una carta que escribió el mismo a la Madre Teresa de Jesús de Septiembre en ade-
lante. No tiene cuatro dedos de papel en ancho, sino sólo lo que había menester para lo que
había de escribir. El sobrescrito dice: A la mug magnífica u religiosísima Sra. D.a Teresa de
Ahumada en Avila, que Nuestro Señor haga santa». (Vida, 1. 1, c. XVII). El humilde hijo de
San Francisco siempre se manifestó irreductible en lo de no admitir renta ninguna en el nuevo
monasterio. Fué quien más firme apoyo dio a la Santa Fundadora en este propósito suyo, que
luego hubo de modificar.
2 Véase el c. XXVII.
CftPITüLO XXXVI 315
El estaba en esto mucho más fuerte que yo, y holgóse mucho;
después me dijo cuan de mala gana hablaba en el concierto.
Después se tornó a levantar otra persona, y sierva de Dios
harto, y con buen celo; ya que estaba en buenos términos, decía
se pusiese en manos de letrados. Aquí tuve hartos desasosiegos,
porque algunos de los que me ayudaban venían en esto, y fué
esta maraña que hizo el demonio de la más mala digistión de
todas (1). En todo me ayudó el Señor, que ansí dicho en suma
no se puede bien dar a entender lo que se pasó en dos años que
se estuvo comenzada esta casa hasta que se acabó. Este medio
postrero y lo primero fué lo más trabajoso.
Pues aplacada ya algo la ciudad, dióse tan buena maña el
Padre Presentado Dominico (2) que nos ayudaba, aunque no es-
taba presente, mas habíale traído el Señor a un tiempo que nos
hizo harto bien, y pareció haberle Su Majestad para sólo este
fin traído; que me dijo él después que no había tenido para
qué venir, sino que acaso lo había sabido. Estuvo lo que fué
menester. Tornado a ir, procuró por algunas vías que nos diese
licencia nuestro Padre Provincial para venir yo a esta casa con
otras algunas conmigo, que parecía casi imposible darla tan en
breve, para hacer el oficio y enseñar a las que estaban. Fué
grandísimo consuelo para mí el día que venimos (3).
1 No he podido averiguar la persona autora inconsciente de esta maraña tan difícil de
desenredar; ni Gracián, ni María de S. José dicen nada en sus notas. Dar la paternidad de este
consejo al P. Baltasar Alvarez como lo hace D. Miguel Mir (Santa Teresa, t. I, p. 559), me
parece muy aventurado. No hay datos suficientes para tal suposición. Muchos fueron de este pa-
recer, como medio de reconciliación entre las opuestas aspiraciones de unos g otros, aunque no
consta el nombre de ninguno en particular.
2 P. Ibáñez.
3 R pesar de lo inclinado que el Provincial, P. Ángel de Salazar, era a favorecer los
planes de la Santa, tuvo algunas dificultades para concederle permiso de pasarse a San José, el
cual, al fin, lo otorgó. Por patente fecha en Avila a 22 de Agosto de 1563, concedió licencia a
D.a Teresa de Ahumada, María Ordóñez, Ana Gómez y María de Cepeda para quedarse de-
finitivamente en el monasterio reformado. Esta facultad fué confirmada, por lo que hace a la
M. Teresa, al afio siguiente (21 de Agosto de 1564) por el nuncio Cribelli. Constaba en el libro
del Beceno de la Comunidad de S. José, que la Santa se había descalzado el 3 de Julio del 63.
Quizá para esta fecha tendría Santa Teresa palabra formal del P. Ángel Salazar de quedar en
San José jj por eso se determinaría a dar este paso decisivo en la nueva vida. Los que más tra-
bajaron para recabar el permiso del P. Provincial, fueron el P. Ibáñez, como dice la misma
Santa y D. Alvaro de Mendoza, según deposición de su secretario D. Juan Carrillo. Pero quien
acabó de rendirlo fué la misma Santa, como se infiere de estas palabras del P. Salazar en las
Informaciones de Valladolid hechas en 1595. «Dudando yo si sería bien darle la licencia o no,
me dijo: Padre, mire que resistimos al Espíritu Santo; las cuales palabras dijo con un espíritu,
que me hicieron particular fuerza y me convencieron a otorgarle Ib licencia; porque me pareció
316 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
Estando haciendo oración en la Iglesia antes que entrase
en el monesterio, estando casi en arrobamiento, vi a Cristo que
con grande amor me pareció me recibía y ponía una corona, y
agradeciéndome lo que había hecho por su Madre. Otra vez,
estando todas en el coro en oración, después de Completas,
vi a Nuestra Señora con grandísima gloria, con manto blanco,
y debajo de él parecía ampararnos a todas (1). Entendí cuan alto
grado de gloria daría el Señor a las de esta casa.
que hablaba con movimiento particular del Espíritu Santo». (Vid. Historia del Carmen DeS"
calzo, 1. IV, c. VI, p. 629).
¿Cuándo pasó la Santa a su nueva fundación? María Pinel en la Historia manuscrita del
Convento de la Encarnación dice que perseveró en aquella casa shasta 1563, por la Cuaresma,
que fué cuando el P. Provincial la dio licencia para que se fuese al nuevo convento de S. José».
El P. Jerónimo de S. José es de opinión que fué en Diciembre de 1562, fundándose en las pala^
bras del Prólogo del Libro de las Fundaciones, que dicen: «Estando en San Josef de Avila, año
de mil y quinientos ij sesenta g dos, que fué el mesmo que se fundó este monesterio, fui man-
dada de el P. Frau García de Toledo, dominico, que al presente es mi confesor, que me escri-
biere la fundación de aquel monasterio». Otra razón alegada por el P. Jerónimo es lo que dice la
Santa en la Relación que de su espíritu escribió en Sevilla por estas palabras: «Habrá como
trece años, poco más o menos»... «Escrita esta Relación en 1575, viene a referirse al de 62. Con
anuencia del P. Provincial, llevó consigo la Santa de la Encarnación cuatro religiosas: Ana de
San Juan, Ana de los Angeles, María Isabel e Isabel de San Pablo, parienta esta última de
Santa Teresa jj novicia aún. Ana de San Juan fué nombrada Priora de la nueva casa, y Su-
priora Ana de los Angeles, por indicación de la misma Santa, que no quiso cargo alguno, si
bien no fué por mucho tiempo, porque pasados algunos días, importunaron al Sr. Obispo y al
Provincial para que obligasen a la M. Teresa a aceptar el oficio de Priora. Obligada por ellos,
lo aceptó a principios de 1563». No sé qué fundamento tendría el diligente y avisado P. Jeró-
nimo para estas afirmaciones. El acta más antigua del Libro de Elecciones de S. José de Avila
es de 4 de Noviembre de 1580, por consiguiente nada podemos sacar de él. A pesar del crédito
que merece el insigne autor del Genio de la Historia, me inclino a creer que la Santa no pasó
a San José definitivamente hasta Marzo, como asegura María Pinel. Sabemos que la hija de la
Marquesa de la Velada, Ana de San Juan, a los tres meses de ser Priora en San José, tornó a
la Encarnación, no por falta de virtud para la nueva observancia, sino porque su débil com-
plexión no la podía soportar. Entonces entró la Santa en el oficio de Priora de San José, y no
es inverosímil, antes muy razonable y editicativo, se descalzase como las subditas a quienes
había de gobernar. La misma fecha de 3 de Julio de 1563, tres meses, poco más, después de la
entrada en San José, que señala el libro del Becerro, como dejamos escrito, parece da a indicar
que la Santa adoptó ya el vestido completo de descalza al tomar las riendas del gobierno de
aquella Comunidad. Los reparos del P. Jerónimo fácilmente se pueden conciliar suponiendo que la
Santa Madre, aun viviendo en la Encarnación, visitaba muy a menudo el convento de San José,
y pasaba en él semanas enteras. El P. Provincial, tan afecto a la nueva reforma, no se lo impe-
día; el obispo D. Alvaro de Mendoza, lo deseaba vivamente, por ser tan necesaria la presencia
de la Madre para ir asentando sobre sólidos pilares el nuevo edificio reformado. La Santa dejó
entonces el tratamiento de doña y el apellido de Rhumada, llamándose y firmando simplemente
Teresa de Jesús. El sustituir el apellido de familia por el nombre de un santo se hizo obligatorio
en la Reforma desde 1567 por orden del General P. Juan Bautista Rúbeo.
Dice la tradición que al pasar definitivamente de la Encarnación a San José, visitó la Virgen
de la Soterraña, en San Vicente, descalzóse allí y descalza fuese al monasterio. Hasta 1836,
en que tantas tradiciones y venerables costumbres perecieron, se celebraba en esta parroquia
anualmente una fiesta en recordación de este rasgo devoto de la Santa. El ajuar que de la En-
carnación llevó a la nueva casa, del cual dejó recibo firmado, consistía en una esterilla de pajas,
un cilicio de cadenilla, una disciplina y un hábito viejo g remendado.
1 En todos nuestros conventos antiguos existía algún cuadro que representaba esta vi-
sión. La Santísima Virgen del Carmen cobija bajo su capa blanca a los hijos e hijas de !a
nueva Reforma.
CAPITULO XXXVI 517
Comenzado a hacer el oficio, era mucha la devoción que el
pueblo comenzó a tener con esta casa; tomáronse más monjas,
y comenzó el Señor a mover a los que más nos habían perse-
guido para que mucho nos favoreciesen y hiciesen limosna, y ansí
aprobaban lo que tanto habían reprobado, y poco a poco se
dejaron del pleito, y decían que ya entendían ser obra de Dios,
pues con tanta contradición Su Majestad había querido fuese
adelante, Y no hay al presente nadie que le parezca fuera acer-
tado dejarse de hacer, y ansí tienen tanta cuenta con proveer-
nos de limosna, que, sin haber demanda ni pedir a nadie, los
despierta el Señor para que nos la envíen, y pasamos sin que
nos falte lo necesario, y espero en el Señor será ansí siempre.
Que, como son pocas, si hacen lo que deben, como Su Majestad
ahora les da gracia para hacerlo, sigura estoy que no les faltará,
ni habrán menester ser cansosas, ni importunar a nadie, que e]
Señor se terna cuidado como hasta aquí, que es para mí gran-
dísimo consuelo d€ verme aquí metida con almas tan desasidas.
Su trato es entender cómo irán adelante en el servicio de
Dios. La soledad es su consuelo, y pensar de ver a nadie que
no sea para ayudarlas a encender más el amor de su Esposo,
les es trabajo, aunque sean muy deudos. Y ansí no viene nadie
a esta casa, sino quien trata de esto; porque ni las contenta, ni
los contenta. No es su lenguaje otro sino hablar de Dios, y ansí
no entienden ni las entiende sino quien habla el mesmo. Guar-
damos la Regla de Nuestra Señora del Carmen, y cumplida ésta
sin relajación, sino como la ordenó Fray Hugo, Cardenal de
Santa Sabina, que fué dada a MCCXLVIII años, en el año
V del Pontificado del Papa Inocencio IV (1).
1 La Regla carmelitana, escrita por San Alberto, Patriarca de Jerusalén, para los moradores
del Monte Carmelo hacia 1209, fué examinada por el cardenal Hugo de San Caro g Guillermo,
obispo de Antera en Siria, a petición de San Simón Stock, que deseaba de la Santa Sede unas
aclaraciones a ciertos puntos, algo imprecisos. Inocencio IV, hechas las aclaraciones que S. Si"
món pedía, la aprobó en 1247, que es la verdadera fecha señalada por el Bularlo romano, si bien
el Carmelitano pone la de 1248, que señala la Santa. Según ella, debía ayunarse del 14 de Sep-
tiembre, festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, hasta Pascua de Resurrección. Tampoco
se podía comer carne, a no ser por enfermedad o debilidad. En 1432 mitigó esta Regla considera-
blemente Eugenio IV, reduciendo los ayunos a tres días por semana u permitiendo comer de
carne los días que no se ayunase. Santa Teresa profesó esta última Regla, g su intento fué po-
ner en vigor la aprobada por el Papa Inocencio, devolviéndola su prístina pureza g austeridad.
Añadiremos con el P. Jerónimo de San José, que «como el espíritu que Dios había comu-
318 VIDñ DE SANTA TERESA DE JESÚS
lñ& parece serán bkn empleados todos los trabajos que se
han pasado. Ahora, aunque tiene algún rigor, porque no se come
jamás carne sin necesidad, y ayuno de ocho meses, y otras co-
sas, como se ve en la mesma primera Regla, en muchas aun se
les hace poco a las hermanas, y guardan otras cosas, que, para
cumplir ésta con más perfeción, nos han parecido necesarias,
y ^pero en el Señor ha de ir muy adelante lo comenzado, como
Su Majestad me lo ha dicho.
La otra casa que la beata que dije procuraba hacer (1),
también la favoreció el Señor, y está hecha en Alcalá, y no le
faltó harta contradición, ni dejó de pasar trabajos grandes. Sé
que se guarda en ella toda relisión, conforme a esta primera
Regla nuestra. Plega a el Señor sea todo para gloria y alabanza
suya, y de la gloriosa Virgen María, cuyo hábito traemos. Amén.
Creo se enfadará vuestra merced de la larga relación que
he dado de este monesterio, y va muy corta para los muchos
trabajos y maravillas que el Señor en esto ha obrado, que hay
de ello muchos testigos que lo podrán jurar, y ansí pido yo
a vuestra merced (2) por amor de Dios, que si le pareciere
romper lo demás que aquí va escrito, lo que toca a este mones-
terio vuestra merced lo guarde, y muerta yo, lo dé a las her-
manas que aquí estuvieren, que animará mucho pa servir a
Dios las que vinieren^ y a procurar no cay a lo comenzado, sino
que vaya siempre adelante, cuando vean lo mucho que puso Su
Majestad en hacerla por medio de cosa tan ruin y baja como
yo. Y, pues el Señor tan particularmente se ha querido mostrar
en favorecer para que se hiciese, paréceme a mí que hará mucho
mal y será muy castigada de Dios la que comenzare a relajar la
nicado a la santa Reformadora era tan esforzado h fervoroso, que la parecía poco todo el rigor de
la Regla primitiva, no se contentó coir que en su Reforma se guardase enteramente, sino que
añadió otras observancias u rigores de mug aventajada perfección, los cuales fuesen como un
antemural o barbacana para guardar inviolablemente la observancia desta Regla. Añadió la des^
calcez, la vileza de manjares u grosería del hábito, el rigor de la cama, la penitencia de la dis-
ciplina; ü en la obediencia, en lo pobreza, en la humildad, en la oración g ejercicio de las demás
Artrtudes, tales g tan estrechas observancias, que, juntas con la de la Regla, vienen a hacer un
instituto u modo de vida de los más rígidos g perfectos que hag en la Iglesia». (Historia del
Carmen Descalzo, 1. IV, c. VII, p. 636).
1 María de Jesús. Véase la nota de la pág. 295.
2 P. Garda de Toledo.
CAPITULO XXXVI 319
perfeción que aquí el Señor ha comenzado g favorecido, para
que se lleve con tanta suavidad; que se ve muy bien es tolera-
ble, y se puede llevar con descanso, y el gran aparejo que hay
para vivir siempre en él, las que a solas quisieren gozar de su
esposo Cristo. Que esto es siempre lo que han de pretender, y
solas con El solo, y no ser más de trece (1); porque esto tengo
por muchos pareceres sabido que conviene, y visto por expi-
riencia, que para llevar el espíritu que se lleva, y vivir de limos-
na y sin demanda, que no se sufre más. Y siempre crean más
a quien, con trabajos muchos y oración de muchas personas, pro-
curó lo que sería mijor; y en el gran contento y alegría y
poco trabajo que en estos años que ha estamos en esta casa
vemos tener todas, y con mucha más salud que solían, se verá ser
esto lo que conviene. Y quien le pareciere áspero, eche la culpa
a su falta de espíritu, y nO' a lo que aquí se guarda; pues per-
sonas delicadas y no sanas, porque le tienen, con tanta suavidad
lo pueden llevar, y vayanse a otro monesterio, adonde se salva-
rán conforme a su espíritu.
1 La Santa modificó más tarde este parecer suyo, admitiendo en sus casas mayor número
de monjas. Tampoco hubo legas o freilas en San José al principio, pero se admitieron después.
HoB el número de Carmelitas Descalzas en cada convento es de veinte, sin contar la que ocu-
pa la plaza llamada de Santa Teresa. Las dieciocho son de coro, ij las tres restantes de velo
blanco.
CAPITULO XXXVII
TRATA DE LOS EFETOS QUE LE QUEDABAN CUANDO EL SEÑOR LE HABÍA
HECHO ALGUNA MERCED. JUNTA CON ESTO HARTO BUENA DOTRINA.
DICE COMO SE HA DE PROCURAR Y TENER EN MUCHO GANAR ALGÚN
GRADO MAS DE GLORIA, Y QUE POR NINGÚN TRABAJO DEJEMOS
BIENES QUE SON PERPETUOS.
De mal s€ me hace decir más de las mercedes que me ha
hecho el Señor de las dichas, y aun son demasiadas para que se
crea haberlas hecho a persona tan ruin; mas por obedecer a el
Señor, que me lo ha mandado, y a vuestras mercedes (1), diré
algunas cosas para gloria suya. Plega a Su Majestad sea para
aprovechar algún alma ver que a una cosa tan miserable ha
querido el Señor ansí favorecer, qué hará a quien le hubiere
de verdad servido, y se animen todos a contentar a Su Ma-
jestad, pues aun en esta vida da tales prendas.
Lo primero, hase de entender, que en estas mercedes que
hace Dios a el alma hay más y menos gloria; porque en algunas
visiones eoede tanto la gloria y gustol y consuelo a el que da en
otras, que yo me espanto de tanta diferencia de gozar, aun en
esta vida. Porque acaece ser tanta la diferencia que hay de un
gusto y regalo que da Dios en una visión u en un arrobamiento,
que parece no es posible poder haber más acá que desear,
y ansí el alma no lo desea ni pediría más contento. Aunque des-
1 Padres Pedio Ibáñez u Gacia de Toledo.
522 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
pues que d Señor me ha dadc» a entender la diferencia que hay
en el cielo de lo que gozan unos a lo que gozan otros, cuan
grande es, bien veo que también acá no hay tasa en el dar,
cuando el Señor es servido, y ansí no querría yo la hubiese
en servir yo a Su Majestad y emplear toda mi vida y fuerzas
y salud en esto, y no querría por mi culpa perder un tantito de
más gozar. Y digo ansí, que si me dijesen cuál quiero más, estar
con todos los trabajos del mundo hasta el fin de él y des-
pués subir un poquito más en gloria, u sin ninguno irme a un
poco de gloria más baja, que de muy buena gana tomaría todos
los trabajos por un tantito de gozar más de entender las gran-
dezas de Dios; pues veo que quien más le entiende, más le ama
y le alaba.
No digo que no rae contentaría y ternía por muy venturosa
de estar en el cielo, aunque fuese en el más bajo lugar; pues
quien tal le tenía en el infierno, harta misericordia rae haría
en esto el Señor, y plega a Su Majestad vaya yo allá y no
raire a mis grandes pecados. Lo que digo es que, aunque fuese
a muy gran costa mía, si pudiese y el Señor me diese gracia para
trabajar mucho, no querría por mi culpa perder nada. ¡Miserable
de mí que con tantas culpas lo tenía perdido todo!
Hase de notar también, que en cada merced que el Se-
ñor me hacía de visión u revelación quedaba mi alma con alguna
gran ganancia, y con algunas visiones quedaba con muy muchas.
De ver a Cristo me quedó imprimida su grandísima hermosura,
y la tengo hoy día; porque para esto bastaba sólo una vez, cuanti
más tantas como el Señor me hace esta merced. Quedé con un pro-
vecho grandísimo y fué éste. Tenía una grandísima falta, de
donde me vinieron grandes daños, y era ésta: que como comen-
zaba a entender que una persona me tenía voluntad, y si me
caía en gracia, me aficionaba tanto, que rae ataba en gran manera
la raemoria a pensar en él, aunque no era con intención de ofender
a Dios, mas holgábame de verle y (de pensar en él y en las cosas
buenas que le vía. Era cosa tan dañosa, que me traía el alma
harto perdida. Después que vi la gran hermosura del Señor,
no vía a nadie que en su comparación me pareciese bien, ni me
CAPITULO x;cxvii 323
ocupase; que, con poner un poco los ojos de la consideración en
la imagen que tengo en mi alma, he quedado con tanta libertad
en esto, que después acá todo lo que veo me parece hace asco en
comparación de las eselencias y gracias que en este Señor vía.
Ni hay saber, ni manera de regalo que yo estime en nada en
comparación del que es oir sola una palabra dicha de aquella
divina boca, cuanti más tantas, Y tengo yo por imposible, si e]
Señor por mis pecados no primite se me quite esta memoria,
podérmela nadie ocupar de suerte que, con un poquito de tor-
narme a acordar de este Señor, no quede libre.
Acaecióme con algún confesor, que siempre quiero mucho
a los que gobiernan mi alma como los tomo en lugar de Dios
tan de verdad, paréceme que es siempre adonde mi voluntad más
se emplea, y como yo andaba con siguridad, mostrábales gracia.
Ellos, como temerosos y siervos de Dios, temíanse no me asiese
en alguna manera y me atase a quererlos, aunque santamente, y
mostrábanme desgracia. Esto era después que yo estaba tan suje-
ta a obedecerlos, que antes no los cobraba ese amor. Yo me reía
entre mí de ver cuan engañados estaban; aunque no todas veces
trataba tan claro lo poco que me ataba a nadie, como lo tenía
en mí, mas asigurábalos, y tratándome más, conocían lo que debía
a el Señor; que estas sospechas que traían de mí, siempre era a
los principios. Comenzóme mucho mayor amor y confianza de
este Señor en viéndole, como con quien tenía conversación tan
contina. Vía que, aunque era Dios, que era Hombre, que no se
espanta de las flaquezas de los hombres, que entiende nuestra
miserable compostura, sujeta a muchas caídas por el primer pe-
cado que El había venido a reparar. Puedo tratar como con amigo,
aunque es Señor; porque entiendo no es como los que acá tene-
mos por señores, que todo el señorío ponen en autoridades pos-
tizas. Ha de haber horas de hablar y señaladas personas que los
hablen; si es algún pobrecito que tiene algún negocio, más ro-
deos y favores y trabajos le ha de costar tratarlo; u que
si es con el Rey, aquí no hay tocar gente pobre y no caballe-
rosa, sino preguntar quién son los más privados, y a buen
siguro, que no sean personas que tengan el mundo debajo de
324 VIDA DE SANTA TERESA DK JÉSÜS
los pi€s; porque éstos hablan verdades que no temen ni deben;
no son para palacio; que allí no se deben usar, sino callar lo que
mal les parece; que aun pensarlo no deben osar por no ser
desfavorecidos.
¡Oh Rey de gloria y Señor de todos los reys, cómo no es
vuestro reino armado de palillos, pues no tiene fin! ¡Cómo
no son menester terceros para Vos! Con mirar vuestra persona,
se ve luego que es solo El que merecéis que os llamen Se-
ñor. Sigún la Majestad mostráis, no es menester gente de acom-
pañamiento ni de guarda para que conozcan que sois Rey;
porque acá un rey solo mal se conocerá por sí; aunque él más
quiera ser conocido por rey, no le creerán, que no tiene más
que los otros; es menester que se vea por qué lo creer. Y ansí
es razón tenga estas autoridades postizas; porque si no las tu-
viese, no le temían en nada, porque no sale de sí el parecer po-
deroso; de otros le ha de venir la autoridad. ¡Oh Señor mío! ¡oh
Rey mío! ¿quién supiera ahora representar la Majestad que te-
néis! Es imposible dejar de ver que sois gran Emperador en
Vos mesmo, que espanta mirar esta Majestad; mas más espanta,
Señor mío, mirar con ella vuestra humildad y el amor que mos-
tráis a una como yo.
En todo se puede tratar y hablar con Vos como quisiéremos,
perdido el primer espantoi y temor de ver Vuestra Majestad con
quedar mayor para no ofenderos, mas no por miedo del castigo.
Señor mío; porque éste no se tiene en nada en comparación de
no perderos a Vos. Hela quí los provechos de esta visión sin
otros grandes que deja en el alma. Si es de Dios entiéndese
por los efetos, cuando el alma tiene luz; porque, como muchas ve-
ces he dicho, quiere el Señor que esté en tinieblas y que no
vea esta luz, y ansí no es mucho tema la que se ve tan ruin
como yo.
No ha más que ahora, que me ha acaecido estar ocho días
que no parece había en mí ni podía tener conocimiento de lo
que debo a Dios, ni acuerdo de las mercedes, sino tan embobada
el alma y puesta no sé en qué, ni cómo, no en malos pensa-
mientos, mas para los buenos estaba tan inhábil, que rae reía
CAPITULO XXXVII 325
de mí, y gustaba de ver la bajeza de un alma cuando no anda
Dios siempre obrando en ella. Bien ve que no está sin El en
este estado, que no es como los grandes trabajos que he dicho
tengo algunas veces; mas aunque pone leña y hace eso poco que
puede de su parte, no hay arder el fuego de amor de Dios (1).
Harta misericordia suya es que se ve el humo para entender que
no está del todo muerto; torna el Señor a acender (2), que enton-
ces un alma, aunque se quiebre la cabeza en soplar y en con-
certar los leños, parece que todo lo ahoga más. Creo es lo
raijor rendirse del todo a que no puede nada por sí sola, y
entender en otras cosas, como he dicho, meritorias; porque por
ventura la quita el Señor la oración, para que entienda en ellas
y conozca por expiriencia lo poco que puede por sí.
Es cierto que yo me he regalado hoy con el Señor y atre-
vido a quejarme de Su Majestad, y le he dicho: ¿cómo, Dios
mío, que no basta que me tenéis en esta miserable vida, y que
por amor de Vos paso por ello, y quiero vivir adonde todo es
embarazos para no gozaros, sino que he de comer, y dormir, y ne-
gociar, y tratar con todos, y todo lo paso por amor de Vos? Pues
bien sabéis. Señor mío, que me es tormento grandísimo. ¡Y que
tan poquitos ratos como me quedan para gozar de Vos, os me
ascondáis! ¿Cómo se compadece esto en vuestra misericordia?
¿Cómo lo puede sufrir el amor que me tenéis? Creo yo. Señor,
que si fuera posible poderme asconder yo de Vos, como Vos
de mí, que pienso y creo del amor que me tenéis, que no lo
sufriérades. Mas estáisos Vos conmigo y veisme siempre; no
se sufre esto, Señor mío; suplicóos miréis que se hace agravio
a quien tanto os ama.
Esto y otras cosas me ha acaecido decir, entendiendo pri-
mero cómo era piadoso el lugar que tenía en el infierno para
lo que merecía; mas algunas veces desatina tanto el amor, que
no me siento, sino que en todo mi seso doy estas quejas y
todo me lo sufre el Señor, ¡ñlabado sea tan buen Rey! ¿Llegára-
1 Suplimos esta palabra que por distracción omitió la Santa.
2 Por encender, que diríamos hofl.
326 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
mos a los de la tierra con estos atrevimientos? Aun ya a el rey
no me maravillo que no se ose hablar, que es razón se tema y a
los señores que representan ser cabezas; mas está ya el mundo
de manera, que habían de ser más largas las vidas para depren-
der los puntos, y novedades y maneras que hay de crianza, si
han de gastar algo de ella en servir a Dios. Yo me santiguo
de ver lo qua pasa. El caso es que ya yo no sabía cómo vivir
cuando aquí me metí (1); porque no se toma de burla cuando
hay descuido en tratar con las gentes mucho más que merecen,
sino que tan de veras lo toman por afrenta, que es menester
hacer satisfaciones de vuestra intención, si hay, como digo, des-
cuido, y aun plega a Dios lo crean.
Torno a decir, que, cierto, yo no sabía cómo vivir, porque
se ve una pobre de alma fatigada. Ve que la mandan que ocupe
siempre el pensamiento en Dios, y que es necesario traerle en
El para librarse de muchos peligros. Por otro cabo, ve que no
cumple perder punto en puntos de mundo, so pena de no dejar
de dar ocasión a que se tienten los que tienen su honra puesta
en estos puntos. Traíame fatigada y nunca acababa de hacer
satisfaciones, porque no podía, aunque lo estudiaba, dejar de
hacer muchas faltas en esto, que, como digo, no se tiene en el
mundo por pequeña. Y ¿es verdad que en las Relisiones, que
de razón habíamos en estos casos estar disculpados, hay disculpa?
No, que dicen que los monesterios ha de ser corte de crianza
y de saberla. Yo, . cierto, que no puedo entender esto. He pen-
sado si dijo algún santo que había de ser corte para enseñar
a los que quisiesen ser cortesanos del cielo y lo han entendido
al revés; porque traer este cuidado, quien es razón le traya
contino en contentar a Dios y aborrecer el mundo, que le pueda
traer tan grande en contentar a los que viven en él, en estas cosas
que tantas veces se mudan, no sé cómo. Aun si se pudieran
deprender de una vez, pasara; mas aun para títulos de cartas
es ya menester haya cátreda adonde se lea cómo se ha de hacer,
a manera de decir; porque ya se deja papel de una parte, ya
i San José de Avila.
CAPITULO XXXVII 327
d€ otra, y, a quien no se solía poner manífico, se ha de
poner ilustre (1).
Yo no sé en que ha de parar, porque aun no he yo cincuenta
años (2), y en lo que he vivido he visto tantas mudanzas, que
no sé vivir. Pues los que ahora nacen y vivieren muchos, ¿qué
han de hacer? Por cierto yo he lástima a gente espiritual que
está obligada a estar en el mundo por algunos santos fines, que
es terrible la cruz que en esto llevan. Si se pudiesen concertar
todos y hacerse inorantes, y querer que los tengan por tales en
estas ciencias, de mucho trabajo se quitarían.
Mas en qué boberías me he metido; por tratar en las gran-
dezas de Dios, he venido a hablar de las bajezas del mundo.
Pues el Señor me ha hecho merced en haberle dejado, quiero ya
salir de él; allá se avengan los que sustentan con tanto trabajo
estas naderías. Plega a Dios que en la otra vida, que es sin mu-
danzas, no las paguemos. Amén.
1 Habíase llegado a tal extremo de exagetación en los tratamientos y otras triquiñuelas
cortesanas en tiempos de Santa Teresa, que no eran raros los desafíos entre caballeros a que
daban lugar, viéndose precisado Felipe II a publicar una pragmática reguladora de tales urbanos
formulismos,- si bien no parece que consiguió gran cosa, porque sus sucesores hubieron de co-
rregir idénticos abusos.
2 Habiendo nacido la Santa el 28 de Marzo de 1515, escribiría esto tal vez a principios
de! aflo 1565.
CAPITULO XXXVIII
EN QUE TRATñ DE ALGUNAS GRANDES MERCEDES QUE EL SEÑOR LA
HIZO, ansí en MOSTRARLE ALGUNOS SECRETOS DEL CIELO, COMO
OTRAS GRANDES VISIONES Y REVELACIONES QUE SU MAJESTAD
TUVO POR BIEN VIESE. DICE LOS EFETOS CON QUE LA DEJABAN Y
EL GRAN APROVECHAMIENTO QUE QUEDABA EN SU ALMA.
Estando una noche tan mala que. quería excusarme de tener
oración, tomé un rosario por ocuparme vocalmente, procurando
no recoger el entendimiento, aunque en lo exterior estaba reco-
gida en un oratorio. Cuando el Señor quiere, poco aprovechan
estas diligencias. Estuve ansí bien poco, y vínome un arreba-
tamiento de espíritu con tanto ímpetu, que no hubo poder resistir.
Parecíame estar metida en el ciclo, g las primeras personas qu^
allá vi, fué a mi padre g madre, g tan grandes cosas en tan
breve espacio, como se podía decir un Avemaria, que go quedé
bien fuera de mí pareciéndome mug demasiada merced. Esto de
en tan breve tiempo, ga puede ser fuese más, sino que se hace
mug poco. Temí no fuese alguna ilusión; puesto que no me lo
parecía, no sabía qué hacer, porque había gran vergüenza de ir
a el confesor con esto; g no por humilde a mi parecer, sino que
me parecía había de burlar de mí g decir: que ¡qué San Pablo
para ver cosas del cielo u San Jerónimo! Y por haber tenido
estos santos gloriosos cosas de estas, me hacía más temor a mí,
g no hacía sino llorar mucho, porque no me parecía llevaba nin-
gún camino. En fin, aunque más sentí, fui a el confesor, porque
22 *
330 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
callar cosa jamás osaba, aunque más sintiese en decirla, por el
gran miedo que tenía de ser engañada. El, como me vio tan fati-
gada, que me consoló mucho y dijo hartas cosas buenas para
quitarme de pena.
Andando más «1 tiempo me ha acaecido y acaece esto al-
gunas veces: íbame el Señor mostrando más grandes secretos;
porque querer ver el alma más de lo que se le representa, no
hay ningún remedio, ni es posible, y ansí no vía más de lo que
cada vez quería el Señor mostrarme. Era tanto, que lo menos
bastaba para quedar espantada y muy aprovechada el alma
para estimar y tener en poco todas las cosas de la vida. Qui-
siera yo poder dar a entender algo de lo menos que entendía,
y pensando cómo puede ser, hallo que es imposible; porque
en sólo la diferencia que hay de esta luz que vemos a la que
allá se representa, siendo todo luz, no hay comparación, porque
la claridad de el sol parece cosa muy desgustada. En fin, no
alcanza la imaginación, por muy sutil que sea, a pintar ni tra-
zar cómo será esta luz, ni ninguna cosa de las que el Señor
me daba a entender con un deleite tan soberano que no se
puede decir; porque todos los sentidos gozan en tan alto grado
y suavidad, que ello no se puede encarecer, y ansí es mijor
no decir más.
Había una vez estado ansí más de un hora, mostrándome
el Señor cosas admirables, que no me parece se quitaba de cabe
raí. Di jome: Mira, hija, qué pierden los que son contra Mí; no de-
jes de decírselo, ¡ñy, Señor mío, y qué poco aprovecha mi dicho
a los que sus hechos los tienen ciegos, si Vuestra Majestad no
les da luz! R algunas personas que Vos la habéis dado, aprove-
chádose han de saber vuestras grandezas; mas venias. Señor
mío, mostradas a cosa tan ruin y miserable, que tengo yo en
mucho que haya habido nadie que me crea. Bendito sea vuestro
nombre y misericordia, que al menos a mí conocida mijoría he
visto en mi alma. Después quisiera ella estarse siempre allí y
no tornar a vivir, porque fué grande el desprecio que me quedó
de todo lo de acá. Parecíame basura, y veo yo cuan bajamente
nos ocupamos los que nos detenemos en ello.
CAPITULO XXXVIII 331
Cuando estaba con aquella señora que he dicho (1), me
acaeció una vez, estando yo mala del corazón, porque, como
he dicho, le he tenido recio aunque ya no lo es, como era de
mucha caridad, hízome sacar joyas de oro y piedras, que las
tenía de gran valor, en especial una de diamantes que apreciaban
en mucho. Ella pensó que me alegraran; yo estaba riéndome
entre mí y habiendo lástima de ver lo que estiman los hombres,
acordándome de lo que nos tiene guardado el Señor, y pensaba
cuan imposible me sería, aunque yo conmigo mesma lo quisiese
procurar, tener en algol a aquellas cosas, si el Señor no me qui-
taba la memoria de otras.
Esto es un gran señorío para el alma tan grande, que no
sé si lo entenderá sino quien lo pos^e ; porque es el propio y natu-
ral desasimiento, porque es sin trabajo nuestro. Todo lo hace
Dios, que muestra Su Majestad estas verdades de manera, que
quedan tan imprimidas, que se ve claro no lo pudiéramos por
nosotros de aquella manera en tan breve tiempo adquirir. Que-
dóme también poco miedo a la muerte, a quien yo siempre temía
mucho; ahora paréceme facilísima cosa para quien sirve a Dios,
porque en un memento se ve el alma libre de esta cárcel y puesta '
en descanso. Que este llevar Dios el espíritu y mostrarle cosas
tan ecelent€s en estos arrebatamientos, paréceme a mí conforma
mucho a cuando sale un alma del cuerpo, que en un istante
se ve €n todo este bien. Dejemos los dolores de cuando se arran-
ca, que hay poco caso que hacer de ellos; y a los que de veras
amaren a Dios y hubieren dado de mano a las cosas de esta
vida, más suavemente deben de morir.
También me parece me aprovechó mucho para conocer nues-
tra verdadera tierra y ver que somos acá peregrinos, y es gran
cosa ver lo que hay allá y saber adonde hemos de vivir. Por-
que si uno ha de ir a vivir de asiento a una tierra, esle gran
ayuda para pasar el trabajo del camino haber visto que es
tierra adonde ha de estar muy a su descanso, y también para
considerar las cosas celestiales y procurar que nuestra conversa-
1 D.a Luisa de la Ceida.
332 VIDA DE SANTA TERESA DE TESUS
cióti sea allá, hácese con facilidad. Esto es mucha ganancia,
porque sólo mirar lel cielo recoge el alma; porque como ha que-
rido el Señor mostrar algo de lo que hag allá, estáse pensando;
y acaéceme algunas veces ser los que me acompañan y con los
que me consuelo, los que sé que allá viven, y parecerme aqué-
llos verdaderamente los vivos, y los que acá viven tan muertos,
que todo éi mundo me parece no me hace compañía, en especial
cuando tengo aquellos ímpetus.
Todo me parece sueño lo que veo, y que es burla con los
ojos del cuerpo; lo que he ya visto con los de el alma, es
lo que ella desea, y como se ve lejos, este es el morir. En fin,
es grandísima la merced que el Señor hace a quien da semejan-
tes visiones, porque la ayuda mucho, y también a llevar una
pesada cruz, porque todo no la satisface, todo le da en rostro. Y
si el Señor no primitiese a veces se olvidase, aunque se torna a
acordar, no sé como se podría vivir. Bendito sea y alabado por
siempre jamás. Plega a Su Majestad por la sangre que su hijo
derramó por mí, que ya que ha querido entienda algo de tan
grandes bienes, y que comience en alguna manera a gozar de
ellos, no me acaezca lo que a Lucifer, que por su culpa lo perdió
todo. No lo primita por quien El es, que no tengo poco temor al-
gunas veces; aunque por otra parte, y lo muy ordinario, la mi-
sericordia de Dios me pone siguridad, que, pues me ha sacado
de tantos pecados, no querrá dejarme de su mano para que me
pierda. Esto suplico yol a vuestra merced siempre le suplique.
Pues no son tan grandes las mercedes dichas, a mi parecer,
como ésta que ahora diré, por muchas causas y grandes bienes
que de ella me quedaron, y gran fortaleza en el alma; aunque,
mirada cada cosa por sí, es tan grande que no hay que comparar.
Estaba un día, víspera del Espíritu Santo, después de misa,
fuíme a una parte bien apartada (1), adonde yo rezaba muchas
1 Bien notorio es que Santa Teresa se propuso asemejar en lo posible la vida de su
Descalcez a los antiguos ermitaños, habitadores del Carmelo. Para esto, en todos los conventos
por ella fundados, construüó ermitillas donde pudiesen las religiosas retirarse a vacar a Dios en
oración solitaria. "En San José de Avila construyó varias, alguna de las cuales se derribó por
exigencia del Consistorio de la ciudad, que temía perjudicase al edificio de las fuentes, sobre el
cual parece se levantaba. En la sesión celebrada por el Ayuntamiento el 11 de Enero de 1564
CAPITULO XXXVIII 333
VGCGS, g comencé a leer en un Cartujano esta fiesta (1), y leyendo
las señales que han de tener los que comienzan y aprovechan y
los perfetos, para entender €stá con ellos el Espíritu Santo, leídos
estos tres estados, parecióme, por la bondad de Dios, que no
dejaba de estar conmigo, a lo que yo podía entender. Están-
dole alabando y acordándome de otra vez que lo había leído,
que estaba bien falta de todo aquello, que lo vía yo muy bien,
ansí como ahora entendía lo contrario de mí, y ansí conocí
leemos: «Trataron los dichos señores Justicia u Regidores sobre el edificio que las monjas del
monasterio de San Jusepe tienen hecho sobre los arcos de las fuentes de la cibdad, e habiendo
platicado sobre ello, acordaron e mandaron que el dicho Alonso de Robledo, Procurador gene-
ral del dicho Común, trate con las dichas monjas el tiempo que quieren para deshacer el dicho
edificio, e de la manera que ha de quedar para adelante e lo concierte con ellas». De la misma
cuestión se trató en otros muchos consistorios, hasta que, por fin, pudo venirse a un arreglo
amistoso. Publicaremos en los Apéndices las Actas originales. En deposiciones jurídicas para la
beatificación de la Santa, hechas por su sobrina Teresa de Jesús, Isabel de Santo Domingo y
otras religiosas, consta que hubo en el jardín ermitas de San Hilarión, San Jerónimo, de la Sa-
maritana, de San Francisco, g dentro del convento una de San Alejo. En el día hag solamente
cuatro: la del Santo Cristo a la Columna, Santa Catalina Mártir, de San Agustín g de Nazaret.
Forman las cuatro un solo cuerpo de edificio de piedra, bastante bajo, y separadas entre sí poi
tabiques interiores g con entradas independientes. Las ermitas están entre la puerta de salida al
jardín y el pozo de la Samaritana.
Los tres cuadros de la ermita de San Agustín, que representan al Santo en el huerto en el
momento de la conversión y después de convertido y a su madre Santa Mónica, fueron regala-
dos por las Agustinas de Nuestra Señora de Gracia. Esta ermita apenas ha tenido ninguna trans-
formación. Haciendo reparos en la del Santo Cristo a la Columna, quedó completamente des-
cascarillada la imagen de Santa Catalina de la ermita contigua de este nombre, la más pequeña
de las cuatro; pero habiendo caído el rostro de la Santa completo, lo recogieron las religiosas e
incrustaron en la pared de un dormitorio, que todavía hog se ve, el cual se asemeja al que
D. Francisco Guillames hizo pintar en un cuadro al óleo, que actualmente se venera en esta er-
mita. La de Nazaret, donde la Santa recibió más particulares mercedes de Dios, se conserva como
en tiempo de la Fundadora, salvo algunos cuadros más que han colocado allí las religiosas g
algunas ligeras reparaciones que la Comunidad se ha visto obligada a hacer para su conservación.
Notable fué la gracia que otorgó Dios Nuestro Señor a la Santa víspera de Pascua del Espíritu
Santo en esta ermita, de la cual habla en una de sus Relaciones. En el centro de ella hag una
pintura que representa al ángel anunciando a María el misterio de la Encarnación g al lado San
José durmiendo. A esta ermita solía retirarse con mucha frecuencia la Santa. En ella tenía Los
Morales de San Gregorio, el Cartujano g otros libros. De la ermita del santo Cristo a la Co-
lumna, daremos algunas noticias en el capítulo siguiente. Las religiosas las tienen mug limpias y
bien cuidadas y sirven de retiro devoto a su devoción como en los tiempos primitivos.
1 La Vida de Cristo, escrita en latín por Ludolfo de Sajonia, fué trasladada a nuestro ro-
mance, en tiempo del cardenal Cisneros, por Ambrosio de Montesinos. La primera edición salió
de las prensas de Alcalá de Henares, de 1502 a 1503. El título que a la obra dio Montesinos era
Vita Christi cattuxano. Dividida en dos partes, era vulgarmente conocida la obra por el primero,
y el segundo Cartujano, o los Cartujanos simplemente, cuando querían comprender las dos. En el
capítulo LXXXIV se lee a este propósito: «El espíritu adonde quiera espira e no sabes de dónde
venga ni a qué parte vaya; mas sin impedimento desto, lo podemos conocer por conjeturas
según algunos efectos y señales por las cuales podemos en alguna manera sospechar si está el
Espíritu Santo en alguno o si no está. Y estas señales son diferentes según tres estados, que
son de los principiantes en la virtud, y de los que aprovechan en jella y de los que ya son
perfectos. El Cartujano es uno de los libros que la Santa recomienda a sus hijas en las
Constituciones. No hay que confundir a este autor con Dionisio Cartujano, fecundo y devoto
escritor, llamado el Doctor extático. Esto ocunió en la ermita de Nazaret, del convento de
Avila, año de 1563.
334 VIDA DE SñNTA TERESA DE JESÚS
€ra merced grande la que el Señor me había hecho. Y ansí co-
mencé a considerar el lugar que tenía en el infierno merecido
por mis pecados, y daba muchos loores a Dios, porque no me
parecía conocía mi alma sigún la vía trocada. Estando en esta
consideración dióme un ímpetu grande, sin entender yo la oca*
sión; parecía que el alma se me quería salir de el cuerpo, por-
que no cabía en ella, ni se hallaba capaz de esperar tanto bien.
Era ímpetu tan ecesivo, que no me podía valer, y, a mi parecer,
diferente de otras veces, ni entendía qué había el alma, ni qué
quería, que tan alterada estaba. Arrímeme, que aun sentada no
podía estar, porque la fuerza natural me faltaba toda.
Estando en esto, veo sobre mi cabeza una paloma, bien di-
ferente de las de acá, porque no tenía estas plumas, sino las
alas de unas conchicas que echaban de sí gran resplandor. Era
grande más que paloma; paréceme que oía el ruido que hacía
con las alas. Estaría aleando espacio de un Avemaria. Ya el
alma estaba de tal suerte, que perdiéndose a sí de sí, la perdió
de vista. Sosegóse el espíritu con tan buen huésped, que, sigún
mi parecer, la merced tan maravillosa le debía de desasosegar y
espantar; y como comenzó a gozarla, quitósele el miedo, y co-
menzó la quietud con el gozo, quedando en arrobamiento.
Fué grandísima la gloria de este arrobamiento; quedé lo más
de la Pascua tan embobada y tonta, que no sabía qué me hacer
ni cómo cabía en mí tan gran favor y merced. No oía ni vía,
a manera de decir, con gran gozo interior. Desde aquel día en-
tendí quedar con grandísimo aprovechamiento en más subido
amor de Dios y las virtudes muy más fortalecidas. Sea bendito
y alabado por siempre. Amén.
Otra vez vi la mesma paloma sobre la cabeza de un padre
de la Orden de Santo Domingo (1), salvo que me pareció los ra-
yos y resplandor de las mesmas alas, que se extendían mucho
más; dióseme a entender había de traer almas a Dios.
Otra vez vi estar a ^Nuestra Señora puniendo una capa muy
blanca a el Presentado de esta mesma Orden (2), de quien he
1 Frau Pedro Ibáñez, escribe el P. Gradan
2 El P. Ibáñez, dice el mismo Gracián.
CAPITULO XXXVIII 335
tratado algunas veces. Díjome que por el servicio que la había
hecho en ayudar a que se hiciese esta casa, le daba aquel manto
en señal que guardaría su alma en limpieza de ahí adelante, y
que no cairía en pecado mortal. Yo tengo cierto que ansí fué;
porque desde a pocos años murió, y su muerte y lo que vivió,
fué con tanta penitencia la vida y la muerte con tanta santidad,
que, a cuanto se puede entender, no hay que poner duda. Díjome
un fraile que había estado a su muerte, que antes que expirase
le dijo cómo estaba con él Santo Tomás. Murió con gran gozo
y d€sco de salir de este destierro (1). Después me ha aparecido
algunas veces con muy gran gloria y díchome algunas cosas.
Tenía tanta oración, que cuando murió, que con la gran fla-
queza la quisiera excusar, no podía, porque tenía muchos arro-
bamientos. Escribióme poco antes que muriese, que qué medio
t€rnía; porque, como acababa de decir misa, se quedaba con
arrobamiento mucho rato, sin poderlo excusar. Dióle Dios al
fin el premio de lo mucho que había servido toda su vida.
Del Retor de la Compañía de Jesús (2), que algunas veces
he hecho del mención, he visto algunas cosas de grandes mer-
cedes que el Señor le hacía, que por no alargar no las pongo
aquí. Acaecióle una vez un gran trabajo, len que fué muy persi-
guido, y se vio muy aflegido. Estando yo un día oyendo misa,
vi a Cristo en la cruz cuando alzaban la Hostia; díjome al-
gunas palabras que le dijese de consuelo, y otras, previnién-
dole de lo que estaba por venir y puniéndole delante lo que
había padecido por él, y que se aparejase para sufrir. Dióle
esto mucho consuelo y ánimo, y todo ha pasado después como
el Señor me lo dijo.
De los de la Orden de este Padre, que es la Compañía de
Jesús (3), toda la Orden junta, he visto grandes cosas: Vilos
1 Una nota marginal del P. Báñez dice: «Este Padre murió Prior en Tríanos». La muerte
ocurrió el 2 de Febrero de 1565.
2 Aunque Qracián y María de San José dicen que la Santa habla del P. Baltasar Alvarez,
parece referirse al P. Gaspar de Salazar.
3 Dejamos dicho en los Preliminares que Fr. Luis de León suprimió estas dos frases co"
menzando el párrafo: «De los de cierta Orden», restablecidas a su verdadera redacción por los
Carmelitas Descaleos en la edición de 1627. (Cfr. Uño Tetesiano, día 7 de Julio).
336 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
en €l cielo oon banderas blancas en las manos algunas veces;
y, como digo, otras cosas he visto de ellos de mucha admiración,
y ansí tengo esta Orden en gran veneración, porque los he tra-
tado mucho y veo conforma su vida con lo que el Señor me ha
dado de ellos a entender.
Estando una noche en oración, comenzó el Señor a decirme
algunas palabras, trayéndome a la memoria por ellas cuan mala
había sido mi vida, que me hacían harta confusión y pena;
porque, aunque no van con rigor, hacen un sentimiento y pena
que deshacen, y siéntese más aprovechamiento de conocernos con
una palabra de estas, que en muchos días que nosotros conside-
remos nuestra miseria; porque tray consigo esculpida una verdad
que no la podemos negar. Representóme las voluntades con tanta
vanidad que había tenido y díjome que tuviese en mucho que-
rer que se pusiese en El voluntad que tan mal se había gas-
tado, como la mía, y admitirla El. Otras veces rae dijo que me
acordase cuando parece tenía por honra el ir contra la suya.
Otras, que me acordase lo que le debía, que cuando yo le daba
mayor golpe, estaba El haciéndome mercedes. Si tenía algunas
faltas, que no son pocas, de manera me las da Su Majestad a
entender, que toda parece me deshago, y com«o tengo muchas,
es muchas veces. Acaecíame reprehenderme el confesor, y que-
rerme consolar en la oración, y hallar allí la reprehensión ver-
dadera.
Pues tornando a lo que decía, como comenzó el Señor a
traerme a la memoria mi ruin vida, a vuelta de mis lágrimas,
como yo entonces no había hecho nada, a mi parecer, pensé si
me quería hacer alguna merced. Porque es muy ordinario, cuan-
do alguna particular merced recibo del Señor, haberme primero
deshecho a mí mesma, para que vea más claro cuan fuera de
merecerlas yo son; pienso lo debe el Señor de hacer. Desde
a un poco fué tan arrebatado mi espíritu, que casi me pareció
estaba del todo fuera del cuerpo; al menos no se entiende
que se vive en él. Vi a la Humanidad sacratísima con más ecesiva
gloria que jamás la había visto. Representóseme por una noticia
admirable y clara estar metido en los pechos de el Padre; esto
• CAPITULO XXXVIII 337
no sabré yo decir como es, porque, sin ver, me pareció me
vi presente de aquella Divinidad. Quedé tan espantada y de tal
manera, que me parece pasaron algunos días que no podía tor-
nar €n mí; y siempre me parecía traía presente aquella ma-
jestad del Hijo de Dios, aunque no era como la primera.
Esto bien lo entendía yo, sino que queda tan esculpido en la
imaginación, que no lo puede quitar de sí, por en breve que
haya pasado, por algún tiempo, y es harto consuelo y aún
aprovech amiento.
Esta mesma visión he visto otras tres veces. Es a mi parecer
la más subida visión que el Señor me ha hecho merced que
vea, y tray consigo grandísimos provechos. Parece que purifica
el alma en gran manera y quita la fuerza casi de el todo: a esta
nuestra sensualidad. Es una llama grande, que parece abrasa
y aniquila todos los deseos de la vida; porque ya que yo, gloria
a Dios, no los tenía en cosas vanas, declaróseme aquí bien
cómo era todo vanidad y cuan vanos, y cuan vanos (1) son los
señoríos de acá; y es un enseñamiento grande para levantar
los deseos en la pura verdad. Queda imprimido un acatamiento
que no sabré yo decir cómo, mas es muy diferente de lo que
acá podemos adquirir. Hace un espanto a el alma grande de ver
cómo osó, ni puede nadie osar ofender una Majestad tan gran-
dísima.
ñlgunas veces habré dicho estos efetos de visiones y otras
cosas; mas ya he dicho que hay más y menos aprovechamiento;
de ésta queda grandísimo. Cuando yo me llegaba a comulgar, y
me acordaba de aquella Majestad grandísima que había visto,
y miraba que era el que estaba en el Santísimo Sacramento, y
muchas veces quiere el Señor que le vea en la Hostia, los cabellos
se me espeluzaban y toda parecía me aniquilaba. ¡Oh Señor
mío! Mas si no encubriérades vuestra grandeza, ¿quién osara
llegar tantas veces a juntar cosa tan sucia y miserable con tan
gran Majestad? Bendito seáis. Señor. Alábenos los ángeles y
todas las criaturas, que ansí medís las cosas con nuestra fla-
1 Así viene en el original.
338 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
queza, para que, gozando de tan soberanas mercedes, no nos
espante vuestro gran poder, de manera que aun no las osemos
gozar como gente flaca y miserable.
Podríanos acaecer lo que a |un labrador, y esto sé cierto que
pasó ansí. Hallóse un tesoro, y como era más que cabía en su
ánimo, que era bajo, en viéndose con él le dio una tristeza,
que poco a poco se vino a morir de puro afligido y cuidadoso
de no saber qué hacer de él. Si no le hallara junto, sino que
poco a poco se le fueran dando y sustentando con ello, viviera
más contento que siendo pobre y no le costara la vida.
¡Oh riqueza de los pobres, y qué admirablemente sabéis
sustentar las almas, y sin que vean tan grandes riquezas, poco
a poco se las vais mostrando! Cuando yo veo una majestad tan
grande disimulada en cosa tan poca como es la Hostia, es ansí
que después acá a mí me admira sabiduría tan grande,, y no sé
cómo me da el Señor ánimo ni esfuerzo para llegarme a El, si
El, que me ha hecho tan grandes mercedes y hace, no me le
diese; ni sería posible poderlo disimular, ni dejar de decir a
voces tan grandes maravillas. ¿Pues qué sentirá una miserable
como yo, cargada de abominaciones, y que con tan poco temor
de Dios ha gastado su vida, de verse Ikgar a este Señor de tan
gran majestad cuando quiere que mi alma le vea? ¿Cómo ha
de juntar boca, que tantas palabras ha hablado contra el raesmo
Señor, a aquel cuerpo gloriosísimo, lleno de limpieza y de pia-
dad? Que duele mucho más y aflige al alma, por no le haber
servido, el amor que muestra aquel rostro de tanta hermosura,
con una ternura y afabilidad, que temor pone la majestad que
ve en El.
Mas ¿qué podría yo sentir dos veces que vi esto que diré?
Cierto, Señor mío y gloria mía, que estoy por decir, que en al-
guna manera, en estas grandes afliciones que siente mi alma, he
hecho algo en vuestro servicio. ¡Ay, que no sé qué me digo, que,
casi sin hablar yo, escribo ya esto!, porque me hallo turbada
y algo fuera de mí, como he tornado a traer a mi memoria estas
cosas. Bien dijera, si viniera de mí este sentimiento, que había
hecho algo por Vos, Señor mío; mas, pues no puede haber buen
CAPITULO XXXVIII 539
pensamiento si Vos no le dais, no hay que me agradecer; yo
soy la deudora, Señor, y Vos el ofendido.
Llegando una vez a comulgar, vi dos demonios con los ojos
del alma (1), más claro que con los de el cuerpo, con muy abo-
minable figura. Paréceme que los cuernos rodeaban la gargan-
ta del pobre sacerdote, y vi a mi Señor con la majestad que
tengo dicha, puesto en aquellas manos, en la Forma que me
iba( a (dar, que se vía claro ser ofendedoras suyas, y entendí es-
tar aquel alma en pecado mortal. ¿Qué sería, Señor mío, ver esta
vuestra hermosura entre figuras tan abominables? Estaban ellos
como amedrentados y espantados delante de Vos; que de buena
gana parece que huyeran, si Vos los dejárades ir. Dióme tan
gran turbación, que no sé cómo pude comulgar, y quedé con gran
temor, pareciéndome, que si fuera visión de Dios, que no pri-
mitiera Su Majestad viera yo el mal que estaba en aquel alma. Dí-
jome el mesmo Señor que rogase por él, y que lo había primi-
tido para que entendiese yo la fuerza que tienen las palabras de
la consagración, y cómo no deja Dios de estar allí por malo
que sea el sacerdote que las dice, y para que viese su gran
bondad, cómo se pone en aquellas manos de su enemigo, y todo
para bien mío y de todos. Entendí bien cuan más obligados están
los sacerdotes a ser buenos que otros, y cuan recia cosa es
tomar este Santísimo Sacramento indinamente, y cuan señor es
el demonio de el alma que está en pecado mortal. Harto gran pro-"
vecho me hizo y harto conocimiento me puso de lo que debía
a Dios. Sea bendito por siempre jamás.
Otra vez me acaeció ansí otra cosa que me espantó muy
mucho. Estaba en una parte adonde se murió cierta persona
que había vivido harto mal, sigún supe y muchos años. Mas
había dos que tenía enfermedad, y en algunas cosas parece es-
taba con enmienda. Murió sin confesión, mas con todo esto no
me parecía a mí que se había de condenar. Estando amortajando
el cuerpo, vi muchos demonios tomar aquel cuerpo (2), y parecía
que jugaban con él, y hacían también justicias en él, que a mí
1 Llama «ojos del alma» a la imaginación.
2 Habla, según Ribera (1, IV, c. V), de un caballero rico.
340 VIDñ DE SANTA TERESA DE JESÚS
me puso gran pavor; que con garfios grandes le traían de uno
en otro. Como le vi llevar a enterrar con la honra y cerimonias
que a todos, yo estaba pensando la bondad de Dios cómo no
quería fuese infamada aquel alma, sino que fuese encubierto ser
su enemiga. ^
Estaba yo medio boba de lo que había visto. En todo el
Oficio no vi más demonio; después, cuando echaron el cuerpo
en la sepoltura, era tanta la multitud que estaban dentro para
tomarle, que yo estaba fuera de mí de verlo, y no era menester
poco ánimo para disimularlo. Consideraba qué harían de aquel
alma cuando ansí se enseñoreaban del triste cuerpo. Pluguiera
el Señor que esto que yo vi cosa tan espantosa, vieran todos
los que están en mal estado, que me parece fuera gran cosa
para hacerlos vivir bien. Todo esto me hace más conocer lo que
debo a Dios y de lo que me ha librado. Anduve harto temerosa
hasta que lo traté con mi confesor, pensando si era ilusión del
demonio para infamar aquel alma, aunque no estaba tenida por
de mucha cristiandad; verdad es que, aunque no fuese ilusión,
siempre me hace temor que se me acuerda.
Ya que he comenzado a decir de visiones de difuntos, quiero
decir algunas cosas que el Señor ha sido servido en este caso
que vea de algunas almas. Diré pocas por abreviar, y por no
ser necesario, digo para ningún aprovechamiento. Dijéronme era
muerto un nuestro Provincial, que había sido, y cuando murió
lo €ra de otra Provincia, a quien yo había tratado y debido al-
gunas buenas obras (1). Era persona de muchas virtudes. Como
lo supe que era muerto, dióme mucha turbación, porque temí su
salvación, que había sido veinte años perlado, cosa que yo temo
mucho, cierto, por parecerme cosa de mucho peligro tener cargo
de almas, y con mucha fatiga me fui a un oratorio. Dile todo el
bien que había hecho en mi vida, que sería bien poco, y ansí lo
dije a el Señor que supliesen los méritos suyos lo que había
menester aquel alma para salir de purgatorio.
1 Ningún Provincial calzado favoreció tanto a Santa Teresa como el P. Ángel de Salazar,
pero como éste murió más tarde, tal vez se refiera aquí al P. Gregorio Fernández, de quien
hablamos en el capítulo XXXIl, p. 269.
CAPITULO XXXVIII 341
Estando pidiendo esto a el Señor, lo mijor que yo podía,
parecióme salía del profundo de la tierra a mi lado derecho,
y vile subir al cielo con grandísima alegría. El era ija bien
viejo, mas vik de edad de treinta años, y aun menos me pareció,
y con resplandor en el rostro. Pasó muy en breve esta visión;
mas en tanto extremo quedé consolada, que nunca me pudo dar
más pena su muerte, aunque vía fatigadas personas hartas por
él, que era muy bienquisto. Era tanto el consuelo que tenía
mi alma, qu2 ninguna cosa se me daba, ni podía dudar en que era
buena visión; digo que no era ilusión. Había no más de quince
días que era muerto; con todo, no descuidé de procurar le enco-
mendasen a Dios y hacerlo yo, salvo que no podía con aquella
voluntad que si no hubiera visto esto; porque, cuando ansí
el Señor me lo muestra, y después las quiero encomendar a Su
Majestad, paréceme, sin poder más, que es como dar limosna al
rico. Después supe, porque murió bien lejos de aquí, la muerte
que el Señor le dio, que fué de tan gran edificación, que a todos
dejó espantados del conocimiento, y lágrimas y humildad con
que murió.
Habíase muerto una monja en casa había poco más de día
y medio, harto sierva de Dios. Estando diciendo una lición de
difuntos una monja, que se decía por ella en el coro, yo estaba
en pie pa ayudarla a decir el verso. R la mitad de la lición
la vi que me pareció salía el alma de la parte que. la pasada, y
que se iba ai cielo (1). Esta no fué visión imaginaria, como
la pasada, sino como otras que he dicho; mas no se duda más que
las que se ven.
Otra monja se murió en mi mesma casa, de hasta deciocho
1 Habla de religiosas de la Encarnación, porque cuando escribía esto no había muerto aún
ninguna en San José.
En una Relación antigua hecha por dos Carmelitas de la Observancia, que parece fueron con-
fesores de la Encarnación, hacen constar que a los veinte días de salir la Santa a S. José, murió
en las Calzadas Ana de S. Pablo, a las diez de la noche; u a la mañana siguiente mandó a pre-
guntar quién había muerto «porque por sus ojos la había visto ir de la cama al cielo». (Cfr. Me"
morías historiales, 1. R., n. 190). D.a Quiteria de Avila depone en el Proceso de beatificación
de la Santa, que «yendo otra vez a verla esta declarante a San Joseph... ij gendo penada por la
enfermedad de una hermana suga monja que estaba en la Encarnación con esta testigo, la con-
soló la Madre diciéndole que no tuviese pena ninguna, porque estando ella comulgando la había
visto subir al cielo, resplandeciente como un cristal». Quizá os dos casos que refiere en el texto
sean de estas religiosas.
342 VIDA DE SHNTft TERESA DE JESÚS
u veinte años. Siempre había sido enferma' y mug sierva de Dios,
amiga de el coro y harto virtuosa. Yo cierto pensé no entrara
en purgatorio, porque eran muchas las enfermedades que había
pasado, sino que le sobraran méritos. Estando en las Horas,
antes que la enterrasen, habría cuatro horas que era muerta,
entendí salir de el mismo lugar y irse al cielo.
Estando en un Coiesio de la Compañía de Jesús, con los
grandes trabajos que he dicho tenía algunas veces, y tengo, de
alma y de cuerpo, estaba de suerte que aun un buen pensamiento,
a mi parecer, no podía admitir. Habíase muerto aquella noche
un hermano de aquella casa de la Compañía (1), y estando como
podía encomendándole a Dios y oyendo misa de otro Padre
de la Compañía por él, dióme un gran recogimiento, y vile
subir a el cielo con mucha gloria y al Señor con él. Por par-
ticular favor entendí era ir Su Majestad con él.
Otro fraile de nuestra Orden (2), harto buen fraile, estaba
mug malo, y estando yo en misa me dio un recogimiento, y
vi cómo era muerto y subir a el cielo sin entrar en purgatorio.
Murió aquella hora que yo lo vi, sigún supe después. Yo me
espanté de que no había entrado en purgatorio. Entendí que por
haber sido fraile que había guardado bien su profesión, le habían
aprovechado las Bulas de la Orden para no entrar en purgatorio.
No entiendo por qué entendí esto; paréceme debe ser porque
no está el ser fraile en el hábito, digo en traerle, para gozar
de el estado de más perfedón, que es ser fraile.
No quiero decir más de estas cosas; porque, como he dicho,
no hay para qué, aunque son hartas las que el Señor me ha
hecho merced que vea. Mas no he entendido, de todas las que he
visto, dejar ningún alma de entrar en purgatorio, si no es la
de este Padre y el santo Fray Pedro de Alcántara y el Padre
1 Llamábase este hermano Alonso de Henao, que había venido del Colegio de Alcalá h
murió el 11 de Abril de 1557. (Cfr. Memorias historiales, n. 277).
2 «Fraü Matía», nota Gtacién. Su nombre completo es Diego Matías, carmelita calzado de
Avila, religioso de muy aventajado espíritu y confesor por algún tiempo de la Encarnación. De
él habla Carramolino en el tomo I de su obra Monasterios y Conventos de varones. (Avila).
En las Informaciones de Valladolid dijo la Madre Dorotea de la Cruz, que el religioso carmelita
que vio la Santa no pasar por el purgatorio, era confesor de la Encarnación. Llamábase Diego
de San Matías
CAPITULO XXXVIII 543
Dominico que queda dicho (1). De algunos ha sido el Señor
servido vea los grados que tienen de gloria, representándoseme
en los lugares que se ponen. Es grande la diferencia que hay
de unos a otros.
1 Escribía esto la Santa del P. Pedro Ibáñez en 1565. Como ha podido colegirse por este
capítulo y otros pasajes de la Vida, Santa Teresa fué muy devota de las almas del purgatorio,
ü dejó muy asentada en la Descalcez esta devoción, así como la de San José, de la Infancia de
Jesús y otras muchas. Hablando la sobrina de la Santa (Teresita, hija de D. Lorenzo), de este
particular, dice en el proceso de Avila: «Con las ánimas del purgatorio tenía particular caridad y
ofrecíalas muchas oraciones y obras pías. Decía que poco iba en que ella estuviese en el purga-
torio, a trueque de ayudar algo dende esta vida a alguna alma de las que padecían en él. Casi
todas sus obras y oraciones ofrecía por el bien común de dichas almas, como por el aumento de
la Iglesia y conversión de los herejes».
CAPITULO XXXIX
PROSIGUE EN LA MESMñ MaTERIñ DE DECIR LAS GRANDES MERCEDES
QUE LE HA HECHO EL SEÑOR. TRATA DE COMO LE PROMETIÓ
DE HACER POR LAS PERSONAS QUE ELLA LE PIDIESE. DICE AL-
GUNAS COSAS SEÑALADAS EN QUE LE HA HECHO SU MAJESTAD
ESTE FAVOR.
Estando yo una vez importunando a el Señor mucho por-
que dkse vista a una persona qu€ yo tenia obligación, que la
había del todo casi perdido, yo teníak gran lástima, y te-
mía por mis pecados no me había el Señor de oír. Aparecióme
como otras veces, y comenzóme a mostrar la llaga de la mano
izquierda, y con la otra sacaba un clavo grande que en ella tenía
metido; parecíame que a vuelta del clavo sacaba la carne.
Víase bien el gran dolor, que me lastimaba mucho, y díjome
que quien aquello había pasado por mí, que no duda sino que
mijor haría lo que le pidiese; que El me prometía que ninguna
cosa le pidiese que no la hiciese; que ya sabía El que yo no
pediría sino conforme a su gloria, y que ansí haría esto que
ahora pedía. Que aun cuando no le servía, mirase yo que no
le había pedido cosa que no la hiciese mijor que yo lo sabía
pedir; que cuan mijor lo haría ahora que sabía le amaba; que
no dudase de esto. No creo pasaron ocho días que el Señor no
tornó la vista a aquella persona. Esto supo mi confesor luego.
Ya puede ser no fuese por mi oración; mas yo, como había
23 *
346 VIDñ DE SANTA TERESA DE JESÚS
visto esta visión, quedóme una certidumbre, que, por merced
hecha a mí, di a Su Majestad las gracias.
Otra vez estaba una persona muy enfermo de una enfer-
medad muy penosa, que por ser no sé de qué hechura, no la
señalo aquí (1). Era cosa incomportable lo que había dos meses
que pasaba, y estaba en un tormento que se despedazaba. Fuélc
a ver mi confesor, que era el Retor que he dicho, y húbole gran
lástima, y díjorae que en todo caso le fuese a ver, que era persona
que yo lo podía hacer, por ser mi deudo. Yo fui y movióme
a tener de él tanta piadad, que comencé muy importunamente
a pedir su salud a el Señor. En esto vi claro, a todo mi parecer,
la merced que me hizo; porque luego, otro día, estaba del
todo bueno de aquel dolor.
Estaba una vez con grandísima pena porque sabía que una
persona, a quien yo tenía mucha obligación, quería hacer una
cosa harto contra Dios y su honra, y estaba ya muy determinado
a ello. Era tanta mi fatiga, que no sabía qué hacer remedio para
que lo dejase, y aparecía que no le había. Supliqué a Dios
muy de corazón que le pusiese; mas hasta verlo no podía ali-
viarse mi pena. Fuíme, estando ansí, a una ermita bien apartada,
que las hay en este monesterio, y estando en una, adonde
está Cristo a la Coluna, suplicándole me hiciese esta merced,
oí que me hablaba una voz muy suave, como metida en un silbo.
Yo me espelucé toda, que me hizo temor, y quisiera entender lo
que me decía; mas no pude, que pasó muy en breve (2). Pasado
1 Se trata de una persona diabética, a lo que parece. Según Gracián el enfermo era «su
primo hermano Pedro Mexía».
2 De una casilla vieja, que servía de palomar y estaba dentro de la cerca de la huerta,
hizo la Santa la ermita del Santo Cristo de la Columna. Entrando en ella, a la derecha, y
sobre un pequeño saliente, está la imagen de Jesús, con una llaga en el codo del brazo
izquierdo, que le da gracia especial. La imagen, si no es un primor artístico, es muy devota y
compasiva e infunde al contemplarla devoción muy tierna. Enfrente de esta imagen hay otra de
San Pedro llorando. Desde que la Santa Madre vio así a Jesús en visión imaginaria en el mo-
nasterio de la Encarnación, tuvo singular empeño en reproducirla en pintura, como lo hizo ape-
nas fundado el convento de San José. En el Proceso de beatificación de la Santa hecho en Avila,
se habla repetidas veces de cosas singulares acaecidas en esta devota ermita.
Luis Pacheco de Espinosa hablando de ella dice: «La dicha beata Madre hizo pintar una
Imagen de Cristo Nuestro Señor a la Columna, y la había pintado Hierónimo Dávila, vecino
desta ciudad y había héchole poner en ella un rasgón en su santísima carne, en el brazo
izquierdo de junto al codo, cosa que no había visto el testigo en otra alguna imagen. Quiso
saber del dicho Hierónimo Dávila la causa porque en algunas imágenes hechas de mano estaba
la dicha particularidad; el cual le dijo que había pintado a instancia de la dicha Beata Madre la
CAPITULO XXXIX 347
mi temor, qu€ fué presto, quedé con un sosiego g gozo y deleite
interior que yo me espanté, que sólo oir una voz, que esto
oílo con los oídos corporales y sin entender palabra, hiciese
tanta operación en el alma. En esto vi que s€ había de hacer
lo qu€ pedía, y ansí fué qu€ s€ me quitó de el todo la pena,
en cosa que aun no era, com<)t si lo viera hecho como fué des-
pués. Díjelo a mis confesores, que tenía entonces dos, harto
letrados y siervos de Dios (1).
Sabía que una persona que se había determinado a servir
muy de veras a Dios, y tenido algunos días oración, y en
ella le hacía Su Majestad muchas mercedes, y que por ciertas
ocasiones que había tenido la había dejado, y aun no se apar-
taba de €llas, y eran bien peligrosas. A mí me dio grandísima
pena por ser persona a quien quería mucho y debía; creo fué
más de un mes que no hacía sino suplicar a Dios tornase esta
alma a Sí. Estando un día en oración, vi un demonio cabe mí
dicha imagen en la dicha ermita al fresco, u que le iba diciendo ansí como la iba pintando, cómo
había de poner ansí las facciones del rostro, postura del cabello u miembros del cuerpo; y que
ella dijo pusiese la dicha señal u rasgón en aquel traslado que hacía de aquel santísimo cuerpo;
a que habiéndole puesto, la dicha Beata Madre se había anobado». Por los años de 1606 se re-
paró algo la ermita sin tocar la imagen, costeando los gastos D. Francisco Guillamas, que había
obtenido en su mujer D.a Catalina una curación prodigiosa, por mediación de la venerable Her-
mana Catalina de Jesús, que encomendó el negocio a esta devota imagen. De la reparación
hecha por Guillamas escribe en estos términos Jerónimo de San José: «Esta ermita renovó, sa-
cándola de sus cimientos, dejando sólo estas dos paredes de las imágenes dichas, el mismo
Francisco de Guillamas, que hizo las tres capillas de la iglesia, y la dispuso en esta forma:
repartió el cuerpo della en tres bóvedas, dos a los lados donde están las santas imágenes de
Cristo a de San Pedro, y otra en medio, en cuyo testero puso un altar de piedra y una muy
devota imagen de N. M. Santa Teresa de lo mismo, cubierta con dos velos, y delante della una
lámpara de plata, que siempre arde. Es todo el casco de la ermita, fuera de las dos paredes
dichas, que son de tierra, y sus bóvedas, que son de yeso y ladrillo, de piedra de sillería, bien
labrada y fuerte, y la obra muy prima y curiosa». (Historia del Carmen Descalzo, 1. IV, c. XV,
p. 710). D. Antonio Palomino, en el primer tomo de su Museo Pictórico, habla de una restau-
ración de esta pintura en 1670, época en que estaba sumamente deteriorada. Hizo la restaura-
ción D. Francisco Rizi, «hombre, dice el aludido escritor, de conocida habilidad y buena vida».
A partir de esta fecha, no hay memoria en la comunidad de San José de que se haya hecho
en la imagen ningún retoque. Día y noche arde una lámpara delante de ella y todos los viernes
del año pasa en oración alguna rehgiosa de doce a tres de la tarde.
1 PP. García de Toledo y Domingo Báflez. El P. Báñez, dominico insigne y uno de los
más grandes teólogos españoles de aquel siglo que tantos y tan cabales tuvo, fué por algunos
años confesor de la Santa y su consejero constante en los negocios de las fundaciones, desde
que en Avila tan resuelta y elocuentemente la defendió en la de San José. Santa Teresa corres-
pondió al Padre con un afecto muy particular, jamás entibiado. Nació el P. Báñez en Medina
del Campo a 29 de Febrero de 1528. A los diecinueve años se consagró a Dios en la Orden de
Predicadores, en la que ejerció el profesorado largo tiempo, así como en las Universidades de
Alcalá, Salamanca y Valladolid. Murió en 1604 en su mismo pueblo de nacimieiito. A menudo
habremos de citar su nombre por la parte activa y acertada que tomó en los asuntos de la Re-
forma de Santa Teresa, de la que fué siempre favorecedor decidido, autorizado y poderoso.
348 VIDñ DE SñNTñ TERESA DE jESUS
qu€ hizo unos papeles que tenía en la mano pedazx>s con mucho
enojo; a mí me dio gran consuelo, que me pareció se había
hecho lo qu€ pedía; y ansí fué, que después lo supe que había
hecho una confesión con gran contrición, y tornóse tan d€ veras
a Dios, que espero €n Su Majestad ha d<¿ ir siempre muy adelante.
Sea bendito por todo. Amén.
En esto de sacar Nuestro Señor almas de pecados graves
por suplicárselo yo y otras traídolas a más perfeción, es mu-
chas veces. Y de sacar almas de purgatorio y otras cosas seña-
ladas, son tantas las mercedes que en esto el Señor me ha hecho,
que sería cansarme y cansar a quien lo leyese, si las hubiese de
decir, y mucho más en salud de almas que de cuerpos. Esto ha
sido cosa muy conocida y que de ello hay hartos testigos. Lue-
go, dábame mucho escrúpulo, porque yo no podía dejar de creer
que el Señor lo hacía por mi oración, dejemos ser lo prin-
cipal por sola su bondad; mas son ya tantas las cosas y tan
vistas de otras personas, que no me da pena creerlo, y alabo a
Su Majestad, y háceme confusión, porque veo soy más deudora,
y háceme, a mi parecer, crecer el deseo de servirle y avívase el
amor. Y lo que más me espanta es, que las que el Señor ve no
convienen, no puedo, aunque quiero, suplicárselo, sino con tan
poca fuerza, y espíritu y cuidado, que, aunque más yo quiero for-
zarme, es imposible, como otras cosas que Su Majestad ha de
hacer, que veo yo que puedo pedirlo muchas veces y con gran
importunidad; aunque yo no traya este cuidado, parece que se me
representa delante.
Es grande la diferencia de estas dos maneras de pedir,
que no sé cómo lo declarar; porque aunque lo uno pido, que no
dejo de esforzarme a suplicarlo a el Señor, aunque no sienta
en mí aquel hervor que en otras, aunque mucho me toquen, es
como quien tiene trabada la lengua, que aunque quiere hablar
no puede, y si habla es de suerte que ve que no le entienden,
u como quien habla claro y despierto a quien ve que de buena
gana le está oyendo. Lo uno se pide, digamos ahora, como oración
vocal, y lo otro en contemplación tan subida, que se representa
el Señor de manera que se entiende que nos entiende, y que se
CAPITULO XXXFX 349
huelga Su Majestad de que se lo pidamos y de hacernos merced.
Sea bendito por siempre que tanto da y tan poco le doy yo.
Porque, ¿qué hace, Señor mío, quien no se deshace toda por
Vos? ¡Y qué de ello, qué d€ ello, qué de ello, y otras mil
veces lo puedo decir, me falta para esto! Por eso no había de
querer vivir, aunque hay otras causas, porque no vivo conforme
a lo que os debo. ¡Con qué de imperfeciones me veo! ¡con
qué flojedad en serviros! Es cierto que algunas veces me pa-
rece querría estar sin sentido por no entender tanto mal de mí.
El que pu€d€ lo remedie.
Estando en casa de aquella señora que he dicho (1), adonde
había menester estar con cuidado y considerar siempre la vanidad
que consigo train todas las cosas de la vida, porque estaba muy
estimada y era muy loada, y ofrecíanse hartas cosas a que me
pudiera bien apegar, si mirara a mí; mas miraba El que tiene
verdadera vista a no me dejar de su mano.
Ahora que digo de verdadera vista, me acuerdo de los gran-
des trabajos que se pasan en tratar personas a quien Dios ha
llegado a conocer lo que es verdad en estas cosas de la tierra,
adonde tanto se encubre, como una vez el Señor me dijo. Que
muchas cosas de las que aquí escribo no son de mi cabeza, sino
que me las decía este mi Maestro celestial; y porque en las
cosas que yo señaladamente digo: esto entendí, u me dijo el
Señor, se me hace escrúpulo grande poner u quitar una sola sí-
laba que sea. Ansí, cuando pontualmente no se me acuerda bien
todo, va dicho como de mí, o porque algunas cosas también lo
serán. No llamo mío lo que es bueno, que ya sé no hay cosa en
mí, sino lo que tan sin merecerlo me ha dado el Señor; sino
llamo «dicho de mí», no ser dado a entender en revelación.
Mas, ¡ay Dios mío, y cómo aun en las espirituales quere-
mos muchas veces entender las cosas por nuestro parecer y muy
torcidas de la verdad, también como en las del mundo, y nos
parece que hemos de tasar nuestro aprovechamiento por los años
que tenemos algún ejercicio de oración, y aun parece queremos
1 D.a Luisa de la Cerda.
350 VIDA DE SñNTñ TERESA DE JESÚS
poner tasa a quien sin ninguna da sus dones cuando quiere,
y puede dar en medio año más a uno que a otro en muchos! Y
es cosa esta que la tengo tan vista, por muchas personas, que
yo me espanto cómo nos podemos detener en esto.
Bien creo no estará en este engaño quien tuviere talento de
conocer espíritus y le hubiere el Señor dado humildad ver-
dadera; que éste juzga por los efetos, y determinaciones y amor,
y dale el Señor luz para que lo conozca. Y en esto mira el ade-
lantamiento y .aprovechamiento de las almas, que no en los años;
que en medio puede uno haber alcanzado más que otro en veinte;
porque, como digo, dalo el Señor a quien quiere, y aun a quien
mijor se dispone. Porque veo yo venir ahora a esta casa unas
doncellas que son de poca edad ( 1 ) , y en tocándolas Dios y dán-
doles un poco de luz y amor, digo en un poco de tiempo que
les hizo algún regalo, no le aguardaron, ni se les puso cosa de-
lante, sin acordarse del comer, pues se encierran para siempre
en casa sin renta, como quien no estima la vida por el que sabe
que las ama. Déjanlo todo, ni quieren voluntad, ni se les pone
delante que pueden tener descontento en tanto encerramiento
y estrechura; todas juntas se ofrecen en sacrificio por Dios.
Cuan de buena gana les do yo aquí la ventaja, y había
de andar avergonzada delante de Dios; porque lo que Su Ma-
1 Puede referirse la Santa a Isabel de San Pablo, hija de Francisco de Cepeda, que pro-
fesó el 21 de Octubre de 1564, a los 17 años de edad, a María Bautista, María de San Jeróni-
mo e Isabel de Santo Domingo, todas jóvenes y que tomaron el hábito en 1563 y 1564. En
cuanto a la vida mortificada que llevaban en San José, la M. Isabel Bautista declara en el Pro-
ceso de canonización de la Santa hecho en Avila en 1604: «A la novena pregunta dijo... que
también tiene por milagro g merced que por intercesión de la Madre Teresa de Jesús la que ha-
cía Nuestro Señor en vida de la dicha Santa Madre Teresa de Jesús a esta su casa e hijas,
porque se acuerda y tiene entera noticia, como persona que lo vio jj experimentó tj por quien
pasó, que al principio de la fundación de esta casa, cuando esta declarante vino a ella, debía de
haber en número 12 o 13 religiosas mozas jj de poca edad, criadas en casa de sus padres en el
regalo que cada uno podía conforme a su calidad darlas, y de algunas sabe que le tenían en el
siglo H que pasaban tanta necesidad ij pobreza siendo religiosas de esta casa, que además de
la estrechura del aposento, estaban sujetas a los aires y nieves de esta ciudad, que con el brazo
se podía alcanzar el techo, que por partes estaba roto, y ponían unos lienzos para reparos de
las inclemencias del cielo; se juntaba con esto el pasarse algunos días de verano y muchos con
sólo una ensalada de cohombro y un poco de queso, y que cuando esto había, se tenía por
sumo beneflcio de la mano de Dios. Y sabe que hubo religiosa, y la conoció, que por el dicho
tiempo se pasaba con las hojas tiernas de una parra, y esto con tanta alegría y contentamiento
y paz de todas, que se echaba de ver y conocía ser obra de la mano de Dios, y por tal la
tenían todas, atribuyéndolo todo a la vida y santidad de la Madre Teresa de Jesús, la cual con
su apacibilidad, mansedumbre, alegría, sufrimiento y espíritu que en ella había, parecía la daba
y pegaba a todas para poder llevar y sufrir con la alegría que llevaban y sufrían la pobreza
que tiene declarada».
CAPITULO XXXIX 351
JGstad no acabó conmigo en tanta multitud de años como ha que
comencé a tener oración, y me comenzó a hacer mercedes, acaba
con ellas en tres meses, y aun con alguna en tres días, con
hacerlas muchas menos que a mí, aunque bien las paga Su Ma-
jestad. A buen siguro que no están descontentas por lo que
por El han hecho.
Para esto querría yo se nos acordase de los muchos años a
los que los tenemos de profesión, y las personas que los tienen de
oración, y no para fatigar a los que en poco tiempo van más
adelante, con hacerlos tornar atrás, para que anden a nuestro
paso; y a los que vuelan como águilas con las mercedes que les
hace Dios, quererlos hacer andar como pollo trabado. Sino que
pongamos los ojos en Su Majestad, y si los viéremos con hu-
mildad, darles la rienda, que el Señor, que los hace tantas mer-
cedes, no los dejará despeñar. Fíanse ellos mesmos de Dios, que
esto les aprovecha la verdad que conocen de la fe; ¿y no los
fiaremos nosotros, sino que queremos medirlos por nuestra me-
dida conforme a nuestros bajos ánimos? No ansí, sino que,
si no alcanzamos sus grandes efetos y determinaciones, porque
sin Gxpiriencia se puede mal entender, humillémonos y no los
condenemos; que, con parecer que miramos su provecho, nos
le quitamos a nosotros, y perdemos esta ocasión que el Señor
pone para humillarnos, y para que entendamos lo que nos falta,
y cuan más desasidas y llegadas a Dios deben estar estas almas
que las nuestras, pues tanto Su Majestad se llega a ellas.
No entiendo otra cosa ni la querría entender, sino que
oración de poco tiempo, que hace efetos muy grandes (que luego
se entienden, que es imposible que los haya pa dejarlo todo,
sólo por contentar a Dios, sin gran fuerza de amor), yo la
querría más que la de muchos años, que nunca acabó de deter-
minarse más a el postrero que al primero, a hacer cosa que sea
nada por Dios; salvo sí unas cositas menudas como sal, que
no tienen peso ni tomo, que parece un pájaro se las llevara en
el pico, no tenemos por gran efeto y mortificación; que de al-
gunas cosas hacemos caso, que hacemos por el Señor, que es
lástima las entendamos, aunque se hiciesen muchas. Yo soy ésta
352 vma de santa teresa de jesús
y olvidaré las mercedes a cada paso. No digo yo que no las
terna Su Majestad en mucho, sigún es bueno; mas querría yo
no hacer caso de ellas, ni ver que las hago, pues no son nada.
Mas perdonadme, Señor mío, y no me culpéis, que con algo
me tengo de consolar, pues no os sirvo en nada, que si en co-
sas grandes os sirviera, no hiciera caso de las nonadas. ¡Bien-
aventuradas las personas que os sirven con obras grandes! Si
con haberlas yo envidia y desearlo se me toma en cuenta, no
quedaría muy atrás en contentaros; mas no valgo nada. Señor
mío. Poneme Vos el valor, pues tanto me amáis.
Acaecióme un día de estos que, con traer un Breve de Roma
pa no poder tener renta este monesterio (1), se acabó del
todo, que paréoeme ha costado algún trabajo, estando consolada
de verlo ansí concluido, y pensando los que había tenido, y ala-
bando a el Señor que en algo se había querido servir de mí,
comencé a pensar las cosas que había pasado. Y es ansí que
en cada una de las que parecía eran algo, que yo había hecho,
hallaba tantas faltas y imperfeciones, y a veces poco ánimo, y
muchas poca fe; porque hasta ahora, que todo lo veo cumplido,
cuanto el Señor me dijo de esta casa se había de hacer, nunca
determinadamente lo acababa de creer, ni tampoco lo podía du-
dar. No sé cómo era esto. Es que muchas veces, por una parte
me parecía imposible, por otra no lo podía dudar, digo creer
¡que no se había de hacer. En fin, hallé lo bueno haberlo el Señor
hecho todo de su parte, y lo malo yo, y ansí dejé de pensar
en ello, y no querría se me acordase por no tropezar con tantas
faltas mías. Bendito sea El que de todas saca bien cuando es
servido. Amén.
Pues digo que es peligroso ir tasando los años que se han
tenido de oración, que aunque haya humildad, parece puede que-
dar un no sé qué de parecer se merece algo por lo servido. No
digo yo que no lo merecen, y les será bien pagado; mas cualquier
espiritual que le parezca, que por muchos años que haga tenido
oración merece estos regalos de espíritu, tengo yo por cierto
1 Lleva el Breve fecha de 17 de Julio de 1565.
CAPITULO XXXIX 353
que no subirá a la cumbre de él. ¿No es harto que haya mere-
cido le tenga Dios de su mano para no le hacer las ofensas
que antes que tuviese oración le hacia, sino que le ponga pleito
por sus dineros, como dicen? No me parece profunda humildad;
ya puede ser lo sea; mas yo por atrevimiento lo tengo, pues yo,
con tener poca humildad, no me parece jamás he osado. Ya puede
ser que, como nunca he servido, no he pedido; por ventura si
lo hubiera hecho, quisiera más que -todos me lo pagara el Señor.
No digo yo que no va creciendo un alma y que no se lo
dará Dios, si la oración ha sido humilde, mas que se olviden
estos años, que es todo asco cuanto podemos hacer en com-
paración de una gota de sangre de las que el Señor por nos-
otros derramó. Y si con servir más quedamos más deudores,
¿qué es esto que pedimos, pues si pagamos un maravedí de la
deuda, nos tornan a dar mil ducados? Que por amor de Dios
dejemos estos juicios que son suyos. Estas comparaciones siem-
pre son malas, aun en cosas de acá; pues ¿qué será en lo que
sólo Dios sabe, y lo mostró bien Su Majestad cuando pagó tanto
a los postreros como a los primeros? (1).
Es en tantas veces las que he escrito estas tres hojas y
en tantos días, porque he tenido y tengo, como he dicho, poco
lugar, que se me había olvidado lo que comencé a decir, que
era esta visión. Vime estando en oración en un gran campo a
solas, en rededor de mí mucha gente de diferentes maneras,
que me tenían rodeada; todas me parece tenían armas en las
manos pa ofenderme; unas, lanzas; otras, espadas; otras, dagas,
y otras, estoques muy largos. En fin, yo no podía salir por nin-
guna parte sin que me pusiese a peligro de muerte, y sola, sin
persona que hallase de mi parte. Estando mi espíritu en esta
aflición, que no sabía qué me hacer, alcé los ojosj a el cielo y vi
a Cristo, no en el cielo, sino bien alto de mí en el aire, que
tendía la mano hacia mí, y desde allí me favorecía de manera,
que yo no temía toda la otra gente, ni ellos, aunque querían,
me podían hacer daño.
1 Matth., XX, 12.
354 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
Par€oe sin fruto €sta visión y hame hecho grandísimo pro-
vecho, porque se me dio a entender lo que siniñcaba; y poco
después me vi casi en aquella batería, y conocí ser aquella
visión un retrato de el mundo, que cuanto hay en él parece tiene
armas para ofender a la triste alma. Dejemos los que no sirven
mucho a el Señor, y honras, y haciendas, y deleites y otras cosas
semejantes, que está claro que cuando no se cata se ve enredada,
al menos procuran todas estas cosas enredar más, amigos, pa-
rientes, y lo que más me espanta, personas muy buenas. De todo
me vi después tan apretada, pensando ellos que hacían bien,
que yo no sabía cómo me defender ni qué hacer.
¡Oh, válame Dios, si dijese de las maneras y diferencias
de trabajos que en este tiempo tuve, aun después de lo que
atrás queda dicho, cómo sería harto aviso pa del todo abo-
rrecerlo todo! Fué la mayor persecución, me parece, de las
que he pasado. Digo que me vi a veces de todas partes tan apreta-
da, que sólo hallaba remedio en alzar los ojos al cielo y llamar
a Dios. Acordábame bien de lo que había visto en esta visión.
Hízome harto gran provecho para no confiar mucho de nadie,
porque no le hay que sea estable sino Dios. Siempre en estos
trabajos grandes me enviaba el Señor, como me lo mostró, una
persona de su parte que me diese la mano, como me lo había
mostrado en esta visión, sin ir asida a nada más de a conten-
tar al Señor; que ha sido para sustentar esa poquita de virtud
que yo tenía en desearos servir. Seáis bendito por siempre.
Estando una vez muy inquieta y alborotada, sin poder re-
cogerme, y en batalla y contienda, yéndoseme el pensamiento a
cosas que no eran perfetas, aun no me parece estaba con el
desasimiento que suelo, como me vi así tan ruin, tenía miedo
si las mercedes que el Señor me había hecho eran ilusiones.
Estaba, en fin, con una escuridad grande de alma. Estando con
esta pena, comenzóme a hablar el Señor, y díjome que no me
fatigase, que en verme ansí entendería la miseria que era si El
se apartaba de mí, y que no había siguridad mientra vivíamos
en esta carne. Dióseme a entender cuan bien empleada es esta
guerra y contienda por tal premio, y parecióme tenía lástima el
CñPITULO XXXIX 355
Señor de los que vivimos en el mundo; mas que no pensase
yo me tenía olvidada, que jamás me dejaría, mas que era me-
nester hiciese yo lo que es en mi. Esto me dijo el Señor con una
piadad y regalo, y con otras palabras en que me hizo harta mer-
ced, que no hay para qué decirlas.
Estas me dice Su Majestad muchas veces, mostrándome gran
amor: Ya eres mía y Yo soy ¿ayo. Las que yo siempre tengo
costumbre de decir, y a mi parecer las digo con verdad, son:
¿Qué se me da. Señor, a mí de mí, sino de Vos? Son para mí
estas palabras y regalos tan grandísima confusión, cuando me
acuerdo la que soy, que, como he dicho creo otras veces y ahora
lo digo algunas a mi confesor, más ánimo me parece es me-
nester para recibir estas mercedes que para pasar grandísimos
trabajos. Cuando pasa, estoy casi olvidada de mis obras, sino
un representárseme que soy ruin, sin discurso de entendimiento,
que también me parece a veces sobrenatural.
Viénenme algunas veces unas ansias de comulgar tan gran-
des, que no sé si se podría encarecer. Acaecióme una mañana,
que llovía tanto, que no parece hacía para salir de casa (1).
Estando yo fuera de ella, yo estaba ya tan fuera de mí con
aquel deseo, que aunque me pusieran lanzas a los pechos, me
parece entrara por ellas, cuanti más agua. Como llegué a la
ilesia, dióme un arrobamiento grande. Parecióme vi abrir los
cielos, no una entrada como otras veces he visto. Representóse-
me el trono que dije a vuestra merced he visto otras veces, y
otro encima de él, adonde por una noticia que no sé decir, aun-
que no lo vi, entendí estar la Divinidad. Parecíame sostenerle
unos animales; a mí me parece he oído una figura de estos ani-
males; pensé si eran los evangelistas (2). Mas cómo estaba el tro-
no, ni qué estaba en él, no lo vi, sino muy gran multitud de ánge-
les; pareciéronme sin comparación con muy mayor hermosura que
los que en el cielo he visto. He pensado si son serafines u queru-
bines, porque son muy diferentes en la gloria, que parecía tener
1 Sería en aquellos años en que, viviendo en la Encarnación, podía salir con facilidad a
casa de sus parientes u buenos amigos.
2 Bpoc, rV, 6, 7, 8.
356 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
inflamamiento. Es grande la diferencia, como he dicho, y la gloria
que entonces en mí sentí no se puede escribir ni aun decir,
ni la podrá pensar quien no hubiere pasado por esto. Entendía
estar allí todo junto lo que se puede desear, g no vi nada. Di-
jéronme, y no sé quién, que lo que allí podía hacer era entender
que no podía entender nada, y mirar lo nonada que era todo
en comparación de aquello; es ansí que se afrentaba después
mi alma de ver que pueda parar en ninguna cosa criada, cuanti
más aficionarse a ella, porque todo me parecía un hormiguero.
Comulgué y estuve en la misa, que no sé cómo pude estar.
Parecióme había sido muy breve espacio; espánteme cuando dio
el relox y vi que eran dos horas las que había estado en aquel
arrobamiento y gloria. Espantábame después cómo en llegando
a este fuego, que parece viene de arriba, de verdadero amor
de Dios, porque aunque más lo quiera, y procure y me deshaga
por ello, si no es cuando Su Majestad quiere, como he dicho
otras veces, no soy parte para tener una centella de él, parece
que consume el hombre viejo de faltas, y tibieza y miseria; y a
manera de como hace el ave fénis (1), sigún he leído, y de la mes-
ma ceniza, después que se quema, sale otra. Ansí queda hecha otra
el alma después con diferentes deseos y fortaleza grande; no
parece es la que antes, sino que comienza con nueva puridad el
camino del Señor. Suplicando yo a Su Majestad fuese ansí, y
que de nuevo comenzase a servirle, me dijo: Buena comparación
has hecho; mira no se te olvide pa procurar mijorarte siempre.
Estando una vez con la mesma duda que poco ha dije, si
eran estas visiones de Dios, me apareció el Señor, y me dijo
con rigor: ¡Oh hijos de los hombres, hasta cuándo seréis duros
de corazón! Que una cosa examinase bien en mí: si de el iodo
estaba dada por suya u no; que si lo estaba y lo era, que creyese
no me dejaría perder. Yo me fatigué mucho de aquella excla-
mación. Con gran ternura y regalo me tornó a decir que no me
fatigase, que ya sabía que por mí no faltaría de ponerme a todo
lo que fuese su servicio, que se haría todo lo que yo quería ;
1 Así está en el original.
CAPITULO XXXIX 357
y ansí sg hizo lo que entonces le suplicaba, que mirase el amor
que se iba aumentando en mí cada día para amarle, que en esto
vería no ser demonio; que no pensase que consentía Dios tuviese
tanta parte el demonio en las almas de sus siervos, y que te pu-
diese dar la claridad de entendimiento y quietud que tienes.
Dióme a lentender que habiéndome dicho tantas personas y tales
que era Dios, que haría mal en no creerlo.
Estando una vez rezando el salmo Quicumque viilt (1), se
me dio a entender la manera cómo era un solo Dios y tres Per-
sonas tan claro, que yo me espanté y consolé mucho. Hízome gran-
dísimo provecho para conocer más la grandeza de Dios y sus
maravillas, y para cuando pienso u se trata de la Santísima Tri-
nidad, parece entiendo cómo puede ser, y esme mucho contento.
Un día de la Asunción de la Reina de los Angeles y Señora
nuestra, me quiso el Señor hacer esta merced, que en un arroba-
miento se me representó su subida a el cielo, y el alegría y sole-
nidad con que fué recibida y el lugar adonde está. Decir cómo
fué esto, yo no sabría. Fué grandísima la gloria que mi espíritu
tuvo de ver tanta gloria; quedé con grandes efetos, y aprovechóme
para desear más pasar grandes trabajos, y quedóme gran de-
seo de servir a esta Señora, pues tanto mereció.
Estando en un Colegio de la Compañía de Jesús (2), y
estando comulgando los hermanos de aquella casa, vi un palio
muy rico sobre sus cabezas; esto vi dos veces. Cuando otras
personas comulgaban no lo vía.
1 Quicunque vul, escribe la Santa.
2 San Gil de Avila.
CAPITULO XL
PROSIGUE EN LA MESMA MATERIA DE DECIR LAS GRANDES MERCE-
DES QUE EL SEÑOR LA HECHO. DE ALGUNAS SE PUEDE TOMAR
HARTO BUENA DOTRINA, QUE ESTE HA SIDO, SIGÜN HA DICHO^
SU PRINCIPAL INTENTO, DESPUÉS DE OBEDECER, PONER LAS QUE
SON PARA PROVECHO DE LAS ALMAS. CON ESTE CAPITULO SE
ACABA EL DISCURSO DE SU VIDA, QUE ESCRIBIÓ. SEA PARA GLORIA
DE EL SEÑOR. AMEN.
Estando una' vez en oración, era tanto el deleite que en mí
sentía, que, como indina de tal bien, comencé a pensar en cómo
merecía mijor estar en el lugar que yo había visto estar para
mí en el infierno, que, como he dicho, nunca olvido de la manera
que allí me vi. Comenzóse con esta consideración a inflamar
más mi alma y vínome un arrebatamiento de espíritu, de suerte
que yo no lo se decir. Parecióme estar metido y lleno de aque-
lla majestad que he entendido otras veces. En esta majestad se
me dio a entender una verdad, que es cumplimiento de todas las
verdades; no sé yo decir cómo, porque no vi nada. Dijéronme,
sin ver quién, mas bien entendí ser la mesma Verdad: No es
poco esto que hago por ti, que una de las cosas es en que mucho
me debes; porque todo el daño que viene al mundo es de no
conocer las verdades de la Escritura con clara verdad; no faltará
una tilde de ella. R mí me pareció que siempre yo había creído
esto y que todos los fieles lo creían. Díjome: ¡Áy, hija, qué
pocos me aman con verdad! que si me amasen, no les encubriría
360 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÚS
Yo mis secretos. ¿Sabes qué es amarme con verdad? Entender
que todo es mentira lo que no es agradable a mí. Con claridad
verás esto que ahora no entiendes en lo que aprovecha a tu alma.
Y ansí lo he visto, sea el Señor alabado, que después acá
tanta vanidad y mentira rae parece lo que yo no veo va guiado
a el servicio de Dios, que no lo sabría yo decir como lo en-
tiendo, y la lástima que me hacen los que veo con la escuridad
que están en esta verdad, y con esto otras ganancias que aquí
diré, y muchas no sabré decir. Díjome aquí el Señor una par-
ticular palabra de grandísimo favor. Yo no sé como esto fué,
porque no vi nada; mas quedé de una suerte, que tampoco sé
decir, con grandísima fortaleza, y muy de veras para cumplir
con todas mis fuerzas la más pequeña parte de la Escritura di-
vina. Paréceme que ninguna cosa se me pornía delante que no
pasase por esto.
Quedóme una verdad de esta divina Verdad que se me re-
presentó, sin saber cómo ni qué, esculpida, que me hace tener un
nuevo acatamiento a Dios, porque da noticia de su majestad y
poder de una manera que no S2 puede decir: sé entender que es
una gran cosa. Quedóme muy gran gana de no hablar sino cosas
muy verdaderas, que vayan adelante de lo que acá se trata en
el mundo, y ansí comencé a tener pena de vivir en él. Dejóme
con gran ternura, y regalo y humildad. Paréceme que, sin en-
tender cómo, me dio el Señor aquí mucho; no me quedó ninguna
sospecha de que era ilusión. No vi nada, mas entendí el gran
bien que hay en no hacer caso de cosa que no sea para llegarnos
más a Dios, y ansí entendí qué cosa es andar un alma en ver-
dad delante de la mesma Verdad. Esto que entendí es darme el
Señor a entender que es la mesma Verdad.
Todo lo que he dicho entendí hablándome algunas veces, y
otras sin hablarme, con más claridad algunas cosas que las que
por palabras se me decían. Entendí grandísimas verdades sobre
esta Verdad, más que si muchos letrados me lo hubieran ense-
ñado. Paréceme que en ninguna manera me pudieran imprimir
ansí ni tan claramente se me diera a entender la vanidad de
este mundo. Esta verdad que digo se me dio a entender, es
CAPITULO XL 361
en sí mesma verdad, y es sin principio ni fin, y todas las demás
verdades dependen de esta verdad, como todos los demás amo-
res de este amor, y todas las demás grandezas de esta gran-
deza; aunque esto va dicho escuro para la claridad con que a
mí el Señor quiso se me diese a entender. ¡Y cómo se parece
el poder de esta Majestad, pues en tan breve tiempo deja tan
gran ganancia, y tales cosas imprimidas en el alma! I Oh Gran-
deza y Majestad mía! ¿Qué hacéis. Señor mío, todopoderoso?
¡Mirad a quién hacéis tan soberanas mercedes! ¿No os acordáis
que ha sido esta alma un abismo de mentiras y piélago de va-
nidades, y todo por mi culpa; que con haberme Vos dado na-
tural de aborrecer el mentir, yo mesma me hice tratar en mu-
chas cosas mentira? ¿Cómo se sufre, Dios mío, cómo se compadece
tan gran favor y merced a quien tan mal os lo ha merecido?
Estando una vez en las Horas con todas, de presto se reco-
gió • mi alma y parecióme ser como un espejo claro toda, sin
haber espaldas, ni lados, ni alto, ni bajo que no estuviese toda
clara, y en el centro de ella se me representó Cristo Nuestro Se-
ñor como le suelo ver. Parecíame en todas las partes de mi alma
le vía claro como en un espejo, y también este espejo, yo no
sé decir cómo, se esculpía todo en el mesmo Señor por una co-
municación, que yo no sabré decir, muy amorosa. Sé que me
fué esta visión de gran provecho, cada vez que se me acuerda,
en especial cuando acabo de comulgar. Dióseme a entender
que estar un alma en pecado mortal, es cubrirse este espejo de
gran niebla y quedar muy negro, y ansí no se puede representar
ni ver este Señor, aunque esté siempre presente dándonos el ser;
y que los herejes es como si el espejo fuese quebrado, que es
muy peor que escurecido. Es muy diferente el cómo se ve a
decirse, porque se puede mal dar a entender. Mas hame hecho
mucho provecho y gran lástima de las veces que con mis culpas
escurecí mi alma pa no ver este Señor.
Paréceme provechosa esta visión para personas de recogi-
miento para enseñarme a considerar a el Señor en lo muy interior
de su alma, que es consideración que más se apega, y muy más
frutuosa que fuera de sí, como otras veces he dicho, y en algu-
2t *
362 VIDA DE SAÑTíl TERESA DE JESÚS
nos libros de oración €stá escrito, adonde se ha de buscar a
Dios. En especial lo dice el glorioso San Agustín, que ni en las
plazas, ni en los contentos, ni por ninguna parte que le buscaba,
le hallaba como dentro de sí (1). Y esto es muy claro ser mijor;
y no es menester ir a el cielo, ni más lejos que a nosotros mes-
mos; porque es cansar el espíritu y destraer el alma y no con
tanto fruto.
Una cosa quiero avisar aquí, porque si alguno la tuviere, que
acaece en gran arrobamiento; que pasado aquel rato que el alma
está en unión, que del todo tiene absortas las potencias, y esto
dura poco, como he dicho, quedarse el alma recogida, y aun
en lo exterior no poder tornar en sí, mas quedan las dos potencias
memoria y entendimiento casi con frenesí, muy desatinadas. Esto
digo que acaece alguna vez, en especial a los principios. Pienso
si procede de que no puede sufrir nuestra flaqueza natural tanta
fuerza de espíritu y enflaquece la imaginación. Sé que les acae-
ce a 'algunas personas. Ternía por bueno que se forzasen a de-
jar por entonces la oración y la cobrasen en otro tiempo, aquel
que pierden, que no sea junto, porque podrá venir a mucho mal.
Y de esto hay expiriencia, y de cuan acertado es mirar lo que
puede nuestra salud.
En todo es menester expiriencia y maestro, porque, lle-
gada el alma a estos términos, muchas cosas se ofrecerán que es
menester con quién tratarlo; y si buscado no le hallare, el Se-
ñor no le faltará, pues no me ha faltado a mí, siendo la que soy.
Porque creo hay pocos que hayan llegado a la expiriencia de
tantas cosas, y si no la hay, es por demás dar remedio sin in-
quietar y lafligir. Mas esto también tomará el Señor en cuenta, y
por esto es mijor tratarlo, como ya he dicho otras veces ;_ y aun
todo lo que ahora digo, sino que no se me acuerda bien, y veo
importa mucho, en especial si son mujeres, con su confesor,
1 No tomó este pasaje Santa Teresa del libro de las Confesiones, sino del capítulo XXXI
de unos Soliloquios apócrifos, que con el nombre del santo Doctor se imprimieron muchas ve-
ces en latín, y fueron traducidos en nuestra lengua e impresos en Valladolid por los años de
1515. En el citado capítulo se lee: «E trabajé mucho buscándole exteriormente estando tú dentro;
buscábale por las plazas e lugares públicos de la cibdad deste mundo g no te hallé, buscando
de fuera lo que adentro estaba». (Cfr. Morel-Fatio, Les lectures de Sainte Thérese). Esta obra
fué muy leída en los siglos XVI y XVII. Llegó a alcanzar en ellos numerosas reimpresiones.
CAPITULO XL 363
ü que sea tal. Y hay muchas más que hombres a quien el Señor
hace estas mercedes, y esto oí al santo Fray Pedro de Alcán-
tara, y también lo he visto yo, que decía aprovechaban mucho
más en este camino que hombres, y daba de ello ecelentes razo-
nes, que no hay para qué las decir aquí, todas en favor de las
mujeres.
Estando una vez en oración, se me representó muy en breve,
sin ver cosa formada, mas fué una representación con toda cla-
ridad, cómo se ven en Dios todas las cosas y cómo las tiene
todas en Sí. Saber escribir esto, yo no lo sé, mas quedó muy
imprimido en mi alma, y es una de las grandes mercedes que el
Señor me ha hecho y de las que más me han hecho confundir
y avergonzar, acordándome de los pecados que he hecho. Creo,
si el Señor fuera servido viera esto en otro tiempo, y si lo
viesen los que le ofenden, que no temían corazón ni atrevimiento
para hacerlo. Parecióme, ya digo sin poder, afirmarme en que
vi nada, mas algo se debe ver, pues yo podré poner esta compa-
ración; sino que es por modo tan sutil y delicado, que el enten-
dimiento no lo debe alcanzar, u yo no me sé entender en estas
visiones, que no parecen imaginarias, y en algunas algo de esto
debe haber, sino que, como son en arrobamiento, las potencias
no lo saben después formar como allí el Señor se lo representa
y quiere que lo gocen.
Digamos ser la Divinidad como un muy claro diamante, muy
mayor que todo el mundo, u espejo, a manera de lo que dije
del alma en estotra visión, salvo que es por tan más subida ma-
nera, que yo no lo sabré encarecer; y que todo lo que hacemos
se ve en este diamante, siendo de manera que él encierra todo
en sí, porque no hay nada que salga fuera de esta grandeza.
Cosa espantosa me fué en tan breve espacio ver tantas cosas jun-
tas aquí en este claro diamante, y lastimosísima cada vez que se
me acuerda ver que cosas tan feas se representaban en aquella
limpieza de claridad, como eran mis pecados. Y es ansí que,
cuando se me acuerda, yo no sé cómo lo puedo llevar, y ansí
quedé entonces tan avergonzada, que no sabía me parece adonde
me meter. ¡Oh, quién pudiese dar a entender esto a los que muy
364 VIDñ DE SANTA TERESA DE JESÚS
deshonestos y feos pecados hacen para que se acuerden que
no son ocultos, y que con razón los siente Dios, pues tan presen-
tes a la Majestad pasan, y tan desacatadamente nos habernos
delante de El! Vi cuan bien se merece el infierno por una sola
culpa mortal; porque no se puede entender cuan gravísima cosa
es hacerla delante de tan gran Majestad y qué tan fuera de
quien El es son cosas semejantes. Y ansí se ve más su miseri-
cordia, pues entendiendo nosotros todo esto, nos sufre.
Hame hecho considerar, si una cosa como ésta ansí deja
espantada el alma, ¿qué será el día del juicio cuando esta Ma-
jestad claramente se nos mostrará y veremos las ofensas que
hemos hecho? ¡Oh, válame Dios, qué ceguedad es esta que yo
he traído! Muchas veces me he espantado en esto que he escrito,
y no se espante vuestra merced, sino cómo vivo viendo estas cosas
y mirándome a mí. Sea bendito por siempre quien tanto me ha
sufrido.
Estando una vez en oración con mucho recogimiento, y sua-
vidad y quietud, parecíame estar rodeada de ángeles y muy
cerca de Dios. Comencé a suplicar a Su Majestad por la Iglesia.
Dióseme a entender el gran provecho que había de hacer una
Orden en los tiempos postreros y con la fortaleza que los de
ella han de sustentar la fe (1).
Estando una vez rezando cerca del Santísimo Sacramento,
aparecióme un santo, cuya Orden ha estado algo caída. Tenía
en las manos un libro grande, abrióle y díjome que leyese unas
letras, que eran grandes y muy legibles, y dicen ansí (2):
En los tiempos advenideros florecerá esta Orden; habrá machos
mártires.
1 Si bien Ribera (Vida de Santa Teresa, lib. IV, c. V.) dice que habla acjuí de la Com-'
pañía, parece cierto que se refiere a la Orden de Sto. Domingo. El P. Gracián en la nota a este
pasaje, dice: «la de Santo Domingo».
2 Según el mismo P. Gracián es también la Orden de Santo Domingo a quien alude la
Santa como en el párrafo anterior. Ribera opina lo mismo; Yepes (Vida de Santa Teresa, 1. III,
c. XVII), está por la Reforma del Carmen. He aquí sus palabras: «Calló la Santa Madre el nom-
bre de esta Religión por algunos honestos fines; pero yo sé que habla aquí de la nueva Refor-
mación que ella fundó». El P. Andrés de la Encarnación, de un pasaje tomado del libro prime-
ro, capítulo VII de la Historia de la Reforma, del P. José de Jesús María, que se conservaba
manuscrito en nuestro Archivo de Madrid, ü hoy, a lo que creemos, perdido, copia estas palabras
comentando esta predicción: «Que Nuestra Sta. Madre hablase en esta profecía de nosotros (de
la Descalcez Carmelitana), demás de ser muy conocidas las señas que ella da, lo dijo después a
CAPITULO XL 365
otra vez, estando en Maitines en el coro, se me representaron
y pusieron delante seis u siete, me parece serian de esta mesma
Orden, con espadas en las manos. Pienso que se da en esto a en-
tender han de defender la fe. Porque otra vez, estando en ora-
ción, se arrebató mi espíritu: parecióme estar en un gran campo
adonde se combatían muchos, y estos de esta Orden peleaban con
gran hervor. Tenían los rostros hermosos y muy encendidos,
y echaban muchos en el suelo vencidos, otros mataban. Pa-
recíame esta batalla contra ios herejes (1).
ñ este glorioso Santo he visto algunas veces, y me ha dicho
algunas cosas, y agradecídome la oración que hago por su Or-
den y prometido de encomendarme a el Señor. No señalo las
Ordenes; si el Señor es servido se sepa, las declarará, porque
no se agravien otras; mas cada Orden había de procurar, u cada
uno de ellas por sí, que por sus medios hiciese el Señor tan di-
chosa su Orden, que en tan gran necesidad como ahora tiene la
Iglesia, le sirviesen. ¡Dichosas vidas que en esto se acabaren!
Rogóme una persona una vez que suplicase a Dios le diese
a entender si sería servicio suyo tomar un obispado. Díjome
el Señor, acabando de comulgar: Cuando entendiere con toda
verdad y claridad que el verdadero señorío es no poseer nada,
entonces le podrá tomar (2) ; dando a entender que ha de estar
algunas personas de las que le fueron muy familiares, así de sus hijos como de sus hijas, de los
cuales vive aún el P. Fr. Hngel de San Gabriel, uno de los primeros maestros de novicios del
convento de Pastrana, que lo oyó de su misma boca. Al cual, como le preguntase si esta reve-
lación se entendía de nuestra Orden o de otra, le respondió la Santa, con la familiaridad de ma-
dre: Pues, bobo, ¿de qué Religión había de ser sino de la nuestra?». Esto mismo refiere el Padre
Jerónimo de San José en su Historia del Carmen Descalzo, lib. I, c. XXI, p. 214. Por la Des-
calcez opinan asimismo el P. Juan de Jesús María en su precioso Compendium vitae S. Tere-
siae, 1. IV, c. 3; el P. Tomás de Jesús en Estimulo de las Misiones, el P. Alonso de Jesús
María, en el índice que mandó añadir a las Obras de la Santa impresas en Madrid el 1622, y
otros escritores de la Reforma. La carta que se dice escrita por la M. Ana de S. Bartolomé al
Padre Luis de la Asunción, también afirma que la profecía se refiere a la Reforma de la Santa.
A pesar de la gravedad de tales testimonios, tanto por el texto mismo como por la autoridad del
P. Gradan, que conoció mejor que nadie los secretos más íntimos de la Santa Reformadora, nos
inclinamos a creer que se trata de la Orden del glorioso Santo Domingo. Por lo demás, tanto
la Compañía de Jesús, como la Orden de Predicadores y la Descalcez Carmelitana han tenido
hijos esclarecidos que han honrado a su madre derramando su sangre por la fe de Jesucristo.
Diremos, en último término, con la misma Santa, que «cada Orden había de procurar u cada uno
de ellas por sí, que por sus medios hiciese el Señor tan dichosa su Orden, que en tan gran
necesidad como ahora tiene la Iglesia, le sirviesen».
1 «La de Santo Domingo», nota Qracián.
2 La persona que tal ruego hizo a Santa Teresa fué, según el P. Qracián, el inquisidor
Soto, más tarde obispo de Salamanca.
366 VIDA DE SANTA TERESA DE JESÜS
muy fuera de desearlo ni quererlo quien hubiere de tener perla-
cías, u al menos de procurarlas.
Estas mercedes y otras muchas ha hecho el Señor y hace muy
contino a esta pecadora, que me parece no hay para qué las de-
cir; pues por lo dicho se puede entender mi alma, y el espí-
ritu que me ha dado el Señor. Sea bendito por siempre, que
tanto cuidado ha tenido d€ mí.
Di jome una vez consolándome, que no me fatigase (esto con
mucho amor), que en esta vida no podíamos estar siempre en
un ser; que unas veces ternía hervor y otras estaría sin él;
unas con desasosiegos y otras con quietud y tentaciones, mas
que esperase en El y no temiese.
Estaba un día pensando si era asimiento darme contento
estar con las personas que trato mi alma y tenerlos amor, y a
los que yo veo muy siervos de Dios, que me consolaba con ellos,
me dijo: Que si un enfermo que estaba en peligro de muerte
le parece le da salud un médico, que no era virtud dejárselo de
agradecer y no le amar; que qué hubiera hecho si no fuera
por estas personas; que la conversación de los buenos no^ daña-
ba, mas que siempre fuesen mis palabras pesadas y santas, y
que no los dejase de tratar, que antes sería provecho que daño.
Consolóme mucho esto, porque algunas veces, pareciéndome asi-
miento, quería del todo no tratarlos. Siempre en todas las cosas
me aconsejaba este Señor, hasta decirme cómo me había de haber
con los flacos y con algunas personas. Jamás se descuida de
mí; algunas veces estoy fatigada de verme para tan poco en su
servicio, y de ver que por fuerza he de ocupar el tiempo en
cuerpo tan flaco y ruin como el mío más de lo que yo querría.
Estaba una vez en oración y vino la hora de ir a dormir, y
yo estaba con hartos dolores, y había de tener el vómito ordi-
nario. Como me vi tan atada de mí, y el espíritu por otra parte
quiriendo tiempo para sí, vime tan fatigada, que comencé a
llorar mucho y a afligirme. Esto no es sola una vez, sino,
como digo, muchas, que me parece me daba un enojo contra mí
mesma, que en forma por entonces me aborrezco. Mas lo con-
tino es entender de mí que no me tengo aborrecida, ni falto
CAPITULO XL 367
a lo que veo me es necesario. Y plega el Señor que no tome
muchas más de lo que es menester, que sí debo hacer. Esta que
digo, estando en esta pena, me apareció el Señor y regaló mucho,
y me dijo que hiciese yo estas cosas por amor de El y lo pasase,
que era menester ahora mi vida. Y ansí me parece que nunca
me vi en pena después que estoy determinada a servir con todas
mis fuerzas a leste Señor y consolador mío, que, aunque m2 deja-
ba un poco padecer, no (1) me consolaba de manera que no hago
nada en desear trabajos. Y ansí ahora no me parece hay para qué
vivir sino para esto, y lo que más de voluntad pido a Dios.
Dígolo algunas veces con toda ella: Señor, u morir u padecer;
no os pido otra cosa para mí. Dame consuelo oir el relox; por-
que me parece me allego un poquito más para ver a Dios, de que
veo ser pasada aquella hora de la vida.
Otras veces estoy de manera, que ni siento vivir ni me
parece he gana de morir, sino con una tibieza y escuridad en
todo como he dicho que tengo muchas veces, de grandes traba-
jos. Y con haber querido el Señor se sepan en público estas
mercedes que Su Majestad me hace, como me lo dijo algunos
años ha que lo habían de ser, que me fatigué yo harto, y hasta
ahora no he pasado poco, como vuestra merced sabe, porque oada
uno lo toma como le parece. Consuelo me ha sido no ser por
mi culpa, porque en no lo decir, sino a mis confesores u a
personas que sabía de ellos lo sabían, he tenido gran aviso
y extremo; y no por humildad, sino porque, como he dicho,
aun a los mesmos confesores me daba pena decirlo. Ahora ya,
gloria a Dios, aunque mucho me mormuran, y con buen celo,
y otros temen tratar conmigo y aun confesarme, y otros me dicen
hartas cosas, como entiendo que por este medio ha querido el
Señor remediar muchas almas, porque lo he visto claro, y me
acuerdo de lo mucho que por una sola pasara el Señor, muy
poco se me da de todo. No sé si es parte para esto haberme Su
Majestad metido en este rinconcito tan encerrado (2), y adonde
1 Esta palabra no sólo es redundante, sino que cambia evidentemente el sentido que la
Santa quiso dar a la frase, que es bien claro. La respetamos por traerla el autógrafo.
2 San José de Avila.
368 VIDA DE SñNTñ TERESA DE JESÚS
ya, como cosa muerta, pensé no hubiera más memoria de mí. Mas
no ha sido tanto como ijo quisiera, que forzado he de hablar
algunas personas; mas como no estoy adonde me vean, pa-
rece ya fué el Señor servido echarme a un puerto, que espero
en Su Majestad será siguro.
Por estar ya fuera de mundo y entre poca y santa com-
pañía, miro como desde lo alto, y dáseme ya bien poco de que
digan ni se sepa. En más ternía se aprovechase un tantito un
alma que todo lo que de mí se puede decir; que después
que estoy aquí, ha sido el Señor servido que todos mis deseos
paren en esto. Y hame dado una manera de sueño en la vida,
que casi siempre me parece estoy soñando lo que veo; ni contento,
ni pena, que sea mucha, no la veo en mí. Si alguna me dan
algunas cosas, pasa con tanta brevedad, que yo me maravillo,
y deja el sentimiento como una cosa que soñó. Y esto es entera
verdad, qu2 aunque después yo quiera holgarme de aquel con-
tento u pesarme de aquella pena, no es en mi mano, sino como
lo sería a una persona discreta tener pena u gloria de un sueño
que soñó; porque ya mi alma la despertó el Señor de aquello
que, por no estar yo mortificada ni muerta a las cosas de el
mundo, me había hecho sentimiento, y no quiere Su Majestad que
se torne a cegar.
De esta manera vivo ahora, señor y padre mío (1). Suplique
vuestra merced a Dios, u me lleve consigo, u me dé como le
sirva. Plega a Su Majestad esto que aquí va escrito haga a
vuestra merced algún provecho, que por el poco lugar ha sido
con trabajo. Mas dichoso sería el trabajo si he acertado a decir
algo que sola una vez se alabe por ello el Señor, que con esto
me daría por pagada, aunque vuestra merced luego lo queme.
No querría fuese sin que lo viesen las tres personas que
vuestra merced sabe (2), pues son y han sido confesores míos;
porque, si va mal, es bien pierdan la buena opinión que tienen de
mí; si va bien, son buenos y letrados. Sé que verán de dónde
1 P. García de Toledo.
2 PP. García de Toledo, Báñez y algún otro amigo de los que en Avila habían confe-'
sado a la Santa.
CAPITULO XL 369
viene, y alabarán a quien lo ha dicho por rní. Su Majestad
tenga siempre a vuestra merced de su mano, y le haga tan
gran santo, que con su espíritu y luz alumbre esta miserable,
poco humilde y mucho atrevida, que se ha osado determinar
a escribir cosas tan subidas. Piega el Señor no haga en ello
errado, tiniendo intención y deseo de acertar y obedecer,
y que por mí se alabase en algo el Señor, que es lo que ha
muchos años que le suplico. Y como me faltan para esto las
obras, heme atrevido a concertar esta mi desbaratada vida, aun-
que no gastando en ello más cuidado ni tiempo de lo que ha
sido menester para escribirla, sino puniendo lo que ha pasado
por mí con toda la llaneza y verdad que yo he podido.
Piega el Señor, pues es poderoso y si quiere puede, quie-
ra que en todo acierte yo a hacer su voluntad y no primita
se pierda esta alma, que con tantos artificios y maneras y tan-
tas veces ha sacado Su Majestad de el infierno y traído a Sí.
Amén.
35
CñRTü QUE Lñ SñNTa ESCRIBIÓ ñL PñDRE GñRCIA DE TOLEDO,
REMITIÉNDOLE LA VIDA (1).
Jhs.
El Espíritu Santo sea siempre con vuestra merced. Amén.
No seria malo encarecer a vuestra merced este servicio por obli-
garle a itener mucho cuidado de encomendarme a nuestro Señor,
que sigún lo que he pasado en verme escrita y traer a la memo-
ria tantas miserias mías, bien podría; aunque con verdad puedo
decir, que he sentido más en escribir las mercedes que el Señor
me ha hecho, que las ofensas que yo a Su Majestad. Yo he
hecho lo que vuestra merced me mandó en alargarme, a condi-
ción que vuestra merced haga lo que me prometió en romper
lo que mal le pareciere. No había acabado de leerlo después de
escrito, cuando vuestra merced envía por él. Puede ser vayan
algunas cosas mal declaradas, y otras puestas dos veces; por-
que ha sido tan poco el tiempo que he tenido, que no podía
tornar a ver lo que escribía. Suplico a vuestra merced lo en-
miende y mande trasladar, si se ha de llevar a el Padre Maestro
Avila, porque podría ser conocer alguien la letra.
1 Esta carta, escrita en el mismo original de la Vida, a continuación del último capítulo,
probablemente fué dirigida al P. García de Toledo, como dijimos en el Prólogo a este libro de
la Santa, p. CXX.
372 CñRTñ DE SñNTñ TERESA
Yo deseo harto se dé orden en cómo lo vea, pues con ese in-
tento lo comencé a escribir; porque, como a él k parezca voy
por buen camino, quedaré muy consolada, que ya no me queda
más para hacer lo que es en mí. En todo haga vuestra merced
como le pareciere y ve está obligado a quien ansí le fía su alma.
La de vuestra merced encomendaré yo toda mi vida a Nuestro
Señor; por eso dése priesa a servir a Su Majestad para hacerme
a mí merced, pues verá vuestra merced, por lo que aquí va,
cuan bien se emplea en darse todo, como vuestra merced lo ha
comenzado, a quien tan sin tasa se nos da.
Sea bendito por siempre, que yo espero en su misericordia
nos veremos adonde más claramente vuestra merced y yo vea-
mos las grandes que ha hecho con nosotros, y para siempre jamás
le alabemos. Amén.
Acabóse este libro en Junio, año de MDLXII (1).
1 El P. Báñez escribe a renglón seguido: «Esta fecha se entiende de la primera vez que
le escribió la Madre Teresa de Jesús sin distinción de capítulos. Después hizo este traslado, y
añadió muchas cosas que acontecieron después desta fecha, como es la fundación del moneste-
rio de San Joseph de Avila, como en la hoja 169 parece. L. Fr. D." Bañes'».
índice alfabético de materias (1)
Agradecimiento, 71, 114.
Agua (Comparaciones tomadas del
agua en orden al espíritu), 78,
157, 246.
Agua bendita, 249, 251, 252.
Alabanzas, 255, 368.
Alegría, 91.
Alma, 76, 104, 130, 361.
Amistades peligrosas y provecho-
sas, 28, 51, 52, 120, 178, 188.
Amor de dios, 28, 66, 75, 109, 172,
174, 204, 232, 246.
Angeles, (visión de) 234, 253, 364.
Animo, 58, 76, 92, 93, 123.
Aprovechamiento espiritual, 162,
349, 350, 351, 352.
Arrobamiento, 145, 148, 188, 189,
281, 282, 292, 298, 329, 332, 335,
357, 360, 364.
B
Bienes terrenos (Desprecio de los)^
72, 93, 102, 156, 157, 161, 164,
200, 213.
Caridad del prójimo, 36, 42, 95.
Castidad, 13.
Ceremonias de la iglesia (Venera-
ción por), 275.
Celo de las almas, 46, 251, 253,
265, 367.
Cielo, (Deseos del), 334.
Clavo (del Señor), 345.
Cobardía, (Daños espirituales de
la), 93.
Comunión, 63, 118, 120, 221, 244.
Confesión general, 32.
Confesores (Inconvenientes de la
falta de letras y experiencia de
los), 28, 29, 37, 97, 154, 226.
—(Cualidades que han de tener,
los), 28, 98, 181.
Confianza en dios, 66, 99, 139, 144,
256.
Conformidad en las enfermedades,
■5 y 6.
Conocimiento propio, 40, 97, 111,
138, 336.
Criaturas (La llevaban a Dios las),
65.
Cruz (Conveniencia de abrazar la),
77, 80, 83, 112, 114, 170.
1 Por no aumentar más este tomo, dejamos para el siguiente los documentos que pensa-
mos publicar en los Apéndices.
376 índice
Chuz (Eficacia y señal de la), 199, Eternidad, 7.
230, 249. EucARiSTia (Visión de la), 337,338.
Culto (a las imágenes del Señor);
42. ^
Fe, 72, 113, 140, 141, 196,242,275.
D
Frenesí, 362.
Demonio (Apariciones y engaños q
del), 42, 45, 52, 71, 93, 95, 114,
139, 142, 144, 177, 241, 242, 249, Qalas, 10.
254. Grandezas (Desprecio de las), 285.
Desasimiento de criaturas, 148, 162, 286.
258, 317, 323.
Deseos de servir a dios, 245, 246, H
348.
Devoción sensible, 66, 70, 85, 86, Hechizos, 30.
195 232. Herejes, 44, 361.
Diamante (La Divinidad como un), Honra (Desprecio de la), 76, 92.
363. 121, 156, 257, 260.
Dineros (Desprecio de los), 156, Humanidad de jesús, 65, 86, 96, 165,
157_ 170, 183, 187.
Dirección espiritual (Necesidad de Humildad, 42, 70, 71, 86, 88, 91.
la), 25, 92, 97, 98, 144, 176. 197, ^2. 114, 124. 138, 148. 157, 171,
2Qg gg2 179, 221, 229, 241, 255, 352.
Distracciones, 24, 114, 154.
Dolor de las culpas, 3, 8, 21,
33, 37, 51, 55, 65, 66, 105, 131.
139, 140, 142, 182, 261.
I
Iglesia, (Veneración a las cosas de
la), 250.
Ilusiones peligrosas, 175, 196, 197,
^ 198, 219, 222, 241, 274.
Imaginación, 102, 126. 134, 245.
Educación (Cuánto importa la bue-
na), capít. I y II. j
Ejemplos (Los buenos), 6,
Enfermedades, 27, 28, 35, 47, 94, j^^^ (Devoción a San), 38, 39, 240,
S'tO, 264. 279, 281, 306, 309.
Escritura (Veneración a la Sagra-
da), 98, 275, 359. L
Esperanza, 274.
Estima (En lo poco que se debe Lagrimas (Don de), 23, 70, 102, 137,
tener la), 253, 255. 199, 247.
DE MATERIAS
377
Lecturas (Buenas), 6, 16, 17, 22,
23, 37, 205.
Letras (Necesidad de que los con-
fesores tengan), 28, 103, 143,15^,
197, 198, 208, 245.
M
Martirio (Deseos del), 6.
Memoria (La), 126.
Mercedes de dios, 125, 131, 185,
259, 255.
Muerte (Deseos de la), 151, 162,
231.
Mujeres (Condición de las), 73, 89,
362.
Mundo, 50, 213, 256.
135, 141, 152, 188, 199, 205, 231,
244, 255, 268, 270, 277, 280, 298,
312, 330, 336, 339, 346, 355, 356,
359, 360, 364, 365.
Pasión (Meditación sobre la), 97.
Pecado (Aborrecimiento del), 36, 72.
Pobreza, 186, 280, 297, 300.
Penas interiores, 195, 199, 225, 240,
245, 307, 309.
Predicadores, 121.
Penitencia, 186, 214, 233, 247.
Persecuciones, 52, 113, 138, 225,228.
. 239, 255, 270, 273, 275, 290, 309,
316, 353.
Presencia de dios, 69, 167, 209.
Pusilanimidad, 20, 91, 94, 256.
Obediencia, 132, 183, 205, 225, 230,
231, 275, 278, 306.
Observancia, 266, 318, 319.
Ocasiones peligrosas, 10, 13, 24, 50,
60.
Oración (Necesidad de la), 24, 25,
46, 51, 52, 56, 57, 64, 88, 89,
91, 98.
—(Comparación con un huerto), 77,
83, 101, 104, 105, 117, 124, 128.
133, 138, 145.
—(de quietud, de unión, etc.), 23,
64, 107, 113, 117, 120, 123, 127,
166, 175, 209, 230, 235, 237, 241,
252, 257, 262, 264, 321, 322, 532,
361, 363.
Padres (Consejos a los), 9, 11, 43.
Palabras (de Jesús a la Santa),
Recreación (Conveniencia de la), 91.
Reforma de las descalzas, 267, 272,
274, 277, 295, 302, 303, 319.
Revelaciones, 191, 195, ^68, 277, 290
292, 293, 330, 334, 335.
Reyes (Se debe hablar claro a los),
159, 160.
Santísima virgew 7, 140, 281, 282,
318, 335, 357.
Santísimo sacramento (Devoción )al),
167, 242, 306, 337.
Sequedad de espíritu, 23, 24, 67,
79, 82, 86, 138, 170, 171.
Soledad (Deseos de), 7, 27, 36,
37, 42, 317.
Sufrimientos (Deseos de), 206, 275,
309.
378
índice
Tentaciones, 17, 46, 56, 80, 91, 92, Verdad (flmor a la), 159, 160, 200,
94, 113, 140, 144, 242, 244, 254. 349, 359.
Teólogos (Véase Letrados).
TRflNSVEHBERflClON, 234, 235.
Trinidad (Conocimiento de la San-
tísima), 211, 357.
U
Union (Véase Oración de).
Visiones, 218, 224, 227, 231, 321,
323, 331, 332.
—(que recibió la Santa), 44, 208,
209, 215, 218, 227, 230, 231, 234,
263, 265, 268, 279, 281, 288,
292, 316, 334, 343, 353, 357, 359,
370.
Vocación, 15, 18, 19, 21.
índice alfabético de nombres
DE personas mencionadas EN ESTE TOMO
Águila (D.a Catalina), 17, 177.
Águila (D. Fernando), 188, 229.
Águila (D. Mencía), 177, 178, 188.
Agustín de los reyes, LXXXI.
Ahumada (D.a Beatriz Dávila), 5,
6, 7, Í19.
Ahumada (D.a Juana de), 19, 231,
247, 258, 270, 278, 279, 304, 305.
Ahumada (D.a María), 49.
Alberto (San) LXXIX.
Alberto patriarca, 317.
Alberto (Cardenal Archiduque), 87.
Alberti (Juan), CIII.
Alcañices (Marqués de), 121.
Alejo (San) 333.
Alfonso maria de ligorio (San),
XVIII.
Alfonso el sabio, 283.
Alonso de jesús, 166, 365.
Alonso de la madre de dios, XCIV.
Almaraz (D. Juan Quijada), LXXIV.
Alvarado (García de), LXXXII.
Alvarez (P. Baltasar), 87, 186, 188,
197, 204, 224, 225, 229, 238, 244.
269, 274, 315, 333.
Alvarez de cepeda (D. Diego), 11,
267.
Alvarez de cepeda (D. Francisco),
7, 11, 49.
Alvarez de cepeda (D. Pedro), 11,
22.
Alvarez de cepeda (D. Vicente), 11.
Alvarez (P. Rodrigo), CXIX.
Amadis, LXXI.
Amboise (Beata Francisca), 255.
Ambrosio Mariano, LXXX.
Ana de los angeles, 95, 316.
Ana de san Bartolomé, 365.
Ana de la encarnación, XIII, CXXIV,
CXXIX, CXXX, 41, 121, 250, 260.
Ana de jesús, LX, LXX, LXXVIII,
LXXXI, LXXXII, LXXXIII,
LXXXIV, LXXXV, CVII.
Ana de san juan, 316.
Ana de san pablo, 341.
Andilly (Arnauld de), CV.
Andrés de la encarnación, c. d.,
XXX, XLI, LXVIII, LXX. LXXII,
LXXIX, LXXX, LXXXV,
LXXXVII, XCIV, XCV, XCVI,
XCVII, CXX, CXXIII, CXXIV,
CXXVIII, CXXX, 11, 41, 73, 87,
121, 186. 247, 251, 268, 295, 364.
Ángel de san Gabriel, 365.
Angela de foligno (Santa), XXVIII,
155.
UNA MflRIfl DE JESÚS, 231:.
ñNTOLiN (Fr. Guillermo), LXXIV,
CXXVIII.
iíNTOLiNEZ (Fray ñgustín), LXXIII,
CXXIX.
ñWTONW DEL espíritu SANTO, 303, 305.
Antonio (San), 169.
üntonio de la asunción, 166.
Antonio del espíritu santo, 218.
Antonio de jesús, LXXXI.
Antonio de san joaquin, LXXI, XCI,
CXXVII.
Antonio de san jóse, XCI.
Antonio de la madre de dios, XCI,
49.
Antonio del smo, sacramento, LXXII.
Aparicio (Melchor), XCII.
Aranda (Gonzalo de), 229, 305, 309,
311.
Araoz, 229.
Areopagita (Dionisio), XIII, XLIV.
Arevalo (Felipe de), 305.
Arevalo, (María Alvarez de) 305,
Ariosto, LXII.
ArNOLDO de san PEDRO Y SAN PABLO,
XXX, XXXI.
AsTRAiN (Padre), LXXVIII, 176, 22^1,
277.
AuDET (Nicolás), 269.
Austria (D. Juan), XCIII.
Austria (D.a Mariana), XCIII.
Avellaneda (Padre), 224.
Avellaneda (D.a Isabel de),LXVIII.
Avila (Beato), XXXIV, CXIX,
CXX, CXXI, CXXII, CXXVIII,
22, 176.
Avila (D. Francisco), 187.
Avila (D.a Isabel de), 309.
Avila (Julián de), 305, 309, 311.
B
Baltasar de sta. catalina, XXXI.
Baker (Tomás), CVII.
Bañez (Fr. Domingo), XLII, LXXV,
LXXVII, CXII, CXVII, CXVIIl.
CXIX, CXX, CXXI, CXXIII,
CXXIV, CXXV, CXVII, CXXVIII,
41, 45, 73, 87, 111, 120, 121, 135,
147, 155, 234, 251, 254, 271, 290,
292, 311, 335, 347, 368.
Baronio, XVII, XLI, CIII.
Barrientos (D, Martín Guzmán),
17, 23, 49, 292.
Bartolomé apóstol (San), 305.
Barron (Vicente), 29, 50, 135, 143,
286.
Bayona (D. Francisco Herrero)',
LXXVI, LXXVII.
Beatriz de la concepción, CXXX.
Beda' de san simón stock, CVII.
Belluga (Cardenal), 235.
Benedicto xiii, 235.
Bernardo (San), XLVI, 169.
Bertani (Pedro), CIII, CIV.
Bertoldo IGNACIO (Padre), LXXXIV,
CVII.
Besant (Miss.), XLIX.
Blazquez (D. Juan), 303.
Bolandos (Los), XXX, CV, 224, 229.
BoNA (Cardenal), XXVII.
Bonilla y s. martin (Adolfo), LXV.
Bonilla (Juan de), XC.
Bono (Pedro), XC.
BoRDiNi (Juan Francisco), XLI,
CIII, CVII.
BoscAN, LXV.
BossuET, XXIX, XLVI, LXVII.
Bouix (P. Marcelo), XV, CV, CVI.
BouTROux, XLVII.
Braganza (D. Teutonio), LXXIX,
LXXXV.
DE NOMBRES
381
Bretigny (Juan de Quintanaduefias
de), CIV, CV.
BmzuELfl (El licenciado), 311.
Bruno (San), XLIV.
BuENDiñ (José Fernández de), XCI.
Buenaventura (San), XLVI.
Caborte (Pedro), XC.
Camoens, LXII.
Capmany, LXII.
Capece (Carlos Segismundo), CIV.
Cárdenas (D. Iñigo de), LXVÍII.
Carlos ii, XCII.
Carlos v, 121.
Carmelitas descalzas de parís
(Edición de las), LXXXVIII,
LXXXIX, CVI, H9, 228, 255.
Carneades, XLIX.
Carramolino, 342.
Carranza (Bartolomé), 205, 284.
Carrera (Diego de), XC.
Carrillo (Juan de), 87, 304, 315.
Carvajal (Garcí-Suárez), 311.
Casa-valencia (Conde de), LXII.
Catalina de san angelo, 235.
Catalina de genova (Santa) ,
XXVIII.
Catalina de s. francisco, LXXXIII.
Catalina de jesús, 347.
Catalina de sena (Santa), XXVIII,
LXX, 169.
Catalina mártir (Santa), 333.
Cartujano (Dionisio), 333.
Castellanos (Marqués de), 17.
Castillo (Fray Hernando del),
CXXIII, CXXV, CXXVI, CXXVII.
Cazalla (Hgustín), 121.
Cepeda (D. Alonso Sánchez de),
LXXII, 5, 6, 9, 11, 19, 22, 23,
29, 49, 247.
Cepeda (D. Hgustín de), 5, 19.
Cepeda (D. Antonio de), 5, 19.
Cepeda (D. Fernando), 5, 19.
Cepeda (D. Francisco), 315.
Cepeda (D. Jerónimo), 5, 19.
Cepeda (D. Lorenzo), LXIX, CXXVI,
CXXlX, 5, 19, 32, 49, 187, 258,
279, 343.
Cepeda (D.a María), 5, 11, 17, 23,
95, 292, 293, 315.
Cepeda (D. Pedro), 5, 11, 17, 177.
Cepeda (Juan Vázquez), 5.
Cepeda (Rodrigo), 5, 7, 8.
Cerda (D. Juan de la), 283.
Cerda (D.a Luisa de la), LXVII,
CXVIII, CXX, CXXI, CXXII,
CXXVI, 283, 285, 295, 298, 351,
349.
Cervantes, XIV, LIX, LXII.
Clemente vm, LXI, CIII.
Clea-vente XI, XXXI.
Clemente xii, 235.
Cisneros (Cardenal), 155, 333.
Cirineo, 212.
Cimbrón (D.a Catalina del), 309.
CoLOMBET (Gregorio), CV.
Covarrubias, 201.
Cribelli (El Nuncio), 315.
Cristian iv, XVII.
CoNTRERAs (D.a María de Briceño),
14.
Cromberger, 32.
Cuervo (Padre), 205, 238.
CUNIÍJOHAME GRAHAM, XVII.
Chaide (Malón de), LXIII.
Chanut (Abate Marcial), CV.
ClIARCOT, XLVII.
Chaves (Fray Diego de), CXXIIL
382
índice
DñLTON (Juan), CVII.
DñNTE, LXII, CIII.
David (El Profeta), 118, 119, 141,
233.
David lewis, XVII, CVII.
DflViLñ (Catalina), 214.
DflviLíi (Francisco), 238.
DñviLíi (Jerónimo), 346.
DñviLfl (Sancho), 305.
DflZñ (Gaspar), CXVII, CXX, CXXII,
120, 177, 178, 180, 182, 229, 272,
305, 313, 314.
Delacroix, XLVII.
Díaz (María), 214, 270.
Diego de san jóse S7, 231.
Diego de s. matias, 342.
Diego de la presentación, XCIII.
Dionisio de la m. de dios, CV.
Doblado, XCVII.
Domenech (P. Pedro), 284, 299.
Domingo (Sanio), XXXIV. LXXXVII,
135, 143, 280, 290, 298, 334, 364,
385.
Doria (P. Nicolás), LXXIII, LXXX,
LXXXIII, LXXXIV, XCIII.
Dorotea de la cruz, LXXXVIII, 342.
Dorotea isabel, XVII.
Duarte de braganza, XVI.
Dupuis, XLVIII.
Elias de san martin, LXXXL
Elíseo de san bernardo, CV.
Elíseo de san jóse, CX.
Enriquez (D.a María), CXXI.
Enrique (D.3 Rna), 121.
Espinosa (Juana de Fuentes), 279.
Espinosa (Luis Pacheco de), 346.
E5TE3HN DE SAN JOSÉ, 279.
Eugenio iv, 267, 317.
Faber (Padre), XVII, CVII.
Federico de s. antonio, XXX, CIII,
255.
Felipe n, XVI, XL, LXXII, LXXIV,
LXXXII, LXXXIV, LXXXV,
CXXV, CXXIX, 65, 160, 267, 277,
327.
Felipe iii, LXXIV, LXXXV.
Felipe de la sma. trinidad, XVII.
XXXIV.
Fenelon, XLVI, LXII.
Fernandez (P. Gregorio), 269, 340.
Fernando vi, XCIV, CXXIX.
FiTZMAURICE-KELLY, LXV.
Flamenco (Juan), XC.
FoppENs (Francisco), XCII.
FoQUEL (Guillermo), LXXIX,
LXXXII, LXXXV, LXXXVI,
LXXXVII, LXXXVIX, XL, C.
Francisco de asís (San), XXXVI,
LXXXVII, 169, 237, 238, 333.
Francisco de borja (San), XXXVI,
186, 277, 284.
Francisco de la cruz (Padre), XVII.
Francisco de sales (San), XVIII,
XXVII, XXX, XLVI, XLIX.
Francisco de sta. maria, XXIX, LXI,
LXXIII, LXXXII, LXXXIII,
XCI, CXXIII.
Francisco de los santos, XCI.
Francisco de la trinidad, LXXXIX.
Fuentes (D. Francisco), 279.
Fuente (D. Vicente de la), XXX,
LXXV, LXXVI, LXXXVIII.
XC, XCI, XCV, XCIX, C, CI,
CII, CIX, CX, CXI, CXíI, CXVII,
CXXVIII, CXXIX, 52, 229.
DE NOMBRES
383
H
García (Juan Catalina), 180.
García de loaysa, LXXIII.
Garcilaso, LXV.
Gerardo de san juan de la cruz,
LXIII, XCVII, 87.
Gertrudis (Santa), XXVIII.
Getino (Padre), LXXXIII,
LXXXVIII.
Gervasio de san pedro, CVII.
Giraldel, LXX.
Gómez (Hna), 315.
GONET, XXXI.
Gracian (Fray Jerónimo), XXXIV,
XLII, LIX, LXI, LXVII, LXVIIl,
LXXI, LXXIII, LXXIV, LXXVII,
LXXIX, LXXXIV, LXXXV,
■ LXXXVIII, CVII, ex, CXVIII.
CXIX, CXX, CXXVI, CXXVII,
CXXIX, CXXX, 9, 73, 78, 87, 95,
135, M7, 178, 188, 218, 229, 230,
2m, 260, 286, 292, 309, 315, 334,
335, 342, 346, 364, 365.
Gracian (Tomás), LXVIIL
Granada (Fray Luis), XXXV,
XXXIX, LXIII, 205, 238.
Gregorio (San), XXXI, XXXV, 31,
254, 333.
Gregorio de san angelo, LXXX,
LXXXI.
Gregorio de s. jóse, CVI, CVII.
Gregorio ix, 296.
Gregorio nacianceno (Padre),
LXXX, LXXIX.
GuiLLÁMAS (Francisco), 333, 347.
Guillermo obispo, 317,
Gutiérrez (Martín), CXXII.
Gutiérrez (Sebastián), 5.
GuzMAN (D.a ñldonza), 187, 280,
282.
Hahn (Padre), 41.
Henao (D. ñlonso), 342.
Henao (Hntonia de), 305.
Henao (D.^ Catalina del Peso y),
5, 11.
Henao (Elvira de), 305.
Herrero CVIII.
Hilarión (San), 207, 333.
Honorato de sta. maria, XXX.
Hugo (Cardenal), 317.
Hugo, XLVI.
Ibañez (P. Pedro), XLII, CXVII,
CXVIII, CXIX, 78, 87, 120, 271,
287, 290, 297, 298, 315, 321, 334,
343.
I
Ibsen, LV.
Ignacio de loyola (San), XVI,
XXXIX, LXV, LXXXVII.
Ignacio de san jóse, CVIII.
Inés de jesús, 250.
Inocencio iv, 317.
Ireneo de san jóse, CVIII.
Inocencio xi, XXXI.
Inocencio xiii, XXXI.
Isabel bautista, 350.
Isabel de jesús maria, XVII.
Isabel de santo doa^ingo, CXX,
CXXII, CXXIII, CXXV, 147,- 160,
247, 260, 275, 333, 350.
Isabel de san pablo, 316, 350.
Jacob, 127, 247.
Jamblico, XLIX.
James (Williams), XLVII.
Janet tPedro), LVI.
384
índice
Jerónimo de san jóse, XVII, XXIX,
XL, XLI, LXI, LXVII, LXIX,
LXXX, LXXXII, LXXXVII, CIII,
CXII, 11, 178, 187, 231, 295, 316,
317, 347, 365.
Jerónimo (San), XXXV, 18, 80, 329,
333.
JoRBflLflM (Vizcondesa de), XVIII.
José del espíritu santo, XXXIV.
José de jesús maria, XLII, XLIIl,
XLIV, XLV, 166, 364.
Juan de los angeles, LXIII.
Juan de san basilio, LXX.
Juan bautista ( P a d r e ) , LXXX,
LXXXI, XCI.
Juan de la cruz (San), XXII,
XXVII, XXXII, XXXIII, XXXIV,
XLII, XLVI, LX.
Juan (San), LXVI, 165, 168, 247.
Juan de san jeronimo, CVII.
Juan de san jóse, XCI.
Juan ii (de Portugal), 180.
Juan de jesús maria, XXXIV, CVII,
365.
Jules-peyre (Padre), CVI.
Junta (Julio), LXXXV.
Juana (La Princesa D.a), 160, 267.
Juana del espíritu santo, CXXX.
K
Kbrbeck (Francisco), CVIII.
Lanuza (Juan Bautista), 147.
Lara (D.a Isabel Manrique de),
XCII.
Laredo (Bernardino), 180.
Lasegne, XLVI.
Leibnitz, XXX, LXIV.
León xm, XV, XXIX.
León (Basilio Ponce de), LXXXIII,
CVII.
León (Gabriel de), XCII.
León (Fr. Luis de), XIX, XLI, XLII,
LX, LXIII, LXIV, LXXIII,
LXXVIII , LXXXI , LXXXII ,
LXXXIII, LXXXIV, LXXV,
LXXXVI, LXXXVII, LXXXVIII,
LXXXIX, XC, XCII, CVII, CXI,
CXII, CXXVII, CXXIX, CXXX,
52, 57, 112, 130, 229, 234, 287,
335.
Lombroso, XLVII.
López (Manuel), XCI, XCII.
Lucas de san jóse, XXI.
Luis de la asunción, 365.
Luis de jesús aiaria, XCIV.
Luna (D.a María de), 20.
Llórente, XLII.
Lluch (Cardenal), LXXVI, CVIII.
M
Macaulay, LXV.
Machucha (Catalina), CXXIV.
Madrid (Alonso de), 86.
Magdalena de pazzis (Santa),
XXVIII.
Magdalena (Santa María), 63, 125,
162, 170, 172, 173.
Magdalena de la cruz, CXXIV, 175.
Mainage, LVI.
Malebranche, LXIV.
Manuel de santa maria, LXXIX,
XCL, XCVI, XCVII, 6, 49, 135,
166.
Manuel de la v. del carmen, LXXII.
Manning (Cardenal), XVII.
Márchese, 314.
Margarita (Infanta), LXXXII.
María de austhia (Doña), LXXXI,
LXXXII, LXXXIV.
DE NOMBRES
385
MflRIfl BAUTISTA, CXXIII, Ul, 268,
309, 350.
Marw de la cruz, 305.
María de cristo, L X X X V 1 1 1 ,
LXXXIX.
María de la encarnación, LXXXIV.
María de san francisco, 2^17.
María isabel, 316.
María de san Jerónimo, 1^7, 350.
María de jesús, 295, 296, 318.
María de san jóse (Priora de Se-
villa), CX, 9.
María de san jóse (Priora de Con-
suegra), LXXVII, CXXX, 95, 147,
268, 315, 335.
María de san jóse (Hermana de
Julián de Avila), 305.
María de san pablo, 95.
Manrique (D. Jerónimo), 235.
Marta (Spnta), 125, 170.
Martin ( -. Felipe), LXX, CXIX,
CXX, .86.
Martínez del muro (D. Pedro), XL.
Mascareñas (D.a Leonor), 65, 295,
296.
Matías de san arnoldo, CVIII.
Maeterlink, LV.
Medina (Bartolomé de), CXXII.
Medina (Juan de), CXXII.
Medinaceli (Duques de), 286.
Melchor cano, XL.
Mella (Camilo), CIV.
Mendoza ( D . ñ 1 v a r o ) , CXXII,
CXXIII, CXXIV, 87, 167, 169,277,
282, 303, 305, 311, 315, 316.
Mendoza (D. Juan Hurtado de),
282.
Mendoza (D.a María), CXXXIII.
Mendoza (D.a Teresa de Velasco),
XCII.
Menendez y pelayo (D. Marcelino),
LXIII, LXIV, XCIX, 10.
Menendez pidal (D. Ramón), LX.
Mercuriam (Padre), 224.
Mexia (Pedro), 346.
Mey (Pedro Patricio), XC.
Miguel ángel (Padre), XXXV.
MiR (D. Miguel), LXXI, 49, 229,
230, 270, 311, 315.
MoGUEL (Sánchez), CXXVII.
MoiGNO, XLVII.
Molina (Juan de), 18.
Molinos, XXXI, XLVI.
MoNicA (Santa), 333.
Montesinos (Ambrosio de), 333.
Mora (Francisco), LXXIV, LXXXV.
Moran (Antonio), 279.
Morel-fatio, XXXIII, 362.
MoRELio (Andrés), XXX.
Moreto, LXVIII, XC, XCI, XCVIL
MÜLLER (Max), XLVIII.
AluÑoz (P. Luis), 176.
N
Nadal (Padre), 277.
Ñero (D. Pedro de Castro y),
CXXVII.
Newman, XVII, CVII.
Nicolás Antonio, XC.
NoRDEAU (Max), XLVII, LV.
NuE (Guillermo de la), CV.
NuEROs (P. Bartolomé Pérez de),
CXXII.
OcAMPO (D.a Beatriz de la Cruz
y), 267.
OcAMPO (María de), 267.
Olivares (Conde Duque de), XC, 11.
Ordoñez (María), 315.
Oropesa (Condes de), 169, 286.
Osuna (Francisco de), XXXV, 22,
201.
26 *
586
IKDICE
Ortega (D. José), XCIV. Puente (P. Luis de la), 188, 197,
OvflLLE (Juan de), 258, 378, 279, 229.
30it, 305. PusTET, CVII, CVÍII.
PñBLO (San), 39, 92, 150, 161, 162,
169, 182, 218, 230, 329.
Palafox (D. Juan de), XCIII, CV.
Palomino (D. Hntonio), 347.
Palomino (Nicolás de Castro),
XCVIII.
Pardo (Pedro Cerezo), LXXIV.
Paulo v, XLI.
Paz (María de la Paz), 305.
Pedro (San), 92, 107, 171, 208, 230,
346, 347.
Pedro de alcántara (San), XXI,
XXXIV, XXXV, XXXVI, LIX,
LXIII, CXVI, CXIX, 208, 214,
237, 238, 245, 267, 269, 280,
290, 297, 303, 304, 305, 314, 342,
363.
Pedro de alcántara de santa ma-
RIA, CVIII.
Pedro mártir, 286.
Pedro de la anunciación, XCIII.
Peres (Domingo García), 65.
Petronila bautista, 41, 147.
Pinel (D.a María), 16, 20, 234, 316.
Pío IV, CXIX, 303.
Pío IX, LXXV.
Pío X, XII, XIX, LI, LVI.
PizARRo (Gonzalo), 19.
Planes (Bernardino), XLIV.
Platón, XLIX.
Polit (Manuel María) , C V I ,
CXXVII, 5.
PosEviNo (Padre), XLI.
PouLfliN (Padre), XXXI.
Pradanos (Juan de), 182, 186, 188.
Quaranta (Horacio), CIV.
QuESADA (D.3 Inés), 16.
QuiROGA (D. Gaspar de), CXXV,
CXXVI, CXXVII, CXXIX.
Rada (Fray Juan), XLI.
Ramírez (Martín), 166.
Raquel, 127.
Reinach (Salomón), 131.
Rengifo (Pedro), 6.
Revilla (D. Martín de), 305.
Ribera (Francisco), LXI, LXX,
LXXI, LXXXVIII, LXXXIX, CIII,
CXXV, CXXVI, 9, 32, 176, 178,
188. 230, 231, 238, 260, 263, 286,
504, 314, 339, 364.
RiBET, XXXI, L.
Ricardo de san victor, XLVI.
Ríos (D.a Blanca de los), LXIII,
LXIV.
Ripalda (Jerónimo), CXXII, 229,
270.
Rivadeneyra, LXXXVIII, XCVII,
XCVIII, xcix, ci, CU, CXXIX,
23.
Rodrigo, LXX, LXXII.
Rosa de lima (Santa), XXVIll.
RoYER (Clemencia), XLVII.
Rúbeo (P. Juan Bautista), 316.
Rubí (Mosen), 238.
RUYSBROECK, XIII.
Robledo (ñlonso de), 333.
Rizi (Francisco), 347.
DE NOMBRES
387
S
SflflVEDRA (Arias Pardo), 283.
Sajonia (Lodulfo de), XXXV, 333.
Sni-flZAR (ñngel de), 269, 298, 310,
315, 340.
SflLAZflR (Gaspar de), CXXI, 277,
287, 290, 335.
Salazíir (José López), 279.
Salcedo (Francisco de), CXVII,
CXIX, CXX, 120, 177, 179, 182,
188, 229, 238, 303, 305, 314.
Salva LXXXVI.
Sánchez (Luis), XC, XCL
Sancho iv, 161.
Santa severina (Cardenal), XLL
Santini (Padre), CIV.
Sarmiento (D.a María), 282,
SflUDREAU, XXXI, XXXII.
Savonarola, 238.
ScHACK (Adán Federico), LXV,
LXVI.
Shakespeare, XVII, LXII.
Seisdedos (Padre), XXXI, XXXII.
Sblfa (D. Antonio), LXXV.
Serrano y morales (José C), 18.
Serrano y sanz, 6.
Silíceo (Cardenal), 284.
SiLio (Evaristo), LXIV.
Simón stock (San), 317.
Sixto v, XLI.
Sobrino (El Doctor), LXXHI,
CXXIX.
Sócrates, XLIX.
Sola (P. Alberto), XLV.
Sorolla (Miguel), XC.
Soto (El Inquisidor), CXVII,
CXVIII, CXIX, CXX, 365.
Soto (P. Francisco), CIII.
SuAREZ (P. Francisco), XLV.
SuAREz (D.a Juana), 16, 23.
Tábano (Angelo), XC.
Tapia (D.a Francisca de), 231.
Tapia (D.a Inés), 305.
Tapia (D.a Ana), 305.
Taulero, XIII.
Tavera (Pardo de), 283.
Teresa de jesús (Sobrina de la
Santa), CXXVII, 270, 335, M5.
Toledo (D. Fernando de), CXXVI,
218.
Toledo (D. Francisco de), 286.
Toledo (García de), CXVIII, CXIX,
CXX, 75, 87, 169, 251, 286, 292,
316, 318, 321, 347, 368.
Toledo (D.a María Enriquez de),
231.
Tolstoi, LV.
Tomas de aquino (Santo), XXXI,
XLI, XLIII, XLIV, XLV, XLVI,
218.
Tomas de aquino (Fray), XCIV,
XCVI, XCVII.
ToA\ñs de jesús, XLII, 365.
Tomas apóstol (Santo), 335.
ToscANo (P. Sebastián), 65.
Torre (D. Manuel Fernández de
la), LXXV.
U
Ulloa (D.a Guiomar), 120, 121, 187,
238, 268, 280, 282, 293, 297, 305.
Ulloa (D. Pedro), 187.
UcEDA, (Conde de), 303.
Úrsula de los santos, 305, 306.
Y
Vaissiere (1. de la), LVI.
Vai.era (D. Juan), LXII.
Valdes (D. Fernando), 205.
388
ÍNDICE
VflN DER MOERE (P.), 230.
VflRONñ (P. Miguel), 11.
Vázquez (P. Dionisio), 22^1, 277.
Vega (Lope de), 201.
Vela (D. Blasco Núñez), 19.
Velada (Marquesa de la), 316.
Velasco (D.a Juana), 186.
Velpio (Rogerio), XC.
Vicente ferrer (San), 155.
Villadiego (Bernardo de), XCIII
Villegas (Domingo Palacios y,)
XC.
Villena (D. Enrique), 301.
Vos (F. V.), XXI.
VUNDT, LVI.
W
Weis, XIX.
Wenceslao del santísimo sacramen-
to, XLVIII.
WlSEMAN, CVII.
Woodhead (flbrahan), CVII.
Yepes (Fr. Diego de), XXX, XL,
LXI, LXXIII, LXXIV, CIIl,
CXX, 7, 260, 286, 364.
Yanguas, LXXVII.
Zanchini (Julio), CIIL
Zimmerman (Benito de la Cruz),
CVII.
Wagneb, LV.
índice de capítulos
Páginas.
ilDVERTENCm PREVIA vn
PRELIMINARES. \.— Popularidad de los escritos de Santa
Teresa. — Frutos que reportan las almas de su lectura. — Dos pala-
bras sobre la vida contemplativa de las Carmelitas Descalzas. . xi
II. — Algunas propiedades de los escritos de Santa Teresa. —
Su magisterio místico. — Autoridades de algunos hombres célebres.
—Testimonio de la Iglesia. — Educación espiritual de la Doctora
de Avila xxiii
III. — Delaciones y reparos que se hicieron a los libros de
Santa Teresa. — Apologías de los mismos. — Algunos errores mo-
dernos sobre la Mística y aplicaciones prácticas a la Doctora
de Avila xxxix
IV. — Lenguaje y estilo de Santa Teresa. — Bellezas y defec-
tos.— Juicios de algunos literatos eminentes lvii
V. — Número y clasificación de los escritos de Santa Teresa.
— Autógrafos que han llegado hasta nosotros. — Reproducciones
fotolitográficas LXVii
VI. — Diligencias hechas para la publicación de las obras de
Santa Teresa. — Algunas ediciones en castellano. — Trabajos de los
Padres Andrés de la Encarnacióri y Manuel de Santa María en el
siglo XVIII. — Edición de la Biblioteca de Rivadeneyra lxxix
VIL — Los escritos de la Santa en lenguas extrañas. — Edicio-
nes italianas, francesas, flamencas, inglesas, alemanas, latinas y
polacas, ciu
390 índice
Páginas.
VIH. — Nuestros intentos en la presente edición. — Orden de pu-
blicación de estos escritos. — Correcciones cix
INTRODUCCIÓN ñ Lñ VIDA DE SñNTñ TERESfí. . . , cxv
CAPITULO PRIMERO.— En que trata cómo comenzó el Se-
ñor a despertar a esta alma en su niñez a cosas virtuosas, y la
ayuda que para esto es serlo los padres 5
CAPITULO II.— Trata como fué perdiendo estas virtudes, y lo
que importa en la niñez tratar con personas virtuosas. ..... 9
CAPITULO III.— En que trata como fué parte la buena compa-
ñía para tornar a despertar sus deseos, y por qué manera comenzó
el Señor a darla alguna luz del engaño que había traído. ... 15
CAPITULO IV.— Dice como la ayudó el Señor para forzarse
a sí mesma para tomar hábito, y las muchas enfermedades que Su
Majestad la comenzó a dar 19
CAPITULO V.— Prosigue en las grandes enfermedades que tuvo
y la paciencia que el Señor le dio en ellas, y cómo saca de los
males bienes, sigún se verá en una cosa que le acaeció en este
lugar que se fué a curar 27
CAPITULO VI.— Trata de lo mucho que debió a el Señor en
darle conformidad con tan grandes trabajos, y como tomó por me-
dianero y abogado al Glorioso San Josef, y lo mucho que le apro-
vechó 35
CAPITULO VIL— Trata por los términos que fué perdiendo las
mercedes que el Señor le había hecho, y cuan perdida vida comenzó
a tener; dice los daños que hay en no ser muy encerrados los
monesterios de monjas 41
CAPITULO VIII.— Trata del gran bien que le hizo no se
apartar del todo de la oración para no perder el alma, y cuan ex-
celente remedio es para ganar lo perdido. Persuade a que todos la
tengan. Dice cómo es tan gran ganancia, y que, aunque la toríjen
a dejar, es gran bien usar algún tiempo de tan gran bien. . . 55
DE capítulos 391
Páginas.
CAPITULO IX. — Trata por qué términos comenzó el Señor a
despertar su alma y darla luz en tan grandes tinieblas, y a for-
talecer sus virtudes para no ofenderle 63
CAPITULO X.— Comienza a declarar las mercedes que el Se-
ñor la hacía en la oración, y en lo que nos podemos nosotros ayu-
dar, y lo mucho que importa que entendamos las mercedes que el
Señor nos hace. Pide a quien esto envía, que de quí adelante sea
secreto io que escribiere, pues la mandan diga tan particularmente
las mercedes que la hace el Señor 69
CAPITULO XI. — Dice en qué está la falta de no amar a Dios
con perfeción en breve tiempo; comienza a declarar, por una com-
paración que pone, cuatro grados de oración; va tratando aquí del
primero. Es muy provechoso para los que comienzan y para los
que no tienen gustos en la oración 75
CAPITULO XIL— Prosigue en este primer estado; dice hasta
donde podemos llegar con el favor de Dios por nosotros mesmos
y el daño que es querer, hasta que el Señor lo haga, subir el es-
píritu a cosas sobrenaturales y extraordinarias 85
CAPITULO XIII.— Prosigue en este primer estado y pone avi-
sos para algunas tentaciones que el demonio suele poner algunas
veces. Da avisos para ellas. Es muy provechoso 91
CAPITULO XIV.— Comienza a declarar el sigundo grado de
oración, que es ya dar el Señor a el alma a sentir gustos más
particulares. Decláralo para dar a entender cómo son ya sobre-
naturales. Es harto de notar ...."... 101
CAPITULO XV.— Prosigue en la mcsraa materia, y da algunos
avisos de cómo se han de haber en esta oración de quietud. Trata
de cómo hay muchas almas que llegan a tener esta oración y po-
cas que pasen adelante. Son muy necesarias y provechosas las
cosas que aquí se tocan.
107
CAPITULO XVI.— Trata tercer grado de oración, y va decla-
rando cosas muy subidas;, y lo que puede el alma que llega aquí,
y los efetos que hacen estas mercedes tan grandes del Señor. Es
muy para levantar el espíritu en alabanzas de Dios y para gran
consuelo de quien llegare aquí. •• ^^^
392 índice
Páginas*
CHPITULO XVII. — Prosigue en la mesma materia de declarar
este tercer grado de oración; acaba de declarar los efetos que
hace; 'dice Gl impedimento que aquí hace la imaginación y memoria. 123
CAPITULO XVIÍI. — En que trata del cuarto grado de oración;
comienza a declarar «por ecelente manera» la gran dinidad en que
el Señor pone a el alma que está en este estado: es para animar
mucho a los que tratan de oración, pa que se esfuercen a llegar
a tan alto estado, pues se puede alcanzar en la tierra, aunque
no por merecerlo, sino por la bondad de el Señor. «Léase con ad-
vertencia, porque se declara por muy delicado modo, y tiene cosas
mucho de notar» 129
CAPITULO XIX. — Prosigue en la mesma materia. Comienza
a declarar los efetos que hace en el alma este grado de oración.
Persuade mucho a que no tornen atrás, aunque después de esta
merced tornen a caer, ni dejen la oración. Dice los daños que
vernán de no hacer esto. Es mucho de notar y de gran conso-
lación para los flacos y pecadores . 137
CAPITULO XX. — En que trata de la diferencia que hay de
unión a arrobamiento. Declara qué cosa es arrobamiento, y dice
algo de el bien que tiene el alma que el Señor por su bondad
llega a <éf. Dice los efetos que hace. Es de mucha admiración. . 145
CAPITULO XXL— Prosigue y acaba este postrer grado de
oración; dice lo que siente el alma que está en él de tornar a vi-
vir en el mundo, y de la luz que la da el Señor de los
engaños de él. Tiene buena doctrina 159
CAPITULO XXII.— En que trata cuan siguro camino es para los
contemplativos no levantar el espíritu a cosas altas, si el Señor
no le vanta;, y cómo ha de ser el medio para la más subida contem-
plación la Humanidad de Cristo. Dice de un engaño en que ella
estuvo un tiempo. Es muy provechoso este capítulo 165
CAPITULO XXIII.— En que torna a tratar del discurso de
su vida, y cómo comenzó! a tratar de más perfeción y por qué me-
dios. Es provechoso para las personas que tratan de gobernar al-
mas que tienen oración saber cómo se han de haber en los prin-
cipios, y el provecho que le hizo saberla llevar 175
DE capítulos 393
Páginas.
CAPITULO XXIV.— Prosigue en lo comenzado, y dice cómo
fué aprovechándose su alma después que comenzó a obedecer, y
lo poco que le aprovechaba el resistir las mercedes de Dios, y
cómo Su Majestad se las iba dando más cumplidas 185
CAPITULO XXV.— En que trata el modo y manera cómo se
entienden estas hablas que hace Dios al alma sin oirse, y de al-
gunos engaños que puede haber en ello, y len que se conocerá cuan-
do lo íes. Es de mucho provecho para quien se viere en este grado
de oración, porque se declara muy bien y de harta dotrina. . . 191
CAPITULO XXVI. — Prosigue en la mesma materia; va decla-
rando y tíiciendo cosas que le han acaecido que la hacían perder
el temor y afirmar que era buen espíritu el que la hablaba. . . 203
CAPITULO XXVII. — En que trata otro modo con que enseña
el Señor al alma y sin hablarla la da a entender su voluntad por
una manera admirable. Trata también de declarar una visión y gran
merced que la hizo el Señor no imaginaria. Es mucho de notar
este capítulo. . . 207
CAPITULO XXVIII.— En que trata las grandes mercedes que
la hizo el Señoi^', y como le apareció la primera vez. Declara qué
es visión imaginaria. Dice los grandes efetos y señales que deja
cuando es de Dios. Es muy provechoso capítulo y mucho de notar. 217
CAPITULO XXIX. — Prosigue en lo comenzado y dice algunas
mercedes grandes que la hizo el Señor y las cosas que Su Majestad
la decía para asigurarla y para que respondiese a los que la
contradecían 227
CAPITULO XXX. — Torna a contar el discurso de su vida y
cómo remedió el Señor mucho de sus trabajos con traer a el lugar
a donde estaba el Santo varón Fray Pedro de Alcántara, de la
Orden del Glorioso San Francisco. Trata de grandes tentaciones
y trabajos interiores que pasaba algunas veces 237
Capitulo XXXI. — Trata de algunas tentaciones exteriores, y
representaciones que la hacía el demonio, y tormentos que la daba.
Trata también algunas cosas harto buenas para aviso de personas
que van camino de perfeción 249
39^ índice
Páginas.
CAPITULO XXXII —En que trata cómo quiso el Señor ponerla
en espíritu en un lugar de el infierno, que tenía por sus pecados
merecido. Cuenta una cifra de lo que allí se le representó, para
lo que fué. Comienza a tratar la manera y modo como se fundó
el monesterio, adonde ahora está, de San Josef 263
CAPITULO XXXIII.— Procede en la mesma materia de la fun-
dación del glorioso San Josef. Dice como le mandaron que no en-
tendiese en ella, y el tiempo que lo dejó, y algunos trabajos que
tuvo, y cómo la consolaba en ellos el Señor 273
CAPITULO XXXIV.— Trata cómo en este tiempo convino que
se ausentase de este lugar. Dice la causa^ y cómo la mandó ir su
Perlado para consuelo de una señora muy principal que estaba muy
afligida. Comienza a tratar lo que allá le sucedió y la gran mer-
ced que el Señor la hizo de ser medio para que Su Majestad des-
pertase a una persona muy principal para servirle muy de veras, y
que ella tuviese favor y amparo después en El. Es mucho de notar. 283
CAPITULO XXXV.— Prosigue en la mesma materia de la fun-
dación de esta casa de nuestro glorioso Padre San Josef. Dice
por los términos que ordenó el Señor viniese a guardarse en ella
la santa pobreza, y la causa por qué se vino de con aquella se-
ñora que estaba, y otras algunas cosas que le sucedieron. . . , 295
CAPITULO XXXVI.— Prosigue en la materia comenzada, y dice
cómo se acabó de concluir y se fundó este monesterio de el glo-
rioso San Josef, y las grandes contradiciones y persecuciones que
después de tomar hábito las relisiosas hubo, y los grandes traba-
jos y tentaciones que ella pasó, y cómo de todo la sacó el Señor
con Vitoria y en gloria y alabanza suya 303
CAPITULO XXXVII.— Trata de los efetos que le quedaban
cuando el Señor le había hecho alguna merced. Junta con esto
harto buena dotrina. Dice cómo se ha de procurar y tener en mu-
cho ganar algún grado más de gloria, y que por ningún trabajo
dejemos bienes que son perpetuos 321
CAPITULO XXXVIII.— En que trata de algunas grandes mer-
cedes que el Señor la hizo, ansí en mostrarle algunos secretos del
cielo, como otras grandes visiones y revelaciones que Su Majestad
DE capítulos 395
Pagines.
tuvo por bien viese. Dice los efetos con que la dejaban y el gran
aprovechamiento que quedaba en su alma 329
CAPITULO XXXIX.— Prosigue en la mesma materia de decir
las grandes mercedes que le ha hecho el Señor. Trata de cómo le
prometió de hacer por las personas que ella le pidiese. Dice al-
gunas cosas señaladas en que le ha hecho Su Majestad este favor. 3'Í5
CAPITULO XL. — Prosigue en la mesma materia de decir las
grandes mercedes que el Señor la hecho. De algunas se puede
tomar harto buena dotrina, que este ha sido, sigún ha dicho,
su principa] intento, después de obedecer, poner las que son para
provecho de las almas. Con este capítulo se acaba el discurso de
su vida, que escribió. Sea para gloria de el Señor. Amen. . . . 359
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